El señor Laubepin llegó, en fin, ayer noche. Vino á apretarme la mano.
Estaba preocupado, brusco y descontento. Hablóme brevemente del
matrimonio que se preparaba.
--Operación muy afortunada--dijo,--combinación muy laudable bajo todos
respectos, en que la Naturaleza y la sociedad hallan á la vez las
garantías que tienen el derecho de exigir semejantes circunstancias.
Después de lo cual, joven--me dijo--le deseo una buena noche, mientras
yo voy á ocuparme en despejar el terreno delicado de las convenciones
preliminares, á fin de que el carro interesante del matrimonio llegue á
su término sin inconvenientes.
Hoy á la una del día se reunirán en el salón con el aparato y concurso
acostumbrados, para proceder á la firma del contrato. Yo no podía
asistir á esa fiesta, y bendije mi herida que me libraba de semejante
suplicio. Escribía á mi querida Elena, á quien me esforzaba más que
nunca á ofrecer mi alma entera, cuando á eso de las tres de la tarde,
entraron en mi cuarto el señor Laubepin y la señorita de Porhoet. El
señor Laubepin en sus frecuentes viajes al castillo de Laroque, no había
podido dejar de apreciar las virtudes de mi venerable amiga y se ha
formado, desde largo tiempo, entre los dos ancianos, una amistad
platónica y respetuosa, cuyo carácter se esfuerza en vano el doctor
Desmarest en desnaturalizar. Después de un cambio de ceremonias, de
saludos y de reverencias interminables, tomaron las sillas que les
presenté y ambos se pusieron á contemplarme con un aire de grave
beatitud.
--Y bien--pregunté--¿se terminó?
--Se terminó--respondieron al mismo tiempo.
--Muy bien--añadió la señorita de Porhoet.
--Maravillosamente--agregó el señor Laubepin, añadiendo después de una
pausa:--El Bevallan se fué al diablo.
--Y la jovencita Helouin por el mismo camino--continuó la señorita de
Porhoet.
--¡Dios mío! ¿qué es lo que pasa?--dije, arrojando un grito de sorpresa.
--Amigo mío--me respondió el señor Laubepin;--la unión proyectada
presentaba todas las ventajas deseables, y habría asegurado, á no
dudarlo, la felicidad común de los cónyuges, si el matrimonio fuera una
asociación puramente comercial, pero está muy lejos de serlo. Mi deber,
cuando mi concurso fué exigido en esta circunstancia interesante, era
pues, consultar la inclinación de los corazones y las conveniencias de
los caracteres, no menos que la proporción de las fortunas; pero creí
observar desde luego, que el matrimonio que se preparaba tenía el
inconveniente de no satisfacer á nadie, ni á mi excelente amiga la
señora de Laroque, ni á la interesante novia, ni á los amigos más
ilustrados de estas damas; á nadie, en fin, sino probablemente al novio,
de quien me cuido mediocremente. Es verdad (debo esta nota á la señorita
de Porhoet), es verdad--decía--que el novio es gentilhombre.
--_Gentleman_, si le parece--interrumpió la señorita de Porhoet con un
acento severo.
--_Gentleman_--continuó el señor Laubepin, aceptando la enmienda:--pero
es una especie de _gentleman_ que no me gusta.
--Ni á mí--dijo la señorita de Porhoet.--Bellacos de esta especie,
palafreneros sin costumbres, como éste, que vimos salir en el último
siglo, dirigidos por el entonces Duque de Chartres, de las caballerizas
inglesas para preludiar la revolución.
--¡Oh, si no hubieran hecho más que preludiarla!--dijo sentenciosamente
el señor Laubepin--se les perdonaría.
--Le pido un millón de excusas, mi querido señor, pero hable. Por lo
demás, no se trata de eso; tenga usted á bien continuar.
--Pues bien--prosiguió el señor Laubepin,--viendo que en general se
marchaba á esta boda como á un convoy fúnebre, busqué algún medio á la
vez honorable y legal, si no de volver al señor de Bevallan su palabra,
al menos de hacérsela recoger. El proceder era tanto más lícito, cuanto
que en mi ausencia el señor de Bevallan había abusado de la
inexperiencia de mi excelente amiga la señora de Laroque, y de la
inexperiencia de mi colega de la villa vecina, para hacerse asegurar
ventajas exorbitantes. Sin separarme de la letra de las convenciones,
conseguí modificar sencillamente su espíritu. Sin embargo, el honor y la
palabra dada me imponían límites que no pude ultrapasar. El contrato, á
pesar de todo, quedaba aún suficientemente ventajoso para que un hombre
dotado de alguna elevación de espíritu y animado de una verdadera
ternura por su futura, pudiese aceptarlo con confianza. ¿El señor de
Bevallan, sería hombre capaz de ello? Debimos correr riesgo. Le aseguro
que no dejaba de hallarme conmovido, cuando comencé esta mañana, ante un
imponente auditorio, la lectura de esta acta irrevocable.
--Por mi parte--interrumpió la señorita de Porhoet--no tenía una sola
gota de sangre en las venas. La primera parte del contrato, era tan
conveniente para el enemigo, que lo creí todo perdido.
--Sin duda, señorita; pero como decimos nosotros entre augures, el
veneno está en la cola, _in cauda venenum_. Era verdaderamente
agradable, amigo mío, ver la fisonomía del señor de Bevallan y la de mi
colega de Rennes, que le acompañaba, cuando llegué á descubrir
bruscamente mis baterías. Al principio se miraron en silencio: luego
cuchichearon; se levantaron por fin y aproximándose á la mesa ante la
cual me hallaba sentado, me pidieron en voz baja explicaciones.
--Hablen alto, si gustan, señores--les dije:--no hay aquí necesidad de
misterios. ¿Qué quieren?
El público empezaba á prestar atención. El señor de Bevallan sin alzar
la voz me insinuó, que este contrato era una obra de desconfianza.
--¡Una obra de desconfianza, señor!--respondí en el tono más elevado de
mi garganta.--¿Qué pretende decir con eso? ¿Es contra la señora de
Laroque, contra mí, ó contra mi colega aquí presente, que dirige
semejante imputación?...
--¡Chit, silencio! nada de bulla,--dijo entonces el notario de Rennes,
con el acento más discreto; pero veamos, estaba convenido al principio
que el régimen dotal sería separado.
--¿El régimen dotal, señor? ¿Y en dónde se trata aquí de régimen dotal?
--Vamos, compañero, bien ve que lo restablece por un subterfugio.
--¿Subterfugio, colega? ¡Permítame que como más antiguo le pida borrar
esa palabra de su vocabulario!
--Pero, en fin--murmuró el señor de Bevallan,--se me ligan las manos de
todos lados, se me trata como á un chiquillo.
--¿Cómo, señor, qué es lo que hacemos en este momento? ¿Es esto un
contrato ó un testamento? ¿Olvida usted que la señora de Laroque vive,
que su padre vive, que se casa, señor, pero que no hereda? ¡Un poco de
paciencia; qué diablo!
A estas palabras la señorita Margarita se levantó.--Basta
ya--dijo;--señor Laubepin, arroje usted al fuego ese contrato. Madre
mía, haga usted volver al señor sus presentes,--saliendo en seguida con
un paso de reina ultrajada. La señora de Laroque la siguió. Al mismo
tiempo lancé el contrato en la chimenea.
--Señor--me dijo entonces el señor de Bevallan con tono amenazador--hay
aquí una intriga cuyo secreto sabré.
--Señor, voy á decírselo--respondí.--Una joven que con justo orgullo se
estima á sí misma, había concebido el temor de que sus pretensiones
amorosas sólo se dirigían á su fortuna; ha querido cerciorarse de ello,
y no le cabe duda alguna. Tengo el honor de saludarle.
En seguida, amigo mío, fuí á reunirme con las señoras, que me saltaron
al cuello. Un cuarto de hora después, el señor de Bevallan dejaba el
castillo con mi colega de Rennes. Su partida y su desgracia han tenido
por efecto inevitable desencadenar contra él todas las lenguas de los
criados, y su imprudente intriga con la señorita Helouin ha estallado
muy luego. La joven, sospechosa hacía algún tiempo por otros motivos, ha
pedido permiso para retirarse, y no se le ha negado. Inútil es agregar,
que las señoras le aseguran una existencia honorable... ¡Y bien, hijo
mío! ¿qué dice de todo esto? ¿Le hace sufrir más? Está tan pálido como
un muerto...
La verdad es, que estas noticias inesperadas habían excitado en mí
tantas emociones agradables y penosas á la vez, que me sentía próximo á
desfallecer.
* * * * * * * * * * *
El señor Laubepin que debe partir mañana al amanecer, volvió esta noche
á despedirse de mí. Después de algunas palabras embarazosas de parte á
parte:
--¡Ah, mi querido niño!--me dijo--no le interrogo sobre lo que aquí
pasa: pero si tiene usted necesidad de un confidente y un consejero, le
pediría la preferencia.
Yo no podía efectivamente desahogarme en un corazón más amigo, ni más
seguro. Hice al digno anciano un relato detallado de todas las
circunstancias que han señalado desde mi llegada al castillo, mis
relaciones particulares con la señorita Margarita. Hasta le he leído
algunos trozos de este diario, para precisar mejor el estado de esas
relaciones y también el estado de mi alma. Excepto el secreto que había
descubierto la víspera en los archivos del señor Laroque, nada le he
ocultado.
Cuando terminé, el señor Laubepin cuya frente se había puesto recelosa
hacía un momento, tomó la palabra.
--Es inútil disimular, amigo mío--dijo--que al enviarle aquí,
premeditaba unirlo con la señorita Laroque. Al principio todo marchó
conforme á mis deseos. Los dos corazones, que según mi opinión, son
dignos el uno del otro, no han podido aproximarse sin entenderse: pero
ese extravagante acontecimiento, cuyo teatro romántico ha sido la torre
d'Elven, confieso que me desconcierta enteramente. ¡Qué diantre!
querido joven, saltar por la ventana, á riesgo de romperse la cabeza,
era, permítame que se lo diga, una demostración muy suficiente de su
desinterés; fué, pues, muy supérfluo agregar á este paso honorable y
delicado, el juramento solemne de no casarse jamás con esa pobre niña á
no ser eventualidades que es absolutamente imposible esperar. Yo me
tengo por hombre de recursos, pero me reconozco enteramente incapaz de
dar á usted doscientos mil francos de rentas ó de quitárselos á la
señorita Laroque.
--Entonces, señor, déme un consejo. Tengo más confianza en usted, que en
mí mismo, pues conozco que el infortunio expuesto siempre á la sospecha,
ha podido irritarme hasta el exceso las susceptibilidades de mi honor.
Hable. Me inducirá usted á olvidar el juramento indiscreto pero solemne,
sin embargo, que en este momento es, según creo, lo único que me separa
de la dicha, que había soñado para su hijo adoptivo.
El señor Laubepin se levantó; sus espesas pestañas cayeron sobre sus
ojos, y recorrió la habitación á grandes pasos durante algunos minutos;
luego, deteniéndose ante mí, y tomándome la mano con fuerza:
--Joven--me dijo--es cierto, le amo como á un hijo; pero aun cuando
debiera despedazar su corazón y el mío con el suyo, jamás transigiré
con mis principios. Mejor es ultrapasar el honor que quedarse atrás de
él: en materia de juramentos, todos los que no son exigidos bajo la
punta de un puñal ó ante la boca de una pistola, es menester no hacerlos
ó cumplirlos: esa es mi opinión.
--Y también la mía. Mañana partiré con usted.
--No, Máximo, permanezca aquí algún tiempo todavía. Yo no creo en
milagros, pero creo en Dios, que rara vez permite que sucumbamos por
nuestras virtudes... Demos un plazo á la Providencia... Sé que le pido
un gran esfuerzo de valor, pero lo reclamo formalmente de su amistad. Si
en un mes no recibe noticias mías, entonces partirá.