XV

Hacía más de un mes que no había visto a Magdalena cinco minutos

seguidos sin testigos y más tiempo todavía que no había obtenido de ella

nada que se pareciera a sus amenidades de otra época. Un día la hallé

por casualidad en una calle desierta del barrio en que yo habitaba.

Estaba sola e iba a pie. Toda la sangre de su corazón refluyó hacia sus

mejillas cuando me vio, y tuve necesidad, por cierto, de toda mi

resolución, para no correr a su encuentro y estrecharla entre los brazos

en plena calle.

--¿De dónde viene y a dónde va?

Esta fue la primera pregunta que le dirigí viéndola extraviada y como

aventurándose en una parte de París, que debía ser el fin del mundo para

la condesa De Nièvres.

--Voy a dos pasos de aquí--me respondió con un poco de cortedad,--a

hacer una visita.

Y nombró a la persona a cuya casa iba.

--Que sea o no recibida--añadió,--separémonos. Es bueno que no se nos

vea juntos. No hay nada de insolente en sus procederes. Ha hecho usted

tales locuras que en lo sucesivo me corresponde a mí el ser prudente.

--La dejo a usted--dije saludándola.

--A propósito--continuó Magdalena en el instante que me alejaba.--Esta

noche voy al teatro con mi padre y mi hermana. Hay un lugar para usted

si lo quiere.

--Permítame usted...--dije fingiendo reflexionar sobre compromisos que

no tenía.--Esta noche no estoy libre.

--Había pensado--añadió con la dulzura de niño tomado en

falta.--Esperaba...

--Me es absolutamente imposible--respondí con una sangre fría cruel.

Hubiérase dicho que me causaba placer devolviéndole capricho por

capricho y torturándola.

Por la noche, a las ocho y media entraba yo en su palco. Empujé la

puerta lo más suavemente posible; ella tuvo la sensación de que era yo

porque afectó el no volver siquiera la cabeza. Permaneció por entero

ocupada de la música, los ojos fijos en el escenario. Sólo cuando llegó

el primer descanso de los cantantes pude acercarme a ella y obligarla a

recibir mi saludo.

--Vengo a pedirle un lugar en su palco--le dije poniéndola a medias en

una mentira,--a menos que ese puesto no esté destinado al señor De

Nièvres.

--El señor De Nièvres no vendrá--respondió Magdalena volviéndose del

lado de la platea.

Se ponía en escena una obra maestra, inmortal. Cantantes incomparables,

que ya han desaparecido, ponían en ella transportes de entusiasmo. El

auditorio estallaba en aplausos frenéticos. Aquella maravillosa

electricidad de la música apasionada, removía como con la mano, la musa

de cerebros pesados o de corazones distraídos y comunicaba al más

insensible de los espectadores aires de inspirado. Un tenor, cuyo

nombre por sí solo era un prestigio, llegó cerca del proscenio, a dos

pasos de nosotros. Se mantuvo un momento en la actitud recogida, un poco

torpe del ruiseñor que va a cantar. Era feo, gordo, estaba mal vestido,

sin atractivo, otra semejanza con el _virtuoso_ alado. Desde las

primeras notas hubo en la sala un ligero estremecimiento, como en un

bosque en donde las hojas palpitan. Jamás me pareció tan extraordinario

como aquella noche, velada única y última en que quise oírle. Todo era

selecto, hasta el idioma fluido, ondulante y rimado que presta a la idea

choques sonoros y hace del vocabulario italiano un libro de música.

Cantaba el himno eternamente tierno y lamentoso de los amantes que

esperan. Una a una en melodías nunca oídas, desarrollaba todas las

tristezas, todos los ardores, y todas las esperanzas de los corazones

muy enamorados. Hubiérase dicho que se dirigía a Magdalena, tan

directamente nos llegaba su voz penetrante, emocionada, discreta como si

aquel cantor sin entrañas hubiera sido confidente de mis propios

dolores. Cien años habría yo buscado en el fondo de mi pecho torturado y

abrasado, antes de encontrar una sola palabra que valiese un suspiro de

aquel melodioso instrumento que decía tantas cosas y no sentía ninguna.

Magdalena le escuchaba anhelante. Yo estaba detrás de ella tan cerca

como permitía el respaldo de su butaca, en el cual me apoyaba. De cuando

en cuando se echaba atrás hasta el punto de que sus cabellos me barrían

los labios. No podía hacer un gesto de mi lado, que yo no sintiera en

seguida su aliento desigual y lo respiraba como un ardor más. Tenía los

dos brazos cruzados sobre el pecho, acaso para contener los latidos de

su corazón. Todo su cuerpo inclinado hacia atrás obedecía a

palpitaciones irresistibles, y cada inspiración de su pecho

comunicándose de su asiento a mi brazo me imprimía un movimiento

convulsivo en todo parecido al de mi propia vida. Era para creer que el

mismo aliento nos animaba a la vez en una existencia indivisible y que

la sangre de Magdalena, no la mía ya, circulaba en mi corazón

enteramente desposeído por amor.

En aquel instante sintiose un poco de ruido en un palco situado al otro

extremo de la sala y en él entraron dos mujeres solas, vestidas con gran

lujo y llegando tarde para causar más efecto. Apenas sentadas, empezaron

a manejar los gemelos y sus ojos se detuvieron en Magdalena. Esta,

involuntariamente, hizo como ellas. Hubo por un segundo un cambio de

observación escudriñadora que me heló de espanto, porque al primer golpe

de vista había reconocido un rostro testigo de antiguas debilidades y al

encontrarlo de nuevo causa de recuerdos detestados. Al fijarme en

aquellos ojos fijos en nosotros, ¿tuvo Magdalena una sospecha? Lo creo,

porque se volvió de pronto como para sorprenderme. Yo sostuve el fuego

de su mirada, el más inmediato y más clarividente que jamás he

afrontado. Si se hubiese tratado de su vida no habría yo estado más

resuelto a un acto de temeridad que me exigió el mayor esfuerzo. El

resto de la velada se pasó mal. Magdalena parecía menos ocupada de la

música, distraída por una idea molesta, como si aquel encuentro y

aquella permanencia cara a cara la importunasen. Una o dos veces

todavía, trató de aclarar las dudas; después quedó extraña a todo lo que

en torno de ella sucedía y comprendí que se retiraba al fondo de su

pensamiento.

La conduje hasta su coche y llegados a él, el estribo bajo y Magdalena

envuelta en su abrigo de pieles, le dije:

--¿Me permite usted acompañarla?

No había contestación que darme sobre todo a presencia del señor D'Orsel

y de Julia. La pregunta era, por otra parte, de las más sencillas. Subí

casi antes que ella me lo permitiera.

No se pronunció ni una palabra durante el trayecto sobre el pavimento

ruidoso al paso rápido y sonoro de los caballos. El señor D'Orsel

tarareaba recordando la obra. Julia me observaba con disimulo y luego

pegaba el rostro a los cristales y miraba a la calle. Magdalena, medio

acostada como habría estado sobre una silla larga, ajaba con mano

nerviosa un enorme ramillete de violetas que toda la noche me había

embriagado. Veía yo el extraño fulgor febril de sus ojos fijos. Sentíame

presa de profunda turbación, sentía distintamente que había de ella a mí

algo muy grave, como un decisivo debate.

Bajó la última y aun tenía su mano en la mía cuando ya el señor D'Orsel

y Julia subían la escalera del hotel. Dio un paso para seguirlos y dejó

caer el ramillete. Fingí no advertirlo.

--Mi ramo, ¿hace usted el favor?

Se lo tendí sin decir ni una palabra: hubiera sollozado. Lo tomó, lo

llevó rápidamente a sus labios, lo mordió con furor como si quisiera

despedazarlo.

--Me martiriza usted y me desgarra--dijo en voz baja con un acento de

suprema desesperación; luego, con un movimiento que no puedo describir,

arrancó las dos mitades del ramillete, se quedó con una y me arrojó, por

decirlo así, la otra mitad a la cara.

Yo eché a correr como un loco, en plena noche, llevando como un jirón

del corazón de Magdalena aquel manojillo de flores en que había ella

puesto sus labios e impreso mordeduras que yo saboreaba como besos.

Caminaba al azar, ebrio de alegría, repitiéndome una frase que me

deslumbraba como la luz de un sol naciente. No me preocupaba ni de la

hora ni de las calles. Después de haberme extraviado diez veces en el

barrio de París que conocía mejor llegué a los muelles. No encontré en

ellos a nadie.

París entero dormía como duerme de tres a seis de la mañana. La luna

alumbraba los muelles desiertos, huyendo hasta perderse de vista. Apenas

hacía frío: estábamos en marzo. El río tenía estremecimientos de luz que

lo blanqueaban y corría sin hacer el más leve ruido entre sus altas

riberas pobladas de árboles y de palacios. A lo lejos se hundía la

ciudad populosa con sus torres, sus medias naranjas, sus flechas, en las

cuales parecía que estaban encendidas las estrellas como faros, y el

París central dormitaba confusamente extendido bajo las brumas. Aquel

silencio y aquella soledad elevaron hasta el colmo el sentimiento súbito

que me venía de la vida, de su grandeza, de su plenitud y de su

intensidad. Recordé lo que había sufrido, entre las multitudes o en mi

casa, siempre aislado y sintiéndome perdido, en la medianía, y

continuamente abandonado. Comprendí que aquella larga enfermedad no

dependía de mí, que toda pequeñez era el hecho de la falta de felicidad.

«Un hombre es todo o no es nada»--me decía.--El más pequeño se torna el

más grande, el más mísero puede dar envidia... Y me parecía que mi dicha

y mi orgullo llenaba París.

Forjé ensueños insensatos, proyectos monstruosos que no tendrían

excusa si no hubieran sido concebidos en un acceso de fiebre.

Quería ver a Magdalena aquel día, a todo trance. «Ya no habrá--me

decía--subterfugios, ni disfraces, ni habilidad, ni barreras que

prevalezcan sobre lo que yo quiero y contra la certidumbre que tengo.»

Llevaba en la mano las flores rotas, las miraba y las cubría de besos,

las interrogaba como si guardasen el secreto de Magdalena, las

preguntaba qué había dicho ella cuando las desgarraba, si eran caricias

o insultos... Y no sé qué sensación desenfrenada me replicaba que

Magdalena estaba perdida y que ya no tenía más que atreverme.

Al día siguiente corrí a casa de Magdalena. Había salido. Volví los días

siguientes: no había medio de encontrarla. Adquirí la convicción de que

no respondía de sí misma y recurría a medios de defensa que fuesen a

toda prueba.

Tres semanas, sobre poco más o menos, transcurrieron así, en lucha

contra puertas cerradas y en un estado de exasperación que me ponía al

nivel de una bestia extraviada obstinándose en salvar vallas.

Una tarde me llegó un billete. Lo mantuve un momento cerrado, suspendido

delante de mis ojos, como si él contuviera mi destino.

* * *

«Si tiene usted la más leve amistad para mí--me decía Magdalena,--no se

obstine en perseguirme; me hace usted mal inútilmente. Mientras tuve la

esperanza de salvarle de un error y de una locura, nada que pudiera dar

resultado economicé. Hoy me debo a otros cuidados que había abandonado

con exceso. Proceda como si no habitara usted en París a lo menos por

algún tiempo. De usted depende que le diga adiós o hasta la vista.»

* * *

Aquella despedida trivial, de una sequedad perfecta, me causó el efecto

de un derrumbe. Después, al abatimiento sucedió la cólera. Y acaso la

cólera fue lo que me salvó. Ella me prestó energías para reaccionar y

adoptar un partido extremo. Aquel mismo día escribí dos o tres cartas

diciendo que me ausentaba de París. Me mudé de casa, fui a ocultarme en

un barrio alejado, llamé en mi auxilio lo que me quedaba de razón, de

inteligencia y de amor al bien, y volví a empezar una nueva prueba cuya

duración no sabía, pero que en cualquier caso debía ser la última.

Fiebre de amor (Dominique) · 第 19 / 23 题