Habían concluido los días felices; acabada aquella corta temporada
pastoral, volví a caer en profundas preocupaciones. Apenas instalados en
el hotelito que debía servirles de apeadero en París, Magdalena y el
señor De Nièvres comenzaron a recibir y el movimiento del mundo hizo
irrupción en nuestra vida.
--Me quedaré en casa una vez por semana para los extraños--me dijo
Magdalena;--para usted estaré siempre. La próxima semana doy un baile,
¿vendrá usted?
--¿Un baile?... No me seduce...
--¿Por qué? ¿Le da miedo la gente?
--Absolutamente, como un enemigo.
--¿Y cree usted que a mí me atrae mucho?
--Sea. Me da usted ejemplo y lo seguiré.
La noche indicada llegué temprano. Había tan sólo un escaso número de
invitados rodeando a Magdalena cerca de la chimenea del primer salón.
Cuando oyó anunciar mi nombre, por un impulso de familiaridad que no
tenía por qué reprimir, volviose hacia mí apartándose un poco de los que
la rodeaban y se me mostró, de pies a cabeza, como imprevista imagen de
todas las seducciones. Era la primera vez que la veía así, en traje
espléndido e indiscreto de baile. Noté que cambiaba de color y en vez de
contestar a su mirada tranquila mis ojos se detuvieron torpemente sobre
un lazo de diamantes que fulguraba en lo alto del cuerpo escotado. Un
instante estuvimos frente a frente, ella cortada, yo turbadísimo.
Seguramente nadie sospechó el rápido cambio de impresiones que nos
advirtió a los dos que habían sido heridos delicados pudores. Ella se
ruborizó levemente, un ligero estremecimiento agitó sus hombros como si
de súbito sintiera frío e interrumpiéndose en medio de una frase
insignificante, se acercó a la butaca que antes ocupaba y con la mayor
naturalidad del mundo tomó una manteleta de encaje y se cubrió con ella.
Aquella actitud podía significar muchas cosas, pero yo quise ver en ella
tan sólo un acto ingenuo de condescendencia y de bondad que aun me la
presentó más adorable y me desconcertó para todo el resto de la velada.
Ella conservó cierto encogimiento por espacio de algunos minutos. La
conocía yo demasiado para poder equivocarme. Dos o tres veces la
sorprendí mirándome sin motivo, como si aun estuviese bajo el dominio de
una sensación persistente: luego las obligaciones de cortesía le
devolvieron poco a poco el aplomo. El movimiento del baile actuó sobre
ella y sobre mí en sentido contrario: ella recobró su libertad y se puso
contenta; yo me entristecí tanto más cuanto más alegre la veía y mi
desasosiego creció a medida que iba descubriendo en ella atractivos
exteriores que trocaban una criatura casi angelical en una perfecta
mujer de buen tono.
Estaba admirablemente bella y la idea de que otros lo sabían tan bien
como yo no tardó en oprimirme agriamente el corazón. Hasta entonces mis
sentimientos respecto a Magdalena habían escapado a la mordedura de
sensaciones ponzoñosas. «Un tormento más», me dije. Creía haber agotado
toda suerte de desfallecimientos. Evidentemente mi cariño no estaba
completo: le faltaba uno de los tributos del amor, no el más peligroso,
pero sí el más feo.
La vi asediada y me acerqué a ella. Oí en torno mío frases que me
abrasaban: sentía celos.
Nunca se confiesa estar celoso; sin embargo, no eran aquéllas
sensaciones que pudiera yo confundir. Es bueno hacer provechosa toda
humillación, y aquélla me iluminó acerca de muchas verdades: me hubiera
advertido, si hubiese sido capaz de olvidarlo, que aquel amor exaltado,
contrariado, germen de desventura, levemente carnal, pero muy cerca de
infestarse de orgullo, no se elevaba mucho por encima del nivel de las
pasiones ordinarias, que no era peor ni mejor y que el único aspecto que
le hacía diferente de aquéllas era debido al hecho de ser menos posible
que muchas otras. Algunas facilidades habríanle hecho caer
infaliblemente de su pedestal ambicioso, y como tantas cosas de este
mundo cuya única superioridad emana de un defecto de lógica o de
plenitud, ¡quién sabe en qué habría llegado a convertirse si hubiera
sido menos absurdo o más venturoso!
--¿No baila usted?--me preguntó Magdalena algo más tarde encontrándome a
su paso sin haberlo yo procurado.
--No, no bailaré--le repliqué.
--¿Ni siquiera conmigo?--exclamó con cierto asombro.
--Ni con usted ni con nadie.
--Haga como guste--concluyó con cierta sequedad.
No le hablé más en toda la noche y la rehuía perdiéndola de vista lo
menos posible.
Oliverio llegó pasada ya la media noche. Yo conversaba con Julia que
había bailado de mala gana y ya no bailaba más, cuando entró en el salón
tranquilo, con mucho desahogo, sonriente, con aquella expresión en la
mirada de que se armaba como de una espada tendida, cada vez que se
encontraba con caras nuevas, sobre todo de mujeres. Se acercó a
Magdalena, le estrechó la mano y oí que se disculpaba por haber llegado
tan tarde. Después dio una vuelta por el salón, se detuvo a saludar a
dos o tres mujeres de quienes era conocido, y por fin sentose
familiarmente al lado de Julia.
--Magdalena está muy bien. Y tú también estás muy bien, mi pequeña
Julia--dijo a su prima casi sin haber puesto atención en su
tocado.--Solamente--añadió en el mismo tono de abandono,--llevas dos
lazos de color de rosa que te hacen un poco morena.
Julia no se movió. Primero fingió no haber oído. Después fijó lentamente
en Oliverio el esmalte azul oscuro de sus pupilas sin llama, y luego que
le hubo mirado por algunos segundos de una manera capaz de desarraigar
hasta la firme constancia de su primo, me dijo poniéndose de pie:
--¿Quiere usted acompañarme junto a mi hermana?
Hice lo que ella quería y me apresuré a reunirme con Oliverio.
--¡La has ofendido!--le dije.
--Es posible. Julia me angustia.
Y así diciendo me volvió la espalda resuelto a cortar por lo sano toda
insistencia.
Tuve el valor, ¿fue valor?, de quedarme hasta que terminó el baile.
Tenía necesidad de volver a ver a Magdalena a solas, de poseerla más
estrechamente luego que se marcharan tantas personas que se la habían
repartido, por decir así. Había rogado a Oliverio que me aguardase
haciéndole ver que debía reparar la falta de haber llegado tan tarde.
Buena o mala, esta razón, acerca de la cual no podía abrigar sospecha de
engaño, pareció decidirle. Estábamos frente a frente, en una de esas
rachas de secreteo que hacía de nuestra amistad siempre clarividente, la
cosa más desigual y más rara. Después de nuestro viaje a Trembles, y
sobre todo desde nuestro regreso a París, había adoptado el temperamento
de dejarme proceder sin tutela fuera la que quisiera su opinión respecto
de mi conducta. Eran ya las tres o las cuatro de la madrugada. Estábamos
como olvidados en un saloncito en donde algunos jugadores obstinados se
retardaban todavía. Cuando por fin salimos advirtiendo que no se
percibía ya ruido alguno, ya no había ni músicos ni bailarines, nadie.
Magdalena, sentada en el fondo del gran salón vacío hablaba animadamente
con Julia, acurrucada como una gatita en una butaca. Lanzó una
exclamación de sorpresa al vernos aparecer en aquel desierto a semejante
hora, después de aquella interminable noche tan mal empleada. Estaba
fatigada. Las huellas del cansancio rodeaban sus ojos prestándoles ese
brillo extraordinario que causa el insomnio después de las fiestas
nocturnas. El señor De Nièvres y el señor D'Orsel seguían jugando. Ella
estaba sola con Julia y yo delante de ella apoyado en el brazo de
Oliverio. La media luz rojiza que de arriba se proyectaba, formaba una
especie de neblina compuesta de finísimo polvo oloroso y por los vapores
de la fiesta. Encima de los muebles, sobre la alfombra, despojos de
flores, ramilletes pisoteados, abanicos olvidados, _carnets_ con
anotaciones de baile. Los últimos carruajes rodaban sobre las losas del
patio del hotel y a mis oídos llegaba el ruido de los estribos al ser
plegados y el golpeteo de las portezuelas al cerrarse.
No sé yo qué rápido retroceso hacia otra época en la cual nos habíamos
encontrado los cuatro en semejante reunión--pero en situación diferente,
cada uno bajo el influjo de una sencillez del corazón, para siempre
desvanecida,--me hizo mirar en torno mío y resumir en una única
sensación todo lo que ya he dicho. Me desprendía de mí mismo lo bastante
para considerar, como espectador en un teatro, aquel cuadro singular
compuesto por cuatro personas íntimamente agrupadas después de un baile,
examinándose unas a otras, silenciosas, deseando acercarse en la misma
forma que en otro tiempo y hallando un obstáculo; tratando de entenderse
como otrora y no pudiendo conseguirlo. Me daba perfecta cuenta del
sombrío drama que entre nosotros se desarrollaba. Cada uno teníamos
nuestro papel; pero, ¿en qué medida? No alcanzaba a concretarlo; pero,
en adelante, tendría bastante serenidad para arrostrar los peligros del
mío, triste, el más peligroso de todos, a mi entender, por lo menos, y
audazmente me disponía a revivir los recuerdos de lo pasado proponiendo
que acabáramos la noche con un juego que nos divertía mucho en casa de
mi tía, cuando, después de haberse marchado los últimos jugadores,
llegaron al salón el esposo de Magdalena y el señor D'Orsel.
El señor D'Orsel nos trataba a todos como a niños, incluyendo a su hija
mayor, a la cual rejuvenecía por un cálculo de ternura complaciéndose en
aplicarle nombres que recordaban el convento. La entrada del señor De
Nièvres fue más fría y la vista de aquel _cuatuor_ íntimo pareció
causarle un efecto muy opuesto. No sé si fue realidad o aprensión, pero
me pareció hallarle fatuo, seco, hiriente. Su conversación me desagradó.
Con la corbata un poco alta, su vestido irreprochable, con un aire
especial de hombre en traje de etiqueta que acaba de ofrecer una fiesta
y se siente dueño de su casa, se parecía poco al cazador amable y
sencillo que había sido mi huésped en Trembles; pareciome también que
Magdalena, con el deslumbrante broche que llevaba sobre el pecho, con la
cabellera salpicada de diamantes, no se asemejaba a la modesta e
intrépida andarina, que un mes antes nos seguía recibiendo la lluvia y
caminando con los pies metidos en el mar. ¿Se trataba de una simple
diferencia de indumento o era aquello más bien un verdadero cambio de
las almas? Él había recobrado el aspecto demasiado circunspecto, sobre
todo el tono de superioridad que tan hondamente me había impresionado la
noche que por vez primera le sorprendí en el salón de casa de D'Orsel,
haciéndole la corte solemnemente a Magdalena. Creí notar en él una
frialdad que antes no había notado y cierta firmeza orgullosa en su
posición de marido que una vez más me ponía de manifiesto que Magdalena
era su mujer y yo no era nadie allí. Fuera o no suspicacia, error de un
espíritu enfermo, hubo un instante en que aquella última visión me
pareció tan clara que no me dejó lugar a la más pequeña duda. La
despedida fue breve. Salimos y nos acomodamos en un carruaje. Fingí
dormir y Oliverio hizo como yo. Con los ojos cerrados recapitulé lo que
había pasado durante aquella noche y sin saber por qué antojábaseme que
había en todo aquello gérmenes de muchas tempestades; luego pensé en el
señor De Nièvres--a quien creía, sinceramente haber perdonado para
siempre--y hube de reconocer que le detestaba.
Varios días, una semana lo menos, pasé sin darle a Magdalena señales de
vida. Aprovechaba el momento en que era seguro no hallarla en casa para
ir a dejar una tarjeta. Cumplida esta fórmula de urbanidad, consideré
que estábamos en paz el señor De Nièvres y yo. En cuanto a su mujer
estaba enojado con ella; ¿por qué? no hallaba motivo; pero el cruel
despecho que me embargaba me dio fuerzas por el momento para evitar su
presencia.
A partir desde aquel día, el movimiento de París nos envolvió y fuimos
arrastrados por aquel torbellino en el cual corren riesgo de aturdirse
las cabezas más fuertes y tienen muchas probabilidades de naufragio los
corazones más firmes. No sabía yo casi nada del mundo y después de haber
huido de él durante un año me encontraba de pronto en el salón de la
señora De Nièvres; es decir, con todas las razones posibles para tener
que frecuentarlo. Inútil consideraba repetirle que no estaba yo hecho
para aquel género de vida; sólo hubiera podido contestarme: «Váyase
usted»; pero acaso aquel consejo le hubiese costado trabajo y además yo
no lo habría seguido. Tenía el propósito de presentarme en casi todos
los salones que ella frecuentaba. Pretendía que fuera tan exacto en el
cumplimiento de los deberes totalmente artificiales de la sociedad, como
cumplía a un hombre bien nacido y amparado bajo su patrocinio. Muchas
veces expresaba ella un simple deseo sin más fundamento que el de serme
grata y mi imaginación, dispuesta a transformarlo todo, le asignaba
alcances de mandato. Herido por doquier, desventurado sin reposo, la
seguía constantemente y cuando eso no me era posible la echaba de menos
desolado, maldecía a los que me disputaban su presencia y me
desesperaba.
Algunas veces me rebelaba sinceramente contra costumbres en las cuales
me disipaba sin fruto, que no contribuían gran cosa a mi felicidad y me
quitaban un resto de razón. Odiaba cordialmente a las personas de las
cuales me servía, sin embargo, para llegar hasta cuando la prudencia u
otros motivos me alejaban de su casa. Pensaba, no sin fundamento, que
eran tan enemigos suyos como míos. Aquel eterno secreto sería traído y
llevado en semejantes medios, porque al igual que una hoguera al aire
libre tenía, sin duda, que despedir imprudentes chispas que lo
delatasen; si no era ya conocido, a lo menos era fácil que llegara a
saberse. Había, una porción de personas que al verlas, me decía con
furor: «todos esos deben ser mis confidentes.» Y ¿qué podía yo esperar
de ellas? ¿Consejos? Ya los había recibido de la única cuya amistad me
los hizo soportables: de Oliverio. ¿Complicidad o complacencia? No y
cien veces no. Más me asustaba aún que el pensamiento de que existiera
una conspiración dirigida contra mi dicha, la idea de que aquella
menguada y famélica dicha hubiera podido ser objeto de envidia para
quienquiera que fuese.
A Magdalena nada más le decía una parte de la verdad. No le ocultaba
nada de mi aversión a la sociedad, disparando tan sólo el motivo
personalísimo de ciertos agravios. Cuando se trataba de juzgar al mundo
de manera más general, aparte la perenne idea de que debía considerarlo
como un ladrón de mi ventura, prodigaba las invectivas con feroz
alegría. Lo pintaba hostil a todo lo que me era amado, indiferente a
todo lo que es bueno y lleno de desprecio por todo lo más respetable,
tanto en cuanto a opiniones como respecto a los sentimientos. Aducía
repetidos hechos reales, por los que todo hombre de buen criterio debía
sentirse herido; censuraba la ligereza de los preceptos sociales y más
todavía la de las pasiones; condenaba la facilidad de las conciencias
cualesquiera que fueran las causas, ambición, gloria o vanidad. Hacíale
notar la manera libre como suele entenderse, no ya el concepto del
deber, sino todos los deberes, el abuso de las palabras, la confusión de
todas las medidas, que da margen a la perversión de las ideas más
sencillas, a que nadie llegue a entenderse en cuanto a lo bueno, lo
verdadero, lo malo, lo peor, resultando que no existe diferencia
apreciable entre la gloria y el prestigio--en el sentido propio de la
palabra,--ni delimitación exacta de las acciones malvadas y de los
hechos simplemente irreflexivos. Me empeñaba en demostrarle que la
adoración tan decantada por la mujer, mezclada con patente burla,
ocultaba en el fondo el más completo desprecio de ella y que las mujeres
obraban bien tontamente, por cierto, reservándoles a los hombres
apariencias siquiera de virtud, desde el punto en que no les guardaban a
ellas ni tan sólo aparente estima.
--Todo eso es horroroso--le dije un día,--tanto, que si hubiera de
salvar yo alguna casa de esta ciudad de réprobos, sólo una señalaría en
blanco.
--¿La de usted?--preguntó Magdalena.
--La mía precisamente para salvarme con usted.
Al oír tales y tan rudos anatemas, Magdalena solía sonreír tristemente.
Estaba seguro de que opinaba como yo, ella que era prototipo de
prudencia, de rectitud, de sinceridad, y no obstante vacilaba en darme
la razón porque se preguntaba, sin duda, si cuando yo decía muchas cosas
verdaderas no ocultaba alguna. Desde tiempo ya procuraba no hablarme
sin cierta reserva de aquella porción de mi vida de adolescente que no
había tenido vinculaciones con la suya pero que no por eso estaba menos
limpia de misterios.
Apenas sabía mi domicilio o cuando menos ponía empeño en ignorarlo o en
olvidarlo. Nunca me preguntaba cuál era el empleo de las veladas que no
le pertenecían y sobre las cuales, le convenía, por decir así, dejar
vagar algunas dudas. En medio de mis costumbres estrambóticas que
reducían a muy poco mi sueño y me mantenían en un estado de fiebre,
conservaba ciertas energías, insaciable hambre del espíritu que había
acrecentado el afán por el trabajo, haciendo más sabroso el placer que
él me procuraba. En pocos meses había recobrado el tiempo perdido y
sobre mi escritorio había como un montón de haces en una era, nueva
cosecha ya recogida de la cual sólo era dudoso el producto. Era el solo
asunto del cual me hablaba Magdalena sin reserva; pero en aquel punto
era yo el que oponía vallas. Tocante a mis ocupaciones, lecturas,
trabajo intelectual--aunque sólo Dios sabe con qué orgullosa solicitud
ella seguía el curso de mis tareas,--sólo le daba yo noticia de un
detalle, siempre el mismo: que no estaba satisfecho. Este absoluto
descontento de los otros y de mí mismo expresaba mucho más de lo
necesario para que ella viese claro. Si alguna circunstancia quedaba aún
oscurecida, fuera del alcance de una amistad que--aparte un secreto
inmenso, no tenía ninguno,--era porque Magdalena consideraba la
explicación inútil o imprudente. Había entre nosotros un punto delicado,
unas veces en la duda y otras en plena certeza, que, al igual que todas
las verdades peligrosas, exigía no ser aclarado.
Magdalena estaba advertida: era imposible que no lo estuviera. Pero,
¿desde cuándo? Acaso desde el día que, respirando ella también un aire
más agitado, había sentido ráfagas calurosas que no estaban a la
temperatura de nuestra antigua y serena amistad. El día que me pareció
tener la certeza de este hecho, no me bastó la mera creencia. Deseé una
prueba y quise obligar a dármela a Magdalena. Ni un instante me detuve a
reflexionar sobre aquel plan que era detestable, malvado, odioso. La
asediaba con mil capciosidades. Tratándose de personas que nos
conocíamos muy a fondos nos bastaba para entendernos sólo media palabra;
pero yo aun añadía una más precisa. Caminábamos sobre un terreno
sembrado de artimañas y yo tendía una más a cada paso. No sé qué
perverso afán de sitiarla, de oprimirla, de acorralarla en la última
reserva. Quería vengarme de aquel prolongado silencio impuesto primero
por la timidez, luego por consideración, más adelante por respeto y
últimamente por piedad. Aquella máscara que llevaba puesta hacía ya tres
años se me había hecho insoportable y la arranqué sin reparo. Ya no me
importaba que se hiciera la luz entre los dos. Deseaba casi una
explosión aunque ella hubiera de aterrarla; cuanto a su tranquilidad,
que una ciega y mortífera indiscreción podía destruir, la tenía olvidada
por completo.
Fue aquélla una crisis humillante, que me costaría mucho trabajo
referirle a usted. Apenas sufría, de tal modo estaba imbuido de una idea
fija. Procedía en sentido directo, con la inteligencia clara, la
conciencia cerrada, como si se tratara de un asalto de esgrima en el
cual no hubiera arriesgado más que el amor propio.
A mi estrategia insensata Magdalena opuso de repente medios de defensa
inesperados. Contestó a ella con calma perfecta, con total ausencia de
disimulos, con ingenuidades que en nada podían perjudicar su reputación.
Levantó poco a poco entre los dos a la manera de un muro de acero, de
una resistencia, de una frialdad impenetrables. Yo me irritaba ante
aquel nuevo obstáculo y no podía vencerlo. Trataba nuevamente de hacerme
entender: toda inteligencia había cesado. Aguzaba las frases y no
llegaban a ella. Las tomaba, las levantaba, las desarmaba con una
respuesta sin réplica: como hubiera hecho con una flecha hábilmente
esquivada a la cual le quitaba el hierro acerado que podía herir. El
resumen de su continente, de su acogida, de sus afectuosos apretones de
mano, de sus miradas excelentes, pero corteses y sin alcance, del
conjunto de su proceder admirable y desesperante, por su firmeza, por su
sencillez, por su prudencia, era éste: «Nada sé, y si ha creído que he
adivinado algo se equivoca usted.»
Entonces desaparecía yo por cierto tiempo, avergonzado de mí mismo,
furioso de impotencia y cuando volvía a ella con mejores ideas e
intenciones de arrepentimiento, parecía no comprenderlas al igual que no
había advertido las otras.
Todo esto sucedía en medio del torbellino del gran mundo que aquel año
se prolongó hasta muy entrada ya la primavera. Algunas veces contaba con
los accidentes de aquel género de vida debilitante para sorprender en
falta a Magdalena y apoderarme de un espíritu tan seguro de sí mismo,
pero eso no sucedió: Estaba yo casi enfermo de impaciencia. Ya no estaba
seguro, casi, de amar a Magdalena, a tal extremo la idea de nuestro
antagonismo--que me obligaba a ver en ella un adversario,--substituía a
toda otra emoción y me llenaba el corazón de malas pasiones. Hay días,
en pleno verano, polvorientos, nebulosos, en que la luz del sol es
blanquecina y velada de nubes por el lado del Norte, que se parecen
mucho a aquel violento período tan pronto abrasador como helado, en el
cual llegué a creer que mi pasión por Magdalena iba a extinguirse de la
manera más triste, por el despecho.
Varias semanas hacía ya que no la veía. Había gastado mis rencores
engolfándome en el trabajo. Esperaba de ella que me diera la señal de
reaparecer. Una vez había encontrado al señor De Nièvres y me había
dicho: «¿Qué es de usted?» o «Ya no se le ve a usted.» Cualquiera de
esas dos fórmulas--no recuerdo cuál fue la que empleó--envolvía una
invitación apremiante a volver. Aun me sostuve algunos días más; pero
semejante alejamiento constituía un orden de cosas negativo que podía
durar indefinidamente sin resolver nada decisivo. Por fin me decidí a
forzar la situación. Corrí a casa de Magdalena: estaba sola. Entré
rápidamente sin haber formado una idea definida de lo que iba a decir o
hacer, pero formalmente decidido a romper aquella armadura de hielo y
ver si debajo de ella vivía aún el corazón de mi antigua amiga.
La encontré en su gabinete particular--en el cual no había más lujo que
de flores,--vestida muy sencillamente, bordando sentada cerca de un
veladorcito. Estaba seria, tenía los ojos enrojecidos como si no hubiera
dormido la noche anterior o hubiera llorado algunos minutos antes de
llegar yo. Tenía el aspecto de tranquilidad y recogimiento que le era
propio muchas veces, en momentos de distracción que revivían en ella la
colegiala de otros tiempos. Con su vestido modesto, rodeada de flores,
abiertas las ventanas sobre los árboles, hubiérase dicho que estaba en
su jardín de Ormessón.
Aquella completa transfiguración, aquella actitud de tristeza, sumisa,
medio vencida, por decir así, me quitó todo afán de triunfar y dio en
tierra súbitamente con toda mi audacia.
--He caído en culpa, respecto de usted--le dije,--y vengo a excusarme.
--¿Culpable? ¿A excusarse?--exclamó, procurando reponerse de la
sorpresa.
--Sí, soy un loco, un amigo cruel y desolado que viene a ponerse a sus
pies y pedirle perdón...
--Pero, ¿qué tengo que perdonarle?--añadió, un poco asustada por aquella
calurosa invasión en la tranquilidad de su retiro.
--Mi conducta pasada, todo lo que he hecho, todo lo que he dicho, con la
estúpida intención de herirla a usted.
Ella había recobrado la calma.
--Se imagina usted cosas que no existen o por lo menos se trata de leves
errores de los cuales no me acordaré más el día que reconozca que usted
también los olvida. ¿Sabe usted cuál ha sido su único error? El de
abandonarme desde hace un mes. Porque hoy hace un mes--dijo, no
ocultándome que se fijaba en las fechas,--que nos separamos una noche
diciendo usted hasta mañana al despedirse.
--Y no he vuelto, es verdad; pero no es de eso de lo que me acuso con
pena, no, de lo que me acuso mortalmente...
--¡De nada!--interrumpió ella imperiosamente.--Y desde
entonces--continuó en seguida,--¿qué ha sido de usted? ¿Qué ha hecho?
--Muchas cosas y muy poco; depende del resultado.
--¿Y después?
--Eso es todo--dije queriendo hacer lo mismo que ella y cortar la
conversación por donde me convenía.
Pasaron algunos momentos de embarazoso silencio y luego Magdalena empezó
a hablar en un tono del todo natural y muy dulce.
--Tiene usted un carácter desagradecido y difícil--me dijo.--Cuesta
trabajo entenderle a usted y más aún socorrerle. Cuando se desea
animarle, sostenerle, a veces compadecerle, se le pregunta y usted se
encierra en la más absoluta reserva.
--¿Qué quiere que diga, como no sea que aquel en quien usted confía, no
es capaz de causar asombro a nadie y mucho me temo que defraude las
esperanzas de sus buenos amigos?
--¿Y por qué defraudaría las esperanzas de los buenos amigos que sólo
desean para usted una posición que merece?--continuó Magdalena tranquila
ya, al ver que nos colocábamos en un terreno que le parecía mucho más
seguro.
--Pues, por una razón muy sencilla: porque nada ambiciono.
--¿Y esa fogosidad por el trabajo que se apodera a lo mejor de usted?...
--Dura muy poco: es fuego que llamea con extraordinaria rapidez y en
seguida se extingue. Subsistirá, creo, algunos años todavía, hasta que
se desvanezca la ilusión cuando pase la juventud y vea yo claro que es
cosa de acabar de una vez con tales engaños. Entonces llevaré la vida
única que me cuadra, vida agradable de _dilletantismo_, en algún rincón
de la provincia al cual no me lleguen ni los estimulantes ni los
remordimientos de París, consagrándome a admirar el talento ajeno, que
debe bastar, después de todo, para, ocupar los ocios de un hombre
modesto que no es tonto.
--Lo que acaba usted de decir es insostenible--exclamó con gran
vivacidad.--Tiene usted gusto en atormentar a los que le estiman... y
miente usted...
--Nada es más cierto, se lo juro. Ya le he dicho en otra ocasión, y no
hace mucho tiempo, que me sentía atraído, no por la idea de ser
_alguien_, que me parecía sin sentido práctico, pero sí por el deseo de
producir _algo_, única excusa, a mi juicio, de nuestra mísera
existencia. Lo dije y traté de realizarlo. Pero nunca con el fin de que
saque de ello provecho ni mi dignidad de hombre, ni mi gusto, ni mi
vanidad, ni los otros ni yo mismo. Será sin más propósito que el de
expulsar de mi cerebro algo que me molesta.
Sonrió al oír la curiosa y vulgar explicación que daba yo a un fenómeno
bastante noble.
--¡Qué hombre tan singular resulta usted con sus paradojas! Lo sutiliza
usted todo hasta el extremo de cambiar el sentido de las palabras y el
valor de las ideas. Halagábame la creencia de que era usted un alma
mejor organizada que muchas otras y más buena, por diversos conceptos.
Le creía también, débil de voluntad, pero dotado de cierta tendencia a
la inspiración. Y ahora resulta que deberá usted carecer de voluntad y
convierte la inspiración en simple exorcismo.
--Llame usted las cosas por el nombre que quiera--dije, y le supliqué
que cambiásemos de conversación.
Cambiar de conversación no era posible; había que volver al punto de
partida o continuar. Le pareció más seguro razonar y yo la dejé decir
sin replicar más que con una frase: «¿Para qué?»
--Habla en esta ocasión, como Oliverio, y, sin embargo, no hay nadie que
se parezca a él menos que usted.
--¿Le parece a usted?--dije mirándola apasionadamente para dominarla de
nuevo,--¿en verdad cree usted que somos tan diferentes? Pues yo creo,
por lo contrario, que nos parecemos mucho. Obedecemos el uno y el otro,
exclusivamente, ciegamente, a lo que nos encanta; lo que nos encanta es,
tanto para él como para mí, imposible o poco menos, lograrlo; es una
quimera o representa lo prohibido. Eso hace que siguiendo caminos muy
opuestos, nos encontremos un día en el mismo punto, acobardados y «sin
familia»--añadí, usando la frase «sin familia» en vez de otra mucho más
clara que se me vino a los labios.
Magdalena tenía los ojos fijos en el bordado, pero clavaba la aguja al
azar, sin poner atención. La expresión de su rostro había cambiado, su
continente, una vez más, sumiso y desarmado, me enterneció hasta el
extremo de hacerme olvidar el objeto de mi visita.
--Comprendería usted bien--dijo con cierta turbación.--Hay para todo el
mundo, creo yo... (vacilaba un poco al elegir las palabras) un momento
difícil en el cual se duda de uno mismo y hasta de los demás. Lo que
importa entonces es aclarar la duda y tomar una resolución. Algunas
veces, el corazón tiene necesidad de decir: «Quiero». A lo menos me lo
figuro por haberme sucedido ya una vez--continuó, titubeando más todavía
en torno de un recuerdo que a los dos nos traía a la mente la historia
de su casamiento.--Dicen que una marquesa de principios de siglo
pretendía que por fuerza de la voluntad podía evitarse la muerte. Acaso
si murió fue porque se distrajo. Hay así muchos accidentes que se
presume que son involuntarios; ¡quién sabe si la dicha no depende en
gran parte de la voluntad de ser dichoso!...
--Dios la oiga, mi querida Magdalena--dije, usando una expresión que no
había vuelto a emplear hacía ya tres años.
Pronunciando estas últimas palabras me levanté embargado de un
enternecimiento que no era dueño de ocultar. El movimiento que hice fue
tan rápido, tan imprevisto, añadió tanto ardor a mi acento, de por sí
muy decisivo ya, que Magdalena sintió que él llegaba a su corazón y lo
conmovía y palideció. Oí yo en lo más hondo de su pecho como una
dolorosa exclamación angustiosa que expiró en sus labios.
Muchas veces me había yo preguntado qué sucedería si, para
desembarazarme de la carga demasiado pesada que me aplastaba,
sencillamente y como si mi amiga Magdalena pudiera oír con indulgencia
la declaración de un sentimiento que se refería a la condesa De Nièvres,
le dijera que la amaba. Me representaba la escena de esta tan grave
explicación. La suponía sola, en estado de escucharme y en una situación
que excluía todo peligro. Tomaba la palabra y sin preámbulo, sin rebozo,
sin subterfugios, sin palabrería, y, con la misma franqueza que si se
tratara de un confidente muy íntimo desde mi juventud, le refiriese la
historia de mi pasión, nacida de una amistad de niño de súbito trocada
en amor. La explicaba cómo una serie de transiciones invencibles me
había conducido poco a poco desde la indiferencia a la atracción, del
temor al vasallaje, de la añoranza en la ausencia a la necesidad de no
separarme nunca de ella, de la visión de que iba a perderla a la
certidumbre de que la adoraba, del afán por su tranquilidad a la
mentira, en fin, de la voluntad de callar siempre al afán irresistible
de confesárselo todo y de pedirle perdón después. Le decía que había
resistido, luchado, que había sufrido mucho: mi proceder era el mejor
testimonio. No exageraba nada, muy al contrario, no hacía más que
mostrarle a medias el cuadro de mis dolores para mejor convencerla de
que ponía medida en mis palabras y era sincero. Le decía, en una
palabra, que la amaba con desesperación, en otros términos que no
esperaba de ella más que la absolución de mis debilidades que en ellas
mismas llevaban la penitencia y su piedad para aquellos males
irremediables.
Tan grande era mi confianza en la bondad de Magdalena, que la idea de
semejante confesión me parecía aún más natural en medio de las ideas
locas o culpables que me asediaban.
Veíala entonces--o por lo menos así me gustaba verla,--triste y muy
sinceramente afligida, pero no colérica, escuchándome con la compasión
de una amiga impotente para consolarme y por elevación de espíritu y por
indulgencia, dispuesta a compadecerse de aquellos grandes males
efectivamente irremediables. Y, ¡cosa singular! aquel pensamiento de ser
comprendido, que siempre me había impuesto verdadero terror antes, no me
causaba ni siquiera el más leve embarazo en lo presente. Trabajo me
costaría explicarle a usted hasta qué punto era posible que semejante
propósito, absurdo por atrevido, cupiera en mi espíritu cuya
pusilanimidad natural le he puesto a usted en evidencia; pero tantas
pruebas habían acabado por avezarme. Ya no temblaba delante de
Magdalena, por lo menos de miedo como en otra época; me parecía que
debía desaparecer toda irresolución desde que descaradamente iba en pos
de la verdad.
Tuve un momento de suprema angustia durante el cual la idea de acabar de
una vez me asaltó de nuevo, como tentación más fuerte e irresistible que
nunca. Pensaba que para eso había venido y jamás ocasión más propicia
se me presentaría. Estábamos solos, la casualidad nos colocaba
exactamente en la situación que tenía elegida. La mitad de la confesión
estaba ya hecha. Uno y otra alcanzábamos un grado de emoción que nos
colocaba en aptitud de atreverme mucho a mí y de oírlo todo a ella. No
tenía que decir yo más que una palabra, romper aquel horrible cerrojo
del silencio que me estrangulaba cada vez que pensaba en ella. Buscaba
sólo una fórmula, una frase inicial: estaba muy sereno, a lo menos tal
me parecía estar; hasta me parecía que mi semblante no reflejaba
demasiado la extraordinaria controversia que dentro de mí se mantenía.
Iba a hablar cuando, para darme más ánimos, alcé los ojos y miré a
Magdalena.
Conservaba la humilde actitud que ya le he descrito a usted, clavada en
su asiento, abandonada la labor, con las manos cruzadas por un esfuerzo
de voluntad para disminuir el temblor que las agitaba al igual que el
resto del cuerpo, pálida hasta dar lástima, las mejillas como la cera,
los ojos muy abiertos velados de lágrimas, clavados en mí con la
luminosa fijeza de dos estrellas. Aquella mirada brillante y dulce
empapada en llanto, tenía una expresión de reproche, de dulzura, de
indecible perspicacia. Hubiérase dicho que estaba menos asombrada de una
confesión ya hecha, que espantada de la inútil ansiedad que advertía en
mí. Y si le hubiera sido posible hablar en un momento en que todas las
energías de su ternura y de su orgullo me suplicaban o me ordenaban que
callase, me había dicho una sola cosa, que yo sabía demasiado: que la
confidencia estaba hecha y mi proceder era el de un cobarde. Pero
continuaba inmóvil, sin expresión, sin voz, los labios cerrados, los
ojos fijos en los míos, las mejillas bañadas de llanto, sublime de
angustia, de pena y de firmeza.
--¡Magdalena--gemí cayendo a sus pies,--Magdalena, perdóneme usted!...
A su vez levantose ella con un movimiento de mujer indignada que jamás
olvidaré; dio algunos pasos hacia su habitación, y como me arrastrara yo
en pos de ella, siguiéndola, buscando una palabra que no fuese ofensiva,
un postrer adiós, para decirle al menos que era ángel de previsión y de
bondad, para agradecerle el haberme ahorrado una locura, con una
expresión más abrumadora todavía, de lástima, de indulgencia y de
autoridad, alzada la mano como si desde lejos tratara de ponerla sobre
mi boca, repitió la seña que me imponía el silencio y desapareció.