Mientras que me extraviaba en las selvas célticas, siguiendo los pasos
de la señorita Helouin, á la que no falta sino un poco de gordura para
ser una druidesa muy pasable, la viuda del agente de cambio, colocada
cerca de nosotros, hacía resonar los ecos de una queja continua y
monótona como la de un ciego; se habían olvidado de ponerle su
calentador, se le servía un potaje frío, se le presentaban huesos
descarnados; ved ahí cómo se la trataba. Por lo demás, ella estaba
habituada.
--Es triste ser pobre, muy triste. ¡Desearía más bien morir! Sí,
doctor--decía, dirigiéndose á su vecino, que parecía escuchar sus
quejas con una afectación de interés un tanto irónico;--sí, doctor, no
es broma: querría más bien haber muerto. Sería una carga menos para
todos. Además, piense, doctor. ¡Cuando se ha estado en mi posición,
cuando uno ha comido en vajilla de plata con sus armas... verse reducida
á la caridad y á ser el juguete de los criados! No se sabe todo lo que
yo sufro en esta casa ni se sabrá jamás. Cuando uno tiene orgullo, sufre
sin quejarse; es por esto que me callo, aunque no deje de pensarlo.
--Eso es, mi querida señora--dijo el doctor, que se llama, según creo,
Desmarets;--no hablemos más de eso; beba refrescos, que la calmarán.
--¡Nada, nada me calmará, doctor, sino la muerte!
--¡Pues bien, señora, cuando guste!--replicó resueltamente el doctor.
En una región más central, la atención de los convidados estaba
monopolizada por el palabreo insubstancial, cáustico y fanfarrón de un
personaje, á quien oí llamar el señor de Bevallan, que goza, al parecer,
de los derechos de una particular intimidad. Es un hombre bastante alto,
de una juventud madura, y cuya cabeza recuerda bastante fielmente el
tipo del rey Francisco I. Se le escucha como á un oráculo, y aun la
señorita Laroque le concede todo el interés y admiración que parece
capaz de concebir aún por las cosas de este mundo.
En cuanto á mí, como la mayor parte de las agudezas que oía aplaudir, se
referían á anécdotas locales y á chismografía de aldea, no he podido
apreciar hasta aquí sino incompletamente el mérito de este león
armórico.
Tuve, sin embargo, que congratularme de su urbanidad: me ofreció un
cigarro después de comer y me llevó al retrete de fumar. Al mismo tiempo
hacía los honores á tres ó cuatro jóvenes apenas salidos de la
adolescencia, que lo miraban evidentemente como un modelo de bellas
maneras y de exquisita pillería.
--¡Y bien, Bevallan!--dijo uno de los jóvenes--¿no renuncia usted, pues,
á la sacerdotisa del sol?
--¡Jamás!--respondió el señor de Bevallan.--Esperaré diez meses, diez
años, si es preciso; ¡pero ó la poseeré yo ó nadie!
--Es usted afortunado, viejo bribón; la institutriz le ayudará á tener
paciencia.
--Debo cortarle la lengua ó las orejas, Arturo--dijo á media voz el
señor de Bevallan avanzando hacia su interlocutor, y haciéndole una
rápida seña para que notara mi presencia.
Se pasó entonces en revista, en una encantadora mezcolanza, todos los
caballos, todos los perros y todas las damas de la comarca. Entre
paréntesis, sería de desear que las mujeres pudiesen asistir
secretamente una vez en su vida á una de esas conversaciones que tienen
lugar entre hombres en la primera efusión que sigue á una abundante
comida; allí hallarían la medida exacta de la delicadeza de nuestras
costumbres y de la confianza que ella debe inspirarlas. Por lo demás, yo
no me jacto de gazmoñería; pero la conversación de que era testigo,
tenía, según mi opinión, la grave falta de ultrapasar los límites de la
broma más libre; todo lo tocaba al pasar, lo ultrajaba todo alegremente,
y tomaba, en fin, un carácter muy gratuito de universal profanación.
Luego mi educación, muy incompleta sin duda, me ha dejado en el corazón
un fondo de respeto, que me parece debe ser reservado en medio de las
más vivas expansiones del buen humor. Entretanto, tenemos hoy en Francia
á nuestra joven América, que no está contenta sino blasfema un poco
después de haber bebido; tenemos amables pichones de bandido, esperanzas
del porvenir, que no han tenido padre ni madre, que no tienen patria,
que tampoco tienen Dios, pero que parecen el producto bruto de alguna
máquina sin entrañas y sin alma, que los ha depositado fortuitamente
sobre este globo, para que le sirvan de mediocre ornamento.
En resumen, el señor de Bevallan, que no teme instituirse profesor
cínico de estos calaveras sin barba, no me ha gustado, ni pienso haberle
agradado tampoco. Protesté un poco de fatiga y me retiré.
A mi llamamiento, el viejo Alain tomó una linterna y me guió á través
del parque hacia la habitación que me estaba destinada. Después de
algunos minutos de marcha, atravesamos un puente de madera echado sobre
un río y nos hallamos delante de una puerta maciza y ogival abierta en
una especie de torre y flanqueada por dos torrecillas. Era esta la
entrada del antiguo castillo. Robles y abetos seculares forman,
alrededor de estos despojos feudales, un cerco misterioso que les da un
aire de profundo retiro. En estas ruinas es donde debo habitar. Mi
departamento compuesto de tres piezas, elegantemente tapizadas de azul,
se prolonga encima de la puerta de una torrecilla á la otra. Esta
melancólica morada no deja de agradarme; ella conviene con mi fortuna.
Apenas me vi libre del viejo Alain, que es de genio un poco noticiero,
me puse á escribir el relato de este importante día, interrumpiéndome
por intervalos para escuchar el murmullo bastante dulce del pequeño río
que corre bajo mis ventanas, y el grito del tradicional mochuelo, que
celebra en sus vecinos bosques sus tristes amores.
1.º de julio.
Ya es tiempo de que trate de desenredar el hilo de mi existencia
personal é íntima, perdido desde hace dos meses, en medio de las activas
obligaciones de mi cargo.
Al día siguiente de mi llegada, después de haber estudiado en mi retiro,
durante algunas horas, los papeles y registros del padre Hivart, como se
llama aquí á mi predecesor, fuí á almorzar al castillo, donde no hallé
más que una pequeña parte de los huéspedes de la víspera. La señora de
Laroque, que ha vivido en París antes que la salud de su suegro la
hubiese condenado á un eterno veraneo, conserva fielmente en su retiro
el gusto por los intereses elevados, elegantes ó frívolos, de que el
arroyo de la calle de Bac era el espejo, en tiempos del turbante de la
señora Stäel. Parece, además, haber visitado la mayor parte de las
grandes ciudades de Europa, y adquirido conocimientos literarios que
pasan la medida común de la erudición parisiense.
Recibe muchos diarios y revistas, y se aplica á seguir, tanto como le es
posible á la distancia en que se encuentra, el movimiento de esa
civilización refinada, de que los teatros, los museos y los libros
recién publicados son las flores y los frutos más ó menos efímeros.
Durante el almuerzo se habló de una ópera nueva, y la señora de Laroque
dirigió sobre este asunto, al señor de Bevallan, una pregunta á que no
supo responder, aun cuando siempre tenga, si ha de creérsele, un pie y
un ojo en el Bulevar de los Italianos. La señora de Laroque se dirigió
entonces hacia mí, manifestando en su aire de distracción la poca
esperanza que tenía de hallar á su encargado de negocios muy al
corriente de estas cosas; pero precisa y desgraciadamente, son las
únicas que conozco. Había oído en Italia la ópera que acababa de darse
en Francia por la primera vez. La reserva misma de mis respuestas,
despertó la curiosidad de la señora de Laroque, que me oprimía á
preguntas, y que se dignó muy luego comunicarme ella misma, sus
impresiones, sus recuerdos y sus entusiasmos de viaje. No tardamos en
recorrer como camaradas, los teatros y las galerías más célebres del
continente, y nuestra conversación, cuando dejamos la mesa, era tan
animada, que mi interlocutora para no romper su curso, tomó mi brazo,
sin pensarlo. Fuimos á continuar en el salón nuestras simpáticas
efusiones, olvidando la señora de Laroque, cada vez más, el tono de
benévola protección, que hasta entonces me había chocado en su
conversación particular conmigo.
Me confesó, que el demonio del teatro la atormentaba en alto grado, y
que meditaba hacer representar comedias en el castillo. Me pidió
consejos sobre la organización de esta diversión. Yo le hablé entonces,
con detalles, de las comedias caseras, que había tenido ocasión de ver
en París y en San Petersburgo; luego no queriendo abusar de mi favor, me
levanté bruscamente, declarando que pretendía inaugurar sin demora mis
funciones, por la exploración de un gran cortijo situado á dos leguas
escasas del castillo. A esta declaración, la señora de Laroque pareció
súbitamente consternada; me miró, se agitó entre sus almohadillas,
aproximó sus manos al brasero, y me dijo á media voz:
--¡Ah! ¿qué importa eso? vaya, déjelo usted.
Y como yo insistiese:
--¡Pero, Dios mío!--agregó, con un gracioso ademán,--¡mire usted que los
caminos están espantosos!... Espere al menos la buena estación.
--No, señora--le dije riendo,--no esperaré ni un minuto; ó soy
intendente ó no lo soy.
--Señora--dijo el viejo Alain, que se hallaba allí,--se podría
enganchar para el señor Odiot el carricoche del padre Hivart; no tiene
elásticos, pero por lo mismo es más sólido.
La señora de Laroque confundió con una mirada fulminante al desgraciado
Alain, que osaba proponer á un intendente de mi especie, que había
asistido á un espectáculo en casa de la gran duquesa Elena, el
carricoche del padre Hivart.
--¿La americana no pasaría por el camino?--preguntó.
--¿La americana, señora? No, á fe mía. No hay riesgo de que pase--dijo
Alain,--y si pasa no será entera... y aun así, creo que no pasará.
Protesté que iría perfectamente á pie.
--No, no, es imposible, yo no lo quiero. Veamos... tenemos una media
docena de caballos de silla que no hacen nada... pero probablemente no
montará usted á caballo.
--Le pido perdón, señora; pero es verdaderamente inútil, voy...
--Alain, haga ensillar un caballo para el señor... Dí tú cuál,
Margarita.
--Dele á Proserpina--murmuró el señor de Bevallan, riendo en mis barbas.
--¡No, á Proserpina no!--exclamó vivamente la señorita Margarita.
--¿Por qué no Proserpina, señorita?--le dije yo entonces.
--Porque lo arrojaría á tierra--me respondió rotundamente la joven.
--¡Oh! ¿cómo es eso? Perdóneme; ¿quiere usted permitirme que le
pregunte, señorita, si monta usted ese animal?
--Sí, señor, pero con dificultad.
--¡Pues bien! puede ser que ella sea menor cuando lo haya yo montado una
ó dos veces. Esto me decide. Haga usted ensillar á Proserpina, Alain.
La señorita Margarita frunció sus negras cejas y se sentó haciendo un
signo con la mano, como para rechazar toda responsabilidad, en la
catástrofe inminente que preveía.
--Si necesita usted espuelas, tengo un par á su servicio--agregó
entonces el señor de Bevallan que decididamente pretendía que yo no
volviese.
Sin notar, al parecer, la mirada de reproche que la señorita Margarita
dirigió al obsequioso gentil hombre, acepté sus espuelas. Cinco minutos
después, un ruido de pisadas desordenadas anunciaba la aproximación de
Proserpina que traían trabajosamente al pie de la escalera del jardín
reservado, y que era, entre paréntesis, una yegua muy bella mestiza,
negra como el azabache. Bajé al punto la escalera. Algunos jóvenes,
encabezados por Bevallan salieron al terrado, por humanidad según creo,
y se abrieron al mismo tiempo las tres ventanas del salón para las
mujeres y los ancianos. Habríame pasado de buena gana sin todo este
aparato, pero en fin, me resigné, y por otra parte no tenía mucha
inquietud sobre las consecuencias de la aventura, pues si bien soy un
novel intendente, soy un antiguo jinete. Apenas caminaba, cuando mi
padre me había ya plantado sobre un caballo, con gran desesperación de
mi madre, y después, no desdeñó ningún cuidado, para hacerme su igual en
este arte en que él sobresalía. Había llevado mi educación en este punto
hasta el refinamiento, haciéndome vestir muchas veces viejas y pesadas
armaduras de familia para que realizara con más facilidad los ejercicios
de equitación que me enseñaba. Entretanto, Proserpina me dejó desenredar
las riendas y aun tocar su pescuezo sin dar la menor señal de
irritación, pero no bien sintió mi pie sobre el estribo, se tendió á un
lado bruscamente, tirando tres ó cuatro soberbias coces por encima de
las macetas de mármol que adornan la escalera, se paró en dos patas
haciéndose la graciosa y batiendo el aire con sus manos; luego reposó
estremeciéndose.
--Difícil para montar--me dijo un criado de caballeriza, guiñando el
ojo.
--Lo veo, muchacho, pero voy á sorprenderla, mira.--En el mismo instante
me senté en la silla sin tocar el estribo, y en tanto que Proserpina
reflexionaba en lo que sucedía, me afirmé sólidamente. Un instante
después desaparecíamos á galope corto por la avenida de los castaños,
seguidos por el ruido de algunos aplausos, que el señor de Bevallan tuvo
la buena inspiración de comenzar.
Este incidente, por insignificante que fuese, no dejó, como pude notarlo
esa misma noche, de realzar mi crédito en la opinión. Algunos otros
talentos del mismo valor, de que mi educación me ha provisto, han
acabado de asegurarme aquí toda la importancia que deseaba, y que debe
garantizar mi dignidad personal. Por lo demás, se ve muy bien que no
pretendo de ningún modo abusar de los agasajos y atenciones de que puedo
ser objeto para usurpar en el castillo un papel poco conforme á las
modestas funciones que desempeño. Enciérrome en mi torre tan á menudo
como puedo, sin faltar formalmente á las conveniencias: en una palabra,
me mantengo estrictamente en mi lugar, á fin de que nadie tenga que
volverme á él.
Algunos días después de mi llegada, asistí á una de esas comidas de
ceremonia, que en esta estación son aquí casi cotidianas; oí que mi
nombre fué pronunciado en tono interrogativo por el gordo subprefecto de
la pequeña ciudad vecina, que estaba sentado á la derecha de la dama
castellana. La señora de Laroque que padece de frecuentes distracciones,
olvidó que yo no estaba lejos de ella, y de buena ó de mala gana, no
perdí una sola palabra de su respuesta.
--¡Dios mío! no me hable usted de ello; hay en eso un misterio
inconcebible... Nosotros pensamos que es algún príncipe disfrazado...
Hay tantos que corren el mundo por humorada... Este posee todos los
talentos imaginables: monta á caballo, toca el piano y dibuja, todo de
una manera admirable... Entre nosotros, mi querido subprefecto, creo que
es un pésimo intendente, pero indudablemente, es un hombre muy
agradable.
El subprefecto que es también hombre agradable, ó que, al menos cree
serlo, lo que viene á ser lo mismo para su satisfacción personal, dijo
entonces graciosamente, acariciando con una mano gordinflona sus
espléndidas patillas, que había en el castillo muchos ojos bastante
bellos para explicar tantos misterios; que sospechaba mucho que el
intendente fuese un pretendiente, y que además el amor era padre
legítimo de la locura é intendente natural de las desgracias...
Cambiando de tono repentinamente:
--Sobre todo, señora--agregó,--si usted tiene la menor inquietud con
respecto á ese individuo, le haré interrogar mañana mismo, por el cabo
de la gendarmería.
La señora de Laroque clamó contra este exceso de celo galante, y la
conversación, en lo que á mí concernía, no fué más lejos, pero me dejó
muy picado, no contra el subprefecto, que por el contrario me gustaba
muchísimo, sino contra la señora de Laroque, que haciendo á mis
cualidades privadas una excesiva justicia, no me había parecido
suficientemente penetrada de mi mérito oficial.
La casualidad quiso que tuviese al día siguiente que renovar la
escritura de un arriendo considerable. Esta operación se negociaba con
un paisano viejo y muy astuto, á quien, sin embargo, conseguí ofuscar
con algunos términos de jurisprudencia, diestramente combinados con las
reservas de una prudente diplomacia. Arregladas nuestras convenciones,
el buen hombre colocó tranquilamente sobre mi escritorio, tres paquetes
de piezas de oro. Si bien la significación de esta entrega, que no se me
debía, me era del todo incomprensible, me guardé de mostrar una sorpresa
inconsiderada; pero desenvolviendo los paquetes, me aseguré por medio
de algunas preguntas indirectas, que esta suma constituía las arras del
arrendamiento, ó en otros términos la gabela que tienen por costumbre
los arrendatarios ceder al propietario en cada renovación de contrato.
Yo no había pensado en reclamar tal cosa, no habiendo hallado mención
alguna de ella en los contratos anteriores, redactados por mi hábil
predecesor, y que me servían de modelo. No saqué por el momento ninguna
conclusión de esta circunstancia, pero cuando fuí á entregar á la señora
de Laroque este don de fausto advenimiento, su sorpresa me asombró.
--¿Qué significa esto?--me dijo.
Le expliqué la naturaleza de esta gratificación. Me la hizo repetir.
--¿Y es esta la costumbre?--agregó.
--Sí, señora, toda vez que se consiente en un nuevo contrato.
--Pero ha habido en treinta años, según creo, más de diez contratos
renovados... ¿Cómo es que no hemos oído hablar jamás de semejante cosa?
--No sabré decírselo, señora.
La señora de Laroque cayó en un abismo de reflexiones, en cuyo fondo, es
probable hallara la sombra venerable del padre Hivart; después alzando
ligeramente los hombros, fijó su mirada en mí, luego sobre las piezas
de oro, una vez más sobre mí, y apareció perpleja. En fin,
arrellanándose en su butaca y suspirando profundamente, me dijo con una
simplicidad de que le estoy agradecido:
--Está bien, señor: le doy mil gracias.
Este rasgo de grosera probidad, por el cual la señora de Laroque tuvo el
buen gusto de no cumplimentarme, no dejó por eso de hacerle concebir una
gran idea de la capacidad y de las virtudes de su intendente. Pude
juzgarlo algunos días después. Su hija le leía la relación de un viaje
al polo en que se hablaba de un pájaro extraordinario, _qui ne vole
pas_.
--Mira--dijo--es como mi intendente.
Espero firmemente haberme adquirido, desde entonces, por el cuidado
severo con que me ocupo de la tarea que he aceptado, títulos á una
consideración de género menos negativo. El señor Laubepin, cuando fuí
recientemente á París, para abrazar á mi hermana, me agradeció con una
viva sensibilidad el honor que hacía á los compromisos que por mí había
contraído.
--Valor, Máximo--me dijo:--dotaremos á Elena. La pobre niña no carecerá
de nada, por decirlo así. Y en cuanto á usted, querido amigo, no tenga
pesares, créame: posee usted en sí mismo lo que más se parece á la
felicidad en este mundo, y gracias al Cielo, creo que siempre lo
poseerá: la paz de la conciencia y la varonil serenidad de una alma
consagrada al deber.
Este anciano tiene razón, sin duda alguna. Estoy tranquilo y sin
embargo, no me siento dichoso. Hay en mi alma, que no está aún sazonada
para los austeros goces del sacrificio, arranques impetuosos de juventud
y desesperación. Mi vida consagrada y sacrificada sin reserva á otra
vida más débil y querida, no me pertenece: no tiene porvenir, está en un
claustro, encerrada para siempre. Mi corazón no debe latir, mi cabeza no
debe pensar sino por cuenta ajena. En fin, que Elena sea dichosa. La
vejez se aproxima: ¡que venga pronto! Yo la imploro: su hielo ayudará mi
valor.
No podría quejarme, además, de una situación que en suma ha engañado mis
más penosas aprensiones, y que aun ha ultrapasado mis mejores
esperanzas. Mi trabajo, mis viajes frecuentes á los vecinos
departamentos, mi afición á la soledad, me tienen á menudo alejado del
castillo, cuyas reuniones bulliciosas huyo sobre todo. Puede muy bien
que la amistosa acogida que hallo en él, sea debida en gran parte á lo
poco que me prodigo. La señora de Laroque, sobre todo, me profesa una
verdadera afección; me toma por confidente de sus extravagantes y muy
sinceras manías de pobreza, de sacrificio y abnegación poética que
forman, con sus multiplicadas precauciones de criolla frívola, un
singular contraste. Tan pronto envidia á las bohemias cargadas de hijos,
que arrastran por las calles una miserable carreta, y cuecen su comida
al abrigo de los cercados, como á las hermanas de la caridad, como á las
cantineras, cuyas heroicidades ambiciona.
En fin, no cesa de reprochar al finado señor Laroque, hijo, su admirable
salud que jamás permitió á su mujer desplegar las cualidades de
enfermera, de que rebosa su corazón. Entretanto, ha tenido, en estos
últimos días, la idea de agregar á su sillón una especie de nicho en
forma de garita, para resguardarse de los vientos colados. La hallé,
mañanas pasadas, instalada triunfalmente en esta especie de kiosco en el
que espera dulcemente el martirio.
Casi otro tanto puedo decir de los demás habitantes del castillo. La
señorita Margarita, siempre sumergida como una esfinge nubia en algún
sueño desconocido, condesciende sin embargo, en repetir bondadosamente
las piezas de mi predilección. Tiene una voz de contralto admirable, de
la que se sirve con arte consumado; pero al mismo tiempo con una dejadez
y una frialdad que podrían creerse calculadas. En efecto, suele suceder
que, por distracción, deja escapar de sus labios acentos apasionados;
pero al punto parece humillada, y como avergonzada de este olvido de su
carácter ó de su papel, y se apresura á entrar de nuevo en los límites
de una helada corrección.
Algunas partidas de _cientos_ que he tenido la fácil galantería de
perder con el señor Laroque, me han conciliado los favores del pobre
anciano, cuyas débiles miradas se clavan algunas veces sobre mí, con una
atención verdaderamente singular. Podría decirse que algún sueño del
pasado, alguna semejanza imaginaria, se despierta á medias en las nubes
de aquella memoria fatigada, en cuyo seno flotan las imágenes confusas
de todo un siglo. ¡Quería devolverme el dinero que me había ganado!
Parece que la señora de Aubry, tertuliana habitual del viejo capitán, no
tiene escrúpulo en aceptar regularmente estas restituciones, lo que no
le impide ganar frecuentemente al antiguo corsario, con quien tiene en
esas circunstancias abordajes tumultuosos.
Esta señora, tratada con mucho favor por el señor Laubepin, cuando la
calificaba simplemente de espíritu agrio, no me inspira ninguna
simpatía. Sin embargo, por respeto á la casa, me he obligado á ganar su
afecto, y he llegado á conseguirlo prestando oído complaciente, unas
veces á sus miserables lamentaciones sobre su condición presente, otras
á las descripciones enfáticas de su fortuna pasada, de su plata labrada,
de sus muebles, de sus encajes y de sus guantes.
Es preciso confesar que me hallo en muy buena escuela para aprender á
desdeñar los bienes que he perdido. En efecto, todos aquí, por su
actitud y su lenguaje me predican elocuentemente el desprecio de las
riquezas; desde luego, la señora Aubry, que se puede comparar á esos
glotones sin vergüenza cuya irritante gula os quita el apetito, y que os
hacen repugnantes los manjares que alaban; este anciano que _se_
extingue sobre sus millones tan tristemente como Job sobre el estiércol;
esa mujer excelente, pero novelesca y estragada, que sueña en medio de
su importuna prosperidad con el fruto prohibido de la miseria, y en fin,
la orgullosa Margarita, que lleva como una corona de espinas la diadema
de belleza y de opulencia con que el Cielo ha oprimido su frente.
¡Extraña niña! Casi todas las mañanas, cuando el tiempo está bueno, la
veo pasar por debajo de las ventanas de mi torre; me saluda con un grave
movimiento de cabeza, que hace ondular la pluma negra de su fieltro y
luego se aleja lentamente por el sombrío sendero que atraviesa las
ruinas del antiguo castillo. Ordinariamente, el viejo Alain la sigue á
alguna distancia; otras veces no lleva más compañero que el enorme y
fiel Mervyn, que alarga el paso al lado de su bella ama, como un oso
pensativo. Con este tren se va á correr por todo el país vecino
aventuras de caridad. Podría considerarse su protectora; no hay cabaña
alguna en seis leguas á la redonda, que no la conozca y la venere como
la hada de la beneficencia. Los paisanos dicen simplemente, al hablar de
ella: ¡La señorita! como si hablaran de una de esas hijas de rey, que
encantan sus leyendas, cuya belleza, poder y misterio les parece ver en
ella.
Busco entretanto cómo explicarme la nube de sombría preocupación que
cubre su frente sin cesar, la severidad altiva y desconfiada de su
mirada, y la amarga sequedad de su lenguaje. Me pregunto, si son estos
los rasgos naturales de un carácter extravagante y variable; ó los
síntomas que algún secreto tormento, de remordimientos, de temor ó de
amor, lo que roe su noble corazón. Por desinteresado que uno sea en la
cuestión, es imposible no sentir cierta curiosidad ante una persona tan
extraordinaria. Ayer en la noche, mientras que el viejo Alain, de quien
soy favorito, me servía mi solitaria comida, le dije:
--¡Qué lindo día ha hecho hoy, Alain! ¿Ha paseado usted?
--Sí, señor: esta mañana salí con la señorita.
--¡Ah!
--¿Pero el señor no nos ha visto pasar?
--Es probable. Los veo pasar muchas veces... Tiene usted una buena
figura á caballo, Alain.
--El señor es demasiado galante. La señorita tiene mejor figura que yo.
--Efectivamente, es una joven muy bella.
--¡Oh! perfecta, señor, y lo mismo por fuera que por dentro, como la
señora de Laroque su madre. Diré al señor una cosa. El señor sabe que
esta propiedad perteneció en otro tiempo al último Conde de Castennec, á
quien tenía el honor de servir. Cuando la familia Laroque compró el
castillo, confesaré que me apesadumbré y vacilé mucho para quedarme en
la casa. Me había criado en el respeto á la nobleza, y me costaba mucho
servir á gentes sin nacimiento. El señor habrá podido observar que
siento un particular placer en prestarle mis servicios, y es que le
hallo un aire muy marcado de nobleza. ¿Está usted seguro, señor, de no
ser noble?
--Lo temo, mi pobre Alain.
--Por lo demás, esto es lo que quería decir al señor--respondió Alain
inclinándose con gracia;--he aprendido al servicio de estas señoras, que
la nobleza de los sentimientos vale tanto como la otra, y en particular
la del señor Conde Castennec, que tenía la debilidad de pegar á sus
criados. Es lástima que la señorita no pueda casarse con un noble de
buen nombre. Entonces nada faltaría á sus perfecciones.
--Pero me parece, Alain, que eso sólo depende de su voluntad.
--Si el señor se refiere al señor de Bevallan, en efecto, sólo depende
de su voluntad, pues que la ha pedido hace más de seis meses. La señora
de Laroque no parecía muy opuesta al matrimonio, y en cuanto al señor de
Bevallan después de los Laroque, es el más rico del país; pero la
señorita, sin pronunciarse positivamente, ha querido tomar tiempo para
reflexionar.
--Pero si ama al señor de Bevallan y si puede casarse cuando quiera,
¿por qué se la ve siempre triste y distraída?
--Es una verdad, señor, que de dos ó tres años á esta parte, la señorita
ha cambiado completamente. En otro tiempo era alegre como un pájaro y
ahora, podría decirse, que hay algo que la apesadumbra; pero no creo,
salvo mis respetos, que sea su amor por ese señor lo que la abate.
--Usted tampoco parece muy tierno por el señor de Bevallan, mi buen
Alain. Es de una excelente nobleza, sin embargo...
--Lo que no le impide ser un mal individuo, que pasa su tiempo en
corromper á las jóvenes de la comarca. Y si el señor tiene ojos, puede
ver que no tendría empacho en hacer de sultán en el castillo, mientras
consigue algo mejor.
Hubo una pausa silenciosa, después de la cual Alain dijo:
--Qué desgracia es que el señor no tenga de renta siquiera un centenar
de miles de francos.
--¿Y por qué, Alain?
--¿Por qué?...--dijo Alain moviendo la cabeza con aire pensativo.