12 de octubre.

Hace dos días que puedo salir de mi retiro y pasar al castillo. No había

visto á la señorita Margarita desde el instante de nuestra separación en

la torre d'Elven. Cuando entré, estaba sola en el salón; al reconocerme

hizo un movimiento involuntario como para levantarse, pero permaneció

inmóvil y su fisonomía se coloreó repentinamente de una púrpura

ardiente. Esta fué contagiosa, por que yo mismo sentí que me enrojecía

hasta la frente.

--¿Cómo está usted, señor?--me dijo al tenderme la mano, pronunciando

estas simples palabras con un tono de voz tan dulce, tan humilde, ¡ay!

tan tierno, que habría querido arrojarme de rodillas ante ella. Sin

embargo, fué preciso contestarla en el tono de una política helada. Me

miró dolorosamente: luego bajó sus grandes ojos con aire de resignación

y continuó su trabajo.

Casi en el mismo instante, su madre la hizo llamar al lado de su abuelo,

cuyo estado se agravaba notablemente. Hacía muchos días que había

perdido la voz y el movimiento; la parálisis le había invadido casi

entero. Los últimos destellos de su vida intelectual se habían

extinguido: únicamente persistía la sensibilidad con el sufrimiento. No

podía dudarse que el fin del anciano se aproximaba, pero la vida había

tomado posesión muy fuertemente de aquel enérgico corazón, para

desprenderse de él, sin una lucha obstinada. El doctor había anunciado

que la agonía sería larga. Desde la aparición del peligro, la señora de

Laroque y su hija le habían prodigado sus esfuerzos y sus vigilias con

la abnegación apasionada y el entusiasmo del sacrificio, que son la

virtud especial y la gloria de su sexo. Anteayer en la noche, sucumbían

ya á la fatiga y á la fiebre; el doctor Desmarest y yo, nos ofrecimos

para suplirlas al lado del señor Laroque durante la noche que comenzaba.

Consintieron en descansar algunas horas. El doctor muy fatigado también,

no tardó en anunciarme que iba á recostarse en un lecho que había en la

pieza vecina.

--Yo no sirvo aquí para nada--me dijo;--todo está hecho, usted lo ve, ya

ni sufre el pobre hombre... Es un estado de letargo que no tiene nada de

desagradable, y cuyo despertar será la muerte... de consiguiente puede

uno estar tranquilo. Si nota algún cambio, me llama, pero creo que esto

no sucederá hasta mañana. Entre tanto yo me muero de sueño.--Lanzó un

bostezo sonoro y salió. Su lenguaje y su sangre fría ante el moribundo

me chocaron. Es, sin embargo, un hombre excelente, pero para tributar á

la muerte el respeto que le es debido, es necesario no ver únicamente la

materia bruta que ella disuelve, sino también creer en el principio

inmortal que desliga.

Una vez solo en la cámara fúnebre, me senté al pie del lecho cuyas

cortinas habían sido levantadas, y traté de leer á la claridad de una

lámpara que había cerca de mí, en una pequeña mesa. El libro cayó de mis

manos: no podía separar mi pensamiento de la singular combinación de

acontecimientos, que después de tantos años, daba á este culpable

anciano al nieto de su víctima por testigo y protector de su último

sueño. Luego en medio de la calma profunda, de la hora y del lugar,

evocaba á mi pesar las escenas tumultuosas y las sanguinarias violencias

que habían llenado esta existencia que acababa. Buscaba impresión lejana

de ellas, en la fisonomía de aquel agonizante secular, sobre sus grandes

rasgos cuyo pálido relieve se dibujaba en la sombra, como el de una

máscara de yeso, y sólo veía en ellos la gravedad y el reposo prematuros

de la tumba. Por intervalos me aproximaba á la cabecera, para

asegurarme si el soplo vital movía aún aquel pecho destruido.

En fin, hacia la media noche, me invadió una somnolencia irresistible y

me dormí con la frente apoyada sobre la mano. Repentinamente fuí

despertado por no sé qué lúgubres estremecimientos; levanté los ojos y

sentí pasar un escalofrío por la médula de mis huesos. El anciano se

hallaba medio levantado en su lecho, y tenía fija sobre mí una mirada

atenta, asombrada, en que brillaba la expresión de una vida y de una

inteligencia que hasta entonces me habían sido desconocidas. Cuando mi

mirada encontró la suya, el espectro se estremeció; abrió sus brazos en

cruz, y me dijo con una voz suplicante, cuyo timbre extraño suspendió el

movimiento de mi corazón.

--¡Señor Marqués, perdóneme!

Quise levantarme, quise hablar, pero en vano. Me hallaba petrificado en

mi sillón.

--¡Señor Marqués--continuó,--dígnese perdonarme!

Hallé en fin la fuerza suficiente para acercarme á él; á manera que yo

me aproximaba, él se retiraba penosamente hacia atrás como para escapar

á un contacto pavoroso. Levanté una mano, y bajándola suavemente ante

sus ojos desmesuradamente abiertos y desesperados de terror.

--¡Morid en paz!--le dije--¡Yo le perdono!

No había aún acabado estas palabras cuando su fisonomía marchita se

iluminó con un relámpago de alegría y de juventud. Al mismo tiempo

brotaron dos lágrimas de sus hundidas órbitas. Extendió sus manos hacia

mí: repentinamente, aquella mano se cerró con violencia y se extendió en

el espacio con un gesto amenazador: vi revolverse y rodar sus ojos entre

sus órbitas dilatadas, como si una bala le hubiera herido el corazón.

--¡Oh! inglés--murmuró.

Volvió á caer sobre la almohada como una masa inerte. Estaba muerto.

Llamé apresuradamente, y todos acudieron. Muy luego fué rodeado de

piadosas lágrimas y oraciones. Yo me retiré con el alma profundamente

conmovida por aquella escena extraordinaria, que debía permanecer

secreta para siempre, entre aquel muerto y yo.

Este triste suceso de familia ha hecho pesar sobre mí cuidados y deberes

de que tenía necesidad para justificar á mis propios ojos la

prolongación de mi morada en la casa. Me es imposible concebir en virtud

de qué motivos el señor Laubepin me ha aconsejado que demorare mi

partida. ¿Qué puedo esperar de este aplazamiento? Me parece que esta

circunstancia ha cedido á una especie de vaga superstición y de

debilidad pueril, á que no debía haberse doblegado jamás una alma de su

temple y á la que yo mismo he hecho mal en someterme. ¿Cómo no comprendí

que me imponía con un aumento de inútil sufrimiento, un papel sin

franqueza y sin dignidad? ¿Qué haré yo en adelante? ¿No es ahora cuando

con justo motivo, podría reprochárseme el jugar con los sentimientos más

sagrados? Mi primera entrevista con la señorita Margarita había bastado

para revelarme todo el rigor, toda la imposibilidad de la prueba á que

me hallaba condenado, cuando la muerte del señor Laroque ha venido á dar

por corto tiempo á mis relaciones alguna naturalidad, y una especie de

bienestar á mi permanencia en el castillo.

Rennes, 16 de octubre.

Todo está dicho, ¡Dios mío! ¡Cuán fuerte era este lazo! ¡De qué manera

envolvía mi corazón! ¡Hasta qué punto le ha despedazado al romperse!

Ayer en la noche, cerca de las nueve, me hallaba yo de codos en mi

ventana abierta, cuando fuí sorprendido por una débil luz que se

aproximaba á mi habitación á través de los sombríos caminos del parque,

y en una dirección que no acostumbran traer las gentes del castillo. Un

instante después llamaron á mi puerta, y la señorita de Porhoet entró

jadeando.

--Primo--me dijo--tengo que hablar á usted.

--¿Hay alguna desgracia?--le pregunté, mirándola á la cara.

--No, no es eso precisamente. Usted mismo juzgará. Siéntese. Mi querido

hijo; ha pasado usted dos ó tres noches en el castillo durante la

presente semana ¿no ha observado en él nada nuevo ni de singular, en la

actitud de las señoras?...

--Nada.

--¿No ha notado al menos en su fisonomía una especie de serenidad no

acostumbrada?...

--Sí, tal vez... Apartando la melancolía del reciente duelo me han

parecido más serenas, y aún más dichosas que en otro tiempo.

--Sin duda, le habrían llamado la atención otras particularidades si

hubiera usted, como yo, vivido desde hace quince años en su intimidad

cotidiana. Así es que á menudo he sorprendido entre ellas los signos de

una inteligencia secreta, de una misteriosa complicidad. A más, sus

hábitos se han modificado sensiblemente. La señora de Laroque ha echado

á un lado su brasero, su garita, y todas sus inocentes manías de

criolla; se levanta á una hora fabulosa y se instala desde la aurora con

Margarita delante de la mesa de trabajo. A ambas les ha entrado un gusto

apasionado por los bordados, y se informan del dinero que una mujer

puede ganar por día con este género de labor. Para terminar, hay en esto

un misterio cuya palabra en vano me desesperaba por encontrar. Ella

acaba de serme revelada y sin deber entrar en los secretos de usted

antes de lo que le convenga, he creído deber transmitírsela sin retardo.

Después de las protestas de absoluta confianza, que me apresuré á

dirigirle, la señorita de Porhoet continuó en su lenguaje dulce y

firme:

--La señora de Aubry fué á verme esta noche á hurtadillas; comenzó por

arrojarme sus horribles brazos al cuello, lo que no me gustó nada, y

luego, á través de mil jeremiadas personales, que excuso repetir, me ha

suplicado que detenga á sus parientes sobre el borde de su ruina.

--He aquí lo que ha oído escuchando á través de las puertas, según su

graciosa costumbre; me dijo que esas señoras solicitan en estos momentos

autorización para abandonar todos sus bienes á una congregación de

Rennes, á fin de suprimir entre Margarita y usted los inconvenientes que

les separan. No pudiendo hacerle rico, ellas se hacen pobres. Me ha

parecido imposible, primo, dejar á usted ignorar esta determinación,

igualmente digna de esas dos almas generosas y de esas dos cabezas

quiméricas. Me excusará agregar que su deber es desbaratar á toda costa

ese proyecto. Me parece inútil hablar del arrepentimiento que

infaliblemente se prepara á nuestras amigas, y de la responsabilidad

terrible que las amenaza; usted lo comprende tan bien como yo. Si

pudiera, amigo mío, aceptar en el instante la mano de Margarita, el

asunto terminaría del modo más feliz; pero se halla ligado á este

respecto por un compromiso que, por muy ciego, por muy imprudente que

haya sido, no es por eso menos obligatorio para su honor. Sólo le queda

un partido que tomar: dejar este país sin demora y cortar resueltamente

todas las esperanzas que entretiene su permanencia aquí. Cuando haya

partido, me será más fácil volver á esas dos niñas á la razón.

--Pues bien, estoy pronto; partiré esta misma noche.

--Muy bien--continuó:--cuando le doy este consejo amigo mío, yo misma

obedezco á una ley de honor bien rigurosa. Usted endulza los últimos

momentos de mi larga soledad; me ha vuelto la ilusión de los más dulces

encantos de la vida, perdidos por mí hace tantos años. Alejándose usted

hago mi último sacrificio... es inmenso.

Se levantó y me miró un momento sin hablar.

--A mi edad no se abraza á los jóvenes--continuó, sonriendo

tristemente,--se les bendice. Adiós, querido hijo, y gracias... Que Dios

le ayude... Yo besé sus manos temblorosas, y ella me dejó

precipitadamente.

Hice á toda prisa mis aprestos para la partida: luego escribí algunas

líneas á la señora de Laroque. La suplicaba renunciara á una resolución

cuyo alcance no había calculado, y de la que por mi parte, estaba

firmemente determinado á no hacerme cómplice. Le daba mi palabra, y ella

sabía que podía contarse con ella, que no aceptaría jamás mi felicidad á

costa de su ruina. Al terminar, para apartarla mejor de su insensato

proyecto, le hablaba vagamente de un porvenir cercano en que fingía

entrever esperanzas de fortuna.

A media noche, cuando todos dormían, di un adiós, un cruel adiós á mi

retiro, á aquella vieja torre ¡en que tanto había sufrido, donde tanto

había amado! y me deslicé en el castillo por una puerta excusada, cuya

llave me había sido confiada. Atravesé furtivamente, como un criminal,

las galerías vacías y sonoras, guiándome lo mejor que pude en las

tinieblas; llegué al fin al salón, donde la había visto por primera vez.

Ella y su madre lo habían dejado, hacía apenas una hora; su presencia

reciente se manifestaba aún por un perfume dulce y tibio, que me

embriagó súbitamente. Busqué y toqué la cesta en que su mano había

colgado pocos instantes antes su bordado, comenzado. ¡Ay, pobre corazón!

Caí de rodillas ante el lugar que ocupaba, y allí, con la frente sobre

el mármol, lloraba y sollozaba como un niño. ¡Dios mío, cómo la amo!

Aproveché las últimas horas de la noche para hacerme conducir

secretamente á la pequeña ciudad vecina, donde tomé el carruaje de

Rennes. Mañana en la noche estaré en París. ¡Pobreza, soledad,

desesperación, que allí os dejé, voy á hallaros de nuevo! ¡Ultimo sueño

de mi juventud, sueño del Cielo, adiós!

París.

Al día siguiente por la mañana, cuando iba á montar en el ferrocarril,

entró en el patio del hotel un carruaje de posta, y vi descender de él

al viejo Alain. Cuando me vió, su fisonomía se iluminó.

--Ah, señor, ¡qué fortuna que no haya partido! Tome esta carta.

--Reconocí la letra del señor Laubepin. Me decía en dos líneas que la

señorita de Porhoet estaba gravemente enferma y que me llamaba. No me

tomé sino el tiempo necesario para mudar caballos y me arrojé en la

silla, después de haber decidido á Alain, no sin trabajo, á que se

sentara frente á mí. Entonces lo aturdí á preguntas. Le hice repetir la

noticia que me trajo y que me parecía inconcebible. La señorita Porhoet

había recibido la víspera, de manos del señor Laubepin, un pliego

ministerial, que le anunciaba que era puesta en plena y entera posesión

de la herencia de sus parientes de España.--Y parece--agregaba

Alain--que se lo debe al señor, que ha descubierto en el palomar algunos

papeles viejos, en los que nadie soñaba y que han probado el buen

derecho de la anciana señorita. Yo no sé lo que hay de verdadero en

esto, pero sí es lástima--me dijo--que á esta respetable señora se le

haya metido en la cabeza ideas de catedral y que no quiere

abandonarlas... porque, note usted, que está más aferrada que nunca. Al

principio, cuando recibió la noticia, cayó redonda en el pavimento y se

le creyó muerta; pero una hora después empezó á hablar, sin fin ni

tregua, de su catedral, del coro, de la nave, del cabildo y de los

canónigos, del ala del Norte y del ala del Sur, de tal modo que para

calmarla ha sido necesario traerle un arquitecto, albañiles, y poner

sobre su lecho los planos del malhadado edificio. En fin, después de

tres horas de conversación sobre el asunto se amodorró un rato; al

despertarse, ha pedido ver al señor... al señor Marqués (Alain se

inclinó cerrando los ojos) y se me ha hecho correr en su busca; parece

que quiere consultarle sobre el coro alto.

Este extraño acontecimiento me causó la más viva sorpresa. Sin embargo,

con ayuda de mis recuerdos y de los detalles confusos, que me daba

Alain, llegué á darme una explicación de ellos, que noticias más

positivas debían confirmar muy luego. Como ya he dicho, el negocio de la

sucesión de la rama española de los Porhoet había pasado por dos fases.

Había habido primero, entre la señorita de Porhoet y una gran casa de

Castilla, un largo proceso que mi vieja amiga había acabado por perder

en última instancia; luego un nuevo proceso, en el que la señorita de

Porhoet no figuraba, se había suscitado, á propósito de la misma

sucesión, entre los herederos españoles y la corona, que pretendía que

los bienes volvían á ella por derecho de fundación del mayorazgo.

Mientras esto tenía lugar, continuando siempre mis indagaciones en los

archivos de los Porhoet había puesto la mano como dos meses antes de mi

salida del castillo sobre una pieza singular, cuyo texto literal era el

siguiente:

«Don Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de

Aragón; de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada,

de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de

Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los

Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas Canarias, de las

Indias Orientales y Occidentales, islas y tierras firmes del mar

Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante y de

Milán, Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol y de Barcelona,

señor de Vizcaya y de Molina, etc., etc.

»A ti Herve Juan Joselyn, señor de Porhoet Gaél, Conde de

Torrenueva, etc., que me has seguido en mis reinos y servido con

una fidelidad ejemplar, prometo, por favor especial, que en caso de

extinción de tu descendencia directa y legítima, los bienes de tu

casa volverán, aun con detrimento de los derechos de mi corona, á

los descendientes directos y legítimos de la rama francesa de los

Porhoet-Gaél, mientras ella exista, y hago este compromiso, por mí

y mis sucesores sobre mi fe y palabra de rey.

»Dado en el Escorial el 10 de abril de 1716.

La Novela de un Joven Pobre · 第 16 / 19 题