«Seguramente es menester que haya usted sufrido mucho--me escribía
Agustín, contestando a las declamaciones muy exaltadas que le dirigí
pocos días después de la partida de Magdalena y su marido;--pero, ¿por
qué? ¿por quién? Continúo proponiéndome cuestiones que nunca quiere
usted resolver. Oigo en usted la vibración de _algo_ muy parecido a
emociones muy conocidas, bien definidas, únicas y sin semejanza con
otras para quien las experimenta; pero es ello cosa que no tiene nombre
en sus cartas de usted y me obliga a compadecerle más que tan vagamente
como usted se lamenta. Y no es eso lo que me gustaría hacer. Nada me es
penoso--ya lo sabe--cuando de usted se trata; y está usted en una
situación de corazón o de espíritu, que reclama algo más activo y más
eficaz, que simples palabras, por muy compasivas que ellas sean. Debe
usted necesitar consejos. Soy yo médico de poco fuste, tratándose de
males coma los que entiendo que padece usted. No obstante, le aconsejaré
un tratamiento que se aplica a todo, incluso las enfermedades de la
imaginación, que conozco muy mal: higiene. Paréceme que le iría bien el
uso de ideas justas, sentimientos lógicos, afecciones posibles; en una
palabra, empleo juicioso de las fuerzas y de las actividades de la vida.
La vida, créame; ése es el remedio heroico de todos los sufrimientos
cuya base es un error. El día que usted ponga el pie en la senda de la
vida, pero la vida real, entendámonos, el día que usted la conozca bien,
con sus leyes, sus necesidades, sus rigores, sus deberes y sus cadenas,
sus dificultades y sus penas, sus verdaderos dolores y sus encantos,
verá usted cómo ella es sana, bella, fuerte y fecunda en virtud de sus
mismas exactitudes. En cuanto a su recomendación la atenderé. Visitaré a
los señores De Nièvres con mucho gusto ya que me procura la oportunidad
de ocuparme de usted con amigos que supongo no son extraños a las
agitaciones que deploro. Esté tranquilo: además tengo la más grande de
las razones para ser discreto: lo ignoro todo.»
* * *
Un poco más adelante me escribió de nuevo:
«He visto a la señora De Nièvres--me decía,--y ha tenido la complacencia
de considerarme como de los mejores amigos de usted. Con ese motivo me
ha dicho cosas afectuosas que me demuestran que le quiere a usted mucho,
pero que no le conoce muy bien. Ahora bien, si la recíproca amistad no
ha sido parte a darle a cada uno perfecto conocimiento del otro, debe
haber sido por culpa de usted y no de ella, bien entendido que eso no
prueba que haya usted errado manifestándose sólo a medias: lo más que
puedo creer es que si tal ha hecho ha sido porque ha querido. Este
razonamiento me conduce a conclusiones que me inquietan. Todavía una vez
más, mi querido Domingo, la vida, lo posible, lo razonable... Yo se lo
ruego, no crea usted a los que le señalen lo razonable como enemigo de
lo bueno, porque es inseparable amigo de la justicia y de la verdad.»
* * *
Le doy cuenta de una parte de los consejos que Agustín me daba, sin
saber exactamente a qué aplicarlos, pero adivinándolo.
En cuanto a Oliverio, el día que siguió a la noche en que debía hacer
innecesarias muchas declaraciones, a la misma hora que Magdalena y su
marido partían con dirección a París, entró en mi cuarto.
--¿Partió ya?--le pregunté apenas le vi.
--Sí--me contestó;--pero volverá; es casi mi hermana, tú eres más que mi
amigo; hay que preverlo todo.
Iba a continuar, pero el lamentable estado de abatimiento en que me vio
le desarmó, sin duda, y le impulsó a diferir sus explicaciones.
--Pero, en fin, de eso ya hablaremos--dijo tan sólo.
Luego sacó el reloj y como viese que eran ya cerca de las ocho, añadió:
--¡Eh, Domingo, vamos al colegio! Es lo más prudente que podemos hacer.
Había de suceder que ni los consejos de Agustín ni las advertencias de
Oliverio prevalecieran contra una tendencia irresistible, arrastradora,
demasiado poderosa para ser cohibida por razonamientos ni
amonestaciones. Comprendiéndolo me imitaron: esperaban mi rescate o mi
pérdida definitiva, último recurso que les queda a los hombres sin
voluntad cuando agotan todas las combinaciones imaginables: lo
desconocido.
Agustín me escribió una o dos veces más dándome noticias de Magdalena:
había ido a visitar la propiedad, cerca de París, en donde el señor De
Nièvres tenía intención de que pasaran el verano. Era un hermoso
castillo en un bosque, «la más romántica residencia, para una mujer, que
acaso comparte con usted, a su manera, las añoranzas del campo y sus
aficiones de solitario.»
Por su parte Magdalena le escribía a Julia, sin duda con fraternales
expansiones que no llegaban hasta mí. Una sola vez, durante aquellos
meses de ausencia, recibí una breve carta suya hablándome de Agustín. Me
agradecía el habérselo hecho conocer y me decía la buena opinión que de
él había formado: que era todo voluntad, todo rectitud, todo noble
energía, y me daba a entender que, aparte necesidades del corazón, jamás
encontraría en nadie más firme ni mejor apoyo. En aquella misma carta,
firmada con su nombre nada más, me enviaba afectuosos recuerdos de su
marido.
No volvieron hasta la época de vacaciones, pocos días antes del día de
la distribución de premios, último acto de mi vida dependiente que me
emancipaba.
Mucho más me hubiera gustado, como usted comprenderá, que Magdalena no
hubiese asistido a aquella ceremonia. Había en mí muchas disparidades,
mi condición de estudiante estaba en ridículo desacuerdo con mis
disposiciones morales, evitaba como una nueva humillación todo hecho que
pudiera recordarnos a los dos aquellos contrastes. Desde hacía algún
tiempo mi susceptibilidad, en punto a ellos, se había hecho vivísima.
Era--ya lo he dicho--el punto de vista menos noble y menos confesable de
mis dolores, y si vuelvo sobre él es por razón de un incidente que de
nuevo puso en tensión mi vanidad y que le pondrá de manifiesto con un
detalle más la singular ironía de aquella situación.
La ceremonia se verificaba en una antigua capilla abandonada desde largo
tiempo que sólo era abierta y decorada una vez cada año para aquel
objeto. La referida capilla estaba situada en el fondo del patio
principal del colegio, se llegaba a ella recorriendo, la doble hilera de
tilos cuyo abundante verdor alegraba un poco aquel triste paseo. Desde
lejos vi entrar a Magdalena en compañía de varias señoras jóvenes
amigas, todas con trajes de verano de colores claros y las sombrillas
abiertas sobre las cuales jugueteaban la luz del sol y la sombra de las
hojas de los árboles. Fino polvo, levantado por el movimiento de las
faldas las acompañaba semejante a una ligera nube y por causa del calor,
de las extremidades de las ramas que ya amarilleaban, caía en torno de
ellas hojas y flores maduras y se prendían a la larga manteleta de
muselina en que Magdalena estaba envuelta. Pero sonriente, dichosa, el
rostro animado por la marcha y lo volvía para examinar curiosamente
nuestro batallón de escolares formados en dos filas y conservando la
línea como jóvenes reclutas. Todas las curiosidades mujeriles, y aquélla
sobre todo, se proyectaban hacia mí y las sentía como otras tantas
quemaduras. Estábamos a mediados de agosto y el tiempo era magnífico.
Los pájaros familiares habían huido de los árboles y piaban sobre los
tejados en donde vibraba el sol. Murmullos de multitud quebrantaban el
largo silencio de doce meses, alegrías extraordinarias dilataban la
fisonomía del viejo colegio, los tilos lo perfumaban con agrestes
aromas. ¡Cuánto habría dado por ser libre y dichoso!
Los preliminares fueron muy largos y yo contaba los minutos que aún me
separaban de mi libertad. Por fin se oyó la señal. A título de laureado
de filosofía fui llamado el primero. Subí al estrado y cuando tuve mi
corona en una mano, en la otra un grueso volumen, de pie junto a la
escalinata, cara a cara del público que aplaudía, buscaba los ojos de la
señora de Ceyssac; la primera mirada que encontré con la de mi tía, el
primer rostro amigo que reconocí, precisamente debajo de mí, en la
primera fila, fue el de Magdalena. ¿Experimentó ella también un poco de
confusión viéndome en aquella actitud espantosamente desairada que trato
de pintarle a usted? ¿Repercutió en ella el encogimiento que me
dominaba? ¿Sufrió su amistad al verme risible o sólo adivinando que
sufría? ¿Cuáles fueron, exactamente, sus sentimientos durante aquella
rápida pero cáustica prueba que pareció alcanzarnos a los dos al mismo
tiempo y en igual sentido? Lo ignoro. Pero ella se puso muy encarnada y
creció su rubor cuando vio que yo bajaba y me acercaba a ellas. Y cuando
mi tía, después de darme un beso, le pasó mi corona invitándola a
felicitarme, se desconcertó por completo. No estoy bien seguro de lo que
me dijo para atestiguar que experimentaba una gran satisfacción y me
felicitó en los términos que son de uso. Su mano temblaba levemente. Me
parece que trató de decirme: «Estoy orgullosa, mi querido Domingo» o
«está bien».
Velaba sus ojos una lágrima; ¿era de interés, de compasión o solamente
efecto de involuntaria conmoción de joven tímida? ¡Quién lo sabe! Muchas
veces me lo he preguntado sin lograr concretarlo.
Salimos. Yo arrojé mis coronas en el patio de las aulas antes de
franquear la puerta por última vez. Ni siquiera volvía atrás los ojos
para romper más pronto con un pasado que me exasperaba. Y si hubiera
podido deshacerme de mis recuerdos del colegio tan de prisa como me
despojaba del uniforme, hubiera tenido seguramente en aquel momento, una
incomparable sensación de independencia y de virilidad.
--Y ahora--me preguntó mi tía algunas horas después,--¿qué piensas
hacer?
--¿Ahora?--le repliqué.--Pues no lo sé.
Y decía verdad, porque la incertidumbre que me dominaba lo abarcaba
todo, desde la elección de una carrera, que ella, deseaba que fuese
brillantísima, hasta el empleo de una gran parte de mis afanes
ardorosos, en algo que ignoraba.
Estaba convencido que Magdalena iría primero a establecerse en Nièvres y
luego volvería a París para acabar allí el invierno. Nosotros debíamos
trasladarnos directamente a aquella capital, de modo que ella nos
encontraría instalados y trabajando en la forma y modo que eligiéramos,
pero bajo la dirección especial de Agustín. Los preparativos de viaje y
aquellos prudentes proyectos nos ocuparon una parte de las vacaciones;
pero la calidad del trabajo, el fin que debíamos perseguir, aquel vago
programa cuyo primer artículo aún no estaba formulado, eran puntos por
completo indefinidos lo mismo para Oliverio que para mí.
Desde el día siguiente al de mi libertad había olvidado completamente
mis años de colegio; es la única época de mi vida que me dejó el alma
fría, el solo recuerdo de mí mismo que no me ha hecho feliz. En cuanto a
lo futuro, pensaba en París con el confuso recelo que va inherente a las
necesidades previstas, inevitables, pero poco sonrientes que siempre
serán bien conocidas demasiado pronto. Oliverio, con gran sorpresa de mi
parte, no manifestaba la más leve contrariedad ante la idea de alejarse
de Ormessón.
--Ahora--me dijo con mucha calma pocos días antes de nuestra
partida,--ya no tengo nada que me retenga aquí.
¿Tan pronto había agotado todas las alegrías?