Este cambio se operó de la noche a la mañana y fue radical. No era ya el
momento de vacilar y enfriarse. Tenía horror a las medias tintas. Me
gustaba la lucha. La energía superabundaba en mí. Rechazada en una
parte, mi voluntad tenía necesidad de revolverse en otro sentido, de
buscar un nuevo obstáculo que vencer, en pocas horas, por decir así, y
lanzarse sobre él. El tiempo se me hacía eterno. Aparte toda cuestión de
tiempo me sentía, si no envejecido, a lo menos muy maduro. No era yo un
adolescente a quien el menor pesar clava, todo dolorido, sobre las
blandas pendientes de la juventud. Era un hombre orgulloso, impaciente,
herido, aguijoneado por los deseos y las pesadumbres, que caía, de
repente, en lo mejor de su vida--como un soldado al mediodía de la
jornada decisiva,--con el corazón henchido de agravios, el alma amargada
por la impotencia, el cerebro en plena explosión de proyectos.
No volví a poner los pies en el mundo, a lo menos en aquella parte de la
sociedad en donde arriesgaba hacerme notar y encontrar recuerdos, que me
hubieran tentado. No me encerré tampoco demasiado estrecho porque
hubiera muerto ahogado; pero me circunscribí en un círculo de hombres
activos, estudiosos, especiales, absortos, enemigos de quimeras, que se
dedicaban a la ciencia, a la erudición o al arte como aquel ingenuo
Florentín que creó la perspectiva y por las noches despertaba a su mujer
para decirle: «¡Qué dulce son es la perspectiva!» Desconfiaba de los
extravíos de la imaginación y la puse en orden. En cuanto a mis nervios,
que yo había cuidado tan voluptuosamente hasta entonces, los castigaba
de la manera más ruda por el desprecio a todo lo que es enfermizo y el
propósito firme de no estimar más que lo que es robusto y sano.
La claridad de la luna a orillas del Sena, el sol dulce, los ensueños
asomado a la ventana, los paseos bajo los árboles, el malestar o el
bienestar causados por un rayo de sol o por una gota de lluvia, las
asperezas del genio que me ocasionaba el aire un poco vivo y los buenos
pensamientos que me inspiraba la ausencia de viento, todas esas
blanduras de corazón, esa esclavitud del espíritu, esas sensaciones
exorbitantes fueron examinadas y del examen resultó decretar que eran
indignas de un hombre, y rompí todos aquellos hielos que me envolvían en
un tejido de influencias y de fragilidades.
Hacía una vida muy activa. Leía enormemente. No me malgastaba, me
economizaba. El sentimiento repulsivo de un sacrificio se combinaba con
el atractivo de un deber que tenía que llenar con respecto a mí mismo.
Obtenía de esto cierta satisfacción sombría que no era alegría, menos
aún plenitud, pero que mucho se asemejaba a lo que debe ser el altanero
placer de un voto monacal bien cumplido. No juzgaba que hubiera nada
pueril en una reforma que tenía causa tan grave y que podía tener un
resultado muy serio. Hice de mis lecturas lo mismo que había hecho de
otras mil cosas: considerándolas como alimento importantísimo de mi
espíritu, las expurgaba. Ya no sentía la necesidad de aclaraciones en
asuntos del corazón. No merecía la pena de reconocerme en libros
conmovedores cuando huía de mí mismo. Tenía que encontrarme mejor o
peor; si mejor, la elección era superflua y, si peor, era un ejemplo que
no debía ser buscado. Me formaba, por decir así, una especie de
colección saludable entre lo que el talento humano ha dejado de más
fortificante, más puro, desde el punto de vista moral, más ejemplar en
materia de raciocinio. En fin, le había prometido a Magdalena poner a
prueba mis fuerzas y quería mantener mi promesa aunque sólo fuera para
demostrarle que había en mí potencialidad sin empleo y para que pudiese
medir bien la duración y la energía de una ambición que no era en el
fondo más que amor convertido.
Al cabo de algunos meses de este régimen inflexible, llegué a un estado
de salud artificial y de solidez de espíritu que me parecía apropiada
para emprender mucho. Comencé por saldar mis cuentas con el pasado. Ya
sabe usted que había tenido la manía de los versos. Sea por complacencia
involuntaria de los días amables y añorados, sea por avaricia, no quise
que aquella parte viviente de mi juventud fuera enteramente destruida.
Me impuse la tarea de revolver aquel viejo repertorio de cosas
infantiles y de sensaciones apenas despertadas. Fue una especie de
confesión general indulgente, pero firme, sin ningún peligro para una
conciencia que se juzga. De aquellos innumerables pecados de otra edad
compuse dos tomos. Les puse un título que determinaba el carácter un
poco primaveral de la obra. Los encabecé con un prefacio ingenioso que
debía, por lo menos, ponerlos a cubierto del ridículo y los publiqué sin
firma. Aparecieron y desaparecieron. No esperaba más de ellos. Nada hice
para salvarlos del total olvido, convencido de que toda cosa que es
abandonada merece serlo y que no hay un solo rayo de verdadero sol
perdido en todo el universo.
Hecho este barrido de conciencia, me ocupé de tareas menos frívolas. Se
hacía entonces mucha política por doquier y particularmente en el medio
observador en que yo actuaba. Había en el ambiente de aquella época una
multitud de ideas en estado de nebulosa, problemas en estado de
esperanzas, generosidades en movimiento que debían condensarse más tarde
y formar lo que ahora se llama el cielo tempestuoso de la política
moderna.
Mi imaginación casi desarbolada, pero no del todo apagada, encontraba en
aquel objetivo algo que la seducía. La posición de hombre de Estado
era--en la época de que le hablo a usted,--el coronamiento necesario,
hasta cierto punto, el advenimiento al título de hombre útil para todo
aquel que tenía gran capacidad intelectual, talento o sencillamente
ingenio. Me enamoré de la idea de llegar a ser útil después de haber
sido dañino tanto tiempo. Y la ambición de ser ilustre también me
invadió poco a poco--pero, ¡sabe Dios por qué!--Comencé por hacer una
especie de estadía en la antecámara misma de los asuntos públicos, es
decir en medio de un pequeño parlamento compuesto de jóvenes voluntades
ambiciosas, de muy jóvenes abnegaciones dispuestas a ofrecerse, en el
cual se reproducían en diminutivo una parte de las polémicas que
agotaban entonces a toda Europa. Alcancé éxitos, puedo decirlo sin
orgullo hoy que nuestro parlamento mismo está olvidado. Me parecía que
mi camino estaba trazado. En él hallaba medio de desplegar la actividad
devoradora que me consumía. No sé qué insuperable esperanza me quedaba
de volver a encontrar a Magdalena. No me había dicho ¿adiós o hasta la
vista? Entendía que me vería mejor transformado, con un brillo más vivo
para ennoblecer mi posición. Todo se mezclaba así entre los estímulos
que me aguijoneaban. El encarnizado recuerdo de Magdalena zumbaba en el
fondo de mis ambiciones y momentos había en que no me era dado
distinguir en mis prematuros ensueños de poderío, lo que emanaba del
filántropo y lo que procedía del enamorado.
Todas aquellas ideas y sentimientos las resumí en un libro que apareció
bajo un nombre supuesto. Pocos meses después publiqué otro. Los dos
tuvieron más resonancia que la que yo esperaba. En poco tiempo estuve a
punto de ver trocada en celebridad la oscuridad en que estaba. Saboreaba
con delicia el placer vanidoso, furtivo y absolutamente íntimo, de oírme
alabado en la personalidad de mi pseudónimo. El día que el éxito fue
indiscutible le llevé mis dos libros a Agustín. Me abrazó de todo
corazón, me declaró que tenía un gran talento, se asombró de que se
hubiera revelado de golpe y tan pronto y me predijo como cosa infalible,
una posición moral, capaz de enloquecerme. Me propuse que Magdalena
gozase los primeros augurios de mi celebridad y le mandé mis libros al
señor De Nièvres. Le rogaba que no me hiciera traición; le daba
explicaciones plausibles de mi retirada: era excusable desde el momento
que estaba demostrado que había tenido un objeto.
La contestación del señor De Nièvres no contenía más que frases de
agradecimiento y elogios calcados sobre los que corrían en el público.
Magdalena no añadía ni una palabra a las de su marido.
La leve turbación de mi espíritu que siguió al dichoso comienzo de mi
vida literaria se desvaneció muy de prisa. A la efervescencia excitada
por una producción pronta, arrastradora, casi irreflexiva, sucedió una
gran calma, es decir, un momento de serenidad y de examen singularmente
lúcido. Había en mí un antiguo _yo mismo_ de quien ya hace largo tiempo
que no le hablo a usted, que callaba pero que sobrevivía. Aprovechó
aquel momento de reposo para reaparecer usando un severo lenguaje. Con
los avasallamientos de mi corazón me había emancipado por completo. Él
volvió a ocupar su alta posición en cuanto se trató de asuntos más
discutibles y se dio a deliberar fríamente los intereses más positivos
de mi espíritu. En otros términos: analicé con calma lo que de legítimo
había en el fondo de mi éxito, y preciso era que en conclusión estimara
si en ello existía razón para animarme. Hice el balance--muy
definitivo--de mi saber, es decir, de los recursos adquiridos y de mis
dones, o lo que es igual, de mis fuerzas vivas, comparé lo ficticio con
lo nativo, pesé lo que pertenecía a todo el mundo y lo poco que había
mío propio. El resultado de esta crítica imparcial, hecha tan
metódicamente como una liquidación de negocios, fue que yo era un hombre
distinguido y mediocre.
Había sufrido decepciones más crueles: aquella otra no me causó la más
leve amargura. Por otra parte, apenas si era tal decepción. Para muchos
habría sido más que satisfactoria aquella situación. Yo la consideraba
de muy diferente modo. Ese pequeño monstruo moderno que Oliverio llamaba
«lo vulgar», que le causaba tanto horror y que le condujo ya sabe usted
a dónde, lo conocía yo tan bien como él bajo otro nombre. Habitaba tan
bien en la región de las ideas como en el mundo inferior de los hechos.
Había sido el genio malhechor de todos los tiempos y era una llaga del
nuestro. Había en derredor mío una perversión de ideas con respecto a la
cual nunca me había dejado engañar. No me revolvía contra las
adulaciones que, después de todo, no podían ya hacerme cambiar de
opinión en ningún caso: las acogía como inocente expresión del juicio
público en una época en que la abundancia de lo mediocre había tornado
indulgente al gusto embotando el sentido acerado de las cosas
superiores. La opinión me parecía perfectamente equitativa en cuanto a
mí, aunque hiciera yo a la vez que mi proceso también el suyo.
Recuerdo que un día ensayé una prueba más convincente que todas las
demás. Tomé de mi biblioteca cierto número de libros contemporáneos y
procediendo poco más o menos como la posteridad procederá antes de
acabarse el siglo, pedí a cada uno cuenta de sus títulos a la duración y
sobre todo del derecho que tenían para llamarse útiles. Advertí que
llenaban muy poco la primera condición que hace vivir una obra, eran muy
poco necesarios. Muchos habían servido de pasajera diversión a sus
contemporáneos sin más resultado que agradar y caer en el olvido.
Algunos tenían un falso aspecto de necesidad que engañaba, vistos de
cerca, pero que lo futuro se encargará de definir. Un número muy
pequeño--me quedé asustado--poseían ese raro, absoluto e indudable
carácter, en el cual se reconoce toda una creación divina y humana, de
poder ser imitada pero no suplida y de hacer falta a las necesidades de
las gentes si se la supone ausente. Aquella especie de juicio póstumo,
ejercido por el más indigno sobre tantos espíritus elegidos, me demostró
que no sería yo nunca del número de los absueltos de culpa y pena.
Aquel que tomaba en su barca los hombres meritorios me habría dejado
ciertamente en la otra orilla del río: y en ella me quedé.
Otra vez más atrajo la atención del público mi nombre o por lo menos el
de mi imaginario personaje, y fue la última. Me pregunté entonces qué
era lo que me quedaba que hacer y me costó algún tiempo resolverlo.
Había para eso una dificultad de primer orden. Mi existencia desligada
de muchas vinculaciones--como usted ha visto--y desengañada de muchos
errores ya no pendía más que de un hilo, el cual aunque horriblemente
estirado y más resistente que nunca, seguía sujetándome y no imaginaba
que nada pudiera quebrarlo.
Ya apenas oía a nadie hablar de Magdalena aparte Oliverio a quien veía
muy poco, y Agustín a quien ella había atraído a su casa, sobre todo
después que yo desaparecí. Sabía vagamente cuál era el empleo de su vida
exterior: que había viajado y después vivido algún tiempo en Nièvres;
que luego había recobrado dos o tres veces sus costumbres en París, para
abandonarlas otra vez casi sin motivo y como bajo el imperio de un
malestar que se traducía en una perpetua inestabilidad de carácter y
como una necesidad de cambiar de lugares. Algunas veces la había visto,
pero tan furtivamente y a través de tan gran turbación, que en cada una
de aquellas ocasiones me había parecido que era víctima de un ensueño
penoso. De aquellas fugaces apariciones me quedaba la impresión de una
imagen extraña, de un rostro ajado como si los negros colores de mi alma
se hubieran desteñido sobre aquella radiante fisonomía.
Por aquella época tuve una gran emoción. Había una exposición de pintura
moderna. Aunque muy ignorante de una bella arte en punto a la cual
tenía el instinto sin la más leve cultura, y de la que hablaba tanto
menos cuanto más la respetaba, iba algunas veces a perseguir
observaciones de otros que me enseñaban a conocer bien mi época y hacer
comparaciones que no me alegraban nada. Un día vi un grupito de
personas--que debían ser conocedoras--discutiendo delante de un cuadro.
Era un retrato de medio cuerpo concebido en un estilo antiguo, con fondo
oscuro: el vestido indeciso y sin ningún accesorio, dos manos
espléndidas, la cabellera medio perdida, la cabeza presentada de frente,
firme de contornos, grabada sobre el lienzo con la precisión de un
esmalte y modelada yo no sé de qué manera sobria, amplia y sin embargo
velada, que daba a la fisonomía incertidumbres extraordinarias y hacía
palpitar un alma emocionada en el vigoroso dibujo de las facciones tan
firme y resuelto como el grabado de una medalla. Me quedé anonadado
delante de aquella efigie espantosa de realidad y de tristeza. La firma
era la de un ilustre pintor. Recorrí el catálogo y encontré las
iniciales de la señora De Nièvres. No había yo menester de aquel
testimonio. Magdalena estaba allí, delante de mí, fija en mí la mirada;
pero, ¡con qué ojos, en qué actitud, con qué palidez y qué misteriosa
expresión de espera y de amarga pena!
En poco estuvo que no lanzara un grito y no sé cómo logré contenerme lo
bastante para no darle a la gente el espectáculo de una locura. Me
coloqué en primera fila apartando a todos aquellos curiosos que nada
tenían que hacer entre aquel retrato y yo. Para tener el derecho de
examinarlo desde más cerca y más largo tiempo imité el gesto, las
actitudes, la manera de mirar y hasta las pequeñas exclamaciones de
aprobación de los aficionados prácticos en la materia de arte
pictórico. Fingí apasionarme por la obra del pintor cuando en realidad
no apreciaba ni adoraba otra cosa que el modelo. Volví al siguiente día
y los sucesivos, me deslizaba muy temprano a lo largo de las galerías
desiertas, veía el retrato desde lejos como a través de una nube tomando
vida a cada paso que yo avanzaba hacia él. Llegaba, todo artificio
apreciable desaparecía: era Magdalena más y más triste, más y más fija
en no sé qué terrible ansiedad henchida de ensueños. Le hablaba, le
refería todas las cosas fuera de razón que me torturaban el alma desde
hacía cerca de dos años, le pedía gracia para ella y para mí. Le
suplicaba que me recibiera, que me permitiese volver a ella. Le contaba
mi vida entera con el más lamentable y el más legítimo de los orgullos.
Había momentos en que el fugitivo modelado de las mejillas, el brillo de
los ojos, el indefinible dibujo de la boca daban a la muda efigie
movilidades que me causaban miedo. Hubiérase dicho que me escuchaba, me
comprendía, y que el implacable y sabio buril que la había aprisionado
en un rasgo tan rígido, era lo único que la impedía conmoverse y
contestarme.
Algunas veces me vino a las mientes la idea de que Magdalena había
previsto lo que sucedía, es decir, que la reconocería yo y me volvería
loco de dolor y de alegría en aquel fantástico coloquio de un hombre
vivo con una pintura. Y según veía yo en ese hecho malicia o compasión,
aquella idea me exasperaba la cólera o me hacía verter lágrimas de
agradecimiento.
Lo que le refiero a usted duró casi dos meses; pasados que fueron, al
otro día el que le di un adiós verdaderamente fúnebre, los salones
fueron clausurados y desaparecido el retrato quedé más solo que nunca.
Pasado algún tiempo, recibí una visita de Oliverio. Estaba serio, notaba
en él cierto embarazo, algo así como si el peso de un caso de conciencia
le pesara en el alma.
Apenas le vi me puse a temblar.
--Yo no sé qué sucede en Nièvres--me dijo;--pero todo parece que va mal.
--¿Magdalena?--le pregunté espantado.
--Julia está enferma, bastante enferma para causar inquietudes.
Magdalena misma no está buena. Me gustaría ir, pero la situación no
sería sostenible. Mi tío me escribe cartas muy desoladas.
--¿Pero Magdalena...?--volví a preguntar temeroso de que aun sucediera
otra desgracia que él me ocultaba.
--Te repito que Magdalena está en un muy triste estado de salud. No ha
empeorado de algún tiempo a esta parte, pero continúa mal.
--Oliverio--exclamé,--vayas tú o no a Nièvres yo estaré allí mañana.
Nadie me ha despedido de la casa de Magdalena, me alejé de ella
voluntariamente. Le había dicho a Magdalena que me escribiera el día que
tuviera necesidad de mí; si ella tiene motivos para callar, yo los tengo
para correr a su lado.
--Harás absolutamente lo que quieras. En semejante caso obraría como tú,
dejando a salvo el arrepentimiento si el remedio era peor que la
enfermedad.
--Adiós.
--Adiós.