VII

Magdalena era cosa perdida para mí y yo la amaba. Una sacudida algo

menos violenta quizás no me hubiese revelado más que a medias la

extensión de aquella doble desventura, pero la presencia del señor De

Nièvres hasta tal punto me impresionó, que de todo me di cuenta. Me

quedé anonadado; sin más consuelo que aceptar la fatalidad de un hecho

que había de producirse, comprendiendo demasiado que no tenía el derecho

de modificarlo en lo más mínimo ni el poder de retrasarlo una hora

siquiera.

Ya le he dicho a usted de qué modo amaba a Magdalena: con aturdimiento,

con absoluta inconsciencia, sin fundamento de ninguna esperanza

concreta. La idea del matrimonio, aparte ser cien veces absurda, ni

siquiera había prestado alientos al inocente impulso de un afecto que se

bastaba a sí mismo para ser, se daba para difundirse y constituía un

culto sin otro móvil que adorar. ¿Cuáles eran los sentimientos de

Magdalena? Nunca me había preocupado de ellos. Con razón o sin ella, le

atribuía indiferencias e imposibilidades de ídolo; la suponía extraña a

cualquiera de las adhesiones que inspiraba; la colocaba en un

aislamiento quimérico; y esto bastaba para satisfacer al secreto

instinto que, a pesar de todo, existe en el fondo de los corazones

menos ocupados de ellos mismos, a la necesidad de imaginar que Magdalena

era invencible y no amaba a nadie.

Estaba yo seguro de que Magdalena no podía sentir ningún interés por un

extraño que el acaso había arrojado en su camino como mero accidente.

Era posible que añorando la vida de soltera no viese sin temores que se

acercaba el instante de adoptar un partido tan serio. Pero

indudablemente--aún admitiendo que estuviera libre de todo afecto

serio,--la voluntad de su padre, consideraciones de rango, de posición

social y de fortuna, la decidirían a aceptar una alianza a la cual el

señor De Nièvres aportaba, además de mucha conveniencia, altas calidades

de otra índole.

No sentía resentimiento, ni cólera ni celos por el hombre que me hacía

tan desventurado. Antes de personificar el imperio del derecho

representaba ya el de la razón. Por eso el día que el padre de Magdalena

nos presentó recíprocamente en casa de mi tía diciéndole que era yo el

mejor amigo de su hija, recuerdo que al estrechar la mano del señor De

Nièvres pensé lealmente: «¡Pues bien, si ella le ama, que le ame él

también!» Y en seguida fui a sentarme al fondo del salón y los contemplé

bien convencido de mi impotencia, más que nunca obligado a callar, sin

irritación contra el hombre que nada me quitaba puesto que nada me

habían dado, reivindicando el derecho de amar como inherente al derecho

de vivir y diciéndome con desesperación: «¿Y yo?»

En lo sucesivo me aislé mucho. Menos que a nadie me correspondía a mí

interrumpir coloquios de los cuales debía resultar la inteligencia de

dos corazones muy lejos sin duda de conocerse. Iba lo menos posible al

hotel D'Orsel; era tan insignificante ya el papel que yo representaba

en medio de los altos intereses que allí se cruzaban que no ofrecía

ningún inconveniente el hacerme olvidadizo.

Ninguno de aquellos cambios de conducta se ocultó seguramente a la

perspicacia de Oliverio; pero fingió hallarlos muy naturales y nada me

dijo, de nada se mostró extrañado y ninguna explicación me dio de las

cosas que pasaban en su familia. Una sola vez, por todas, con una

habilidad que me dispensaba casi de una declaración, me dio a entender

que estábamos de acuerdo respecto al señor De Nièvres.

--No te preguntaré qué te parece mi futuro primo. Todo hombre que de un

grupo tan pequeño y tan unido como el que nosotros formamos, viene a

tomar una mujer, es decir, a quitarnos una hermana, una prima, una

amiga, acarrea una perturbación, hace una brecha en nuestras amistades y

nunca puede ser bien venido. Por mi parte, te declaro que no es ése

precisamente el marido que habría querido para Magdalena. Ella es de su

provincia. El señor De Nièvres se me figura que no es de ninguna parte,

como les sucede a muchos parisienses: la transportará, pero no la

fijará. Aparte eso, me parece bien.

--Muy bien--le dije.--Estoy convencido de que hará feliz a Magdalena...

y después de todo...

--Sin duda--interrumpió Oliverio en tono de afectada indiferencia.--Sin

duda y con desinterés. Es todo lo que podemos desear.

La boda se había concertado para fines del próximo invierno y esa época

estaba ya muy cerca. Magdalena estaba seria; pero aquella actitud por

mera conveniencia social, no era para dar margen a dudas en punto a su

resolución; la mantenía tan sólo para limitar con la delicadeza que le

era peculiar la expresión de los sentimientos más íntimos. Esperaba con

plena independencia, en medio de leales deliberaciones, el

acontecimiento que debía ligarla para siempre y por su propia

declaración. Por su parte el señor De Nièvres, durante aquel período de

prueba tan difícil de dirigir como de soportar, había ayudado mucho

desplegando recursos que le acreditaron de ser hombre de trato tan

correcto como corresponde a la calidad de los que son cumplidos

caballeros.

Una noche, mientras sostenía con Magdalena animada conversación a media

voz, viósele ofrecerle ambas manos en actitud de cordial amistad. Ella

miró en torno suyo como si quisiera tomarnos a todos por testigos de lo

que iba a hacer, se puso de pie y sin pronunciar palabra, pero

acompañando su ademán de la más cándida y graciosa de las sonrisas, posó

a su vez ambas manos desnudas en las del Conde.

Aquella noche me llamó junto a ella y como si estando ya definida tan

concretamente su situación, le fuera dado en adelante manifestar con

toda franqueza los afectos secundarios, me dijo:

--Tenemos que hablar, siéntese usted a mi lado. Hace ya mucho tiempo que

apenas le veo. Ha creído usted, sin duda, que debía apartarse un poco de

nosotros y lo siento, porque resulta ahora que no conoce usted al señor

De Nièvres. Dentro de ocho días me caso y es éste el momento oportuno de

que nos entendamos. El señor De Nièvres le estima a usted, sabe muy bien

el valor de todas sus afecciones, es su amigo de usted y usted lo será

suyo; se trata de un compromiso que he adquirido en nombre de usted y

que estoy segura mantendrá...

Sencillamente, con toda libertad, sin ambigüedades, habló del pasado,

concretando los intereses de nuestra futura amistad, no para imponer

condiciones, sino para convencerse de que los vínculos de ella serían

más estrechos--y mezclando el nombre de su prometido, que, aseguraba, no

sólo no desunía nada sino que consolidaba relaciones que otro enlace

acaso hubiese podido romper.--Evidentemente se proponía obtener de mí

algo parecido a una protesta de conformidad con la elección que había

hecho y convencerse de que su determinación, adoptada fuera del alcance

de todo consejo de amigo, no me desagradaba.

De mi parte hice lo mejor que pude todo lo que me pareció que podía

conducir a satisfacer su deseo; le prometí que nada sería cambiado entre

nosotros y le juré conservarme fiel a sentimientos mal expresados, era

posible, pero demasiado evidentes para que acerca de ellos pudiera

abrigar la menor duda. Por primera vez tuve serenidad, audacia, y logré

mentir y ser creído. Verdad es que mis palabras se prestaban a tantas

interpretaciones y las ideas a tales equívocos, que en otras

circunstancias aquellas mismas protestas habrían podido significar mucho

más. Ella las tomó en el sentido más sencillo y tan calurosamente me

expresó su agradecimiento que en poco estuvo no diera en tierra con todo

mi valor.

--¡En buen hora!--dijo.--Me gusta oírle hablar así. Repítamelo usted

para que yo escuche todavía las buenas palabras que me consuelan de los

ingratos silencios y reparan no pocos olvidos que herían sin que usted

lo supiera.

Hablaba de prisa, con efusión en los gestos y en las frases, con un

ardor en el semblante que hacía nuestra conversación muy peligrosa.

--De modo--continuó,--que es cosa convenida el que nuestra antigua

amistad nada tiene que temer. Usted responde de ello en lo que le

corresponde. Es menester que ella nos siga y no se pierda en ese gran

París que, según dicen, dispersa los más tiernos afectos y pone olvido

en los corazones más firmes. Ya sabe usted que el señor De Nièvres tiene

el propósito de que pasemos a lo menos los meses del invierno. Oliverio

y usted vendrán a fin de año. Mi padre y Julia vienen conmigo. Allí

casaré a mi hermana. ¡Oh! tengo para ella toda suerte de ambiciones, las

mismas poco más o menos, que para usted--y al expresar esa idea se

ruborizó ligeramente.--Nadie conoce a Julia: es todavía un carácter

cerrado; yo sí que la conozco. Ahora que ya sabe todo lo que tenía que

decirle, sólo me resta recomendarle una cosa: vigile a Oliverio; tiene

el mejor corazón del mundo; que lo economice y lo reserve para las

grandes ocasiones. He ahí mi testamento de soltera--concluyó en voz más

alta, para que el señor De Nièvres la oyera, y le invitó a acercarse.

Pocos días después se celebró la boda. El invierno se despedía con una

rigurosa helada. El recuerdo de un dolor físico se mezcla aún hoy como

sufrimiento ridículo, al sentimiento de mi pena. Apoyada Julia en mi

brazo, la conduje todo lo largo de la iglesia, atestada de gente, según

costumbre provinciana. Estaba pálida como un cadáver, temblorosa de frío

y de emoción. En el momento de ser pronunciado el «sí» irrevocable que

decidía la suerte de Magdalena y la mía, el rumor de un suspiro ahogado

me arrancó del estupor en que estaba sumido. Era que Julia sollozaba,

oculto el rostro con el pañuelo. Por la noche estaba más triste aún, si

cabe, pero hacía esfuerzos sobrehumanos para disimular delante de su

hermana.

¡Qué niña tan extraña era entonces! Morena, menuda, nerviosa, con su

aire impenetrable de joven esfinge, su mirada que alguna vez interrogaba

pero no respondía nunca, sus ojos absorbentes. Eran los ojos más

admirables y menos seductores que jamás vi, el rasgo más impresionante

de la fisonomía de aquel joven ser sombrío, doliente y altivo. Grandes,

anchos, con largas cejas que no dejaban nunca aparecer un punto

brillante, velados de un azul sombrío que les prestaba el indefinible

color de las noches del estío, aquellos ojos enigmáticos se delataban

sin luz y todos los resplandores de la vida se concentraban en ellos

para no brillar más.

--Mucho cuidado con Magdalena--me decía en medio de una angustia en la

cual se destacaban perspicacias que me atormentaban.

Después, enjugaba sus mejillas con rabia, y me culpaba de aquel exceso

de invencible debilidad contra la cual se rebelaban los vigorosos

instintos de su naturaleza.

--También tiene usted la culpa de que yo llore. Vea qué sereno está

Oliverio.

Comparaba aquel inocente dolor con el mío, le envidiaba amargamente el

derecho que tenía de manifestarlo y no hallaba ni una palabra para

consolarla.

El dolor de Julia, el mío, lo largo de la ceremonia, la vieja iglesia en

la cual tanta gente cuchicheaba alegremente en torno de mi pena, la

transformación de la casa D'Orsel adornada de flores para aquella fiesta

extraordinaria, los trajes femeniles de inusitado lujo, un exceso de luz

y de olores que me causaban vértigo, ciertas sensaciones dolorosas cuyo

sentimiento perduró por mucho tiempo como huella de incurables

pinchazos, en una palabra, los recuerdos incoherentes de un mal sueño,

es lo único que me queda hoy de aquella jornada, una de las más ciertas

desventuras de mi vida. En el fondo de este cuadro casi imaginario ya,

se destaca una figura: es la imagen de Magdalena, con su traje y su velo

blanco y su corona de desposada. Algunas veces--tanto contrasta la

tenuidad de esta visión con las realidades más crudas que la preceden y

la siguen--la confundo, por decir así, con el fantasma de mi propia

juventud, virgen, velada desaparecida.

Fui el único que no se atrevió a besar a la señora De Nièvres al volver

de la iglesia. ¿Lo notó ella? ¿Hubo en su ánimo un movimiento de

despecho o cedió simplemente al impulso de una amistad acerca de la

cual, pocos días antes, quiso establecer por sí misma compromisos muy

sinceros? Lo ignoro; pero ello fue, que durante la velada el señor

D'Orsel vino, me tomó por el brazo, y, más muerto que vivo, me arrastró

hasta ponerme cara a cara con Magdalena. Estaba en medio del salón, en

pie cerca de su marido, con aquel traje deslumbrador que la

transfiguraba.

--Señora...--le dije.

Sonrió al oírse llamar de aquel modo tan nuevo y--perdóneme la memoria

de un corazón irreprochable, incapaz de doblez ni de traición--su

sonrisa, sin que ella lo advirtiera, tenía significado tan cruel que

acabó de desconcertarme. Se inclinó hacia mí... y no sé ni lo que le

dije ni lo que dijo ella: vi sus ojos rebosantes de dulzura cerca de los

míos... Luego todo dejó de ser inteligible para mí.

Cuando volví en mí y me repuse halléme en medio de un grupo de hombres y

de mujeres que me contemplaban con indulgente interés capaz de matarme;

sentí que alguien me agarraba rudamente, volví la cabeza y vi que era

Oliverio.

--¿No ves que estás dando un espectáculo? ¿Estás loco?--murmuró en voz

bastante baja para que sólo de mí fuera oída, pero con una vivacidad en

la expresión que me llenó de espanto.

Aun estuve algunos momentos retenido por sus brazos; luego gané la

puerta con él y al llegar a ella me desprendí de su violento abrazo.

--No me retengas--exclamé,--y en nombre del Cielo, por lo más sagrado,

no me hables nunca de lo que has visto.

Siguiome hasta el patio empeñado en hablarme.

--¡Calla!--le dije, y escapé.

Luego que estuve en mi habitación y pude reflexionar tuve un acceso de

vergüenza, de desesperación y de locura amorosa que no fue parte a

consolarme pero me alivió. Difícil me sería contarle a usted lo que pasó

por mí durante aquellas pocas horas de horrible tumulto en mi alma, las

primeras que me hicieron conocer, con un mundo de presunciones, de

delicias, una inmensidad de horribles sufrimientos: desde los más

confesables hasta los más vulgares. Sensación de lo más dulce que podía

soñar, espantoso temor de haberme inutilizado para siempre, angustiosos

presagios para lo futuro, sentimiento de humillación por mi vida

presente; todo, absolutamente todo, lo conocí, inclusive un inesperado

dolor, muy irritante, que se parecía mucho al rudo escalofrío del amor

propio herido.

Era muy avanzada la noche. Ya le he hablado a usted de mi habitación

situada en el último piso, especie de observatorio en el que me había

creado, como en Trembles, continuas inteligencias con todo lo que me

rodeaba, por medio de la vista o por la costumbre constante de escuchar.

Largo tiempo estuve paseando de arriba abajo--en este punto mi recuerdo

es preciso--presa de un abatimiento que no sabría pintarle a usted.

«¡Amo a una mujer casada!», me decía, aferrado a esta idea, vagamente

aguijoneado por lo que ella tenía de irritante, lleno de terror, sobre

todo, como fascinado por lo que ella implicaba lo imposible; me

asombraba el ver que, sin quererlo, repetía la frase que tanta sorpresa

me causó en boca de Oliverio: «esperaré», y en seguida me preguntaba:

«¿pero qué?» A esto no era dable responder más que con suposiciones

abominables que me resultaban profanadoras de la imagen de Magdalena.

Luego se me aparecía París en lo futuro, y en la lejanía, fuera de toda

certidumbre, la oculta mano del destino que podía simplificar de tantas

maneras aquella terrible trama de problemas y como la espada del griego,

cortarlos ya que no resolverlos. Aceptaba hasta una catástrofe con la

condición de que ella representara una salida y, puede ser, si hubiera

tenido algunos años más, hubiera buscado cobardemente el medio de poner

fin a una vida que podía perjudicar a tantas otras.

A eso de media noche oí a través del lecho, a larga distancia, un

chillido breve y agudo que en medio de tantas convulsiones resonó en mi

alma como el grito de un amigo. Abrí la ventana y escuché. Era una

bandada de patos que había levantado el vuelo al venir la marea alta y

se dirigía a toda prisa hacia el río.

El mismo chillido resonó una o dos veces más, me fue necesario

sorprenderlo al paso, y ya no lo percibí más. Todo estaba inmóvil y

somnoliento. Un pequeño número de estrellas, muy brillantes, vibraban en

el firmamento. Apenas se notaba la sensación del frío aunque era más

intenso por la limpidez del cielo y la ausencia de viento.

Me acordé de Trembles. ¡Hacía tanto tiempo que no pensaba en aquellos

lugares! Fue como el destello de un saludo, y cosa rara, por un súbito

retroceso a impresiones tan lejanas recordé los aspectos más austeros y

calmantes de mi vida campestre. Volví a ver Villanueva con su larga

línea de casas blancas, apenas más altas que los ribazos. Los techos

humeantes, su campiña ensombrecida por el invierno, sus bosquecillos de

ciruelos enrojecidos por las escarchas, bordeando los caminos helados.

Con la lucidez de una imaginación sobreexcitada hasta lo extraordinario,

en algunos minutos tuve la rápida percepción de todo lo que había

rodeado de encantos mi primera infancia. Por doquiera que había yo

agotado agitaciones sólo hallaba invariable paz. Todo era dulzura y

quietud en aquello que otrora causara las primeras perturbaciones de mi

espíritu. «¡Qué cambio!», pensaba y bajo la incandescencia de la cual

estaba abrasado, hallaba más fresca que nunca la fuente de mis primeras

afecciones.

El corazón es tan cobarde, tiene tanta necesidad de reposo que por un

momento me abandoné a la esperanza, tan quimérica como todas las demás,

de absoluto retiro en mi casa de Trembles. Nadie a mi alrededor, años

enteros de soledad, con un consuelo seguro, mis libros, un paisaje

adorado y el trabajo, cosas todas irrealizables; y, sin embargo, esta

hipótesis era la más dulce y hallaba un poco de calma acariciándola.

Por fin sonaron las primeras horas de la mañana. Dos relojes las

repitieron juntos, casi al unísono, como si las campanadas del segundo

fueran eco inmediato de las del primero: eran el del seminario y el del

colegio. Aquella brusca llamada a las realidades irrisorias del día

siguiente aplastó mi dolor bajo una sensación de pequeñez, y me alcanzó

en plena desesperación como un golpe de férula.

Fiebre de amor (Dominique) · 第 12 / 23 题