En fin, aquella alma extraordinaria me ha entregado el secreto de sus
tempestades. ¡Desearía que lo hubiera guardado siempre! En los días
subsiguientes á las escenas que he contado, la señorita Margarita, como
avergonzada de los movimientos de juventud y franqueza á que un instante
se había abandonado, dejó caer de nuevo sobre su frente un velo más
espeso de triste arrogancia, de desconfianza y de desdén. En medio de
los bulliciosos placeres de las fiestas y bailes que en el castillo se
sucedían, pasaba ella como una sombra, indiferente, helada, y algunas
veces hasta irritada. Su ironía atacaba con inconcebible amargura, tan
pronto á los puros goces del espíritu, á los que proporcionan la
contemplación y el estudio, como á los más nobles é inviolables
sentimientos. Si se citaba delante de ella algún rasgo de valor ó de
virtud, lo volvía al momento para buscarle la faz del egoísmo; si se
tenía la desgracia de quemar en su presencia el más pequeño grano de
incienso sobre el altar del arte, al instante lo extinguía de un revés.
Su risa triste, sarcástica, temible, semejante en sus labios á la burla
de un ángel caído, se encarnizaba en ajar donde quiera que veía las
señales de las más generosas facultades del alma humana, el entusiasmo y
la pasión. Sentía yo que este extraño espíritu de denigración, tomaba
para conmigo un carácter de persecución especial y de verdadera
hostilidad. No comprendía y no comprendo aún muy bien, cómo he podido
merecer estas particulares _atenciones_, pues si es verdad que llevo en
mi corazón la firme religión de las cosas ideales y eternas, que sólo la
muerte podía arrancarme (¡oh, gran Dios, qué me quedaría si no tuviera
esto!) de ningún modo soy inclinado á los éxtasis públicos y mis
admiraciones como mis amores, jamás importunarán á nadie. Trataba de
observar con más escrúpulo que nunca aquella especie de pudor que sienta
tan bien á los verdaderos sentimientos; pues no ganaba nada: era
sospechoso de poesía. Se me atribuían quimeras novelescas, para tener el
placer de combatirlas, poníaseme en las manos no sé qué arpa ridícula,
para proporcionarse la diversión de romperle las cuerdas.
Si bien esta guerra declarada á todo lo que es superior á los intereses
positivos y á las secas realidades de la vida, no era nueva en el
carácter de la señorita Margarita, sin embargo, se había exagerado
bruscamente y envenenado, hasta el punto de herir los corazones que más
cariño le profesaban. Un día, la señorita de Porhoet, cansada de esa
incesante burla, le dijo delante de mi:--Querida mía, se ha posesionado
del corazón de usted, hace algún tiempo, un demonio que haría bien en
exorcizar lo más pronto posible; de otro modo, acabará usted por formar
una homogénea trinidad con las señoras de Aubry y de Saint-Cast; quiero
advertírselo bien claro. Por mi parte no me precio de ser ni haber sido
jamás una persona muy novelesca, pero me gusta creer que hay aún en el
mundo algunas almas capaces de sentimientos generosos: creo en el
desinterés, aun cuando no fuese sino en el mío; creo en el heroísmo,
pues he conocido héroes. Además, tengo placer en oir cantar á los
pajarillos bajo mi soto de ojaranza, y en edificar mi catedral en las
nubes que pasan. Todo esto puede ser muy ridículo; pero me atrevo á
recordarle que estas ilusiones son los tesoros del pobre, que el señor y
yo no tenemos otros, y que tenemos la singularidad de no quejarnos.
Otro día que acababa yo de sufrir con mi ordinaria impasibilidad los
sarcasmos de la señorita Margarita, su madre me llamó aparte.
--Señor Máximo--me dijo,--mi hija le atormenta un poco, le suplico que
la excuse. Debe notar que su carácter se ha alterado desde hace algún
tiempo.
--La señorita parece más preocupada que de costumbre...
--¡No es sin razón, Dios mío! Está á punto de tomar una resolución muy
grave y ese es un momento en que el humor de las jóvenes queda entregado
á la locura de las brisas.
Inclinéme sin responder.
--Usted es ahora--continuó la señora Laroque--un amigo de la familia;
por esa razón le quedaré agradecidísima si me dice lo que piensa del
señor de Bevallan.
--El señor de Bevallan, señora, tiene según creo, una muy buena fortuna
aunque un poco inferior á la de usted, pero muy buena sin embargo: cerca
de ciento cuarenta mil francos de renta.
--Sí, pero ¿cómo juzga usted su persona, su carácter?...
--Señora, el señor de Bevallan es lo que se llama un completo caballero.
No le falta talento y pasa por un hombre galante.
--¿Pero cree usted que haga feliz á mi hija?
--No creo que la haga desgraciada. Sería suponerle una alma depravada.
--¿Qué quiere usted que haga, Dios mío? A mí no me gusta nada, pero es
el único que no desagrada á Margarita... y por otra parte, ¡hay tan
pocos hombres que tengan cien mil francos de renta! Debe usted
comprender que mi hija en su posición no ha dejado de tener
pretendientes... Hace dos ó tres años que estamos literalmente
sitiadas... Pues bien, es menester acabar... Yo estoy enferma... Puedo
morirme de un día á otro... Mi hija quedaría sin protección... Además,
este es un matrimonio en que se reunen todas las conveniencias, que la
sociedad aprobará ciertamente, y yo sería culpable si no consintiera en
él... Se me acusa ya de inspirar á mi hija ideas novelescas... la verdad
es que yo nada la inspiro. Ella tiene una cabeza completamente suya. En
fin, ¿qué es lo que me aconseja usted?
--¿Me permitirá, señora, preguntarle cuál es la opinión de la señorita
de Porhoet? Es una persona llena de juicio y de experiencia y que además
le profesa á usted un gran cariño...
--¡Ah! si he de creer á la señorita de Porhoet, enviaría muy lejos al
señor de Bevallan... Pero habla muy fácilmente... ¡cuando él se haya
marchado no será ella quien casará á mi hija!
--Dios mío, señora, desde el punto de vista de la fortuna, el señor de
Bevallan es ciertamente un partido poco común, es preciso no
disimulárselo, y si quiere usted rigurosamente cien mil libras de
renta...
--Para mí lo mismo son cien mil libras de renta que cien cuartos, mi
querido señor... Pero no se trata de mí, sino de mi hija... yo no puedo
darla á un albañil. ¿No es así? A mí me habría gustado ser la mujer de
un obrero, pero lo que habría hecho mi felicidad, es probable que no
haga la de mi hija. Y al casarla, debo consultar las ideas generalmente
recibidas, no las mías.
--Pues bien, señora, si este casamiento le conviene, y conviene
igualmente á su señorita hija...
--Pero no, si él no me conviene... y no conviene á mi hija... Es un
casamiento... ¡Dios mío, es un casamiento de conveniencia, eso es todo!
--¿Debo comprender que es una cosa completamente arreglada?
--No, puesto que le pido consejo. Si lo estuviera, mi hija estaría más
tranquila... esas fluctuaciones son las que la trastornan, y además...
La señora de Laroque, sumergiéndose en la sombra de la pequeña cúpula
que domina su sillón, agregó: ¿Tiene usted alguna idea de lo que pasa en
esa desgraciada cabeza?
--Ninguna, señora.
Su mirada chispeante se fijó sobre mí durante un momento. Arrojó un
profundo suspiro y me dijo con un tono dulce y triste:--Váyase, señor...
no le detengo más.
La confidencia con que acababa de ser honrado no me sorprendió. Hacía ya
algún tiempo que la señorita Margarita consagraba visiblemente al señor
de Bevallan todo el resto de simpatía que conserva aún por la humanidad.
Estos testimonios, sin embargo, parecían más bien señal de una
preferencia amistosa que la de una apasionada ternura. Es menester
decir, además, que esta distinción se explica fácilmente. El señor de
Bevallan, á quien jamás estimé y de quien he hecho, á pesar mío, en
estas páginas, más bien la caricatura que el retrato, reune el mayor
número de cualidades y defectos que habitualmente atraen el sufragio de
las mujeres. La modestia le falta absolutamente; lo que le viene á las
mil maravillas, pues las mujeres no la estiman. Tiene esa seguridad
espiritual burlona y tranquila, que de nada se asusta, que intimida
fácilmente, y que garantiza siempre, al que está dotado de ella, una
especie de dominación y una apariencia de superioridad. Su talle
derecho, sus gallardas facciones, su destreza en los ejercicios físicos,
su renombre como batidor y cazador, le prestan una autoridad viril, que
impone al sexo tímido. Hay por fin, en sus ojos un espíritu de audacia,
de empresa y de conquista no desmentido por sus costumbres, que conmueve
á las mujeres y subleva en sus almas secretos ardores. Justo es agregar,
que tales ventajas no tienen en general todo su precio sino sobre
corazones vulgares; pero el corazón de la señorita Margarita, que yo
había querido, como sucede siempre, elevar al nivel de su belleza,
parece hacer ostentación desde hace algún tiempo de sentimientos de un
orden muy mediocre, y creíala muy capaz de sufrir sin resistencia como
sin entusiasmo, con la frialdad pasiva de una imaginación inerte, el
encanto de ese vencedor venal y el yugo consiguiente á un matrimonio de
conveniencia.
A consecuencia de todo esto, era menester tomar un partido y lo tomé más
fácilmente de lo que un mes antes hubiera creído, pues había empleado
todo mi valor en combatir las primeras tentaciones de un amor que el
buen sentido y el honor reprobaban igualmente, y aquella misma que, sin
saberlo, me imponía este combate, sin saberlo, también, me había ayudado
poderosamente á triunfar. Si no había podido ocultarme su belleza, me
había manifestado su alma, y la mía se había reconcentrado, pequeña
desgracia sin duda para la millonaria joven, pero verdadera, dicha para
mí.
Entretanto, hice un viaje á París donde me llamaban los intereses de la
señora de Laroque y los míos. Volví hace dos días y al llegar al
castillo, se me dijo que el anciano señor Laroque me llamaba con
insistencia desde por la mañana. Pasé inmediatamente á su departamento.
Desde que me divisó, una pálida sonrisa vagó por sus ajadas mejillas,
detuvo sobre mí una mirada en la que creí ver una expresión de maligna
alegría y de secreto triunfo, diciéndome luego con voz sorda y
cavernosa.
--Señor, el señor de Saint-Cast ha muerto.
Esta noticia que aquel singular anciano había querido darme él mismo,
era exacta. En la noche precedente, el pobre general de Saint-Cast había
sido atacado de una fuerte aplopegía, y una hora después era arrebatado
á la existencia opulenta y deliciosa, que debía á su señora. Conocido
apenas el suceso en el castillo, la señora de Aubry se había hecho
transportar en seguida á casa de su amiga, y estas dos compañeras, nos
dijo el doctor Desmarest, habían conferenciado sobre la muerte, la
rapidez de sus golpes, la imposibilidad de preverlos ó de garantirse
contra ellos, la inutilidad de los pesares que á nadie resucitan, sobre
el tiempo que todo lo consuela, acabando por una letanía de ideas
originales y picantes. Después de lo cual habiéndose sentado á la mesa
habían recobrado fuerzas muy tranquilamente.
--Vamos, coma usted, señora; es menester sustentarse, Dios lo quiere
así--decía la señora de Aubry.
A los postres, la señora de Saint-Cast hizo subir una botella de un
vinillo de España que el pobre general adoraba, en consideración á lo
cual suplicaba á la señora Aubry lo probara. Rehusando obstinadamente la
señora de Aubry á probarlo sola, la señora de Saint-Cast se había dejado
persuadir que Dios quería que también ella bebiese un poco de vino de
España con un bizcochito. No se brindó por la salud del general.
Ayer por la mañana, la señora de Laroque y su hija, estrictamente
vestidas de luto, montaron en carruaje: yo tomé un lugar á su lado. A
las diez nos hallábamos en la pequeña ciudad vecina. Mientras yo asistía
á los funerales del general, las señoras se reunían con la señora de
Aubry para formar alrededor de la viuda el círculo de costumbre. Acabada
la triste ceremonia, volví á la casa mortuoria y fuí introducido con
algunos amigos íntimos en el célebre salón cuyo mueblaje cuesta quince
mil francos. En el centro de una fúnebre media luz, distinguí sobre un
canapé de mil doscientos francos, la sombra inconsolable de la señora de
Saint-Cast, envuelta en amplios crespones, cuyo precio no tardaremos en
conocer. A su lado se hallaba la señora de Aubry presentando la imagen
de la más intensa postración física y moral. Una media docena de
parientas y de amigas completaban aquel grupo doloroso. Mientras
nosotros nos colocábamos en fila á la otra extremidad del salón, hubo
algún ruido de refregones de pie y algunos crujidos del pavimento; luego
un melancólico silencio reinó de nuevo en el fúnebre recinto. De tiempo
en tiempo solamente, se elevaba del canapé un suspiro lamentable que la
señora de Aubry repetía como un eco fiel. En fin apareció un joven que
se había retardado un poco en la calle tomándose tiempo para acabar un
cigarro que había encendido al salir del cementerio. Se deslizaba
discretamente en nuestras filas, cuando la señora de Saint-Cast lo notó.
--¿Es usted, Arturo?--dijo con una voz semejante á un soplo.
--Sí, mi tía--dijo el joven, avanzando como centinela al frente de
nuestra línea.
--¿Se acabó todo?--respondió la viuda con el mismo tono quejumbroso y
lánguido.
--Sí, mi tía--respondió con acento breve y deliberado el joven Arturo,
que parece un mozo bastante satisfecho de sí mismo.
Hubo una pausa; en seguida la señora de Saint-Cast sacó del fondo de su
alma expirante esta nueva serie de preguntas:
--¿Estuvo bueno?
--Muy bueno, tía, muy bueno.
--¿Mucha gente?
--Toda la ciudad, mi tía, toda la ciudad.
--¿Las tropas?
--Sí, mi tía; toda la guarnición con la música.
La señora de Saint-Cast hizo oir un gemido y agregó:
--¿Y los bomberos?
--Los bomberos también, mi tía, sin duda alguna.
Ignoro lo que este último detalle podría tener de particularmente
desgarrador para el corazón de la señora de Saint-Cast, pero no pudo
resistir á él; un desmayo súbito, acompañado de un vahido infantíl llamó
á su alrededor todos los recursos de la sensibilidad femenil y nos
proporcionó la ocasión de retirarnos. Yo por mi parte no tuvo reparo en
aprovecharme de ella. Me era insoportable ver aquella ridícula furia
ejecutar sus hipócritas farsas sobre la tumba del hombre débil, pero
bueno y leal, cuya vida había emponzoñado y muy indudablemente
acortado.
Más tarde, la señora de Laroque me propuso la acompañara á la alquería
de Langoat, que está situada cinco ó seis leguas más lejos, en dirección
á la costa. Tenía la intención de ir á comer allí con su hija. La
arrendataria, que había sido nodriza de la señorita Margarita, estaba
enferma y proyectaban hacía largo tiempo darle este testimonio de
interés. Partimos á las dos de la tarde. Era uno de los más ardientes
días de verano. Las dos portezuelas abiertas dejaban entrar en el
carruaje los espesos y abrasadores efluvios que un tórrido cielo vertía
á torrentes sobre los secos arenales.
La conversación se resintió de la languidez de nuestros espíritus. La
señora de Laroque que se creía en el paraíso, se había por fin
desembarazado de sus pieles y permanecía sumergida en un dulce éxtasis.
La señorita Margarita manejaba el abanico con una gravedad española. En
tanto que subíamos lentamente las interminables cuestas de este país,
veíamos hormiguear sobre las calcinadas rocas legiones de pequeños
lagartos con sus plateadas corazas, y oíamos el chirrido continuo de las
aliagas que abrían al sol sus maduras frutas.
En medio de una de estas laboriosas ascensiones una voz gritó
repentinamente desde el borde del camino:--¡Deténganse si me hacen el
favor! Al mismo tiempo una muchachota con las piernas desnudas, una
rueca en la mano y llevando el antiguo vestido del país y la cofia ducal
de las paisanas de esa región, franqueó rápidamente el foso; espantó, al
pasar, algunos carneros, cuya pastora parecía, y vino á plantarse con
cierta gracia sobre el estribo, presentándonos en el cuadro de la
portezuela su fisonomía bronceada, resuelta y sonriente.
--Excúsenme, señoras--dijo con el tono breve y melodioso que caracteriza
el acento de la gente del país--¿me harían el placer de leerme esto?--y
sacó de su corpiño una carta plegada á la antigua.
--Lea usted, señor--me dijo sonriendo la señora de Laroque y alto si es
posible.
Tomé la carta, que era un billete de amor. Estaba dirigido con mucha
minuciosidad á la señorita Cristina Oyadec en la Villa de... comuna
de... granja de... La escritura era de mano muy inculta, pero que
parecía sincera. La fecha anunciaba que la señorita Cristina había
recibido aquella misiva dos ó tres semanas antes: al parecer, la pobre
joven, no sabiendo leer y no queriendo confiar su secreto á la
malignidad de los que la rodeaban, había esperado que algún pasajero á
la vez benévolo y letrado, viniera á darle la clave de aquel misterio
que le quemaba el seno hacía quince días. Sus ojos azules, ampliamente
rasgados, fijábanse sobre mí con un aire de contento inexplicable, en
tanto que yo descifraba penosamente las líneas oblicuas de la carta que
estaba concebida en estos términos: Señorita: ésta tiene por objeto
decirle que desde el día en que nos hablamos en el arenal después de
vísperas, mis intenciones no han cambiado y que me desespero por saber
las suyas; mi corazón, señorita, es todo suyo, como deseo que el de
usted sea todo mío, y si esto sucede, puede estar segura y muy cierta,
que no habrá alma viviente más dichosa, ni en el Cielo ni en la tierra,
que la de su amigo que no firma, pero que usted sabe quién es, señorita.
--¿Usted sabe quién es, señorita Cristina?--preguntéla al devolverle la
carta.
--Es muy probable--dijo, mostrándonos sus blancos dientes y sacudiendo
gravemente su femenil cabeza, iluminada por la felicidad.--¡Gracias,
señoras y señor!--saltó del estribo y muy luego desapareció en la selva,
elevando hacia el Cielo las notas alegres y sonoras de alguna canción
bretona.
La señora de Laroque había seguido con un encanto manifiesto todos los
detalles de aquella escena pastoril, que acariciaba deliciosamente sus
quimeras; sonreía y soñaba ante aquella afortunada niña de desnudos
pies, estaba encantada. Cuando la señorita Oyadec se hubo perdido de
vista, una idea extraña se ofreció repentina al pensamiento de la señora
de Laroque: era que, después de todo, no hubiera hecho mal en dar,
además de su admiración, una pieza de cinco francos á la pastora.
--¡Alain!--exclamó--¡llámela!
--¿Para qué, madre mía?--dijo vivamente la señorita Margarita, que hasta
entonces no había parecido prestar atención alguna al incidente.
--Pero, hija mía, no puede ser que esa niña no comprenda bien todo el
placer que yo tendría y que debe tener ella en correr con los pies
desnudos sobre el polvo, y creo conveniente por lo que pueda suceder,
dejarle un pequeño recuerdo.
--¡Dinero!--respondió la señorita Margarita;--¡oh! madre mía, no haga
usted eso. ¡No mezcle el dinero en la dicha de esa niña!
La expresión de este refinado sentimiento que, entre paréntesis, la
pobre Cristina es probable no hubiera apreciado del todo, no dejó de
asombrarme en boca de la señorita Margarita, que no peca en general de
ese puritanismo. Hasta creí que se burlaba, aun cuando su fisonomía no
indicara ninguna disposición á la jovialidad. Sea lo que sea, broma ó
no, fué tomada muy á lo serio por su madre y se decidió con entusiasmo á
dejar á aquel idilio su inocencia y sus pies desnudos.
Después de este bello rasgo, la señora de Laroque, evidentemente muy
contenta de sí misma, volvió á caer en éxtasis sonriendo, y la señorita
Margarita continuó de nuevo manejando el abanico con más gravedad. Una
hora después llegábamos al término de nuestro viaje. Como la mayor parte
de los cortijos de este país, donde las alturas y las mesetas están
cubiertas de áridos arenales, la granja de Langot está situada en el
hueco de un valle atravesado por un riachuelo. La arrendataria, que se
hallaba mejor, se ocupó sin retardo de los preparativos de la comida,
cuyos principales elementos habíamos tenido cuidado de llevar. Nos fué
servida sobre el césped de una pradera, á la sombra de un enorme
castaño. La señora de Laroque, instalada sobre uno de los cojines del
carruaje en una actitud sumamente incómoda, no parecía por eso menos
contenta. Nuestra reunión, decía le recordaba esos grupos de segadores
que suelen verse en verano, oprimiéndose al abrigo de los cercados y
cuyos rústicos banquetes nunca había podido contemplar sin envidia. En
cuanto á mí, es probable que en otros tiempos hubiera hallado una
dulzura singular en la estrecha y fácil intimidad que esta comida sobre
el césped, como todas las escenas de este mismo género, establecen
siempre entre los convidados; pero alejaba, con un penoso sentimiento de
violencia, este encanto demasiado sujeto al arrepentimiento, y el pan de
fugitiva fraternidad me parecía amargo.
Cuando acabamos de comer:--¿Ha subido usted alguna vez allá arriba?--me
dijo la señora de Laroque designando la cumbre de una colina muy elevada
que domina la pradera.
--No, señora.
--Ha hecho usted muy mal. Vese desde allí un magnífico horizonte. En
tanto que se pone el tiro, Margarita puede acompañarle, ¿no es así
Margarita?
--¿Yo, madre mía? No he ido sino una vez y hace largo tiempo... pero
hallaré el camino. Venga, señor, y prepárese para una ruda ascensión.
Comenzamos en el momento á subir una escarpadísima senda que serpenteaba
sobre el flanco de la montaña, atravesando aquí y allá algún
bosquecillo. La joven se detenía de tiempo en tiempo en su rápida y
ligera ascensión para mirar si la seguía, y un poco jadeante de su
carrera me sonreía sin hablar.
Llegado que hubimos al desnudo arenal que formaba la meseta, observé á
alguna distancia una iglesia de aldea cuyo campanario dibujaba en el
cielo sus vivos contornos.
--Aquí es--me dijo la joven conductora, acelerando el paso.
Detrás de la iglesia había un cementerio cercado de pared. Abrió la
puerta y se dirigió penosamente á través de las altas hierbas y de las
zarzas extendidas, especie de gradas en forma de hemiciclo que ocupaban
su extremidad. Dos ó tres escalones separados por el tiempo y muy
singularmente adornados por macizas esferas, conducen á una estrecha
plataforma levantada al nivel del muro; una cruz de granito se levanta
en el centro. Apenas llegó la señorita Margarita á la plataforma y
arrojó una mirada en el espacio que se abrió entonces ante ella, cuando
la vi colocar oblicuamente la mano sobre sus ojos, como si sintiese un
súbito desvanecimiento. Apresuréme á llegar á su lado. Este bello día al
aproximarse á su fin alumbraba con sus últimos resplandores una escena
grande, asombrosa y sublime, que jamás olvidaré. Frente á nosotros y á
una inmensa profundidad de la plataforma, se extendía hasta perderse de
vista, una especie de pantano sembrado de placas luminosas y que ofrecía
el aspecto de una tierra abandonada por el reflujo de un diluvio. La
ancha bahía avanzaba bajo nuestros pies hasta la base de las sesgadas
montañas. Sobre los bancos de arena y de fango, una vegetación confusa
de cañas y de hierbas marinas, se teñía de mil matices igualmente
sombríos y sin embargo distintos, que contrastaban con la brillante
superficie de las aguas. A cada uno de sus rápidos pasos hacia el
horizonte, el sol iluminaba ó sumergía en la sombra alguno de los
numerosos lagos que salpicaban aquel golfo medio seco; parecía sacar
sucesivamente de su celeste tesoro las más preciosas materias, la plata,
el oro, el rubí y el diamante, para hacerlas relumbrar sobre cada punto
de aquella magnífica llanura. Cuando el astro tocó al término de su
carrera, una banda vaporosa y ondeada que bordaba á lo lejos el límite
del extremo de los pantanos, purpureóse de repente con la luz del
incendio y guardó por un momento la irradiada transparencia de una nube
surcada por el rayo; hallábame entregado todo entero á la contemplación
de este cuadro verdaderamente sellado por la grandeza divina, y que
atravesaba como un rayo más el recuerdo de César, cuando una voz baja
como oprimida murmuró cerca de mí:--¡Dios mío, esto es magnífico!
Muy lejos estaba yo de esperar de mi joven compañera esta efusión
simpática. Me volví hacia ella con la prontitud de una sorpresa que no
disminuyó cuando la alteración de sus facciones y el ligero temblor de
sus labios, me manifestaron la sinceridad profunda de su admiración.
--¿Confiesa usted que esto es bello?--le dije.
Ella sacudió la cabeza; pero en el mismo instante dos lágrimas
destacábanse lentamente de sus grandes ojos: sintiólas correr sobre sus
mejillas; hizo un gesto de despecho, luego arrojándose repentinamente
sobre la cruz de granito, cuya base le servía de pedestal, abrazóla con
sus dos manos, apoyó fuertemente su cabeza contra la piedra, y la oí
sollozar convulsivamente.
No creí deber turbar con ninguna palabra el curso de aquella súbita
emoción, y alejéme algunos pasos con respeto. Después de un momento,
viéndola levantar la frente y con mano distraída arreglar sus sueltos
cabellos, me aproximé á ella.
--¡Qué avergonzada estoy!--murmuró.
--Esté usted más bien gozosa y renuncie, créamelo, á secar la fuente de
esas lágrimas, porque es sagrada. Jamás las sacará usted de otra parte.
--Es preciso--exclamó la joven con una especie de violencia.--Además ya
no tiene remedio. Este acceso no ha sido sino una sorpresa... Todo lo
que es bello y todo lo que es amable... quiero odiarlo y lo odio.
--¿Y por qué? gran Dios.
Miróme á la cara y agregó con un gesto de dignidad y de dolor indecible:
--Porque soy bella y no puedo ser amada.
Entonces como un torrente largo tiempo contenido que rompe en fin sus
diques, continuó con un arrebato extraordinario:
--Es verdad, sin embargo--y deponía su mano sobre su palpitante
pecho.--Dios había puesto en este corazón todos los tesoros de que me
burlo, de que blasfemo á cada hora del día. Pero cuando me ha castigado
con la riqueza, ¡ah, me ha quitado con una mano lo que me prodigaba con
la otra! ¿Para qué me sirve la belleza, para qué el desinterés, la
ternura y el entusiasmo en que me siento consumida? ¡Ah! no es á estos
encantos á los que se dirigen los homenajes de tantos viles que me
importunan. Lo adivino, lo sé, lo sé demasiado. Y si alguna vez una alma
desinteresada, generosa, heroica, me amara por lo que soy, no por lo
que tengo, ¡yo no lo sabría, no lo creería! La desconfianza siempre...
Ved ahí mi dolor y mi suplicio. Por esto estoy resuelta... no amaré
jamás; jamás me arriesgaré á confiar á un corazón vil, indigno y venal
la pura pasión que abrasa el mío. Mi alma morirá virgen en mi seno...
Estoy resignada á ello; pero todo lo que es bello, todo lo que hace
pensar, todo lo que me habla de los Cielos prohibidos, todo lo que agita
en mí estas llamas inútiles, lo aparto, lo odio, no quiero nada de él.
Detúvose temblorosa de emoción; en seguida, con una voz más baja,
continuó:
--Señor, no he buscado este momento... no he calculado mis palabras...
no le había destinado toda esta confianza; pero en fin, he hablado;
usted lo sabe todo, y si alguna vez he podido herir su sensibilidad,
creo que ahora me lo perdonará.
Tendióme su mano. Cuando mis labios se posaron sobre aquella mano aún
tibia y húmeda por las lágrimas, me pareció que una languidez mortal
corría por mis venas. Margarita volvió la cabeza, arrojó una mirada
sobre el sombrío horizonte; luego, descendiendo lentamente las
gradas:--Partamos, dijo.
Un camino más largo, pero más fácil, que la pendiente escarpada de la
montaña, nos llevó al patio de la granja, sin que una sola palabra se
hubiera pronunciado entre nosotros. ¡Ay, que podría decir! Yo era más
sospechoso que nadie. Sentía que cada palabra escapada de mi corazón,
demasiado lleno, no hubiera hecho sino aumentar más y más la distancia
que me separa de aquella alma tempestuosa y adorable.
La noche entraba ya, ocultaba las huellas de nuestra común emoción.
Partimos. La señora de Laroque después de haberme expresado el contento
que dejaba en ella aquel día, púsose á dormitar. La señorita Margarita,
invisible é inmóvil en la espesa sombra del carruaje, parecía adormecida
como su madre: pero cuando alguna vuelta del camino dejaba caer sobre
ella un rayo de pálida claridad, sus ojos abiertos y fijos manifestaban
que velaba silenciosamente, frente á frente con su inconsolable
pensamiento. En cuanto á mí, apenas puedo decir que pensaba; una extrema
sensación, mezcla de una alegría profunda y de una profunda amargura,
había invadido todo mi ser, y me abandonaba á ella, como suele uno
abandonarse á un sueño, del que tiene conciencia, pero no fuerza para
sacudir su encanto.
Llegamos á media noche. Descendí del carruaje á la entrada de la avenida
para llegar á mi habitación, atravesando el parque por el camino más
corto. Al entrar en una obscura alameda, un débil ruido de pasos y de
voces hirió mi oído y distinguí vagamente dos sombras en las tinieblas.
La hora era bastante avanzada para justificar la precaución que tomé de
permanecer oculto en la espesura de un bosque y observar aquellos
nocturnos rondadores. Pasaron lentamente delante de mí: reconocí á la
señorita Helouin apoyada en el brazo del señor de Bevallan. En el mismo
instante el ruido del carruaje los puso en alarma, y después de un
apretón de mano, se separaron apresuradamente, marchando la señorita en
dirección al castillo y el señor de Bevallan por la parte de los
bosques; habiendo entrado en mi habitación y estando aún preocupado con
este encuentro, me preguntaba con cólera si dejaría al señor de Bevallan
proseguir libremente sus amores por partida doble, y buscar al mismo
tiempo y en la misma casa, una novia y una querida. Seguramente soy muy
de mi edad y de mi tiempo para sentir contra ciertas debilidades el odio
vigoroso de un puritano, y no tengo tampoco la hipocresía de afectarlo;
pero pienso que la inmoralidad más libre y más relajada desde este punto
de vista admite aún algunos grados de dignidad, de elevación y de
delicadeza. Puede marcharse más ó menos rectamente por estos
extraviados caminos. Antes que todo, la excusa del amor es amar, pero la
profusión venal de las ternuras del señor de Bevallan excluye toda
apariencia de arrebato y de pasión. Tales amores no son ni aun faltas,
pues no tienen el valor moral de tales, no son sino cálculos y apuestas
de chalán embrutecido. Los diferentes incidentes de este día reuniéndose
en mi espíritu acababan de probarme hasta qué punto era indigno de la
mano y del corazón que osaba ambicionar. Esta unión sería monstruosa, y
sin embargo, pronto comprendí que no podía usar para romper su intento
de las armas que la casualidad acababa de proporcionarme. El mejor fin
no podría justificar los medios bajos, y no hay delación honorable.
¡Este casamiento se efectuará, pues! ¡El Cielo dejará caer una de las
más nobles criaturas que haya formado, en los brazos de este frío
libertino! ¡Sufrirá esta profanación! ¡Ay, sufre tantas! Luego, trataba
de explicarme por qué extravío de la falsa razón esta joven había
escogido entre todos á este hombre. Creo adivinarlo. El señor de
Bevallan es muy rico, debe traer una fortuna casi igual á la suya, esto
parece ser una especie de garantía; él podría pasarse sin este aumento
de riqueza: se le presume más desinteresado porque es menos necesitado.
¡Triste argumento! ¡Enorme engaño es medir por el grado de la fortuna,
el grado de venalidad de los caracteres! Las tres cuartas partes del
tiempo, la avidez se hincha con la opulencia, ¡y los más mendigos no son
los más pobres!
¿No había, sin embargo, ahora alguna apariencia de que la señorita
Margarita pudiera por sí sola abrir los ojos sobre la indignidad de su
elección y hallar en alguna inspiración secreta de su propio corazón el
consejo, que me era prohibido sugerirle? ¿No podía levantarse
repentinamente en aquel corazón un sentimiento nuevo, inesperado, que de
un soplo redujera á la nada las vanas resoluciones de la razón? ¿Este
mismo sentimiento no había nacido ya, y no había recogido yo
irrecusables testimonios de él? Tantos caprichos extravagantes, tantas
dudas, combates y lágrimas de que desde algún tiempo había sido el
objeto ó el testigo, denunciaban, sin duda, una razón vacilante y poco
dueña de sí misma. No era tan novicio en la vida para ignorar que una
escena como aquella de que la casualidad me había hecho en esa noche
misma el confidente y casi el cómplice, por poco premeditada que sea no
estalla jamás en una atmósfera de indiferencia. Tales emociones, tales
sacudimientos suponen dos almas alteradas ya por una tempestad común, ó
que van á serlo.
Pero si era verdad, si me amaba, como era demasiado cierto que yo la
amaba á ella, podía decir de este amor lo que ella de su belleza:--¿Para
qué me sirve?--pues no podía esperar que tuviera jamás bastante fuerza
para triunfar de la eterna desconfianza, que es el error y la virtud de
esta noble niña; desconfianza cuyo ultraje rechaza mi carácter, pero que
mi situación más que la de otro alguno es á propósito para inspirarla.
Entre estas terribles dudas y la reserva más grande aún, que ellas me
exigen ¿qué milagro podría colmar el abismo?
Y en fin, si aun interviniendo este milagro, se dignara ofrecerme esa
mano por la que yo daría mi vida, pero que jamás pediría ¿sería dichosa
nuestra unión? ¿No debería yo temer tarde ó temprano en aquella inquieta
imaginación el sordo despertar de una mal sofocada desconfianza? ¿Podría
evitarme yo mismo una cavilación penosa, en el seno de una riqueza
prestada? ¿Podría gozar, sin malestar, de un amor infestado por un
beneficio? Nuestro papel de protección para con las mujeres, nos está
impuesto tan formalmente por todos los sentimientos del honor, que no
puede ser invertido un solo instante, ni aun de la manera más prohibida,
sin que se esparza sobre nosotros no sé qué sombra de duda y de
sospecha. A la verdad, la riqueza no es una ventaja tal que no pueda
hallar en este mundo ninguna especie de compensación, y supongo que un
hombre que lleva á su mujer, en cambio de algunos sacos de oro, un
nombre que ha hecho ilustre, un mérito eminente, una gran posición, un
porvenir, no debe hallarse ahogado por la gratitud; pero yo tengo las
manos vacías, y no tengo más porvenir que el presente; de todas las
ventajas que el mundo aprecia, una sola poseo: mi título, y me hallaría
demasiado resuelto á no llevarlo para que no pudiera decirse que él era
el premio de la compra; en pocas palabras, yo recibiría todo y no daría
nada: un rey puede casarse con una pastora, esto es generoso y
encantador y puede felicitársele con razón; pero un pastor no puede
casarse con una reina, porque no tendría el mismo efecto.
He pasado la noche revolviendo todas estas cosas en mi pobre cabeza,
buscándoles una conclusión, que busco aún. Puede ser que debiera dejar
sin retardo esta casa y este país. La prudencia lo querría así. Esto no
puede acabar bien. ¡Cuántos mortales pesares se evitarían á menudo con
un solo instante de valor y decisión! Debería al menos hallarme abrumado
de tristeza; jamás he tenido una ocasión tan bella. ¡Pues bien! ¡No
puedo!... En el fondo de mi trastornado y torturado espíritu hay un
pensamiento que lo domina todo y que me llena de una alegría
sobrehumana. Mi alma es libre como un pájaro del cielo. Veo sin cesar y
veré siempre aquel pequeño cementerio, aquella mar lejana, aquel inmenso
horizonte, y sobre la radiosa cumbre, aquel ángel de belleza bañado en
lágrimas divinas. Siento aún su mano bajo mis labios; siento sus
lágrimas en mis ojos, en mi corazón. ¡La amo!... mañana si es preciso
tomaré una resolución... ¡Hasta entonces, por Dios, déjeseme en reposo!
¡Hace tanto tiempo que no hago uso de la dicha! ¡Es probable que muera
de este amor: pero al menos quiero vivir en paz un día entero!