Ayer dejé á París.
Mi última entrevista con el señor Laubepin fué penosa: he consagrado á
este anciano los sentimientos de un hijo. En seguida, fué preciso decir
adiós á Elena. Para hacerla comprender la necesidad en que me hallo de
aceptar un empleo, fué indispensable dejarle entrever una parte de la
verdad. Hablé de dificultades pasajeras de fortuna. La pobre niña
comprendió, según creo, más de lo que yo le decía: sus grandes ojos
asombrados se llenaron de lágrimas y me saltó al cuello.
Partí.
El ferrocarril me condujo á Rennes, donde pasé la noche. Esta mañana
monté en una diligencia que debía dejarme, cinco ó seis horas después,
en la pequeña ciudad de Morbihan, situada á poca distancia del castillo
de Laroque.
Anduve una diez leguas más allá de Rennes sin llegar á darme cuenta de
la reputación pintoresca de que goza en el mundo, la vieja Armórica. Un
país llano, verde y monótono. Eternos manzanos en eternas praderas,
zanjas y lomas pobladas de arboledas, limitando la vista por ambos
lados del camino; cuando más algunos pequeños recodos de gracia
campestre, todo me hacía pensar desde la víspera que la poética Bretaña
no era sino una hermana pretenciosa de la Baja Normandía. Cansado ya de
decepciones y de manzanos, había dejado hacía una hora de prestar la
menor atención al paisaje, y dormitaba tristemente, cuando de pronto me
pareció apercibir que nuestro pesado carruaje se inclinaba hacia
adelante más de lo natural; al mismo tiempo, el andar de los caballos
aflojaba sensiblemente y un ruido de hierros viejos, acompañado de un
rozamiento particular, me anunciaba, que el último de los conductores
acababa de aplicar la última arrastradera á la rueda de la última
diligencia. Una señora vieja que estaba cerca de mí, me tomó el brazo
con esa viva simpatía que hace nacer la comunidad del peligro.
Saqué la cabeza por la portezuela: descendíamos entre dos pendientes
elevadas, una cuesta enteramente empinada, concepción de un ingeniero
demasiado partidario de la línea recta, y medio deslizándonos, medio
rodando, no tardamos en llegar á un estrecho valle de aspecto siniestro,
en cuyo fondo un miserable arroyo corría penosamente y sin ruido, entre
espesos cañaverales; sobre sus orillas derrumbadas se veían algunos
troncos cubiertos de musgo. El camino atravesaba este río por un puente
de un solo arco; luego remontaba la pendiente opuesta trazando un surco
blanco á través de un arenal inmenso, árido y absolutamente desnudo,
cuya cima cortaba el cielo sensiblemente á nuestro frente. Cerca del
puente, en el borde del camino se levantaba un casucho solitario, cuyo
aire de profundo abandono, oprimía el corazón.
Un hombre joven y robusto, partía leña delante de la puerta: un cordón
negro retenía por detrás sus largos cabellos de un rubio pálido. Levantó
la cabeza y me sorprendió el carácter extraño de sus facciones y la
mirada tranquila de sus ojos azules: me saludó en una lengua
desconocida, con un acento breve, dulce y salvaje. En la ventana de la
cabaña estaba una mujer hilando: su peinado y el corte de sus vestidos
reproducían con una exactitud teatral, la imagen de esas heladas
castellanas de piedra que vemos acostadas encima de los sepulcros.
Aquellas gentes no eran de aspecto vulgar: tenían en el más alto grado
esa apariencia fácil, graciosa y grave, que llamamos aire distinguido.
Su fisonomía participa de la expresión triste y pensativa, que muchas
veces he notado con emoción, en los pueblos que han perdido su
nacionalidad.
Habíame apeado para subir la cuesta.
El arenal que se confundía con el camino, se extendía á mi alrededor
hasta perderse de vista; por todas partes pobres aliagas; que se
arrastraban sobre una tierra negra; aquí y allá, despeñaderos, grutas,
senderos abandonados y algunos peñascos asomando apenas sobre el suelo,
pero ni un solo árbol.
Cuando llegué á la meseta, vi á mi derecha la línea sombría del arenal,
cortar en lontananza una faja de horizonte más lejana aún, ligeramente
ondeada, azul como la mar, inundada de sol, y que parecía abrir en medio
de aquel paraje desolado la repentina perspectiva de alguna región
radiante y pintoresca: era en fin la Bretaña.
Alquilé un calesín en la pequeña ciudad de... para salvar las dos leguas
que me faltaban aún para terminar mi viaje.
Durante la travesía, que no fué de las más rápidas, recuerdo
confusamente haber visto pasar ante mis ojos, bosques, claros, lagos y
oasis de frescura, ocultos entre los valles; pero al aproximarme al
castillo de Laroque, me sentí asaltado por mil pensamientos penosos que
dejaban poco lugar á las preocupaciones del turista. Unos instantes
más, é iba á entrar en una familia desconocida, bajo una especie de
domesticidad mal disfrazada, con un título que me aseguraba apenas los
miramientos y el respeto de los criados; esto era nuevo para mí. En el
momento mismo, en que el señor Laubepin me propuso este empleo, todos
mis instintos, todos mis hábitos se sublevaron violentamente contra el
carácter de dependencia particular, inherente á tales funciones. Había
creído, sin embargo, que era imposible rechazar el empleo sin esquivar,
al parecer, las solícitas diligencias del anciano en mi favor. Además no
podía esperar, sino después de muchos años, obtener en funciones más
independientes, las ventajas que se me ofrecían desde luego, y que me
permitirían trabajar en seguida en el porvenir de mi hermana. Conseguí,
pues, vencer mis repugnancias, pero habían sido tan vivas, que se
despertaban con más fuerza en presencia de la inminente realidad. Tuve
necesidad de releer en el código que todo hombre lleva dentro de sí
mismo, los capítulos del deber y del sacrificio; al mismo tiempo me
repetía que no hay situación por humilde que sea, en la cual no pueda
sostenerse y aun acrisolarse la dignidad personal. Después me tracé un
plan de conducta para con los miembros de la familia Laroque,
prometiéndome atestiguarles un celo concienzudo por sus intereses, y
una justa deferencia hacia sus personas, igualmente distantes del
servilismo y de la altivez. Pero no podía disimularme que esta última
parte de mi tarea, la más delicada sin duda, debía simplificarse ó
complicarse singularmente, por la naturaleza especial de la índole y de
los caracteres con quienes iba á estar en contacto. Además el señor
Laubepin, aunque reconociendo todo lo que mi solicitud tenía de legítimo
respecto al artículo personal, se había mostrado obstinadamente parco de
informes y detalles á este respecto. No obstante, al partir me había
entregado una nota confidencial recomendándome la quemara luego que me
hubiera servido de ella.
Saqué esta nota de mi cartera y me puse á estudiar sus términos que
reproduzco aquí exactamente.
_Castillo de Laroque d'Arz_