las murallas, despues de haber dado una ruciada de arcabuceria comenzó
a decir de parte del capitan frances, a voces, que porque no se daban
a partido; que que pensaba hacer; el artillero que se decia Per
Andres questaba con el alcaide, comenzó a hablar con este soldado en
aleman, que no se hizo mucho provecho, segun despues se supo; segun
pareció el Per Andres dijo al soldado que en el terraplen no habia
arcabuz ni ballesta ni vitualla ninguna, e que no habia arma con que
pelear. Esto puso mucho ánimo a los enemigos y el alcaide como oyó la
plática y no entendia la lengua alemana, saltó con este traidor del
artillero diciendole que que platicas eran aquellas; que no hablase
mas palabra, que lo mataria, como lo quiso hacer, e ya estaba hecho
el daño, y el artillero volvió al alcaide y dijo que lo que le decia
que no era cosa que importaba nada, salvo quel soldado venia de parte
del capitan frances questaba a la esquina de la muralla amparado con
ella, con un escuadron de gente, e que venia a decir que dejase el
artilleria y se diese a partido, que bastase el daño que de entramas
partes habia habido, pues no tenia remedio de sustentar, y el alcaide
oyó quel Per Andres, artillero, le dijo, no pensando que habia dicho
al soldado frances otra cosa. Luego hizo tocar el atambor de arma
falsa y tirar algunas piezas de artilleria para que los enemigos de
fuera no pensasen que estaban desmayados los de dentro, lo cual lo
estaban harto, porque trataban unos entre otros que no querian pelear,
ni habia armas con que, y decian al alcaide que si él queria morir,
que muriese, aunque todo esto no era parte para dejar de mostrar el
ánimo que era justo en tal caso se requeria, y aunque viendo que era
casi el alba y no le habia dado el Gobernador el socorro que le habia
prometido, y que la gente que en el terraplen con él estaba, que serian
hasta quince personas entre españoles y negros y indios y mestizos,
y algunas mujeres, niños y viejos, que todos los mas eran inútiles
para pelear, porque eran gente que se habia entrado a mamparar alli, e
todos desmayados, e hicieron muchas lamentaciones diciendo al alcaide
que en el terraplen no habia armas ni pan ni agua ni carne ni remedio
para poderse sustentar ni defender, ni esperanza de socorro, como
despues pareció, y quel partido quel capitan frances les habia embiado
a voces a decir con el soldado, le habia el alcaide de pedir a él,
por la extrema necesidad que tenian, viendose cercado y encorralado
de sus enemigos en el terraplen, y quemada ya toda la torre y todos
los enemigos tomadas las murallas y habiendole muerto y herido los que
podian pelear, puestas las escalas al terraplen por muchas partes, y
con muchas bombas y artificios de fuego, y sin esperanza de socorro.
Ya que rompia el alba, tornó el dicho alcaide hacer tocar atambor e
tirar dos piezas de artilleria, y los enemigos que alrededor estaban
dieron muy grande grita diciendo que se diese, que no tuviese remedio
de socorro, y el artillero Pero Andres e cuatro ó cinco de los que en
el terraplen estaban, que al parecer se pensó que fuera para algo,
vinieron a hablar a Rodrigo Martin, soldado dicho, para que hablase al
alcaide de parte dellos para que dejasen el artilleria y se saliesen a
su salvo, y el soldado no se lo osó decir al alcaide, sino que todos
juntos llegaron a él diciendole que les dejase salir del terraplen, que
no permitiese que muriesen alli todos, pues via que no tenian remedio
ni defensa nenguna, ni arma con que pelear, y los enemigos de fuera. Ya
que queria aclarar el dia comenzaron a jugar de su arcabuceria y a dar
grandes voces y alaridos diciendo que porque no se daban, y el alcaide
se llegó, como oyó las voces, hacia una esquina del terraplen donde
estaba un paredoncillo con un portillo que habian hecho y dijoles a
voces que querian, y le respondieron unos soldados, que hablaban bien
español, diciendole de parte del capitan, porque no se daba a partido,
porque si aclaraba bien el dia todos habian de morir malamente, y
cierto, nenguno escapara. El alcaide dijo que muriese, que para eso
estaban alli, e se quitó, e luego de ahi a poco se tornó a poner en
el dicho portillo que tenian hecho los enemigos, sin esperanza de
nengun remedio, e preguntó por el capitan en alta voz, y el frances le
respondió que queria; y él le dijo que que le queria a él, y el frances
dijo; quereros dar a partido; el alcaide le respondió que que partido;
el frances le dijo en alta voz, questaba en la esquina de la muralla,
mamparado él y alguna parte de su gente con ella, que con el partido de
la vida a él y a todos los que con él estaban, porque habeis combatido
y defendido como buen soldado; y el alcaide le dijo que habia de ser
sin rescate; el frances dijo que si, sino era mercader. E pasadas
estas platicas el alcaide quiso jugar a dos itos si le aprovechara,
porque si pensara quel socorro no le habia de venir, tenia determinado
e ordenado de cargar todas las piezas de artilleria hasta las bocas,
con dos o tres balas cada una, e sembrar toda la polvora que en el
terraplen tenia, por todo el terraplen, e romper toda el artilleria e
quemar toda la pólvora porque los enemigos no se aprovechasen dello,
y pudiera hacer esto muy a su salvo, y saliesen él y todos los que en
el terraplen estaban, por las espaldas del terraplen, sin mucho daño
e peligro de sus personas; mas no se atrevió a hacer esto que tenia
pensado, por el esperanza que tuvo del socorro, porque siempre pensó
que le viniera, e fue mal pensamiento, y considerado si se le diera
el socorro y el hobiera rompido el artilleria y quemado la municion
fuera mal caso habello hecho, y a esa causa no osó hacer lo que tenia
determinado, y segun despues sucedió, valiera mas habello hecho, porque
los enemigos no se aprovecharan del artilleria.
Y el frances tenia su gente por sus escuadrones bien en orden por las
murallas e por las esquinas dellas y por alrededor del terraplen,
siendo ya el dia claro, viendo el alcaide todo lo que habia sucedido
e que ya no habia lugar de hacer lo que tenia determinado en el
romper del artilleria porque ya era de dia, y no se podia salir con
su determinacion en salirse del terraplen sin ser vistos de los
enemigos, determinó de tomar el mejor remedio, que fue confirmar el
partido questaba hecho, porque la gran necesidad le constriñó a ello.
El capitan frances entró en el terraplen armado con su coselete,
espada y daga y una alabarda, y con él muchos soldados de coseletes y
arcabuceros, e por fuerza se apoderó en cuatro piezas de artilleria,
porque otras dos, que eran seis, se habian rompido combatiendo, y puso
su bandera sobre el artilleria y pidió al alcaide que le diese la suya,
e jamas se la quiso dar, y el capitan e muchos soldados llegaron por
fuerza e la quitaron donde estaba puesta, e despues desto, el frances
preguntó al alcaide que donde estaba el tesoro del Emperador y el cofre
que tenia la moneda, porque siempre, segun se dijo despues, habia
pensado que habia alli gran cantidad de moneda de Su Magestad, segun
se le habia defendido aquella plaza y artilleria, y tambien porque las
guias que traia le habian hecho entender que habia alli gran cantidad
de dinero, de las naos que se habian perdido en la Florida, que segun
despues dijo el frances, questa habia sido la prencipal cabsa porque
se habia aventurado á tomar este pueblo; y el pensamiento que tuvo
le salió muy al reves, quel alcaide le dijo que Su Magestad no tenia
aqui dinero nenguno, porque cuando se lo llevaban iba con muy grande
armada. El francés vió en el terraplen un escritorio pequeño del
alcaide, con unos papeles que aquel dia habia metido alli, e luego le
hizo descerrajar, e no halló en él sino fueron papeles e una sortija
de una esmeralda del alcaide, que la tomó e metió en el dedo, e luego
en otra caja halló plata labrada del alcaide, cantidad de marcos, e la
tomó, e cierto, el frances pensó que en aquella presa quedaba rico y el
pensamiento le salió al reves, pues no halló alli otra cosa que robar
sino lo que tomó al alcaide.
Luego ya que tenia preso al alcaide y algunos que con él estaban y
algunas mujeres y niños, determinó de salirse luego del terraplen con
un escuadron de soldados, e se fue a las casas de Juan de Rojas, con
alcaide y prisioneros, e alli se hizo fuerte, porque el terraplen
no era fuerza ni conveniente para estar seguro, segun le pareció.
Llegado a las dichas casas, se subió a lo alto dellas con algunos
soldados prencipales, y todos se desarmaron e hubo buena gira; e otro
dia adelante entro su nao e la caravela e la gran barca, y entraron
harto mas seguras que el dia antes, quel alcaide los habia ojeado y
desbaratado, e hecho que no tomasen puerto, e viendo queste dia no les
habian combatido ni empedido la entrada del puerto, entraron seguros,
porque ya el alcaide estaba preso, e despues dentrados, de regocijo
jugaron mucha artilleria, y hubo de los de la parte de la mar y de los
de la tierra, gran regocijo.
Pasó esto: otro dia de mañana el frances hizo echar todas las mujeres,
niños y viejos y algunas negras que con el Alcaide habia preso, e
les dió libertad para que se fuesen donde quisiesen, sin hacerles
agravio ni mal tratamiento ni daño nenguno, que lo hicieran al Alcaide
y algunos prisioneros que tenia, sino por algun temor que despues
de habelles dado libertad volveria el Alcaide y ellos a hacelles
algun daño, y tambien porque pensó que despues de haber suelto los
prisioneros, si los soltaba, no le querian rescatar el pueblo, que
era lo que entonces pretendia, y dijo al Alcaide que escribiese al
Gobernador diciéndole de su parte como él estaba apoderado en el pueblo
e puerto e artilleria, e que de todo ello era señor; que determinase de
rescatar el pueblo, porque de otra manera, si no lo queria rescatar,
que lo quemaria y arrasaria y abatiria por tierra, como lo hizo, y el
Alcaide escribió luego la carta al Gobernador con el artillero Pero
Andres, questaba preso, al cual le dió libertad, al él y a otro vecino,
Martin Ruiz, sobre la palabra del Alcaide, que mas valia que no se
la diera, y en la carta decia lo que habia sucedido en aquel dia y
noche antes pasada, y diciéndole en ella cuan mal lo habia hecho en no
habelle dado socorro, y que por su cabsa se habia perdido todo, y aun
le escribió la flaqueza que se habia hecho en haberse desmamparado el
pueblo, que habia sido muy gran cobardia, y otras muchas cosas, segun
por la carta pareció, y ansi mesmo que hiciese traer alguna comida para
aquellos prisioneros, y otro dia a hora de medio dia, el Gobernador
le respondió a la carta diciendo que tan poco remedio habia a envialle
de comer, como habia habido en dalle socorro, y que para tratar el
rescate del pueblo era necesario quel capitan francés diese seguro a un
fraile Dominico questaba aqui, que se llamaba Fr. Alonso de Ulloa, el
cual fue cuchillo y principio de todos los daños y muertes que despues
sucedieron, y al fin, Fraile habia de ser. El capitan frances embió
luego el seguro firmado de su nombre, como el Gobernador por su carta
lo pedia, y se asentaron las treguas de una parte y de otra, y entre
tanto quel Fraile entendia en el rescate del pueblo y vino con la mesma
seguridad tres dias arreo a tratar con el capitan frances de parte del
Gobernador, al cual le hizo el frances buen tratamiento y reverencia,
y el primer dia que fue a tratar en ello llevó comision del Gobernador
que diesen de rescate por el dicho pueblo mill pesos, y otro dia llevó
en comision mas larga fue dos mill pesos, el frances le respondió la
última vez que era poco el rescate para tan buenas casas y tan buen
pueblo, y entretanto que se trataba y entendia en este rescate, el
Fraile y el Per Andres, artillero, y el Martin Ruiz andaban de una
parte a otra con la seguridad dada a tregua asentada, y el Alcaide
dada la palabra por la parte del Gobernador, como él se lo habia
escrito. En este medio tiempo comenzó el Gobernador a juntar gente
despañoles, negros e indios y mestizos, todos los mas que pudo, que
fueron doscientos y ochenta personas, y sin comunicarlo con el cabildo
ni tomar parecer de nadie del, sino por su propia cabeza, quiso hacer
esta guerra al frances; fuera justo que pues para cosas que otras cosas
no suelen importar nada, se juntaba con este cabildo y tomaba parecer
dellos, mas necesario fuera hacerlo para esto que tanto importaba, y
tanto iba en ello, que no rejirse e gobernarse desatinadamente solo por
su cabeza, que fue cabsa de todo lo que sucedió.
E juntas estas doscientas y ochenta personas, y miércoles en la noche,
dos horas antes que amaneciese, que fue ocho dias despues que se
combatió la torre y se prendió el Alcaide, vino el Gobernador con toda
esta gente en los enemigos franceses en alba, los cuales halló bien
descuidados y divididos, porque el capitan se habia hecho fuerte en
las casas de Juan de Rojas, como digo, con cosa de setenta soldados,
porque los demas estaban repartidos por la nao y en la artilleria del
terraplen que habian tomado, muchos dellos alojados en las casas del
pueblo, y el Gobernador con toda esta gente cercó la casa de Juan de
Rojas, donde el frances estaba con hasta setenta soldados, como dicho
es, e antes que llegasen a la dicha casa con gran trecho, fueron
sentidos de los enemigos que dentro estaban por la gran grita y el
ruido que traian; por manera que despertaron los que dentro estaban
bien seguros, por la seguridad que el Gobernador habia dado al capitan
frances, y conociendo los gritos de fuera, tuvieron tienpo de cerrar
la puerta, que la tenian abierta, y el Gobernador y su gente comenzó
a hacer daño matando algunos de los franceses questaban por las casas
alojados, y algunos heridos de la saeteria de la torre, que valiera mas
tomarlos a prision, pues los enemigos tenian prisioneros, especialmente
algunos que sobre su palabra salian de las casas, otorgándoles las
vidas, despues los hacian matar, y esta guerra no era usada ni buena;
bien pareció quel que la mandaba hacer habia visto pocas, pues al
rendido hacia matar. Ya que no se entró por la puerta que estaba
abierta, ni osaron entrar, pudieran hacer otro provecho, que fuera
tomarles todas las velas, que las tenian en tierra en el hermita, con
solos tres grumetes que las guardaban, y ansí mismo dos piezas de
artilleria que tenian puestas en la placeta de Juan de Rojas, en las
bocas de las calles, que no las guardaba nadie. Ni lo uno ni lo otro
no tubieron ánimo para hacer, que fue harto mal, porque con solas las
velas o dos franceses de los que mataron, si los tomaran a prision,
se rescatara el pueblo y artilleria, y toda la presa que los enemigos
tenian en su poder, porque no habia en la nao otra vela ninguna, sino
las questaban fuera, y uno de los dos soldados que mataron era un
capitan, debdo del general Jaque de Sores, y el otro era el barbero,
que a ninguno destos dos por ninguna cosa dejara el capitan. Y el debdo
del capitan salió de una posada sobre la palabra del Gobernador, y en
saliendo de la casa le hizo matar, habiendo salido sobre seguro, y fue
una cosa bien fea y dañosa para los prisioneros questaban dentro, ansí
de los questaban presos con el Alcaide, como de otros que habian tomado
en dos ó tres bateles que habian entrado por la boca del puerto.
Viendose el capitan frances cercado del Gobernador y de toda su gente,
con las voces que vinieron dando y daban, fueron sentidos y comenzaron
a tocar al arma, y luego los de fuera dieron muchas voces diciendo
que todos habian de morir y pasar por filo despada, como lo habian
hecho a los que habian hallado por las casas, y estas palabras y otras
soberbias que de los de fuera se dijeron, fueron cabsa de harto mal y
de la crueldad quel frances hizo dentro de casa en los prisioneros que
tenia, porque como entendió que los de fuera mataban los suyos y no los
tomaban a prision, como él tenia a los suyos, dijo a voces que era muy
mala guerra, y luego bajó de lo alto a lo bajo de la casa, donde tenia
los presos, diciendo que pues los de fuera habian muerto los suyos e no
tomado nenguno a prision que no dejaria nenguno de los que tenia presos
que no matase, pues se le habia hecho e hacia tan gran traicion, y ansi
lo cumplió, quentró luego en una cámara donde encerraban de noche todos
los prisioneros, porque de dia por ahi se andaban, y los mató á todos,
que fue una lástima y crueldad grandísima, cabsada por el Gobernador,
por venirles a hacer aquella guerra, que fuera bien escusado, porque
viendose quien quiera cercado con enemigos de fuera y enemigos de
dentro, hiciera lo mismo quel frances hizo, especialmente habiendole
quebrado la palabra y muértole su gente que estaba alojada sobre
seguro, y los quel frances mató dentro, en la cámara, fueron treinta
y tres personas, ansi de los que habia preso con el alcaide como de
los que tenia de los tres barcos que habia tomado, y de la caravela
latina que desembarcó, que habia alli algunos, y hecha esta carneceria,
la cual lloran hoy dia muchas mujeres viudas, que mataron alli a sus
maridos, que era la tercia parte de los vecinos, y quedan sin ellos
y sin haciendas y casas. Dios perdone quien fue cabsa de tanto daño
y de otros mayores por falta de consejo. Ya muertos estos que digo,
el capitan frances se subió arriba a matar al alcaide, que le tenia
puestas guardas, con otro capitan e ciertos soldados que le guardaban,
e con el espada desnuda en la mano arremetió a él diciendo quel habia
sido cabsa de aquella traicion que se le habia hecho en venir sobre él
y matar a los suyos, y el alcaide, viendose en lo último de la vida
y sin armas, se desvió a un lado, destocada quel frances le tiro, e
con mucho ánimo arremetió a él muy recio apretándole los brazos y
teniéndole el brazo del espada debajo del suyo, diciéndole que no tenia
razon de matalle, pues no sabia el trato de lo que habia sucedido,
e todavia lo matara sino fuera por el otro capitan que lo tenia en
guarda, que se lo quitó dentro manos y le habia tomado aficion en
aquellos pocos dias que habia sido prisionero, y luego el capitan tornó
abajo y puso en orden toda su gente que dentro con él estaba, y dejó
al alcaide con la misma guarda que se tenia de antes, que siempre se
temió mucho del, y de ahi a poco tomó al alcaide por la mano y díjole
que se pusiese a una ventana que salia a la placetilla de Juan de Rojas
y dijese al Gobernador y a su gente que se retirase, quel alcaide haria
el partido. El alcaide se puso luego a la ventana, con algun peligro de
los questaban de fuera, y dió voces al Gobernador rogándole con hartas
lástimas que se retirasen y que no fuesen cabsa de tantas muertes, y
que mirasen que los matarian a todos, a los de fuera y a los de dentro,
y quel haria el partido. El Gobernador le respondió que mas valia
que muriesen todos, y bien parecia que le dolia poco y tenia puesto
en cobro su hacienda, mujer e hijos, que en los ocho dias que habia
que se habia salido del pueblo, habia tenido tiempo para ello. Bien
habia dicho que muriesen, pues tan poco le costaban las muertes de los
que dentro estaban, si con ellas se libertara la tierra, la cual sin
ninguna y con poco dinero se pudiera libertar, porque cierto, aquella
noche se retiraran, cuando el alcaide se lo dijo, tomara por partido
el frances dembarcarse con toda su gente y dejar la tierra, porque
pensó que habia muy gran cantidad de gente fuera, e como de noche no
la viera, no tuviera atrevimiento de hacer despues lo que hizo, e como
se vió que no se retiraban, e que decian de la parte de afuera que se
rindiese y otras cosas, y que habian pegado fuego á las puertas de
las casas de Juan de Rojas, donde el frances estaba, pensando que le
hacian daño, le hicieron provecho, que le dieron claridad para ver los
questaban fuera, a los cuales derribaban con el arcabuceria desde las
ventanas, e como los mas eran negros e indios, e sin armas, e incapaces
de la guerra, poco era menester para matarlos. Pudiérase escusar si se
retiraran cuando el alcaide se lo dijo al Gobernador y algunos vecinos
se lo dijeron, y ya el capitan frances tenia vista y reconocida la
gente que alrededor estaba, porque habia tomado un hacha encendida
atada con un cordel y la habia echado por una ventana abajo y habia
mirado parte de la gente questaba fuera, e viendo ya la puerta casi
quemada, tornó a subir arriba e tomó el alcaide por la mano juntamente
con un soldado que se llamaba Rodrigo Martin, e los bajó a la cámara
donde estaban los treinta e tres muertos e dijo al alcaide que no se
meneasen, porque haria del lo que habia hecho de los que alli estaban,
que cierto fue bien temerosa la entrada, segun se dijo despues, porque
era gran compasion ver en una cámara pequeña treinta y tres muertos y
tanta sangre, y ver espirar alguna parte dellos. Y dejado el frances al
alcaide en la cámara encerrado y con guardas a la puerta, y questaba ya
acabada de quemar la puerta de la calle y que venia el dia, determinó
el frances de salir al Gobernador y a toda su gente con mucho ánimo
y con hasta veinte soldados arcabuceros y coseletes, porque la demas
gente quedó en guarda de la casa, hecha fuerte, y en saliendo, que
salió, la repartió por dos calles, e viendo los questaban fuera de la
parte del Gobernador, como los enemigos salian, comenzaron con muy gran
tropel a huir, sin hacer nenguna resistencia, y ansi los desbarataron
a todos, que no fue mucho menester, y de parte del Gobernador habia
cantidad fuera de muertos, quentre españoles, e indios e negros y
mestizos fueron cuarenta y cinco los muertos, sin algunos heridos
que despues murieron, y este daño se les hizo a los nuestros de los
arcabuceros desde las ventanas y azoteas donde el frances estaba, que
a haberse retirado cuando se le dijo, se ivitaban todas estas muertes,
porque cuando el enemigo salió, en amaneciendo, de la casa, no hizo
daño al salir, porque no halló a quien, porque todos habian huido.
Todas cuantas cosas han sucedido han sido por cabsa del mal consejo y
gobierno, y tambien porque muchas veces la codicia y avaricia suele ser
madre de muchos males, y ansi lo fue aqui, porque antes que al frances
se le viniese a hacer la guerra que aquella noche se le hizo, andaban
entre muchos que venian en compañia del Gobernador y aun del como se
habia de repartir todo el oro y perlas que traian de la Borburuata y
Cabo la Vela y Santa Marta, y otras cosas que traian, tomadas de la
costa de Tierra Firme, e salió tan al reves de lo que tenian pensado,
que se puede virificar el refran de «uno piensa el sayo.....» y tambien
debió de pensar y pensó el Gobernador de soldar la salida del pueblo y
habelle dejado sin ver quien le echaba del, y el no haber dado socorro
al alcaide y artilleria. Pensando metigar esto, hizo mayor llaga, pues
fue cabsa que muriesen setenta y cinco personas, con las quel frances
mató dentro de la casa, que por algunos reclaman hoy dia diez o once
mujeres que quedaron viudas, y otros que perdieron sus negros, y los
tristes indios acabaron con la libertad que se les habia dado, que fue
harta lástima, porque con la mitad que valian los negros que mataron
se podian rescatar y rescatara todo el pueblo. Nuestro Señor perdone a
quien fue la cabsa de tanto mal.
E sucedido este desbarato despues de haber salido el capitan frances
hasta la plaza y no vió a nadie que le resistiese, tornó a la casa
donde habia salido, él y aquellos pocos de soldados que con él
salieron, se desarmaron e hubo buena jira. Si de los de la parte de
fuera hobiera ánimo para volver sobre ellos, pudieran hacer algun daño,
porque estaban tan descuidados como primero, e con aquel regocijo
de aquella mañana, luego el capitan mandó soltar al alcaide y aquel
soldado que con él estaba, e sacándolos de la cámara de los muertos, el
francés dijo que tornaba a darle la vida al alcaide, aunque no habia
causa porque se la dar, pues que sobre su palabra e sobre las treguas
questaban asentadas se le habia hecho aquella traicion, e le habian
muerto su gente sobre seguro, e le dijo que se aparejase, que le queria
llevar a Francia sino le daba de rescate por su persona seis mill
escudos, porque de antes que se le hiciese la guerra él no le habia
pedido nenguna cosa de rescate, y pues que con él no se habia cumplido
la palabra y treguas que se le habia dado y estaba asentada, no era él
obligado a cumplilla, pues con él no se habia cumplido. El alcaide le
respondió que no habia sido él cabsa de lo que habia sucedido, ni lo
habia sabido, pero todas estas buenas palabras no fueron parte para que
dejase de llevar al traste al alcaide dos mill y doscientos pesos por
el rescate, sin otros mill e quinientos que en la torre y terraplen
perdió, y la mas parte del rescate se allegó entre sus amigos. El ha
quedado tal, cual Dios lo remedie, y todo a cuenta de guardar a S. M.
cuatro piezas de artilleria que tenia a cargo, que al parecer le fuera
harto mejor que las dejara en el terraplen, y no le sucediera tanta
pérdida de su hacienda, ni quedara tan perdido como queda, ni pasara
por los tragos que pasó.