26 de agosto.

Este día, único que imploraba, no me ha sido concedido. Mi debilidad no

ha esperado mucho tiempo la expiación, que será larga. ¿Cómo lo había

olvidado? En el orden moral, como en el físico, hay leyes que jamás

quebrantamos impunemente, cuyos efectos forman en este mundo la

intervención permanente de lo que se llama la Providencia. Un hombre

débil y grande, escribiendo con mano casi loca el evangelio de un sabio,

decía de las pasiones mismas que hicieron su miseria, su oprobio y su

genio: «Todas son buenas cuando uno las domina, todas son malas cuando

uno se deja dominar por ellas. Lo que nos prohibe la naturaleza es

extender nuestras afecciones más allá de nuestras fuerzas; lo que nos

prohibe la razón, es querer lo que no podemos obtener; lo que nos

prohibe la conciencia no es ser tentados, sino dejarnos vencer por las

tentaciones. No depende de nosotros tener ó no tener pasiones, pero sí

depende reinar sobre ellas. Todos los sentimientos que dominamos son

legítimos; todos los que nos dominan son criminales... No ligues tu

corazón sino á la belleza que no perece; que tu condición limite tus

deseos; que tus deberes vayan antes que tus pasiones; extiende la ley de

la necesidad á las cosas morales; aprende á perder lo que puede serte

arrebatado; ¡aprende á dejarlo todo cuando la virtud lo ordene!» Sí, tal

es la ley, yo la conocía; la he violado, y he sido castigado. Nada más

justo.

Apenas había puesto el pie sobre la nube de este loco amor, cuando era

violentamente precipitado de ella, y he recobrado después de cinco días,

apenas, el valor necesario para trazar las circunstancias casi ridículas

de mi caída. La señora de Laroque y su hija habían partido por la mañana

para hacer una nueva visita á la señora de Saint-Cast y traer en seguida

á la señora de Aubry. Hallé á la señorita Helouin sola en el castillo.

Le llevaba un trimestre de su pensión; pues si bien por mis funciones

soy, en general, completamente extraño al orden y disciplina interiores

de la casa, las señoras han deseado, sin duda por miramientos á la

señorita Carolina y á mí, que sus sueldos y los míos sean

excepcionalmente pagados por mí mismo. La joven se hallaba en el pequeño

gabinete contiguo al salón. Recibióme con una dulzura pensativa, que me

conmovió. Yo mismo sentía en aquel momento esa tranquilidad de corazón

que dispone á la confianza y á la bondad. Resolví, echándolas de

Quijote, tender una mano caritativa á aquella pobre abandonada.

--Señorita--le dije repentinamente--me ha retirado usted su amistad,

pero la mía le ha quedado entera. ¿Me permite darle una prueba de ella?

Miróme, y murmuró un tímido sí.

--Sépalo, pobre hija mía: se pierde usted.

Levantóse bruscamente.

--¡Me vió la otra noche en el parque!--exclamó.

--Sí, señorita.

--¡Dios mío!--dijo dando un paso hacia mí.--Señor Máximo, le juro que

soy honrada.

--Lo creo, señorita; pero debo decirle que en esa historieta, muy

inocente sin duda de parte suya, pero que probablemente lo será menos de

la otra, aventura usted muy gravemente su reputación y su reposo.

Suplícole que lo reflexione, y al mismo tiempo, que esté muy segura de

que nadie sino usted oirá jamás una palabra de mi boca sobre este

asunto.

Iba á retirarme: ella cayó de rodillas cerca, de un canapé, y estalló en

sollozos, con la frente apoyada sobre mi mano que había cogido. Yo había

visto correr, hacía poco tiempo, lágrimas más bellas y más dignas; sin

embargo, me hallaba conmovido.

--Veamos, mi querida señorita--le dije,--aún no es tarde, ¿es cierto?

Ella sacudió con fuerza la cabeza.

--Pues bien, mi querida niña, tenga valor. Nosotros la salvaremos. ¿Qué

puedo hacer por usted? Veamos. ¿Hay en poder de ese hombre alguna prenda

ó alguna carta, que pueda reclamarle de parte de usted? Disponga de mí

como de un hermano.

Dejó mi mano con cólera.--¡Ah, qué duro es usted!--me dijo--habla de

salvarme y es usted quien me pierde. Después de haber fingido amarme, me

rechaza usted... me ha humillado, desesperado... ¡Usted es la única

causa de lo que sucede!

--Señorita, no es usted justa; jamás he fingido amarla; he sentido por

usted una afección muy sincera que le profeso aún. Confieso que su

belleza, su ingenio y sus talentos le dan un perfecto derecho á esperar

de los que viven cerca de usted algo más que una fraternal amistad;

pero mi situación en el mundo, los deberes de familia que me están

impuestos, no me permitían ultrapasar esta medida para con usted sin

faltar completamente á la probidad. Le digo francamente, que la hallo

encantadora y le aseguro que manteniendo mis sentimientos hacia usted en

el límite que la lealtad me lo exigía, no he dejado de contraer un gran

mérito. No veo en esto nada de muy humillante para usted; lo que podría

humillarla con muy justo título, señorita, es verse amada por un hombre

muy resuelto á no casarse con usted.

Arrojóme una mirada diabólica.--¿Qué sabe usted de eso?--dijo.--No todos

los hombres son corredores de fortuna.

--¡Ah! ¿será usted acaso una perversa, señorita Helouin?--le dije con

mucha calma.--Siendo eso así, tengo el honor de saludarla...

--¡Señor Máximo!--exclamó precipitándose repentinamente para

detenerme.--¡Perdóneme! ¡Tenga piedad de mí!... compréndame... ¡Soy tan

desgraciada!... ¡Figúrese lo que puede ser el pensamiento de una pobre

criatura como yo, á quien se ha tenido la crueldad de darle un corazón,

un alma y una inteligencia... y que no puede usar de todo esto sino para

sufrir... y para odiar! ¿Cuál es mi vida?... ¿Cuál es mi porvenir?...

Mi vida es el sentimiento de mi pobreza, exaltado sin cesar por los

refinamientos del lujo, que me rodea... ¡Mi porvenir será sentir, llorar

amargamente algún día esta misma vida, esta vida de esclava por odiosa,

que ella sea!... Habla usted de mi juventud, de mi ingenio, de mi

talento... ¡Ah! Yo querría no haber tenido otro talento que romper

piedras por las calles... ¡Sería más dichosa!... ¡Mis talentos! ¿y habré

pasado el mejor tiempo de mi vida en adornar con ellos á otra mujer,

para que sea más bella, más adorada y más insolente aún?... Y cuando lo

más puro de mi sangre, haya pasado á las venas de esa muñeca, ella

saldrá de aquí apoyada en el brazo de un esposo feliz á tomar parte en

las más bellas fiestas de la vida, en tanto que yo, sola, vieja y

abandonada iré á morir en algún rincón, con una pensión de doncella...

¿Qué es lo que he hecho al Cielo para merecer este destino? Veamos. ¿Por

qué no he de ser feliz como esas mujeres? ¿No valgo tanto como ellas? Si

soy tan mala, es porque la desgracia me ha ulcerado, es porque la

injusticia me ha ennegrecido el alma... Yo nací tan dispuesta como

ellas, más acaso, para ser buena, amante y caritativa... ¡Oh! ¡Dios mío,

los beneficios cuestan poco, cuando uno es rico, y la benevolencia es

fácil á los dichosos! ¡Si yo estuviera en su lugar, y ellas en el mío,

me odiarían, como yo las odio! ¡Nadie ama á sus amos! ¡Ah! esto es

horrible, ¿no es verdad? Yo también lo sé y eso es lo que me anonada...

Siento mi abyección, me sonrojo de ella... ¡y la conservo! ¡Ay! Va usted

á despreciarme ahora más que nunca, señor... ¡Usted, á quien habría

amado tanto, si me lo hubiera permitido! Usted, que podría volverme todo

lo que he perdido, la esperanza, la paz, la bondad, la estimación de mi

misma... ¡Ah! hubo un momento en que me creí salvada... en que tuve por

la primera vez un pensamiento de dicha, de porvenir, de orgullo...

¡Desgraciada!

Habíase apoderado de mis dos manos; sumergió en ellas la cabeza, en

medio de sus largos y flotantes rizos, llorando desesperadamente.

--Mi querida niña--le dije,--comprendo mejor que nadie los pesares y las

amarguras de su situación; pero permítame decirle que los aumenta mucho,

nutriendo en su corazón los tristes sentimientos que acaba de

expresarme. Todo eso es muy feo, no se lo oculto, y acabará por merecer

todo el rigor de su destino; pero veamos, su imaginación exagera

singularmente ese rigor. En cuanto al presente, usted es tratada aquí,

diga lo que quiera, como una amiga, y en el porvenir, no veo nada que

impida que también salga de esta casa apoyada en el brazo de un esposo

feliz. Por mi parte, estaré toda mi vida reconocido á su afección; pero

quiero decirle otra vez más, para acabar con este asunto: tengo deberes

sagrados que llenar, y no quiero, ni puedo casarme.

Miróme repentinamente.--¿Ni aun con Margarita?--dijo.

--No veo lo que aquí significa el nombre de la señorita Margarita.

Rechazó con una mano los cabellos que inundaban su fisonomía y tendiendo

la otra hacia mí, con gesto amenazador.--Usted la ama--dijo con voz

sorda,--ó más bien ama su dote; pero no la obtendrá.

--¡Señorita Helouin!

--¡Ah!--respondió--es usted demasiado niño si creyó abusar de una mujer

que tenía la locura de amarle. Leo claramente sus maniobras, créame. Por

otra parte, sé quién es usted... No estaba lejos cuando la señorita de

Porhoet transmitió á la señora de Laroque vuestra política

confidencia...

--¡Cómo! ¿Usted escucha á las puertas, señorita?

--No me cuido de sus ultrajes... Por otra parte, me vengaré, y muy

pronto... ¡Ah! es usted seguramente muy hábil, señor de Champcey y no

puedo menos de cumplimentarle... Representa admirablemente el papel de

desinterés y de reserva, que su amigo Laubepin no habrá dejado de

recomendarle al enviarle aquí... Él sabía con quién tendría que

entenderse. Conocía demasiado la ridícula manía de esta muchacha. Cree

usted tener ya su presa ¿no es verdad? Los bellos millones, cuya fuente

es más ó menos pura, según se dice, pero que serían sin embargo muy á

propósito para restaurar un marquesado y volver á dorar un escudo...

Pues bien. Desde este momento puede renunciar á ellos. Porque le juro

que no conservará usted un día más su máscara, vea aquí la mano que se

la arrancará.

--Señorita Helouin, es tiempo de poner fin á esta escena, porque ya raya

en melodrama. Me ha hecho usted una buena jugada para prevenirme sobre

el terreno de la delación y de la calumnia; pero puede descender á él en

plena seguridad, pues le doy mi palabra de no imitarla. Después de esto,

soy su servidor.

Dejé aquella infortunada criatura con un profundo sentimiento de

disgusto, pero también de piedad.

Aunque haya sospechado siempre que la organización mejor dotada, debe

irritarse y torcerse, en proporción á sus dones, encontrándose en la

situación equívoca y mortificante, que ocupa la señorita Helouin, nunca

mi imaginación hubiera podido sondear hasta el fondo, el abismo lleno de

hiel que acaba de abrirse ante mis ojos. Ciertamente, cuando se piensa

en ello, no puede concebirse género de existencia, que someta un alma á

más envenenadas tentaciones, ni que sea más capaz de desenvolver y de

aguzar en el corazón las concupiscencias de la envidia, de sublevar á

cada instante las convulsiones del orgullo, de exasperar todas las

vanidades y todos los celos naturales en la mujer. Es indudable que el

mayor número de desgraciadas criaturas á quienes sus necesidades y

talentos, obligan á profesar este empleo, tan honorable en sí, no

escapan sino por la moderación de sus sentimientos, con la ayuda de

Dios, ó por la firmeza de sus principios, á las deplorables agitaciones

de que no había podido garantirse la señorita Helouin; pero la prueba es

temible. Algunas veces se me había ocurrido el pensamiento de que mi

hermana podría hallarse destinada por nuestras desgracias á entrar en

alguna familia rica en calidad de preceptora: hice entonces juramento,

sea cual fuere el porvenir que nos estuviera reservado, de dividir con

Elena la más pobre boardilla, el pan más amargo del trabajo, antes que

dejarla sentarse al festín envenenado de esa opulenta y odiosa

servidumbre.

Entretanto, si tenía la firme determinación de dejar el campo libre á la

señorita Helouin y de no entrar por ningún precio en las recriminaciones

de una lucha degradante, no podía contemplar sin inquietud las

consecuencias probables de la guerra desleal que acababa de declararme.

Estaba evidentemente amenazado en lo que tengo de más sensible, en mi

amor y en mi honor. Dueña del secreto de mi vida, y del secreto de mi

corazón, mezclando, con la pérfida habilidad de su sexo, la verdad y la

mentira, la señorita Helouin podía fácilmente presentar mi conducta bajo

un aspecto sospechoso, volver contra mí hasta las precauciones y los

escrúpulos de mi delicadeza, y presentar mis acciones más inocentes bajo

el color de una intriga meditada. Me era imposible saber con precisión

qué giro daría á su malevolencia, pero la conocía lo bastante para estar

seguro que no se engañaría en la elección de los medios. Conocía mejor

que nadie los puntos débiles de las imaginaciones que trataba de herir.

Poseía sobre el espíritu de la señorita Margarita y sobre el de su

madre, el imperio natural del disimulo sobre el candor; gozaba cerca de

ellas de toda la confianza que nace de un largo hábito y de una

intimidad cotidiana y sus _amas_, para emplear su lenguaje, no podrían

sospechar bajo las exterioridades de graciosa jovialidad y de obsequioso

agasajo, de que se rodea con un arte consumado, el frenesí de orgullo y

de ingratitud que roe á aquella alma miserable. Era demasiado verosímil

que una mano tan segura y tan sabia vertería sus venenos con éxito

completo en corazones así preparados. A la verdad, la señorita Helouin

podía temer, cediendo á su resentimiento, volver á colocar la mano de la

señorita Margarita en la del señor Bevallan y apresurar su casamiento,

que sería la ruina de su propia ambición; pero yo sabía que el odio de

una mujer no calcula nada y que se atreve á todo. Esperaba, pues, de su

parte, la más pronta y la más ciega de las venganzas, y tenía razón.

Pasé en una penosa ansiedad las horas que había destinado á más dulces

pensamientos. Todo lo que la dependencia puede tener de más punzante

para una conciencia recta, y el desprecio de más desgarrador para un

corazón que ama, me oprimía en aquellos momentos. La adversidad en mis

peores días no me sirvió jamás una tan rebosada copa. Traté, sin

embargo, de trabajar como de costumbre. A eso de las cinco me trasladé

al castillo. Las señoras habían vuelto al mediodía. Hallé en el salón á

la señorita Margarita, á la señora de Aubry y al señor Bevallan, con

dos ó tres huéspedes transeuntes. La señorita Margarita pareció no

apercibirse de mi presencia, y continuó conversando con el señor de

Bevallan en un tono de animación, que no le es habitual. Se trataba de

un baile improvisado, que debía tener lugar aquella misma noche en el

castillo vecino. Ella debía concurrir con su madre, é instaba al señor

de Bevallan, para que las acompañara: éste se excusaba alegando que

había salido de su casa por la mañana, antes de haber recibido la

invitación y que su _toilette_ no era á propósito. La señorita

Margarita, insistiendo con una coquetería afectuosa y solícita de la que

parecía sorprendido su mismo interlocutor, le dijo, que indudablemente

tenía aún tiempo de ir á su casa, vestirse y volver á buscarlas. Se le

aguardaría á comer. El señor de Bevallan objetó, que todos sus caballos

de tiro estaban en el pajar, y que no podía volver á caballo en traje de

baile. Entonces--repuso la señorita,--irá usted en la americana. Al

mismo tiempo dirigió por primera vez sus ojos hacia mí, y lanzándome una

mirada en que vi estallar el rayo:--Señor Odiot--dijo con una voz breve

de mandato,--vaya á decir que preparen el carruaje.

Esta orden servil estaba tan fuera de la medida de las que acostumbraba

dirigirme y de las que puede creérseme dispuesto á sufrir, que la

atención y la curiosidad de los más indiferentes se despertó al

instante. Hubo un embarazoso silencio: el señor de Bevallan arrojó una

mirada de asombro sobre la señorita Margarita; luego me miró, tomó un

aire grave y se levantó. Si se esperaba de mi parte alguna loca

inspiración de cólera, gran decepción sufrieron. Ciertamente las

insultantes palabras que acababan de caer sobre mí, de una boca tan

bella, tan amada y tan bárbara, habían hecho penetrar el frío de la

muerte hasta las fuentes más profundas de mi vida, y dudo que una lámina

de acero, abriéndose paso á través de mi corazón, me hubiera causado una

sensación más horrible; pero jamás me hallé tan tranquilo. El timbre de

que se sirve habitualmente la señora de Laroque para llamar á sus

criados se hallaba á mi alcance sobre la mesa: apoyé el dedo en él. Un

criado entró casi al momento.--Creo--le dije,--que la señorita Margarita

tiene órdenes que darle.

A estas palabras que había escuchado con una especie de estupor, la

joven hizo violentamente con la cabeza un signo negativo y despidió al

criado. Tenía mucha prisa en salir de aquel salón en que me ahogaba;

pero no pude retirarme ante la actitud provocativa que afectaba el señor

de Bevallan.

--A fe mía--murmuró,--que es cosa bastante particular.

Fingí no oirlo. La señorita Margarita le dijo dos palabras bruscas en

voz baja.--Me inclino, señorita--respondió entonces en tono más

elevado:--séame permitido solamente expresar el pesar sincero que siento

en no tener el derecho de intervenir en esto.

Levantéme al instante.--Señor de Bevallan--dije colocándome á dos pasos

de él,--ese pesar es enteramente supérfluo, pues si no he creído deber

obedecer las órdenes de la señorita, estoy enteramente á las vuestras, y

voy á esperarlas.

--Muy bien, muy bien, señor; inmejorable--replicó el señor de Bevallan,

agitando con gracia la mano para serenar á las mujeres.

Nos saludamos y salí.

Comí solitariamente en mi torre, servido como de costumbre por el viejo

Alain, instruído sin duda por los rumores de antecámara de lo que había

pasado, pues no cesó de clavarme miradas insinuantes, arrojando por

intervalos profundos suspiros y observando contra su costumbre un

taciturno silencio. Sólo interrogado por mí, me hizo saber que las

señoras habían decidido no ir al baile aquella noche.

Terminada mi breve comida, ordené un poco mis papeles y escribí dos

palabras al señor Laubepin. Para en todo caso le recomendaba á Elena. La

idea del abandono en que la dejaría en caso de una desgracia, me

laceraba el corazón, sin alterar en lo más mínimo mis inmutables

principios. Puedo engañarme, pero he pensado siempre que el honor, en

nuestra vida moderna, domina toda la jerarquía de los deberes. Suple hoy

á tantas virtudes medio borradas en las conciencias, á tantas creencias

casi muertas, juega en el estado de nuestra sociedad un papel tan

tutelar, que jamás pasará por mi imaginación la idea de debilitar sus

derechos, de discutir sus decretos ni de subordinar sus obligaciones. El

honor, en su carácter indefinido, es alguna cosa superior á la ley y á

la moral: no se le razona, se lo siente. Es una religión. Si no tenemos

ya la locura de la cruz, conservemos la locura del honor.

Además, no hay sentimiento profundamente infiltrado en el alma humana,

que si bien se medita, no sea sancionado por la razón. Es mejor, en todo

caso, una niña ó una mujer solas en el mundo, que protegida por un

hermano ó por un marido deshonrado.

Esperaba de un momento á otro algún mensaje del señor de Bevallan.

Preparábame á pasar á la casa del preceptor de la villa, que es un

oficial joven, herido en Crimea, y pedirle su concurso, cuando llamaron

á mi puerta. El que entró fué el señor de Bevallan. Su fisonomía

expresaba como un débil matiz de embarazo, una especie de bonhomía

franca y alegre.

--Señor--me dijo en tanto que yo le contemplaba con una sorpresa

bastante viva,--este paso le parecerá un poco irregular; pero por suerte

tengo una hoja de servicios, que á Dios gracias, pone mi valor al abrigo

de toda sospecha. Por otra parte, tengo motivo para sentir esta noche un

contento tal, que no deja lugar alguno en mi corazón para la hostilidad

ó el rencor. En fin, obedezco á órdenes, que deben serme más que nunca

sagradas. En resumen, vengo á tenderle la mano.

Saludéle con gravedad, y le tomé la mano.

--Ahora--agregó, sentándose--me hallo más desahogado para desempeñar mi

embajada. No ha mucho, señor, la señorita Margarita le ha dado en un

momento de distracción, algunas instrucciones, que no eran seguramente

del deber de usted. La susceptibilidad de usted se ha sublevado muy

justamente, lo reconocemos, y las señoras me han encargado le haga

aceptar sus disculpas. Sentirían mucho que un error momentáneo les

privara de sus buenos oficios, apreciados por ellas en todo su valor, y

rompiera relaciones que consideran de un precio infinito. Por mi parte,

señor, he adquirido esta noche con gran alegría, el derecho de unir mis

instancias á las de aquellas señoras; los votos que desde hace largo

tiempo hacía, acaban de ser aceptados, y le estaré personalmente

reconocido si no mezcla á los recuerdos dichosos de esta noche, el de

una separación que sería á la vez perjudicial y dolorosa á la familia en

que tengo el honor de entrar.

--Señor, no puedo menos que ser muy sensible á los testimonios que me

rinde en nombre de esas señoras y en el suyo. Pero me perdonará que no

responda inmediatamente á ellos, por tratarse de una formal

determinación que exige más libertad de espíritu de la que aún puedo

gozar.

--Me permitirá al menos llevarles alguna esperanza. Veamos, señor;

puesto que la ocasión se presenta, rompamos para siempre la sombra de

hielo que ha existido hasta aquí entre los dos. Por mi parte, estoy muy

dispuesto á ello. Desde luego, la señora de Laroque, sin desprenderse de

un secreto que no le pertenece, no me ha dejado ignorar que las

circunstancias más honorables para usted se ocultan bajo la especie de

misterio de que se rodea. Además, le debo un reconocimiento particular;

sé que ha sido usted consultado á propósito de mis pretensiones á la

mano de la señorita Laroque, y que puedo jactarme de su apreciación.

--¡Dios mío! señor, pienso no haber merecido...

--¡Oh! sé--replicó riendo--que no ha abundado en mi favor; pero en fin,

no me ha perjudicado. Confieso también que me ha dado pruebas de una

sagacidad real. Ha dicho que si la señorita Margarita no debía ser

absolutamente dichosa conmigo, no sería tampoco desgraciada. Muy bien,

el profeta Daniel no habría hablado con más verdad. Lo cierto es que esa

niña querida no sería absolutamente dichosa con nadie, pues no hallaría

en el mundo entero un marido que le hablara en verso desde por la mañana

hasta la noche... ¡porque eso no se encuentra! Convengo que en este

punto no soy de más calibre que otro cualquiera; pero, como me ha hecho

el honor de decir, soy un hombre galante. Verdaderamente, cuando nos

conozcamos mejor no lo dudará. No soy un diablo malo; soy un buen

chico... ¡Dios mío!... tengo defectos... ¡los he tenido siempre!... he

sido loco para las mujeres lindas... ¡eso no puedo negarlo! pero es esa

precisamente la prueba de que uno tiene buen corazón. Por otra parte,

véome ya en el puerto... y me felicito de ello, porque, entre nosotros,

comenzaba á fatigarme. Por fin, no quiero pensar sino en mi mujer y en

mis hijos. De lo que deduzco con usted, que Margarita será perfectamente

dichosa, es decir, tanto como puede serlo en este mundo con una cabeza

como la suya: porque seré bien galante para ella, no le rehusaré nada, y

aun prevendré todos sus deseos. ¡Pero si me pide la luna y las estrellas

no puedo ir á descolgarlas para serle agradable!... ¡eso es

imposible!... ahora mi querido amigo, déme una vez más su mano.

Se la dí. Levantóse.

--Espero que ahora se quedará... Veamos, desarrúgueme un poco esa

frente... Nosotros le haremos la vida tan dulce como sea posible, pero

es preciso condescender un poco. ¡Qué diablo!... gusta á usted mucho su

tristeza... Vive, perdóneme la palabra, como un verdadero buho. ¡Es

usted una especie de español de esos que ya no se ven!... ¡Sacuda, pues,

todo eso! Es usted joven, agradable, tiene entendimiento y talento;

aprovéchese un poco de todas esas cosas... ¿Por qué no hace usted la

corte á la señorita Helouin? Eso le divertirá... es bonita, y se dejaría

decir... ¡pero diantres! ¡Yo olvido mi promoción á las grandes

dignidades!... Vamos, adiós; hasta mañana. ¿No es así?

--Hasta mañana, ciertamente.

Y este hombre galante, que es una especie de español de los que ya no se

ven, me abandonó á mis reflexiones.

1.º de octubre.

¡Singular acontecimiento! Aunque sus consecuencias no hayan sido hasta

aquí de las más felices, me ha producido mucho bien. Después del duro

golpe que me hirió, había quedado como entorpecido por el dolor. Esto me

ha devuelto al menos al sentimiento de la vida y por la primera vez,

después de tres largas semanas, tengo el valor suficiente para abrir

estas hojas y tomar de nuevo la pluma.

Habiéndoseme dado toda clase de satisfacciones, pensé que no tenía razón

alguna para dejar, á lo menos bruscamente, una posición y ventajas que

después de todo me son necesarias, y cuyo equivalente me sería muy

difícil hallar inmediatamente. La perspectiva de los sufrimientos

enteramente personales que me quedaban para afrontar y que, por otra

parte, yo mismo me había atraído por mi debilidad, no podía autorizarme

á abandonar deberes en los cuales no eran sólo mis intereses los que se

hallaban comprometidos. Además, no quería que la señorita Margarita

pudiese interpretar mi súbita retirada, por el despecho que causa la

pérdida de una buena partida y me hacía un punto de honor en mostrarle

hasta el pie del altar una frente impasible; en cuanto al corazón, ella

no lo vería. En fin, me contenté con escribir al señor Laubepin, que mi

situación podía hacérseme intolerable, bajo ciertas faces, de un

instante á otro, y que ambicionaba ávidamente cualquier empleo, si menos

retribuído, más independiente.

Desde el día siguiente, me presenté en el castillo, donde el señor de

Bevallan me acogió con cordialidad. Saludé á las señoras con toda la

naturalidad de que puedo disponer. No hubo, bien entendido, ninguna

explicación. La señora de Laroque parecióme conmovida y pensativa; la

señorita Margarita algo vibrante aún, pero política. En cuanto á la

señorita Helouin, hallábase muy pálida y mantenía los ojos inclinados

sobre su bordado. La pobre niña no podía felicitarse mucho del resultado

final de su diplomacia. De tiempo en tiempo trataba de lanzar al

triunfante señor de Bevallan miradas llenas de desdén y de amenaza; pero

en esa atmósfera tempestuosa que hubiera inquietado seguramente á un

novicio, el señor de Bevallan respiraba, circulaba y revoloteaba con la

más perfecta facilidad. Este aplomo soberano irritaba visiblemente á la

señorita Helouin, pero, al mismo tiempo, la domaba; sin embargo, si sólo

hubiera arriesgado perderse con su cómplice, no dudo que le hubiera

prestado inmediatamente, y con más razón, un servicio análogo al que me

había dispensado la víspera; pero era probable que, cediendo á su celosa

cólera y confesando su ingrata duplicidad, se perdiera sola; y tenía

toda la inteligencia necesaria para comprenderlo. El señor de Bevallan,

en efecto, no era hombre para haberse franqueado contra ella sin

reservarse alguna arma severa, que, en caso necesario, usaría con

inhumana sangre fría. La señorita Helouin podía decirse en verdad, que

la víspera se había dado fe, bajo su sola palabra, á denuncias mucho más

falsas; pero no ignoraba, que una mentira que adula ó hiere el corazón,

halla crédito más fácilmente que una verdad indiferente. Resignábase,

pues, no sin sentir amargamente, lo supongo, pues comprendía que el arma

de la traición se vuelve algunas veces contra la mano que la dirige.

Durante este día y los que le siguieron me vi sometido á un género de

suplicio, que había previsto, pero cuyos punzantes detalles no había

podido calcular. El casamiento había sido fijado para dentro de un mes;

deben hacerse, pues, sin retardo y apresuradamente todos los

preparativos. Los ramos de la señora Prevost llegaron regularmente cada

mañana; los encajes, las telas, los dijes afluyeron en seguida y fueron

expuestos noche á noche en el salón, á los ojos de las alborotadas y

celosas amigas. Fué preciso dar sobre todo esto, mi opinión y mis

consejos. La señorita Margarita lo solicitaba con una especie de

afectación cruel. Yo obedecía con agrado; luego entraba en mi torre,

tomaba de un cajón secreto el despedazado pañuelo que con riesgo de mi

vida había salvado y enjugaba mis ojos. ¡Cobardía aún! pero ¿qué hacer?

La amo. La perfidia, la enemistad, errores irreparables, su orgullo y el

mío, nos separaban para siempre. ¡Sea! ¡pero nada impedirá á este

corazón vivir y morir por ella!

Por lo que respecta al señor de Bevallan, no sentía odio alguno contra

él; no lo merece. Es un alma vulgar pero inofensiva. Podía, á Dios

gracias, recibir sin hipocresía las demostraciones de su trivial

benevolencia y poner con tranquilidad mi mano entre las suyas; pero si

su nula personalidad escapaba á mi odio, sentía con una angustia

profunda, desgarradora, hasta qué punto aquel hombre era indigno de la

encantadora criatura que poseería muy luego, y á quién jamás

comprendería. Expresar el cúmulo de pensamientos amargos, de sensaciones

sin nombre que sublevaban mi alma y que sublevan aún la imagen próxima

de esta odiosa y desigual alianza, no lo podré, ni lo osaré jamás. El

amor verdadero tiene algo de sagrado, que imprime un carácter

sobrehumano á los dolores como á las alegrías que nos da. Hay en la

mujer que se ama no sé qué divinidad, cuyo secreto parece que uno solo

posee, que sólo á uno pertenece y cuyo velo no puede ser tocado por una

mano extraña, sin hacernos sentir un horror que no se parece á otro

alguno: el estremecimiento de un sacrilegio. ¡No es solamente un bien

precioso que se nos arrebata; es un altar que se profana en nosotros, un

misterio que se viola, un Dios que se ultraja! ¡Ved ahí los celos, al

menos los míos! Creía muy sinceramente, que sólo yo en el mundo tenía

ojos, inteligencia y corazón, capaces de ver, de comprender y de adorar

en todas sus perfecciones la belleza de ese ángel, que con cualquier

otro se hallaría como extraviada y perdida, que estaba destinada á mí

solo, en cuerpo y alma, por toda la eternidad. Sentía este orgullo

inmenso, bastante expiado ya por un inmenso dolor.

Sin embargo, un demonio burlón murmuraba á mi oído que según todas las

previsiones de la humana discreción, Margarita hallaría más paz y

felicidad real en la amistad templada de un marido razonable, que en la

pasión real de un esposo caballeresco. ¿Será esto verdad, será esto

posible? ¡Yo no lo creo! Tendrá la paz: sea; pero al fin la paz no es la

última palabra de la vida, el símbolo supremo de la felicidad. Si

bastara no sufrir y petrificarse el corazón para ser dichoso, muchas

gentes que no lo merecen lo serían. A fuerza de razón y de prosa, se

acaba por difamar á Dios y degradar su obra. Dios da la paz á los

muertos, la pasión á los vivos. Hay en la vida, al lado de la vulgaridad

de los intereses cotidianos, á la que no tengo la niñería de pretender

escapar, una poesía permitida. ¿Qué digo?... ordenada. Es la revelación

del alma dotada de la inmortalidad. Es preciso que esa alma se sienta y

se revele algunas veces, sea por transportes más allá de lo real, por

aspiraciones más allá de lo posible, ó por tempestades ó por lágrimas.

Si hay un sufrimiento que vale más que la dicha, ó más bien que es la

dicha misma, es el de una criatura viviente que conoce todas las

turbaciones del corazón y todas las quimeras del pensamiento, y que

divide estos nobles tormentos con un corazón igual, y un fraternal

pensamiento... Ved ahí el drama que cada uno tiene el derecho, ó para

decirlo todo, el deber, de introducir en su vida, si tiene el título de

hombre y quiere justificarlo.

Por lo demás, la pobre niña no gozará esta misma paz tan ponderada. Que

la unión de dos corazones inertes y de dos imaginaciones heladas

engendre el reposo de la nada, lo concedo; pero la unión de la vida y de

la muerte no puede sostenerse sin una violencia horrible y sin perpetuas

amarguras.

En medio de estas íntimas miserias, cuya intensidad se redobla cada día,

sólo hallaba algún consuelo al lado de mi pobre y vieja amiga la

señorita de Porhoet. Ella ignoraba ó fingía ignorar el estado de mi

corazón, pero, en alusiones encubiertas, y tal vez involuntarias, posaba

ligeramente sobre mis llagas sangrientas la mano delicada é ingeniosa de

la mujer.

Hay, por otra parte, en esa alma, viviente emblema de la resignación y

el sacrificio, y que parece flotar sobre la tierra, un desinterés, una

tranquilidad y una dulce firmeza, que se derramaban sobre mí. Llegué á

comprender su inocente locura, y aun asociarme á ella con una especie de

ingenuidad. Inclinado sobre mi álbum encerrábame con ella durante largas

horas en su catedral, y respiraba allí por un momento los vagos perfumes

de una ideal serenidad.

Iba también á buscar casi todos los días en la casa de la anciana

señorita, otro género de distracción. No hay trabajo al que el hábito

deje de prestar algún encanto. Para no hacer sospechar á la señorita de

Porhoet la pérdida definitiva de su pleito, proseguía regularmente la

exploración de sus archivos de familia. Descubría por intervalos en

aquella selva de tradiciones y leyendas, rasgos de costumbres que

despertaban mi curiosidad y transportaban por un momento mi imaginación

á los tiempos pasados, lejos de la desconsoladora realidad. La señorita

de Porhoet, cuyas ilusiones eran sostenidas por mi perseverancia, me

atestiguaba una gratitud que poco merecía, pues había acabado por hallar

en aquel estudio, en adelante sin utilidad positiva, un interés que

pagaba mi trabajo y que proporcionaba un solaz saludable á mis pesares.

Entretanto, á medida que el término fatal se aproximaba, la señorita

Margarita perdía la vivacidad febril de que había parecido animada desde

el día en que el matrimonio quedó definitivamente arreglado. Recaía al

menos por instantes, en su actitud familiar de otro tiempo, de dolencia

pasiva y sombría meditación. Sorprendí una ó dos veces sus miradas

clavadas sobre mí con una especie de perplejidad extraordinaria. La

señora de Laroque, por su parte, me miraba á menudo con aire de

inquietud y de indecisión, como si hubiera deseado y temido al mismo

tiempo, entablar conmigo alguna conversación penosa. Anteayer, la

casualidad hizo que me hallase solo con ella en el salón, habiendo

salido bruscamente la señorita Helouin para dar una orden. La

conversación indiferente en que nos hallábamos comprometidos cesó al

instante como por un secreto acuerdo; después de un corto intervalo de

silencio:

--Señor--me dijo la señora de Laroque con acento penetrado,--deposita

usted muy mal sus confidencias.

--¡Mis confidencias, señora! No puedo comprenderla. A excepción de la

señorita de Porhoet, nadie en el castillo ha recibido de mí, ni la

sombra de una confidencia.

--¡Ay!--respondió--quiero creerlo... lo creo... pero no es bastante.

En el mismo instante entró la señorita Helouin, y todo quedó concluído.

Al día siguiente, es decir, ayer muy temprano, había partido á caballo

para vigilar en los alrededores el corte de algunos bosques. A eso de

las cuatro de la tarde volví en dirección al castillo, cuando en un

brusco recodo del camino halléme súbitamente de frente á frente con la

señorita Margarita. Estaba sola. Disponíame á pasar, saludándola; pero

ella detuvo su caballo.

--¡Qué bello día de otoño, señor!--me dijo.

--Sí, señorita. ¿Se pasea usted?

--Ya lo ve. Uso de mis últimos momentos de independencia... y aun abuso,

pues me siento algo aburrida de mi soledad... Pero Alain es necesario en

casa... Mi pobre Mervyn está cojo... ¿Quiere usted reemplazarlos, por

ventura?

--Con el mayor gusto. ¿Adónde va usted?

--No lo sé... tenía la idea de llegar hasta la torre d'Elven.--Y

señalaba con la punta de su látigo una cumbre brumosa que se elevaba á

la derecha del camino.--Creo--agregó--que jamás ha hecho usted esa

peregrinación.

--Es cierto. A menudo he tenido tentación de hacerla, pero sin saber por

qué, la he aplazado hasta ahora.

--¡Pues bien! eso nos viene perfectamente, pero es ya bastante tarde, y

si gusta, es preciso apresurarse un poco.

Volví la brida y partimos al galope.

Mientras corríamos trataba de explicarme aquella inesperada fantasía,

que no dejaba de parecerme un poco premeditada. Supuse que el tiempo y

la reflexión habrían podido atenuar en el espíritu de la señorita

Margarita la primera impresión de las calumnias que me habían levantado.

Aparentemente había acabado por concebir algunas dudas sobre la

veracidad de la señorita Helouin que se habían comprobado con la

casualidad, para ofrecerme bajo una forma disfrazada una especie de

reparación que se creía deberme.

En medio de las preocupaciones que entonces me asaltaban, daba escasa

importancia al fin particular que nos proponíamos en aquel extraño

paseo. Sin embargo, había oído á menudo citar á mi alrededor á la torre

d'Elven, como una de las ruinas más interesantes del país, y jamás había

recorrido ninguno de los dos caminos que de Rennes ó de Joselyn se

dirigen hacia el mar, sin contemplar con ávida mirada esa masa indecisa,

que se ve sobresalir en medio de los lejanos eriales como una enorme

piedra levantada; pero el tiempo y la ocasión me habían faltado.

La aldea d'Elven que atravesamos, aflojando un poco nuestra carrera, da

una idea verdaderamente pasmosa de lo que podía ser una villa de la edad

media. La forma de las casas, bajas y sombrías, no ha cambiado desde

hace cinco siglos. Cree uno soñar, cuando uno mira por esos anchos

huecos ovalados y sin marco, que ocupan el lugar de ventanas, aquellos

grupos de mujeres de salvaje mirada y traje escultural, que en la sombra

hilan su copo conversando en voz baja y en lengua desconocida. Parece

que aquellos parduscos espectros acaban de dejar sus losas funerarias,

para ejecutar entre sí alguna escena de otras edades, cuyo único testigo

viviente somos nosotros. Esto causa una especie de opresión. La poca

vida que á nuestro alrededor se manifiesta en la única calle de la

villa, presenta el mismo carácter de extrañeza y de arcaísmo fielmente

conservado de un mundo desvanecido.

A poca distancia d'Elven, tomamos un camino extraviado que nos condujo á

la cumbre de una árida colina. Desde allí percibimos distintamente,

aunque á mucha distancia, el coloso feudal, dominando frente á nosotros

en una altura poblada de árboles. El erial en que nos hallábamos, bajaba

por una escarpada pendiente hacia unas praderas pantanosas guarnecidas

por una espesa selva. Descendimos por la parte contraria y nos hallamos

muy luego internados en los bosques. Seguimos entonces una estrecha

calzada, cuyo empedrado desunido y escabroso ha debido resonar bajo el

pie herrado de nuestros caballos. Desde largo tiempo había dejado de ver

la torre d'Elven, cuya posición ni aun podía conjeturar, cuando se

apareció repentinamente entre el follaje, levantándose á dos pasos de

nosotros, con la prontitud de una aparición. Esta torre no está

arruinada; conserva hoy toda su altura primitiva, que pasa de cien

pies, y las hiladas regulares de granito que componen el magnífico

aparato octogonal, le dan el aspecto de un trozo formidable cortado

ayer, por el más puro cincel. Nada más imponente, más orgulloso ni más

sombrío que este viejo torreón, impasible en medio de los tiempos, y

aislado en la espesura de los bosques. Arboles de gigantesca altura han

brotado en los profundos fosos que lo rodean, y su cima alcanza apenas á

los huecos de las ventanas más bajas. Esta vegetación gigantesca, en que

se pierde confusamente la base del edificio, acaba de darle un color de

fantástico misterio. En esta soledad, en medio de las selvas, á la faz

de aquella masa de extraña arquitectura que surge repentinamente,

imposible es no pensar en esas torres encantadas donde algunas bellas

princesas duermen un sueño secular.

--Hasta este día--me dijo la señorita Margarita, á quien yo trataba de

comunicar mis impresiones,--ahí tiene usted todo lo que conozco de ella,

pero si le interesa despertar á la princesa, podemos entrar. Por lo que

he averiguado, hay siempre en estos alrededores un pastor ó pastora, que

tiene la llave. Atemos nuestros caballos y pongámonos en su busca, usted

del pastor y yo de la pastora.

Los caballos fueron encerrados en un pequeño cercado vecino á las

ruinas, y la señorita Margarita y yo nos separamos un momento para hacer

una especie de batida en los alrededores. Tuvimos el pesar de no hallar

ni al pastor ni á la pastora. Nuestro deseo de visitar el interior de la

torre, creció entonces naturalmente con el atractivo del fruto

prohibido, y pasamos á la ventura un puente echado sobre los fosos. Con

viva satisfacción nuestra, la maciza puerta de la torre no estaba

cerrada: sólo tuvimos que empujarla para penetrar en un reducido

vestíbulo, obscuro, obstruído por las ruinas y que podía en otro tiempo

haber servido de cuerpo de guardia; de allí pasamos á una vasta sala

casi circular, cuya chimenea conserva aún sobre su escudo las armas de

las cruzadas; una ancha ventana abierta á nuestro frente y atravesada

por la cruz simbólica, netamente cortada en la piedra, iluminaba la

región interior de aquel recinto, en tanto que la mirada se perdía en la

sombra incierta de las altas bóvedas casi hundidas. Al ruido de nuestros

pasos, voló de esta obscuridad una multitud de pájaros invisibles y

sacudieron sobre nuestras cabezas el polvo de los siglos. Subiendo sobre

los bancos de granito que se hallan dispuestos á uno y otro lado de la

pared en forma de gradas, pudimos desde el alféizar de la ventana echar

una ojeada al exterior sobre la profundidad de los fosos y partes

arruinadas de la fortaleza; pero habíamos notado desde nuestra entrada

las primeras gradas de una escalera practicada en el espesor de la

muralla, y sentíamos una prisa infantíl por llevar adelante nuestros

descubrimientos. Emprendimos la ascensión; yo abrí la marcha y la

señorita Margarita me siguió valientemente, entendiéndose, como podía,

con sus largos vestidos. De lo alto de la plataforma, el panorama es

inmenso y delicioso. Las suaves tintas del crepúsculo sombreaban en ese

mismo instante el océano de follaje medio dorado por el otoño; los

sombríos pantanos, los verdes prados y los horizontes de entrecruzadas

pendientes que se mezclaban y sucedían bajo nuestros ojos hasta la más

lejana extremidad. En presencia de este paisaje grandioso, triste é

infinito, sentíamos la paz de la soledad, el silencio de la noche y la

melancolía de los tiempos pasados, descender á la vez como un encanto

poderoso sobre nuestros espíritus y nuestros corazones. Esa hora de

contemplación común, de emociones divididas, de profunda y pura

voluptuosidad era, sin duda, la última que me fuera dado vivir á su

lado, y me extasiaba con una violencia de sensibilidad casi dolorosa.

Por lo que hace á Margarita, no sé lo que pasaba: habíase sentado sobre

el borde del parapeto, miraba á lo lejos y callaba. Yo no oía sino el

soplo un poco precipitado de su aliento.

No podré decir cuántos instantes se pasaron de este modo. Cuando los

vapores se condensaron en la parte superior de las praderas más bajas, y

los últimos horizontes comenzaron á borrarse en la sombra creciente,

Margarita se levantó.

--¡Vamos--dijo á media voz, y como si una cortina hubiese caído sobre

algún sentido espectáculo--esto acabó!--Luego, comenzó á descender y yo

la seguí.

Cuando quisimos salir de la torre, grande fué nuestra sorpresa al hallar

cerrada la puerta. Al parecer, el joven guardián, ignorando nuestra

presencia, había dado vuelta á la llave, mientras nos hallábamos en la

plataforma. La primera impresión fué la de la alegría. La torre era

decididamente una torre encantada. Hice algunos esfuerzos vigorosos para

romper el encanto; pero el pestillo enorme de la antigua cerradura

estaba sólidamente asegurado en el granito y tuve que renunciar á

desprenderlo. Volví entonces mis ataques contra la puerta misma; pero

los goznes macizos y los tableros de encina chapeados de hierro,

opusiéronme la resistencia más invencible. Dos ó tres morrillos que tomé

de los escombros y lancé contra el obstáculo, no consiguieron sino

hacer vacilar la bóveda y destacar de ella algunos fragmentos, que

vinieron á caer á nuestros pies. Corrí entonces á la ventana y dí

algunos gritos, á los que nadie respondió. Durante diez minutos, los

renové de instante en instante con el mismo éxito, al mismo tiempo que

aprovechábamos apresuradamente las últimas luces del día para explorar

minuciosamente todo el interior de la torre; pero excepto la puerta, que

se hallaba como murada para nosotros, y la gran ventana, que un abismo

de cerca de treinta pies separaba del fondo de los fosos, no pudimos

descubrir salida alguna.

Entretanto, la noche acababa de caer sobre los campos, y las tinieblas

habían invadido la vieja torre. Algunos reflejos de luna penetraban

solamente por el alféizar de la ventana y blanqueaban oblicuamente la

piedra de las gradas. La señorita Margarita, que poco á poco había

perdido toda apariencia de buen humor, dejó aún de responder á las

conjeturas más ó menos verosímiles con que trataba de engañar sus

inquietudes. Mientras ella se mantenía en la sombra, silenciosa é

inmóvil, yo estaba sentado en plena claridad sobre la grada más próxima

á la ventana: desde allí arrojaba aún por intervalos un grito de

llamada; pero para decir la verdad, á medida que el éxito de mis

esfuerzos se hacía más incierto, me sentía presa de una alegría

irresistible. Veía en efecto, realizarse, para mí, repentinamente, el

sueño más eterno y más imposible de los amantes; me hallaba encerrado en

el fondo de un desierto y en la más estrecha soledad, con la mujer que

amaba. ¡Por largas horas no habría allí, sino ella y yo en el mundo,

sino su vida y la mía! Pensaba en todos los testimonios de dulce

protección y de tierno respeto, que iba á tener el derecho y el deber de

prodigarla; representábame, sus temores calmados, su confianza, su

sueño; me decía con un encanto profundo, que aquella noche afortunada,

si no podía darme el amor de aquella criatura querida, iba al menos á

asegurarme para siempre su más inquebrantable estimación.

Cuando me abandonaba con todo el egoísmo de la pasión á mi secreto

éxtasis, del que es fácil se dibujara algún reflejo en mi fisonomía, fuí

despertado repentinamente por estas palabras, que me eran dirigidas con

voz sorda y en un tono de afectada tranquilidad:

--¿Señor Marqués de Champcey, ha habido muchos cobardes en su familia

antes que usted?

Levantéme y volví á caer de nuevo sobre el banco de piedra, clavando

una mirada estúpida en las tinieblas en que entreveía vagamente el

contorno de la joven. Una sola idea se me ocurrió, pero una idea

terrible; era que el miedo y el pesar la turbaran el cerebro y que fuera

á enloquecer.

--¡Margarita!--exclamé sin saber lo que decía.

Esta palabra acabó sin duda de irritarla.

--¡Dios mío! qué odioso es esto--replicó.--¡Qué cobarde, sí, lo repito,

qué cobarde!

La verdad empezaba á manifestarse á mi espíritu. Descendí uno de los

escalones.

--¿Qué es lo que hay, pues?--le dije fríamente.

--Es usted--respondió con una brusca vehemencia--quien ha pagado á ese

hombre, á ese niño, ó lo que sea, para que nos aprisione en esta

miserable torre. Mañana estaré perdida... deshonrada en la opinión y no

podré pertenecer sino á usted. He ahí su cálculo, ¿no es verdad? Pero

éste, se lo aseguro, no tendrá mejor éxito que los otros. Me conoce aún

muy imperfectamente si cree que no preferiría el deshonor, el claustro,

la muerte, todo, á la abyección de ligar mi mano y mi vida con la suya.

Y aun cuando este ardid infame tuviera éxito, aun cuando tuviese la

debilidad, que ciertamente no tendré, de entregarle mi persona, y lo

que le importa más, mi fortuna, en cambio de ese bello rasgo de astucia,

¿qué especie de hombre es usted? Dígame, ¿de qué fango ha salido, para

querer una fortuna y una mujer adquiridos á ese precio? ¡Ah! hasta

gracias debe darme de que no acceda á sus deseos. Son imprudentes,

créamelo, pues si alguna vez la vergüenza pública me arrojara en sus

brazos le despreciaría de tal modo, que aplastaría su corazón. Sí, aun

cuando fuese tan duro, tan helado como estas piedras, yo le sacaría

sangre... yo le haría brotar lágrimas.

--Señorita--dije con toda la calma de que pude disponer--le suplico que

se recobre, que vuelva á la razón. Le aseguro por mi honor, que me

ultraja. Tenga á bien reflexionarlo. Sus suposiciones no reposan sobre

ninguna verosimilitud. Yo no he podido preparar de ninguna manera la

perfidia de que me acusa, y sobre todo, aunque lo hubiera podido,

¿cuándo le he dado el derecho de creerme capaz de ello?

--Todo cuanto sé de usted me da ese derecho--exclamó cortando el aire

con su látigo.--Es menester que le diga una vez por todas, lo que tengo

en el alma, hace largo tiempo. ¿Qué ha venido á hacer á nuestra casa

bajo un nombre, y bajo un carácter supuesto? Mi madre y yo éramos

dichosas, estábamos tranquilas; usted nos ha traído una confusión, un

desorden y pesares, que nosotras no conocíamos. Para alcanzar su fin,

para reparar las brechas de su fortuna, ha usurpado nuestra confianza,

ha hecho trizas nuestro reposo, ha jugado con nuestros sentimientos más

puros, más verdaderos y más sagrados, ha estropeado y destrozado

nuestros corazones sin piedad. Vea ahí lo que ha hecho, ó querido hacer,

poco importa. Pues bien, debo decir que estoy profundamente cansada y

herida de todo esto; se lo aseguro. Y cuando en este momento acaba de

ofrecerme en prenda, su honor de gentilhombre, que le ha permitido hacer

tantas cosas indignas, tengo sin duda el derecho de no creer en él, y no

creo.

Yo estaba fuera de mí: tomé sus dos manos en un transporte de violencia

que la dominó:

--¡Margarita, pobre hija mía!... ¡escúcheme! ¡La amo, es cierto, y jamás

amor más ferviente, más desinteresado, ni más santo, ardió en el corazón

de un hombre! Pero usted también me ama... ¡Me ama, desgraciada! y sin

embargo, me mata... Habla de corazón triturado y destrozado... ¡Ah! ¿y

qué hace usted con el mío? Él le pertenece: yo se lo abandono, pero en

cuanto á mi honor, lo guardo... está intacto... y antes de poco le

forzaré á reconocerlo... Y sobre ese honor, le juro que si muero me

llorará; y que si vivo, jamás... por mucho que la adore... aun cuando la

viese de rodillas ante mí, jamás sería mi esposa, á menos que usted

fuese tan pobre como yo, ó yo tan rico como usted. Y ahora, proceda.

¡Pida á Dios milagros porque ya es tiempo!

La rechacé entonces bruscamente lejos del alféizar de la ventana y me

lancé sobre las gradas superiores: había concebido un proyecto

desesperado que ejecuté en el instante con la precipitación de una

verdadera demencia. Como he dicho antes, la cima de las hayas y de las

encinas, que se levantan en los fosos de la torre se elevan hasta el

nivel de la ventana. Con ayuda de mi látigo doblado, atraje á mí la

extremidad de las ramas más próximas, tomé una á la ventana y me lancé

en el vacío. Oí mi nombre, arriba de mi cabeza ¡Máximo! proferido

repentinamente con un grito desgarrador. Las ramas de que me había

agarrado se inclinaron en toda su largura hacia el abismo: hubo un

crujido siniestro; estallaron bajo mi peso, y caí rudamente sobre el

suelo.

Supongo que la naturaleza fangosa del terreno amortiguó la violencia del

choque, pues me sentí vivo aunque herido. Uno de mis brazos había dado

sobre el declive de material del cimiento y sentía un dolor tan agudo,

que mi corazón desfallecía. Experimenté un corto aturdimiento. Fuí

despertado por la voz desesperada de Margarita.

--¡Máximo! ¡Máximo! por favor, por piedad, en nombre de Dios, hábleme,

perdóneme.--Me levanté y la vi en el hueco de la ventana, en medio de

una aureola de pálida luz, con la cabeza desnuda, los cabellos caídos,

la mano crispada sobre el travesaño de la cruz, y los ojos ardientemente

fijos sobre el sombrío precipicio.

--No tema nada--le dije.--No me he hecho mal alguno. Tenga solamente

paciencia por una ó dos horas. Deme el tiempo de ir hasta el castillo,

es lo más seguro. Esté cierta que guardaré el secreto, y salvaré su

honor, como acabo de salvar el mío.

Salí penosamente de los fosos y fuí á tomar mi caballo. Servíme de mi

pañuelo para suspender y fijar mi brazo izquierdo, que me era

enteramente inútil y me hacía sufrir mucho. Gracias á la claridad de la

noche hallé fácilmente el camino. Una hora después llegaba al castillo.

Se me dijo que el doctor Desmarest estaba en el salón. Me apresuré á

presentarme á él, y hallé allí como una docena de personas, cuyo

continente acusaba su estado de preocupación y de alarma.

--Doctor--dije alegremente al entrar--mi caballo acaba de asustarse de

su sombra, me ha tirado en el camino, y creo tener el brazo izquierdo

estropeado. ¿Quiere usted verlo?

--¿Cómo estropeado?--dijo el señor Desmarest, después de desatar el

pañuelo--si lo tiene completamente roto, ¡pobre hijo mío!

La señora de Laroque arrojó un débil grito y se aproximó á mí.--Vaya,

que esta es una noche de desgracias--dijo.

Fingí sorprenderme.

--¡Pues qué! ¿hay alguna otra cosa aún?--exclamé.

--Dios mío, temo que haya sucedido alguna desgracia á mi hija. Salió á

caballo a las tres, son las ocho, y aún no ha vuelto.

--La señorita Margarita... pero si la he encontrado...

--¿Cómo... dónde, cuándo? perdón, señor, pero es la angustia de una

madre.

--La he encontrado en el camino, á eso de las cinco. Nos hemos cruzado.

Ella me dijo, que pensaba llegar hasta la torre d'Elven.

--¡A la torre d'Elven! Se habrá extraviado en los bosques. Es preciso ir

á buscarla prontamente. Que se den las órdenes.

El señor de Bevallan pidió en el momento caballos. Yo afecté al

principio querer reunirme á la cabalgata, pero la señora de Laroque y el

doctor me lo prohibieron enérgicamente, y me dejé persuadir sin trabajo

de que me era necesario tomar mi lecho, del que á la verdad tenía gran

necesidad. El señor Desmarest, después de haberme hecho una primera

cura, montó en carruaje con la señora de Laroque, que iba á esperar en

la villa d'Elven, el resultado de las pesquisas, que el señor de

Bevallan debía dirigir en las inmediaciones de la torre.

Eran cerca de las diez cuando Alain vino á anunciarme que la señorita

Margarita había sido hallada. Me contó la historia de su aprisionamiento

sin omitir ningún detalle, salvo como es de suponer, los que sólo la

joven y yo debíamos conocer. La aventura me fué muy pronto confirmada

por el doctor, en seguida por la señora de Laroque en persona, que

vinieron sucesivamente á visitarme, y tuve la satisfacción de comprender

que no se tenía sospecha alguna de la verdad.

He pasado toda la noche renovando con la más fatigosa perseverancia, y

en medio de las más extravagantes complicaciones del sueño y de la

fiebre, mi peligroso salto desde lo alto de la ventana del torreón. No

podía sosegarme. A cada instante, la sensación del vacío me subía á la

garganta, y me despertaba sobresaltado. En fin, llegó el día y me calmé.

A las ocho, vi entrar á la señorita de Porhoet que se instaló á mi

cabecera, con su tejido en la mano. Ella ha hecho los honores de mi

cuarto á los visitantes, que se han sucedido todo el día. La señora de

Laroque fué la primera que vino después de mi vieja amiga. Cuando me

apretaba con una presión prolongada la mano que le tendí, vi deslizarse

dos lágrimas sobre sus mejillas. ¿Habría recibido las confidencias de su

hija?

La señorita de Porhoet me ha hecho saber que el anciano señor Laroque se

halla en cama desde ayer. Ha tenido un ligero ataque de parálisis. Hoy

ha perdido el habla y su estado da serias inquietudes. Se ha resuelto

apresurar el matrimonio. El señor Laubepin ha sido llamado de París; se

le espera mañana y el contrato será firmado al día siguiente bajo su

dirección.

Esta noche he podido estar de pie algunas horas; pero si he de creer al

señor Desmarest, he hecho muy mal en escribir con mi fiebre, y soy un

solemne bestia.

La Novela de un Joven Pobre · 第 12 / 19 题