Hacía más de un mes que no había visto a Magdalena cinco minutos
seguidos sin testigos y más tiempo todavía que no había obtenido de ella
nada que se pareciera a sus amenidades de otra época. Un día la hallé
por casualidad en una calle desierta del barrio en que yo habitaba.
Estaba sola e iba a pie. Toda la sangre de su corazón refluyó hacia sus
mejillas cuando me vio, y tuve necesidad, por cierto, de toda mi
resolución, para no correr a su encuentro y estrecharla entre los brazos
en plena calle.
--¿De dónde viene y a dónde va?
Esta fue la primera pregunta que le dirigí viéndola extraviada y como
aventurándose en una parte de París, que debía ser el fin del mundo para
la condesa De Nièvres.
--Voy a dos pasos de aquí--me respondió con un poco de cortedad,--a
hacer una visita.
Y nombró a la persona a cuya casa iba.
--Que sea o no recibida--añadió,--separémonos. Es bueno que no se nos
vea juntos. No hay nada de insolente en sus procederes. Ha hecho usted
tales locuras que en lo sucesivo me corresponde a mí el ser prudente.
--La dejo a usted--dije saludándola.
--A propósito--continuó Magdalena en el instante que me alejaba.--Esta
noche voy al teatro con mi padre y mi hermana. Hay un lugar para usted
si lo quiere.
--Permítame usted...--dije fingiendo reflexionar sobre compromisos que
no tenía.--Esta noche no estoy libre.
--Había pensado--añadió con la dulzura de niño tomado en
falta.--Esperaba...
--Me es absolutamente imposible--respondí con una sangre fría cruel.
Hubiérase dicho que me causaba placer devolviéndole capricho por
capricho y torturándola.
Por la noche, a las ocho y media entraba yo en su palco. Empujé la
puerta lo más suavemente posible; ella tuvo la sensación de que era yo
porque afectó el no volver siquiera la cabeza. Permaneció por entero
ocupada de la música, los ojos fijos en el escenario. Sólo cuando llegó
el primer descanso de los cantantes pude acercarme a ella y obligarla a
recibir mi saludo.
--Vengo a pedirle un lugar en su palco--le dije poniéndola a medias en
una mentira,--a menos que ese puesto no esté destinado al señor De
Nièvres.
--El señor De Nièvres no vendrá--respondió Magdalena volviéndose del
lado de la platea.
Se ponía en escena una obra maestra, inmortal. Cantantes incomparables,
que ya han desaparecido, ponían en ella transportes de entusiasmo. El
auditorio estallaba en aplausos frenéticos. Aquella maravillosa
electricidad de la música apasionada, removía como con la mano, la musa
de cerebros pesados o de corazones distraídos y comunicaba al más
insensible de los espectadores aires de inspirado. Un tenor, cuyo
nombre por sí solo era un prestigio, llegó cerca del proscenio, a dos
pasos de nosotros. Se mantuvo un momento en la actitud recogida, un poco
torpe del ruiseñor que va a cantar. Era feo, gordo, estaba mal vestido,
sin atractivo, otra semejanza con el _virtuoso_ alado. Desde las
primeras notas hubo en la sala un ligero estremecimiento, como en un
bosque en donde las hojas palpitan. Jamás me pareció tan extraordinario
como aquella noche, velada única y última en que quise oírle. Todo era
selecto, hasta el idioma fluido, ondulante y rimado que presta a la idea
choques sonoros y hace del vocabulario italiano un libro de música.
Cantaba el himno eternamente tierno y lamentoso de los amantes que
esperan. Una a una en melodías nunca oídas, desarrollaba todas las
tristezas, todos los ardores, y todas las esperanzas de los corazones
muy enamorados. Hubiérase dicho que se dirigía a Magdalena, tan
directamente nos llegaba su voz penetrante, emocionada, discreta como si
aquel cantor sin entrañas hubiera sido confidente de mis propios
dolores. Cien años habría yo buscado en el fondo de mi pecho torturado y
abrasado, antes de encontrar una sola palabra que valiese un suspiro de
aquel melodioso instrumento que decía tantas cosas y no sentía ninguna.
Magdalena le escuchaba anhelante. Yo estaba detrás de ella tan cerca
como permitía el respaldo de su butaca, en el cual me apoyaba. De cuando
en cuando se echaba atrás hasta el punto de que sus cabellos me barrían
los labios. No podía hacer un gesto de mi lado, que yo no sintiera en
seguida su aliento desigual y lo respiraba como un ardor más. Tenía los
dos brazos cruzados sobre el pecho, acaso para contener los latidos de
su corazón. Todo su cuerpo inclinado hacia atrás obedecía a
palpitaciones irresistibles, y cada inspiración de su pecho
comunicándose de su asiento a mi brazo me imprimía un movimiento
convulsivo en todo parecido al de mi propia vida. Era para creer que el
mismo aliento nos animaba a la vez en una existencia indivisible y que
la sangre de Magdalena, no la mía ya, circulaba en mi corazón
enteramente desposeído por amor.
En aquel instante sintiose un poco de ruido en un palco situado al otro
extremo de la sala y en él entraron dos mujeres solas, vestidas con gran
lujo y llegando tarde para causar más efecto. Apenas sentadas, empezaron
a manejar los gemelos y sus ojos se detuvieron en Magdalena. Esta,
involuntariamente, hizo como ellas. Hubo por un segundo un cambio de
observación escudriñadora que me heló de espanto, porque al primer golpe
de vista había reconocido un rostro testigo de antiguas debilidades y al
encontrarlo de nuevo causa de recuerdos detestados. Al fijarme en
aquellos ojos fijos en nosotros, ¿tuvo Magdalena una sospecha? Lo creo,
porque se volvió de pronto como para sorprenderme. Yo sostuve el fuego
de su mirada, el más inmediato y más clarividente que jamás he
afrontado. Si se hubiese tratado de su vida no habría yo estado más
resuelto a un acto de temeridad que me exigió el mayor esfuerzo. El
resto de la velada se pasó mal. Magdalena parecía menos ocupada de la
música, distraída por una idea molesta, como si aquel encuentro y
aquella permanencia cara a cara la importunasen. Una o dos veces
todavía, trató de aclarar las dudas; después quedó extraña a todo lo que
en torno de ella sucedía y comprendí que se retiraba al fondo de su
pensamiento.
La conduje hasta su coche y llegados a él, el estribo bajo y Magdalena
envuelta en su abrigo de pieles, le dije:
--¿Me permite usted acompañarla?
No había contestación que darme sobre todo a presencia del señor D'Orsel
y de Julia. La pregunta era, por otra parte, de las más sencillas. Subí
casi antes que ella me lo permitiera.
No se pronunció ni una palabra durante el trayecto sobre el pavimento
ruidoso al paso rápido y sonoro de los caballos. El señor D'Orsel
tarareaba recordando la obra. Julia me observaba con disimulo y luego
pegaba el rostro a los cristales y miraba a la calle. Magdalena, medio
acostada como habría estado sobre una silla larga, ajaba con mano
nerviosa un enorme ramillete de violetas que toda la noche me había
embriagado. Veía yo el extraño fulgor febril de sus ojos fijos. Sentíame
presa de profunda turbación, sentía distintamente que había de ella a mí
algo muy grave, como un decisivo debate.
Bajó la última y aun tenía su mano en la mía cuando ya el señor D'Orsel
y Julia subían la escalera del hotel. Dio un paso para seguirlos y dejó
caer el ramillete. Fingí no advertirlo.
--Mi ramo, ¿hace usted el favor?
Se lo tendí sin decir ni una palabra: hubiera sollozado. Lo tomó, lo
llevó rápidamente a sus labios, lo mordió con furor como si quisiera
despedazarlo.
--Me martiriza usted y me desgarra--dijo en voz baja con un acento de
suprema desesperación; luego, con un movimiento que no puedo describir,
arrancó las dos mitades del ramillete, se quedó con una y me arrojó, por
decirlo así, la otra mitad a la cara.
Yo eché a correr como un loco, en plena noche, llevando como un jirón
del corazón de Magdalena aquel manojillo de flores en que había ella
puesto sus labios e impreso mordeduras que yo saboreaba como besos.
Caminaba al azar, ebrio de alegría, repitiéndome una frase que me
deslumbraba como la luz de un sol naciente. No me preocupaba ni de la
hora ni de las calles. Después de haberme extraviado diez veces en el
barrio de París que conocía mejor llegué a los muelles. No encontré en
ellos a nadie.
París entero dormía como duerme de tres a seis de la mañana. La luna
alumbraba los muelles desiertos, huyendo hasta perderse de vista. Apenas
hacía frío: estábamos en marzo. El río tenía estremecimientos de luz que
lo blanqueaban y corría sin hacer el más leve ruido entre sus altas
riberas pobladas de árboles y de palacios. A lo lejos se hundía la
ciudad populosa con sus torres, sus medias naranjas, sus flechas, en las
cuales parecía que estaban encendidas las estrellas como faros, y el
París central dormitaba confusamente extendido bajo las brumas. Aquel
silencio y aquella soledad elevaron hasta el colmo el sentimiento súbito
que me venía de la vida, de su grandeza, de su plenitud y de su
intensidad. Recordé lo que había sufrido, entre las multitudes o en mi
casa, siempre aislado y sintiéndome perdido, en la medianía, y
continuamente abandonado. Comprendí que aquella larga enfermedad no
dependía de mí, que toda pequeñez era el hecho de la falta de felicidad.
«Un hombre es todo o no es nada»--me decía.--El más pequeño se torna el
más grande, el más mísero puede dar envidia... Y me parecía que mi dicha
y mi orgullo llenaba París.
Forjé ensueños insensatos, proyectos monstruosos que no tendrían
excusa si no hubieran sido concebidos en un acceso de fiebre.
Quería ver a Magdalena aquel día, a todo trance. «Ya no habrá--me
decía--subterfugios, ni disfraces, ni habilidad, ni barreras que
prevalezcan sobre lo que yo quiero y contra la certidumbre que tengo.»
Llevaba en la mano las flores rotas, las miraba y las cubría de besos,
las interrogaba como si guardasen el secreto de Magdalena, las
preguntaba qué había dicho ella cuando las desgarraba, si eran caricias
o insultos... Y no sé qué sensación desenfrenada me replicaba que
Magdalena estaba perdida y que ya no tenía más que atreverme.
Al día siguiente corrí a casa de Magdalena. Había salido. Volví los días
siguientes: no había medio de encontrarla. Adquirí la convicción de que
no respondía de sí misma y recurría a medios de defensa que fuesen a
toda prueba.
Tres semanas, sobre poco más o menos, transcurrieron así, en lucha
contra puertas cerradas y en un estado de exasperación que me ponía al
nivel de una bestia extraviada obstinándose en salvar vallas.
Una tarde me llegó un billete. Lo mantuve un momento cerrado, suspendido
delante de mis ojos, como si él contuviera mi destino.
* * *
«Si tiene usted la más leve amistad para mí--me decía Magdalena,--no se
obstine en perseguirme; me hace usted mal inútilmente. Mientras tuve la
esperanza de salvarle de un error y de una locura, nada que pudiera dar
resultado economicé. Hoy me debo a otros cuidados que había abandonado
con exceso. Proceda como si no habitara usted en París a lo menos por
algún tiempo. De usted depende que le diga adiós o hasta la vista.»
* * *
Aquella despedida trivial, de una sequedad perfecta, me causó el efecto
de un derrumbe. Después, al abatimiento sucedió la cólera. Y acaso la
cólera fue lo que me salvó. Ella me prestó energías para reaccionar y
adoptar un partido extremo. Aquel mismo día escribí dos o tres cartas
diciendo que me ausentaba de París. Me mudé de casa, fui a ocultarme en
un barrio alejado, llamé en mi auxilio lo que me quedaba de razón, de
inteligencia y de amor al bien, y volví a empezar una nueva prueba cuya
duración no sabía, pero que en cualquier caso debía ser la última.