1.º Señor Laroque (Luis Augusto), octogenario, jefe actual de la
milicia, fuente principal de la riqueza, antiguo marino, célebre bajo el
primer imperio, en calidad de corsario autorizado; parece que se
enriqueció en el mar por empresas legales de diversa naturaleza: vivió
muchos años en las colonias. Oriundo de la Bretaña volvió á ella hará
como treinta años, en compañía del difunto Pedro Antonio Laroque, su
hijo único, esposo de la
2.º Señora Laroque (Clara Josefina), nuera del ya nombrado; criolla de
origen, edad cuarenta años; carácter indolente, espíritu caprichoso,
algo maniática, buen fondo.
3.º La señorita Laroque (Luisa Margarita), nieta, hija y presunta
heredera de los anteriores, edad veinte años, criolla y bretona, algo
quimérica, ¡bella alma!
4.º Señora Aubry, viuda del señor Aubry, cambista, fallecido en Bélgica,
prima en segundo grado, recogida en la casa, índole agria.
5.º La señorita Helouin (Gabriela Carolina), veintiséis años,
exinstitutriz, hoy doncella, talento cultivado, carácter dudoso.
--Quemad.
A pesar de la reserva que caracterizaba este documento, no me ha sido
inútil; conocí que se iban disipando con el horror de lo desconocido,
parte de mis aprensiones. Por otro lado, si había como lo pretendía el
señor Laubepin, dos almas cándidas en el castillo de Laroque, era
seguramente más de lo que había derecho á esperar, sobre una proporción
de cinco habitantes. Después de dos horas de marcha, el cochero se
detuvo delante de una puerta de reja, flanqueada por dos pabellones que
sirven de alojamiento al conserje. Dejé allí la parte pesada del
equipaje y me encaminé hacia el castillo, llevando en una mano mi saco
de noche, y decapitando con la caña que llevaba en la otra, las
margaritas que brotaban en el cesped. Después de haber marchado algunos
centenares de pasos entre dos filas de enormes castaños, me hallé en un
vasto jardín de disposición circular, que más lejos parecía
transformarse en parque; á derecha é izquierda profundas perspectivas
abiertas entre espesuras compactas y ya verdeando, brazos de agua
deslizándose bajo los árboles, y blancas barcas guardadas bajo techos
rústicos. Frente á mí, se eleva el castillo, construcción considerable
del gusto elegante y semiitaliano de los primeros años de Luis XIII.
Está precedido por un terraplén que forma, al pie de una gradería, y
bajo las altas ventanas de la fachada, una especie de jardín particular,
al que se sube por muchos escalones anchos y bajos. El aspecto alegre y
fastuoso de esta morada me causó una verdadera contrariedad que no
disminuyó, cuando, al aproximarme al terraplén, oí un ruido de voces
jóvenes y alegres que se destacaba sobre los rumores más lejanos de un
piano. Entraba decididamente en una casa de recreo, muy diferente del
viejo y severo torreón que me había figurado. Sin embargo, ya no era
tiempo de reflexiones: subí ligeramente las gradas y me hallé de pronto
con una escena que, en cualquiera otra circunstancia, hubiera juzgado
bastante agradable. Sobre uno de los cuadros de césped del jardín, una
media docena de jóvenes, enlazadas de dos en dos, reían con estrépito,
bailando alegremente al sol, mientras que un piano hábilmente tocado,
les enviaba, á través de una ventana abierta, los compases de un
impetuoso vals. Apenas tuve tiempo de entrever las fisonomías animadas
de las bailarinas; los cabellos sueltos, los anchos sombreros flotando
sobre sus espaldas: mi brusca aparición fué saludada por un grito
general, seguido súbitamente de un silencio profundo; la danza cesó, y
toda la banda, formada en batalla, esperó gravemente la pasada del
extranjero, que se detuvo algo confundido. Aunque mi pensamiento no se
preocupa desde hace algún tiempo de las pretensiones mundanas, confieso
que en aquel momento habría tirado de buena gana, mi saco de noche. Fué
menester determinarme, y cuando avanzaba, con el sombrero en la mano
hacia la doble escalera que da acceso al vestíbulo del castillo, el
piano se interrumpió de pronto.
Vi presentarse luego en la ventana abierta un enorme perro de Terranova,
que puso sobre la barra de apoyo su hocico leonino entre sus dos
velludas patas: un instante después apareció una joven de elevada
estatura y seria fisonomía, cuyo rostro, un poco bronceado, estaba
rodeado de una masa espesa de cabellos negros y lustrosos. Sus ojos, que
me parecieron de dimensiones extraordinarias, interrogaron con una
curiosidad indolente la escena que tenía lugar en el terrado.
--Y bien ¿qué es lo que hay?--dijo con una voz tranquila.--Le dirigí
entonces una profunda inclinación, y maldiciendo una vez más mi saco de
noche, que divertía visiblemente á aquellas niñas, me apresuré á subir
las gradas de la escalera.
Un criado de cabellos grises vestido de negro, que hallé en el
vestíbulo, tomó mi nombre: fuí introducido algunos minutos después en un
vasto salón colgado de amarillo, donde reconocí desde luego á la joven
que acababa de ver en la ventana, y que seguramente era de una extrema
belleza. Cerca de la chimenea, que era un verdadero horno, una señora de
mediana edad y cuyas facciones acusaban fuertemente el tipo criollo, se
hallaba sepultada en un gran sofá lleno de plumazones, cojines y
almohadillas de todos tamaños. Un trípode de forma antigua, encima del
cual había un brasero encendido, estaba colocado á su alcance, y
aproximaba á él por intervalos sus manos pálidas y flacas. Al lado de la
señora Laroque estaba sentada una señora que tejía: en su semblante
triste y poco gracioso, no pude desconocer á la prima en segundo grado,
viuda del agente de cambio, fallecido en Bélgica.
La primera mirada que arrojó sobre mí la señora Laroque parecióme llena
de una sorpresa que rayaba en estupor. Me hizo repetir mi nombre.
--Perdóneme... señor...
--Odiot, señora...
--¿Máximo Odiot, el intendente que el señor Laubepin...?
--Sí, señora.
--¿Está usted bien seguro?
--¡Cómo no, señora! perfectamente--respondí sin poder contener una
sonrisa.
Arrojó una rápida mirada sobre la viuda del agente de cambio, y luego
sobre la niña de severa frente, como para decirles:--¿Comprenden ustedes
esto?--Agitóse ligeramente entre sus almohadones y continuó:
--En fin, tenga la bondad de sentarse, señor Odiot. Le agradezco
infinito, señor, el que quiera consagrarnos su talento. Le aseguro que
necesitamos mucho de su ayuda, porque, no puede negarse, tenemos la
desgracia de ser muy ricas... Reparando que á estas palabras, la prima
en segundo grado, encogía los hombros:
--Sí, mi querida señora Aubry;--prosiguió la señora de Laroque--sostengo
lo que he dicho. Dios ha querido probarme al hacerme rica. Yo había
nacido positivamente para la pobreza, para las privaciones, para la
abnegación y el sacrificio, pero he sido contrariada. Por ejemplo, á mí
no me habría disgustado un marido enfermo. ¡Pues bien! el señor Laroque
era un hombre de excelente salud. Vea usted ahí, cómo mi destino ha sido
y será siempre contrariado desde el principio hasta el fin...
--No diga usted eso--dijo secamente la señora Aubry.--Muy bien le iría
con la pobreza á usted, que no se escasea ninguna dulzura, ningún
refinamiento.
--Permítame, querida señora--respondió la señora de Laroque;--yo no
aprecio en modo alguno los sacrificios estériles. El que yo me condenara
á las privaciones más duras ¿á qué ó á quién aprovecharía? Porque yo me
helara desde la mañana hasta la noche, ¿sería usted más dichosa?
La señora Aubry dió á entender con un gesto expresivo que no sería más
dichosa por eso, pero que consideraba el lenguaje de la señora de
Laroque como prodigiosamente afectado y ridículo.
--En fin--continuó ésta,--dicha ó desgracia; poco importa. Somos, pues,
muy ricas, señor Odiot, y por poco caso que haga yo de esta fortuna, mi
deber es conservarla para mi hija, aunque la pobre niña no se cuide de
ella más que yo. ¿No es así, Margarita?
A esta pregunta, una débil sonrisa entreabrió los labios desdeñosos de
la señorita Margarita, y el arco prolongado de sus cejas se extendió
ligeramente, después de lo cual, aquella fisonomía grave y soberbia
volvió de nuevo á su reposo.
--Señor--continuó la señora de Laroque,--se le va á mostrar la
habitación que le hemos destinado, ajustándonos al formal deseo del
señor Laubepin; pero antes permítame que le conduzca á la habitación de
mi suegro, que tendrá placer en conocerle. ¿Quiere usted llamar, prima?
Espero, señor Odiot, que nos hará usted el placer de comer hoy con
nosotros. Adiós, señor, hasta muy luego.
Fuí confiado á los cuidados de un criado, que me suplicó esperara en la
pieza contigua á aquélla de que salía, mientras tomaba órdenes del señor
Laroque. Se había dejado la puerta del salón entreabierta y me fué
inevitable oir estas palabras pronunciadas por el señor Laroque con el
tono de bondad, aunque un poco irónico que le es habitual:
--¡Vaya, vaya! no se puede comprender á Laubepin, que me anuncia un
muchacho de cierta edad, muy sencillo, muy juicioso, ¡y que me envía un
señor como éste!
La señorita Margarita murmuró algunas palabras, que no pude oir, con
vivo pesar mío, lo confieso, y á las que su madre respondió:
--No te digo lo contrario, hija; pero no por eso es menos ridículo de
parte del señor Laubepin. ¿Cómo quieres que un señor como éste vaya á
correr con zuecos? Mira, Margarita, si le acompañaras á la habitación de
tu abuelo...
La señorita Margarita entró casi en el momento á la pieza en me hallaba.
Cuando me vió en ella, pareció poco satisfecha.
--Perdón, señorita; pero el criado me dijo lo esperara aquí.
--Tenga la bondad de seguirme, señor.
La seguí. Me hizo subir una escalera, atravesar muchos corredores, y me
introdujo por fin en una especie de galería donde me dejó.
Púseme entonces á examinar algunos cuadros suspendidos en el muro. Estas
pinturas eran en su mayor parte muy mediocres, consagradas á la gloria
del antiguo corsario del imperio. Había muchos combates de mar, un poco
ahumados, en los que era evidente sin embargo, que el pequeño brik
_L'Aimable_, capitán Laroque, veintiséis cañones, causaba á John Bull
los más sensibles disgustos. Luego venían algunos retratos de pie, del
capitán Laroque, que naturalmente atrajeron mi especial atención.
Representaban todos, salvo ligeras variaciones, un hombre de talla
gigantesca, llevando una especie de uniforme republicano, con grandes
solapas, cabellos á lo Kleber, y arrojando hacia adelante una mirada
enérgica, ardiente y sombría; en resumen, una especie de hombre, que no
tenía nada de agradable. Cuando estudiaba esta gran figura, que realzaba
maravillosamente la idea que se tiene en general de un corsario, y aun
de un pirata, la señorita Margarita me suplicó que entrara. Halléme
entonces frente á un viejo flaco y decrépito, cuyos ojos conservaban
apenas una chispa vital, y que para acogerme, tocó con mano temblorosa
el bonete de seda negra que cubría su cráneo luciente como el marfil.
--Abuelo--dijo la señorita Margarita levantando la voz;--es el señor
Odiot.
El pobre viejo corsario se levantó un poco de su sillón, mirándome con
una expresión apagada é indecisa. Me senté á un signo de la señorita
Margarita, que repitió:--El señor Odiot, el nuevo intendente, abuelo.
--¡Ah! buen día, señor--murmuró el anciano.
Siguió una pausa del más obligado silencio. El capitán Laroque, con el
cuerpo encorvado y la cabeza pendiente, continuaba fijando sobre mí su
incierta mirada. En fin, pareciendo hallar de pronto un asunto de
conversación de un interés capital, me dijo con voz sorda y profunda:
--El señor de Beauchêne ha muerto.
No hallé respuesta alguna á esta comunicación inesperada: ignoraba
absolutamente quién pudiese ser el señor de Beauchêne, y no tomándose la
señorita Margarita la molestia de decírmelo, me limité á atestiguar, por
una débil exclamación de pésame, la parte que tomaba en este desgraciado
suceso. Pero aparentemente esto no era bastante para lo que deseaba el
viejo capitán, porque agregó un momento después con el mismo tono
lúgubre:--¡el señor de Beauchêne ha muerto!
Mi asombro se acrecentó ante esta instancia. Veía el pie de la señorita
Margarita golpear el pavimento con impaciencia: me desesperé y tomando
al azar la primera frase que me vino al pensamiento:
--¿Y de qué ha muerto?--dije.
No había terminado aún esta pregunta, cuando una mirada colérica de la
señorita Margarita me advertía que me hacía sospechoso de no sé qué
irreverencia burlona. Aun cuando no me sintiese realmente culpable sino
de una necia torpeza, me apresuré á dar á la conversación un giro más
agradable. Hablé de los cuadros de la galería, de las grandes emociones
que debían recordar al capitán y del interés respetuoso que sentía al
contemplar al héroe de aquellas gloriosas páginas. Entré también en
detalles y cité, con cierto calor, dos ó tres combates en que el brik
_L'Aimable_ me había parecido realizar verdaderos prodigios.
En tanto que daba yo prueba de esta cortesía de buen gusto, la señorita
Margarita, con mi mayor sorpresa, continuaba mirándome con un
descontento y despecho manifiestos. Su abuelo entretanto me prestaba
oído atento; veía levantarse poco á poco su cabeza. Una extraña sonrisa
iluminaba su fisonomía descarnada y parecía borrarle las arrugas. De
pronto, tomando con sus dos manos los brazos de su sillón, se enderezó
tan alto como era; una llama guerrera brotó de sus profundas órbitas y
exclamó con una voz sonora que me hizo extremecer:
--¡Barra al viento, todo al viento! ¡Fuego á babor! ¡Atraca, atraca;
arrojad los ganchos! ¡Con vigor! ¡Ya lo tenemos! ¡Fuego allá arriba! ¡Un
buen escobajo! ¡Limpiad el puente! ¡A mí ahora! ¡juntos! ¡Sus! ¡al
inglés, al sajón maldito! ¡hurra!
Arrojando este último grito, que agonizó en su garganta, el anciano,
inútilmente sostenido por las manos piadosas de su nieta, cayó como
aniquilado en su sillón. A un signo imperioso de la señorita Laroque,
salí. Hallé el camino como pude á través del dédalo de corredores y de
escaleras, lamentándome vivamente de lo inoportuno que había estado en
mi entrevista con el viejo capitán de _L'Aimable_.
El criado de cabellos grises que me recibió á la llegada, y que se llama
Alain, me esperaba en el vestíbulo para decirme de parte de la señora
Laroque que no tenía tiempo de pasar á mi alojamiento antes de comer, y
que me hallaba bien como estaba.
En el momento mismo en que entraba al salón, una sociedad de unas veinte
personas salía para el comedor con las ceremonias usuales. Era la vez
primera desde mi cambio de condición que me hallaba mezclado en una
reunión mundana. Habituado en otro tiempo á las pequeñas distinciones
que la etiqueta de los salones acuerda en general al nacimiento y á la
fortuna, no recibí sin amargura los primeros testimonios de la
negligencia y el desdén á que inevitablemente me condenaba mi nueva
situación. Reprimiendo lo mejor que pude estas sublevaciones del falso
orgullo, ofrecí mi brazo á una joven pequeña, pero bien formada y
graciosa, que quedaba sola atrás de los convidados, y que era como lo
supuse la señorita Helouin, la institutriz. Mi asiento en la mesa estaba
señalado cerca del suyo. En tanto que cada uno se acomodaba, apareció la
señorita Margarita, como Antígona, guiando la marcha lenta y pesada de
su abuelo. Vino á sentarse á mi derecha con ese aire de tranquila
majestad que le es propio, y el poderoso Terranova, que parece ser el
guardián titular de esta princesa, se acostó de centinela tras de su
silla. Creí deber expresar sin retardo á mi vecina, el pesar que sentía
en haber evocado torpemente recuerdos que parecían agitar de una manera
penosa el ánimo de su abuelo.
--Soy yo quien debe excusarse, señor--respondió,--por no haberle
prevenido que jamás debe hablarse de los ingleses delante de mi padre...
¿Conocéis la Bretaña, señor?
Le contesté que no la había conocido hasta aquel día, pero que me
consideraba muy dichoso en conocerla, y para probar que era digno de
ella, hablé en estilo lírico de las bellezas pintorescas que me habían
llamado la atención durante el camino. En el instante en que creía que
esta diestra lisonja me conciliaba en el más alto grado la benevolencia
de la joven bretona, vi con asombro dibujarse en su frente los síntomas
de la impaciencia y del fastidio. Decididamente era yo desgraciado con
esta niña.
--¡Vamos! veo, señor--dijo con una singular expresión de ironía,--que
ama usted lo bello, lo que habla á la imaginación y al alma, la
naturaleza, la verdura, los matorrales, las piedras y las bellas artes.
Se entenderá usted maravillosamente con la señorita Helouin, que adora
igualmente todas esas cosas, las que para mí no tienen mérito alguno.
--Pero en nombre del cielo, ¿qué es lo que ama usted entonces?
A esta interrogación, que le dirigí en el tono de una amable jovialidad,
la señorita Margarita se volvió á mí bruscamente, me lanzó una mirada
altiva, y respondió secamente:
--Amo á mi perro. ¡Aquí, Mervyn!
Y sumergió afectuosamente su mano en la espesa piel del Terranova, que
parado sobre las patas de atrás, alargaba ya su formidable cabeza,
entre mi plato y el de la señorita Margarita. No pude menos de observar
con nuevo interés la fisonomía de esta mujer, y buscar en ella los
signos exteriores de la poca sensibilidad de alma de que al parecer hace
profesión. La señorita Laroque, que me pareció muy alta, sólo debe esta
apariencia al carácter amplio y perfectamente armonioso de su belleza.
Es en realidad de una estatura ordinaria; su rostro, de un óvalo algo
redondeado, y su cuello, de una postura delicada y arrogante, están
cubiertos ligeramente por un tinte propio de las hijas de Bretaña. Su
cabellera que señala sobre su frente un espeso relieve, arroja á cada
movimiento de su cabeza reflejos ondulosos y azulados; su delicada nariz
parece copiada sobre el divino modelo de una madona romana, y esculpida
en nácar viviente. Debajo de sus ojos grandes, profundos y pensativos,
el color algo tostado de sus mejillas, es matizado por una especie de
aureola más bronceada, que parece una traza proyectada por la sombra de
las pestañas y como quemada por el rayo ardiente de la mirada.
Difícilmente podría retratar la dulzura soberana de la sonrisa, que
viene por intervalos, á animar esta bella fisonomía y á atemperar por no
sé qué contracción graciosa el brillo de sus grandes ojos. Ciertamente,
la diosa misma de la poesía, del sueño y de los mundos encantados,
podía presentarse atrevidamente á los homenajes de los mortales bajo la
forma de esta niña que sólo ama á su perro. La naturaleza, en sus
producciones más escogidas, nos presenta á menudo estas crueles
mistificaciones.
Por otra parte, esto me importa muy poco. Comprendo perfectamente que
estoy destinado á jugar en la imaginación de la señorita Margarita el
papel que podría representar en ella un negro, objeto, como se sabe, muy
poco seductor para las criollas. Por mi parte me jacto de ser tan
orgulloso como la señorita Margarita; el más imposible de los amores
para mí, sería aquel que me expusiera á la sospecha de intriga é
interés. No pienso tampoco tener que armarme de una gran fuerza moral
contra un peligro que no me parece verosímil, pues la belleza de la
señorita Laroque es de aquellas que despiertan más la contemplación del
artista que un sentimiento de naturaleza más humano y más tierno.
Entretanto, sobre el nombre de Mervyn, que la señorita Margarita había
dado á su guardia de Corps, mi vecina de la izquierda, la señorita
Helouin, se lanzó á toda vela en el cielo de Arturo, y quiso enseñarme
que Mervyn era el nombre auténtico del célebre encantador que el vulgo
llama Merlín. Desde los caballeros de la mesa redonda se remontó hasta
los tiempos de César y vi desfilar ante mí, en procesión prolija, toda
la jerarquía de los druidas, de los bardos y de los vates; después de lo
cual caímos fatalmente de _menhir_ en _dolmen_ y de _galgul_ en
_cromlech_[1].
[Nota 1: _Menhir_ (de las palabras bretonas, _main_, piedra, _hirr_,
larga), es un obelisco bruto, algunas veces redondo, generalmente
cuadrado, colocado verticalmente sobro el suelo. No se halla jamás en él
una escultura, por grosera que sea, á no ser en el menhir de Plonarez
(Finisterre), colocada sobre el punto más elevado de los
Leones.--_Camile Duteil_.
Dolmen: mesa enorme de piedra, que como el menhir, son moradas como
altares donde se consumaban sangrientos sacrificios.--_Bouill_
(Diccionario de Historia).
Galgul, es una planta especial.