XIV

Por entonces me comunicó Agustín la realización de un proyecto que aquel

honrado corazón acariciaba desde largo tiempo; ya recordará usted que lo

tenía anunciado.

Continuaba yo viendo a Agustín, no en momentos perdidos; le buscaba por

el contrario, y le hallaba a mi disposición cada vez--y eran

frecuentes--que experimentaba la necesidad de sumergirme en aguas más

sanas. No podía darme consejos mejores, ni era dable que me procurase

consuelos más eficaces. Nunca le hablaba de mí--aunque mi pena egoísta

transpiraba a través de todas mis palabras;--pero su manera de vivir por

sí misma constituía un ejemplo más edificante que muchas lecciones.

Cuando estaba yo muy fatigado, muy desanimado, muy humillado por alguna

nueva cobardía, iba a él y observaba su vida, como se va a tomar idea de

la fuerza física asistiendo a un asalto de luchadores. No era feliz. El

éxito no había recompensado aún aquel rígido y laborioso valor, más que

con ruines favores; pero a lo menos podía confesar sus desfallecimientos

y las dificultades que se le oponían en aquellas luchas tan activas no

eran de esas que hacen subir el rubor al semblante.

Supe un día que no estaba solo.

Agustín me participó aquella novedad--que por muchas razones asumía la

gravedad de un secreto--en una larga noche de convalecencia que pasó a

la cabecera de mi lecho. Recuerdo que era a fines de invierno: las

noches eran todavía largas y frías, y el fastidio de volverse a su casa

tan tarde le decidió a esperar el día en mi cuarto. A media noche vino a

interrumpirnos Oliverio. Venía de un baile; traía en los vestidos como

un olor de lujo, de los ramilletes de las mujeres y del placer, y en su

semblante, un poco plegado por la vigilia, llevaba resplandores de

fiesta y cierta palidez, cierta emoción que le prestaba una elegancia

infinitamente seductora. Recuerdo que le observé durante los breves

momentos que estuvo, de pie en frente de Agustín, acabando un cigarro y

contando los luises que había ganado entre dos valses, y acaso no hago

bien confesándole a usted que el contraste del aspecto, del traje y de

la rigidez un poco escolásticos de Agustín me entristeció por razones

casi vulgares. Me vino a la memoria lo que Oliverio había dicho en

cierta ocasión, respecto de las personas que tienen el trabajo y la

voluntad como único patrimonio, y detrás del espectáculo

indiscutiblemente hermoso del heroísmo desplegado por un hombre _que

quiere_, advertía mediocridades de existencia que me hacían temblar.

Felizmente para él, Agustín notaba poco esas diferencias y la ambición

que tenía de alcanzar posiciones elevadas, no debía nunca complicarse

con la aspiración--nula en él--de vestirse bien, de vivir y respirar

elegancia como Oliverio.

Luego que Oliverio se fue, Agustín continuó hablando de su situación.

Era la primera vez que me hacía confidencias tan amplias. No me decía

quién era la persona que en adelante llamaría su compañera y objeto de

su existencia, en espera de otros deberes que en lo porvenir veía y a

los cuales sonreía codicioso. Comenzó su relato en términos tan vagos

que al principio no comprendí bien cuál era exactamente la calidad de

aquellos vínculos que le hacían a la vez tan preciso en cuanto a

esperanzas y tan mentalmente dichoso.

--Estoy solo, soy el único miembro que resta de una familia que la

miseria, la desventura y muchas muertes prematuras han dispersado o

destruido. Sólo me quedan parientes muy lejanos que no habitan en

Francia y sabe Dios en dónde están. En situación semejante, Oliverio

esperaría que algún día le llegara una herencia: la descontaría por

adelantado bajo la garantía de su buena estrella, y la herencia esperada

llegaría a hora fija. Yo no espero nada y obro prudentemente. En una

palabra, yo no tenía necesidad de acudir a nadie por motivo de un

consentimiento que tal vez habría creado algunas dificultades. He

reflexionado, he calculado las ventajas, las obligaciones, he medido el

alcance de todas las responsabilidades, he previsto los

inconvenientes--que los tienen todas las cosas, incluso la

felicidad,--me he tomado el pulso para saber si mi buena salud, si mis

fuerzas y mis ánimos alcanzarían suficientemente para dos, algún día

para tres y puede ser que para varios más; no me ha parecido que era

caro pagar con un poco más de esfuerzo, la tranquilidad, la alegría, la

plenitud de mi porvenir y me he decidido.

--¿De modo que se ha casado usted?--le dije comprendiendo que se trataba

de una alianza seria y definitiva.

--Sin duda. ¿Creía usted que le hablaba de mi querida? Amigo querido, no

tengo bastante tiempo, ni bastante dinero, ni bastante ingenio para

atender a los gastos de semejantes vinculaciones. Además, con la manía

que ya usted me conoce de tomarlo todo en serio, las considero como un

matrimonio tan caro como los legales, que satisfacen menos aunque suelen

ser más felices y a veces más difíciles de romper: lo que prueba una vez

más hasta qué punto somos los hombres aficionados a los vínculos

viciosos. Son muchos los que se van para evitar el matrimonio y que, por

lo contrario, deberían casarse para romper cadenas. Temía yo ese

peligro--al cual me sentía demasiado expuesto--y he tomado, como usted

ve, el buen partido. He establecido a mi mujer en el campo, cerca de

París, pobremente--debo decirlo,--añadió con aire de comparar la

instalación de su casa con la de la mía, aunque ella era muy modesta--y

un poco tristemente, que por ella lo temo. Por eso apenas me atrevo a

invitarle para que venga a visitarnos.

--Cuando usted quiera--le repliqué estrechándole tiernamente la

mano,--tan pronto como consienta en presentarme a la señora de...--iba a

decir su apellido.

--He cambiado de nombre--me dijo interrumpiéndome.--He solicitado y

obtenido autorización para usar el apellido de mi madre, una excelente y

respetable mujer, cuyo recuerdo--porque la perdí demasiado pronto,--vale

más que el de mi padre a quien sólo debo el accidente de mi nacimiento.

Jamás se me había ocurrido averiguar si Agustín tenía familia, hasta,

tal punto tenía la manera de ser de los huérfanos, es decir, el aire de

independencia y abandono, o en otros términos el carácter de una vida

individual, sin orígenes, ni deberes, ni vinculaciones, ni dulzuras. Se

ruborizó levemente al pronunciar la frase «accidente de mi nacimiento»

y comprendí que era más aún que huérfano.

--Le ruego--continuó,--que hasta nueva orden, no me traiga a su amigo

Oliverio. No hallaría en mi casa nada de lo que a él le agrada, sino una

mujer muy buena y perfectamente abnegada, que todos los días me agradece

el haberme casado con ella, que, gracias a mí, ve lo porvenir de color

de rosa, que no tiene más ambición que verme dichoso por ahora y que se

complacerá de mis éxitos el día en que se los haga apreciar.

Amanecía ya y Agustín hablaba todavía; apenas la claridad del crepúsculo

empalidecía la luz de la lámpara y hacía visibles los objetos se acercó

a la ventana para bañar su rostro en el aire helado de la mañana. Veía

su rostro anguloso y descolorido dibujarse como una mascarilla de

sufrimiento sobre la extensión del cielo mal alumbrado por inciertos

reflejos. Su vestido era de color oscuro, toda su persona tenía ese

aspecto reducido, comprimido, disminuido, por decir así, de las personas

que trabajan mucho sin moverse, y aunque estaba por encima de todo

cansancio, estiraba los flacos brazos como un obrero adormecido entre

dos tareas que se despierta al oír el canto de los gallos.

--Duerma--me dijo.--He abusado con exceso de su complacencia en

escucharme. Pero permítame quedarme aquí una hora más.

Y se sentó a mi mesa para preparar un trabajo que debía quedar terminado

aquella mañana misma.

No advertí cuándo salió de mi cuarto. Desapareció con tanto silencio que

al despertarme parecíame haber soñado toda una historia austera y

conmovedora cuya moraleja se dirigía a mí.

Aquella misma mañana volvió.

--Estoy libre hoy--me dijo radiante de alegría,--y aprovecho el día para

ir a mi casa. El tiempo está muy feo, ¿se siente usted con ánimos para

acompañarme?

Hacía, muchos días ya que no había visto a Magdalena. Todo motivo para

evitar encuentros que sólo daban margen a equivocaciones hirientes o

susceptibilidades desolantes, me parecía digno de ser aprovechado.

--Nada tengo que me detenga hoy en París--le dije.--Estoy a la

disposición de usted.

Habitaba una casa aislada en el extremo de un pueblo, pero lo más cerca

posible del campo. La habitación era muy pequeña, provista de persianas

verdes y de espalderas entre las ventanas, todo limpio, sencillo,

modesto como el dueño, con esa falta de comodidad que nada habría hecho

presumir tratándose de la casa de Agustín soltero, pero que estando

casado delataban desde luego la penuria. Su mujer era--como él me había

dicho--una mujer joven y agradable: hasta puedo decir que me causó

sorpresa encontrarla más bella que lo que me había figurado atendiendo a

las opiniones sistemáticas de Agustín sobre los atractivos exteriores de

las cosas. Con alegre sorpresa abrazó a su marido a quien no esperaba

aquel día y con manera graciosa y la timidez propia de una persona a la

cual se toma desprevenida, me hizo los honores de su pequeño jardín en

el cual los jacintos comenzaban apenas a florecer.

Hacía frío y yo no estaba alegre. El lugar, la estación, la manifiesta

pobreza que trascendía de todo lo que me rodeaba y la dificultad misma

de ocupar aquel largo día lluvioso en un medio tan poco apropiado para

ofrecer comodidades, me envolvían en un ambiente de hielo. Recuerdo que

desde las ventanas se veían dos grandes molinos de viento que

sobresalían sobre las tapias del jardín, cuyas aspas grises cruzadas de

rayas oscuras giraban sin cesar delante de los ojos con una monotonía

adormecedora en aquel movimiento. Agustín mismo se ocupó en una porción

de cuidados domésticos y de detalles de casa, de donde colegí que su

mujer no tenía sirvienta y que ella y su marido atendían a todas las

necesidades del hogar. Él se preocupó de lo que podía hacer falta para

los días siguientes. «Ya sabes--le dijo a su esposa,--que no volveré

hasta el domingo.» Echó una ojeada a la leñera; la provisión de

combustible estaba agotada. «Soy con usted al momento», me dijo. Se

quitó la levita, tomó una sierra y puso manos a la obra. Le propuse

ayudarle, aceptó diciéndome simplemente: «Con mucho gusto, mi querido

amigo; entre los dos terminaremos más pronto.» Puse empeño en aquel

trabajo que ejecuté con mucha torpeza. A los cinco minutos estaba

rendido; no lo advirtió, y daba yo el último golpe de sierra cuando

Agustín a su vez terminaba la faena. Muchas obligaciones he cumplido en

mi vida, pero no recuerdo que ninguna me haya causado mayor

satisfacción. Aquel pequeño esfuerzo muscular me enseñó lo que puede la

conciencia, ejercida en el orden de los actos morales, manteniéndose

recta.

Por la tarde hubo un rato de buen tiempo que me permitió salir. Un

sendero resbaladizo a través del monte desembocaba en el bosque que

cubría una parte del horizonte con sus sombríos colores. A la parte

opuesta entre grises brumas percibíase la informe masa de la ciudad,

compacta, extendida en semicírculo entre las colinas, amontonada y

humeante, manchada aún por una parte de los suburbios. Por todos los

caminos que cruzaban el terreno dirigiéndose al gran centro de

población como los rayos de una rueda convergen en el cubo, oíanse el

campanilleo de los collares de los caballos, el rodar de los carros, el

chasquido de los látigos y el eco de voces brutales. Era el feo límite

en donde comienza la actividad del torbellino de la vida de París.

--Todo eso que usted ve no es bello--me dijo Agustín.--Pero, ¿qué quiere

usted? No hay que considerar esto como una residencia de placer, sino

como un lugar de espera.

Regresamos por la noche. Las necesidades de su puesto le reclamaban.

Menester fue que ganásemos a pie el lugar en donde se detenía el

carruaje público que debía conducirnos a París. Por el camino Agustín me

hablaba de sus esperanzas, decía «mi mujer» con un aire de posesión

tranquila y segura que me hacía olvidar todas las asperezas de su

carrera y me ofrecía la más perfecta expresión de la felicidad.

Le acompañé, no a su alojamiento situado en la parte de París que él

llamaba el barrio de los libros, sino al hotel mismo del personaje de

quien, como ya le he dicho a usted, era secretario. Llamó como persona

acostumbrada a considerarse hasta cierto punto en la propia casa y

cuando le vi entrar en el amplio y suntuoso patio, subir lentamente la

escalera y desaparecer en la antecámara del palacete, comprendí mejor

que nunca por qué aquel joven flaco, de aspecto tan modesto y de

actitudes tan resueltas no sería en ningún caso lacayo de nadie y tuve

el sentimiento neto de su destino.

Entré en mi casa menos contristado por la impresión de las secretas

llagas que había tenido ocasión de ver, que humillado de mí mismo, por

mi impotencia para llegar a nada práctico. Hallé a Oliverio

esperándome; estaba cansado y aburrido.

--Vengo de casa de Agustín--le dije.

Examinó mi ropa manchada de barro, y comprendiendo que no se daba cuenta

de dónde podía salir yo en semejante estado, añadí:

--Se ha casado Agustín.

--¿Casado...?--exclamó Oliverio.

--¿Y por qué no?

--Eso debía suceder. Un hombre como él debía empezar por eso. ¿Has

observado tú--continuó seriamente,--que hay dos categorías de hombres

que tienen furia por casarse pronto aunque su posición los coloque en la

imposibilidad de vivir cerca de las mujeres o de mantenerlas? Te hablo

de los marinos y de los que no tienen un céntimo. ¿Y la señora de

Agustín?

--Su mujer no se llama la señora de Agustín y vive en el campo. Hoy ha

tenido la complacencia de presentarme a ella.

Y en pocas palabras le puse al corriente de lo que me convenía hacerle

conocer de la vida doméstica de Agustín.

--¿De modo que has visto cosas que te han edificado?

Aquella resistencia a dejarse impresionar por un tal ejemplo de valerosa

probidad me desagradó y nada le contesté.

--Está bueno--continuó Oliverio con la amarga impertinencia que

caracterizaba sus momentos de mal humor.--¿Pero qué es lo que han hecho

ustedes encerrados entre aquellas cuatro paredes?

--Pues hemos serrado leña--le dije mostrándole que no bromeaba.

--Debes tener frío--dijo levantándose para dejarme;--has andado bajo la

lluvia, tus ropas mojadas transpiran los odiosos rigores de la vida

precaria y del invierno, vienes empapado de estoicismo, de miseria y de

orgullo. Aguardemos a mañana para hablar más razonablemente.

Le dejé salir sin pronunciar ni una palabra más y advertí que cerró la

puerta con impaciencia. Creí comprender que tenía sin duda penas íntimas

que le hacían injusto y de aquellas penas, si no sabía yo cuál era el

verdadero motivo, podía a lo menos adivinar la naturaleza. Figurábame

que se trataba de nuevas aventuras o de accidentes de una alianza muy

antigua y cuya duración era ya poco probable. Sabía la facilidad que

tenía para desprenderse de las cosas y la impaciencia enfermiza que le

llevaba, por el contrario, a precipitarse hacia las novedades. Entre las

dos hipótesis de una ruptura o de una inconstancia, me inclinaba a

aceptar la segunda. Estaba en racha de indulgencia: la visita a casa de

Agustín me había puesto en temple de mansedumbre. Por eso al día

siguiente por la mañana entré en casa de Oliverio. Dormía o fingía

dormir.

--¿Qué tienes?--le dije tomándole la mano como a un amigo cuyas reservas

se quiere quebrantar.

--Nada--me contestó volviendo a mí el rostro con señales del cansancio

de una noche de insomnio o de penosos ensueños.

--¿Estás aburrido?

--Siempre.

--¿Y qué es lo que te aburre?

--Todo--replicó con evidente sinceridad.--He llegado a detestar a todo

el mundo y a mí mismo más que a nadie.

Estaba dispuesto a callar y comprendí que toda pregunta no lograría más

que subterfugios y le irritaría más sin satisfacerme.

--Creí--le dije,--que tenías algún motivo accidental de preocupación o

de apuro y venía a poner a tu disposición mis servicios o mis consejos.

Sonrió al oír esta última frase, que le pareció con razón irrisoria,

puesto que todos los consejos que nos habíamos dado mutuamente tan poco

habían servido hasta entonces.

--Si te prestas a hacerme un servicio lo acepto--dijo.--Puedes

realizarlo sin mucho trabajo. Basta con ir a casa de Magdalena y reparar

lo mejor que puedas una necedad que cometí ayer presentándome en un

lugar público en el que estaban ella y Julia con mi tío. No iba solo

yo... Es muy posible que me hayan visto, porque Julia tiene unos ojos

que me encontrarían en donde no estuviera. Te agradecería que te

aseguraras del hecho interrogando hábilmente a una y a otra. Si lo que

temo hubiera sucedido, inventa una explicación verosímil que a nadie

comprometa, suponiendo un nombre, relaciones, costumbres, algo en fin

que recomiende a la persona que me acompañaba, pero de modo que ni mi

caro primo ni Magdalena puedan contratorcer la información, si por

casualidad entraran en ganas de verificarla.

Aquella misma noche vi a Magdalena. Era uno de sus viernes, día de

visitas. Me propuse cumplir únicamente la misión que Oliverio me había

encomendado. Su nombre no fue pronunciado. No averigüé, pues, nada

positivo. Julia estaba un poco indispuesta. La noche antes había tenido

un ligero acceso de fiebre a consecuencia del cual estaba todavía débil

y nerviosa. Debo advertirle a usted que ya hacía tiempo el estado de

Julia me inquietaba. Había hecho respecto de ella muchas reflexiones que

he pasado en silencio porque el interés por la preocupación de aquella

personita, siendo muy verdadera mi afección por ella, desaparecía--lo

confieso--envuelto en el movimiento egoísta de mis propios rompederos de

cabeza.

Recordará usted quizás que la víspera misma de su boda, hablándome

solemnemente de lo que ella designaba con el calificativo de últimas

voluntades de soltera, Magdalena había introducido el nombre de Julia y

lo había barajado con el mío bajo esperanzas comunes cuyo sentido era

claro. Después, en Nièvres y en París había renovado la misma

insinuación sin que Julia ni yo mostráramos la menor idea de darle

acogida. Un día, delante de su padre que sonreía dulcemente observando

aquellas ingeniosas niñerías tomó el brazo de su hermana, lo enlazó al

mío y luego nos contempló con expresión de verdadera alegría. Nos

mantuvo delante de ella en aquella actitud que resultaba extremadamente

embarazosa, y que no me parece que fuera más grata para Julia; luego,

sin adivinar que entre su hermana y yo había más de un obstáculo ya

formado que anulaba sus proyectos de unión, como habría hecho una madre,

la besó tiernamente y muchas veces diciéndole: «No nos separemos, mi

hermanita querida; ¡ojalá podamos no separarnos nunca!»

Luego--desde el día que la atención de Magdalena pudo despertarse en

punto al verdadero estado de mis sentimientos,--no se había vuelto a

decir palabra sobre aquel asunto y jamás tuve ni el indicio más leve de

que Magdalena pensara en él todavía. Por lo contrario, si por casualidad

surgía la idea de un proyecto que sin duda la había ocupado en otro

tiempo, parecía haberlo dado al olvido enteramente o no haberlo tenido

nunca. Algunas veces, solamente, contemplaba a Julia con una expresión

más tierna que revelaba tristeza. Sacaba yo en consecuencia que se

habían desvanecido esperanzas que se habían hecho imposibles, y que el

porvenir de su hermana cifrado un momento en combinaciones quiméricas,

la preocupaba y constituía una dificultad nueva que resolver.

En cuanto a Julia, no había tenido que ir tan lejos. Sus sentimientos,

determinados desde un principio e invariablemente dirigidos al mismo

objeto no habían cejado. Solamente las susceptibilidades de que se

lamentaba Oliverio se acercaban más y más cada día y coincidían

invariablemente con una ausencia considerada larga, una palabra

demasiado viva o un aspecto más distraído de su primo. Su salud se

alteraba. Tenía la misma digna valentía que su hermana que le impedía

quejarse; pero no poseía el don maravilloso de ser caritativa con los

que la lastimaban, que daba margen a que los martirios de Magdalena se

convirtieran en sacrificios. Hubiérase dicho que la contrariaba el

interés que quienquiera que fuese le mostraba, excepto el de Oliverio

que de todos los intereses que pudiera esperar era el más escaso. Antes

hubiese aceptado el implacable desdén de este último que someterse a una

conmiseración que la ofendía. Su carácter sombrío hasta el exceso

presentaba de día en día ángulos más vivos; su rostro, gesto más

impenetrable; y en toda su persona se definía mejor el aspecto de

empecinamiento y de obstinación en una idea fija. Hablaba cada vez

menos, sus ojos, que ya no interrogaban casi para evitar más que nunca

el responder, parecía que hubiesen replegado la única llama un poco viva

que los mezclaba al pensamiento de los deseos.

--No estoy satisfecha de la salud de Julia--me había dicho Magdalena

repetidas veces.--Indudablemente está delicada y de un humor que se

disgusta con todos, hasta con los que más la quieren. Dios sabe, no

obstante, que no es que le falte la facultad de aficionarse a la gente.

En otra época, Magdalena no me habría hablado, ciertamente, de su

hermana en semejantes términos. Por lo demás esta atribución de excesiva

ternura y aquellas cualidades afectuosas puestas de relieve por

Magdalena, no se concordaban muy bien con la frialdad de las apariencias

que resultaban de las heladas maneras de Julia.

Estaba cansado de hacer conjeturas cuando diversos incidentes que no le

digo a usted me abrieron los ojos por completo. La diligencia que

Oliverio me encargara tenía, pues, para mí una significación muy grave,

aunque él no me había revelado más que la mitad, como se hace con un

agente diplomático a quien no se quiere enterar a fondo de ciertos

secretos. Me informé con particular cuidado del origen y de la hora de

la indisposición de Julia. Lo que averigüé estaba en completa

conformidad con los informes dados por Oliverio. Magdalena era

imperturbablemente dueña de sus contestaciones y hablaba de la fiebre de

su hermana como un médico hubiera hablado.

Volví a mi casa muy tarde y hallé a Oliverio levantado esperándome.

--¿Y bien?--me dijo vivamente como si su impaciencia se hubiera

acrecentado de pronto durante mi visita.

--Nada he averiguado--le contesté.--Todo lo que sé es que Julia volvió

ayer del concierto con fiebre, que la fiebre es muy alta y que está

enferma.

--¿La has visto?--me preguntó Oliverio.

--No--le dije usando de una mentira, porque la necesitaba para

interesarle un poco más en la indisposición de Julia, muy leve por

cierto.

Hizo un gesto de cólera y exclamó:

--Estaba seguro, me vio.

--Lo temo--dije yo.

Dio dos o tres vueltas alrededor de su cuarto caminando muy de prisa;

después se detuvo, golpeó el suelo con el pie jurando.

--¡Eh, bien! Tanto peor--exclamó.--¡Tanto peor para ella! Soy libre y

hago lo que me place.

Conocía yo todos los matices del espíritu de Oliverio; era raro que el

despecho llegara en él hasta la exasperación de la cólera. No creí,

pues, engañarme abordando un asunto en el que estaba comprometido el

corazón de una joven.

--Oliverio--le dije,--¿qué pasa entre Julia y tú?

--Sucede que Julia está enamorada de mí y que yo no la amo.

--Lo sabía--continué yo,--y por interés de los dos...

--Te lo agradezco. No tienes que atormentarte en cuanto a mí por una

cosa que no he querido, que no he fomentado, ni acogido, que no me

interesará jamás, que me es tan indiferente como esto--dijo sacudiendo

en el aire la ceniza de su cigarro.--En lo que a Julia se refiere, te

permito compadecerla, porque se empeña en una idea loca... Hace su

desgracia a su placer...

Estaba exasperado, hablaba muy alto y por la primera vez en su vida,

quizás, usaba de hipérboles en donde por lo ordinario solía emplear

diminutivos de palabras o de ideas.

--¿Qué quieres que le haga yo, después de todo?--continuó.--Es una

situación absurda: hay otras situaciones que lo son por lo menos tanto

como ésta.

--No hablemos de mí--le dije, haciéndole comprender que mis asuntos

propios no estaban en juego y que recriminar no era prueba de tener

razón.

--Sea; corresponde al que se ve en apuros salir de ellos sin tomar

ejemplo de otros ni consultar a nadie. Pues, bien, yo no tengo más que

un recurso para salir de este en que estoy y es decir no, no, y siempre

no.

--Lo que no remediará nada, porque tú dices no desde que te conozco y

desde que conozco a Julia quiere ser tu mujer.

Al oír esta última frase hizo un movimiento y un gesto de verdadero

terror; después lanzó una carcajada que hubiera dejado muerta a Julia si

hubiese podido escucharla.

--¡Mi mujer!--exclamó con una expresión de inconcebible desprecio por

una idea que le parecía insensata.--¡Yo el marido de Julia! ¡Ah!...

Pero, entonces, Domingo, ¿es que tú no me conoces mejor que si nos

hubiéramos encontrado por vez primera hace una hora nada más? Primero te

diré por qué jamás me casaré con Julia y luego te explicaré por qué

nunca me casaría con ninguna otra, quienquiera que fuese. Julia es mi

prima, razón quizás, para que me guste un poco menos que cualquiera

mujer extraña. La conozco de toda mi vida; puede decirse que hemos

dormido en la misma cuna. Hay personas a las cuales esta casi

fraternidad las seduciría. A mí la sola idea de casarme con una mujer a

la cual he visto jugar con las muñecas me parece tan cómica como la de

acoplar dos juguetes. Es bonita, no es tonta, tiene tan buenas

cualidades como quieras. Adorándome a pesar de todo--¡y Dios sabe si me

hago adorable yo!--sería constante a toda prueba, me rendiría verdadero

culto, sería la mejor de las esposas. Estando satisfecha sería todo

dulzura; sintiéndose feliz se tornaría encantadora. Pero no la amo, no

la amo y no quiero nada de ella... Si esto continúa llegaré a

odiarla--dijo exasperándose de nuevo.--Por otra parte, la haría

desdichada, horriblemente desdichada; ¡vaya un porvenir! Al día

siguiente de la boda estaría celosa y no tendría razón. Pero seis meses

después la tendría y le sobraría. Y la plantaría en ese punto: sería

implacable. Me conozco y estoy seguro de eso. Si esto continúa, me

marcharé: huiré al fin del mundo. Se me vigila, se me siguen los pasos,

se averigua que tengo queridas, y mi futura mujer es mi espía.

--No tienes razón, Oliverio--le dije interrumpiéndole vivamente.--Nadie

espía tus pasos. Nadie conspira con la pobre Julia para apoderarse de tu

voluntad y llevarla atada de pies y manos. Yo no he hecho más que

formular un deseo: el de que Julia y tú os entendierais un día; en eso

veía para ella una dicha segura y para ti ventajas que no veo en ninguna

otra parte.

--¡Dicha segura para Julia y para mí ventajas nada más! ¡Maravilloso!...

Si eso pudiera ser tus conclusiones representarían mi salvación. Pues,

bueno, te declaro una vez más que te conviertes en instrumento de la

desventura de Julia ya que para evitarle una decepción definitiva serías

capaz de convertirme en un cobarde criminal y la matarías. ¡No la amo!

¿Lo quieres más claro? Ahora bien, sabes tú lo que se entiende por amor

o desamor: son dos ideas contrarias que corresponden a iguales energías,

a la misma imposibilidad de ser gobernados. Prueba a olvidar a

Magdalena, yo intentaré adorar a Julia y veremos quién de los dos

llegará antes al fin propuesto. Registra mi corazón por arriba, por

abajo, escarba en él con el más curioso afán, ábreme las venas, y si

encuentras una sola pulsación que se asemeje a la simpatía, el más leve

rudimento del cual se pueda decir que puede ser amor algún día, llévame

a Julia sin esperar un momento y me caso con ella; si no, no me hables

más de esa niña que me es insoportable y...

Se detuvo, no porque había agotado sus argumentos--que los elegía en un

arsenal inagotable--como si se calmara de súbito por una reacción

instantánea sobre sí mismo. Nada igualaba en Oliverio al temor de

parecer ridículo, al cuidado que poseía en no decir mucho o demasiado

poco, al sentido riguroso de la medida. Escuchándose advirtió que hacía

un cuarto de hora que estaba divagando.

--Palabra de honor--exclamó,--me vuelves imbécil, me haces perder la

cabeza. Estás delante de mí con la sangre fría de un confidente de

comedia y yo parece que te estoy dando el espectáculo de un sainete

trágico.

Después se acomodó en una butaca, se colocó en la posición de un hombre

que se prepara no ya a perorar, sino a discurrir sobre ideas ligeras y

cambiando de tono tan pronto y tan completamente como habría cambiado de

actitudes y parpadeando un poco, con la sonrisa en los labios,

prosiguió:

--Es posible que llegue a casarme. No lo creo, pero hablando con

prudencia te diré, si quieres, que en lo porvenir todo puede ser

admitido: se han visto conversiones más asombrosas. Corro en pos de algo

que no encuentro. Si alguna vez ese algo se me apareciera en forma que

me sedujese, ornado de un nombre que constituyera una alianza agradable

con el mío, cualquiera que fuera, por otra parte, la fortuna, podría

suceder que hiciera una locura, porque lo sería en cualquier caso; pero

ésta, a lo menos, sería a mi gusto y no me habría sido inspirada más que

por mi capricho. Por el momento me propongo vivir a mi modo. Toda la

cuestión está en eso: encontrar lo que conviene a nuestra manera de ser

y no copiar la dicha de nadie. Si nos propusiéramos los dos cambiar los

papeles tú no querrías nunca representar el mío y yo aun me vería más

apurado para interpretar el tuyo. Por más que digas, a ti te gustan las

novelas, las complicaciones, las situaciones escabrosas; tienes

exactamente la fuerza necesaria para rozar las dificultades sin averías

y bastante debilidad para saborear delicadamente las angustias. Tú te

procuras todas las emociones extremas, desde el miedo de ser un mal

hombre hasta el placer orgulloso de reconocerte casi héroe. Tu

existencia está trazada y yo la veo desde aquí: irás hasta el fin,

llevarás tu aventura tan lejos como se pueda ir sin cometer una infamia,

acariciarás siempre la deliciosa idea de verte a dos dedos de una falta

y evitarla. ¿Quieres que te lo diga todo?... Magdalena un día caerá en

tus brazos pidiéndote gracia, tú tendrás la alegría sin igual de ver a

una santa criatura desvanecerse de languidez a tus pies; tú la

evitarás--seguro estoy--y con la muerte en el alma te alejarás y

llorarás su pérdida durante años enteros.

--Oliverio--le dije,--calla por respeto a Magdalena si no lo haces por

piedad de mí.

--He concluido--replicó sin la más leve emoción;--lo que te digo no es

un reproche, ni una amenaza, ni una profecía, porque de ti depende hacer

que me equivoque. Quiero sólo mostrarte en qué diferimos y convencerte

de que la razón no está de ningún lado. A mí me gusta ser muy claro en

mi vida; he sabido siempre en casos semejantes lo que otros arriesgaban

y lo que yo mismo ponía en riesgo. Por fortuna, ni de una ni de otra

parte se exponía nada muy preciado. Me gustan las cosas que se deciden

prontamente y en igual forma se desenlazan. La felicidad, la verdadera

dicha, es en mí una leyenda. El paraíso de este mundo se cerró sobre los

pasos de nuestros primeros padres; he ahí cuarenta y cinco mil años que

viene el hombre conformándose con semiperfecciones, semifelicidades y

semimedios. Conozco la verdad de los apetitos y de las alegrías de mis

semejantes. Soy modesto, estoy profundamente humillado por no ser más

que un hombre, pero me resigno. ¿Sabes cuál es mi gran preocupación?

Matar el aburrimiento. Quien fuera capaz de hacerle ese servicio a la

humanidad sería el verdadero destructor de monstruos. Lo vulgar y lo

fastidioso, toda la mitología de los paganos groseros no ha imaginado

nada más sutil ni más espantoso. Se asemejan mucho en que el uno y el

otro son feos, chatos y pálidos aunque multiformes y que ellos dan de la

vida ideas capaces de hacerla repugnante desde el primer día que en ella

se pone el pie. Además, son inseparables y forman una pareja horrorosa

que no todo el mundo ve. ¡Desgraciados aquellos que siendo aún jóvenes

se dan cuenta de que existen!... Yo los he conocido siempre: estaban en

el colegio; allí pudiste conocerlos también tú; no dejaron de habitarlo

ni un sólo día durante los tres años de vulgaridad y de mezquindades que

en él pasé. Perdona que te lo diga: a veces iban a casa de tu tía y a la

de mis primas. Había olvidado casi que habitaban en París y continúo

huyendo de ellos, lanzándome al bullicio en pos de lo imprevisto, del

lujo con la idea de que esos dos pequeños espectros burgueses,

parsimoniosos, tímidos, rutinarios, no me seguirán por ese camino. Ellos

dos solos han hecho más víctimas que muchas pasiones calificadas de

mortales: conozco sus costumbres homicidas y les tengo miedo...

Así continuó hablando en tono semiserio, exponiendo ideas que equivalían

a la confesión de errores insanables y haciéndome temer vagamente

desanimaciones cuya solidez ya conoce usted.

--¿Irás a saber noticias de Julia?--le pregunté.

--Sí, en la antesala.

--¿La volverás a ver?

--Lo menos posible.

--¿Has previsto lo que te espera?

--He previsto que se casará con otro o se quedará soltera.

--Adiós--le dije, aunque todavía no había salido de mi cuarto.

--Adiós--me replicó.

Y nos separamos después de esta última palabra que no afectó en el fondo

a nuestra amistad, pero que quebró todo, sin más ruido, secamente, como

se rompe un vaso.

Fiebre de amor (Dominique) · 第 18 / 23 题