LA NOVELA DE UN JOVEN POBRE

_¡Sursum corda!_

París, 20 de abril de 185...

He aquí la segunda noche que paso en este miserable cuarto, contemplando

melancólicamente mi apagado hogar, escuchando, con estupidez, los

rumores monótonos de la calle, y sintiéndome en medio de esta gran

ciudad, más solo, más abandonado y más próximo á la desesperación que el

náufrago que lucha en medio del océano sobre su roto pino. ¡Basta de

cobardía! Quiero encarar frente á frente mi destino para quitarle sus

trazas de espectro; quiero también abrir mi corazón, donde desborda el

pesar, al único confidente cuya piedad no puede ofenderme, á ese pálido

y único amigo que me contempla... á mi espejo. Quiero, pues, escribir

mis pensamientos y mi vida, no con una exactitud cotidiana y pueril,

pero sin omisión seria, y sobre todo sin mentira. Apreciaré mucho este

diario: él será como un eco fraternal que engañe mi soledad y me

servirá, al mismo tiempo, como una segunda conciencia, advirtiéndome no

deje pasar en mi vida ninguna acción que mi propia mano no pueda

escribir con firmeza.

Busco ahora en el pasado, con triste avidez, todos los hechos, todos los

incidentes que hace largo tiempo me hubieran instruído si el respeto

filial, la costumbre y la indiferencia de un feliz ocioso, no hubieran

cerrado mis ojos á toda luz. Me he explicado la melancolía constante y

profunda de mi madre; me explico también su disgusto por la sociedad, y

aquel vestido simple y uniforme objeto ya de las burlas, ya de los

enojos de mi padre:--Pareces una sirvienta--le decía.

Yo no podía dejar de ver que nuestra vida de familia era algunas veces

alterada por querellas de carácter más serio, pero jamás fuí testigo

inmediato de ellas. Los acentos irritados é imperiosos de mi padre, los

rumores de una voz que parecía suplicar y algunos sollozos ahogados, era

todo lo que podía oir. Atribuía estas borrascas á tentativas violentas é

infructuosas por hacer volver mi madre á la vida elegante y bulliciosa

de que había gustado en otro tiempo, tanto como puede hacerlo una mujer

buena; pero en la cual no seguía ya á mi padre sino con una repugnancia

cada día más obstinada. Después de estas crisis era raro que mi padre no

se apresurara á comprar algún bello dije, que mi madre hallaba bajo su

servilleta, al sentarse á la mesa, y que jamás usaba. Un día, á la mitad

del invierno, recibió de París una gran caja de flores preciosas: se las

agradeció con efusión á mi padre, pero cuando hubo salido del cuarto, la

vi alzar ligeramente los hombros, y dirigir al cielo una mirada de

incurable desesperación.

Durante mi infancia y primera juventud había tenido á mi padre mucho

respeto, pero muy poco cariño. En efecto, en el curso de este período no

conocía sino el lado sombrío de su carácter, el único que se reveló en

su vida doméstica, para la que no había nacido. Más tarde, cuando mi

edad me permitió acompañarle en el mundo, me sorprendí alegremente al

encontrar en él un hombre que ni aun había sospechado. Parecía que en el

recinto de nuestro viejo castillo de familia, se hallaba bajo el peso de

algún encanto fatal: apenas se encontraba fuera, veía despejarse su

frente y dilatarse su pecho: se rejuvenecía.

--¡Vamos, Máximo!--exclamaba--¡galopemos un poco!

Y devorábamos el espacio alegremente. Tenía entonces momentos de alegría

juvenil, entusiasmos, ideas caprichosas, efusiones de sentimientos que

encantaban mi joven corazón, y de los que habría querido llevar alguna

parte, á mi pobre madre olvidada en su triste rincón. Entonces comencé á

amar á mi padre, y mi ternura hacia él se acrecentó hasta una verdadera

admiración, cuando pude verle en todas las solemnidades de la vida

mundana, cazas, carreras, bailes y comidas, manifestar las cualidades

simpáticas de su brillante naturaleza. Diestro jinete, conversador

deslumbrante, excelente jugador, corazón intrépido y mano abierta, yo le

miraba como un tipo acabado de la gracia viril y de la nobleza

caballeresca. Él mismo se apellidaba sonriendo, con una especie de

amargura: _el último gentilhombre_.

Tal era mi padre en la sociedad, pero apenas vuelto á casa, mi madre y

yo no teníamos bajo nuestros ojos, más que un viejo intranquilo,

melancólico y violento.

Los furores de mi padre para con una criatura tan dulce y tan delicada

como mi madre, me habrían sublevado seguramente, si no hubieran sido

seguidos de esa reacción de ternura y ese redoblamiento de atenciones de

que antes he hablado. Justificado á mis ojos por estos testimonios de

arrepentimiento, no me parecía sino un hombre naturalmente bueno y

sensible, pero arrojado á veces fuera de sí mismo por una resistencia

tenaz y sistemática á todos sus gustos y predilecciones. Creía á mi

madre atacada de una especie de enfermedad nerviosa. Mi padre me lo daba

á entender así, aunque observando siempre, sobre este asunto, una

reserva que yo juzgaba muy legítima.

Los sentimientos de mi madre para su esposo me parecían de una

naturaleza indefinible. Las miradas que dirigía sobre él, se inflamaban

al parecer algunas veces con una extraña expresión de severidad; pero

esto no era más que un relámpago; un instante después sus bellos ojos

húmedos y su fisonomía inalterable no manifestaban sino una tierna

abnegación y una sumisión apasionada.

Mi madre había sido casada á los quince años, y tocaba yo á los

veintidós cuando vino al mundo mi hermana, mi pobre Elena. Poco tiempo

después de su nacimiento, saliendo mi padre una mañana con la frente

arrugada del cuarto en que mi madre se consumía, me hizo señal para que

le siguiera al jardín; después de haber dado dos ó tres vueltas en

silencio.

--Tu madre, Máximo--me dijo,--se pone cada vez más caprichosa.

--Sufre tanto, ¡padre mío!

--Sí, sin duda; pero tiene un capricho muy singular; desea que estudies

derecho.

--¡Yo, derecho! ¿cómo quiere mi madre que á mi edad, con mi nacimiento y

en mi situación vaya á arrastrarme en los bancos de una escuela? Eso

sería ridículo.

--Esa es mi opinión--dijo secamente mi padre,--pero tu madre está

enferma, y todo está dicho.

Yo era en aquel tiempo un fatuo, muy envanecido de mi nombre, de mi

juvenil importancia y de mis pobres triunfos de salón; pero tenía el

corazón sano, adoraba á mi madre, con la que había vivido durante veinte

años en la más estrecha intimidad que pueda unir dos almas en este

mundo; me apresuré á asegurarle mi obediencia: ella me dió las gracias

inclinando la cabeza con una triste sonrisa y me hizo besar á mi hermana

dormida sobre sus rodillas.

Vivíamos á media legua de Grenoble; pude, pues, seguir mi curso de

derecho, sin dejar la casa paterna. Mi madre se hacía dar cuenta, día

por día, del progreso de mis estudios, con un interés tan perseverante,

tan apasionado, que llegué á preguntarme, si no habría en el fondo de

esta preocupación extraordinaria algo más que un capricho de enferma: si

por acaso la repugnancia y el desdén de mi padre hacia la parte

positiva y fastidiosa de la vida, no habrían introducido en nuestra

fortuna algún secreto desorden, que el conocimiento del derecho y el

hábito de los negocios deberían, según las esperanzas de mi madre,

permitir á su hijo reparar. No pude, sin embargo, detenerme en esta

idea; verdad es que recordaba haber oído á mi padre quejarse amargamente

de los desastres que nuestra fortuna había sufrido durante la época

revolucionaria; pero desde tiempo atrás estas quejas habían cesado, y

por otra parte, yo siempre las había hallado demasiado injustas,

pareciéndome nuestra situación de fortuna de las más satisfactorias.

Habitábamos, cerca de Grenoble, el castillo hereditario de nuestra

familia, que era citado en el país por su aspecto señorial. Solíamos mi

padre y yo cazar durante un día entero sin salir de nuestras tierras ó

de nuestros bosques. Nuestras caballerizas eran grandiosas, y estaban

siempre llenas de caballos de precio, que eran la pasión y el orgullo de

mi padre. Poseíamos, además, en París, en el bulevar de los Capuchinos,

una magnífica casa, donde encontrábamos un confortable apeadero. En fin,

en el lujo habitual de nuestra casa nada dejaba traslucir la sombra de

la escasez ó de la proximidad á ella. Nuestra mesa era siempre servida

con una delicadeza particular y refinada, á la que mi padre daba mucha

importancia.

Entretanto, la salud de mi madre declinaba por una pendiente apenas

sensible, pero continua. Llegó un tiempo en que su carácter angelical se

alteró. Su boca, que jamás había pronunciado, en mi presencia al menos,

sino dulces palabras, se hizo amarga y punzante; cada uno de mis pasos,

fuera del castillo, fué objeto de un comentario irónico. Mi padre que no

era mejor tratado que yo, soportaba estos ataques con una paciencia que

me parecía meritoria de su parte; pero tomó la costumbre de vivir más

que nunca fuera de casa, sintiendo según me decía, la necesidad de

distraerse, de aturdirse sin cesar. Me comprometía siempre á

acompañarle, y hallaba placer en mi cariño, en el ardor impaciente de mi

edad, y para decirlo todo, en una fácil obediencia y en la cobardía de

mi corazón.

Un día del mes de Septiembre de 185... debían tener lugar á alguna

distancia del castillo unas carreras, en las que mi padre había

comprometido muchos caballos. Él y yo habíamos partido de madrugada y

almorzado en el sitio de las carreras. Hacia mediodía galopaba yo sobre

la orilla del Hipódromo, para seguir más de cerca las peripecias de la

lucha, cuando de pronto fuí alcanzado por uno de nuestros criados, que

me buscaba, según dijo, hacía más de media hora; agregando que mi padre

había vuelto ya al castillo, á donde mi madre le había hecho llamar, y

que me suplicaba le siguiera sin demora.

--Pero en nombre del cielo, ¿qué es lo que hay?

--Creo que la señora se ha empeorado--me respondió,--y partí como un

loco. Al llegar vi á mi hermana jugando sobre el césped del gran patio,

silencioso y desierto. Corrió hacia mí al apearme del caballo, y me

dijo, abrazándome con un aire misterioso y casi alegre:--El cura ha

venido.--Sin embargo, yo no apercibía en la casa ninguna animación

extraordinaria, ningún signo de desorden ó de alarma. Subí la escalera

precipitadamente y atravesaba el retrete que comunicaba con el cuarto de

mi madre, cuando la puerta se abrió lentamente: mi padre apareció en

ella.

Me detuve delante de él; estaba muy pálido y sus labios

temblaban.--Máximo--me dijo sin mirarme,--tu madre te llama.--Quise

interrogarlo, pero me hizo una señal con la mano y se aproximó

rápidamente á una ventana como para mirar hacia afuera. Entré, mi madre

estaba medio acostada en su butaca, fuera de la cual pendía uno de sus

brazos como inerte. Sobre su fisonomía, blanca como la cera, volví á

hallar repentinamente la exquisita dulzura y la gracia delicada, que el

sufrimiento había desterrado poco antes; el ángel del eterno reposo

extendía visiblemente sus alas sobre aquella frente apaciguada. Caí de

rodillas: ella entreabrió los ojos, levantó penosamente su cabeza

desfalleciente y me dirigió una larga mirada. Luego con una voz que no

era más que un soplo interrumpido, me dijo lentamente estas

palabras:--¡Pobre niño! Estoy consumida, ya lo ves; no llores; me has

abandonado un poco en este último tiempo; ¡pero estaba yo tan áspera!...

Nos volveremos á ver, Máximo, y nos explicaremos, hijo mío... ¡No puedo

más!... Recuerda á tu padre lo que me ha prometido. ¡Tú, en el combate

de la vida, sé fuerte y perdona á los débiles!...--Pareció extenuada, se

interrumpió un momento; en seguida, levantando un dedo con esfuerzo, y

mirándome fijamente:--¡Tu hermana!--dijo. Sus pupilas azuladas se

cerraron; luego volvió á abrirlas de golpe, extendiendo los brazos con

un gesto rígido y siniestro. Yo lanzé un grito; mi padre se presentó y

estrechó largo tiempo contra su pecho, en medio de sollozos

desgarradores, el pobre cuerpo de una mártir.

Algunas semanas después, satisfaciendo la formal exigencia de mi padre,

que me dijo no hacía sino obedecer los últimos deseos de la que

llorábamos, dejé la Francia y comencé a través del mundo esa vida

nómada, que he llevado casi hasta este día. Durante una ausencia de un

año, mi corazón cada vez más amante, á medida que la inquieta fogosidad

de la juventud se amortiguaba, me acosó más de una vez para que volviera

á los lugares de la fuente de mi vida, entre la tumba de mi madre y la

cuna de mi tierna hermana; pero mi padre había fijado la duración

precisa de mi viaje, y no me había educado de modo que pudiese

desobedecer ligeramente sus órdenes. Su correspondencia, afectuosa, pero

breve, no anunciaba impaciencia alguna con respecto á mi vuelta: fué por

esto que me sorprendí más, cuando al desembarcar en Marsella hace dos

meses, hallé muchas cartas de mi padre en las cuales me llamaba con una

prisa febril.

En una noche sombría del mes de Febrero, volví á ver las murallas

macizas de nuestra antigua morada, destacándose sobre una capa de

escarcha que cubría la campiña.

Un cierzo destemplado y frío soplaba por intervalos; los copos de nieve

caían como las hojas secas de los árboles de la avenida y se posaban

sobre el suelo húmedo, con un ruido débil y triste. Al entrar en el

patio, vi una sombra, que me pareció ser la de mi padre, dibujarse en

una de las ventanas del gran salón que estaba en el piso bajo, y que no

se abría jamás en los últimos tiempos de la vida de mi madre. Me

precipité en él; al apercibirme, mi padre lanzó una sorda exclamación:

luego me abrió los brazos, y sentí su corazón palpitar violentamente

contra el mío.

--Estás helado, pobre hijo mío--me dijo,--caliéntate, caliéntate. Esta

pieza es fría; yo la prefiero sin embargo, porque al menos aquí se

respira.

--¿Y la salud de usted, padre mío?

--Así, así, ya lo ves.--Y dejándome cerca de la chimenea, continuó á

través de este inmenso salón, que estaba apenas iluminado por dos ó tres

bujías, el paseo que al parecer había yo interrumpido. Esta extraña

acogida me había consternado. Miraba á mi padre con estupor.--¿Has visto

mis caballos?--me dijo de pronto y sin detenerse.

--¡Padre mío!

--¡Ah, es verdad!... tú acabas de llegar...--Después de un corto

silencio:

--Máximo--agregó,--tengo que hablarte.

--Le escucho á usted, padre mío.

Pareció no oirme, se paseó algún tiempo y repitió muchas veces por

intervalos:--Tengo que hablarte, hijo.--Por último lanzó un profundo

suspiro, se pasó la mano por la frente y sentándose bruscamente, me

señaló una silla en frente de él. Entonces, como si hubiera deseado

hablarme, sin hallarse con el valor suficiente, sus ojos se detuvieron

sobre los míos, y leí en ellos una expresión tal de angustia, de

humildad y de súplica, que de parte de un hombre tan orgulloso como él,

me conmovió profundamente. Cualesquiera que fueran las culpas, que tanto

le costaba confesar, sentía en el fondo de mi alma que le eran muy

liberalmente perdonadas. Repentinamente esa mirada que no me abandonaba,

tomó una fijeza extraordinaria, vaga y terrible; su mano se crispó sobre

mi brazo; se levantó de su sillón y volviendo á caer en el instante, se

resbaló pesadamente sobre el pavimento: ya no existía. Nuestro corazón

no razona, ni calcula: esa es su gloria. Hacía un momento que todo lo

había adivinado; un solo minuto había bastado para revelarme de repente,

sin una palabra de explicación, por un rayo de luz irresistible, la

fatal verdad que mil hechos repetidos cada día durante veinte años, no

había podido hacerme sospechar. Había comprendido que la ruina estaba

allí, en aquella casa y sobre mi cabeza. ¡Y... bien! No sé, si

dejándome mi padre colmado de todos sus beneficios, me hubiera costado

más y más amargas lágrimas. A mi pesar, á mi profundo dolor, se unía una

piedad que, ascendiendo del hijo al padre, tenía algo de singularmente

punzante.

Veía siempre aquella mirada, suplicante, humilde, extraviada: me

desesperaba por no haber podido decir una palabra de consuelo á aquel

desgraciado corazón antes de acabarse su existencia, y gritaba como un

loco al que ya no me oía--¡yo te perdono!--¡yo te perdono!

¡Oh! ¡qué instante, Dios mío!

Según lo que he podido conjeturar, mi madre al morir había hecho

prometer á mi padre, que vendería la mayor parte de sus bienes para

pagar enteramente la deuda enorme que había contraído, gastando todos

los años una tercera parte más de sus rentas, y reducirse en seguida á

vivir estrictamente con lo que le quedase. Mi padre había tratado de

cumplir este compromiso: había vendido sus bosques y sus tierras; pero,

viéndose entonces dueño de un capital considerable, no había dedicado

sino una pequeña parte á la amortización de su deuda, y había emprendido

el restablecimiento de su fortuna confiando el resto á los detestables

azares de la bolsa. Así acabó de perderse.

No he podido aún sondar el fondo del abismo en que estamos sumergidos.

Una semana después de la muerte de mi padre, caí gravemente enfermo, y

sólo con mucho trabajo, después de dos meses de sufrimiento, he podido

dejar nuestro castillo patrimonial, el día en que un extraño tomaba

posesión de él. Afortunadamente, un antiguo amigo de mi padre que habita

en París, y que en otro tiempo era el encargado de los negocios de

nuestra familia en calidad de notario, ha venido á ayudarme en estas

tristes circunstancias: me ha prometido emprender él mismo, un trabajo

de liquidación que presentaba á mi inexperiencia dificultades

insuperables. Le he abandonado absolutamente el cuidado de arreglar los

negocios de la sucesión y presumo que su tarea estará terminada hoy.

Apenas llegué ayer, fuí á su casa; estaba en el campo, de donde no

vendrá hasta mañana. Estos dos días han sido crueles: la incertidumbre

es verdaderamente el peor de todos los males, porque es el único que

suspende necesariamente todos los resortes del alma, y enerva el valor.

Mucho me hubiera sorprendido hace diez años el que me hubiesen

profetizado, que ese viejo notario, cuyo lenguaje formalista y seca

política, nos divertía tanto, á mi padre y á mí, había de ser un día el

oráculo de quien esperara el decreto supremo de mi destino... Hago lo

posible para ponerme en guardia contra esperanzas exageradas; he

calculado aproximativamente que, pagadas todas nuestras deudas, nos

quedará un capital de ciento veinte á ciento cincuenta mil francos. Es

difícil que una fortuna que ascendía á cinco millones, no nos deje al

menos este sobrante. Mi intención es tomar para mí diez mil francos y

marchar á buscar fortuna en los Estados Unidos, abandonando el resto á

mi hermana.

¡Basta de escribir por esta noche! ¡Triste ocupación es traer á la

memoria tales recuerdos! Siento, sin embargo, que me han proporcionado

un poco de calma. El trabajo es sin duda una ley sagrada, pues me basta

hacer la más ligera aplicación de él, para sentir un no sé qué de

contento y de serenidad. El hombre no ama al trabajo y sin embargo no

puede desconocer sus inefables beneficios; cada día los experimenta, los

goza, y al día siguiente vuelve á emprenderlo con la misma repugnancia.

Me parece que hay en esto una contradicción singular y misteriosa, como

si sintiésemos á la vez en el trabajo, el castigo y el carácter divino y

paternal del juez.

Jueves.

Esta mañana al despertar, se me entregó una carta del viejo Laubepin. En

ella me invitaba á comer, excusándose de esta gran libertad, y no

haciéndome comunicación alguna relativa á mis intereses. Esta reserva me

pareció de muy mal augurio.

Esperando la hora fijada saqué á mi hermana del convento y la he paseado

por París. La niña no presume ni remotamente nuestra ruina. Ha tenido en

el curso del día, diversos caprichos, bastante costosos. Ha hecho larga

provisión de guantes, papel rosado, confites para sus amigas, esencias

finas, jabones extraordinarios, pinceles pequeños, cosas todas muy

útiles sin duda, pero que lo son mucho menos que una comida. ¡Quiera

Dios, lo ignore siempre!

A las seis estaba en la calle Cassette, casa del señor Laubepin. No sé

qué edad puede tener nuestro viejo amigo; pero por muy lejos que se

remonten mis recuerdos en lo pasado, lo hallo tal como lo he vuelto á

ver: alto, seco, un poco agobiado, cabellos blancos, en desorden, ojos

penetrantes, escondidos bajo mechones de cejas negras, y una fisonomía

robusta y fina á la vez. También he vuelto á ver su frac negro de corte

antiguo, la corbata blanca profesional, y el diamante hereditario en la

pechera; en una palabra, con todos los signos exteriores de un espíritu

grave, metódico y amigo de las tradiciones. El anciano me esperaba

delante de la puerta de su pequeño salón: después de una profunda

inclinación, tomó ligeramente mi mano entre sus dos dedos y me condujo

frente á una señora anciana, de apariencia bastante sencilla, que se

mantenía de pie delante de la chimenea:

--¡El señor marqués de Champcey d'Hauterive!--dijo entonces el señor

Laubepin con su voz fuerte, tartajosa y enfática: luego de pronto, en un

tono más humilde y volviéndose hacia mí:--La señora Laubepin--dijo.

Nos sentamos, y hubo un momento de embarazoso silencio. Esperaba un

esclarecimiento inmediato de mi situación definitiva; viendo que era

diferido, presumí que no sería de una naturaleza agradable, y esta

presunción me era confirmada por las miradas de discreta compasión con

que me honraba furtivamente la señora Laubepin. Por su parte, el señor

Laubepin me observaba con una atención singular, que no me parecía

exenta de malicia. Recordé entonces que mi padre había pretendido

siempre, descubrir en el corazón del ceremonioso Tabelion y bajo sus

afectados respetos, un resto de antiguo germen _bourgeois_ plebeyo y aun

jacobino. Me pareció que ese germen fermentaba un poco en aquel momento

y que las secretas antipatías del viejo hallaban alguna satisfacción en

el espectáculo de un noble en tortura. Tomé al instante la palabra,

tratando de mostrar, á pesar de la postración real en que me hallaba,

una plena libertad de espíritu.

--¡Cómo! Señor Laubepin, conque ha dejado usted la plaza de _Petits

Pères_, esa querida plaza de _Petits Pères_. ¿Ha podido usted decidirse

á ello? ¡No lo habría creído jamás!...

--Verdaderamente, señor marqués--respondió el señor Laubepin,--es una

infidelidad que no corresponde á mi edad; pero cediendo el estudio, he

debido ceder también la casa, atendiendo á que un escudo no puede

mudarse como una muestra.

--Sin embargo ¿se ocupa usted aún de negocios?

--Amigable y oficiosamente, sí, señor marqués. Algunas familias

honorables y considerables cuya confianza he tenido la dicha de obtener,

durante una práctica de cuarenta y cinco años, reclaman aún,

especialmente en circunstancias delicadas, los consejos de mi

experiencia, y creo poder agregar que rara vez se arrepienten de

haberlos seguido.

Cuando el señor Laubepin acababa de rendirse á sí mismo este honorífico

testimonio, una vieja criada vino á anunciarnos que la comida estaba

servida. Tuve entonces el placer de conducir al comedor á la señora de

Laubepin. Durante la comida la conversación se arrastró en los más

insignificantes asuntos. El señor Laubepin no cesaba de clavar en mí su

mirada penetrante y equívoca, en tanto que su esposa tomaba, al

ofrecerme cada plato, el tono doloroso y lastimero que se afecta cerca

del lecho de un enfermo. En fin, nos levantamos y el viejo notario me

introdujo en su gabinete, donde al momento se nos sirvió el café.

Haciéndome sentar entonces y poniéndose de espaldas á la chimenea,

dijo:--Señor marqués de Champcey d'Hauterive, me preparaba ayer á

escribirle, cuando supe su llegada á París, la que me permite informarle

á usted _in voce_ del resultado de mi celo y de mis operaciones.

--Presiento, señor, que ese resultado no es muy favorable.

--No le ocultaré, señor marqués, que debe usted armarse de todo su valor

para conocerlo; pero está en mis hábitos proceder con método. El año de

1820, la señorita Luisa Elena Dougalt Delatouche D'Erouville fué pedida

en matrimonio por Carlos Cristian Odiot, marqués de Champcey

d'Hauterive; investido por una especie de tradición secular de la

dirección de los negocios de la familia Dougalt Delatouche, y admitido

con una respetuosa familiaridad de largo tiempo atrás, cerca de la joven

heredera de aquella casa, debí emplear todos los argumentos de la razón

para combatir las inclinaciones de su corazón y retraerla de aquella

funesta alianza, y digo funesta alianza, no porque la fortuna del señor

de Champcey fuese, á pesar de algunas hipotecas que la gravaban á la

sazón, menos que la de la señorita Delatouche. Yo conocía, empero, el

carácter y temperamento, en cierto modo hereditario, del señor de

Champcey: bajo las exterioridades seductoras y caballerescas que lo

distinguían, como á todos los de su familia, percibía claramente la

irreflexión obstinada, la incurable ligereza, el furor de los placeres,

y por último, el implacable egoísmo...

--Caballero--le interrumpí bruscamente,--la memoria de mi padre es

sagrada para mí, y creo que debe serlo á cuantos hablen de él en mi

presencia.

--Señor--replicó el anciano, con una emoción repentina y

violenta,--respeto ese sentimiento, pero al hablar de su padre, me es

muy difícil olvidar que hablo del hombre ¡que mató á su madre de usted,

una joven heroica, una santa, un ángel!

Me había levantado muy agitado. El señor Laubepin, que había dado

algunos pasos por el gabinete, me tomó del brazo.

--Perdón, joven--me dijo,--pero yo amaba á su madre de usted, la he

llorado; perdóneme...

--Después, volviéndose á colocar delante de la chimenea:--Voy á

continuar--añadió con el tono solemne que le es habitual.--Tuve el honor

y la pena de redactar el contrato matrimonial de su señora madre. A

pesar de mi insistencia, nada se hablaba del régimen dotal, y costóme

grandes esfuerzos introducir en el acta, una cláusula protectora que

declaraba inalienable, sin el consentimiento legalmente expreso de su

señora madre, un tercio de su haber inmueble. ¡Vana precaución!, señor

marqués, y podríamos decir, precaución cruel de una amistad mal

inspirada, porque esta cláusula fatal no hizo sino preparar

insoportables tormentos á aquélla, cuya salvaguardia debía ser. Yo

comprendo esas luchas, esas querellas, esas violencias, cuyo eco debió

herir los oídos de usted más de una vez, y en las cuales se arrancaba,

pedazo á pedazo, á su desdichada madre, ¡la última herencia y el pan de

sus hijos!

--¡Señor, por piedad!

--Me someto, señor marqués... me limitaré á lo presente. Apenas honrado

con la confianza de usted, mi primer deber era aconsejarle que no

aceptase sino bajo beneficio de inventario, la embrollada sucesión que

le había correspondido.

--Esta medida, señor, me ha parecido que ultrajaba la memoria de mi

padre, y debí negarme.

El señor Laubepin me lanzó una de sus miradas inquisitoriales que le son

familiares; y repuso.

--Usted no ignora, señor, al parecer, que por no haber usado de aquella

facultad legal, gravitan sobre usted los compromisos que afectan la

sucesión, aun cuando excedan á su valor. Por lo tanto, tengo hoy el

penoso deber de decirle que éste es precisamente el caso en que usted se

encuentra. Como se puede ver, en este legajo consta perfectamente que

después de vender su finca, bajo condiciones inesperadas, quedarán

todavía usted y su hermana adeudando á los acreedores de su señor padre,

la suma de cuarenta y cinco mil francos.

Quedé verdaderamente aterrado con esta noticia, que excedía á mis más

avanzados cálculos. Durante un minuto presté una atención embrutecida al

ruido monótono del péndulo en que fijé mis ojos sin miradas.

--Ahora--continuó el señor Laubepin, después de un corto silencio,--ha

llegado el momento de decirle, señor marqués, que su señora madre, en

previsión de las eventualidades que por desgracia se realizan hoy, me

confió en depósito algunas alhajas cuyo valor se ha estimado en unos

cincuenta mil francos. Para impedir que esta corta cantidad, _su único

recurso en adelante_, pase á manos de los acreedores de la

testamentaría, podemos usar, yo lo creo así, del subterfugio legal que

voy á tener el honor de exponerle.

--Es enteramente inútil, señor; me considero muy dichoso en poder, con

el auxilio de esa cantidad que no esperaba, saldar íntegramente las

deudas de mi padre, y le ruego le dé esa inversión.

El señor Laubepin se inclinó ligeramente.

--Sea--dijo,--pero me es imposible dejar de observar, señor marqués, que

una vez hecho este pago con el depósito que está en mi poder, no les

quedará por toda fortuna, á la señorita Elena y á usted, más que cuatro

ó cinco mil libras, las cuales, al interés actual, les darán una renta

de 225 francos. Sentado esto, séame permitido, señor marqués,

preguntarle confidencial, amigable y respetuosamente, si ha arbitrado

usted algún medio de asegurar su existencia y la de su hermana y pupila,

y cuáles son sus proyectos.

--Yo no tengo ninguno, señor, se lo confieso; todos los que había podido

formar, son inconciliables con el estado á que me veo reducido. Si yo

fuera solo en el mundo, me haría soldado; pero tengo á mi hermana; no

puedo tolerar la idea de ver á la pobre niña sometida al trabajo y

reducida á las privaciones. Ella vive dichosa en su convento; es

bastante joven para permanecer allí algunos años, yo aceptaría de todo

corazón cualquier ocupación que me permitiera, reduciéndome á la mayor

estrechez, ganar cada año el precio de la pensión de mi hermana y

reunirle un dote para el porvenir.

El señor Laubepin me miró con fijeza.--Para alcanzar tan honorable

objeto--contestóme--no debe usted pensar, señor marqués, en entrar, á

su edad, en la trillada carrera de la administración pública, y de las

funciones oficiales. Le convendría un empleo que le asegurase, desde

luego, cinco ó seis mil francos anuales de renta. Debo decirle que en el

estado de nuestra organización social no basta estirar la mano para

alcanzar este _desideratum_ pero afortunadamente tengo que comunicarle

algunas proposiciones que le conciernen y cuya naturaleza puede

modificar desde ahora, y sin gran esfuerzo, su situación.

--El señor Laubepin fijó en mí sus ojos con una atención más penetrante

que nunca y continuó.

--En primer lugar, señor marqués, seré para usted el órgano de

comunicación de un especulador hábil, rico é influyente; este personaje

ha concebido la idea de una empresa de consideración, cuya naturaleza le

explicaré en seguida y que fracasará si no le presta su concurso

particular la clase aristocrática de este país. Él cree que si un nombre

antiguo é ilustre como el de usted, figurase en la lista de los miembros

fundadores de la empresa, llegaría á ganarse simpatías en las clases del

público especial á quien el prospecto se dirige. En vista de esta

ventaja, le ofrece á usted, desde luego, lo que se llama comúnmente una

prima, es decir, diez acciones á título gratuito, cuyo valor estimado

desde este momento en diez mil francos, es verosímil que se triplicará

con el éxito de la operación. Además...

--Basta, señor; semejantes ignominias no valen el trabajo que se toma al

formularlas.

Vi brillar repentinamente los ojos del anciano bajo sus espesas cejas

como si una chispa se hubiera desprendido de ellos. Una débil sonrisa

desplegó las rígidas arrugas de su rostro.

--Si la proposición no le agrada señor Marqués--dijo tartajeando,--á mí

tampoco me gusta; á pesar de todo, he creído de mi deber indicársela. He

aquí otra que tal vez le agradará más, y que de cierto es más aceptable.

Entre mis más antiguos clientes cuento, señor, á un honrado comerciante

retirado, poco ha, de los negocios, que vive holgadamente en compañía de

una hija única, á la que adora como es natural, y que goza de una _aurea

mediocritas_ que avalúo en veinticinco mil libras de renta. La

casualidad quiso, ahora tres días, que la hija de mi cliente tuviese

noticias de la situación de usted: yo he creído ver, y aun he podido

asegurarme para decirlo todo, que la niña, que por otra parte es bonita

y está adornada de cualidades estimables, no vacilaría un instante en

aceptar con la mano de usted, el título de Marquesa de Champcey. El

padre consiente y yo no espero sino una palabra de usted, señor Marqués,

para decirle el nombre y domicilio de esta familia... interesante.

--Esto me determina completamente; mañana mismo dejaré un título que en

mi situación es irrisorio, y que parece además exponerme á las más

miserables empresas de la intriga. El apellido originario de mi familia

es Odiot; este solo es el que llevaré en lo sucesivo. Sin embargo,

reconociendo toda la vivacidad del interés que ha podido inducirle á

usted á ser el intérprete de tan singulares proposiciones, le ruego

omita todas las que puedan tener un carácter análogo.

--En ese caso, señor Marqués--respondió el señor Laubepin,--nada tengo

que decirle.

Al mismo tiempo, atacado de un acceso súbito de jovialidad, frotóse, las

manos, produciendo un ruido como de pergaminos que se restregan. Luego

agregó riéndose.--Es usted un hombre difícil de complacer, señor Máximo.

¡Ah, ah! muy difícil. Es asombroso que no haya notado antes la palpable

similitud que la Naturaleza se ha complacido en establecer entre la

fisonomía suya y la de su señora madre... Particularmente los ojos y la

sonrisa... pero no nos extraviemos, y puesto que no quiere usted deber

la subsistencia sino á un honorable trabajo, perdóneme que le pregunte

cuáles son sus aptitudes y sus talentos.

--Mi educación, señor, ha sido naturalmente la de un hombre destinado á

la riqueza y á la ociosidad. Sin embargo, he estudiado derecho, y tengo

el título de abogado.

--¡Abogado! ¡Ah, diablo!... ¡usted abogado! Pero el título no basta: en

la carrera del foro, es menester, más que en ninguna otra, pagarse un

poco de su persona... y esto... veamos, ¿se cree usted elocuente, señor

Marqués?

--Tan poco, señor, que me creo enteramente incapaz de improvisar dos

frases en público.

--¡Hum! no es eso precisamente á lo que puede llamarse vocación para

orador; será preciso dirigirse á otro lado, pero la materia exige más

amplias reflexiones. Por otra parte, veo que está usted fatigado. Tome

los papeles que le suplico examine á su satisfacción.

--Tengo el gusto de saludarle.

--Permítame que le alumbre. Perdón... ¿debo esperar nuevas órdenes antes

de consagrar al pago de los acreedores el precio de los dijes y joyas

que tengo en mi poder?

--No, ciertamente. Espero, además, que de lo que resta, se cobre usted

la justa remuneración de sus buenos oficios.

Llegábamos á la meseta de la escalera: el señor Laubepin, cuyo cuerpo se

encorva un poco cuando camina, se enderezó bruscamente.

--En lo que concierne á los acreedores, señor Marqués--me dijo--lo

obedeceré con respeto. Por lo que á mí concierne, he sido el amigo de su

señora madre, y suplico humilde y encarecidamente á su hijo, que me

trate como á un amigo.

Tendí al anciano mi mano, que apretó con fuerza y nos separamos.

Vuelto al pequeño cuarto, que ocupo bajo el techo de esta casa, que ya

no me pertenece, he querido probarme á mí mismo que la certidumbre de mi

completa ruina no me sumergía en un abatimiento indigno de un hombre. Me

he puesto á escribir la relación de este día decisivo de mi vida,

esmerándome en conservar la fraseología exacta del viejo notario, y ese

lenguaje, mezcla de dureza y de cortesía, de desconfianza y

sensibilidad, que mientras que tenía el alma traspasada de dolor, me ha

hecho sonreir más de una vez.

He aquí, pues, la pobreza; no ya la pobreza oculta, orgullosa y poética

que mi imaginación soportaba valientemente á través de los grandes

bosques, de los desiertos y de las llanuras, sino la miseria positiva,

la necesidad, la dependencia, la humillación, y algo peor todavía: la

amarga pobreza del rico caído, la pobreza de frac negro que oculta sus

manos desnudas á los amigos que pasan.

--Vamos, hermano, valor.

Lunes, 27 de abril.

He esperado en vano durante cinco días, noticias del señor Laubepin,

confieso que contaba seriamente con el interés que había parecido

manifestarme. Su experiencia, sus conocimientos prácticos, sus muchas

relaciones le proporcionaban los medios de serme útil. Estaba pronto á

ejecutar bajo su dirección todas las diligencias necesarias; pero

abandonado á mí mismo, no sabía absolutamente hacia qué lado dirigir mis

pasos. Le creía uno de esos hombres que prometen poco y hacen mucho.

Temo haberme engañado. Esta mañana me determiné á ir á su casa con el

objeto de devolverle los documentos que me había confiado y cuya triste

exactitud he podido comprobar. Me dijeron que el buen señor había salido

á gozar de las dulzuras del campo, en no sé qué castillo en el fondo de

la Bretaña. Estará aún ausente por dos ó tres días. Esto me ha

consternado. No sentía solamente el pesar de encontrarme con la

indiferencia y el abandono, donde había creído hallar la oficiosidad de

una verdadera amistad, sentía aún más, la amargura de volverme como

había venido, con la bolsa vacía. Contaba con pedir al señor Laubepin

algún dinero á cuenta, sobre los tres ó cuatro mil francos que deben

quedarnos después del pago íntegro de nuestras deudas, pues por más que

me haga el anacoreta desde mi llegada á París, la suma insignificante

que había podido reservar para mí viaje, está agotada completamente, y

tan agotada que después de haber hecho esta mañana un verdadero almuerzo

de pastor, _castanoe molles et pressi copia lactis_, he tenido que

recurrir para comer, á una especie de pillería, cuyo melancólico

recuerdo quiero consignar aquí.

Cuanto menos se ha almorzado, más se desea comer. Es este un axioma cuya

fuerza he sentido hoy en toda su extensión antes que el sol hubiese

terminado su carrera. Entre los paseantes que la pureza del cielo había

traído á las Tullerías, hacia el mediodía, y que contemplaban las

primeras sonrisas de la primavera juguetear sobre la faz de mármol de

los silvanos, se notaba un hombre joven, de un porte irreprochable, que

parecía estudiar con extraordinaria solicitud el despertar de la

Naturaleza. No contento en devorar con la mirada la nueva verdura, se le

veía de vez en cuando arrancar furtivamente de sus tallos algunos nuevos

y apetitosos brotes, hojas no desarrolladas aún, y llevarlas á sus

labios, con una curiosidad de botánico.

He podido asegurarme que este recurso alimenticio que me había sido

indicado por la historia de los náufragos, tiene un valor muy mediocre.

Sin embargo, he enriquecido mi experiencia con algunas nociones útiles:

así sé, para en adelante, que el follaje del castaño es tan amargo á la

boca como al corazón; el rosal no es malo, el tilo es aceitoso y

bastante agradable y la lila picante y malsana según creo.

Meditando sobre estos descubrimientos me dirigí hacia el convento de

Elena. Al poner el pie en el locutorio, que encontré lleno como una

colmena, me sentí más aturdido que nunca por las tumultuosas

confidencias de las jóvenes abejas. Elena llegó con los cabellos en

desorden, las mejillas inflamadas, los ojos colorados y chispeantes;

traía en la mano un pedazo de pan del largo de su brazo. Me abrazó con

un aire preocupado:

--Y bien, hijita, ¿qué es lo que tienes? Tú has llorado.

--No, Máximo, no tengo nada.

--¿Qué es lo que hay? Veamos...

Bajando la voz, me dijo:--¡oh, soy muy desgraciada, mi querido Máximo!

--¿Es verdad? Vaya, cuéntame eso, comiendo tu pan.

--¡Oh! soy demasiado desgraciada para comer mi pan. Como tú sabes

perfectamente, Lucía Campbell es mi mejor amiga, pues bien; hemos reñido

mortalmente.

--¡Oh, Dios mío!... pero permanece tranquila, chiquilla; ya se

arreglarán ustedes...

--¡Ah! Máximo, eso es imposible. Mira, han pasado cosas demasiado

graves. Al principio no fué nada; pero como sabes, una se altera y

pierde la cabeza. Figúrate que jugábamos al volante, y Lucía se equivocó

al contar sus puntos; yo tenía seiscientos ochenta y ella seiscientos

quince solamente, y ha pretendido tener seiscientos setenta y cinco. Me

confesarás que esto era demasiado fuerte. Yo sostuve mi cifra y por

supuesto, ella la suya. Y bien, señorita, le dije, consultemos á estas

señoritas; yo me someto á su fallo. No, señorita, me contestó, estoy

segura de mi cuenta y es usted una mala jugadora. Y usted una mentirosa,

le respondí. Está bien, la desprecio demasiado para contestarle, me

dijo. La hermana Sainte Félix, llegó afortunadamente en ese momento,

pues yo creo que iba á pegarle... He ahí lo que ha pasado. Ya ves, es

imposible arreglarnos después de esto. ¡Imposible! eso sería una

cobardía. Entretanto, no puedo decirte cuánto sufro, creo que no hay

sobre la tierra una persona más desgraciada que yo.

--Ciertamente, hija mía, es difícil imaginarse una desgracia más grande

que la tuya. Pero si he de decirte mi modo de pensar, tú te la has

atraído en cierto modo, porque en esta querella tu boca ha pronunciado

la primer ofensa. Veamos, ¿está en el locutorio tu Lucía?

--Sí, mírala allá en el rincón.--Y me mostró con un movimiento de cabeza

una niña pequeña muy rubia, que tenía como ella los ojos colorados, las

mejillas inflamadas, y que parecía hacer en aquellos momentos, á una

anciana muy atenta, el relato del drama que la hermana Sainte Félix

había afortunadamente interrumpido. Al hablar con un fuego digno del

asunto, la señorita Campbell lanzaba de tiempo en tiempo una mirada

furtiva sobre Elena y sobre mí.

--Mi querida niña--dije á mi hermana--¿tienes confianza en mí?

--Sí, Máximo, tengo mucha confianza en ti.

--En ese caso, mira lo que vas á hacer; te acercas muy despacio, hasta

colocarte detrás de la silla de Lucía; le tomas la cabeza traidoramente,

le estampas un beso en las mejillas, así, con fuerza, y luego verás lo

que ella hace á su turno.

Elena titubeó algunos segundos, luego partió á largos pasos, y cayó como

un rayo sobre la señorita Campbell, á quien, sin embargo, causó la más

agradable sorpresa; las dos niñas infortunadas, reunidas en fin para

siempre, confundieron sus lágrimas en un tierno grupo, en tanto que la

vieja y respetable señora Campbell se sonaba, produciendo el ruido de

una gaita.

Elena volvió á donde yo estaba, radiante de alegría.

--Y bien, querida, espero que ahora comerás tu pan.

--No, Máximo; he estado demasiado conmovida como ves, y, además, es

menester decirte que hoy ha entrado una nueva discípula, que nos ha

regalado merengues y algunos otros dulces; de modo que no tengo hambre.

Me siento al mismo tiempo muy embarazada, porque he olvidado volver el

pan á la canasta, como debe hacerse, cuando no se tiene hambre, y tengo

miedo de ser castigada; pero al pasar por el patio voy á tratar de

arrojarlo por el respiradero del sótano, sin que nadie me vea.

--Cómo, hermana mía--respondí, sonrojándome ligeramente--¿vas á perder

ese gran pedazo de pan?

--Sé que no es bien hecho, porque hay muchos pobres que se

considerarían felices en poseerlo, ¿no es verdad, Máximo?

--Los hay ciertamente, mi querida niña.

--Pero ¿qué quieres que haga? Los pobres no entran aquí.

--Veamos, Elena, confíame ese pan y se lo daré en tu nombre al primer

pobre que encuentre ¿quieres?

--¿Cómo no he de querer, pues?

La hora de retirarse llegó; rompí el pan en dos pedazos que hice

desaparecer vergonzosamente en los bolsillos de mi paletot.

--Querido Máximo--continuó la niña,--hasta muy luego, ¿no es verdad? Tú

me dirás si has encontrado algún pobre, si le has dado mi pan y si lo ha

hallado bueno.

--Sí, Elena, he hallado un pobre y le he dado tu pan, que ha llevado

como una presa á su bohardilla solitaria, y lo ha hallado bueno; pero

era un pobre sin valor, porque ha llorado mucho al devorar la limosna de

tus pequeñas y queridas manos. Te contaré esto, Elena, porque es bueno

que sepas que hay en la tierra sufrimientos más serios que tus

sufrimientos de niña; todo te lo diré, excepto el nombre del pobre.

Martes, 28 de abril.

Esta mañana á las nueve, llamaba yo á la puerta del señor Laubepin,

esperando vagamente que alguna casualidad hubiese acelerado su regreso,

pero me dijeron que no le esperaban hasta la mañana siguiente; ocurrióme

de pronto acudir á la señora Laubepin y participarle el apuro á que me

reducía la ausencia de su marido. Mientras vacilaba entre el pudor y la

necesidad, la vieja sirvienta, aterrada, al parecer, por la mirada

hambrienta que fijé sobre ella, cortó la cuestión, cerrando bruscamente

la puerta. Entonces, tomé mi partido, resolviéndome á ayunar hasta el

día siguiente.--Al fin, dije para mí, un día de abstinencia no me ha de

causar la muerte; si en esta circunstancia soy culpable de un exceso de

orgullo, yo solo sufriré sus consecuencias, por consiguiente esto me

atañe exclusivamente. Después me dirigí hacia la Sorbona, donde asistí

sucesivamente á varios cursos; tratando de llenar á fuerza de goces

espirituales, el vacío que sentía en lo material; mas llegó la hora en

que este recurso me faltó y también empezó á parecerme insuficiente.

Experimentaba, sobre todo, una fuerte irritación nerviosa, que esperaba

calmar paseando.

El día estaba frío y nublado.

Cuando pasaba por el puente de los Santos Padres me detuve un instante

casi sin querer, púseme de codos sobre el parapeto, y contemplé las

turbias aguas del río precipitándose bajo los arcos. No sé qué malditos

pensamientos asaltaron entonces mi debilitado y fatigado espíritu: me

imaginé de repente con los colores más insoportables, el porvenir de

lucha continua, de dependencia y humillación al que entraba lúgubremente

por la puerta del hambre; sentí un disgusto profundo, absoluto, y como

una imposibilidad de vivir. Al mismo tiempo una ola de cólera salvaje y

brutal me subió al cerebro; sentí como un deslumbramiento y echándome

sobre la balaustrada, vi toda la superficie del río cubierta de chispas.

No diré, siguiendo el uso: Dios no lo quiso. No me gustan las fórmulas

triviales. Me atrevo á decir: yo no lo quise, Dios nos ha hecho libres,

y si yo hubiera podido dudar de esta verdad hasta entonces, aquel

momento supremo en que el alma y el cuerpo, el valor y la cobardía, el

bien y el mal se entregaban en mí tan patentemente á un combate mortal,

aquel momento, repito, habría disipado para siempre mis dudas.

Vuelto en mí, no experimenté, frente á frente de aquellas terribles

ondas, sino la tentación muy inocente y bastante necia de apagar en

ellas la sed que me devoraba: después reflexioné que encontraría en mi

habitación un agua mucho más limpia: tomé rápidamente el camino de mi

casa, forjándome una imagen deliciosa de los placeres que en ella me

esperaban. En mi triste situación me admiraba, no podía darme cuenta de

cómo no había pensado antes en este expediente vencedor.

En el bulevar me encontré repentinamente con Gastón de Vaux á quien no

había visto hacía dos años. Detúvose después de un movimiento de duda,

me apretó cordialmente la mano, me dijo dos palabras sobre mis viajes y

me dejó en seguida. Después, volviendo sobre sus pasos:

--Amigo mío--me dijo,--es preciso que me permitas asociarte á una buena

fortuna que he tenido en estos días. He puesto la mano sobre un tesoro;

he recibido un cargamento de cigarros que me cuestan dos francos cada

uno, pero no tienen precio. Toma uno; después me dirás qué tales son.

Hasta la vista, querido.

Subí penosamente mis seis pisos y tomé, temblando de emoción, mi

bienhechora garrafa, cuyo contenido bebí poco á poco; después encendí el

cigarro de mi amigo, y miréme al espejo dirigiéndome una sonrisa

animadora.

En seguida volví á salir, convencido de que el movimiento físico y las

distracciones de la calle me eran saludables. Al abrir mi puerta me

sorprendí desagradablemente al ver en el estrecho corredor á la mujer

del conserje de la casa, que pareció demudarse por mi brusca aparición.

Esta mujer había estado en otro tiempo al servicio de mi madre, quien le

tomó cariño y le dió al casarla la posición lucrativa que hoy tiene.

Había creído observar desde días antes, que me espiaba, y al

sorprenderla esta vez casi en flagrante delito, le pregunté:

--¿Qué quiere usted?

--Nada, señor Máximo, estaba preparando el gas--respondió muy turbada.

Me encogí de hombros y salí.

El día declinaba. Pude pasearme en los lugares más frecuentados sin

temer enojosos encuentros. Mi paseo duró dos ó tres horas, horas

crueles. Hay algo de particularmente punzante al sentirse atacado, en

medio de toda la brillantez y abundancia de la vida civilizada, por el

azote de la vida salvaje: el hambre.

Esto raya en locura; es un tigre que salta al cuello en pleno bulevar.

Yo hacía nuevas reflexiones. ¿El hambre no es una palabra vana? ¿Es

verdad, pues, que existe una enfermedad llamada así; es verdad que hay

criaturas humanas que sufren de ordinario y casi diariamente, lo que yo

sufro por casualidad la primera vez en mi vida? ¿Y cuántos de estos

seres tendrán por añadidura algunos otros sufrimientos que á mí no me

abruman? La única persona que me interesa en el mundo, está al abrigo de

los males que yo sufro, la veo dichosa, sonrosada y risueña. Pero los

que no sufren solos, los que oyen el grito desgarrador de sus entrañas

repetido por labios amados y suplicantes, los que son esperados en una

fría buhardilla por sus mujeres macilentas, y sus hijuelos taciturnos.

¡Pobres gentes!... ¡Oh, santa caridad!

Estos pensamientos me quitaban el valor de quejarme y me han

proporcionado el de sostener la prueba hasta el fin. Podía en efecto

abreviarla. Hay aquí dos ó tres restaurants en que me conocen y donde,

cuando era rico, he entrado sin escrúpulo, aunque hubiese olvidado mi

bolsa. Ahora podía hacer lo mismo. Tampoco me era difícil encontrar en

París, quien me prestara cien sueldos; pero estos expedientes que

huelen a miseria y truhanería, me repugnaron decididamente.

Para los pobres, esta pendiente es resbaladiza y no quiero aún poner en

ella el pie.

Para mí sería lo mismo perder la probidad que perder la delicadeza, que

es la distinción de esta virtud vulgar. Así es que he observado

repetidas veces, con qué terrible facilidad se desflora y degrada este

sentimiento exquisito de la honradez en las almas mejor dotadas, no

solamente al soplo de la miseria, sino al simple contacto de la escasez,

y debo velar sobre mí con severidad, para rechazar en adelante como

sospechosas las capitulaciones de conciencia que parecen más inocentes.

En la adversidad, es menester no habituar el alma á la dejadez;

demasiada inclinación tiene á plegarse.

La fatiga y el frío me hicieron volver como á las nueve.

La puerta de la casa estaba abierta: subía la escalera con paso de

fantasma, cuando oí en el cuarto del conserje, el murmullo de una

agitada conversación, que al parecer versaba sobre mí, pues en ese

momento el tirano de la casa pronunciaba mi nombre en tono

despreciativo.

--Hazme el gusto, señora Vauberger--decía,--de dejarme tranquilo con tu

Máximo; ¿lo he arruinado yo acaso? ¿Y bien, á qué vienen esas

cantinelas? Si se mata, lo enterrarán... y se acabó.

--Te digo, Vauberger--replicó la mujer,--que si lo hubieras visto vaciar

su garrafa, se te hubiera partido el corazón... Y mira, si yo creyera

que piensas lo que dices, cuando exclamas con la negligencia de un

cómico «si se mata lo enterrarán...» Pero no lo puedo creer, porque en

el fondo eres un hombre, aunque no te gusta ser perturbado en tus

hábitos... Piensa, pues, Vauberger... ¡no tener fuego ni pan!... Un

muchacho que ha sido alimentado con tan buenos manjares y criado entre

pieles como un príncipe. ¿No es esto una vergüenza, una indignidad, y no

es un bribón el gobierno que permite semejantes cosas?

--Pero eso nada tiene que ver con el gobierno--respondió Vauberger, con

bastante razón...--Y además, tú te engañas, te lo aseguro... no es como

lo crees, no le puede faltar pan, ¡eso es imposible!

--Pues bien, Vauberger, voy á decírtelo todo, lo he seguido, lo he

espiado, y luego lo he hecho espiar por Eduardo: ¡y bien! estoy segura

que no ha almorzado esta mañana, y como he registrado todos sus

bolsillos y cajones y no le queda en ellos un céntimo, estoy muy cierta

que no habrá aún comido, pues es demasiado orgulloso para mendigar...

--¡Tanto peor para él! Cuando uno es pobre, es necesario no ser

orgulloso--dijo el honorable conserje, que me pareció expresar en esta

circunstancia, los sentimientos de un portero.

Tenía bástanle con este diálogo, y lo terminé bruscamente abriendo la

puerta del cuarto y pidiendo una luz á Vauberger, que creo no se hubiera

consternado más si le hubiera pedido su cabeza. A pesar del deseo que

tenía de mostrar firmeza á estas gentes, me fué imposible no tropezar

una ó dos veces en la escalera: la cabeza me vacilaba. Al entrar en mi

cuarto, ordinariamente helado, tuve la sorpresa de hallar en él, una

temperatura tibia, sostenida suavemente por un fuego claro y alegre. No

tuve el rigorismo de apagarlo; bendije los buenos corazones que hay en

el mundo, me extendí luego en un viejo sofá de terciopelo de Utrecht, á

quien los reveses de la fortuna han hecho pasar como á mí, del piso bajo

á la buhardilla, y traté de dormitar.

Me hallaba hacía media hora, sumergido en una especie de

entorpecimiento, cuya somnolencia uniforme me presentaba la ilusión de

suntuosos festines y campestres fiestas, cuando el ruido de la puerta

que se abría, me despertó sobresaltado. Creí soñar aún, viendo entrar á

la señora Vauberger con una gran bandeja sobre la que humeaban dos ó

tres odoríferos platos. Habíala ya depuesto sobre el pavimento y

comenzado á extender su mantel sobre la mesa, antes que hubiese sacudido

enteramente mi letargo. Por fin me levanté bruscamente.

--¿Qué es esto?--dije.--¿Qué es lo que hace usted?

La señora Vauberger fingió una viva sorpresa.

--¿No había pedido comida, el señor?

--No.

--Eduardo me dijo que...

--Eduardo se ha engañado. Será el inquilino de al lado.

--Pero si no hay inquilino al lado... No comprendo...

--En fin, no es para mí... ¿Qué significa esto? Me fastidia usted;

llévese eso.

La pobre mujer se puso á plegar tristemente su mantel, dirigiéndome las

miradas desconsoladas de un perro á quien se ha castigado.

--¿El señor ha comido probablemente?--volvió á decir con voz tímida.

--Probablemente.

--Es una desgracia, porque la comida está pronta, va á perderse y el

pobre muchacho será reprendido por su padre. Si el señor no hubiera

comido por casualidad, me haría un servicio...

Di un golpe violento con el pie.

--Márchese, le he dicho.

Cuando salía me acerqué á ella.

--Mi buena Luisa--le dije,--la comprendo y le doy las gracias: pero esta

noche sufro bastante y no tengo hambre.

--¡Ah! señor Máximo--exclamó llorando--si supiera usted lo que me

mortifica... pues bien, me pagará después mi comida, si quiere, me

pondrá el dinero en la mano, cuando lo tenga... pero puede usted estar

seguro, que aun cuando me diese cien mil francos, no me proporcionaría

usted tanto placer, como si lo viera aceptar mi pobre comida. Me haría

usted una soberbia limosna. Usted que tiene talento, señor, debe

comprender bien todo esto. Entretanto...

--¡Bueno! mi querida Luisa... qué quiere usted... no puedo darle cien

mil francos... pero tomaré su comida... Me dejará solo, ¿no es así?

--Sí, señor Máximo. ¡Ah! gracias, señor. Le doy muchas gracias. ¡Tiene

usted buen corazón!

--Y buen apetito, también, Luisa. Deme su mano... no es para poner en

ella dinero, esté tranquila... Ahora... hasta la vista.

La excelente mujer salió sollozando.

Acababa de escribir estas líneas después de haber hecho los honores á la

comida de Luisa, cuando oí en la escalera el ruido de un paso pesado y

grave: al mismo tiempo creí distinguir la voz de mi humilde providencia,

expresándose en el tono de una confidencia tumultuosa y agitada. Pocos

instantes después llamaron á mi puerta, y mientras Luisa se perdía en la

sombra, vi aparecer el solemne perfil del viejo notario. El señor

Laubepin arrojó una rápida mirada sobre la bandeja donde yo había

reunido los restos de la comida; luego avanzando hacia mí y abriéndome

los brazos en señal de confusión y de reproche á la vez:

--Señor Marqués--dijo,--en nombre del Cielo, ¿cómo no me ha...?

Interrumpiéndose, se paseó á largos pasos á través del cuarto y

deteniéndose de pronto.

--Joven--continuó,--esto no está bien hecho; ha herido á un amigo y

hecho sonrojar á un viejo.

Estaba muy conmovido. Yo lo miré también con emoción no sabiendo qué

responderle, cuando me atrajo bruscamente contra su pecho, y me oprimió

hasta sofocarme, murmurándome al oído:

--¡Pobre niño!

Hubo un momento de silencio. Nos sentamos.

--Máximo--dijo entonces el señor Laubepin--¿está usted siempre en las

disposiciones en que lo dejé? ¿Tendrá usted valor para aceptar el

trabajo más humilde, el empleo más modesto, con tal que sea honorable, y

que asegurando su existencia personal, aleje de su hermana, en lo

presente y en lo porvenir, los dolores y peligros de la pobreza?

--Ciertamente, señor, ese es mi deber y estoy pronto á cumplirlo.

--En ese caso, amigo mío, escúcheme. Acabo de llegar de la Bretaña;

existe en esta antigua provincia una opulenta familia llamada Laroque,

la cual me honra con su entera confianza hace muchos años. Esta familia

es representada hoy por un anciano y dos mujeres, á quienes su edad y

carácter hacen igualmente inhábiles para los negocios. Los Laroque

poseen una fortuna territorial considerable, cuya administración estaba

confiada en estos últimos tiempos, á un intendente que yo me tomaba la

libertad de mirar como un bribón. Al día siguiente de nuestra

entrevista, Máximo, recibí la noticia de la muerte de este individuo:

me puse en camino inmediatamente para el castillo de Laroque y he pedido

para usted el empleo vacante. He hecho valer su título de abogado y más

particularmente sus cualidades morales. Conformándome con su deseo, no

he hablado nada sobre su nacimiento: no es usted, ni será conocido en la

casa, sino bajo el nombre de Máximo Odiot. Habitará usted un pabellón

separado, donde se le servirá la comida, cuando no le sea agradable

figurar en la mesa de la familia. Sus honorarios están fijados en seis

mil francos por año. ¿Le conviene?

--Me conviene grandemente y todas las precauciones y delicadezas de su

amistad me conmueven vivamente; pero, para decirle la verdad, temo ser

un hombre de negocios muy poco entendido, algo novicio.

--Pierda cuidado sobre ese punto, amigo mío. Mis escrúpulos se han

anticipado á los suyos y no he ocultado nada á los interesados.

Señora--dije á mi excelente amiga la señora de Laroque,--tiene usted

necesidad de un intendente, de un gerente para su fortuna: yo le ofrezco

uno. Está lejos de tener la habilidad de su predecesor; no está versado

absolutamente en los misterios de los arrendamientos y contratos de

tierras: no conoce la primera palabra de los negocios que va usted á

dignarse confiarle; no tiene conocimientos especiales, ni práctica, ni

experiencia, ni nada de lo que se necesita; pero tiene algo, que faltaba

á su predecesor, que cincuenta años de práctica no habían podido darle,

y que diez mil años más no le habrían dado tampoco; tiene probidad,

señora. Lo he visto en el fuego y respondo de él. Tómelo, y tendrá usted

mi reconocimiento y el suyo. La señora de Laroque se rió mucho de mi

manera de recomendar á las gentes, pero finalmente parece que era buena,

puesto que tuvo éxito.

El digno anciano se ofreció entonces á darme algunas nociones

elementales y generales sobre la especie de administración de que iba á

ser encargado y agregar á propósito de los intereses de la familia

Laroque, algunas noticias que se ha tomado el trabajo de recoger y

redactar para mí.

--¿Y cuándo debo partir, mi querido señor?

--A decir verdad, mi querido niño (ya no se trataba del señor Marqués),

cuanto más pronto, será mejor; porque aquellas gentes no son capaces de

hacer por sí mismas una carta de pago. Mi excelente amiga la señora de

Laroque en particular, mujer recomendable por diversos títulos, es en

punto á negocios, de una incuria, una ineptitud y niñería, que

sobrepasa lo imaginable. ¡Es una criolla!

--¡Ah! es una criolla--repetí con vivacidad.

--Sí, joven, una vieja criolla--respondió secamente el señor

Laubepin.--Su marido era bretón; pero estos detalles vendrán á su

tiempo... Hasta mañana, Máximo, ¡valor!... ¡Ah! olvidaba... El jueves

por la mañana antes de mi partida hice una cosa que no le será

desagradable. Tenía usted entre sus acreedores algunos bribones, cuyas

relaciones con su padre habían sido contaminadas de usura: armado de los

rayos legales, he reducido sus créditos á la mitad, y obtenido el saldo

total, quedándole á usted en definitiva un capital de veinte mil

francos. Agregando á esta reserva las economías que podrá usted hacer

cada año, sobre sus honorarios, tendremos en diez años, una linda dote

para Elena... Venga á almorzar mañana con el maestro Laubepin y

acabaremos de arreglar todo esto... ¡Buenas noches, Máximo, buenas

noches, mi querido hijo!

--¡Que Dios le bendiga, señor!

La Novela de un Joven Pobre · 第 5 / 19 题