XIII

Durante muchos días--y bien podría decir por espacio de muchos

meses,--la imagen de Magdalena ofendida y tan llena de angustia me

persiguió como un remordimiento y me hizo expiar cruelmente mis faltas.

No cesaba de ver el brillo de sus lágrimas que un olvido de toda

prudencia había hecho correr y permanecía como prosternado en obediencia

incondicional, como embrutecido, bajo el imperio de aquella dulzura tan

imperiosa, de aquella actitud que me había impuesto sellar para siempre

el labio indiscreto que estuvo a punto de causarle tanto mal. Estaba

avergonzado de mí mismo. Me redimía de aquel loco y culpable

atrevimiento por la más sincera contrición. El torpe orgullo que me

había animado contra Magdalena y me había prestado armas para combatir

contra mi propio amor, aquel deseo malevolente de hallar un adversario

en el ser inofensivo y generoso a quien adoraba, las acritudes, las

protestas de un corazón enfermo, la doblez de un espíritu entristecido,

todo lo que aquella crisis morbosa había extravasado, por decir así, en

mis sentimientos más puros, se había disipado como por encanto. Ya no

temía declararme vencido, verme humillado, sentir que el pie de una

mujer hollaba al demonio que me poseía.

La primera vez que volví a ver a Magdalena, y me obligué a ello, desde

los primeros días hubo de reconocer en mí una mudanza tan radical que la

tranquilizó absolutamente. No me costó trabajo probarle con qué

intenciones de sumisión tornaba a ella; las comprendió a la primera

mirada que cambiamos. Esperó un poco para asegurarse de la solidez de

mis propósitos; y tan luego como vio que persistía y me conservaba firme

en mi puesto en ciertos instantes de difícil prueba, abandonó su actitud

defensiva y aparentó no acordarse de nada, que era la más caritativa de

todas las maneras de otorgarme perdón y la única que le estaba

permitida.

Algún tiempo después, un día, recobrada la calma, pasado todo peligro, y

no habiendo ya gran inconveniente en hablarle del arrepentimiento que no

me abandonaba, le dije:

--Le he hecho a usted mucho daño y lo expío.

--Basta--me replicó,--no hablemos más de eso; procure sólo curarse, yo

le ayudaré.

A partir desde aquel momento Magdalena se consagró a mí. Con un valor,

con una caridad sin límites, me toleraba cerca de ella, me vigilaba, me

socorría por su continua presencia. Inventaba medios para distraerme,

para aturdirme, para interesarme en ocupaciones serias que me

absorbieran.

No parecía sino que se reconocía culpable a medias de los efectos que en

mí había hecho nacer y que una especie de deber heroico le aconsejaba

sufrirlos, le recomendaba, sobre todo, procurar la curación de ellos.

Siempre serena, discreta, resuelta, me animaba a luchar; y cuando estaba

satisfecha de mí, es decir, cuando yo me había destrozado el corazón

para forzarle a latir más despacio, me recompensaba con frases calmantes

que me hacían verter lágrimas o con expresiones consoladoras que valían

una caricia. Vivía así en contacto con la llama que me abrasaba, al

abrigo de las sensaciones más abrasadoras, envuelto, por decir así, en

un ropaje de inocencia y de lealtad que la hacía invulnerable a los

ardores que de mí partían como a las sospechas que de la sociedad podían

emanar.

Nada más delicioso y al mismo tiempo aflictivo y temible que aquella

singular colaboración en que Magdalena gastaba fuerzas en pro de mi

curación sin lograr devolverme la salud. Duró aquel orden de cosas

muchos meses, tal vez un año; no podría determinarlo porque corresponde

a un período de mi vida, de tal modo confuso y agitado, que de él no me

ha quedado más que el sentimiento vago de una gran perturbación que

continuaba sin ningún accidente notable que sirviera para establecer una

medida.

Abandonó París para ir a los baños de Alemania.

--Supongo que no me seguirá usted--me dijo.--Eso ofrecería mil

inconvenientes para usted y para mí.

Era la primera vez que la veía preocuparse de poner a salvo su propia

seguridad. Ocho días después de su partida recibí de ella una carta

admirablemente seria y buena. No le contesté en atención a que me lo

rogaba. «Le haré a usted compañía desde lejos--me escribía,--tanta como

me sea posible.» Y durante todo el tiempo que duró su ausencia, con

intervalos regulares puso la misma paciencia en escribirme; así me

recompensaba por mi obediencia al no seguirla. Sabía muy bien que el

aburrimiento y la soledad son malos consejeros: no quería dejarme solo

con su recuerdo sin intervenir de tiempo en tiempo con un indicio de su

presencia.

Sabía la fecha del regreso, y el día aquel me apresuré a ir a su casa.

Fui recibido por el señor De Nièvres, a quien no encontraba ya sin un

vivo desagrado. Era quizás perfectamente injusto, quiero creer que

ningún fundamento tenían las suposiciones descorteses que había hecho;

pero veía en él al marido de la condesa De Nièvres, a través de

suspicacias muy poco lúcidas, y con razón o sin ella, aquellas

suspicacias me lo presentaban reservado, sospechoso, casi hostil. Habían

llegado por la mañana. Julia, indispuesta y cansada, dormía. Magdalena

no podía recibirme. Apareció cuando escuchaba yo tales explicaciones y

el señor De Nièvres se marchó en seguida.

Una súbita idea cruzó por mi mente, como sano consejo de prudencia al

estrechar la mano de aquella mujer tan animosa y a la cual ponía en

tantos peligros:

--Tengo intención de viajar durante algún tiempo--le dije tras breves

palabras de gratitud por sus bondades.--¿Qué le parece a usted?

--Si le parece que eso puede serle útil, hágalo--repuso, manifestándose

tan sólo un poco sorprendida.

--¡Util! ¿Quién sabe? En todo caso merece la pena de hacer un ensayo.

--Sí, quizás convenga probar--continuó Magdalena con acento bastante

grave.--Pero entonces, ¿cómo tendremos noticias de usted?

--¿Cómo? Por los mismos medios si usted lo permite.

--¡Oh, no! Eso no será, no puede ser. Escribirle a usted de Alemania a

París era posible, pero de París... al azar, comprenderá usted que no

sería razonable.

La dura perspectiva de pasar muchos meses absolutamente privado de todo

contacto, siquiera fuese indirecto, con Magdalena, me hizo vacilar un

instante. Otra reflexión me decidió a hacer la prueba más radical y le

dije:

--Sea. Ya no oiré hablar de usted más que por medio de Oliverio que no

es el más exacto de los corresponsales. Me tiene usted dadas muchas

pruebas de generosidad y sólo puedo mostrarme digno de ellas

resignándome. Puede usted imaginar lo que este esfuerzo debe costarme.

--¿De modo que se marcha usted seguramente?--interrogó Magdalena que

quería dudarlo aún.

--Mañana mismo. Adiós.

--Vaya usted con Dios--exclamó con un fruncimiento de cejas que prestaba

a su semblante una expresión singular.--¡Vaya con Dios y que Él le

aconseje!

Al otro día, efectivamente, estaba en camino. Oliverio, que bajo palabra

de honor se había comprometido a escribirme, mantuvo su promesa tan

lealmente como permitía su habitual inercia. Por él supe el estado de

salud de Magdalena, y ella, sin duda, supo también que nada tenía que

temer en cuanto a la vida del viajero; pero eso fue todo.

Nada le diré a usted de aquel viaje, el más hermoso y el menos

aprovechable que jamás he hecho. Siéntome, como humillado, cuando pienso

que hay países en el mundo en los cuales he paseado tristezas tan

vulgares y vertido lágrimas tan poco viriles. Me acuerdo de un día en

que lloré sinceramente, con amargura, como un niño a quien las lágrimas

no hacen que se ruborice, a la orilla de un mar que ha presenciado

milagros, no divinos, sino humanos. Estaba solo, los pies en la arena,

sentado en una roca entre muchas que tenían argollas de bronce a las

cuales en otros tiempos se habían amarrado navíos. Nadie había ni en la

playa abandonada por la historia, ni en la mar sobre la cual no se veía

pasar ni una vela. Un pájaro blanco volaba entre cielo y agua dibujando

su movido plumaje sobre el cielo azul y reproduciéndolo sobre las mansas

aguas. Estaba solo para representar en aquella hora, en un lugar único,

la pequeñez y las grandezas de un hombre vivo. Lanzaba el nombre de

Magdalena, gritando con todas mis fuerzas para que lo repitieran las

sonoras rocas de la costa; luego un sollozo ahogó mi voz, y lleno el

corazón de confusiones me preguntaba si los hombres de hace dos mil

años, tan intrépidos, tan fuertes, habían amado tanto como nosotros.

Aunque había dicho que mi ausencia duraría muchos meses, regresé al cabo

de algunas semanas. Nada en el mundo me hubiera hecho prolongar mi viaje

un solo día más.

Magdalena me creía aún a cuatrocientas o quinientas leguas de ella

cuando una noche entré en un salón en que estaba seguro de que la

encontraría. Al verme hizo un movimiento que implicaba una imprudencia.

Muy pocos habían tenido noticia de mi ausencia. Se desaparece tan

cómodamente en nuestro gran París, que cualquier hombre tendría tiempo

de dar la vuelta al mundo antes de que nadie hubiese notado su partida.

Saludé a Magdalena igual que si la hubiera visto el día antes. A la

primera mirada comprendió que volvía a ella totalmente agotado,

hambriento de verla y con el corazón intacto.

--Me ha inquietado usted mucho--dijo.

Y exhaló un suspiro. Hubiérase dicho que mi regreso en lugar de causarle

espanto la desembarazaba, por el contrario, de una preocupación más

amarga que todas las demás.

Volvió a aplicarse en su tarea aplastadora. Los medios empleados para

«curarme» (era la única palabra de que se sirvió para definir una

empresa en la cual se trataba, en efecto, de su salvación y de la mía)

todos eran malos cuando no emanaban directamente de su apoyo. En

adelante quería intervenir ella sola en aquella lucha de la cual ella

era la causa.

--Lo que he hecho lo desharé--me dijo un día de orgulloso reto llevado

hasta la locura.

Toda su sangre fría la había abandonado. Cometió ligerezas sublimes que

trascendían a desesperación. Ya no era bastante para ella socorrerme lo

más cerca posible, prestarme ánimo cuando desfallecía, calmarme si me

exasperaba. Notaba ella que su recurso mismo contenía llamas, y se

empeñó en apagarlas vigilando hora tras hora mis pensamientos más

secretos. Para eso habría sido menester multiplicar hasta lo infinito

visitas que ya se repetían con demasiada frecuencia. Entonces fue cuando

imaginó medios para verme fuera de su casa. Puso en esto aquel

espantable atrevimiento que sólo es permitido a las mujeres que

arriesgan el honor y a las que obran con indiscutible inocencia.

Bravamente me dio citas. El lugar elegido era siempre desierto, aunque

poco lejano de su casa. Y no vaya usted a figurarse que aprovechaba para

esas expediciones peligrosas las frecuentes ocasiones en que el conde De

Nièvres se ausentaba. No; estando él en París, a riesgo de encontrarle,

de perderse, acudía a la hora señalada y casi siempre tan dueña de sí

misma, tan resuelta como si todo lo hubiese sacrificado.

Su primera ojeada era todo un examen. Me envolvía en aquella amplia y

deslumbradora mirada que quería sondear mi conciencia y reconocer en el

fondo de mi corazón las tempestades formadas o resignadas desde el día

anterior. Su primera frase era una interrogación: «¿Cómo le va a usted?»

Aquel _¿Cómo le va a usted?_ significaba: «¿Es usted más razonable?»

A las veces le respondía yo valientemente con una semimentira, que nunca

alcanzaba a engañarla, pero que despertaba en su ánimo curiosidades e

inquietudes de otro género. Se apoyaba en mi brazo y caminábamos bajo

los árboles, callando a intervalos o hablando con la aparente calma de

dos amigos que se han encontrado por casualidad. Ella me descubría,

durante aquellas horas de abrasadora compenetración, me revelaba--como

otras tantas maravillas,--tesoros de desinterés, de abnegación, remedios

de previsión casi iguales a las profundidas de su caridad. Ordenaba mi

vida mal arreglada, o mejor dicho en completo desarreglo, dedicada sin

medida tan pronto a las mayores exageraciones de trabajo asiduo, como a

los excesos de la mayor inercia. Censuraba mis cobardías, se indignaba

de mis desfallecimientos y me reprochaba las invectivas que me complacía

en prodigarme, porque afirmaba que en ellas veía las inquietudes de un

espíritu mal equilibrado y más perplejo que equitativo.

Si hubiera yo sido capaz de concebir las más leves ambiciones un poco

llevadas con el verdadero valor que ella me infundía, se hubieran

desarrollado en mi ánimo con llamaradas de incendio.

--Quiero verle dichoso--me decía.--¡Si usted supiera con qué fervor lo

deseo!

Vacilaba ordinariamente ante la palabra porvenir, que a los dos nos

hería con augurios ¡ay! demasiado razonables. ¿Qué perspectiva, qué

salida descubría ella más allá del día próximo que limitaba nuestros

ensueños? Ninguna sin duda. Las sustituiría por algo vago y quimérico,

como esa postrera esperanza que les queda a los que nada esperan ni

tienen ya que esperar.

Cuando le ocurría el tener que faltar a aquella misión de casi todos los

días, que ella cumplía con el entusiasmo de un médico que se sacrifica,

al otro día me pedía excusa como si se tratara de una falta. Había

llegado a no saber si debía aceptar la dulzura de tan terrible socorro.

Sentía deslizarse en mí tales perfidias que ya no me era dado discernir

en qué medida era culpable o desgraciado. A mi pesar tramaba planes

abominables, y cada día Magdalena, sin saberlo, hallaba una traición. No

estaba yo en condición de ignorar que no hay valor que resista ciertas

pruebas, que la virtud más invencible minada a cada instante corre grave

riesgo y que de todas las enfermedades la que se pretendía curarme era

la más contagiosa.

Habiéndose ausentado súbitamente el conde De Nièvres, Magdalena me hizo

saber que nuestros paseos debían ser suspendidos. Los reanudamos luego

que su marido volvió con más decisión y mayor entusiasmo. El perpetuo

_me, me adsum qui feci_--yo, yo sólo soy la causa,--volvía bajo todas

las formas en paroxismos de generosidad que me colmaban de vergüenza y

de felicidad.

Así llegó hasta el punto más escarpado de una tentativa a la cual

ninguna mujer heroica ha podido alcanzar sin despeñarse. Se mantuvo

todavía algún tiempo intrépidamente y sin desfallecer demasiado, como

un ser poseedor de recursos sobrenaturales a quien el vértigo hubiese

privado del sentido y el exceso del peligro retuviera al borde del

abismo paralizando de pronto su razón. En ese momento me di cuenta de

que tenía agotadas las fuerzas. Aquella milagrosa organización se

defendió de ella misma. No se lamentó. No confesó nada que pudiera

delatar debilidad. Reconocerse impotente y desanimada era ponerlo todo

en manos del azar, y el azar le causaba miedo como el más incierto de

todos los auxiliares, el más pérfido, acaso el más amenazador.

Declararse extenuada, era abrirme su corazón a dos manos y mostrarme el

mal que en él había hecho yo. No lanzó ni un gemido de angustia. Se

desplomó desfallecida. Un día le dije:

--Me ha curado usted, Magdalena; ya no la amo.

Ella se quedó parada, se puso horriblemente pálida y vaciló como

espantada por una maldad que la penetraba hasta el fondo del alma.

--¡Oh, tranquilícese usted, el día que eso sucediera!...--añadí.

--El día que eso sucediera...--repitió ella.

Y le faltó la voz y rompió a llorar.

Al día siguiente, no obstante, volvió. La vi apearse de su carruaje tan

cambiada, tan abatida que me asusté.

--¿Qué tiene usted?--le dije corriendo a su encuentro, tanto me pareció

próxima a desmayarse.

Se repuso un poco, gracias a un prodigioso esfuerzo, que no pudo

ocultar, y me respondió solamente:

--Estoy muy cansada.

Entonces me asaltó un horrible remordimiento.

--Soy un miserable--exclamé,--sin corazón y sin sentimientos honrados.

No supe salvarme; viene usted a mí y la pierdo. Magdalena, ya no

necesito de usted, no quiero más ayuda ni más nada... No quiero un

socorro, comprado tan caro, a costa de una amistad que he hecho

demasiado pesada y que acabaría por matarla a usted. Que sufra o no, a

mí solo importa. Mi alivio emanará de mí mismo, mis miserias me

conciernen a mí solo, y cualquiera que fuera el final de ellas ya no

alcanzará a nadie más que a mí.

Me escuchó al principio sin responder, como reducida a ese estado de

abatimiento enfermizo o de fragilidad infantil que nos hace incapaces de

comprender la dureza de ciertas ideas y de tomar una resolución.

--Separémonos--le dije--por completo. Sí, separémonos, será lo mejor. No

nos veamos más, olvidémosnos... París nos desunirá sobradamente sin que

pongamos entre nosotros muchas leguas de distancia. A la primera palabra

que usted pronuncie advirtiéndome que necesita de mí me volverá usted a

encontrar. De lo contrario...

--De lo contrario...--murmuró saliendo lentamente de su embotamiento.

Empleó algunos segundos para analizar en el fondo de su alma aquella

frase que para los dos encerraba la amenaza de un adiós definitivo. Al

principio parecía como si no alcanzara a darle un sentido comprensible.

--Es verdad--prosiguió,--soy un punto de apoyo bien débil, ¿verdad? un

razonador que cansa, un amigo, quizás, inútil...

Luego se veía que buscaba solución menos ruda. Y como advirtiera que yo

aguardaba una respuesta ahogándome la ansiedad, hizo ese gesto peculiar

de los enfermos aniquilados por el dolor, a quienes se atormenta

hablándoles de asuntos graves y me dijo:

--¿Por qué, pues, ha venido usted a proponerme cosas imposibles? Me

acosaba usted a su placer... Váyase amigo... Váyase, se lo ruego. Hoy

estoy enferma. No se me ocurre ni una palabra de consejo que darle.

Mejor que yo sabe usted qué azar se corre en este partido... El que

usted tome será el único razonable: la estima que yo le doy y la amistad

que usted me profesa no permiten dudarlo.

Me separé de ella desconcertado y renuncié, desde luego, a ciertos

extremos que nos separarían para siempre cuando ninguno de los dos lo

deseaba. Solamente arreglé mi conducta mirando a procurar un

apartamiento continuo, suave, que podía, acaso, llevarnos a establecer

entre nosotros acuerdos más tibios y pacificarlo todo sin demasiado

sacrificio. Dejé de amenazarla con aquella frase de olvido, harto

desesperado para ser sincero, y que la habría hecho sonreír de piedad,

si ella hubiera tenido a su vez un poco de serenidad el día que se lo

propuse como un medio. Continué viviendo bastante cerca de ella para

demostrarle que el partido que adoptaba era menos extremado y

suficientemente lejos para dejarla libre y no imponerle complicidades de

las cuales me ruborizaba.

¿Qué sucedió entonces en el espíritu de Magdalena? Juzgue usted. Apenas

relevada del papel extraordinario de confidente y de salvadora, se

transformó de súbito. Su genio, su continente, la dulzura de su mirada,

la perfecta igualdad de su carácter compuesto de oro maleable y de

acero, es decir, indulgencia y verdadera virtud, aquel natural

resistente sin dureza, paciente, unido, siempre en el equilibrio de un

lago abrigado del viento; aquella amiga tan ingeniosa para hallar

recursos de consuelo, aquella boca inagotable en frases exquisitas,

todo cambió. Vi aparecer un ser nuevo, extravagante, incoherente,

inexplicable y fugaz, agriado, entristecido, hiriente y sombrío, como si

hubiera estado rodeado de insidias, precisamente cuando yo me

sacrificaba sin reservas consagrado a allanar su existencia y a apartar

de ella hasta la sombra de una preocupación.

Algunas veces la encontraba anegada en lágrimas. Las devoraba en

seguida, se pasaba la mano por los ojos haciendo un gesto de resignación

y de fastidio y se las enjugaba como hubiera hecho con una mancha

repugnante. Por nada se sonrojaba como si hubiera sido sorprendida en la

contemplación de una mala idea. Observé que se acercaba a su hermana más

estrechamente que nunca, que salía con mucha frecuencia apoyándose en el

brazo de su padre, que la adoraba, pero que no tenía ni las mismas

aficiones que ella ni las costumbres de la alta sociedad.

Un día que fui a su casa, y mis visitas eran contadas, me dijo:

--¿Quiere usted ver al señor De Nièvres? Me parece que está en su

gabinete.

Llamó, hizo avisar al señor De Nièvres y lo interpuso entre nosotros.

Estuvo extraordinariamente hábil durante aquella visita, la primera

quizás que le había hecho en actitud de ceremonia. El señor De Nièvres

se mostró más flexible, sin abandonar cierta reserva, que se advertía

más evidente a medida que se iba haciendo más sistemática. Casi ella

sola sostuvo el peso de una conversación que a cada momento amenazaba

agotarse y dejarnos con la boca abierta. Merced a aquel esfuerzo de

habilidad y de voluntad la comedia que representábamos llegó hasta el

final sin decaer, y no dio margen a ningún incidente que le hiciera

demasiado chocante. Recapituló a mi presencia el empleo de sus noches de

toda la semana, pero sin mi presencia, por supuesto.

--¿ Me acompañarás esta noche?--le preguntó a su marido.

--Me pides una cosa que creo no haberte negado nunca--replicó el señor

De Nièvres con bastante frialdad.

Me siguió hasta la puerta de su gabinete, apoyada en el brazo de su

marido, erguida, confiada en aquel sólido apoyo. Yo la saludé

respondiendo exactamente al tono cordial pero frío de su despedida.

--Pobre y querida mujer--pensaba mientras de ella me iba

alejando.--¡Querida conciencia en que tantos temores he hecho nacer!

Y por una de esas reacciones que deshonran en un instante los mejores

impulsos, recordé esas estatuas apoyadas en un soporte que las mantiene

en equilibrio y que caerían inevitablemente si les faltara aquel punto

de sustentación.

Fiebre de amor (Dominique) · 第 17 / 23 题