Aquellos dos meses de residencia con Magdalena en nuestra solitaria
casa, en pleno campo, a orillas de nuestro mar, tan bello en semejante
estación, fue una causa de constantes delicias, mezcladas con tormentos
que me purificaban. No hubo un solo día que no esté señalado por alguna
tentación grande o pequeña, ni un minuto al cual no corresponda un
latido de mi corazón, un escalofrío, una esperanza, una decepción.
Podría decirle a usted hoy, la fecha y el lugar preciso de mil emociones
muy débiles cuya huella ha quedado en mi memoria, no obstante la
pequeñez del hecho: le mostraría a usted tal rincón del parque, tal
escalera de la terraza, tal sitio del campo, del pueblo, de la escarpa,
en donde el alma de las cosas insensibles ha conservado tan bien el
recuerdo de Magdalena y el mío, que si lo buscara--Dios no lo
quiera,--lo encontraría tan reconocible como al día siguiente de nuestra
partida.
Magdalena nunca había estado en Trembles y aquella residencia, aunque un
poco triste y muy mediana le gustaba. Por más que no tenía las mismas
razones que yo para haber depositado en ella cariño, me había oído
hablar de ella tan frecuentemente, que mis propios recuerdos se la
habían dado a conocer perfectamente v ayudaban a que se sintiera bien
allí.
--Su tierra tiene semejanza con usted--me decía.--Me había figurado cómo
es, con sólo verle a usted. Es un paisaje melancólico, tranquilo, de
suave calor. La vida tiene que ser en ese medio apacible y reflexiva.
Ahora me explico mucho mejor ciertas particularidades de su carácter,
porque corresponde a los rasgos característicos de su país natal.
Hallaba yo gran placer en hacerla penetrarse así de la intimidad de
tantas y tantas cosas estrechamente ligadas a mi vida. Era como una
serie de sutiles confidencias que la iniciaban en lo que yo había sido y
la conducían a comprender lo que era. Aparte el deseo de rodearla de
bienestar, de distracciones y de cuidados, estaba también aquel secreto
afán de establecer entre nosotros vínculos de educación, de
inteligencia, de sensibilidad, casi de nacimiento y parentesco, que
debían hacer nuestra amistad más legítima, prestándole quién sabe
cuántos años de antigüedad.
Complacíame ensayar en Magdalena el efecto de ciertas influencias, más
bien físicas que morales, a las cuales yo estaba sujeto continuamente.
Ponía delante de sus ojos ciertos cuadros naturales, elegidos entre los
que, invariablemente compuestos de un poco de vegetación, mucho sol y
una inmensa extensión de mar, tenía el don infalible de conmoverme.
Observaba en qué sentido podían impresionarla, por qué aspectos de
indigencia o de grandeza podría agradarle aquel horizonte siempre
triste. En cuanto me era dado la interrogaba sobre estos detalles de
sensibilidad en todo exterior. Y cuando la encontraba de acuerdo
conmigo--que sucedía con mucha más frecuencia que nunca hubiese
esperado,--cuando percibía en ella el eco completamente exacto, y como
al unísono de la fibra conmovida que vibraba en mí, constataba una
conformidad más de la cual me congratulaba como de una nueva alianza.
Así comencé a dejarme ver bajo muchos aspectos que ella habría podido
sospechar sin comprenderlos. Juzgando sobre poco más o menos los hábitos
normales de mi existencia iba conociendo con bastante exactitud cuál era
el fondo oculto de mi natural. Mis predilecciones le revelaban una parte
de mis inquietudes, y lo que ella calificaba de singularidades le iba
pareciendo más claro a medida que descubría los orígenes. Nada de eso
era efecto de cálculo: cedía a ello con bastante ingenuidad para no
dejar margen a tener que reprocharme nada si algo había que se asemejara
a la más leve apariencia de seducción; pero inocentemente o no ello es
que yo cedía. Ella parecía dichosa. Por mi parte, merced a tales
continuas comunicaciones que creaban entre nosotros innumerables puntos
de relación, tornábame más libre, más firme, más seguro de mí mismo en
todos sentidos; y eso representaba un gran progreso porque Magdalena
veía en ello un paso dado en la senda de la franqueza. Esta fusión
completa, constante y progresiva duró sin ningún accidente dos meses
largos. Hago omisión de las heridas secretas, innumerables, infinitas:
no eran nada comparadas con los consuelos que en seguida las curaban. En
resumen, era feliz o me parecía serlo si la dicha consiste en vivir
rápidamente, en amar con todas sus fuerzas sin causa alguna de
arrepentimiento y sin esperanza.
El señor De Nièvres era cazador, y a él se debe el que yo haya llegado
a serlo. Me dirigió con mucha cordialidad en los primeros ensayos de una
clase de ejercicio que después me ha gustado hasta el apasionamiento.
Algunas veces Magdalena y Julia nos acompañaban a distancia o nos
esperaban sobre la ribera en tanto que nosotros hacíamos largas batidas
en dirección al mar. Distinguíaselas desde lejos como florecitas
brillantes posadas sobre los cantos rodados al borde mismo de las olas
azules. Cuando los incidentes de la cacería nos llevaban demasiado lejos
o nos retenían hasta tarde, oíamos la voz de Magdalena que nos invitaba
a volver. Tan pronto nombraba a su marido o a Oliverio como a mí. El
viento nos traía aquellas llamadas en que se alternaban nuestros tres
nombres. Las notas perladas de aquella voz, lanzada a gran espacio desde
la orilla del mar se debilitaban a medida que volaban sobre aquel
terreno sin eco; llegaban a nosotros como un soplo levemente sonoro y
cuando distinguía mi nombre no es decible la sensación de dulzura y de
tristeza infinitas que experimentaba.
Algunas veces, ya se ocultaba el sol cuando todavía estábamos nosotros
sentados sobre la parte alta de la costa, ocupados en ver morir a
nuestros pies las largas olas que venían de América. Cruzaban
embarcaciones cubiertas de los purpúreos reflejos del sol, a flor de
agua se encendían luces, las de los faros, con destellos e intervalos de
relámpago, fijas y amarillentas las de los buques fondeados en la rada,
resinosas las de las barcas pescadoras. Y el vasto movimiento de las
aguas, que continuaba a través de la noche y ya no se revelaba más que
por sus rumores, nos sumía en un silencio del cual para cada uno de
nosotros brotaba un número incalculable de ensueños.
Al extremo de la tierra firme, en una especie, de península, pedregosa,
batida del mar por tres lados había un faro, hoy día destruido, rodeado
de un jardincito, con setos de tamarindos tan cerca de la orilla, que
cada marea un poco fuerte quedaban hundidos en espuma. Era aquél el
punto de cita elegido ordinariamente para reunirnos, como he dicho,
después de las cacerías. El lugar era solitario, la ribera más alta en
aquel sitio, la mar más vasta y más conforme con la idea que se ha
formado de ese azul desierto sin límites y de aquella soledad agitada.
El horizonte circular que se abarcaba desde aquel punto culminante de la
costa, aun sin apartarse del pie de la torre, ofrecía una grandiosa
sorpresa en una zona tan pobremente accidentada que no presenta casi en
ninguna porción de ella ni contornos ni perspectivas.
Recuerdo que un día Magdalena y el señor De Nièvres quisieron subir a lo
alto del faro. Hacía viento. El ruido del aire que no se percibía abajo,
aumentaba a medida que subíamos, rugía como un trueno en la escalera
espiral y hacía temblar encima de nosotros las paredes de cristal de la
linterna. Cuando desembocamos a cien pies del suelo, un verdadero
huracán nos azotó el rostro y de todo el horizonte se alzó no sé qué
murmullo irritado del cual nada puede dar idea cuando no se ha escuchado
el mar desde muy alto. El cielo estaba nublado. La marea baja permitía
ver en el límite espumoso de las olas y el último escalón de la ribera,
el triste lecho del Océano pavimentado de rocas y tapizado de
vegetaciones negruzcas. Charcos de agua reflejaban la luz a lo lejos, y
dos o tres hombres que buscaban cangrejos, tan pequeños que podían ser
confundidos con pájaros pescadores, vagaban, casi imperceptibles
alrededor de las limosas lagunas. Más allá comenzaba la alta mar,
movediza y gris, cuyo límite se perdía en la bruma. Menester era mirar
con mucha atención para apreciar dónde terminaba el mar y dónde
comenzaba el cielo, tan dudoso era el límite y tanto la una y el otro
tenían la misma palidez incierta, la misma palpitación tempestuosa y el
mismo infinito. No puedo decirle a usted hasta qué punto resultaba
extraordinario aquel espectáculo de la inmensidad dos veces repetida, de
extensión doble por lo tanto, tan alta como profunda--vista desde la
plataforma del faro,--ni es tampoco descriptible la emoción que a todos
nos embargaba. Cada uno fue impresionado de diversa manera, sin duda;
pero recuerdo que tuvo por efecto suspender toda conversación y que el
mismo vértigo físico nos hizo palidecer de pronto y nos puso serios. Una
especie de grito de angustia se escapó de los labios de Magdalena y sin
pronunciar una palabra, puestos los codos sobre el balconcillo que nos
separaba del abismo, sintiendo que la enorme torre oscilaba bajo
nuestros pies a cada embate del viento, atraídos por el inmenso peligro
y como solicitados desde abajo por el clamor de la marea que iba
subiendo, permanecimos largo tiempo en el más grande estupor, semejantes
a personas que teniendo los pies apoyados en la frágil vida, un día, por
milagro, corrieran la nunca oída aventura de mirar y de ver el más allá.
Comprendí perfectamente que al influjo de aquella sensación alguna fibra
humana había de romperse: era menester que cediera uno de nosotros, si
no el más emocionado, el más frágil. Fue Julia.
Estaba inmóvil junto a Oliverio, la manecita temblorosa al lado de la
mano del joven, crispada sobre el pasamano de la balaustrada, la cabeza
inclinada sobre el mar, los ojos entreabiertos, con esa expresión de
extravío que caracteriza al vértigo, el rostro pálido, como el de un
niño moribundo. Oliverio fue el primero que advirtió que iba a
desmayarse y la tomó en los brazos. Algunos segundos después volvió en
sí lanzando un suspiro angustioso que levantó su delgado talle.
--No es nada--dijo reaccionando en seguida contra el irresistible acceso
de desfallecimiento, y bajamos.
No se habló más de aquel incidente que fue olvidado, sin duda, como
otros muchos. Y si yo lo recuerdo hoy al referirle nuestros paseos al
faro, débese a que él fue la primera indicación de ciertos hechos
oscuros qué debían tener un desenlace más tarde.
Algunas veces, cuando estaban la mar en completa calma y el cielo
sereno, una embarcación venía a buscarnos a la costa, al extremo de los
prados, y nos llevaba mar adentro. Era una barca de pesca y tan luego
como tomaba el largo se tendía la vela; después, en una mar lenta,
plana, blanca al reflejar el sol, como si fuera de estaño, el patrón
tendía las redes. De hora en hora eran recogidas y veíamos enredados en
ellas toda clase de peces, de brillantes escamas, y extraños productos
del mar, sorprendidos en las profundidades del agua o arrancados,
revueltos con algas, a sus escondites submarinos.
Cada redada nos traía una nueva sorpresa: después otra vez se echaban al
mar los aparejos y la barca derivaba mantenida sólo por el timón y
ligeramente inclinada del lado de las redes.
Así pasábamos días enteros contemplando el mar, viendo adelgazarse o
engrosar la línea de tierra en la lejanía, midiendo la sombra que giraba
alrededor del mástil como en torno de la larga aguja de un cuadrante,
lánguidos por la pesadez del día y el silencio, deslumbrados por la luz
del sol, privados de conciencia y, por decir así, invadidos de olvido
por aquel prolongado columpio sobre las aguas encalmadas. El día acababa
y en algunas ocasiones era ya noche cerrada cuando la marea nos volvía a
la costa y nos depositaba a pie llano sobre los guijarros de la playa.
Nada podía ser más inocente para todos, y sin embargo, recuerdo hoy
aquellas horas de pretendido reposo y de languidez, como las más bellas
y acaso las más peligrosas de mi vida. Un día, como otros muchos, la
barca apenas hacía camino: arrastrábanla imperceptibles corrientes y
casi no oscilaba. Filaba en línea recta y muy lentamente, como si se
deslizara por un plano sólido; el rumor de la estela no se notaba, tal
era la suavidad con que el agua se desgarraba bajo la quilla. Las
marismas reunidas sobre la cubierta a proa callaban y mis compañeros,
excepto Julia, dormitaban sobre las tablas caldeadas, al abrigo de la
vela extendida a popa formando carpa.
Nadie se movía a bordo. La mar estaba quieta como una masa de plomo a
medio fundir. El cielo límpido y descolorido por el resplandor del sol
de mediodía reflejaba sobre el agua como en un espejo empañado. No había
a la vista ni una sola barca pescadora. Solamente muy lejos y ya casi
cortado por la línea del horizonte un buque con todas las velas
desplegadas esperaba la vuelta de la brisa de tierra y se preparaba a
aprovecharla, semejante a un ave de alto vuelo abriendo las blancas
alas.
Magdalena dormía recostada. Sus manos inertes y entreabiertas se habían
desprendido de las del Conde. Tenía la actitud de abandono que presta el
sueño. El calor concentrado bajo la carpa animaba sus mejillas de
ardores un poco más vivos y entre los labios medio abiertos veía yo
brillar la extremidad de sus dientes blancos como los dos bordes de una
concha de nácar. Nadie más que yo asistía al sueño de aquel ser
encantador. Julia, distraída yo no sé en qué confusa aspiración, parecía
observar atentamente la partida del barco que maniobraba para hacer
rumbo. Traté de cerrar los ojos, no quería mirar más, hice sinceros
esfuerzos por olvidar. Me fui a sentarme a proa, sin sombra, apoyada la
cabeza en el bauprés que abrasaba. Pero a mi pesar mis ojos se volvían
hacia donde Magdalena dormía, vestida de ligera muselina, acostada sobre
la áspera tela que le servía de alfombra. ¿Estaba encantado? ¿Estaba
torturado? Trabajo me costaría decir si deseaba algo más allá de aquella
visión decente y exquisita que reunía todas las circunspecciones y todos
los atractivos. Por nada del mundo hubiera hecho el más leve movimiento
capaz de romper el encanto. No sé cuánto duró aquél, verdadero éxtasis,
quizás varias horas, acaso tan sólo algunos minutos; pero tuve tiempo de
reflexionar mucho, tanto como puede hacerlo un cerebro cuando está en
lucha con un corazón privado absolutamente de sangre fría.
Cuando mis compañeros despertaron halláronme ocupado en mirar la estela.
--¡Qué hermoso tiempo!--exclamó Magdalena con una efusión que la
revelaba dichosa.
--Capaz de hacer olvidarlo todo--añadió Oliverio.--Que no me causaría
pena...
--¿Sería usted hombre como para tener preocupaciones?--le preguntó el
Conde sonriendo.
--¿Quién sabe?--repuso Oliverio.
El viento no se levantó. La mar, absolutamente muerta, nos retuvo hasta
el anochecer. Serían ya las siete en el momento de aparecer la luna
llena, redonda, envuelta en caliente neblina que la enrojecía; a falta
de brisa, menester fue armar los remos.
Todo esto que le refiero a usted, allá, cuando yo era joven, más de una
vez me pasó por la cabeza la idea de escribirlo o como entonces se
decía, contarlo. En aquella época me parecía que sólo había un lenguaje
para fijar dignamente lo que tales recuerdos tenían de inexpresable, a
mi entender. Hoy, cuando he hallado mi historia en los libros de otros,
de los cuales algunos son _inmortales_, ¿qué diré?...
Regresamos cuando ya brillaban las estrellas, al acompasado ruido de los
remos, manejados, creo yo, por los bateleros de Elvira.
Eran aquéllas los saludos de despedida de la estación; casi en seguida
llegaron las primeras nieblas, luego las lluvias que nos advirtieron que
se acercaba el invierno. El día que el sol, que tanto se nos había
prodigado, desapareció para no mostrarse más que de tarde en tarde con
la palidez propia de su declinación, hice un triste presagio que me
aprisionó el corazón.
Aquel mismo día, como si la misma advertencia de partida hubiera sido
recibida por cada uno de nosotros, Magdalena me dijo:
--Es tiempo de que pensemos en las cosas serias. Los pájaros a los
cuales deberíamos imitar se han marchado hace ya más de un mes. Hagamos
como ellos, créame usted. Estamos a fines del otoño. Regresemos a París.
--¿Ya?--le dije con una expresión de pena que no pude evitar.
Ella se quedó pasmada, como quien por vez primera advierte una cosa que
le extraña.
Por la noche me pareció que estaba más seria que de ordinario y que con
extrema habilidad me vigilaba de cerca. Arreglé mi actitud de
conformidad con aquellos indicios, muy leves, sin duda, pero no por eso
menos alarmantes. Los días siguientes me reporté más aún y tuve la dicha
de ver que tornaba a merecer la confianza de Magdalena y llegué a
tranquilizarme por completo.
Pasé los últimos momentos ocupado en reunir y poner en orden, para lo
futuro, todas las emociones tan confusamente amontonadas en mi memoria.
Fue como si compusiera un cuadro poniendo en él todo lo mejor y menos
perecedero que en ellas había. Aparte esta nube última hubiérase
dicho--viéndolos desde lejos,--que aquellos días, aunque llenos de
muchas preocupaciones, no presentaban ninguna sombra. La misma adoración
tranquila y ardorosa los inundaba de continuos resplandores.
Una vez, sorprendiome Magdalena en las alamedas del parque, en medio de
mis reminiscencias; acompañábala Julia llevando un enorme fajo de
crisantemos que había cogido para ponerlos en los jarrones del salón. Un
macizo, poco espeso, de laureles, nos separaba.
--¿Está usted componiendo algún soneto?--me dijo a través de los
árboles.
--¿Un soneto? ¿A propósito de qué?
--¡Oh, por lo que he oído!...--añadió lanzando una carcajada que resonó
como el trino de un ruiseñor.
--Oliverio es un charlatán--exclamé.
--De ninguna manera charlatán. Ha hecho bien en advertírmelo; sin él le
atribuiría a usted una pasión desgraciada, y ahora ya sé lo que le
preocupa: se trata de _rimas_--añadió cargando la voz sobre la última
palabra, que resonó de lejos como una alegre impertinencia.
Nos acercábamos al momento de partir y yo no acababa de decidirme. París
me inspiraba más miedo que nunca. Magdalena iría también, podría verla,
pero, ¿a qué precio? Estando ella presente no corría riesgo de
desfallecer, al menos de no caer tan abajo; mas a trueque de un peligro
menos cuántos otros surgirían. La vida que aquí habíamos hecho, aquella
vida de ocio, de imprevisión, silenciosa y exaltada tan constantemente y
tan diversamente emotiva, aquella vida de reminiscencias y de pasiones,
calcada por entero sobre antiguas costumbres, retornadas a sus orígenes
y renovadas por emociones de otra edad, aquellos dos meses de ensueño,
en una palabra, me habían vuelto a sumergir--mucho más hondo que
nunca,--en el olvido de las cosas y en el temor a los cambios. Cuatro
años habían transcurrido, después de mi primera salida de Trembles, y
los recuerdos de aquel primer adiós a tantos objetos amados se
reanimaban en mi ánimo, en idéntica época, en el mismo lugar, en
condiciones exteriores parecidas poco más o menos, pero esta vez
combinadas con sentimientos nuevos que las hacían más punzantes por
razones de otra índole muy diversa.
Propuse, la víspera misma de la partida, un paseo que fue aceptado.
Debía ser el último, y sin prever lo porvenir, suponía yo, no sé por
qué, que los caminos de mi aldea jamás volverían a vernos reunidos. El
tiempo estaba medio lluvioso, y con ese motivo, decía Magdalena, a quien
la educación en su provincia había acostumbrado a tales excursiones, que
era el más apropiado para las visitas de despedida. Caían las últimas
hojas, despojos rojizos se mezclaban tristemente en la rigidez de las
ramas desnudas. La llanura desnuda y severa no tenía ya ni una pizca de
rastrojo seco que recordara el verano ni el otoño y no mostraba ni una
sola hierba nueva que hiciera esperar la vuelta de las estaciones
fértiles. En la lejanía distinguíanse muchas parejas de bueyes de pelo
bermejo, arrastrando los arados, hundidos en la tierra negruzca, con
movimiento lentamente uniforme. Por doquiera resonaba la voz de los
mozos de labor estimulando a las yuntas y aquel grito especialmente
local, quejumbroso, se prolongaba indefinidamente en la calma absoluta
de aquel día gris. De vez en cuando, a través de la atmósfera caía la
lluvia fina y caliente, semejante a una cortina de ligera gasa. El mar
comenzaba a rugir en los estrechos de las escarpas. Seguimos la costa.
Las marismas estaban llenas de agua, la alta marea había sumergido en
parte el jardín del faro, batiendo tranquilamente la base de la torre
que se asentaba ya sobre un islote.
Magdalena caminaba ágilmente por los caminos mojados. Cada paso señalaba
en la tierra blanda la huella de su calzado estrecho, con altos tacones.
Miraba yo aquella traza tan leve y tan frágil, la seguía comparándola y
distinguiéndola de las que nosotros dejábamos, calculaba cuánto era
posible que durase. Habría deseado que aquellas pisadas permanecieran
incrustadas, como testimonio de su presencia, todo el tiempo
indeterminado que pasaría sin ella; luego pensaba que el primero que
pasara después, las borraría, que un poco de lluvia las haría
desaparecer, y me detenía para contemplar una vez más en las
sinuosidades del sendero aquella singular estela dejada por el ser que
más amaba, en la misma tierra donde yo había nacido.
Cuando ya nos acercábamos a Villanueva señalé a lo lejos la carretera,
blanquecina que saliendo del pueblo se extiende en línea recta hasta el
horizonte.
--He ahí la carretera de Ormessón.
Aquella palabra, Ormessón, pareció despertar en ella una serie de
recuerdos debilitados ya; siguió atentamente con la vista la dilatada
avenida plantada de olmos, todos torcidos hacia el mismo lado por los
vientos de la parte del mar, y sobre la cuál se cruzaban muy distantes
aún, carromatos que rodaban, los unos acercándose a Villanueva y
alejándose los otros.
--Esta vez--dijo,--ya no viajará usted solo por ella.
--¿Y seré más feliz?--le repliqué.--¿Estaré más seguro de no añorar
nada? ¿En dónde volveré a encontrar lo que aquí deje?
Entonces Magdalena se apoyó en mi brazo en actitud de completo abandono
y me dijo esta sola frase:
--¡Amigo mío, es usted un ingrato!
A mediados de noviembre, en una fría mañana de blanca helada,
abandonamos mi casa de Trembles. Los carruajes siguieron por la
carretera, atravesaron Villanueva como otra vez hiciera yo.
Alternativamente mis ojos recorrían la campiña que desaparecía detrás de
nosotros y el hermoso rostro de Magdalena sentada enfrente de mí.