A MIS HIJOS

«El nombre que os lego, y que he honrado, no es el mío. Mi padre se

llamaba Savage. Era regidor de una plantación en la isla, entonces

francesa, de Santa Lucía, perteneciente á una rica y noble familia del

Delfinado, la de los Champcey d'Hauterive. En 1793 mi padre murió y yo

heredé, aunque muy joven, la confianza que los Champcey habían

depositado en él. Hacia el fin de este funesto año, las Antillas

francesas fueron tomadas por los ingleses, ó les fueron entregadas por

los colonos insurgentes. El Marqués de Champcey d'Hauterive (Santiago

Augusto), á quien las órdenes de las convenciones no habían alcanzado

todavía, mandaba entonces la fragata _Thetis_ y hacía tres años cruzaba

aquellos mares. Un gran número de colonos franceses esparcidos en las

Antillas, habían llegado á realizar sus fortunas, amenazadas á cada

instante. Estos se habían entendido con el comandante Champcey para

organizar una flotilla de ligeros transportes, á la que habían

trasladado sus bienes, y que debía emprender su vuelta á la patria bajo

la protección de los cañones de la _Thetis_. Desde largo tiempo, en

previsión de desastres inminentes, yo había recibido la orden y el poder

para vender á cualquier precio la plantación que administraba desde la

muerte de mi padre. En la noche del 14 de noviembre de 1793, montaba

solo en un pequeño bote en la punta de Morne au Sable y abandonaba

furtivamente á Santa Lucía, ocupada ya por el enemigo. Llevaba en papel

inglés y en guineas el precio que había podido sacar por la plantación.

El señor de Champcey, gracias al conocimiento minucioso que tenía de

estos parajes, había podido engañar al crucero inglés y refugiarse en el

paso difícil y desconocido de Crossilot. Tenía orden de reunirme allí

aquella misma noche, y sólo esperaba mi llegada á bordo, para salir de

este paso con la flotilla que escoltaba, y dirigir su proa á Francia. En

el trayecto tuve la desgracia de caer en manos de los ingleses. Estos

maestros en traición, me dieron á elegir entre ser fusilado en el acto,

ó venderles, mediante el millón de que era portador y que me

abandonaban, el secreto del paso en que se abrigaba la flotilla. Yo era

joven, la tentación era demasiado fuerte; una media hora después, la

_Thetis_ era echada á pique, la flotilla tomada, y el señor de Champcey

gravemente herido. Pasé un año; un año sin sueño. Yo me enloquecía, y

resolví hacer pagar al inglés maldito los remordimientos que me

despedazaban. Pasé á la Guadalupe, cambié mi nombre y consagré la mayor

parte del precio de mi delito á la compra de un brick armado, y corrí

sobre los ingleses. He lavado durante quince años en su sangre y con la

mía la mancha que en una hora de debilidad había arrojado sobre el

pabellón de mi patria. Si bien más de las tres cuartas partes de mi

fortuna actual ha sido adquirida en gloriosos combates, no por eso es

otro su origen que el que acabo de indicar.

»Al volver á Francia, en mi vejez, me informé de la situación de los

Champcey d'Hauterive: era dichosa y opulenta. Continué guardando un

profundo silencio. ¡Que mis hijos me perdonen! No he podido hallar

valor, mientras he vivido, para sonrojarme en su presencia; pero la

muerte debe entregarles este secreto, del que usarán según las

inspiraciones de su conciencia. Por mi parte, sólo tengo una súplica que

hacerles: habrá, tarde ó temprano, una guerra entre la Francia y su

vecina del otro lado del Canal; nos odiamos demasiado; será menester

reñir; que nosotros los traguemos ó que ellos nos traguen. Si esta

guerra estallara viviendo alguno de mis hijos ó de mis nietos, deseo que

donen al Estado una corbeta armada y equipada, con la condición de que

se llame _La Savage_ y la mande un bretón. A cada andanada que descargue

sobre la costa de Inglaterra, mis huesos se estremecerán de contento en

su tumba.--_Ricardo Savage_, conocido por _Laroque_.»

Los recuerdos que despertó repentinamente en mi imaginación esta

espantosa confesión, me confirmaron su exactitud. Había oído contar

veinte veces á mi padre, con una mezcla de orgullo y de amargura, el

rasgo de la vida de mi abuelo á que se hacía alusión en ella. Solamente

que se creía en mi familia que Ricardo Savage, cuyo nombre tenía muy

presente, había sido la víctima y no el promotor de la traición, ó de la

casualidad que había entregado al comandante de la _Thetis_.

Me expliqué entonces las singularidades que á menudo me habían llamado

la atención en el carácter del viejo marino, y en particular su actitud

tímida y pensativa cuando se hallaba frente á frente conmigo. Mi padre

había dicho siempre que yo era un vivo retrato de mi abuelo, el Marqués

Santiago, y sin duda, algunos resplandores de esta semejanza penetraban

de tiempo en tiempo, atravesando las nubes de su cerebro, hasta la

conciencia confusa de aquel anciano.

Apenas dueño de esta secreta revelación, caí en una horrible

perplejidad. Por mi parte, sólo sentí un débil rencor contra este

infortunado, en quien las flaquezas del sentido moral habían sido

purgadas por una larga vida de arrepentimiento, y por una pasión de

desesperación y de odio, que no carecía de grandeza. Yo mismo no podía

respirar, sin una especie de admiración, el soplo salvaje que anima aún

estas líneas trazadas por una mano culpable, pero heroica. Entretanto,

¿qué debía yo hacer de este terrible secreto? Lo que se me ocurrió de

pronto, fué el pensamiento de que él destruía todo obstáculo entre

Margarita y yo, que en adelante aquella fortuna que nos había separado

debía ser entre nosotros un lazo casi obligatorio, pues yo sólo en el

mundo podía legitimarla, dividiéndola. A la verdad, este secreto no era

mío, y aun cuando la más inocente de las casualidades me lo hubiera

hecho conocer, puede ser que la estricta probidad exigiese que lo dejara

llegar en su hora, á las manos á que está destinado; ¡pero cómo, si

esperando ese momento el mal irreparable se consumiría! ¡Los lazos más

indisolubles nos separarían! ¡La piedra de la tumba iba á caer para

siempre sobre mi amor, sobre mis esperanzas, sobre mi corazón

inconsolable! ¿Y lo soportaría cuando podía impedirlo con una sola

palabra? Y estas pobres mujeres, el día en que la fatal verdad haga

sonrojar sus frentes, es muy probable dividirán conmigo mis pesares y mi

desesperación. Y exclamarán las primeras: ¡Ah! si lo sabía usted ¿por

qué no había hablado?

Pues bien; ni hoy, ni mañana, ni nunca: si sólo de mí depende, la

vergüenza no sonrojará estas dos nobles frentes. Yo no compraré mi

felicidad á precio de su humillación. Este secreto que sólo yo poseo,

que ese anciano mudo para siempre, no puede él mismo traicionar, ya no

existe; la llama lo ha devorado.

Lo he pensado bien. Comprendo lo que me he atrevido á hacer. Era un

testamento, una acta sagrada y la he destruido. Además, no era yo sólo

el que ganaba. Estoy encargado de mi hermana, que hallaría en él una

fortuna, y sin consultarla, mi mano la ha sumergido de nuevo en la

pobreza. Sé todo esto; pero dos almas puras, elevadas y orgullosas, no

serán deshonradas, ni aniquiladas bajo el peso de un crimen de que son

inocentes. Había en esto un principio de equidad que me ha parecido

superior á toda justicia literal. Si á mi vez he cometido un crimen, yo

responderé de él... Pero esta lucha me ha destrozado y ya no puedo más.

La Novela de un Joven Pobre · 第 14 / 19 题