la agricultura interior y por el comercio de importacion y exportacion.
Pero para prepararse un porvenir digno de su posición, necesita abrir
paso á los vapores entre su puerto y el rio Magdalena, restableciendo su
canal casi obstruido, ó bien fundar la comunicación terrestre por medio
de un ferrocarril ó una buena via carretera. El mundo colombiano, en
todas sus regiones, tiene cuanta riqueza puede imaginarse: la naturaleza
le ha dado la promesa del mas venturoso porvenir, en la opulencia de su
territorio, y en la bravura heroica de sus hijos. Lo que ese hermoso
mundo necesita es contacto con las demás sociedades, con todas las
razas, con la civilización exterior en todo su desarrollo. Así puede
decirse que la obra compleja de civilizar á Colombia está resumida en
esta frase; comunicarla con el mundo, lanzarla en el movimiento
universal.
Bajo la impresion de esta idea, sentia que mi existencia iba á
trasformarse al dejar el suelo de la patria, confiarme a la providencia
del vapor, cruzar el inmenso piélago y descender sobre las costas de
Europa, en busca de la luz, el movimiento, la vida intelectual y moral,
los tesoros del arte, las maravillas de la industria y todo lo que
constituye este caudal de las tradiciones y los triunfos de la humanidad
que se llama la _civilizacion europea_. ¡Quién me dijera entónces que al
tocar la realidad y estudiarla atentamente, muchas de mis ilusiones se
disiparían; que este viejo mundo me habría de parecer muy inferior á lo
que los libros me lo habian hecho soñar; y que al comparar á la pobre y
atrasada pero hermosa Colombia española con la opulenta y refinada
Europa, mi espíritu, mejor esclarecido, acabaría por estimar
infinítamente mas al pueblo del Nuevo Mundo, á quien, á pesar de los
defectos heredados, la democracia ha ennoblecido y adelantado,
relativamente al tiempo, mucho mas que las instituciones aristocráticas
á las sociedades europeas.
El 12 de febrero dejaba yo el puerto de Cartagena para tomar el vapor
inglés _Thames_, en viaje para San-Thomas. Por primera vez sentia toda
la solemnidad de ese acto de suprema confianza en la Providencia que
presenta al hombre lanzado sobre un barco a la inmensidad del océano....
En el continente quedaba todo mi pasado, todo ese conjunto de tesoros
que se llama la _Patria_; y en la onda agitada del abismo se levantaba
la sombra vaga del porvenir. Al dar el último adiós á Nueva Granada,
cuyo heroísmo representaba Cartagena, llevaba en mi corazon un
sentimiento de profunda gratitud y fraternidad hácia esa noble ciudad, y
la esperanza se asociaba en mi espíritu á la muda contemplacion de un
mar cuya grandeza me daba la idea de Dios, de lo Infinito, de la
Eternidad....
* * * * *
¡Qué espectáculo tan solemne es el del océano! Delante de esa grandeza,
de ese abismo que guarda en su seno la base de los continentes, de esa
majestad suprema de la naturaleza, es preciso tener fe, levantarse hasta
Dios, vivir con el pensamiento en la eternidad, llenarse de la idea de
lo infinito, creer en la eterna armonía de la Creacion, admitir la
noción sublime del progreso indefinido, admirar la supremacía del hombre
sobre los elementos! Allí, en medio de ese piélago que se mueve sombrío
é incansable, sobre ese lomo de cristal líquido que nos lleva de
continente en continente, es preciso sentir profundamente, admirar,
adorar en silencio, vivir de una divina inspiración, ser poeta, cantar,
y sentir en el corazon un no sé qué de heróico, de grande, segun la
inminencia aparente del peligro!
A fuerza de leer y meditar algo, habia llegado á formarme, allá en el
corazon de los Andes, la idea del océano; lo habia soñado con toda su
soledad asombrosa, su misterio, sus efectos de luz maravillosos, sus
ondas agitadas y terribles, sus calmas amenazadoras, sus trombas y
tempestades, sus vagos suspiros, sus mugidos ruidosos, sus mil fenómenos
de óptica, de vegetacion oculta ó viajera, de poblacion increiblemente
variada entre los pliegues de sus ondas.... Y sinembargo de mis
fantasías, que eran de una exactitud completa, me sentí sorprendido,
sobrecogido de admiracion, lleno de miedo y de valor alternativamente, y
como en un mundo distinto del de la Creacion, cuando, ya lejos de las
playas rocallosas y desiertas de Cartagena, reconocí que la tierra
quedaba en lo pasado, como una sombra, y que desde aquel momento mi vida
y la de mis amores pertenecian á la ciencia y las borrascas disputándose
el imperio de la inmensidad!
Eran las cuatro de la tarde, y el vapor _Thames_, bufando como un dragon
amenazado por los monstruos del abismo, surcaba las ondas con
dificultad. El mar estaba agitado, y en vez de la superficie verde y
cristalina de la bahía de Cartagena, no se veia al derredor sino una
serie de colinas de agua negra y sin brillo, perdiéndose en el horizonte
en una prolongada y fuerte ondulacion. Allí sentí una cosa que por un
momento me pareció miedo. Miraba el remolino inmenso, me estremecia y me
parecia que algun impulso secreto me empujaba sobre el borde del navio
para precipitarme entre las espumas de la estela. ¡Era el vértigo del
alma en su admiracion por lo infinito y por la fuerza suprema! Después
me convencí de que no era miedo lo que me dominaba. Al contrario, mi
confianza era absoluta, y la idea de la muerte no llegó á conmover mi
espíritu sino bajo su aspecto heróico.
Cartagena iba á desaparecer. La costa de Colombia no era ya sino una
faja oscura, vaga, fantástica, y las altas torres de la vieja y heróica
matrona de la independencia colombiana se destacaban apénas en el
horizonte, como puntos blanquecinos ó pequeñas nubes evaporándose de
momento en momento. Al fin todo perdió su forma y su color; la altura de
las ondas, abultada por la óptica, cubrió la lista lejana; la
perspectiva se acabó, y en vez de la tierra no ví sino la faz movible y
escarpada del océano.
En aquel momento mi corazon se apretó dolorosamente; un suspiro profundo
me arrancó de mi contemplacion detras de los timoneros del vapor, y
sentí que una lágrima ardiente me quemaba la cara.... Esa era mi
despedida, mi silenciosa invocacion á la patria. Alcé los ojos al cielo,
y ví que el pabellon británico flotaba sobre mi cabeza. Desde ese
momento yo era _extranjero_ en todas partes, extranjero aún en la
soledad del océano, porque un leño impulsado por el vapor tiene
_nacionalidad_, y los pueblos no han comprendido aún que la Creacion es
de todos, que Dios ha hecho de la humanidad una sola familia!
Entónces mi pensamiento comenzó otro giro. La ancha y reluciente estela
del vapor me hizo meditar en la historia de la ciencia y del heroismo, y
evoqué con recogimiento y veneracion la memoria de Vasco de Gama, de
Colon, de Balboa, de Magallanes, de Cortés, de Pizarro, de Lapérouse y
de Cook, cuya fe y abnegacion han hecho avanzar el mundo en la carrera
perdurable de la civilizacion! Y luego ¡qué de luchas, de sacrificios,
de siglos de labor, pasando la obra del progreso de generacion en
generacion, como la herencia de la humanidad entera!
¡Cuánto no ha sido necesario para que el hombre fundase su imperio sobre
la Creacion, encadenando los elementos bajo su planta soberana y guiando
su quilla triunfadora bajo la inspiración de la ciencia! Los Fenicios,
los Cartagineses, los Griegos y los Italianos, los Portugueses y
Españoles, los Ingleses y Holandeses, ¡cuánto no han tenido que hacer
para que Fulton y sus predecesores y sucesores le revelasen al mundo las
maravillas del vapor!
¿Qué es el hombre? Débil por su fuerza física; pequeño como un humilde
átomo en presencia de las montañas y los mares; nulo delante de la
incomensurable majestad del cielo y de los mundos que lo pueblan; nacido
con la herencia del dolor; perecedero en su forma como todo lo que
existe en el mundo físico,--el hombre ha recibido sinembargo una
potencia que no tienen las montañas, el océano, las tempestades ni los
astros: el ESPíRITU. Y esa sola potencia, que es el soplo de Dios, que
es la fuerza suprema, que es mas que la luz y que la vida, porque es la
esencia creadora, inmortal y divina, le ha bastado para descomponer y
analizar y someter la luz, guiar la electricidad, esclavizar los
vientos, poner á su servicio el fuego y la explosión, domar los furores
del océano, escudriñar los secretos del cielo y de la tierra, producir
la fuerza hasta lo infinito y suprimirla á su antojo!
¡El hombre es, pues, creador; el hombre es soberano, es superior á la
naturaleza! Por qué? porque es espíritu, porque la ciencia es su rayo,
el pensamiento su palanca titánica, la palabra su irresistible
instrumento de conquista! Sí; el hombre es soberano porque no es esclavo
de la materia, porque es inmortal como especie y pensamiento, porque su
destino es el progreso indefinido, sin mas principio que Dios y sin otro
fin que Dios!
Oh! el hombre es muy grande; y yo no querría otra cosa para convencer á
los que niegan la ley del progreso, á los que dudan de la supremacía del
hombre, á los que no tienen fe ni en Dios ni en el espíritu de la
humanidad,--no querría mas que hacerles dejar sus curules empolvadas,
sus cátedras carcomidas por el tiempo, y traerles a la mitad del océano,
donde este ser diminuto y débil como materia, este pigmeo armado de los
rayos de Dios, que se llama el Hombre, se pasea tranquilo por en medio
de un abismo agitado y terrible; fuerte por la posesión de una brújula,
un cronómetro, un anteojo, y los resortes y las válvulas de una maquina
de hierro que hace volar un barco sobre las ondas con la impunidad de la
gaviota.
La noche había tendido sus sombras sobre el inmenso piélago, y yo
meditaba todavía, sentado cerca del timón del _Thames_. De repente un
sudor frió me inundó la frente, haciéndome temblar. Quise levantarme, y
sentí que la fuerza me faltaba, que la sangre se helaba en mis venas y
arterias, que un horrible zumbido me hacia perder la vista, el oido y la
conciencia de mi ser; en fin, que un vértigo se apoderaba de toda mi
organización. Era el _mareo_, ese cólera de los mares que no perdona á
ningún viajero y vence aún á los mas vigorosos temperamentos!
«¡Y qué! me dije entonces: el hombre es soberano de este abismo, y
sinembargo el solo movimiento, el olor y la vista de este monstruo
líquido son bastantes á vencer y aniquilar completamente al soberano?
¿Es que acaso esta corteza de carne que envuelve al espíritu puede hacer
pesar su debilidad miserable sobre el ser moral, hasta el punto de
quitarle el pensamiento, la memoria, la voluntad y toda la energía de
los instintos generosos? ¿El hombre es, pues, muy pequeño?» me pregunté
desfalleciente. No! me decía el alma. Sí! me decia la carne!
Entonces me acordé de Rodin, aquel terrible personaje del _Judío
Errante_, que luchando con el cólera, casi en las agonías de la muerte,
y sin mas poder que el de la voluntad, exclamaba: «Quiero vivir, y
viviré porque lo quiero!» Yo habia hecho desde antes de embarcarme el
propósito de resistir á todo trance al mareo, contando con el vigor de
mi organización física: Pero al ver que esta sucumbía,--me dije con
resolución: «No! no! quiero que mi alma domine con su fuerza la
debilidad de mi cuerpo!»
Entónces me puse á bañarme la cara con agitación casi febril, y á chupar
naranjas dulces con desesperación. Me puse de pié, me agarré de las
vergas laterales, de las barandas, y marché. La vista se me anublaba;
caminaba á tientas en medio de los marineros, y hacia esfuerzos supremos
de voluntad ... Lo que pasó por mis músculos y nervios, por mis
arterias y mi cerebro, es indescriptible; fué una lucha interior
tremenda, abrumadora, que me dejó casi exánime. Pero quince minutos
después me paseaba libre y sereno sobre la cubierta de popa, fumando y
riendo, y luego, en asocio de un amigo y compatriota, hacia saltar el
corcho de una botella de champaña para beber por la patria, diciéndome
interiormente: «El hombre es el rey de la tierra, porque su fuerza es el
espíritu y su cetro la voluntad.»
* * * * *
CAPITULO IV.
* * * * *
EL OCÉANO.
La poblacion del vapor _Thames_.--La bahia y la ciudad de San-Thomas.
--Una noche poética.--El vapor _Paraná_.--Grupos sociales.--Escenas á
bordo.--Una ceremonia fúnebre.--Temporales.--Las costas de Inglaterra.
El 13 de febrero estaba yo desde muy temprano sobre el puente del
paquebote. El calor de los camarotes era insoportable aún durante la
noche, y yo queria no solo gozar de la brisa fresca de la mañana, sino
asistir á ese espectáculo sublime de la salida del sol. ¡Qué
magnificencia de escena! qué de tesoros de luz y de hermosura
desconocidos hasta entonces por mí! El sol, como una inmensa urna de
fuego, salia de entre las ondas, envuelto en una auréola de colores
resplandecientes é inasibles á la vista, confundiéndose al mismo tiempo
en el cielo y en el océano, de manera que las dos faces del horizonte,
la de arriba y la de abajo, formaban una sola. Y el mar, que bajo la
sombra del vapor era oscuro como la noche, del lado del oriente brillaba
como un inmenso espejo, agitando sus escamas en un vaiven interminable
que multiplicaba los efectos de luz en las cimas de las olas, y las
medias tintas y las sombras fugitivas en los intersticios momentáneos
abiertos al quebrarse las grandes moles cristalinas y espumantes.
El contraste de aquellas maravillosas hermosuras del elemento iluminado
y agitado, con la soledad de aquel desierto movedizo, era imponente.
¡Qué suprema tristeza en el fondo de tanta vida de la naturaleza! El
sol, la brisa, las ondas y el cielo azul y trasparente reflejaban la
vida, mientras que la muerte y la desolacion se revelaban en esa
inmutabilidad, en ese silencio, en ese vaiven incansable de un abismo
colmado por las aguas del globo entero! El hombre es como el océano:
todo aquí se sostiene por el equilibrio entre la vida y la muerte.
Despues de contemplar y admirar era preciso observar la composicion de
ese pedazo de la civilizacion que se llama un Vapor. El _Thames_ era uno
de los paquebotes mas antiguos de la compañía Británica, y servia
perfectamente de punto de comparacion para juzgar de los progresos que
en los últimos quince años ha hecho la navegacion á vapor. En lo general
la estructura de los vapores ingleses destinados á navegar entre
«Sud-América» y Europa, es pesada, pero de mucha solidez, y si hemos de
prescindir de algunas raras excepciones, podemos con justicia establecer
un parangon entre los vapores _americanos_ y los ingleses. Si en punto á
solidez, seguridad y perfeccion en el servicio de maniobra son muy
superiores los ingleses, los paquebotes americanos tienen la ventaja en
la rapidez, la comodidad y aún la baratura. El vapor americano es al
inglés lo que el hotel de lujo al café ó restaurador. El viajero se
siente mucho mejor bajo la bandera estrellada que bajo el leopardo.
Generalmente los capitanes de los paquebotes ingleses son muy poco
galantes, y muchos de sus oficiales son ordinarios en su educacion y sus
modales. Unos y otros son muy intolerantes en punto á la hipocresía
religiosa de los Ingleses sobre los domingos, y se nota que todos los
marinos, desde el primero hasta el último, tienen muchas supersticiones,
talvez incompatibles con el hábito del peligro.
En compensacion se ve en todos ellos que la moralidad es sólida, excepto
en algunos contadores _(Pursers)_, que son peores que judíos, y en los
cantineros, que explotan á su sabor al pasajero. Algunos _Pursers_ son
tan...usureros, por no usar de otra palabra, que cobran descuento
hasta por las libras esterlinas. Muchos pasajeros son escamotados en el
valor de la moneda, perdiendo el 5, el 8 y hasta el 10 por ciento del
valor legítimo de sus doblones, porque la necesidad los obliga á aceptar
la tarifa caprichosa con que se especula á bordo. Probablemente los
escamotadores llaman eso hacer sus economías.
Los camarotes de los vapores ingleses carecen de comodidad, y el
servicio de los domésticos es difícil y desagradable. Los pasajeros que,
por su desgracia, no saben explicarse en buen inglés, tienen que hacerlo
con libras esterlinas y chelines, en cuyo caso son perfectamente
comprendidos. Un Inglés tiene tanta fatuidad de raza, que jamas
responde, aunque conozca una lengua extraña, si no le hablan en la suya,
ó si no le muestran la bolsa que es lo mismo. Los vinos, cuya venta es
una brillante especulacion del capitan, son casi todos detestables,
sobre todo los franceses y españoles, y el buen bebedor tiene que
contentarse con el abominable brandy, la cerveza comun ó la insípida
limonada gaseosa, excelente para el mareo pero nociva para los nervios.
Por lo que hace á los alimentos, su invariabilidad cotidiana y su sabor
son insoportables. El cocinero inglés, que en materia de papas cocidas,
_roast-beef_ y _pudding_ no tiene rival (y por cierto que el mérito no
es muy envidiable), es en lo demás inferior á todos los cocineros
posibles de uno y otro hemisferio. Es que el Inglés sabe beber, pero no
comer, y tiene el gusto en el estómago, especie de tonel, mas bien que
en el paladar.
A bordo del _Thames_ se habia reunido una sociedad de las mas
heterogéneas. En primer lugar debo citar á nuestro Irlandes del vapor
_Bogotá_, que habia bailado tan alegremente el _currulao_ con las negras
lustrosas de la aldea de Regidor, á orillas del rio Magdalena. El buen
viejo parecia muy contrariado por falta de confianza, y se habia vuelto
taciturno. Así, la sola ocupacion del gigante de la verde _Erin_, hasta
San-Thomas, se redujo á destapar botellas y devolverlas vacías, fumar,
silbar con melancolía y cantar á hurtadillas algunas canciones de su
tierra, un tanto cuanto coloradas para ser de país católico romano. En
honor de la Irlanda debo declarar que el digno compatriota de O'Connell
no bebia solo, sino que, desesperado de tener que resignarse á una sola
botella cada vez que el apetito le picaba de recio (y los entreactos no
eran largos), convidaba siempre á algún pasajero para que le ayudase á
despachar dos ó tres botellas en vez de una.
Una modista de California, que se llamaba propietaria, y se mudaba tres
veces por dia, descollando por sus encajes, sus enormes dientes y sus
amabilísimas muecas, se había empeñado en conquistar al Irlandes á todo
trance; pero el buen viejo, que parecia entender mejor el verbo _to
drink_, hecho para el paladar, que el _to love_, destinado á las
honduras del corazon, le frunció las cejas de tal modo á la modista, que
la infeliz, para vengarse de la altiva Irlanda, se resignó á coquetear
con el jefe de ingenieros del vapor, jayan de la raza pura de _John
Bull_.
Entre las curiosidades de á bordo se hallaba un Costaricense con ínfulas
de marques quien, sobre dar asunto para reir con su manía de decantar su
_sangre noble_, interesaba mucho por su casta inocencia. El pobre
moceton, apesar de sus 30 años y su sangre azul, no podia soportar que
nombrasen siquiera á las mujeres, y para atormentarle, un Genoves marino
que le acompañaba le espetaba á cada diez minutos una historieta de
italiano y soldado, que hacia espeluznar al inocente mancebo. No faltó
quien informase luego que el muy taimado de la sangre azul tenia sus
viejas _marrullas_ de rezandero, que le hacian parecer pasablemente
pecador. En ninguna parte es tan ridículo el tartufo como en alta mar.
Pero nada tan curioso como una Francesa que venia de San-Francisco de
California con su marido, victima de un mareo permanente. La desdichada
no había tenido mas horas de alivio que las del tránsito por el
ferrocarril de Panamá. De resto su único oficio había sido el de estar
mareada, como el de su excelente consorte el de darle copas de brandy
puro, remedio que algunos consideran eficaz para el «mal de mar». Es un
secreto que ninguno ha podido aclarar, si era el mar ó el brandy el
responsable de la situacion; pero lo que sí pudo comprobarse fué que la
estimable Francesa no dejó de estar en chispa un solo dia, ni una sola
noche, aunque á decir verdad, era una chispa inofensiva que nunca le
inspiraba sino ternura, suspiros, lagrimas de amor y recuerdos de
felicidad conyugal.
Era adorable ver á la impermeable mujer, cada vez que una copa de brandy
apaciguaba por un momento el mal, y que el buen marido la tranquilizaba
á propósito de algún corcovo terrible del buque azotado por las olas
hinchadas, era de ver cómo, mirando á su Adán con la inefable dulzura de
la chispa, le decia con el acento mas patético: «_Ah, mon marí! nous
nous aimons comme si nous avions seize ans!_» En seguida venian los
apretones de manos, los abrazos, los besos á hurtadillas, hasta que
hecha la digestión marítima de la última copa de brandy, la amorosa
consorte exclamaba con voz agonizante, siempre en francés: «_Oh, mon
marí! je meurs! Encore un petit verre de cette médecine_»....
Y una copa mas iba á perderse en el mar interior de aquel estómago
incombustible y agitado por las convulsiones de un vértigo incesante.
Lo que refiero no es una invención, es la verdad, y yo mismo me aturdia
al ver esas escenas singulares, incomprensibles en una mujer y sobre
todo en una Francesa. Un dia, en presencia de varias señoras, la pobre
viajera, como embrutecida por el mal, y acaso mas por el remedio, llegó
á beberse siete vasos de brandy puro en el trascurso de tres
horas!--Cuanto puedo decir es que hasta el Irlandes y algunos oficiales
ingleses se escandalizaban.
En general la actitud de los viajeros era fría y reservada, durante los
tres primeros dias, cosa muy natural. Poco á poco la elasticidad de
caractéres fué siendo muy notable, en términos que cuando avistamos la
triste y desierta isla de San-Thomas ya éramos todos tan amigos que las
copas de champaña, las ardientes canciones y las chistosas anécdotas se
multiplicaban, porque es de ley de raza y tradición que el Ingles gana
sus amistades bebiendo, el Francés cantando, y el Español contando sus
_cachos_ (aventuras macarrónicas) ó refranes chistosos de su tierra. En
el mar todo el mundo entra circunspecto y extraño, todos se hacen
amigos, y todos se despiden luego para no volverse á ver ni recordar
jamas.
* * * * *
El 17 á las cuatro de la tarde entrábamos á la linda bahía de
San-Thomas, ya divertidos con los saltos y las evoluciones de dos
ballenas que nos acompañaban á alguna distancia, ya encantados con el
interesante aspecto de la bahía y el pintoresco anfiteatro de la ciudad.
Las escenes de la tarde, la noche y la mañana siguiente, merecen una
rápida descripcion.
La isla de San-Thomas es una colina rocallosa, rodeada de agua, y nada
mas. Sus altas rocas caen sobre las ondas como tajadas á pico; la tierra
carece de toda vegetacion florida y fresca, y el aspecto general de la
isla entera es tristísimo y desagradable.--Salvo, pues, la pequeña
ciudad marítima ó comercial de San-Thomas, que contiene unos 6,000
habitantes, lo demás carece de valor absolutamente.
Como la ciudad es puerto franco y el centro de la red de comunicaciones
que mantienen los vapores ingleses entre Hispano-Colombia, las Antillas
é Inglaterra, hay siempre en la bahía un número considerable de
paquebotes, de buques mercantes y de fragatas ó corbetas de guerra, con
grandes depósitos de carbon de piedra. La bahía es estrecha, pero
bastante bien abrigada, y pintoresca por el contraste de las
embarcaciones con todas las banderas del mundo y por el juego que hacen
algunos fuertes sobre el fondo gris de las colinas, las bellas quintas
de las cercanías, con elegantes azoteas y jardines, los grupos de
palmeras, de naranjos y otros árboles pequeños, mantenidos con mucho
esmero y fuertes gastos, porque la tierra no es bastante vegetal, y todo
el conjunto gracioso de las casas de la ciudad, que tienen la forma de
pequeños castillos ó de campestres residencias.
Un enjambre de góndolas ó barquichuelos pintados de verde, rojo,
amarillo y azul, y montados por diestros bateleros, circulaba en
pintoresca confusion por en medio de los grandes vapores y los
bergantines, solicitando pasajeros que quisiesen ir á tierra á tomar
víveres frescos, helados deliciosos y frutas de todas clases. En breve
nuestro paquebote se llenó de lavanderas, fruteras y vendedoras de
fruslerías y corotos de toda especie, algunos de los cuales fabricados
de paja, cerda ó pita, me parecieron objetos de arte muy curiosos. Toda
esa gente metía tanto ruido á bordo con su algazara que los viajeros nos
creíamos en una especie de Babel, en tanto que los marineros del
_Thames_ y el _Paraná_ se ocupaban estrepitosamente en las maniobras del
trasbordo, entonando canciones dé un acento singular y vibrante.