Magdalena era cosa perdida para mí y yo la amaba. Una sacudida algo
menos violenta quizás no me hubiese revelado más que a medias la
extensión de aquella doble desventura, pero la presencia del señor De
Nièvres hasta tal punto me impresionó, que de todo me di cuenta. Me
quedé anonadado; sin más consuelo que aceptar la fatalidad de un hecho
que había de producirse, comprendiendo demasiado que no tenía el derecho
de modificarlo en lo más mínimo ni el poder de retrasarlo una hora
siquiera.
Ya le he dicho a usted de qué modo amaba a Magdalena: con aturdimiento,
con absoluta inconsciencia, sin fundamento de ninguna esperanza
concreta. La idea del matrimonio, aparte ser cien veces absurda, ni
siquiera había prestado alientos al inocente impulso de un afecto que se
bastaba a sí mismo para ser, se daba para difundirse y constituía un
culto sin otro móvil que adorar. ¿Cuáles eran los sentimientos de
Magdalena? Nunca me había preocupado de ellos. Con razón o sin ella, le
atribuía indiferencias e imposibilidades de ídolo; la suponía extraña a
cualquiera de las adhesiones que inspiraba; la colocaba en un
aislamiento quimérico; y esto bastaba para satisfacer al secreto
instinto que, a pesar de todo, existe en el fondo de los corazones
menos ocupados de ellos mismos, a la necesidad de imaginar que Magdalena
era invencible y no amaba a nadie.
Estaba yo seguro de que Magdalena no podía sentir ningún interés por un
extraño que el acaso había arrojado en su camino como mero accidente.
Era posible que añorando la vida de soltera no viese sin temores que se
acercaba el instante de adoptar un partido tan serio. Pero
indudablemente--aún admitiendo que estuviera libre de todo afecto
serio,--la voluntad de su padre, consideraciones de rango, de posición
social y de fortuna, la decidirían a aceptar una alianza a la cual el
señor De Nièvres aportaba, además de mucha conveniencia, altas calidades
de otra índole.
No sentía resentimiento, ni cólera ni celos por el hombre que me hacía
tan desventurado. Antes de personificar el imperio del derecho
representaba ya el de la razón. Por eso el día que el padre de Magdalena
nos presentó recíprocamente en casa de mi tía diciéndole que era yo el
mejor amigo de su hija, recuerdo que al estrechar la mano del señor De
Nièvres pensé lealmente: «¡Pues bien, si ella le ama, que le ame él
también!» Y en seguida fui a sentarme al fondo del salón y los contemplé
bien convencido de mi impotencia, más que nunca obligado a callar, sin
irritación contra el hombre que nada me quitaba puesto que nada me
habían dado, reivindicando el derecho de amar como inherente al derecho
de vivir y diciéndome con desesperación: «¿Y yo?»
En lo sucesivo me aislé mucho. Menos que a nadie me correspondía a mí
interrumpir coloquios de los cuales debía resultar la inteligencia de
dos corazones muy lejos sin duda de conocerse. Iba lo menos posible al
hotel D'Orsel; era tan insignificante ya el papel que yo representaba
en medio de los altos intereses que allí se cruzaban que no ofrecía
ningún inconveniente el hacerme olvidadizo.
Ninguno de aquellos cambios de conducta se ocultó seguramente a la
perspicacia de Oliverio; pero fingió hallarlos muy naturales y nada me
dijo, de nada se mostró extrañado y ninguna explicación me dio de las
cosas que pasaban en su familia. Una sola vez, por todas, con una
habilidad que me dispensaba casi de una declaración, me dio a entender
que estábamos de acuerdo respecto al señor De Nièvres.
--No te preguntaré qué te parece mi futuro primo. Todo hombre que de un
grupo tan pequeño y tan unido como el que nosotros formamos, viene a
tomar una mujer, es decir, a quitarnos una hermana, una prima, una
amiga, acarrea una perturbación, hace una brecha en nuestras amistades y
nunca puede ser bien venido. Por mi parte, te declaro que no es ése
precisamente el marido que habría querido para Magdalena. Ella es de su
provincia. El señor De Nièvres se me figura que no es de ninguna parte,
como les sucede a muchos parisienses: la transportará, pero no la
fijará. Aparte eso, me parece bien.
--Muy bien--le dije.--Estoy convencido de que hará feliz a Magdalena...
y después de todo...
--Sin duda--interrumpió Oliverio en tono de afectada indiferencia.--Sin
duda y con desinterés. Es todo lo que podemos desear.
La boda se había concertado para fines del próximo invierno y esa época
estaba ya muy cerca. Magdalena estaba seria; pero aquella actitud por
mera conveniencia social, no era para dar margen a dudas en punto a su
resolución; la mantenía tan sólo para limitar con la delicadeza que le
era peculiar la expresión de los sentimientos más íntimos. Esperaba con
plena independencia, en medio de leales deliberaciones, el
acontecimiento que debía ligarla para siempre y por su propia
declaración. Por su parte el señor De Nièvres, durante aquel período de
prueba tan difícil de dirigir como de soportar, había ayudado mucho
desplegando recursos que le acreditaron de ser hombre de trato tan
correcto como corresponde a la calidad de los que son cumplidos
caballeros.
Una noche, mientras sostenía con Magdalena animada conversación a media
voz, viósele ofrecerle ambas manos en actitud de cordial amistad. Ella
miró en torno suyo como si quisiera tomarnos a todos por testigos de lo
que iba a hacer, se puso de pie y sin pronunciar palabra, pero
acompañando su ademán de la más cándida y graciosa de las sonrisas, posó
a su vez ambas manos desnudas en las del Conde.
Aquella noche me llamó junto a ella y como si estando ya definida tan
concretamente su situación, le fuera dado en adelante manifestar con
toda franqueza los afectos secundarios, me dijo:
--Tenemos que hablar, siéntese usted a mi lado. Hace ya mucho tiempo que
apenas le veo. Ha creído usted, sin duda, que debía apartarse un poco de
nosotros y lo siento, porque resulta ahora que no conoce usted al señor
De Nièvres. Dentro de ocho días me caso y es éste el momento oportuno de
que nos entendamos. El señor De Nièvres le estima a usted, sabe muy bien
el valor de todas sus afecciones, es su amigo de usted y usted lo será
suyo; se trata de un compromiso que he adquirido en nombre de usted y
que estoy segura mantendrá...
Sencillamente, con toda libertad, sin ambigüedades, habló del pasado,
concretando los intereses de nuestra futura amistad, no para imponer
condiciones, sino para convencerse de que los vínculos de ella serían
más estrechos--y mezclando el nombre de su prometido, que, aseguraba, no
sólo no desunía nada sino que consolidaba relaciones que otro enlace
acaso hubiese podido romper.--Evidentemente se proponía obtener de mí
algo parecido a una protesta de conformidad con la elección que había
hecho y convencerse de que su determinación, adoptada fuera del alcance
de todo consejo de amigo, no me desagradaba.
De mi parte hice lo mejor que pude todo lo que me pareció que podía
conducir a satisfacer su deseo; le prometí que nada sería cambiado entre
nosotros y le juré conservarme fiel a sentimientos mal expresados, era
posible, pero demasiado evidentes para que acerca de ellos pudiera
abrigar la menor duda. Por primera vez tuve serenidad, audacia, y logré
mentir y ser creído. Verdad es que mis palabras se prestaban a tantas
interpretaciones y las ideas a tales equívocos, que en otras
circunstancias aquellas mismas protestas habrían podido significar mucho
más. Ella las tomó en el sentido más sencillo y tan calurosamente me
expresó su agradecimiento que en poco estuvo no diera en tierra con todo
mi valor.
--¡En buen hora!--dijo.--Me gusta oírle hablar así. Repítamelo usted
para que yo escuche todavía las buenas palabras que me consuelan de los
ingratos silencios y reparan no pocos olvidos que herían sin que usted
lo supiera.
Hablaba de prisa, con efusión en los gestos y en las frases, con un
ardor en el semblante que hacía nuestra conversación muy peligrosa.
--De modo--continuó,--que es cosa convenida el que nuestra antigua
amistad nada tiene que temer. Usted responde de ello en lo que le
corresponde. Es menester que ella nos siga y no se pierda en ese gran
París que, según dicen, dispersa los más tiernos afectos y pone olvido
en los corazones más firmes. Ya sabe usted que el señor De Nièvres tiene
el propósito de que pasemos a lo menos los meses del invierno. Oliverio
y usted vendrán a fin de año. Mi padre y Julia vienen conmigo. Allí
casaré a mi hermana. ¡Oh! tengo para ella toda suerte de ambiciones, las
mismas poco más o menos, que para usted--y al expresar esa idea se
ruborizó ligeramente.--Nadie conoce a Julia: es todavía un carácter
cerrado; yo sí que la conozco. Ahora que ya sabe todo lo que tenía que
decirle, sólo me resta recomendarle una cosa: vigile a Oliverio; tiene
el mejor corazón del mundo; que lo economice y lo reserve para las
grandes ocasiones. He ahí mi testamento de soltera--concluyó en voz más
alta, para que el señor De Nièvres la oyera, y le invitó a acercarse.
Pocos días después se celebró la boda. El invierno se despedía con una
rigurosa helada. El recuerdo de un dolor físico se mezcla aún hoy como
sufrimiento ridículo, al sentimiento de mi pena. Apoyada Julia en mi
brazo, la conduje todo lo largo de la iglesia, atestada de gente, según
costumbre provinciana. Estaba pálida como un cadáver, temblorosa de frío
y de emoción. En el momento de ser pronunciado el «sí» irrevocable que
decidía la suerte de Magdalena y la mía, el rumor de un suspiro ahogado
me arrancó del estupor en que estaba sumido. Era que Julia sollozaba,
oculto el rostro con el pañuelo. Por la noche estaba más triste aún, si
cabe, pero hacía esfuerzos sobrehumanos para disimular delante de su
hermana.
¡Qué niña tan extraña era entonces! Morena, menuda, nerviosa, con su
aire impenetrable de joven esfinge, su mirada que alguna vez interrogaba
pero no respondía nunca, sus ojos absorbentes. Eran los ojos más
admirables y menos seductores que jamás vi, el rasgo más impresionante
de la fisonomía de aquel joven ser sombrío, doliente y altivo. Grandes,
anchos, con largas cejas que no dejaban nunca aparecer un punto
brillante, velados de un azul sombrío que les prestaba el indefinible
color de las noches del estío, aquellos ojos enigmáticos se delataban
sin luz y todos los resplandores de la vida se concentraban en ellos
para no brillar más.
--Mucho cuidado con Magdalena--me decía en medio de una angustia en la
cual se destacaban perspicacias que me atormentaban.
Después, enjugaba sus mejillas con rabia, y me culpaba de aquel exceso
de invencible debilidad contra la cual se rebelaban los vigorosos
instintos de su naturaleza.
--También tiene usted la culpa de que yo llore. Vea qué sereno está
Oliverio.
Comparaba aquel inocente dolor con el mío, le envidiaba amargamente el
derecho que tenía de manifestarlo y no hallaba ni una palabra para
consolarla.
El dolor de Julia, el mío, lo largo de la ceremonia, la vieja iglesia en
la cual tanta gente cuchicheaba alegremente en torno de mi pena, la
transformación de la casa D'Orsel adornada de flores para aquella fiesta
extraordinaria, los trajes femeniles de inusitado lujo, un exceso de luz
y de olores que me causaban vértigo, ciertas sensaciones dolorosas cuyo
sentimiento perduró por mucho tiempo como huella de incurables
pinchazos, en una palabra, los recuerdos incoherentes de un mal sueño,
es lo único que me queda hoy de aquella jornada, una de las más ciertas
desventuras de mi vida. En el fondo de este cuadro casi imaginario ya,
se destaca una figura: es la imagen de Magdalena, con su traje y su velo
blanco y su corona de desposada. Algunas veces--tanto contrasta la
tenuidad de esta visión con las realidades más crudas que la preceden y
la siguen--la confundo, por decir así, con el fantasma de mi propia
juventud, virgen, velada desaparecida.
Fui el único que no se atrevió a besar a la señora De Nièvres al volver
de la iglesia. ¿Lo notó ella? ¿Hubo en su ánimo un movimiento de
despecho o cedió simplemente al impulso de una amistad acerca de la
cual, pocos días antes, quiso establecer por sí misma compromisos muy
sinceros? Lo ignoro; pero ello fue, que durante la velada el señor
D'Orsel vino, me tomó por el brazo, y, más muerto que vivo, me arrastró
hasta ponerme cara a cara con Magdalena. Estaba en medio del salón, en
pie cerca de su marido, con aquel traje deslumbrador que la
transfiguraba.
--Señora...--le dije.
Sonrió al oírse llamar de aquel modo tan nuevo y--perdóneme la memoria
de un corazón irreprochable, incapaz de doblez ni de traición--su
sonrisa, sin que ella lo advirtiera, tenía significado tan cruel que
acabó de desconcertarme. Se inclinó hacia mí... y no sé ni lo que le
dije ni lo que dijo ella: vi sus ojos rebosantes de dulzura cerca de los
míos... Luego todo dejó de ser inteligible para mí.
Cuando volví en mí y me repuse halléme en medio de un grupo de hombres y
de mujeres que me contemplaban con indulgente interés capaz de matarme;
sentí que alguien me agarraba rudamente, volví la cabeza y vi que era
Oliverio.
--¿No ves que estás dando un espectáculo? ¿Estás loco?--murmuró en voz
bastante baja para que sólo de mí fuera oída, pero con una vivacidad en
la expresión que me llenó de espanto.
Aun estuve algunos momentos retenido por sus brazos; luego gané la
puerta con él y al llegar a ella me desprendí de su violento abrazo.
--No me retengas--exclamé,--y en nombre del Cielo, por lo más sagrado,
no me hables nunca de lo que has visto.
Siguiome hasta el patio empeñado en hablarme.
--¡Calla!--le dije, y escapé.
Luego que estuve en mi habitación y pude reflexionar tuve un acceso de
vergüenza, de desesperación y de locura amorosa que no fue parte a
consolarme pero me alivió. Difícil me sería contarle a usted lo que pasó
por mí durante aquellas pocas horas de horrible tumulto en mi alma, las
primeras que me hicieron conocer, con un mundo de presunciones, de
delicias, una inmensidad de horribles sufrimientos: desde los más
confesables hasta los más vulgares. Sensación de lo más dulce que podía
soñar, espantoso temor de haberme inutilizado para siempre, angustiosos
presagios para lo futuro, sentimiento de humillación por mi vida
presente; todo, absolutamente todo, lo conocí, inclusive un inesperado
dolor, muy irritante, que se parecía mucho al rudo escalofrío del amor
propio herido.
Era muy avanzada la noche. Ya le he hablado a usted de mi habitación
situada en el último piso, especie de observatorio en el que me había
creado, como en Trembles, continuas inteligencias con todo lo que me
rodeaba, por medio de la vista o por la costumbre constante de escuchar.
Largo tiempo estuve paseando de arriba abajo--en este punto mi recuerdo
es preciso--presa de un abatimiento que no sabría pintarle a usted.
«¡Amo a una mujer casada!», me decía, aferrado a esta idea, vagamente
aguijoneado por lo que ella tenía de irritante, lleno de terror, sobre
todo, como fascinado por lo que ella implicaba lo imposible; me
asombraba el ver que, sin quererlo, repetía la frase que tanta sorpresa
me causó en boca de Oliverio: «esperaré», y en seguida me preguntaba:
«¿pero qué?» A esto no era dable responder más que con suposiciones
abominables que me resultaban profanadoras de la imagen de Magdalena.
Luego se me aparecía París en lo futuro, y en la lejanía, fuera de toda
certidumbre, la oculta mano del destino que podía simplificar de tantas
maneras aquella terrible trama de problemas y como la espada del griego,
cortarlos ya que no resolverlos. Aceptaba hasta una catástrofe con la
condición de que ella representara una salida y, puede ser, si hubiera
tenido algunos años más, hubiera buscado cobardemente el medio de poner
fin a una vida que podía perjudicar a tantas otras.
A eso de media noche oí a través del lecho, a larga distancia, un
chillido breve y agudo que en medio de tantas convulsiones resonó en mi
alma como el grito de un amigo. Abrí la ventana y escuché. Era una
bandada de patos que había levantado el vuelo al venir la marea alta y
se dirigía a toda prisa hacia el río.
El mismo chillido resonó una o dos veces más, me fue necesario
sorprenderlo al paso, y ya no lo percibí más. Todo estaba inmóvil y
somnoliento. Un pequeño número de estrellas, muy brillantes, vibraban en
el firmamento. Apenas se notaba la sensación del frío aunque era más
intenso por la limpidez del cielo y la ausencia de viento.
Me acordé de Trembles. ¡Hacía tanto tiempo que no pensaba en aquellos
lugares! Fue como el destello de un saludo, y cosa rara, por un súbito
retroceso a impresiones tan lejanas recordé los aspectos más austeros y
calmantes de mi vida campestre. Volví a ver Villanueva con su larga
línea de casas blancas, apenas más altas que los ribazos. Los techos
humeantes, su campiña ensombrecida por el invierno, sus bosquecillos de
ciruelos enrojecidos por las escarchas, bordeando los caminos helados.
Con la lucidez de una imaginación sobreexcitada hasta lo extraordinario,
en algunos minutos tuve la rápida percepción de todo lo que había
rodeado de encantos mi primera infancia. Por doquiera que había yo
agotado agitaciones sólo hallaba invariable paz. Todo era dulzura y
quietud en aquello que otrora causara las primeras perturbaciones de mi
espíritu. «¡Qué cambio!», pensaba y bajo la incandescencia de la cual
estaba abrasado, hallaba más fresca que nunca la fuente de mis primeras
afecciones.
El corazón es tan cobarde, tiene tanta necesidad de reposo que por un
momento me abandoné a la esperanza, tan quimérica como todas las demás,
de absoluto retiro en mi casa de Trembles. Nadie a mi alrededor, años
enteros de soledad, con un consuelo seguro, mis libros, un paisaje
adorado y el trabajo, cosas todas irrealizables; y, sin embargo, esta
hipótesis era la más dulce y hallaba un poco de calma acariciándola.
Por fin sonaron las primeras horas de la mañana. Dos relojes las
repitieron juntos, casi al unísono, como si las campanadas del segundo
fueran eco inmediato de las del primero: eran el del seminario y el del
colegio. Aquella brusca llamada a las realidades irrisorias del día
siguiente aplastó mi dolor bajo una sensación de pequeñez, y me alcanzó
en plena desesperación como un golpe de férula.