Hace dos días que puedo salir de mi retiro y pasar al castillo. No había
visto á la señorita Margarita desde el instante de nuestra separación en
la torre d'Elven. Cuando entré, estaba sola en el salón; al reconocerme
hizo un movimiento involuntario como para levantarse, pero permaneció
inmóvil y su fisonomía se coloreó repentinamente de una púrpura
ardiente. Esta fué contagiosa, por que yo mismo sentí que me enrojecía
hasta la frente.
--¿Cómo está usted, señor?--me dijo al tenderme la mano, pronunciando
estas simples palabras con un tono de voz tan dulce, tan humilde, ¡ay!
tan tierno, que habría querido arrojarme de rodillas ante ella. Sin
embargo, fué preciso contestarla en el tono de una política helada. Me
miró dolorosamente: luego bajó sus grandes ojos con aire de resignación
y continuó su trabajo.
Casi en el mismo instante, su madre la hizo llamar al lado de su abuelo,
cuyo estado se agravaba notablemente. Hacía muchos días que había
perdido la voz y el movimiento; la parálisis le había invadido casi
entero. Los últimos destellos de su vida intelectual se habían
extinguido: únicamente persistía la sensibilidad con el sufrimiento. No
podía dudarse que el fin del anciano se aproximaba, pero la vida había
tomado posesión muy fuertemente de aquel enérgico corazón, para
desprenderse de él, sin una lucha obstinada. El doctor había anunciado
que la agonía sería larga. Desde la aparición del peligro, la señora de
Laroque y su hija le habían prodigado sus esfuerzos y sus vigilias con
la abnegación apasionada y el entusiasmo del sacrificio, que son la
virtud especial y la gloria de su sexo. Anteayer en la noche, sucumbían
ya á la fatiga y á la fiebre; el doctor Desmarest y yo, nos ofrecimos
para suplirlas al lado del señor Laroque durante la noche que comenzaba.
Consintieron en descansar algunas horas. El doctor muy fatigado también,
no tardó en anunciarme que iba á recostarse en un lecho que había en la
pieza vecina.
--Yo no sirvo aquí para nada--me dijo;--todo está hecho, usted lo ve, ya
ni sufre el pobre hombre... Es un estado de letargo que no tiene nada de
desagradable, y cuyo despertar será la muerte... de consiguiente puede
uno estar tranquilo. Si nota algún cambio, me llama, pero creo que esto
no sucederá hasta mañana. Entre tanto yo me muero de sueño.--Lanzó un
bostezo sonoro y salió. Su lenguaje y su sangre fría ante el moribundo
me chocaron. Es, sin embargo, un hombre excelente, pero para tributar á
la muerte el respeto que le es debido, es necesario no ver únicamente la
materia bruta que ella disuelve, sino también creer en el principio
inmortal que desliga.
Una vez solo en la cámara fúnebre, me senté al pie del lecho cuyas
cortinas habían sido levantadas, y traté de leer á la claridad de una
lámpara que había cerca de mí, en una pequeña mesa. El libro cayó de mis
manos: no podía separar mi pensamiento de la singular combinación de
acontecimientos, que después de tantos años, daba á este culpable
anciano al nieto de su víctima por testigo y protector de su último
sueño. Luego en medio de la calma profunda, de la hora y del lugar,
evocaba á mi pesar las escenas tumultuosas y las sanguinarias violencias
que habían llenado esta existencia que acababa. Buscaba impresión lejana
de ellas, en la fisonomía de aquel agonizante secular, sobre sus grandes
rasgos cuyo pálido relieve se dibujaba en la sombra, como el de una
máscara de yeso, y sólo veía en ellos la gravedad y el reposo prematuros
de la tumba. Por intervalos me aproximaba á la cabecera, para
asegurarme si el soplo vital movía aún aquel pecho destruido.
En fin, hacia la media noche, me invadió una somnolencia irresistible y
me dormí con la frente apoyada sobre la mano. Repentinamente fuí
despertado por no sé qué lúgubres estremecimientos; levanté los ojos y
sentí pasar un escalofrío por la médula de mis huesos. El anciano se
hallaba medio levantado en su lecho, y tenía fija sobre mí una mirada
atenta, asombrada, en que brillaba la expresión de una vida y de una
inteligencia que hasta entonces me habían sido desconocidas. Cuando mi
mirada encontró la suya, el espectro se estremeció; abrió sus brazos en
cruz, y me dijo con una voz suplicante, cuyo timbre extraño suspendió el
movimiento de mi corazón.
--¡Señor Marqués, perdóneme!
Quise levantarme, quise hablar, pero en vano. Me hallaba petrificado en
mi sillón.
--¡Señor Marqués--continuó,--dígnese perdonarme!
Hallé en fin la fuerza suficiente para acercarme á él; á manera que yo
me aproximaba, él se retiraba penosamente hacia atrás como para escapar
á un contacto pavoroso. Levanté una mano, y bajándola suavemente ante
sus ojos desmesuradamente abiertos y desesperados de terror.
--¡Morid en paz!--le dije--¡Yo le perdono!
No había aún acabado estas palabras cuando su fisonomía marchita se
iluminó con un relámpago de alegría y de juventud. Al mismo tiempo
brotaron dos lágrimas de sus hundidas órbitas. Extendió sus manos hacia
mí: repentinamente, aquella mano se cerró con violencia y se extendió en
el espacio con un gesto amenazador: vi revolverse y rodar sus ojos entre
sus órbitas dilatadas, como si una bala le hubiera herido el corazón.
--¡Oh! inglés--murmuró.
Volvió á caer sobre la almohada como una masa inerte. Estaba muerto.
Llamé apresuradamente, y todos acudieron. Muy luego fué rodeado de
piadosas lágrimas y oraciones. Yo me retiré con el alma profundamente
conmovida por aquella escena extraordinaria, que debía permanecer
secreta para siempre, entre aquel muerto y yo.
Este triste suceso de familia ha hecho pesar sobre mí cuidados y deberes
de que tenía necesidad para justificar á mis propios ojos la
prolongación de mi morada en la casa. Me es imposible concebir en virtud
de qué motivos el señor Laubepin me ha aconsejado que demorare mi
partida. ¿Qué puedo esperar de este aplazamiento? Me parece que esta
circunstancia ha cedido á una especie de vaga superstición y de
debilidad pueril, á que no debía haberse doblegado jamás una alma de su
temple y á la que yo mismo he hecho mal en someterme. ¿Cómo no comprendí
que me imponía con un aumento de inútil sufrimiento, un papel sin
franqueza y sin dignidad? ¿Qué haré yo en adelante? ¿No es ahora cuando
con justo motivo, podría reprochárseme el jugar con los sentimientos más
sagrados? Mi primera entrevista con la señorita Margarita había bastado
para revelarme todo el rigor, toda la imposibilidad de la prueba á que
me hallaba condenado, cuando la muerte del señor Laroque ha venido á dar
por corto tiempo á mis relaciones alguna naturalidad, y una especie de
bienestar á mi permanencia en el castillo.
Rennes, 16 de octubre.
Todo está dicho, ¡Dios mío! ¡Cuán fuerte era este lazo! ¡De qué manera
envolvía mi corazón! ¡Hasta qué punto le ha despedazado al romperse!
Ayer en la noche, cerca de las nueve, me hallaba yo de codos en mi
ventana abierta, cuando fuí sorprendido por una débil luz que se
aproximaba á mi habitación á través de los sombríos caminos del parque,
y en una dirección que no acostumbran traer las gentes del castillo. Un
instante después llamaron á mi puerta, y la señorita de Porhoet entró
jadeando.
--Primo--me dijo--tengo que hablar á usted.
--¿Hay alguna desgracia?--le pregunté, mirándola á la cara.
--No, no es eso precisamente. Usted mismo juzgará. Siéntese. Mi querido
hijo; ha pasado usted dos ó tres noches en el castillo durante la
presente semana ¿no ha observado en él nada nuevo ni de singular, en la
actitud de las señoras?...
--Nada.
--¿No ha notado al menos en su fisonomía una especie de serenidad no
acostumbrada?...
--Sí, tal vez... Apartando la melancolía del reciente duelo me han
parecido más serenas, y aún más dichosas que en otro tiempo.
--Sin duda, le habrían llamado la atención otras particularidades si
hubiera usted, como yo, vivido desde hace quince años en su intimidad
cotidiana. Así es que á menudo he sorprendido entre ellas los signos de
una inteligencia secreta, de una misteriosa complicidad. A más, sus
hábitos se han modificado sensiblemente. La señora de Laroque ha echado
á un lado su brasero, su garita, y todas sus inocentes manías de
criolla; se levanta á una hora fabulosa y se instala desde la aurora con
Margarita delante de la mesa de trabajo. A ambas les ha entrado un gusto
apasionado por los bordados, y se informan del dinero que una mujer
puede ganar por día con este género de labor. Para terminar, hay en esto
un misterio cuya palabra en vano me desesperaba por encontrar. Ella
acaba de serme revelada y sin deber entrar en los secretos de usted
antes de lo que le convenga, he creído deber transmitírsela sin retardo.
Después de las protestas de absoluta confianza, que me apresuré á
dirigirle, la señorita de Porhoet continuó en su lenguaje dulce y
firme:
--La señora de Aubry fué á verme esta noche á hurtadillas; comenzó por
arrojarme sus horribles brazos al cuello, lo que no me gustó nada, y
luego, á través de mil jeremiadas personales, que excuso repetir, me ha
suplicado que detenga á sus parientes sobre el borde de su ruina.
--He aquí lo que ha oído escuchando á través de las puertas, según su
graciosa costumbre; me dijo que esas señoras solicitan en estos momentos
autorización para abandonar todos sus bienes á una congregación de
Rennes, á fin de suprimir entre Margarita y usted los inconvenientes que
les separan. No pudiendo hacerle rico, ellas se hacen pobres. Me ha
parecido imposible, primo, dejar á usted ignorar esta determinación,
igualmente digna de esas dos almas generosas y de esas dos cabezas
quiméricas. Me excusará agregar que su deber es desbaratar á toda costa
ese proyecto. Me parece inútil hablar del arrepentimiento que
infaliblemente se prepara á nuestras amigas, y de la responsabilidad
terrible que las amenaza; usted lo comprende tan bien como yo. Si
pudiera, amigo mío, aceptar en el instante la mano de Margarita, el
asunto terminaría del modo más feliz; pero se halla ligado á este
respecto por un compromiso que, por muy ciego, por muy imprudente que
haya sido, no es por eso menos obligatorio para su honor. Sólo le queda
un partido que tomar: dejar este país sin demora y cortar resueltamente
todas las esperanzas que entretiene su permanencia aquí. Cuando haya
partido, me será más fácil volver á esas dos niñas á la razón.
--Pues bien, estoy pronto; partiré esta misma noche.
--Muy bien--continuó:--cuando le doy este consejo amigo mío, yo misma
obedezco á una ley de honor bien rigurosa. Usted endulza los últimos
momentos de mi larga soledad; me ha vuelto la ilusión de los más dulces
encantos de la vida, perdidos por mí hace tantos años. Alejándose usted
hago mi último sacrificio... es inmenso.
Se levantó y me miró un momento sin hablar.
--A mi edad no se abraza á los jóvenes--continuó, sonriendo
tristemente,--se les bendice. Adiós, querido hijo, y gracias... Que Dios
le ayude... Yo besé sus manos temblorosas, y ella me dejó
precipitadamente.
Hice á toda prisa mis aprestos para la partida: luego escribí algunas
líneas á la señora de Laroque. La suplicaba renunciara á una resolución
cuyo alcance no había calculado, y de la que por mi parte, estaba
firmemente determinado á no hacerme cómplice. Le daba mi palabra, y ella
sabía que podía contarse con ella, que no aceptaría jamás mi felicidad á
costa de su ruina. Al terminar, para apartarla mejor de su insensato
proyecto, le hablaba vagamente de un porvenir cercano en que fingía
entrever esperanzas de fortuna.
A media noche, cuando todos dormían, di un adiós, un cruel adiós á mi
retiro, á aquella vieja torre ¡en que tanto había sufrido, donde tanto
había amado! y me deslicé en el castillo por una puerta excusada, cuya
llave me había sido confiada. Atravesé furtivamente, como un criminal,
las galerías vacías y sonoras, guiándome lo mejor que pude en las
tinieblas; llegué al fin al salón, donde la había visto por primera vez.
Ella y su madre lo habían dejado, hacía apenas una hora; su presencia
reciente se manifestaba aún por un perfume dulce y tibio, que me
embriagó súbitamente. Busqué y toqué la cesta en que su mano había
colgado pocos instantes antes su bordado, comenzado. ¡Ay, pobre corazón!
Caí de rodillas ante el lugar que ocupaba, y allí, con la frente sobre
el mármol, lloraba y sollozaba como un niño. ¡Dios mío, cómo la amo!
Aproveché las últimas horas de la noche para hacerme conducir
secretamente á la pequeña ciudad vecina, donde tomé el carruaje de
Rennes. Mañana en la noche estaré en París. ¡Pobreza, soledad,
desesperación, que allí os dejé, voy á hallaros de nuevo! ¡Ultimo sueño
de mi juventud, sueño del Cielo, adiós!
París.
Al día siguiente por la mañana, cuando iba á montar en el ferrocarril,
entró en el patio del hotel un carruaje de posta, y vi descender de él
al viejo Alain. Cuando me vió, su fisonomía se iluminó.
--Ah, señor, ¡qué fortuna que no haya partido! Tome esta carta.
--Reconocí la letra del señor Laubepin. Me decía en dos líneas que la
señorita de Porhoet estaba gravemente enferma y que me llamaba. No me
tomé sino el tiempo necesario para mudar caballos y me arrojé en la
silla, después de haber decidido á Alain, no sin trabajo, á que se
sentara frente á mí. Entonces lo aturdí á preguntas. Le hice repetir la
noticia que me trajo y que me parecía inconcebible. La señorita Porhoet
había recibido la víspera, de manos del señor Laubepin, un pliego
ministerial, que le anunciaba que era puesta en plena y entera posesión
de la herencia de sus parientes de España.--Y parece--agregaba
Alain--que se lo debe al señor, que ha descubierto en el palomar algunos
papeles viejos, en los que nadie soñaba y que han probado el buen
derecho de la anciana señorita. Yo no sé lo que hay de verdadero en
esto, pero sí es lástima--me dijo--que á esta respetable señora se le
haya metido en la cabeza ideas de catedral y que no quiere
abandonarlas... porque, note usted, que está más aferrada que nunca. Al
principio, cuando recibió la noticia, cayó redonda en el pavimento y se
le creyó muerta; pero una hora después empezó á hablar, sin fin ni
tregua, de su catedral, del coro, de la nave, del cabildo y de los
canónigos, del ala del Norte y del ala del Sur, de tal modo que para
calmarla ha sido necesario traerle un arquitecto, albañiles, y poner
sobre su lecho los planos del malhadado edificio. En fin, después de
tres horas de conversación sobre el asunto se amodorró un rato; al
despertarse, ha pedido ver al señor... al señor Marqués (Alain se
inclinó cerrando los ojos) y se me ha hecho correr en su busca; parece
que quiere consultarle sobre el coro alto.
Este extraño acontecimiento me causó la más viva sorpresa. Sin embargo,
con ayuda de mis recuerdos y de los detalles confusos, que me daba
Alain, llegué á darme una explicación de ellos, que noticias más
positivas debían confirmar muy luego. Como ya he dicho, el negocio de la
sucesión de la rama española de los Porhoet había pasado por dos fases.
Había habido primero, entre la señorita de Porhoet y una gran casa de
Castilla, un largo proceso que mi vieja amiga había acabado por perder
en última instancia; luego un nuevo proceso, en el que la señorita de
Porhoet no figuraba, se había suscitado, á propósito de la misma
sucesión, entre los herederos españoles y la corona, que pretendía que
los bienes volvían á ella por derecho de fundación del mayorazgo.
Mientras esto tenía lugar, continuando siempre mis indagaciones en los
archivos de los Porhoet había puesto la mano como dos meses antes de mi
salida del castillo sobre una pieza singular, cuyo texto literal era el
siguiente:
«Don Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de
Aragón; de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada,
de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de
Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los
Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas Canarias, de las
Indias Orientales y Occidentales, islas y tierras firmes del mar
Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante y de
Milán, Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol y de Barcelona,
señor de Vizcaya y de Molina, etc., etc.
»A ti Herve Juan Joselyn, señor de Porhoet Gaél, Conde de
Torrenueva, etc., que me has seguido en mis reinos y servido con
una fidelidad ejemplar, prometo, por favor especial, que en caso de
extinción de tu descendencia directa y legítima, los bienes de tu
casa volverán, aun con detrimento de los derechos de mi corona, á
los descendientes directos y legítimos de la rama francesa de los
Porhoet-Gaél, mientras ella exista, y hago este compromiso, por mí
y mis sucesores sobre mi fe y palabra de rey.
»Dado en el Escorial el 10 de abril de 1716.