25 de julio.

En el mes que acaba de pasar, he ganado una amiga y me he hecho, según

creo, dos enemigas. Las enemigas son la señorita Margarita y la señorita

Helouin. La amiga, es una señorita de ochenta y ocho años. Temo que no

haya compensación en el cambio.

La señorita Helouin, con la que quiero arreglar mis cuentas desde luego,

es una ingrata. Mis pretendidos agravios hacia ella, deberían más bien

recomendarme á su estimación; pero parece ser una de esas mujeres,

bastante generales en el mundo, que no cuentan la estimación en el

número de los sentimientos, que gustan suspirar, ó que se les suspire.

Desde los primeros tiempos de mi morada en el castillo, una especie de

conformidad entre la situación de la maestra y la del intendente, la

modestia común de nuestro estado en la casa, me indujeron á entablar con

la señorita Helouin las relaciones de una benevolencia afectuosa.

Siempre me he afanado en manifestar á estas pobres muchachas el interés

á que su ingrata tarea, su situación precaria, humillante y sin

porvenir, me parecían hacerlas acreedoras. La señorita Helouin es

además bonita, inteligente y llena de talento, y aunque prodigue un poco

todo esto, por la vivacidad de sus salidas, su febril coquetería, y esa

ligera pedantería que son las propensiones habituales del empleo,

convengo en que había muy poco mérito en sostener el papel caballeresco

que me había propuesto. Este papel tomó á mis ojos el carácter de una

especie de deber, cuando reconocí, como muchas advertencias me lo habían

hecho presentir, que un león devorador, bajo las facciones del Rey

Francisco I, rondaba furtivamente á mi joven protegida. Esta duplicidad

que hace honor á la audacia del señor de Bevallan, pasa, so color de

amable familiaridad, con una política y un aplomo, que engañan

fácilmente las miradas poco atentas ó demasiado cándidas. La señora de

Laroque, y en particular su hija, son completamente ajenas á las

perversidades de este mundo, y viven demasiado apartadas de toda

realidad para sentir la sombra de una suposición. En cuanto á mí,

sumamente irritado contra este insaciable _tragador de corazones_, me

hice un placer en contrariar sus proyectos: más de una vez distraje la

atención, que trataba de monopolizar, y me esforcé, sobre todo en

aminorar en el corazón de la señorita Helouin aquel amargo sentimiento

de abandono y aislamiento, que da en general tanto precio á los

consuelos que le son ofrecidos. ¿He ultrapasado alguna vez, en el curso

de esta lucha indiscreta, la medida delicada de una protección

fraternal? No lo creo, y los términos mismos del corto diálogo, que ha

modificado súbitamente la naturaleza de nuestras relaciones, parece

hablaran en favor de mi reserva. Una noche de la última semana,

tomábamos el fresco en la azotea; la señorita Helouin á quien en aquel

día había precisamente tenido ocasión de prestar algunas atenciones

particulares, tomó ligeramente mi brazo y al mismo tiempo que mordía con

sus pequeños y blancos dientes un ramito de azahares:

--Es usted muy bueno, señor Máximo--me dijo con voz un poco conmovida...

--Trato de serlo al menos.

--Es usted un verdadero amigo.

--Sí.

--¿Pero un amigo cómo?

--Verdadero, como usted lo ha dicho.

--Un amigo... que me ama...

--Sin duda.

--¿Mucho?

--Seguramente.

--¿Apasionadamente?

--No.

A este monosílabo que articulé muy secamente y apoyé con una firme

mirada, la señorita Helouin arrojó vivamente su ramito de azahares y

abandonó mi brazo. Desde esa hora nefasta me trata con un desdén que no

he merecido, y creería decididamente, que la amistad de un sexo por el

otro es un sentimiento ilusorio, si mi desgracia no hubiera tenido al

otro día una especie de indemnización.

Había ido á pasar algunas horas de la noche en el castillo; dos ó tres

familias que acababan de pasar allí una quincena, se habían marchado

aquella mañana. No estaban en él sino los parroquianos habituales, el

cura, el preceptor, el doctor Desmarest, y en fin el general de

Saint-Cast y su mujer, que habitan, como el doctor, en la pequeña ciudad

vecina. La señora de Saint-Cast, que parece haber llevado á su marido

una bella fortuna, estaba entretenida, cuando entré, en una animada

conversación con la señora de Aubry. Estas dos señoras, siguiendo su

costumbre, se entendían perfectamente, celebrando cada una á su turno,

como dos pastores de una égloga, los incomparables encantos de la

riqueza, en un lenguaje en que la distinción de la forma disputaba á la

elevación del pensamiento.

--Tiene usted mucha razón, señora--decía la señora de Aubry--no hay sino

una cosa en el mundo, y esa es ser rica; cuando yo lo era, despreciaba

de todo corazón á los pobres, así hallo ahora muy natural que se me

desprecie, y no me quejo de ello.

--Nadie la desprecia por eso, señora--respondía la señora de

Saint-Cast--seguramente que no, pero es muy cierto, que entre ser rico ó

pobre hay una terrible diferencia. Vea ahí al general, que puede decirle

algo de eso; él no tenía absolutamente otra cosa que su espada cuando se

casó conmigo, y no es con una espada con lo que se pone manteca en la

sopa, ¿no es verdad, señora?

--¡Oh! no, no, señora--exclamó la señora de Aubry aplaudiendo esta

atrevida metáfora. El honor y la gloria son muy bellos en las novelas;

pero yo prefiero con mucho un buen carruaje.

--Sí, ciertamente, y es lo que decía esta mañana al general, al venir

hasta aquí: ¿es verdad, general?

--Hum--refunfuñó el general, que jugaba tristemente en un rincón, con el

antiguo corsario.

--No tenía usted nada cuando nos casamos, general--continuó la señora de

Saint-Cast--¿espero que no tratará de negarlo?

--Usted lo ha dicho ya--murmuró el general.

--Lo que no impide que sin mí, marcharía usted á pie, mi general, lo que

no le sería muy agradable con sus heridas... porque con seis ó siete mil

francos de retiro que tiene usted, no podría arrastrar carroza, amigo

mío... Esta mañana le decía esto, señora, á propósito de nuestro nuevo

carruaje que es lo más cómodo que puede imaginarse. Es lo cierto que lo

he pagado muy bien: me cuesta cuatro mil buenos francos de menos en mi

bolsa.

--¡Ya lo creo, señora! Mi carruaje de gala no me costó menos de cinco

mil francos, contando el cuero de tigre para los pies, que él solo me

costó quinientos.

--Yo me he visto obligada á contenerme un poco, pues acabo de renovar mi

mueblaje del salón; en alfombras y tapices he gastado como quince mil

francos. Es demasiado lujo para un pobre rincón de provincia, me dirá

usted, y es muy cierto... Pero toda la ciudad está muy humilde con

nosotros, y á todos nos gusta ser respetados, ¿no es así, señora?

--Sin duda--replicó la señora de Aubry--á todos nos gusta ser

respetados, y uno sólo es respetado en proporción del dinero que tiene.

Por mi parte, me consuelo de que hoy no se me respete, pensando que si

fuera aún lo que he sido, vería á mis pies á todos los que me

desprecian.

--¡Excepto á mí, voto á sanes!--exclamó el doctor Desmarest levantándose

de pronto.--Aun cuando tuviera usted cien millones de renta, no me vería

á sus pies; se lo aseguro bajo mi palabra de honor. Y me marcho á tomar

el aire, pues el diablo me lleve, si puedo sufrir más.--Al mismo tiempo

el bravo doctor salió del salón, llevando toda mi gratitud, pues me

había hecho un verdadero servicio consolando mi corazón oprimido de

indignación y disgusto.

Aun cuando el señor Desmarest se halla establecido en la casa sobre el

pie de un San Juan Boca-de-oro, á quien se sufre la mayor independencia

en el lenguaje, el apóstrofe había sido demasiado vivo para no causar

entre los asistentes un sentimiento de malestar que se traducía por un

silencio embarazoso. La señora de Laroque lo rompió diestramente,

preguntando á su hija si habían dado las ocho.

--No, madre--respondió Margarita,--pues la señorita de Porhoet no ha

llegado aún.

Un minuto después, el timbre del péndulo se ponía en movimiento; la

puerta se abrió, y la señorita Jocelynde de Porhoet-Gaél, llevada del

brazo por el doctor Desmarest, entró en el salón con una precisión

astronómica.

La señorita de Porhoet-Gaél, que ha visto pasar este año la octogésima

octava primavera de su existencia y que tiene la apariencia de una caña

conservada en seda, es el último vástago de una muy noble raza, cuyos

abuelos se creen hallar entre los reyes fabulosos de la vieja Armórica.

Sin embargo, esta casa no toma seriamente pie en la historia, hasta el

siglo XII en la persona de Juthaal, hijo de Conan _le Tort_,

descendiente de la rama segunda de Bretaña. Algunas gotas de sangre de

los Porhoet, han corrido por las venas más ilustres de Francia: en las

de los Rohan, de los Lusignan, de los Penthièvre, y estos grandes

señores convenían en que no era la menos pura.

Me acuerdo que estudiando un día, en un acceso de vanidad juvenil, la

historia de las alianzas de mi familia, me llamó la atención el singular

nombre de Porhoet y que mi padre, muy erudito en estas materias, me lo

alabó muchísimo. La señorita Porhoet, que es la única que queda hoy de

su nombre, no ha querido casarse jamás á fin de conservar el mayor

tiempo posible en el firmamento de la nobleza francesa, la constelación

de estas mágicas sílabas: Porhoet-Gaél. La casualidad quiso que un día

se hablase delante de ella, de los orígenes de la casa de Borbón.--Los

Borbones--dijo la señorita de Porhoet, metiendo repetidas veces su

aguja de tejer en su rubia peluca--los Borbones son de buena nobleza,

pero--tomando repentinamente un aire modesto--hay mejores--añadió.

Por lo demás, es imposible no inclinarse ante esta vieja niña, tan

augusta, que lleva con una dignidad sin igual la triple y pesada

majestad del nacimiento, de la edad y de la desgracia. Un proceso

deplorable, que se obstina en sostener fuera de Francia hace más de

quince años, ha reducido progresivamente su fortuna, ya muy pequeña, y

apenas le quedarán hoy un millar de francos de renta. Esta situación,

desgraciada, no ha quitado nada á su orgullo, ni aumentado nada á su

carácter: es alegre, igual, cortés; vive, no se sabe cómo, en su casita

con una sirvienta, y halla aún medios para hacer muchas limosnas. La

señora de Laroque y su hija profesan á su noble y pobre vecina, una

pasión que las honra: en su casa es objeto de un respeto atento que

confunde á la señora de Aubry. He visto á menudo á la señorita Margarita

abandonar el baile más animado, para ir á asistir al whist de la

señorita de Porhoet; si el whist de la señorita de Porhoet (á cinco

céntimos la ficha) llegara á faltar un solo día, el mundo se acabaría.

Yo también soy uno de los jugadores preferidos de la vieja señorita, y

la noche de que hablo, no tardamos, el cura, el doctor y yo, en

instalarnos alrededor de la mesa del whist, en frente y á los lados de

la descendiente de Conan le Tort.

Es menester saber, que á principios del último siglo, un tío abuelo de

la señorita de Porhoet, que estaba agregado á la casa del duque de

Anjou, pasó los Pirineos siguiendo al joven príncipe, que fué después

Felipe V, y fundó en España una casa que aun reina hoy. Su descendencia

directa parece haberse extinguido hace una quincena de años, y la

señorita de Porhoet, que jamás había perdido de vista á sus parientes de

allende los montes, se creyó al momento heredera de una fortuna que se

dice ser considerable: sus derechos le fueron disputados muy justamente

por una de las más antiguas casas de Castilla, aliada á la rama española

de los Porhoet. De aquí proviene ese proceso que la desgraciada

octogenaria prosigue con grandes gastos, de jurisdicción en

jurisdicción, con una persistencia que toca en manía, y aflige á sus

amigos y divierte á los indiferentes. El doctor Desmarest, á pesar del

respeto que profesa á la señorita de Porhoet, no deja de tomar partido

en el número de los burlones; tanto más, cuanto que desaprueba

formalmente el uso á que la pobre mujer consagra imaginariamente su

quimérica herencia, á saber: la erección en la ciudad vecina, de una

catedral del más bello y lujoso estilo, que transmitirá hasta el fin de

los siglos futuros el nombre de la fundadora con el de una gran raza

extinguida. Esta catedral, sueño creado sobre un sueño, es el juego

inocente de esta vieja niña. Ha hecho ejecutar los planos de ella; pasa

sus días, y algunas veces sus noches, meditando los esplendores,

cambiándole las disposiciones anteriores y agregándole algunos

ornamentos: habla de ella como de un monumento edificado y

practicable.--Estaba en la nave de mi catedral: he notado anoche en el

ala del Norte de mi catedral una cosa muy chocante; he modificado la

librea del suizo, etc.

--Y bien, señorita--dijo el doctor, en tanto que barajaba las

cartas,--¿ha trabajado usted en su catedral desde ayer?

--¡Cómo no, doctor! Y he tenido una idea muy feliz. He reemplazado el

muro macizo que separaba el coro de la sacristía, por un follaje de

piedra de mucho trabajo, imitando el de la capilla de Clisson en la

iglesia de Josselin. Es mucho más ligero.

--Sí, ciertamente; pero entretanto ¿qué noticias tiene usted de España?

¡Ah, diablo! ¿será verdad como creo haber leído esta mañana en la

_Revista de Ambos Mundos_, que el joven duque de Villa Hermosa le

propone á usted la terminación amistosa del pleito por medio de un

casamiento?

La señorita de Porhoet sacudió con un gesto desdeñoso el penacho de

cintas ajadas que flotaba sobre su cofia.

--Me negaré redondamente--dijo.

--Sí, sí, usted dice eso, señorita; pero ¿qué significa esa guitarra,

que se oye hace ya varias noches bajo sus ventanas?

--¡Vaya!

--¿Vaya? ¿Y ese español de capa y botas amarillas, que se ve rondar por

los alrededores y que suspira sin cesar?...

--Es usted un bromista--dijo la señorita de Porhoet, abriendo

tranquilamente su caja de rapé.--Ya que quiere usted saberlo, le diré

que mi encargado me ha escrito de Madrid hace dos días que, con un poco

de paciencia, veremos sin duda alguna, el fin de nuestros males.

--¡Pardiez, ya lo creo! ¿Sabe usted de dónde sale su agente de negocios?

De la caverna de Gil Blas directamente. Le sacará á usted hasta el

último escudo y se burlará de usted en seguida. ¡Ah, qué discreta sería

si olvidase usted esa locura y viviera tranquila!... ¿Para qué le

servirían esos millones, veamos? ¿No es usted dichosa y considerada?...

¿qué más ambiciona? En cuanto á su catedral, no hablo de ella, porque es

una majadería.

--Mi catedral no es una majadería, sino á los ojos de los majaderos,

doctor Desmarest; por otra parte yo defiendo mi derecho, combato por la

justicia: esos bienes me pertenecen; se lo he oído decir á mi padre más

de cien veces, y jamás pertenecerán, por mi voluntad, á personas tan

extrañas en definitiva á mi familia, como usted, mi querido amigo, ó

como el señor, agregó designándome con un signo de cabeza.

Cometí la torpeza de manifestarme tentado por estas palabras, y respondí

al instante:

--En lo que á mí concierne, señorita, se engaña, porque mi familia ha

tenido el honor de haberse aliado con la suya, y recíprocamente.

Al oir estas enormes palabras, la señorita de Porhoet, aproximó

vivamente á su barba puntiaguda las cartas desenvueltas en forma de

abanico, que tenía en la mano, y enderezando su delgado talle, me miró á

la cara para asegurarse primero del estado de mi razón; luego recobró su

calma, por medio de un esfuerzo sobrehumano, y llevando á su afilada

nariz un poco de polvillo de España:

--Me probará usted eso, joven--me dijo.

Avergonzado de mi ridícula jactancia, y muy embarazado por las curiosas

miradas que sobre mí había atraído, me incliné torpemente sin responder.

Nuestro whist se acabó en un silencio profundo. Eran las diez, y me

preparaba á retirarme, cuando la señorita de Porhoet me tocó el brazo.

--El señor intendente--dijo,--me hará el honor de acompañarme hasta la

avenida.

La saludé y la seguí. Un instante después nos hallábamos en el parque.

La sirvienta, vestida á la moda del país, marchaba delante, llevando una

linterna; luego iba la señorita de Porhoet, derecha y silenciosa,

levantando con mano cuidadosa y decente los pocos pliegues de su angosta

saya de seda; había rechazado secamente el ofrecimiento de mi brazo, y

seguía á su lado, con la cabeza baja, muy poco satisfecho de mi papel.

Al cabo de algunos minutos de esta fúnebre marcha:

--¡Y bien! señor--me dijo la vieja señorita: hable, pues, lo espero: ha

dicho usted que mi familia ha sido aliada á la suya, y como un punto de

alianza de esa especie es enteramente nuevo para mí, le quedaría

sumamente agradecida, si me lo aclarase.

Yo había decidido por mi parte, que debía guardar á todo precio el

secreto de mi incógnito.

--¡Dios mío! señorita--le dije,--me atrevo á esperar que excusará usted

una broma escapada al correr de la conversación...

--¡Una broma!--exclamó la señorita de Porhoet.--La materia en efecto se

presta mucho á la broma. ¿Y cómo llaman, señor, en este siglo las bromas

que se dirigen valientemente á una mujer anciana y sin protección y que

no se dirigirían seguramente á un hombre?

--Señorita, no me deja usted ninguna retirada posible; no me queda otro

recurso que confiarme á su discreción. No sé si el nombre de los

Champcey d'Hauterive le es conocido.

--Conozco perfectamente, señor, á los Champcey d'Hauterive, que son una

buena y una excelente familia del Delfinado. ¿Qué conclusión saca usted

de eso?

--Yo soy hoy el representante de esa familia.

--¿Usted?--dijo la señorita de Porhoet, haciendo alto

súbitamente,--¿usted es un Champcey d'Hauterive?

--Desgraciadamente, sí, señorita.

--Eso cambia la especie--dijo;--déme, primo, su brazo, y cuénteme su

historia.

Creí que en el estado en que las cosas se hallaban, lo mejor era no

ocultarle nada. Terminaba el penoso relato de los infortunios de mi

familia, cuando nos hallamos al frente de una casita sumamente estrecha

y baja, con un palomar de techo puntiagudo y arruinado, en uno de sus

ángulos.

--Entre, marqués--me dijo la hija de los reyes de Gaél, parada en el

umbral de su pobre palacio,--entre, se lo suplico.

Un instante después, era introducido en un pequeño salón tristemente

embaldosado; sobre la pálida tapicería que cubría las paredes, se

oprimían una docena de retratos antiguos, blasonados con el armiño

ducal; arriba de la chimenea vi relumbrar un magnífico reloj de concha

incrustada de cobre, coronado por un grupo que figuraba el carro del

sol. Algunos sillones de espaldar ovalado, y un antiguo canapé de

delgadas patas, completaban la decoración de esta pieza, en que todo

acusaba una rígida limpieza, y en que se respiraba un olor concentrado á

lirio, rapé de España, y vagos aromas.

--Siéntese--me dijo la anciana señorita, tomando un lugar en el

canapé;--siéntese, primo, pues aunque en realidad no seamos parientes,

ni podamos serlo, pues que Juana de Porhoet y Hugo de Champcey

cometieron, sea dicho entre nosotros, la tontería de no tener un

vástago, me será agradable, si me lo permite usted, tratarle de primo,

en la conversación particular, á fin de engañar por un instante el

sentimiento doloroso de mi soledad en este mundo. Así, pues, primo, vea

á qué altura se halla; el pasado es rudo seguramente. Sin embargo, le

sugeriré algunos pensamientos que me son habituales, y que me parece le

proporcionarán muy serios consuelos. En primer lugar, mi querido

marqués, me digo yo á menudo que en medio de tantos modregos y antiguos

criados, que arrastran hoy carroza, hay en la pobreza un perfume

superior de distinción y de buen gusto. Además, no estoy lejos de creer

que Dios ha querido reducir á algunos de nosotros á una vida estrecha,

para que este siglo grosero, material y hambriento de oro, tenga siempre

bajo sus ojos, en nuestras personas, un género de mérito, de dignidad y

de brillo en que el oro y la materia no entran para nada, que con nada

pueda comprarse, y que no es posible venderse. Tal es, primo, según la

apariencia, la justificación providencial de su fortuna y de la mía.

Manifesté á la señorita de Porhoet, cuán orgulloso me sentía en haber

sido escogido con ella para dar al mundo la noble enseñanza que le es

tan necesaria, y de la que parece tan dispuesto á aprovecharse.

--Luego--continuó la señorita de Porhoet;--en cuanto á mí, señor, estoy

acostumbrada á la indigencia, y me hace sufrir poco; cuando uno ha

visto en el curso de una vida demasiado larga, un padre digno de su

nombre y cuatro hermanos dignos de su padre, sucumbir antes de tiempo,

bajo el plomo ó el acero; cuando uno ha visto perecer sucesivamente

todos los objetos de su afección y de su culto, sería menester tener el

alma muy pequeña para preocuparse de una mesa más ó menos abundante ó de

un adorno más ó menos moderno. Por cierto, marqués, que si mi bienestar

personal fuera la única causa, puede usted creerme, despreciaría mis

millones de España; pero me parece conveniente y de buen ejemplo, que

una casa como la mía, no desaparezca de la tierra sin dejar tras ella,

una traza durable, un monumento brillante de su grandeza y de sus

creencias. Es por esto, que á imitación de algunos de nuestros

antepasados, he pensado, primo mío, y no renunciaré jamás, mientras

tenga vida, á la piadosa fundación de que habrá oído hablar.

Habiéndose asegurado de mi asentimiento, la vieja y noble señorita

pareció recogerse, y en tanto que paseaba una melancólica mirada por las

medio borradas imágenes de sus abuelos, el tic-tac del reloj hereditario

fué lo único que turbó, en el obscuro salón, el silencio de la media

noche.

--Habrá--dijo repentinamente la señorita de Porhoet con voz

solemne,--habrá un cabildo de canónigos regulares dedicados al servicio

de esa iglesia. Todos los días á la hora de maitines se dirá, en la

capilla particular de mi familia, una misa rezada por el reposo de mi

alma y la de mis abuelos. Los pies del oficiante pisarán un mármol, sin

inscripción, que formará la grada del altar y cubrirá mis restos.

Yo me incliné con la emoción de un visible respeto. La señorita de

Porhoet tomó mi mano y la apretó dulcemente.

--No estoy loca, primo--continuó,--aunque así se diga. Mi padre, que no

mentía jamás, me ha asegurado siempre que extinguiéndose los

descendientes directos de nuestra rama española, sólo nosotros

tendríamos derecho á la herencia. Su muerte súbita y violenta no le

permitió desgraciadamente darnos sobre este punto noticias precisas,

pero no pudiendo dudar de su palabra, no dudo de mi derecho... Sin

embargo--agregó después de una pausa y con un acento de gran

tristeza,--si no estoy loca, soy vieja, y esas gentes de allá bien lo

saben. Me arrastran hace quince años de demora en demora; esperan mi

muerte, que lo acabará todo... Y créalo usted, no esperarán largo

tiempo: menester es hacer una de estas mañanas, demasiado lo siento, mi

último sacrificio... Esa pobre catedral, mi único amor, que había

reemplazado en mi corazón tantas afecciones rotas... Ella no tendrá

jamás sino una piedra, y esa será la de mi tumba.

La vieja señorita calló. Enjugó con sus manos enflaquecidas dos lágrimas

que corrían por su ajada fisonomía; luego agregó esforzándose por

sonreir:

--Perdón, primo mío: bastante tiene usted con sus desgracias...

Excúseme... Por otra parte es tarde; retírese. Usted me compromete.

Antes de partir recomendé de nuevo á la discreción de la señorita de

Porhoet el secreto que me había visto obligado á confiarle. Me respondió

de una manera un poco evasiva: que podía estar tranquilo, que ella

sabría velar por mi reposo y mi dignidad. Sin embargo, algunos días

después he sospechado por el aumento de miramientos con que me honraba

la señora de Laroque, que mi respetable amiga le había transmitido mi

confidencia. La señorita Porhoet no titubeó en confesármelo,

asegurándome que le había sido imposible obrar de otro modo por el honor

de su familia, y que por otra parte, la señora de Laroque era incapaz de

traicionar ni para con su hija, un secreto confiado á su delicadeza.

Entretanto, mi confidencia con la anciana señorita me había infundido

hacia ella un tierno respeto, del que trato de darle pruebas. Desde el

día siguiente por la noche, apliqué al ornamento interior y exterior de

su querida catedral todos los recursos de mi lápiz. Esta atención á que

tan sensible se ha mostrado, ha tomado poco á poco la regularidad de una

costumbre.

Casi todas las noches, después del whist, me pongo al trabajo, y el

ideal monumento se enriquece con una estatua, un púlpito ó una

claraboya. La señorita Margarita, que parece profesar á su vecina una

especie de culto, ha querido asociarse á mi obra de caridad, consagrando

á la basílica de los Porhoet un álbum especial que estoy encargado de

llenar.

He ofrecido además á mi anciana confidente, tomar parte en las

diligencias, indagaciones ó cuidados de cualquier naturaleza que puedan

serle suscitados por su litigio. La pobre mujer confesó que le prestaba

un verdadero servicio; que á la verdad aún podía llevar su

correspondencia corrientemente, pero que sus ojos debilitados rehusaban

descifrar los documentos manuscritos de su archivo, y que no había

querido hasta entonces, hacerse suplir en este trabajo, que tan

importante puede ser para su causa, á fin de no dar una nueva presa á la

burla incivil de las gentes del país.

En breve me admitió en calidad de consejero y colaborador. Desde este

tiempo he estudiado concienzudamente el voluminoso legajo de su proceso,

y he quedado convencido de que el pleito, que debe ser juzgado en última

apelación, un día de estos, está completamente perdido de antemano. El

señor Laubepin, á quien he consultado, es también de esta opinión, que

me esforzaré en ocultar á mi anciana amiga, tanto como las

circunstancias lo permitan. Entretanto, le doy el placer de examinar

pieza por pieza, sus archivos de familia, en los que espero siempre

descubrir algún título decisivo en su favor. Desgraciadamente, esos

archivos son muy ricos y el palomar está lleno de ellos desde el techo

hasta el sótano.

Ayer, había ido muy temprano á casa de la señorita Porhoet, con el fin

de acabar antes de la hora de almorzar el examen del legajo núm. 115,

que había comenzado la víspera. No estando aún levantada el ama de la

casa, me instalé silenciosamente en el salón, mediante la complicidad de

la sirvienta, y me entregué solitariamente á mi polvorienta tarea. Al

cabo de cerca de una hora, recorría con extrema alegría la última hoja

del legajo número 115, cuando vi entrar á la señorita de Porhoet

arrastrando con trabajo un enorme paquete envuelto con bastante

limpieza en una tela blanca.

--Buenos días, amable primo--me dijo,--habiendo sabido que trabajaba

usted por mí esta mañana, yo he querido hacerlo por usted. Le traigo el

legajo número 116.

Hay, no recuerdo en qué cuento, una princesa desgraciada, á quien se

encierra en una torre, y á la cual, una hada enemiga de su familia

impone sucesivamente una serie de trabajos extraordinarios é imposibles;

confieso que en aquel momento la señorita de Porhoet, á pesar de todas

sus virtudes me pareció ser parienta próxima de aquella hada.

--He soñado anoche--continuó,--que este legajo contiene la llave de mi

tesoro español. Me dejará usted, pues, muy agradecida, no difiriendo su

examen. Terminado este trabajo, me hará el honor de aceptar una comida

modesta que pretendo ofrecerle bajo la sombra del pabellón de mi jardín.

Me resigné, pues. Inútil es decir, que el bienaventurado legajo 116 no

contenía, como los precedentes, sino el vano polvo de los siglos. A las

doce en punto, la anciana señorita vino á tomar mi brazo y me condujo

ceremoniosamente á un pequeño jardín festoneado de boj, que forma con un

pedazo de la pradera contigua, todo el dominio actual de los Porhoet.

La mesa estaba colocada bajo un soto redondo y abovedado, y el sol de un

bello día de verano arrojaba, á través de las hojas, algunos rayos que

jugueteaban sobre el brillante y perfumado mantel. Acababa de hacer

honor al dorado pollo, á la fresca ensalada y á la botella de viejo

Burdeos que constituían el detalle del festín, cuando la señorita de

Porhoet, que se hallaba al parecer encantada de mi apetito, hizo recaer

la conversación sobre la familia Laroque.

--Le confieso--me dijo,--que el antiguo corsario no me gusta nada.

Recuerdo que cuando llegó al país, tenía un gran mono doméstico, que

vestía de criado, y con el que se entendía perfectamente. Este animal

era una verdadera peste para la comarca, y sólo un hombre sin educación

y sin decencia podía ocuparse en disfrazarlo. Se decía que era un mono,

y yo consentía en ello, pero en realidad lo que buenamente pienso, es

que era un negro, tanto más, cuanto que siempre he sospechado que su amo

ha hecho el tráfico de esta mercancía en la costa de África. Por lo

demás, el finado señor Laroque, hijo, era un hombre de bien, y excelente

bajo todos conceptos. En cuanto á las señoras, hablando solamente de la

señora de Laroque y de su hija y de ningún modo de la viuda de Aubry

que es una criatura de vil especie, en cuanto á esas damas no hay elogio

alguno que no merezcan.

Estábamos en esto, cuando el paso acompasado de un caballo se hizo oir

en el sendero que rodea exteriormente el muro del jardín. En el mismo

instante dieron algunos golpes secos en una puertecita vecina al

pabellón.

--¿Quién es?--dijo la señorita de Porhoet.

Levanté los ojos y vi flotar una pluma negra por arriba del muro.

--Abra usted--dijo alegremente desde afuera una voz de timbre grave y

musical;--abra, ¡que es la gracia de la Francia!

--¡Cómo! ¿es usted monona?--exclamó la anciana señorita.--Corra pronto,

primo.

Abierta la puerta, estuve á punto de ser volteado por Mervyn que se

precipitó por entre mis piernas, y vi á la señorita Margarita que se

ocupaba en atar las riendas de su caballo á las barras de un cercado.

--Buenos días, señor--me dijo--sin mostrar la menor sorpresa por

hallarme allí. Luego, levantando en su brazo los largos pliegues de su

saya talar, entró en el jardín.

--Sea bien venida, en tan bello día, la linda niña, y abrázeme--dijo la

señorita de Porhoet.--Ha corrido usted mucho, loquilla, pues tiene la

fisonomía sumamente encendida y de los ojos le brota materialmente

fuego. ¿Qué podría ofrecerle, mi maravilla?

--¡Veamos!--dijo Margarita arrojando una mirada sobre la mesa--¿qué es

lo que hay aquí? ¡El señor se lo ha comido todo! Además, no tengo hambre

sino sed.

--Le prohibo beber en el estado en que se halla; pero espere... aún hay

algunas fresas en este acirate...

--¡Fresas! _o gioja_--cantó la joven.--Tome pronto una de esas grandes

hojas, y venga conmigo.

Mientras escogía yo la más ancha de las hojas de una higuera, la

señorita de Porhoet cerró á medias un ojo y siguió con el otro y con

complacida sonrisa la gallarda marcha de su favorita, á través del

camino lleno de sol.

--Mírela, primo--me dijo muy quedo--¿no sería digna de ser de los

nuestros?

Entretanto la señorita Margarita, inclinada sobre el acirate y

tropezando en su largo vestido, saludaba con un pequeño grito de alegría

cada fresa que llegaba á descubrir. Yo me mantenía cerca de ella,

llevando en mi mano la hoja de higuera sobre la que depositaba de tiempo

en tiempo una fresa, contra dos que engullía para alentar su paciencia.

Cuando la cosecha le pareció suficiente, volvimos en triunfo al

pabellón; las fresas que quedaban fueron polvoreadas con azúcar, y

después comidas por sus lindos y buenos dientes.

--¡Ah, qué bien me sienta esto!--dijo entonces la señorita Margarita,

arrojando su sombrero sobre un banco y echándose de espaldas contra el

cercado de olmedillas.--Y ahora para completar mi dicha, mi querida

señorita, va usted á contarme algunas historias de los pasados tiempos,

en que era usted una bella guerrera.

La señorita de Porhoet sonriendo y encantada, no se hizo rogar para

sacar de su memoria los episodios más notables de sus intrépidas

cabalgatas en la comitiva de los Lescure, y de los Rochejacquelin. Tuve

en esta ocasión una nueva prueba de la elevación del alma de mi vieja

amiga, cuando la oí rendir igual homenaje, á todos los héroes de esa

lucha gigantesca, sin excepción de bandera. Hablaba en particular del

general Hoche, de quien había sido prisionera de guerra, con una

admiración casi tierna. La señorita Margarita prestaba á su relato una

atención tan apasionada, que me asombró. Tan pronto, medio envuelta en

su nicho de olmedillas y un poco cerradas sus largas pestañas, guardaba

la inmovilidad de una estatua, ó ya, avivándose más el interés, se ponía

de codos en la pequeña mesa y sumergiendo su bella mano en las ondas de

su suelta cabellera, hacía vibrar sobre la vieja señorita el relámpago

continuo de sus grandes ojos.

Es preciso decirlo: contaré entre las más dulces horas de mi triste

vida, las que pasé contemplando, sobre aquella noble fisonomía, los

reflejos de un cielo radioso, mezclado á las impresiones de un corazón

valiente.

Agotados los recuerdos de la relatora, la señorita Margarita la abrazó,

y despertando á Mervyn, que dormía á sus pies, anunció que se volvía al

castillo. No tuve escrúpulo alguno en partir al mismo tiempo que ella,

convencido de que no podía causarle molestia. Porque en efecto, aparte

de la extrema insignificancia de mi persona y de mi compañía, á los ojos

de la rica heredera, el _tête-à-tête_ en general no tiene para ella nada

de incómodo, habiéndole dado resueltamente, su madre, la educación

liberal, que ella recibió en una de las colonias británicas: todos saben

que el método inglés otorga á la mujer, antes del matrimonio, toda la

independencia con que nosotros la recompensamos el día en que los abusos

se hacen completamente irreparables.

Salimos, pues, juntos del jardín; le tuve el estribo mientras montaba á

caballo y nos pusimos en marcha hacia el castillo. Al cabo de algunos

pasos:

--¡Dios mío! señor--me dijo,--he venido á incomodarlo no muy á tiempo me

parece. Estaba usted en buena compañía.

--Es verdad, señorita; pero como lo estaba hacía largo tiempo, le

perdono, y aun le doy las gracias.

--Tiene usted muchas atenciones con nuestra pobre vecina. Mi madre le

está muy reconocida á usted.

--¿Y la hija de su señora madre?--dije yo sonriendo.

--¡Oh! en cuanto á mí, yo me exalto menos fácilmente. Si tiene usted la

pretensión de que le admire, es preciso tener la bondad de esperar aún

un poco de tiempo. No tengo el hábito de juzgar con ligereza las

acciones humanas, que tienen generalmente dos faces. Confieso que su

conducta para con la señorita de Porhoet tiene una bella apariencia;

pero...--hizo una pausa, movió la cabeza y continuó con un tono serio,

amargo y verdaderamente ultrajante.--Pero no estoy bien segura de que no

le haga la corte con la esperanza de heredarla.

Sentí que palidecía. Sin embargo, reflexionando el ridículo de responder

con una fanfarronada á aquella niña, me contuve y le respondí con

gravedad:--Permítame, señorita, compadecerla sinceramente.

Me pareció muy sorprendida.--¿Compadecerme, señor?

--Sí, señorita, perdone que le exprese la piedad respetuosa, á que me

parece tiene usted derecho.

--¡La piedad!--dijo deteniendo su caballo y volviendo lentamente hacia

mí sus ojos medio cerrados por el desprecio.--No tengo la dicha de

comprenderle á usted.

--Y sin embargo, es bien sencillo, señorita; si la desilusión del bien,

la duda y la sequedad del alma son los más amargos frutos de la

experiencia de una larga vida, nada merece más compasión en el mundo,

que un corazón herido por la desconfianza, antes de haber vivido.

--Señor--replicó la señorita Laroque con una vivacidad muy extraña á su

habitual lenguaje:--¡no sabe usted lo que dice!--y agregó más

severamente:--olvida usted á quien habla.

--Es cierto, señorita--respondí con dulzura, inclinándome--he hablado

sin saber, y he olvidado un poco con quien hablo; pero usted me ha dado

el ejemplo.

La señorita Margarita con los ojos fijos sobre la cima de los árboles

que bordaban el camino, me dijo entonces con irónica altivez:--¿Será

menester pedirle perdón?

--Ciertamente, señorita--respondí con firmeza--si alguno de los dos

tiene que pedir aquí perdón, sería usted seguramente: usted es rica y yo

soy pobre; usted puede humillarse... ¡y yo no!

Hubo un momento de silencio. Sus labios apretados, sus narices abiertas,

la palidez repentina de su frente atestiguaban el combate interior por

que pasaba. Repentinamente bajando su látigo como para saludar.--¡Pues

bien--dijo--perdón!--En el mismo instante castigó violentamente su

caballo, y partió al galope dejándome en medio del camino.

No la he vuelto á ver después.

La Novela de un Joven Pobre · 第 9 / 19 题