VIII

«Seguramente es menester que haya usted sufrido mucho--me escribía

Agustín, contestando a las declamaciones muy exaltadas que le dirigí

pocos días después de la partida de Magdalena y su marido;--pero, ¿por

qué? ¿por quién? Continúo proponiéndome cuestiones que nunca quiere

usted resolver. Oigo en usted la vibración de _algo_ muy parecido a

emociones muy conocidas, bien definidas, únicas y sin semejanza con

otras para quien las experimenta; pero es ello cosa que no tiene nombre

en sus cartas de usted y me obliga a compadecerle más que tan vagamente

como usted se lamenta. Y no es eso lo que me gustaría hacer. Nada me es

penoso--ya lo sabe--cuando de usted se trata; y está usted en una

situación de corazón o de espíritu, que reclama algo más activo y más

eficaz, que simples palabras, por muy compasivas que ellas sean. Debe

usted necesitar consejos. Soy yo médico de poco fuste, tratándose de

males coma los que entiendo que padece usted. No obstante, le aconsejaré

un tratamiento que se aplica a todo, incluso las enfermedades de la

imaginación, que conozco muy mal: higiene. Paréceme que le iría bien el

uso de ideas justas, sentimientos lógicos, afecciones posibles; en una

palabra, empleo juicioso de las fuerzas y de las actividades de la vida.

La vida, créame; ése es el remedio heroico de todos los sufrimientos

cuya base es un error. El día que usted ponga el pie en la senda de la

vida, pero la vida real, entendámonos, el día que usted la conozca bien,

con sus leyes, sus necesidades, sus rigores, sus deberes y sus cadenas,

sus dificultades y sus penas, sus verdaderos dolores y sus encantos,

verá usted cómo ella es sana, bella, fuerte y fecunda en virtud de sus

mismas exactitudes. En cuanto a su recomendación la atenderé. Visitaré a

los señores De Nièvres con mucho gusto ya que me procura la oportunidad

de ocuparme de usted con amigos que supongo no son extraños a las

agitaciones que deploro. Esté tranquilo: además tengo la más grande de

las razones para ser discreto: lo ignoro todo.»

* * *

Un poco más adelante me escribió de nuevo:

«He visto a la señora De Nièvres--me decía,--y ha tenido la complacencia

de considerarme como de los mejores amigos de usted. Con ese motivo me

ha dicho cosas afectuosas que me demuestran que le quiere a usted mucho,

pero que no le conoce muy bien. Ahora bien, si la recíproca amistad no

ha sido parte a darle a cada uno perfecto conocimiento del otro, debe

haber sido por culpa de usted y no de ella, bien entendido que eso no

prueba que haya usted errado manifestándose sólo a medias: lo más que

puedo creer es que si tal ha hecho ha sido porque ha querido. Este

razonamiento me conduce a conclusiones que me inquietan. Todavía una vez

más, mi querido Domingo, la vida, lo posible, lo razonable... Yo se lo

ruego, no crea usted a los que le señalen lo razonable como enemigo de

lo bueno, porque es inseparable amigo de la justicia y de la verdad.»

* * *

Le doy cuenta de una parte de los consejos que Agustín me daba, sin

saber exactamente a qué aplicarlos, pero adivinándolo.

En cuanto a Oliverio, el día que siguió a la noche en que debía hacer

innecesarias muchas declaraciones, a la misma hora que Magdalena y su

marido partían con dirección a París, entró en mi cuarto.

--¿Partió ya?--le pregunté apenas le vi.

--Sí--me contestó;--pero volverá; es casi mi hermana, tú eres más que mi

amigo; hay que preverlo todo.

Iba a continuar, pero el lamentable estado de abatimiento en que me vio

le desarmó, sin duda, y le impulsó a diferir sus explicaciones.

--Pero, en fin, de eso ya hablaremos--dijo tan sólo.

Luego sacó el reloj y como viese que eran ya cerca de las ocho, añadió:

--¡Eh, Domingo, vamos al colegio! Es lo más prudente que podemos hacer.

Había de suceder que ni los consejos de Agustín ni las advertencias de

Oliverio prevalecieran contra una tendencia irresistible, arrastradora,

demasiado poderosa para ser cohibida por razonamientos ni

amonestaciones. Comprendiéndolo me imitaron: esperaban mi rescate o mi

pérdida definitiva, último recurso que les queda a los hombres sin

voluntad cuando agotan todas las combinaciones imaginables: lo

desconocido.

Agustín me escribió una o dos veces más dándome noticias de Magdalena:

había ido a visitar la propiedad, cerca de París, en donde el señor De

Nièvres tenía intención de que pasaran el verano. Era un hermoso

castillo en un bosque, «la más romántica residencia, para una mujer, que

acaso comparte con usted, a su manera, las añoranzas del campo y sus

aficiones de solitario.»

Por su parte Magdalena le escribía a Julia, sin duda con fraternales

expansiones que no llegaban hasta mí. Una sola vez, durante aquellos

meses de ausencia, recibí una breve carta suya hablándome de Agustín. Me

agradecía el habérselo hecho conocer y me decía la buena opinión que de

él había formado: que era todo voluntad, todo rectitud, todo noble

energía, y me daba a entender que, aparte necesidades del corazón, jamás

encontraría en nadie más firme ni mejor apoyo. En aquella misma carta,

firmada con su nombre nada más, me enviaba afectuosos recuerdos de su

marido.

No volvieron hasta la época de vacaciones, pocos días antes del día de

la distribución de premios, último acto de mi vida dependiente que me

emancipaba.

Mucho más me hubiera gustado, como usted comprenderá, que Magdalena no

hubiese asistido a aquella ceremonia. Había en mí muchas disparidades,

mi condición de estudiante estaba en ridículo desacuerdo con mis

disposiciones morales, evitaba como una nueva humillación todo hecho que

pudiera recordarnos a los dos aquellos contrastes. Desde hacía algún

tiempo mi susceptibilidad, en punto a ellos, se había hecho vivísima.

Era--ya lo he dicho--el punto de vista menos noble y menos confesable de

mis dolores, y si vuelvo sobre él es por razón de un incidente que de

nuevo puso en tensión mi vanidad y que le pondrá de manifiesto con un

detalle más la singular ironía de aquella situación.

La ceremonia se verificaba en una antigua capilla abandonada desde largo

tiempo que sólo era abierta y decorada una vez cada año para aquel

objeto. La referida capilla estaba situada en el fondo del patio

principal del colegio, se llegaba a ella recorriendo, la doble hilera de

tilos cuyo abundante verdor alegraba un poco aquel triste paseo. Desde

lejos vi entrar a Magdalena en compañía de varias señoras jóvenes

amigas, todas con trajes de verano de colores claros y las sombrillas

abiertas sobre las cuales jugueteaban la luz del sol y la sombra de las

hojas de los árboles. Fino polvo, levantado por el movimiento de las

faldas las acompañaba semejante a una ligera nube y por causa del calor,

de las extremidades de las ramas que ya amarilleaban, caía en torno de

ellas hojas y flores maduras y se prendían a la larga manteleta de

muselina en que Magdalena estaba envuelta. Pero sonriente, dichosa, el

rostro animado por la marcha y lo volvía para examinar curiosamente

nuestro batallón de escolares formados en dos filas y conservando la

línea como jóvenes reclutas. Todas las curiosidades mujeriles, y aquélla

sobre todo, se proyectaban hacia mí y las sentía como otras tantas

quemaduras. Estábamos a mediados de agosto y el tiempo era magnífico.

Los pájaros familiares habían huido de los árboles y piaban sobre los

tejados en donde vibraba el sol. Murmullos de multitud quebrantaban el

largo silencio de doce meses, alegrías extraordinarias dilataban la

fisonomía del viejo colegio, los tilos lo perfumaban con agrestes

aromas. ¡Cuánto habría dado por ser libre y dichoso!

Los preliminares fueron muy largos y yo contaba los minutos que aún me

separaban de mi libertad. Por fin se oyó la señal. A título de laureado

de filosofía fui llamado el primero. Subí al estrado y cuando tuve mi

corona en una mano, en la otra un grueso volumen, de pie junto a la

escalinata, cara a cara del público que aplaudía, buscaba los ojos de la

señora de Ceyssac; la primera mirada que encontré con la de mi tía, el

primer rostro amigo que reconocí, precisamente debajo de mí, en la

primera fila, fue el de Magdalena. ¿Experimentó ella también un poco de

confusión viéndome en aquella actitud espantosamente desairada que trato

de pintarle a usted? ¿Repercutió en ella el encogimiento que me

dominaba? ¿Sufrió su amistad al verme risible o sólo adivinando que

sufría? ¿Cuáles fueron, exactamente, sus sentimientos durante aquella

rápida pero cáustica prueba que pareció alcanzarnos a los dos al mismo

tiempo y en igual sentido? Lo ignoro. Pero ella se puso muy encarnada y

creció su rubor cuando vio que yo bajaba y me acercaba a ellas. Y cuando

mi tía, después de darme un beso, le pasó mi corona invitándola a

felicitarme, se desconcertó por completo. No estoy bien seguro de lo que

me dijo para atestiguar que experimentaba una gran satisfacción y me

felicitó en los términos que son de uso. Su mano temblaba levemente. Me

parece que trató de decirme: «Estoy orgullosa, mi querido Domingo» o

«está bien».

Velaba sus ojos una lágrima; ¿era de interés, de compasión o solamente

efecto de involuntaria conmoción de joven tímida? ¡Quién lo sabe! Muchas

veces me lo he preguntado sin lograr concretarlo.

Salimos. Yo arrojé mis coronas en el patio de las aulas antes de

franquear la puerta por última vez. Ni siquiera volvía atrás los ojos

para romper más pronto con un pasado que me exasperaba. Y si hubiera

podido deshacerme de mis recuerdos del colegio tan de prisa como me

despojaba del uniforme, hubiera tenido seguramente en aquel momento, una

incomparable sensación de independencia y de virilidad.

--Y ahora--me preguntó mi tía algunas horas después,--¿qué piensas

hacer?

--¿Ahora?--le repliqué.--Pues no lo sé.

Y decía verdad, porque la incertidumbre que me dominaba lo abarcaba

todo, desde la elección de una carrera, que ella, deseaba que fuese

brillantísima, hasta el empleo de una gran parte de mis afanes

ardorosos, en algo que ignoraba.

Estaba convencido que Magdalena iría primero a establecerse en Nièvres y

luego volvería a París para acabar allí el invierno. Nosotros debíamos

trasladarnos directamente a aquella capital, de modo que ella nos

encontraría instalados y trabajando en la forma y modo que eligiéramos,

pero bajo la dirección especial de Agustín. Los preparativos de viaje y

aquellos prudentes proyectos nos ocuparon una parte de las vacaciones;

pero la calidad del trabajo, el fin que debíamos perseguir, aquel vago

programa cuyo primer artículo aún no estaba formulado, eran puntos por

completo indefinidos lo mismo para Oliverio que para mí.

Desde el día siguiente al de mi libertad había olvidado completamente

mis años de colegio; es la única época de mi vida que me dejó el alma

fría, el solo recuerdo de mí mismo que no me ha hecho feliz. En cuanto a

lo futuro, pensaba en París con el confuso recelo que va inherente a las

necesidades previstas, inevitables, pero poco sonrientes que siempre

serán bien conocidas demasiado pronto. Oliverio, con gran sorpresa de mi

parte, no manifestaba la más leve contrariedad ante la idea de alejarse

de Ormessón.

--Ahora--me dijo con mucha calma pocos días antes de nuestra

partida,--ya no tengo nada que me retenga aquí.

¿Tan pronto había agotado todas las alegrías?

Fiebre de amor (Dominique) · 第 13 / 23 题