Recordaba las selvas y los desiertos de mi patria, donde la naturaleza

reina sola en todo su esplendor; donde faltan el cultivo, el arte, la

prevision y los monumentos que atestiguan un colosal progreso y la

actividad de la vida industrial; y la comparación me afligia

profundamente. Saludé con entusiasmo á este viejo mundo que se me

ofrecía como un inmenso libro de estudio y observación; y cuando puse el

pié sobre los muelles y diques de Southampton comprendí que una nueva

existencia empezaba para mi corazon, ansioso de impresiones, y mi

espíritu, anhelante de luz, de ciencia y de progreso.

* * * * *

SEGUNDA PARTE.

ALGO DE INGLATERRA Y FRANCIA.

* * * * *

CAPITULO I.

* * * * *

SOUTHAMPTON.

La ciudad y su puerto.--Movimiento comercial.--Interior de la

ciudad.--Primeras impresiones.--Un compañero mistificado.--El primer

tren de ferrocarril.--De Southampton á Londres.

_Southampton_ es una ciudad interesante y pintoresca bajo todos aspectos

y que tiene la bella cualidad de predisponer el espíritu del viajero en

favor de Inglaterra, á la cual sirve de vanguardia comercial en el

centro del canal de la Mancha. Un bonito rio de diminutas proporciones

desemboca en el arrabal de la ciudad, confundiéndose con la angosta y

hermosísima bahía que le sirve de asiento hácia el Sur, y que la

primorosa isla de Wight interrumpe en la embocadura, formando dos

canales marítimos entre las costas de Portsmouth y Lymington. La bahía,

penetrando en la tierra vigorosamente, se ensancha en el, interior en

una especie de círculo oblongo, y por todos lados la costa es el

término de colinas notablemente bellas, pobladas de quintas, palacios,

bosques artísticos de pinos y encinas, jardines espléndidos, sementeras

de cereales y huertas de frutas y legumbres. Todo ese conjunto es tan

pintoresco, que aún en medio de los rigores del invierno conserva su

gracia y seduccion.

En el fondo de ese horizonte de primores artisticos y trabajos de

cultivo refinado, de toda esa decoracion de palacios y casas campestres

elegantes, dormían las ondas cristalinas y azules de la bahía,

contrastando con la multitud de conos caprichosos, brillantes á la luz

del sol, de espesa nieve aglomerada al pié de los árboles y los

enrejados, los setos y los grupos artísticos de invernáculos y alamedas

enanas. Y en el centro de ese interesante anfiteatro de ondas azules,

rocas, colinas, palacios y pequeños pinales, se destacaban las chimeneas

y los mástiles de multitud de grandes y pequeños vapores, gigantescos

navíos, bergantines y barcas, y se cruzaban caracoleando, impulsadas por

el remo, centenares de lanchas ó faluchos pintados de colores, como

mariposas volando sobre la tersa superficie de un lago.

Southampton es el centro y punto de partida de muchas grandes líneas de

paquebotes que giran entre Inglaterra y las Antillas, Francia, el Norte

de Europa, España, Portugal, todo el Mediterráneo, el Brasil, el Africa

y la India. Esta circunstancia es la que ha contribuido mas

poderosamente á darle mucha importancia comercial á Soulhampton y crear

allí un movimiento poderoso en la telegrafía, los ferrocarriles, las

comisiones de cambio, las industrias marítimas, las construcciones

navales, los correos y las grandes importaciones de metales preciosos,

tintes finos y otros artículos de produccion trasatlántica.

La bahía carece en el puerto de esas famosas construcciones de

mampostería que se llaman _docks_ ó diques (tan útiles y necesarias en

Lóndres, Liverpool y otros puertos comerciales), obras que allí son

reemplazadas con muelles de mampostería y de madera, de grandes

proporciones, avanzados á una distancia considerable. Así, á pesar del

excelente fondeadero del puerto, la accion de la marea es siempre

indispensable para la entrada de los grandes vapores y los buques de

vela.

La aduana de Southampton tiene un movimiento extraordinario, y á pesar

do la rigidez con que se hacen los registros y se cobran los derechos

pude observar dos cosas muy notables: 1ª que en Inglaterra el viajero es

tratado con decencia y respeto por los empleados fiscales, pues allí no

hay esas inquisiciones sobre la persona, que insultan 1ª delicadeza del

hombre de honor y el recato de una señora; 2ª que el viajero que quiere

evitarse prolijos registros en su equipaje, no necesita mas que decir

franca y lealmente lo que lleva en sus baules, en cuyo caso el registro

se limita á los objetos denunciados por el propietario. En Inglaterra se

tiene un gran respeto por la palabra del hombre, y la sinceridad es

siempre el camino mejor. Una señora es muy considerada por los

funcionarios públicos. Por lo demas, si alguna dificultad se presenta,

los chelines lo arreglan todo en último resultado, pues en este punto

Inglaterra se parece á todo el mundo. Lo que allá es cuestión de pesos,

de reis ó dollars, por acá es asunto de chelines, francos, thalers ó

florines: los nombres varían, pero el dinero tiene en todas partes la

misma elocuencia para todos los pueblos.

Después de salir de los vastos salones de la Aduana, el viajero se ve

asaltado por los cocheros y carreteros, especie de mendigos sobre cuatro

ruedas, que se disputan los chelines del _gentleman_ novicio. Cuando la

gavilla da el asalto lo mas prudente es no escoger el victimario, sino

entregarse á discreción del primero que llega, so pena de ser

estrangulado con equipaje y todo. La primera parte de la ciudad

pertenece propiamente al puerto, la aduana, la estación del ferrocarril

y del telégrafo y todo lo relativo al servicio de comunicaciones. Allí

es donde tiene el marino su soberanía, campea gallardamente el remero,

atruena el carretero, y se pavonea, trasformado, el _steward_ (sirviente

de paquebote) que pocas horas antes servia al pasajero la hirviente taza

de _punch_.

El cuadro de costumbres es animado y vigoroso, porque todas las gentes

que se cruzan por las cercanías de la aduana son los obreros del sol y

del agua, endurecidos por las fatigas de un trabajo penoso. Ya tropieza

el viajero con el marino de pequeña estatura, rollizo y mofletudo, con

su chaqueta de paño negro, abierta, el ancho cuello de la camisa de

franela, el sombrerito redondo y charolado, puesto al desgaire sobre una

oreja, la corbata negra y flotante y los monumentales botines llenos de

clavos, sonando como herraduras de caballos. Ya pasa el carretero como

un derrumbe, atrepellando á todo el mundo, enorme, tosco, insolente y

oliendo á cerveza como un tonel, trasportando castillos ambulantes de

equipajes y trastos, con una fuerza y agilidad que parecen prestadas al

caballo normando y á la locomotiva. Ora nos codea el _steward_,

sonriéndonos con malicia porque nos muestra suspendida del brazo la

_Calipso_ a quien ha consignado todos los chelines escamotados en la

navegacion, y porque en vez de la humilde servilleta, esa blanca y

prosáica librea del comedor flotante, ostenta una levita azul de botones

amarillos ó blancos, la cachucha del doméstico marino y el estrecho

corbatín del _dandy_. En fin, el guarda de la aduana, con sus aires de

persona importante ó cancerbero del puerto, arroja sobre el recien

venido una mirada escrutadora ó de proteccion, como para hacer

comprender que tiene en sus manos las llaves de las puertas.

La segunda parte de la ciudad, separada del puerto, aparece luego

pintoresca, alegre y agradable por la elegancia de sus casas, fondas y

palacios, la hermosura de sus alamedas, el aseo exquisito de sus anchas

calles macadamizadas, la gracia de sus jardines, el humo de sus altas

chimeneas, sus azoteas de techos cubiertos de nieve, sus ricos é

innumerables almacenes, las románticas torres de estilo gótico de sus

templos, y el movimiento incesante de paseantes, de vendedoras de

fruslerías, de hermosas damas y _loretas,_ de coches, de carretas, de

barateros, de muchachos gritando, y de cuanto puede hacer la animacion

de una ciudad comercial.

Southampton es una ciudad renovada, y de esto dependen en mucha parte

sus bellezas materiales y el carácter de su poblacion. Esta es de

cuarenta á cincuenta mil habitantes, que el movimiento exterior aumenta

accidentalmente mas ó menos. La ciudad tiene un teatro, que regularmente

está cerrado;--y carece de periodismo, pues solo cuenta una hoja

hebdomadaria. Su verdadero periodismo está en Lóndres, á causa del

movimiento activo de la telegrafía y los ferrocarriles; y por lo que

hace á teatro los Ingleses no le tienen mucha aficion. El Francés ama el

teatro, el café y el periódico;--el Inglés las carreras de caballos, la

Bolsa y el almacen. Y en una ciudad tan esencialmente comercial como

Southampton, donde se cruzan dia por día millares y millares de viajeros

sucediéndose con rapidez, los espectáculos carecen naturalmente de

importancia. Allí el silbido incesante de la locomotiva, al partir ó al

llegar, en la amplia estacion que centraliza muchos ferrocarriles en

actividad prodigiosa; los numerosos partes telegráficos haciendo vibrar

los alambres eléctricos á todas horas; las especulaciones consiguientes

á los negocios trasatlánticos, y el movimiento aturdidor de grandes

carretas de mercancías cruzándose en todas direcciones, le hacen

comprender al viajero que en Inglaterra no hay casi tiempo para vivir,

ni mucho menos para divertirse.

En este país del comercio, de la especulación, de la vida práctica, de

los espíritus serios, reflexivos, glacialmente calculadoras, el tiempo

es el capital mas valioso, y para sacarle interes ó hacerlo producir

todo el mundo anda como en ferrocarril, no obstante la frialdad de los

caractéres. Cada palabra sale medida, tasada por los labios, por

economía; cada hombre es una locomotiva, un tren expreso; cada accion es

un cálculo; el ser humano es el número hecho carne y hueso,--la

aritmética pensando ú obrando. En Inglaterra se vive tan apriesa, que la

nación entera es un circo de corridas de caballos ó un inmenso

_railway_.

Allí no hay tiempo para sentir el corazon, porque el bolsillo es todo.

Ser Inglés negociante no es una _manera de ser moral_; es apenas una

operacion de aritmética, formulada por una cabeza, un par de brazos,

otro de piernas, etc.

Southampton es una bella ciudad. Carece de monumentos, porque es casi

nueva, pero tiene varias iglesias de estilo gótico normando algo

curiosas. Su verdadera edilidad se reduce á puentes secos muy sólidos,

muchas líneas de ferrocarriles, grandes y espléndidas fondas,

hermosísimas quintas en los alrededores, algunos edificios públicos muy

bien mantenidos, y un sistema generalmente elegante en las

construcciones de las casas.

Las calles son en lo general muy espaciosas, muchas de ellas cortadas en

ángulos rectos, y casi todas con el suelo macadamizado. No faltan bellos

paseos, grandes plazas muy bien mantenidas y abundantes mercados.

El barrio opulento, donde tiene sus grandes y lujosos almacenes el

comercio, es el del lado occidental, comprendiendo principalmente las

calles magníficas de _High_ y _Oxford_, en cuyas innumerables tiendas se

encuentra reunido cuanto la civilizacion de Europa y el comercio del

mundo pueden producir.

En el centro están los talleres ó fábricas y las habitaciones de la

clase media; al sur, cerca de la grande estacion del ferrocarril y el

telégrafo, y de la aduana, se encuentran los famosos _hoteles_ para los

viajeros; y en el barrio oriental viven los obreros, se cruzan las

vivanderas y hormiguean los campesinos, terminando la ciudad hácia el

norte y el éste por una serie de quintas, huertas de hortalizas y

jardines que tienen el aspecto mas pintoresco aún en los dias helados de

invierno rigoroso.

Recorriendo rápidamente los barrios de la ciudad pude penetrar en varias

iglesias y recorrer sus cementerios adyacentes. Al entrar en un templo

anglicano, vacío, oscuro, sin adornos de ninguna clase, sin imágenes ni

ficciones, se siente (la primera vez) una vivísima impresion. Allí toda

poesía falta: aquel no es el reino de los sentidos, sino el de la razon.

Se comprende que el templo del protestante no es lugar de fiesta

mundanal ó de espectáculo, sino de recogimiento solemne; que Dios no es

allí el actor de formas humanas impíamente rebajado á figurar en un

teatro lleno de colores, colgaduras y cuadros de pintura, sino un poder

invisible y supremo, adorado con infinito respeto, y tan grande, tan

inefablemente bello, que no puede ser representado, porque no hay en el

mundo nada que se le parezca, excepto el alma del hombre, partícula

misteriosa de un poder inescrutable.

Jamas he creído en eso que se llama sofísticamente _el destino de las

razas_; sino que, para mí, son las instituciones, no la sangre (ni los

climas en tanto grado) las que forman el carácter moral de los pueblos.

Pude confirmar esta opinion al visitar, por la primera vez de mi vida,

en Southampton, una iglesia protestante. Ningun pueblo fué mas feroz

hasta la edad media, que el de Inglaterra; ninguno mas turbulento y

antipático para la civilizacion. Y sinembargo, hoy es frio, reflexivo,

civil, pacífico, humano, moral y eminentemente progresista. ¿Quién ha

operado este prodigio?--El protantestismo y las libertades públicas

aseguradas en las dos revoluciones del siglo XVII.--Si ellas le han dado

al pueblo la vida civil y la moralidad con la conciencia del derecho, el

protestantismo ha fundado en Inglaterra el reinado de la razon, del

libre exámen, de la veneracion profunda, sin los atavíos de la

supersticion y de la idolatría moderna.

No hay en Inglaterra objeto tan respetable como las tumbas; un

cementerio es allí positivamente el templo de la muerte, que goza de

absoluta inviolabilidad. El extranjero quo ignora esto, se admira mucho,

al recorrer á Southampton ú otra ciudad inglesa, de ver los cementerios

al lado de las iglesias, separados de la calle solo por una verja con

entradas libres, y ostentando sus sencillos y severos monumentos entre

yedras y pequeños cipreses, sin que esto desagrade en manera alguna.

Muchos de esos monumentos, con inscripciones ordinariamente en latin

(esa lengua de los muertos,--hombres, siglos ó imperios) se reducen á

piedras talladas, colocadas de pié como linderos. No dudo que este

sistema de panteones al aire libre, dentro de las ciudades, sea

pernicioso para la salud; y en Inglaterra se trabaja ya por suprimirlos.

Pero hay para mí no sé qué de filosófico, de solemnemente epigramático

en esa union de la vida y la muerte. La multitud, al desfilar por la

calle delante de un panteon, comprende cada dia que la tumba es el fin

de las miserables pasiones de una vida que la virtud no engrandece, y

fortifica su conciencia para la peregrinacion mundanal con el

pensamiento de ese _algo_ misterioso que se adivina detras de la losa.

Pasemos de la muerte á la vida. Inglaterra es el país de las mujeres

hermosas, admirablemente hermosas, pero no bellas,--es decir, estatuas

de nácar primorosamente modeladas, con cabellos de oro, crespos y

abundantes, ojos azules ó castaños, morbidez de formas, piel rosada y

purísima, brazos encantadores, y todo un conjunto de Venus _corporal_,

salvo eso si los piés, que pertenecen al género fosil ó antediluviano,

porque son mastodónticos. Pero esas mujeres de tan completa hermosura,

carecen, en general, de esa vida en la mirada, ese fuego en la sonrisa,

esa poética expresión reveladora del alma y del sentimiento, que

constituyen la _belleza_. No hay que confundir jamas la bonita, la

graciosa, la linda, la hermosa y la bella en una vulgar y común

denominación, porque cada una de ellas es un tipo especial que

corresponde á condiciones diferentes.

Pero si Inglaterra es el país de las hermosas, y Lóndres encierra

centenares de miles de esas hadas engañosas (verdaderos sofismas, puesto

que lo moral no corresponde con la seducción física),--las ciudades como

Southampton y Liverpool son los puestos avanzados de ese admirable

ejército de caras admirables. Como allí se reúnen tantos extranjeros,

ricos americanos, gallardos españoles y elegantes franceses, pasando del

uno al otro mundo, el diablo (por sí ó por no le echaré la culpa)--el

diablo que no se duerme y es muy previsor y hospitalario, ha tenido el

talento de inspirar á muchas de sus mas hermosas parroquianas un loco

entusiasmo por las brisas marítimas de Southampton. Infeliz del

extranjero que no tenga fuerza para resistir á la seduccion de esas

sirenas peligrosas, y crea en los tesoros del amor de puerto de mar!

Conozco la historia auténtica de un excelente Hispano-colombiano,

solteron sencillo, que acostumbrado a ver las caras aceitunadas de su

parroquia de indígenas, se vino á _desaburrirse_ en Europa. Al llegar

nomas á Southampton, el buen descendiente de Colombia, que nunca las

había tenido tan gordas, se encontró lelo. Empezó por enamorarse de

todas las hembras que veia, porque todas le parecían señoritas de rango,

supuesto que usaban gorras de terciopelo, trajes de seda y elegante

calzado, atavíos que en Hispano-Colombia corresponden solo á las damas

de buena sociedad. Pero luego luego fué reparando que sus _señoritas_

vendían frutas ó baratijas, ó llevaban distintivos de domesticidad, y

perdió sus primeras ilusiones, en asocio de unas cuantas manotadas de

libras esterlinas representantes de las viejas onzas desempaquetadas.

Con todo, la fascinacion seguía, y nuestro solteron parecia confinado á

Southampton, mirando en derredor cómo aturdido y con los ojos claros y

sin vista. Un dia _vió_ pasar una hermosa sirena en un lujoso coche, y

luego descender sobre el enlosado de la calle. Se cruzaron, y la Inglesa

que adivinó bajo el _paltó_ del Colombiano la existencia de una mina de

oro, le arrojó una de esas miradas que tumban de redondo como las bolas

del gaucho de Buenos-Aires, y le magnetizó. Lo demás siguió como todas

las historias de amor. Ello es que á vuelta dé dos meses nuestro

solterón del Nuevo Mundo se apercibió, en un momento lúcido, de que

apenas le quedaban unas 150 libras por todo fondo, sin relaciones

ningunas que le sacasen del apuro. Preciso le fué resignarse. Hizo su

paquete, se le huyó á la sirena y se embarcó para Colombia, con el

placer de haber conocido a Europa.... Él tenia la persuacion de que

después de Southampton el mundo se acababa de este lado del Atlántico.

Bienaventurado!

En Southampton fuí testigo de un episodio graciosísimo, cuyo resúmen

daré apénas. En el hotel en que permanecí en esa ciudad con mi familia,

durante cuatro días, había una señorita sumamente linda, llamada Fanny,

y estaba hospedado un joven compañero mío de navegacion. La ley de la

atraccion produjo sus efectos y mi compañero (le llamaré H) se enamoró

perdidamente de Miss Fanny. Esta no fué insensible, y concedió algunas

coqueterías inocentes, propias de los diez y seis años. H no pensó mas

en seguir á Lóndres ó París, y cada momento hacia ingeniosas

evoluciones para lograr instantes de conversacion a solas con la

_chica_, como él, á fuer de Español, la llamaba, un dia entraba yo á la

casa, ví á Miss Fanny en un balcon y me detuve á saludarla y habrarle

algunos momentos en muy macarrónico inglés. Subí, y al pasar por un

corredor dí con H, que salia de una sala común frotándose las manos y

muy alegre.

--¿Qué tenemos? le dije.

--Que la chica Fanny acaba de darme el beso mas suculento del mundo!

--Diantre! le repuse, si yo acabo de verla en el balcon....

--Es imposible, porque yo salgo de hablar solo con ella en el salon

opuesto.

No quise adelantar la discusion por prudencia, pero quedé persuadido de

que la afirmacion de H no era mas que una _chapetonada_, mentira de

amante jactancioso. Al siguiente dia un lance muy cómico nos aclaró el

misterio. Miss Fanny tenia una hermana gemela, tan perfectamente igual

en todo, que ni mi esposa con la penetración de una mujer había podido

distinguirlas. Como el joven Español no sabia una jota (ó una _h_) de

inglés, su lenguaje había sido el de las sonrisas y señas, las flores y

regalos de fruslerías elegantes, etc., etc., y había podido sostener,

sin saberlo él y sin que lo comprendieran Fanny y Caroline, un sistema

do amorcejos por partida doble; no sin admirarse algunas veces de la

rapidez con que Fanny entraba por una puerta y salía poco después por la

contraría, fenómeno de bilocuidad que se comprendía al saber que había

en la casa dos Fannys ó una Fanny por duplicado.

Debo hacerle á mi Español la justicia de advertir que al punto de

comprender el juego en que una rara casualidad le habla mantenido, se

fué á tomar su billete para el tren de Lóndres, resuelto á evitar unos

amores por _duplicata_ que podian tener mal fin despues de un principio

tan risible. Aconsejo á los lectores muy respetuosamente que eviten en

todo caso los amores de fonda, tan peligrosos como las amistades de

corrillo,

El 12 de marzo tomé el tren expreso que partía para Londres á las once y

media de la mañana. ¡Qué impresion tan vigorosa la que experimenté al

sentirme por primera vez arrastrado, con la rapidez del huracan, por ese

animal de hierro, animado por el espíritu del hombre y silbando como una

enorme serpiente enfurecida, que se llama _locomotiva!_ El alma se

siente fascinada por ese poder que la hace delirar, soñar con la vista

de regiones misteriosas cubiertas por la niebla luminosa de la ciencia,

y asistir á la maravillosa generacion infinita del progreso.

Los bosques, las quintas, los castillos aristocráticos, las chozas

rústicas, las colinas, las llanuras, los riachuelos, las sementeras, los

ganados y las poblaciones, pasan por delante del viajero como visiones

fantásticas ó cuadros de leyendas fabulosas;--y la ilusion es tan

poderosa algunas veces, segun la hermosura del paisaje, instantáneamente

descubierto y perdido, que se llega hasta dudar de sí mismo y palparse

para convencerse de que aquello no es un sueño, sino una gigantesca y

sublime realidad de los prodigios de la civilizacion. Es en presencia de

esos espectáculos que se aprende á: estimar el mérito del hombre, á

respetar la ciencia, adorar á Dios como el gérmen supremo del espíritu

soberano que agita á la humanidad, y tener fe en el progreso como el

destino interminable de la Creacion!

La línea férrea de Southampton á Lóndres gira por en medio de un

interminable paisaje de los mas bellos colores, de una riqueza vigorosa

en todos los pormenores como en el conjunto, en donde se confunden,

formando un juego encantador, las obras de la industria con los encantos

de una naturaleza apacible y de contornos suaves. Sinembargo, la rapidez

del tren no permite apreciar bien los objetos, salvo en las numerosas

estaciones cerca de las ciudades y las villas que demoran sobre el

trayecto.

En Inglaterra hay una absoluta libertad industrial que permite el

establecimiento de trenes, ferrocarriles y telégrafos sin sujecion casi

á reglamentos de la autoridad, y por eso cada compañía se esfuerza por

rivalizar á las demás. De aquí proviene la rapidez muy notable de las

locomotivas inglesas, que hacen 35 á 40 millas por hora, miéntras que

en Francia no vencen sino unas 30. Los Ingleses estiman en mucho el

tiempo y no evitan nada por economizarlo. Tambien es de notarse la gran

multiplicacion de alambres en los telégrafos que están adjuntos á las

líneas de ferrocarriles, circunstancia que se presta á una mayor

precision y un servicio mas extenso de la telegrafía en Inglaterra.

El hecho que resalta mas á la vista del viajero al atravesar las

campiñas inglesas es, aparte del órden admirable en los establecimientos

agrícolas, el tino con que se aprovecha todo el terreno sin desperdiciar

una partícula. Así, al lado del parque aristocrático destinado solo á

los placeres campestres, se ve la magnífica huerta de preciosas

legumbres y árboles frutales, admirablemente bien conservada y tan

limpia como el pavimento de un salon; y el jardin mismo, que parece no

ser sino un objeto de recreo, da sus productos á merced de un cuidado

singular.

Mientras que la estéril colina arenosa ó de terreno calizo es

aprovechada con bosques artificiales de pinos y otros árboles alpestres,

en extension muy considerable y con gran provecho por la renta que

procuran, al mismo tiempo que hermosean primorosamente todas las

eminencias,--las llanuras están pobladas de ganados lustrosos y

robustos, de razas cuidadosamente educadas y mejoradas; los cuadros de

plantaciones ostentan su variada vegetacion, ó el arado vigoroso del

agricultor inglés (siempre movido por caballos enormes) abre los surcos

fecundantes que preparan la simiente.

Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · 第 6 / 45 段