YO EL REY.»

Al lado de esta pieza, que sólo era una copia traducida, había hallado

el texto original con las armas de España. No se me había ocultado la

importancia de este documento, pero había temido exagerármela. Dudaba

mucho que la validez del título, sobre el que habían pasado tantos

sucesos y tantos acontecimientos, fuese admitida por el gobierno

español, y hasta dudaba que tuviera el poder de hacerle lugar, aun

cuando quisieran hacérselo. Me decidí, pues, á dejar ignorar á la

señorita de Porhoet, un descubrimiento cuyas consecuencias me parecían

ser muy problemáticas y me limité á remitir el título al señor Laubepin.

No recibiendo contestación alguna, no tardé en olvidarlo en medio de

los cuidados personales que me abrumaban entonces. El gobierno español,

obrando de una manera contraria á mi injusta desconfianza, no había

vacilado en desempeñar la palabra del Rey Felipe, y en el momento mismo

en que un decreto supremo acababa de abocar á la corona la sucesión

inmensa de los Porhoet, por otro decreto la restituyó noblemente á su

legítimo heredero.

Eran las nueve de la noche cuando descendí del carruaje, en el húmedo

umbral de la casita en que acababa de entrar, aunque tardíamente, esta

fortuna casi real. La sirvienta vino á abrirme; lloraba amargamente. Oí

al instante la voz grave del señor Laubepin que dijo:--Él es.--Subí

apresuradamente. El anciano me apretó la mano fuertemente y me

introdujo, sin pronunciar una palabra, en el cuarto de la señorita de

Porhoet. El médico y el cura de la villa se mantenían silenciosos en el

hueco de una ventana. La señora de Laroque estaba arrodillada sobre una

silla, cerca del lecho; su hija de pie en la cabecera, sostenía las

almohadas en que reposaba la pálida cabeza de mi pobre y vieja amiga.

Cuando la enferma me vió, una débil sonrisa iluminó su fisonomía,

profundamente alterada, y desprendió penosamente uno de sus brazos.

Tomé su mano, caí de rodillas y no pude contener mis lágrimas.

--¡Hijo mío, mi querido hijo!...--Luego miró fijamente á Laubepin. El

viejo notario tomó entonces del lecho una hoja de papel, y continuando,

al parecer, una lectura interrumpida, leyó:

«Por estas causas, instituyo por este testamento ológrafo, por legatario

universal de todos mis bienes, tanto en España como en Francia, sin

reserva ni condición alguna, á Máximo Santiago María Odiot, Marqués de

Champcey d'Hauterive, noble de corazón como de raza. Tal es mi

voluntad.--_Joselina Juana_, Condesa Porhoet-Gaél.»

En el exceso de mi sorpresa, me había levantado por una especie de

sacudimiento, é iba á hablar, cuando la señorita de Porhoet, reteniendo

suavemente mi mano, la colocó en la de Margarita. A este contacto

repentino, la querida niña se estremeció; inclinó su joven frente sobre

la almohada fúnebre y murmuró sonrojándose, algunas palabras al oído de

la moribunda. Yo no hallé expresiones; volví á caer de rodillas y oré á

Dios. Habíanse pasado algunos minutos en medio de un silencio solemne,

cuando Margarita retiró repentinamente su mano haciendo un gesto de

alarma. El doctor se aproximó apresuradamente; yo me levanté. La cabeza

de la señorita de Porhoet se había desplomado súbitamente hacia atrás,

su mirada estaba fija, resplandeciente y dirigida al cielo, sus labios

se entreabrieron, y como si hablara en sueños:

--Dios--dijo--Dios, la veo... allá arriba... sí... el coro... las

claraboyas... la luz por todas partes... Dos ángeles de rodillas ante la

Majestad... con albos ropajes... sus alas se agitan. Dios... están

vivos.--Este grito se extinguió en su boca, que permaneció sonriente:

cerró los ojos como si durmiese: súbitamente un aire de inmortal

juventud, se extendió sobre su fisonomía, que se puso desconocida.

Tal muerte coronando tal vida, contiene en sí enseñanzas de las que he

querido llenar mi alma. Supliqué que se me dejara solo con el sacerdote

en aquel cuarto. Espero que esta piadosa vigilia no será perdida para

mí. Sobre aquella fisonomía en que se hallaba impresa una gloriosa paz,

y donde parecía verdaderamente errar, yo no sé qué reflejo sobrenatural,

más de una verdad olvidada ó dudosa, se me apareció con una evidencia

irresistible. Mi noble y santa amiga, yo sabía muy bien que tenías la

virtud del sacrificio; veo ahora, que habías recibido el premio de

ella.

Hacia las dos de la mañana sucumbiendo de fatiga quise respirar por un

momento el aire puro. Descendí la escalera en medio de las tinieblas,

entre en el jardín, evitando atravesar el salón del piso bajo, donde

noté luz. La noche estaba profundamente sombría. Cuando me aproximaba á

la torrecilla que se hallaba al fin del pequeño cercado, sentí un débil

ruido bajo el soto de ojaranzo; en el mismo instante una forma

indistinta se desprendió del follaje. Sentí un desvanecimiento

repentino, mi corazón precipitó sus latidos, y vi al cielo llenarse de

estrellas.

--¡Margarita!--dije tendiendo los brazos.--Oí un ligero grito, luego mi

nombre murmurado á media voz... luego... nada... y sentí sus labios

sobre los míos. ¡Creí que el alma se me escapaba!...

He dado á Elena la mitad de mi fortuna. Margarita es mi mujer, cierro

para siempre estas páginas. Ya nada tengo que confiarles. Puede decirse

de los hombres lo que se ha dicho de los pueblos: ¡Felices aquellos que

no tienen historia!

La Novela de un Joven Pobre · 第 17 / 19 题