Nunca es tan vano el cálculo de las probabilidades, como cuando se
ejerce á propósito de las ideas y de los sentimientos de una mujer. No
deseando hallarme muy pronto en presencia de la señorita Margarita,
después de la penosa escena que había tenido lugar entre nosotros, había
pasado dos días sin mostrarme en el castillo: creía que este corto
intervalo apenas bastara para calmar los resentimientos, que había
sublevado en aquel altivo corazón. No obstante, anteayer á las siete de
la mañana, trabajaba yo cerca de la ventana abierta de mi torreón,
cuando repentinamente me oí llamar en el tono de una amigable
jovialidad, por la persona misma á quien creía tener por enemiga.
--Señor Odiot, ¿está usted ahí?
Me presenté en la ventana, y noté en una barca, que se estacionaba cerca
del puente, á la señorita Margarita, alzando con una mano el ala de su
gran sombrero de paja bronceada y levantando los ojos hacia mi obscura
torre.
--Aquí me tiene, señorita--respondí con diligencia.
--Venga á pasear.
Después de las justas alarmas, que durante dos días me habían
atormentado, tanta condescendencia me hizo temer, como sucede siempre,
ser el juguete de un sueño insensato.
--Perdón, señorita... ¿cómo decía usted?
--Que venga á dar un pequeño paseo con Alain, Mervyn y yo.
--Con mucho gusto, señorita.
--Entonces, tome su álbum.
Me apresuré á bajar y corrí á la orilla del río.--¡Ah, ah!--me dijo la
joven riendo;--á lo que parece, ¿está usted de buen humor esta mañana?
Murmuré torpemente algunas palabras confusas, cuyo fin era dar á
entender que siempre lo estaba, de lo cual la señorita Margarita pareció
mal convencida; después salté al bote y me senté á su lado.
--¡Vogue, Alain!--dijo al momento. Y el viejo Alain, que se jactaba de
ser un buen remero, púsose á mover metódicamente los remos, lo que le
daba el aire de un pájaro pesado que hace vanos esfuerzos para volar.
--Es necesario--continuó diciendo la señorita Margarita--que venga á
arrancarlo á usted de su castillejo, pues van dos días que se encierra
en él obstinadamente.
--Señorita, le aseguro que sólo la discreción... el respeto... el
temor...
--¡Oh Dios mío! ¡el respeto... el temor... se chancea usted!
Positivamente nosotros valemos menos que usted. Mi madre que pretende,
yo no sé por qué, que debemos tratarle con una consideración muy
distinguida, suplicóme, me inmolara en el altar de su orgullo, y como
hija obediente me inmolo.
Expreséle viva y buenamente mi franco reconocimiento.
--Para no hacer las cosas á medias--respondió--he resuelto darle á usted
una fiesta arreglada á su gusto: así, he ahí una bella mañana de verano,
bosques y claros con todos los efectos de luz deseables; pájaros que
cantan bajo el follaje, una barca misteriosa, que sobre las ondas se
desliza... Usted que tanto ama esta especie de historias, deberá estar
contento.
--Encantado, señorita.
--¡Ah, es una felicidad!
Efectivamente, en aquel momento me hallaba bastante satisfecho de mi
suerte. Las dos riberas entre las cuales nos deslizábamos, estaban
cubiertas de heno recién cortado, que perfumaba el aire. Veía huir de
nuestro alrededor las sombrías avenidas del parque, que el sol de la
mañana sembraba de brillantes regueros de luz; millones de insectos se
embriagaban con el rocío en los cálices de las flores, zumbando
alegremente.
Frente á mí se hallaba el buen Alain, que me sonreía á cada golpe de
remo, con aire de complacencia y protección: más próxima, la señorita
Margarita vestida de blanco contra su costumbre, bella, fresca y pura
como una azucena, sacudía con una mano las húmedas perlas que la mañana
suspendía en el encaje de su sombrero, y presentaba la otra como un
incentivo á Mervyn, que nos seguía á nado. Verdaderamente que no hubiera
sido preciso rogarme mucho para llevarme al fin del mundo en aquella
pequeña y frágil barquilla.
Al salir de los límites del parque, pasando bajo uno de los arcos que
atraviesan la pared que lo rodea:
--¿No me pregunta á dónde lo llevo, señor?--me dijo la criolla.
--No, señorita: me es completamente indiferente.
--Lo llevo al país de las hadas.
--No lo dudo.
--La señorita Helouin, más competente que yo en materias de poesía, ha
debido decirle que los bosquecillos que cubren este país en veinte
leguas á la redonda, son los restos de la antigua selva de Brocélyande
donde cazaban los antepasados de su amiga la señorita de Porhoet,
soberanos de Gaél, y donde el abuelo de Mervyn, que ve usted ahí, fué
encantado, á pesar de ser él mismo encantador, por una señorita llamada
Bibiana. Muy pronto estaremos en el corazón de la selva. Y si esto no es
suficiente para exaltarle la imaginación, sepa que estos bosques
conservan aún mil vestigios de la misteriosa religión de los Celtas, que
por doquiera se hallan en multitud. Tiene, pues, el derecho de figurarse
bajo cada una de esas sombras, un druida, con sus blancas vestiduras, y
de ver relucir una hoz de oro en cada rayo de sol. El culto de esos
insoportables viejos ha dejado también cerca de aquí, en un sitio
solitario, romántico, pintoresco, etcétera, un monumento, ante el cual
las personas predispuestas al éxtasis, tienen por costumbre desmayarse:
he pensado que tendría usted placer en dibujarlo, y como el sitio no es
fácil de descubrir, he resuelto servirle de guía, no pidiéndole en
recompensa sino que me evite las explosiones de un entusiasmo al que no
podría asociarme.
--Sea, señorita; me contendré.
--¡Se lo suplico!
--Convenido. ¿Y cómo llama usted á ese monumento?
--Yo lo llamo un montón de grandes piedras; los anticuarios lo llaman,
unos simplemente un _dolmen_, otros, más pretenciosos, un _cromlech_;
las gentes del país, sin explicar por qué, lo llaman la _migourdit_.
Mientras tanto, descendíamos dulcemente el curso de las aguas entre dos
fajas de húmedas praderas; algunos bueyes de talla pequeña, negros casi
todos, y con largos y afilados cuernos se levantaban aquí y allá al
ruido de los remos y nos miraban pasar con ojos fieros. El valle en que
serpenteaba el río que iba ensanchándose, por ambos lados estaba cerrado
por una cadena de colinas, las unas cubiertas de matorrales y secas
aliagas, las otras de verdeantes sotos. De tiempo en tiempo, una
quebrada transversal abría entre dos cuestas una perspectiva sinuosa, en
cuyo fondo se dibujaba la cima azul de una lejana montaña. La señorita
Margarita, á pesar de su incompetencia, no dejaba de señalar
sucesivamente á mi atención todos los encantos de aquel paisaje severo y
dulce, acompañando, sin embargo, cada una de sus observaciones con una
reserva irónica.
Hacía pocos momentos que un ruido sordo y continuo parecía anunciar la
vecindad de una catarata, cuando el valle se cerró repentinamente y tomó
el aspecto de una garganta solitaria y salvaje. A la izquierda, se
levantaba una alta muralla de rocas salpicadas de musgo; robles y
abetos, interpolados con yedras y malezas pendientes, se ostentaban en
las grietas, hasta la cumbre de la escarpada ribera, arrojando una
sombra misteriosa sobre el agua profunda que bañaba el pie de los
peñascos. A cierta distancia delante de nosotros, las ondas borbotaban,
espumaban y desaparecían repentinamente; la rota línea del río se
dibujaba á través de un humo blanquecino sobre un fondo lejano de
confuso verdor. A nuestra derecha, la ribera opuesta á la escarpada, no
presentaba sino una pequeña margen de pradera en declive, sobre la que
algunas colinas cargadas de bosques, señalaban una franja de sombrío
terciopelo.
--¡A tierra, señor!--dijo la criolla.
Mientras Alain amarraba la barca á las ramas de un sauce:
--¡Y bien! señor--dijo saltando con ligereza sobre la hierba--¿no se
halla mal? ¿no está usted trastornado, herido, petrificado? Se dice sin
embargo que este sitio es lindísimo. A mí me gusta, porque siempre hay
fresco en él... Pero... sígame en estos bosques, si se atreve, y yo le
mostraré esas famosas piedras.
La señorita Margarita, viva, ligera y alegre, como jamás la había visto,
en dos saltos salvó la pradera y tomó una senda que se internaba en la
arboleda, subiendo la cuesta. Alain y yo, la seguíamos en hilera.
Después de algunos minutos de una rápida marcha, nuestra conductora se
detuvo, pareció consultar y reconocer el lugar en que se hallaba, luego
separando resueltamente dos ramas entrelazadas, dejó el camino trazado y
se lanzó en plena selva. El viaje se hizo entonces menos agradable. Era
muy difícil abrirse paso á través de las encinas nuevas aún, pero ya
vigorosas, de que se componía aquel monte y que entrelazaban, como las
empalizadas de Robinsón, sus oblícuos troncos y sus tupidas ramas. Alain
y yo al menos avanzábamos con gran trabajo, encorvados, estrellándonos
la cabeza á cada paso, y haciendo caer sobre nosotros, á cada uno de
nuestros pesados movimientos, una lluvia de rocío; pero la señorita
Margarita, con la destreza superior y la flexibilidad propia de su sexo,
se deslizaba sin esfuerzo aparente, á través de los intersticios de
aquel laberinto, riendo de nuestros sufrimientos, y dejando
negligentemente cimbrar tras ella las flexibles ramas, que venían á
azotar nuestros rostros.
Llegamos en fin á un claro muy estrecho, que parecía coronar la cumbre
de esta colina: allí admiré, no sin emoción, la sombría y monstruosa
mesa de piedra, sostenida por cinco ó seis trozos de mármol que medio
enterrados forman una caverna verdaderamente llena de un horror sagrado.
Al primer aspecto, hay en este intacto monumento de tiempos casi
fabulosos y de religiones primitivas, una potencia de verdad, una
especie de presencia real, que sobrecoge el alma y la estremece. Algunos
rayos de sol, penetrando en el follaje, filtraban por las junturas algo
separadas, jugueteaban sobre el siniestro trozo y prestaban la gracia de
un idilio á aquel bárbaro altar. La misma Margarita parecía pensativa y
recogida. En cuanto á mí, después de haber penetrado en la caverna y
examinado el _dolmen_ bajo todas sus faces, me puse en posición de
dibujarlo.
Hacía diez minutos que me hallaba absorto en este trabajo sin
preocuparme de lo que pasaba á mi alrededor, cuando la señorita
Margarita me dijo de repente:
--¿Quiere usted una Velada para animar el cuadro?--Levanté los ojos.
Había enrollado alrededor de su frente un espeso follaje de robles y se
hallaba parada sobre el _dolmen_, ligeramente apoyada sobre un haz de
tiernos árboles; bajo la media luz de la enramada, su blanca vestidura
tomaba el brillo del mármol, y sus pupilas chispeaban con un fuego
extraño, en la sombra proyectada por el relieve de su corona. Estaba
bella y creo que ella lo conocía. La miré sin hallar nada que decirle.
--Si lo incomodo, me quitaré--me dijo.
--No, no lo haga, se lo suplico.
--Pues bien, despáchese: ponga también á Mervyn: él será el druida, yo
la druidesa.
Tuve la suerte de reproducir bastante fielmente, gracias á lo vago del
bosquejo, la poética visión con que era favorecido. Ella se acercó con
aparente solicitud á examinar mi dibujo.
--No está mal--dijo. Luego arrojó su corona riendo y agregó:--Convenga
usted en que soy buena.
--Convengo en ello--y habría confesado además, si lo hubiera deseado,
que no le faltaba su grano de coquetería; pero sin esto no sería mujer,
y la perfección es odiosa: á las diosas mismas les era necesaria, para
ser amadas, algo más que su inmortal belleza.
Volvimos á ganar á través del enmarañado soto, el sendero trazado en el
bosque y descendimos hacia el río.
--Antes de marcharme--dijo la joven--quiero mostrarle la catarata, tanto
más, cuanto que á mi turno pienso proporcionarme una pequeña diversión.
¡Ven, Mervyn! ¡Ven, noble perro mío! ¡Qué bello eres, eh!
Muy luego nos hallamos en el ribazo frente á los arrecifes, que bordean
el lecho del río. El agua se precipitaba desde una altura de algunos
pies, al fondo de un ancho estanque profundamente encajonado, de forma
circular que parecía limitar por todos los lados un anfiteatro de
verdura, salpicado de húmedas rocas. Sin embargo, algunas quebradas
invisibles recibían el exceso del agua del pequeño lago, y estos arroyos
iban á reunirse algo más lejos en un lecho común.
--Si no es precisamente el Niágara--me dijo la señorita Margarita,
elevando un poco la voz para dominar el ruido de la cascada--he oído
decir, sin embargo, á los conocedores y á los artistas, que es bastante
bella. ¿La ha admirado usted? ¡Bien! Ahora espero que concederá á Mervyn
el poco entusiasmo que puede quedarle. ¡Aquí, Mervyn!
El terranova vino á colocarse al lado de su ama, y la miró
estremeciéndose de impaciencia. La joven entonces, habiendo envuelto en
su pañuelo algunos guijarros, lo lanzó á la corriente un poco más arriba
de la catarata. En el mismo momento Mervyn caía como un trozo de piedra
en el estanque inferior y se alejaba rápidamente de la orilla: el
pañuelo entretanto siguió el curso de las aguas, llegó á los arrecifes,
bailó un instante en un remolino, luego pasando como una flecha por
encima de la redondeada roca, fué á remolinar en una ola de espuma á
los ojos del perro, que lo cogió con pronto y seguro diente. Mervyn ganó
después orgullosamente la ribera, donde la señorita Margarita golpeaba
sus manos.
Este encantador ejercicio se renovó muchas veces con igual éxito. Era la
sexta vez que se repetía, cuando sucedió, sea que el perro partiese
demasiado tarde, ó que el pañuelo fuera lanzado demasiado pronto, que
Mervyn no llegó á tiempo. El pañuelo arrastrado por el remolino de las
cascadas, fué llevado á las malezas espinosas que se veían un poco más
lejos en la superficie del agua. Mervyn fué á buscarlo, pero nos
sorprendimos muchísimo al verlo de pronto revolverse convulsivamente,
soltar su presa, y levantar la cabeza hacia nosotros arrojándonos
lamentables aullidos.
--¡Ah, Dios mío! ¿qué tiene?--exclamó la señorita Margarita.
--Parece que se ha enredado en esas malezas. Pronto va á desembarazarse,
no lo dude usted. A los pocos momentos no sólo fué preciso dudar, sino
desesperar. La red de bejucos en que había caído el desgraciado
terranova como en una trampa, nacía directamente de un ensanche del
pasaje que vertía incesantemente sobre la cabeza de Mervyn, una masa de
agua espumante. El pobre animal, medio sofocado, cesó de hacer
esfuerzos para romper sus ligaduras, y sus ladridos quejumbrosos tomaron
el ahogado acento del estertor. En este momento, la señorita Margarita
tomó mi brazo, y me dijo casi al oído en voz baja:
--Está perdido... venga, señor... ¡Alejémonos!
Yo la miré: el dolor, la angustia, la contrariedad, alteraban sus
pálidas facciones, y marcaban debajo de sus ojos un círculo lívido.
--No hay ningún medio--le dije--de hacer bajar hasta aquí la barca; pero
si quiere usted permitírmelo, sé nadar un poco y me lanzaré á tirar de
la pata al animal.
--No, no: no lo intente, está demasiado lejos... y luego he oído decir
siempre, que el río es profundo y peligroso bajo la cascada.
--Tranquilícese, señorita: soy prudente.
Al mismo tiempo arrojé mi levita sobre la hierba y entré en el pequeño
lago, tomando la precaución de mantenerme á cierta distancia de la
cascada. El agua era muy profunda, en efecto, pues no pude hacer pie
hasta el momento en que me aproximé al agonizante Mervyn. No sé si ha
habido aquí en otro tiempo un islote, que se haya sumergido poco á poco,
ó si alguna creciente del río ha arrastrado y depuesto en este paraje
algunos fragmentos arrancados del ribazo; lo que hay de cierto es que un
espeso entrelazamiento de malezas y ramas se oculta y prospera bajo
aquellas pérfidas aguas. Puse los pies sobre una de las capas de donde
parecía surgir el zarzal y conseguí libertar á Mervyn, que una vez dueño
de sus movimientos volvió á hallar todos sus medios, y se sirvió de
ellos sin retardo para ganar la orilla, abandonándome de buena gana.
Este rasgo no era muy conforme con la reputación caballeresca de que
goza su especie: pero el buen Mervyn, ha vivido mucho entre los hombres
y supongo que se ha vuelto un poco filósofo. Cuando quise tomar mi
impulso para seguirle, reconocí con enfado que era detenido, á mi turno,
por la red de la náyade maligna y celosa, que al parecer reina en estos
parajes. Una de mis piernas estaba enlazada por nudosos bejucos que
traté en vano de romper. No se halla uno bastante libre en una agua
profunda sobre un fondo viscoso, para desplegar todas sus fuerzas:
estaba por otra parte medio ciego por el repulso continuo de la onda
espumante. Además sentía que mi situación se hacía equívoca. Arrojé una
mirada hacia la ribera. La señorita Margarita suspendida del brazo de
Alain, estaba inclinada sobre el abismo y clavaba sobre mí una mirada de
mortal ansiedad. Me dije en aquel momento, que sólo de mí dependía ser
llorado por aquellos hermosos ojos, y dar á una existencia miserable un
fin digno de envidia. Luego sacudí estos cobardes pensamientos: un
violento esfuerzo me desprendió, anudéme al cuello el pequeño pañuelo
hecho pedazos y gané suavemente la ribera. Al abordar, la señorita
Margarita me tendió su mano temblorosa: esto me pareció recompensarme.
--¡Qué locura!--dijo.--¡Qué locura! Podía usted haber muerto allí ¡y por
un perro!
--Era el suyo--le respondí á media voz como ella me había hablado.
Esta palabra pareció contrariarla; retiró bruscamente su mano, y
volviéndose hacia Mervyn que bostezando se secaba al sol, púsose á
acariciarlo:--¡Oh! tonto, gran tonto--dijo.--¡Qué bestia eres!
En tanto, manaba yo agua sobre la hierba como una regadera, y no sabía
qué hacer de mi individuo, cuando la joven volviéndose á mí, me dijo con
bondad:--Señor Máximo tome la barca y márchese pronto. Remando se
calentará un poco. Yo me volveré con Alain por los bosques. El camino es
más corto.--Pareciéndome este arreglo conveniente bajo todos aspectos,
no hice objeción alguna. Me despedí: tuve por segunda vez el placer de
tocar la mano del ama de Mervyn, y me arrojé á la barca.
Vuelto á casa, me sorprendí al vestirme hallando en mi cuello el
despedazado pañuelo que había olvidado entregar á la señorita Margarita.
Ella ciertamente lo creía perdido, y me decidí á apropiármelo como
premio de mi húmedo torneo. Por la noche fuí al castillo, la señorita
Laroque me acogió con ese aire de indolencia desdeñosa, de distracción
sombría y de amargo fastidio que la caracteriza habitualmente, y que
formaba entonces un singular contraste con la graciosa bondad y la
festiva vivacidad de mi matinal compañera. Durante la comida, á la cual
asistía el señor de Bevallan, habló de nuestra excursión; como para
quitarle todo misterio, lanzó de pasada algunas zumbas á propósito de
los amantes de la Naturaleza, y terminó contando la mal aventura de
Mervyn, pero suprimió de este último episodio toda la parte que me
concernía. Si esta reserva ha tenido por objeto, como lo creo, dar tono
á mi propia discreción, la señorita se tomaba un inútil trabajo. Sea lo
que sea, el señor de Bevallan, al oir este relato, nos aturdió con sus
gritos de desesperación.
--¡Cómo! ¡la señorita Margarita había sufrido aquellas tan largas
ansiedades! El bravo Mervyn había corrido tan grave peligro, y él,
Bevallan, ¿no se había hallado allí? ¡Fatalidad! Jamás se consolaría...
no le quedaba otro remedio que colgarse como Crillon.
--Pues bien, si estuviese yo solo para descolgarlo--me dijo el viejo
Alain cuando me acompañaba por la noche--emplearía todo el mayor tiempo
posible para hacerlo.
El día de ayer, no comenzó para mí tan alegremente como el de la
víspera. Recibí por la mañana una carta de Madrid, que me encargaba
anunciar á la señorita de Porhoet la pérdida definitiva de su pleito. El
agente de negocios me hacía saber, además, que la familia con quien se
pleiteaba, al parecer no aprovecharía de su triunfo, pues se hallaba
ahora en lucha con la corona, que se había despertado al ruido de
aquellos millones y que sostiene que la sucesión en litigio le pertenece
por derecho de abolengo. Después de largas reflexiones me ha parecido
que sería muy caritativo ocultar á mi vieja amiga la ruina absoluta de
sus esperanzas. Tengo pues, el proyecto de asegurarme la complicidad de
su agente en España; él pretextará una nueva demora; por mi parte,
seguiré el escudriñamiento de los archivos, y haré en fin lo posible
para que la pobre mujer continúe hasta el fin de sus días alimentando
sus queridas ilusiones. Por muy legítimo que sea el carácter de este
engaño, sentí, sin embargo, la necesidad de hacerlo sancionar por alguna
conciencia delicada.
Me transporté al castillo después de mediodía, é hice mi confesión á la
señora de Laroque: ella aprobó mi plan y aun me alabó más de lo que el
caso parecía exigir. Y no fué sin gran sorpresa que la oí terminar
nuestra conversación con estas palabras:--Ha llegado el momento de
decirle, señor, que le estoy profundamente agradecida por sus cuidados;
que cada día me agrada más su compañía y siento más estimación por su
persona. Querría, señor, perdóneme, porque no puede usted participar de
este voto, querría que no nos separásemos jamás... y ruego humildemente
al Cielo haga todos los milagros que sean necesarios para esto... porque
no se me oculta... que serían menester milagros.
No pude comprender el sentido preciso de este lenguaje, tanto más,
cuanto que no me explicaba la emoción repentina que brilló en los ojos
de la excelente mujer. Di las gracias como convenía y me fuí á pasear mi
tristeza á través de los campos.
Una casualidad, poco singular, para ser franco, me condujo, al cabo de
una hora de camino, al retirado valle y sobre el borde del estanque que
había sido teatro de mis recientes proezas. El cerco de follaje y de
rocas que rodea el pequeño lago, realiza el ideal mismo de la soledad.
Allí se está verdaderamente en el fin del mundo, en un país virgen, en
la China, ó donde se quiera. Me tendí sobre la grama y rehice en mi
imaginación todo el paseo de la víspera, que es de aquellos que no se
hacen dos veces en el curso de la vida más larga. Sentía que si se me
ofreciera segunda vez una fortuna parecida, no tendría ya el mismo
encanto de imprevisión, de calma, y para terminar la palabra, de
inocencia. Era menester repetírmelo bien: este fresco romance de
juventud, que perfumaba mi pensamiento, no podía tener sino un capítulo,
ó más bien una página, y la había leído ya. Sí, esa hora, esa hora de
amor, para llamarla por su nombre, había sido soberanamente dulce,
porque no fué premeditada, porque no había pensado en darle su nombre
sino después de haberla agotado; porque había sentido la ebriedad sin la
falta. Ahora mi conciencia se ha despertado: véome en la pendiente de un
amor imposible, ridículo, peor que esto, ¡culpable! Era tiempo de velar
por mí; ¡pobre desheredado como soy!
Dirigíame tales consejos en este lugar solitario, y no hubiera sido
absolutamente necesario venir aquí para dirigírmelos, cuando un
murmullo de voces me sacó repentinamente de mi distracción. Me levanté
y vi avanzar hacia mí, una reunión de cuatro ó cinco personas que
acababan de desembarcar. Eran la señorita Margarita, apoyada en el brazo
del señor de Bevallan, la señorita Helouin y la señora Aubry seguidas de
Alain y Mervyn. El ruido que hacían al aproximarse, había sido apagado
por el ruido de las cascadas; sólo estaban á dos pasos de mí, no tuve
tiempo para retirarme, fué preciso que me resignara al desagrado de
verme sorprendido en mi actitud de pensador melancólico. Mi presencia en
este lugar no despertó al parecer, ninguna atención particular; creí
únicamente ver pasar por la frente de la señorita Margarita, una nube de
descontento, y me devolvió el saludo con notable sequedad. El señor de
Bevallan, plantado sobre los bordes del valle, fatigó algún tiempo los
ecos con los clamores triviales de su admiración... ¡Delicioso!...
¡pintoresco!... ¡Qué mezcolanza... oh! ¡la pluma de Jorge Sand... el
pincel de Salvator Rosa!... Todo esto iba acompañado de enérgicos
gestos, que parecían arrebatar sucesivamente á estos dos grandes
artistas los instrumentos de su genio. En fin se calmó, y se hizo
mostrar el paso peligroso donde Mervyn estuvo á punto de perecer. La
señorita Margarita contó de nuevo la aventura, observando la misma
discreción en cuanto á la parte que había tenido yo en el desenlace,
hasta insistió con una especie de crueldad, relativamente para mí, sobre
los talentos, el valor y la presencia de ánimo que su perro había
desplegado en aquella heroica circunstancia. Suponía, al parecer, que el
servicio que había tenido la dicha de prestarle, habría hecho subir á mi
cerebro algunos humos de presunción que era urgente destruir.
Habiendo la señorita Helouin y la señora Aubry manifestado un vivo deseo
de ver renovarse las tan ponderadas hazañas de Mervyn, la joven llamó al
terranova y lanzó como el día anterior su pañuelo á la corriente del
río, pero á esta señal el valiente Mervyn, en lugar de precipitarse al
lago, tomó la carrera á lo largo de la ribera yendo y viniendo, con aire
diligente, ladrando con furor, agitando la cola, dando en fin, mil
pruebas de un poderoso interés, pero al mismo tiempo de una excelente
memoria. Decididamente la razón domina el corazón de este animal. En
vano la señorita Margarita, irritada y confusa, empleó sucesivamente las
caricias y las amenazas para vencer la obstinación de su favorito; nada
pudo decidir al inteligente animal á confiar de nuevo su preciosa vida á
aquellas terribles ondas. Después de tan pomposos anuncios, la
obstinada prudencia del intrépido Mervyn, tenía en realidad algo de
ridículo; á mi parecer, tenía yo más que nadie el derecho de reirme y no
tuve escrúpulo en hacerlo. Además, la hilaridad fué general muy luego, y
la señorita Margarita acabó por tomar parte en ella, aunque muy
débilmente.
--Después de todo--dijo,--he perdido otro pañuelo.
El pañuelo arrastrado por el movimiento constante del remolino, había
ido naturalmente á enredarse en las ramas del fatal matorral, á una
corta distancia de la opuesta ribera.
--Fíe en mí, señorita--exclamó el señor de Bevallan.--En diez minutos
tendrá usted su pañuelo, ó no seré quién soy.
Me pareció que la señorita Margarita al oir esta declaración magnánima,
me lanzaba á hurtadillas una expresiva mirada, como para decirme:--¡Vea
que á mi alrededor no es tan raro el sacrificio! Luego respondió al
señor de Bevallan:--¡Por Dios, no haga locuras, el agua es muy profunda!
Hay un verdadero peligro.
--Eso me es absolutamente indiferente--contestó el señor de Bevallan.
--Dígame, Alain, ¿tiene usted un cuchillo?
--¿Un cuchillo?--repitió la señorita Margarita con el acento de la
sorpresa.
--Sí, déjeme, déjeme hacer.
--¿Pero qué pretende usted hacer con un cuchillo?
--Pretendo cortar una rama--dijo el señor de Bevallan.
La joven lo miró fíjamente.
--Creía--murmuró--que iba usted á echarse á nado.
--¡A nado!--dijo el señor de Bevallan;--permítame, señorita... en primer
lugar no estoy en traje de natación... además, le confesaré que no sé
nadar.
--Si no sabe usted nadar--replicó la joven, con un tono seco,--importa
muy poco que esté ó no esté en traje de natación.
--Es una observación muy justa--dijo el señor de Bevallan, con una
festiva tranquilidad;--pero usted no tiene interés particular en que yo
me ahogue, ¿no es así? Quiere usted su pañuelo, ese es el fin. Desde el
momento en que yo lo traiga quedará usted satisfecha ¿no es verdad?
--Pues bien--dijo la joven sentándose con resignación;--vaya á cortar su
rama, señor.
El señor de Bevallan, que no se desconcierta fácilmente, desapareció en
el monte vecino, donde durante un momento oímos crujir el ramaje; á poco
rato volvió armado de un largo vástago de avellano y púsose á
despojarle de sus hojas.
--¿Por ventura piensa usted alcanzar hasta la otra orilla con ese
palo?--preguntó la señorita Margarita, cuya alegría comenzaba á
despertarse visiblemente.
--Déjeme hacer, déjeme hacer, por Dios--respondió el imperturbable
gentilhombre.
Se le dejó obrar. Acabó de preparar su rama y se dirigió hacia la barca.
Comprendimos entonces que su proyecto era atravesar el río en bote, más
arriba de la cascada, y una vez en la ribera opuesta, arponear el
pañuelo que no estaba muy lejos. Este descubrimiento produjo entre los
asistentes un grito de indignación; las damas, como se sabe, gustan
mucho de las empresas peligrosas... efectuadas por otros.
--¡Ya, ya, señor de Bevallan, vaya una bella invención!
--Ta, ta, ta, señoras. Es la misma cosa que el huevo de Colón. Era
preciso saber el cómo.
Sin embargo, contra lo que podía esperarse, esta expedición de tan
pacífica apariencia, no debía terminar sin emociones ni peligros. El
señor de Bevallan, en vez de ganar la ribera directamente frente á la
pequeña ensenada en que estaba amarrada la barca, tuvo la malhadada idea
de atravesar por un punto más vecino á la catarata. Impelió, pues, el
bote hasta el medio de la corriente; luego lo dejó arrastrar por ella
durante un momento; pero no tardó en fijarse de que en la cercanía de la
cascada, el río, como atraído por el abismo y arrebatado por el vértigo,
precipitaba su curso con aterradora rapidez; tuvimos la revelación del
peligro al verlo poner repentinamente el bote de través y comenzar á
agitar los remos con febril energía. Luchó contra la corriente durante
algunos segundos con un éxito muy incierto. Sin embargo, se aproximaba
poco á poco al ribazo opuesto, aun cuando la corriente continuase
arrastrándolo con espantosa impetuosidad hacia las cataratas, cuyos
amenazantes rumores debían entonces llenar de horror sus oídos. No
distaba ya de ellas sino algunos pasos, cuando un esfuerzo supremo le
llevó hasta cerca de la ribera para que su vida al menos quedase
asegurada. Tomó entonces un impulso vigoroso y saltó sobre el declive de
la costa, rechazando con el pie á pesar suyo la abandonada barca, que
fué inmediatamente arrastrada por encima de los arrecifes y vino á vogar
en el estanque con la quilla al aire.
En tanto que el peligro duró no habíamos sentido, en presencia de
aquella escena, otra impresión que la de una viva inquietud; pero
tranquilizados apenas nuestros espíritus, debían ser heridos vivamente
por el contraste que ofrecía el desenlace de la aventura con el aplomo
del que había sido su héroe. La risa es por otra parte tan fácil como
natural después de alarmas felizmente apaciguadas. Así, no hubo nadie
entre nosotros que no se abandonase á una franca alegría en el momento
en que vimos al señor de Bevallan fuera de la barca. Será preciso
advertir que en este mismo momento se completaba su infortunio por un
accidente verdaderamente doloroso. El ribazo á que había saltado
presentaba una pendiente escarpada y húmeda; no bien hubo puesto el pie
en él, resbalándose cayó de espaldas; algunas sólidas ramas se hallaban
afortunadamente á su alcance y se agarró de ellas con frenesí, mientras
sus piernas se agitaban como dos furiosos remos en el agua, por otra
parte poco profunda, que baña la costa. Habiendo desaparecido entonces
toda sombra de peligro, el espectáculo de aquel combate fué puramente
ridículo, y supongo que este cruel pensamiento agregaba á los esfuerzos
del señor de Bevallan una torpe precipitación que le hacía retardar su
triunfo. Logró, sin embargo, levantarse de nuevo y tomar pie sobre la
escarpa; pero súbitamente lo vimos deslizarse otra vez despedazando las
malezas que se oponían á su pasaje, volviendo á comenzar en el agua,
con una desesperación evidente, su desordenada pantomima. Era imposible
contenerse. Creo que jamás la señorita Margarita había asistido á una
fiesta semejante. Había olvidado absolutamente todo cuidado por su
dignidad, y como una ninfa ebria, llenaba el soto con los estallidos de
su alegría casi convulsiva. Golpeaba sus manos, y á través de sus
carcajadas, gritaba con voz entrecortada:--¡Bravo, bravo, señor de
Bevallan! ¡Lindísimo, delicioso, pintoresco! ¡Oh, Salvator Rosa!
El señor de Bevallan, entretanto, había acabado por pararse sobre la
tierra firme. Volviéndose entonces hacia las damas, les dirigió un
discurso, que el ruido estrepitoso de la cascada no permitía oir
claramente, pero por los animados gestos, por los movimientos
descriptivos de sus brazos y el aire torpemente sonriente de su
fisonomía, podíamos comprender que nos hacía una explicación apologética
de su desastre.
--Sí, señor, sí--respondió la señorita Margarita, riendo siempre con la
implacable tranquilidad de una mujer;--¡es un triunfo, un magnífico
triunfo! ¡Sea enhorabuena!
Cuando recobró un poco su seriedad, me interrogó sobre los medios de
recobrar la zozobrada barca, que entre paréntesis, es la mejor de
nuestra flotilla. Prometíle volver al siguiente día con algunos obreros
y presidir su salvamento; luego nos encaminamos alegremente á través de
las praderas, en dirección al castillo, en tanto que el señor de
Bevallan, no estando en traje de natación, debía renunciar á reunírsenos
y se perdía con aire melancólico tras de las rocas que bordean la
opuesta ribera.