VI

Algunas semanas después, el señor D'Orsel se trasladó a un

establecimiento de baños termales pretextando motivo de salud y de

recreo, pero en realidad por razones particulares de las cuales me

enteré más tarde. Magdalena y Julia le acompañaron.

Aquella separación--de la que cualquier otro se hubiera lamentado como

de un desgarramiento--me libertó de un gran apuro. Ya no me era posible

vivir cerca de Magdalena siempre cohibido por la invencible timidez que

su presencia me causaba. Huía de ella. El hecho de mirarla cara a cara

constituía para mí un verdadero desplante de audacia. Viéndola tan

tranquila, cuando yo estaba tan turbado, encontrándola tan perfectamente

bella, cuando tantos motivos tenía yo para reconocerme desagradable con

mi traje de colegial y mi aspecto de campesino desgalichado, invadía

todo mi ser un sentimiento de inferioridad humillante que me llenaba de

desconfianzas, transformando la más sencilla familiaridad en sumisión

sin dulzura, en ruin servidumbre con asomos de esclavitud. En una

palabra, Magdalena me daba miedo, me dominaba antes de seducirme: el

corazón tiene las mismas ingenuidades que la fe: todos los cultos

apasionados empiezan así.

El día que siguió al de la partida de Magdalena me apresuré a ir a la

calle de los Carmelitas. Oliverio ocupaba un cuarto, pequeño, perdido en

un alto pabellón del hotel. Ordinariamente iba yo a buscarle a la hora

de entrar al colegio, le llamaba desde el jardín para que bajase. Me

acordé que a aquella hora, casi todas las mañanas me respondía otra voz,

que Magdalena se asomaba a la ventana y me saludaba; pensé en la emoción

que me causaba aquella entrevista cuotidiana, antes sin encanto ni

peligros y que luego se había convertido en verdadero suplicio, y entré,

atrevidamente, casi contento como si algo que en mí había de temeroso y

vigilado, tomara sus vacaciones.

La casa estaba vacía. Los sirvientes iban y venían, como asombrados,

también ellos, de no tener ya que reportarse. Habían abierto todas las

ventanas y el sol de mayo jugueteaba libremente en las habitaciones, en

las cuales cada cosa estaba en su sitio. No era el abandono, era la

ausencia. Suspiré. Calculé lo que aquella ausencia debía durar. Dos

meses. El plazo tan pronto me parecía muy corto como se me antojaba muy

largo. Creo que hubiera deseado--tanto experimentaba la necesidad de

pertenecerme--que aquel exiguo respiro nunca tuviera fin.

Volví el otro día y los siguientes y hallé el mismo reposo y la misma

seguridad. Recorrí toda la casa, visité el jardín, senda por senda;

Magdalena estaba por doquier. Me atreví hasta entretenerme libremente

con su recuerdo. Miré la ventana de su cuarto y en ella vi su encantador

semblante. Oí su voz en los paseos del parque y me puse a tararear para

encontrar en aquel murmullo el eco de las canciones que le gustaba

entonar al aire libre, que el viento hacía tan fluidas y que eran

acompañadas por el susurro de las hojas. Volví a ver en el recuerdo mil

cosas de ella que me eran ignoradas o que no me habían impresionado,

ciertos gestos que sin ser nada resultaban encantadores, reconocí llena

de gracia la costumbre que tenía de retorcerse la cabellera sobre la

nuca y atarla por medio formando negro haz. Las más insignificantes

particularidades de su traje o de sus ademanes, el aroma exótico de que

se perfumaba y que me habría hecho reconocerla a ojos cerrados, hasta

los colores que había adoptado últimamente, el azul que le estaba tan

bien y que tanto hacía resaltar la nítida blancura de su tez. Todo

aquello revivía en mi memoria con sorprendente lucidez; pero causándome

una emoción muy diversa de la que me producía cuando ella estaba

presente, algo así como una añoranza que me era grato acariciar, dulce

recuerdo de cosas amables que ya no estaban allí. Poco a poco, sin gran

calor, pero con perenne ternura, me saturé de aquellas reminiscencias,

el solo atractivo casi vivo que de ella me quedaba, y aun no habían

pasado quince días desde la partida de Magdalena cuando aquel recuerdo

invasor no se apartaba de mi mente ni un instante.

Una tarde subí al cuarto de Oliverio y, como siempre, pasé por delante

del de Magdalena. Muchas veces había hallado abierta de par en par la

puerta sin que me viniese el deseo de entrar. Aquella tarde me detuve en

seco, y después de muchas vacilaciones concordantes con escrúpulos tan

nuevos como todos los otros sentimientos que me embargaban, cedí a una

verdadera tentación y entré.

La habitación estaba casi a oscuras. Apenas se distinguían los muebles,

antiguos, de maderas de color atezado y los dorados de las marqueterías

brillaban débilmente. Telas de colores sobrios, blancas muselinas

flotantes completaban un conjunto de tonos pálidos y dulces, impregnando

de tranquilidad y recogimiento en la semioscuridad de un suave

crepúsculo. El aire tibio llegaba del jardín saturado del aroma de las

flores; pero predominaba un sutil perfume, más vivo que los otros, que

más que ninguno me impresionaba al percibirlo, recuerdo inequívoco de

Magdalena. Llegué hasta la ventana: a ella tenía costumbre de asomarse

Magdalena. Me dejé caer sobre un silloncito en que ella solía sentarse y

permanecí allí algunos minutos presa de la más viva ansiedad, retenido a

mi pesar por el deseo de saborear impresiones cuya novedad me parecía

exquisita. No miraba nada; por nada del mundo habría osado poner la mano

sobre ninguno de los objetos que me rodeaban; inmóvil, atento sólo a

penetrarme de aquella indiscreta emoción, sentía agitarse

convulsivamente mi corazón, y tan precipitados eran sus movimientos, que

instintivamente me apretaba el pecho con ambas manos para ahogar en lo

posible los incómodos latidos.

De súbito resonó en el corredor el ruido seco de los pasos de Oliverio y

apenas me quedó tiempo para deslizarme hasta la puerta antes de que

llegase.

--Te esperaba--me dijo sencillamente para persuadirme de que no me había

visto salir del cuarto de Magdalena o que nada que objetar tenía por el

hecho.

Iba ataviado con mucha elegancia, la corbata anudada con abandono y el

traje, de tela ligera, tan holgado como era su gusto usar la ropa, sobre

todo en verano. Tenía un modo de andar tan desenvuelto, una manera tan

libre de moverse, vestido de ropa flotante que en ciertos momentos, de

todo en todo asemejaba un joven extranjero, inglés o americano.

Constituía esto uno de los atractivos de su persona, y yo, que he tenido

ocasión de apreciar lo mismo sus altas cualidades que sus debilidades,

no podría decir que pusiera demasiadas pretensiones en el modo de

vestir, aunque de él hiciera verdadero estudio. Creía él que la

composición del indumento, la elección de los colores, las proporciones

de un traje eran cosa muy digna de ser tenida en cuenta por un hombre de

buen tono; pero, una vez adquirida aquella combinación, ya no pensaba

más en ella, y habría sido hacerle gran injusticia, el suponer que de su

atavío se preocupara más tiempo que el necesario para los ingeniosos

cuidados que en él ponía.

--Vamos hasta los bulevares--me dijo tomándome por un brazo.--Deseo que

me acompañes y ya es casi de noche.

Caminaba de prisa y me arrastraba como si estuviese apremiado por la

hora. Tomó por el camino más corto, atravesó las alamedas desiertas y me

llevó derecho al lugar en que se acostumbraba pasear durante el verano

al caer la tarde. Había bastante gente, todo cuanto una pequeña ciudad

como Ormessón podía reunir de mundano, rico y elegante. Oliverio siguió

andando siempre de prisa, distraída la mirada, tan absorbido y excitado

por secreta impaciencia que se olvidaba de que me tenía a su lado. De

pronto retardó el paso, se apoyó más en mi brazo como si tratara de

buscar un apoyo para dominarse y moderar cierta efervescencia que tendía

a desbordarse. Me di cuenta de que había llegado al término de una

pesquisa.

Dos mujeres se dirigían hacia nosotros siguiendo el borde de la

avenida, misteriosamente abrigadas por la sombra de los olmos. Una de

ellas era joven y notablemente bella; mi reciente experiencia me había

formado el gusto respecto de aquellas definiciones delicadas y ya no me

equivocaba. Me fijé en la manera de hollar con paso leve y corto el

césped que crecía al pie de los árboles, como si caminara sobre la

flexible pelusa de una alfombra. Nos miraba fijamente, con menos gracia

que Magdalena, pero con una desenvoltura que jamás ella hubiera osado

permitirse y todavía lejos, preparábase ya a contestar con una sonrisa

especialísima al saludo de Oliverio. Este saludo fue cambiado lo más

cerca posible, con mucha gracia y un poco de abandono; y luego que el

rostro de la joven rubia, todavía sonriente, quedó oculto por las

puntillas del sombrero, mi amigo volvió el suyo hacia mí, y con un

acento de interrogación lleno de audacia me dijo:

--¿Conoces tú a la señora de X...?

Tratábase de una persona de quien se hablaba un poco en el mundo al cual

acompañaba yo a mi tía algunas veces. Nada tenía de particular que

Oliverio le hubiera sido presentado; y con toda ingenuidad se lo dije.

--Precisamente--añadió,--bailé una noche con ella el invierno pasado y

desde...

Interrumpiose, y tras breve silencio continuó:

--Mi querido Domingo, ya sabes tú que no tengo padre ni madre; no soy

más que el sobrino de mi tío, y de esa parte no espero más afecto que el

que me es debido como tal pariente, es decir, muy poca porción del

patrimonio de ternura que por derecho corresponde a mis dos primas.

Tengo, pues, la necesidad de ser amado, en distinta forma que la de una

amistad de colegio... No protestes; te estoy muy agradecido por la

adhesión que me demuestras y que no dudo me conservarás, suceda lo que

quiera. También me cumple decirte que te quiero mucho. Pero has de

permitirme que considere un poco tibias las afecciones que me han tocado

en suerte. Dos meses hace, una noche, en un baile, hablé poco más o

menos del mismo modo sobre este mismo asunto con la persona a quien

acabamos de encontrar. Al principio la divertí no dando a mis palabras

más valor que el de lamentaciones de un estudiante a quien el colegio

aburre; pero como tenía la firme voluntad de ser escuchado seriamente,

puesto que en serio hablaba yo y como también estaba seguro de que sería

creído si me empeñaba, le dije: «Señora, si le place dar a mis palabras

el valor de una súplica, sea; si no ellas serán expresión de una pena de

la cual no volverá a oír hablar.» Me dio dos golpecitos con el abanico

con objeto de interrumpirme, sin duda; pero nada más tenía que decirle,

y para no desmentirme abandoné el baile en seguida. Desde entonces

mantengo mi palabra y no he añadido ni una frase que pudiera hacerle

suponer que abrigo la más leve esperanza ni la duda más pequeña. No me

oirá nunca ni lamentarme ni suplicar. Siento que en semejante caso

tendré mucha paciencia y esperaré.

Mientras así me hablaba parecía Oliverio muy tranquilo. Un poco más de

brusquedad en su gesto y un acento más vibrante en la voz eran los

únicos síntomas perceptibles que delataban un estremecimiento interno,

si realmente se agitaba su corazón, que mucho lo dudo. Cuanto a mí, le

escuchaba con real y profunda angustia. Aquel lenguaje me resultaba tan

nuevo, era tal la naturaleza de sus confidencias, que desde luego

experimenté una gran confusión, como al contacto de una idea

completamente incomprensible.

--¡Y bien!--le dije, porque no hallé en mi mente más que esa exclamación

de ingenuo.

--Pues nada más. Es todo lo que tenía que comunicarte, Domingo. Cuando a

tu vez me pidas que te escuche, sabré hacerlo.

Le contesté más lacónicamente aún, le estreché tiernamente la mano y nos

separarnos.

Me sucedió con estas confidencias de Oliverio igual que con todas las

lecciones demasiado bruscas o fuertes por exceso; aquella iniciación

embriagadora me llenó de confusiones y hube menester de largas y penosas

meditaciones para seleccionar las verdades útiles o inútiles que

contenían declaraciones tan graves. En el estado de ánimo en que me

encontraba, es decir, atreviéndome apenas a aquilatar sin emoción la más

inocente y la más usual de las palabras del lenguaje del corazón, mis

previsiones más atrevidas jamás habrían llegado por sí solas a

sobrepasar la idea de un sentimiento mudo y desinteresado. Partir de tan

poco para llegar a las ardientes hipótesis en que me lanzaban las

temeridades de Oliverio; pasar del silencio absoluto a la manera

aquella, tan libre, de expresarse respecto de la mujer; seguirle, en

fin, hasta el objeto marcado para su espera eran evoluciones capaces de

hacerme envejecer en pocas horas. Llevé a cabo aquella gigantesca

zancada, pero a trueque de temores y de deslumbramientos que no son para

descritos; y lo que me asombró más, luego que hube alcanzado el punto de

lucidez necesario para comprender a fondo las lecciones de Oliverio fue

el resultado de la comparación del valoramiento que ponían en mi mente,

con la frialdad del calculismo de aquel que se decía enamorado.

Pocos días después me mostró una carta sin firma.

--¿Os escribís?--le pregunté.

--Esta carta--me dijo--es la única que de ella he recibido y no he

contestado.

La carta estaba concebida, poco más o menos, en los siguientes términos:

* * *

«Es usted un niño que pretende obrar como un hombre y yerra usted

doblemente al envejecerse. Haga lo que quiera, los hombres serán siempre

mejores o peores que usted. Creo que es digno de lástima porque está

solo, y le estimo bastante para admitir que debe usted sufrir privado de

una amistad vigilante y tierna; pero procedería usted mejor hablando con

el corazón en la mano, que no confiándose un día, de súbito, a alguien

que le aprecia, y callar después. No alcanzo el bien que le pude hacer

escuchando sus confidencias ni el fin que persigue no renovándolas.

Razona usted demasiado para una edad en que la ingenuidad es a la vez

principal atractivo y única excusa, y si tuviera usted tanto abandono

como sangre fría sería más interesante y sobre todo más feliz.»

* * *

No obstante algunos raros arranques de franqueza a los cuales cedía por

capricho, no entendía yo más que a medias las confidencias de Oliverio.

Aunque tenía la misma edad que yo, sobre poco más o menos, y era sin

duda inferior a mí en muchas cosas, me consideraba demasiado joven,

según decía, para apreciar las cuestiones de conducta que se agitaban en

su alma. A duras penas podía yo aceptar la primera palabra del

propósito que pretendía mantener hasta alcanzar la plena satisfacción

del amor propio o de su placer. Le veía siempre tan tranquilo, tan

sereno, tan dispuesto a todo, con su fisonomía amable, de rasgos un poco

fríos, la mirada impertinente para todos los que no eran sus amigos, y

aquella sonrisa rápida y seductora de la cual sabía hacer oportunamente

tan pronto una caricia como un arma ofensiva. No estaba triste ni

siquiera preocupado ni aun en los momentos en que, según confesión

propia, su imperturbable confianza había sufrido un poco. El despecho no

se manifestaba en él más que por una especie de irritabilidad más aguda,

y no hacía más, por decir así, que añadir un resorte de temple más seco

a su audacia.

--Si te parece que voy a sufrir, te equivocas--me decía algún tiempo

después en uno de esos momentos de breve vacilación en los cuales

parecía complacerse en dar a sus palabras una expresión de hostilidad

malvada.--Si un día llega a amarme, más tarde o más temprano, esto de

ahora no es nada. Si no...

--¿Si no?...--repetí yo.

No contestó; como si hubiera querido cortar algo hendiendo el aire hizo

girar silbando alrededor de su cabeza un fino junco que llevaba en la

mano. Luego, continuó fustigando en el vacío con vehemencia extrema y

añadió:

--¡Si pudiera leer en sus ojos un sí o un no!... Jamás he visto otros ni

más atormentadores ni más bellos, excepto los de mis dos primas que no

me dicen nada.

Otros días, cualquier incidente halagüeño le volvía a su ser. Se tornaba

sensible, notábase que estaba agitado y se mostraba ligeramente

entusiasta, con mucha más naturalidad. Ponía cierta dulzura en sus

gestos y en sus palabras y, aunque reservado como siempre, mucho me daba

a entender respecto de sus esperanzas.

--¿Estás bien seguro de que la amas?--le pregunté por fin, tanto me

parecía esa condición primordial aunque dudosa para que se mostrara

exigente.

Oliverio me miró fijamente y como si mi pregunta le pareciese el colmo

de la imbecilidad o de la locura, soltó una carcajada tan insolente que

me quitó las ganas de continuar.

La ausencia de Magdalena duró el tiempo convenido. Algunos días antes de

su regreso, pensando en ella--y eso me sucedía cada minuto,--recapitulé

los cambios que se habían operado en mi ánimo y me quedé estupefacto. El

corazón lleno de secretos, el espíritu conmovido por atrevidos impulsos,

el ánimo cargado de experiencia antes de haber conocido nada, me

reconocí absolutamente diverso de como era cuando de mí se había

separado ella. Me persuadí de que aquello me serviría para aminorar otro

tanto la curiosa sumisión a que había estado sujeto, y aquel leve tinte

de corrupción difundido en todos mis sentimientos perfectamente cándidos

antes, me prestó un algo semejante a la desvergüenza, mejor dicho, la

suficiente bravura para correr al encuentro de Magdalena sin temblar

demasiado.

Llegó ella a fines de julio. Desde muy lejos percibí el ruido de los

cascabeles de los caballos, y vi acercarse encuadrada en la verde

cortina que formaban los setos vivos, la silla de posta, blanca de

polvo, que cruzó el jardín y se detuvo delante del portal. Lo primero

que impresionó mis ojos fue el velo azul de Magdalena que flotaba detrás

de la portezuela del carruaje. Bajó ligera y se abrazó a Oliverio. Al

contacto de sus pequeñas manos que estrechaban las mías con fraternal

cordialidad la realidad de mis ensueños renació; luego, apoyándose en el

brazo de Oliverio y en el mío con la familiaridad propia de una hermana,

con igual presión sobre el uno que sobre el otro y derramando sobre

ambos, como un verdadero rayo de sol la límpida luz de su mirada directa

y franca, como quien siente un poco de cansancio subió las escaleras del

salón.

La velada estuvo saturada de efusión. ¡Tenía Magdalena tantas cosas que

referirnos! Había contemplado hermosos paisajes, había admirado toda

clase de novedades, de costumbres, de ideas, de trajes. Hablaba

revelando el desorden en la memoria abarrotada de recuerdos tumultuosos

con la volubilidad de un alma impaciente por referir en algunos minutos

una multitud de adquisiciones hechas en dos meses. De cuando en cuando

se interrumpía, para tomar aliento, como si todavía hubiese de subir y

bajar muchos escalones de la montaña por donde su relación nos conducía.

Se pasaba la mano por la frente, por los ojos, mesaba hacia atrás de las

sienes los rizos de la espesa cabellera un poco erizada por el polvo del

viaje. Hubiérase dicho que aquellas actitudes semejantes a las de una

persona que marcha y tiene calor, refrescaban su memoria. Buscaba un

nombre, una fecha, perdía y recobraba sin cesar el hilo enredado de un

itinerario y se reía a carcajadas cuando la confusión de su relato era

tan grande que se veía obligada a pedir ayuda a la clara y firme memoria

de Julia. Exhalaba vida, el goce de enseñar, las curiosidades

satisfechas. A pesar de estar rendida por el largo viaje en coche,

conservaba todavía la costumbre del repetido cambio rápido de lugar que

la hacía levantarse a cada momento, accionar, mudar de asiento, lanzar

una ojeada de bienvenida tan pronto al jardín como a los muebles,

reconociéndolo todo y acariciándolo. Luego fijaba atentamente los ojos

en Oliverio y en mí como para estar bien segura de reconocernos y

constatar mejor su regreso y su presencia entre nosotros; pero sea que

nos encontrara un poco cambiados al uno y al otro, sea que dos meses de

separación y la vista de tantas cosas nuevas la hubiesen deshabituado de

las nuestras notaba yo en su fisonomía cierta expresión de vaga

sorpresa.

--Y bien--le dijo Oliverio,--¿nos reconoces?

--No del todo--replicó ella ingenuamente.--Cuando estaba lejos de

vosotros os veía de otra manera.

Yo estaba como clavado en mi asiento. La miraba, la escuchaba y por

mucho que ella notara en nosotros un cambio, el que yo advertía en ella

era aún más efectivo y sin duda más completo, ya que no más profundo.

Estaba más morena. Su tez, reanimada por suave tono rosado, traía de las

caminatas al aire libre como un reflejo de luz y de calor que lo doraba.

Tenía la mirada más rápida y la cara un poco más delgada, las pupilas

como manchadas por el esfuerzo de una vida muy activa y la costumbre de

abarcar dilatados horizontes. Su decir siempre acariciador y notado por

el uso de expresiones tiernas había adquirido yo no sé qué nueva

plenitud que le prestaba acentos más enérgicos. Andaba con más soltura,

su pie mismo se había achicado ejercitándose en largas excursiones por

difíciles senderos. Toda su persona parecía haber disminuido el volumen

tomando aspecto más firme y más preciso; y el vestido de viaje, que

sabía llevarlo maravillosamente, completaba la fina y robusta

metamorfosis.

Era la misma Magdalena, embellecida, transformada por la independencia,

por el placer, por los mil accidentes de una existencia imprevista, por

el ejercicio de todas las fuerzas, por el contacto con elementos más

activos, por el espectáculo de una naturaleza grandiosa. Era la misma

juventud de una criatura selecta, con algo más nervioso, más elegante,

más definido, que señalaba un progreso en la belleza y un paso decidido

en la vida.

No recuerdo bien si entonces me di exacta cuenta de todo lo que ahora

digo; pero lo que sé de cierto es que adiviné la superioridad más y más

determinada de ella sobre mí porque en aquel momento medí con absoluta

certeza y con una emoción que nunca había experimentado, la enorme

distancia que separa a una joven que frisa en los diez y ocho años, de

un estudiante que apenas cuenta diez y siete.

Además un indicio más positivo todavía debiera haberme abierto los ojos

aquella misma noche.

Entre los bultos del equipaje había un admirable rododendro, arrancado

de raíz en torno de las cuales una mano previsora había rodeado puñados

de helecho y de plantas alpinas, todavía chorreando el agua de las

montañas. Aquella planta, traída de tan lejos y por la cual demostraba

especial interés el padre de Magdalena, decía ella que le había sido

enviada en recuerdo de una expedición al pico de *** por un compañero de

viaje a quien se atribuía vagamente mucha amabilidad, mucha cultura y

previsión y muchas consideraciones respecto al señor D'Orsel.

Cuando Julia deshacía las envolturas se deslizó una tarjeta que Oliverio

vio caer y de la cual se apoderó rápidamente; después de darle dos o

tres vueltas como si tratara de apreciar los detalles fisonómicos, por

decir así, de aquella blanca cartulina, leyó en voz alta: _El conde

Alfredo de Nièvres_.

Nadie se dio por entendido de aquel nombre que resonó secamente en medio

de un silencio absoluto y resuelto. Magdalena aparentó no haber oído;

Julia ni siquiera pestañeó; Oliverio calló; el señor D'Orsel tomó la

tarjeta y la desgarró sin decir palabra. En cuanto a mí, el más

interesado en precisar los más insignificantes detalles de aquel viaje,

¿qué le diré a usted? Tenía necesidad de sentirme dichoso, y en eso se

cifra el enigma de muchas cegueras menos explicables aún que la mía.

Entre Magdalena casi mujer y el adolescente apenas emancipado que voy

retratando, entre sus brillantes años y los míos, había mil obstáculos

conocidos o desconocidos, patentes u ocultos, nacidos o por nacer. Sin

embargo, yo me obstinaba en no ver ninguno. Había echado mucho de menos

a Magdalena, la había deseado, esperado, y ya usted habrá adivinado que

después de su partida había cien veces maldecido el censurable espíritu

de rebelión que me revolvía contra la más envidiable, la más dulce, la

menos calculada de las servidumbres. Volvía al fin tan afectuosa que me

encantaba, seductora hasta el punto de maravillarme; la poesía; y como

les sucede a quienes un exceso de luz les perturba la vista, nada

advertía yo más allá del confuso deslumbramiento que me enceguecía.

Gracias a la ausencia de razonamiento, mejor dicho, a mi ceguera, me

sumergí en los meses siguientes como si hubiera entrado en lo infinito.

Figúrese usted una primavera, rápida y muy calurosa, llena de rientes

amores, de impulsos generosos, de imprevisiones, de alegrías perfectas.

Tan enérgica fue mi expansión como cobarde había sido el replegamiento

sobre mí mismo antes de aquella súbita floración que me sorprendía en el

embotamiento propio de la verdadera infancia. No preguntaba si me era

permitido ofrecerme, me daba sin reservas con efusiones en las cuales

ponía cuanto en mí había de sinceridad inteligente, lo mejor de mi ser

moral, sobre todo lo más inflamable. No me considero capaz de pintar con

exactitud aquel breve momento de desinterés total, que bien puede servir

de excusa a muchos accesos de egoísmo, en que luego caí, y durante el

cual mi existencia purísima, saturada de buenas intenciones, ardió por

entero a modo de ofrenda y llameó a los pies de Magdalena como fuego

sagrado ante un altar.

Recobramos las antiguas costumbres. Era el mismo cuadro de antes

embellecido por el prodigioso brillo de una nueva vida. Causábame

asombro encontrarlo todo tan incomparable y que una sola influencia

hubiera tenido el poder de cambiar el aspecto de las cosas hasta el

extremo de rejuvenecer tantas decrepitudes y reemplazar aspectos tan

morosos por semejantes alegrías. Las noches eran cortas, las tardes

calurosas. Ya no nos reuníamos en el salón; se velaba bajo los árboles

del jardín del señor D'Orsel o en pleno campo sobre los linderos de los

prados húmedos. Muchas veces daba yo el brazo a Magdalena durante las

lentas caminatas realizadas en grupo. Las personas mayores nos seguían.

Llegaba la noche y hacía descender sobre nosotros el silencio, en

aquellas horas en que se habla menos y en voz muy baja. La ciudad

cerraba el horizonte con sus graves siluetas, el tañido de las campanas

y el de las sonerías de los góticos relojes de torre acompañaban

aquellos paseos alemanes en los que yo no era Werther, aunque creo que

Magdalena valía una Carlota, porque jamás le hablé de Klopstock y si

alguna vez mi mano se posó en la suya fue siempre obedeciendo a un

impulso fraternal.

Por las noches continuaba escribiendo con furor, porque nada hacía yo a

medias. Me parecía a veces--tal era el cúmulo de ilusiones que se

reunían en mi cabeza,--que estaba a punto de dar a luz alguna obra

maestra. Obedecía a una fuerza ajena a mi voluntad como todas las que me

poseían. Si con los recuerdos de aquella época hubiese conservado la más

leve de las ignorancias que la hicieron tan bella y tan estéril, diría

que aquella facultad singular, siempre dominadora y jamás sumisa,

desigual, indisciplinable, llegando en cierto momento y alejándose como

había venido, asemejaba a lo que los poetas llaman inspiración y

personifican en su Musa. Era imperiosa e infiel, dos rasgos salientes

que me hicieron tomarla por la inspiradora ordinariamente de los

espíritus dotados. Pero un día, más adelante, comprendí que la visitante

que me causó tantas alegrías primero y luego tanta decepción, no tenía

nada de lo característico de la Musa sino mucha inconstancia y mucha

crueldad.

Esta doble vida de fiebre del corazón, de fiebre del espíritu, hacían de

mí un ser muy equívoco. Notábalo yo. Había en ella más de un peligro que

traté de conjurar y creí llegado el momento de desembarazarme de un

secreto sin valor para poner a salvo otro más precioso.

--Es singular...--me dijo Oliverio.--¿A dónde te conducirá eso? Después

de todo, tienes razón si ese trabajo te divierte.

Breve respuesta que encerraba no poco desdén y quizás mucho asombro.

En medio de estas distracciones mis estudios iban bastante bien.

Continuaba obteniendo éxitos que despreciaba comparándolos con la

grandeza de los sentimientos que hacían que fuese un hombre pequeño y,

según mi juicio, un corazón tan grande. De tarde en tarde recibía de

lejos un impulso que me obligaba a considerar aquellos éxitos menos

desdeñables. Desde el día que nos separamos, Agustín no me había

olvidado. En cuanto lo permitía la distancia que nos separaba continuaba

procurándome las enseñanzas que habían comenzado en Trembles. Con la

superioridad que le prestaba la experiencia de la vida abordada por los

lados más dificultosos, en el más grande de los escenarios, y según el

progreso moral que suponía en su discípulo, había elevado poco a poco el

tono de sus consejos. Sus lecciones se convertían ya casi en

conversaciones de hombre a hombre. Me hablaba poco de él mismo y sólo en

términos vagos para decirme que trabajaba, que hallaba grandes

obstáculos, pero que esperaba llegar a buen término. Algunas veces una

rápida descripción, bosquejo del mundo en que vivía, de los hechos, de

las ambiciones que le rodeaban, seguía a la expresión de los buenos

ánimos que tenía para luchar, como para experimentarme con tiempo y

prepararme a las enseñanzas que más tarde debía sacar de las más

brutales realidades. Se preocupaba de lo que yo pensaba, de lo que hacía

y sin cesar me preguntaba qué era lo que en fin había resuelto emprender

después que saliera de mi provincia.

* * *

«He sabido--me decía,--que es usted el primero de la clase. Está muy

bien. Pero no se envanezca por semejantes ventajas. La emulación en el

colegio es la forma ingenua de una ambición que usted conocerá más

tarde. Acostúmbrese a permanecer en primera línea para que nunca se

sienta satisfecho de usted mismo si llegase a ocupar tan sólo la

segunda en lo sucesivo. Sobre todo no equivoque el móvil de su esfuerzo,

no confunda el orgullo con la modesta apreciación de lo que puede hacer.

No le preocupe nunca, sobre todo en el orden moral, más que la extrema

altura del objeto y la necesidad de acercarse a él lo más posible; eso

le prestará a usted mucha humildad y mucha fortaleza. La imposibilidad

casi general, de alcanzar lo extremo de ciertos ensueños hará que

considere estimable y digno de piedad, el esfuerzo que cualquier hombre

de buena fe intente hacia la perfección. Si se siente más cerca que él,

calcule de nuevo lo que le queda por hacer y los acobardamientos valdrán

más, desde el punto de vista moral, que no las vanidades.»

* * *

Permítame que le muestre algunos extractos de cartas de Agustín y

suponiendo mis contestaciones le será fácil comprender el espíritu

general de nuestra correspondencia y verá usted más exactamente cuáles

eran entonces su vida y la mía.

«París 18...

»¡Diez y ocho meses hace ya que estoy aquí! Sí, mi querido Domingo, diez

y ocho meses han transcurrido desde que nos separamos en aquella pequeña

plaza diciendo _hasta la vista_. Veinticuatro horas después, cada uno de

nosotros pusimos manos a la obra. Deseole, mi querido amigo, que esté

más satisfecho de sí mismo que yo lo estoy de mí. La vida sólo es fácil

para quienes la espigan sin penetrarla. Para ésos París es el lugar del

mundo en donde más cómodamente se puede tener la creencia de que se

existe. Basta dejarse arrastrar por la corriente como un nadador en una

masa de agua pesada y rápida; se flota en ella, y no se ahoga uno. Verá

usted eso algún día y será testigo de muchos éxitos debidos tan sólo a

la ligereza de los caracteres y de muchas catástrofes que no se habrían

padecido con diferente peso en las convicciones. Es bueno familiarizarse

desde temprano con el espectáculo verdadero de las causas y de los

efectos. No sé qué ideas tiene usted de todo esto, si es que las tiene.

En todo caso es poco probable que sean precisas y lo más triste del caso

es que tiene usted razón. El mundo debía ser en todo semejante a lo que

usted imagina. ¡Si usted supiera cuán diferente es! Mientras no pueda

juzgarlo por sí mismo, habitúese a estas dos ideas: que hay verdades y

existen hombres. Jamás cambie usted respecto del sentimiento nativo que

tiene usted tocante a las unas; y cuanto a los otros espere que llegue

el día en que los conozca.

«Escríbame con más frecuencia. No me diga que ya conozco su vida y que

no tiene nada que referirme. A los años que usted tiene y en un alma

como la suya cada día hay algo nuevo. ¿Recuerda la época en que medía

usted las hojas que nacían y me comunicaba el número de líneas que

habían crecido bajo la acción de una noche de escarcha o un día de sol

fuerte? Pues lo mismo sucede con los instantes de un mozo de su edad. No

se asombre de ese desenvolvimiento rápido que, conociéndole a usted,

imagino que ha de sorprenderle y acaso asustarle. Deje actuar fuerzas

que tratándose de usted no tienen nada de peligrosas; hábleme para que

le conozca, permítame verle tal cual es y a mí vez le diré a usted

cuánto ha crecido. Sobre todo sea ingenuo en sus sensaciones. ¿Acaso

tiene necesidad de estudiarlas? ¿No es bastante sentirse emocionado? La

sensibilidad es un don admirable; en el orden de las creaciones que

usted debe producir puede llegar a ser una fuerza extraordinaria, pero

con una condición: que no la revuelva usted contra sí mismo. Si de una

facultad creadora eminentemente espontánea y sutil, hace usted un

elemento de observación, si refina, si examina, si no le basta el sentir

y experimenta la necesidad de estudiar el mecanismo, si el espectáculo

de un alma emocionada es lo que más le satisface de la emoción, si se

rodea de espejos convergentes para multiplicar la imagen hasta lo

infinito, si mezcla usted el análisis humano a los dones divinos, si de

sensible se convierte usted en sensual, no hay límites para semejantes

perversidades y, se lo advierto, eso es muy grave. Hay una fábula muy

antigua que es encantadora, se presta a muchas interpretaciones y se la

recomiendo. Narciso se enamoró de su propia imagen; no pudo apartarla de

sus ojos; no era posible que llegase a apoderarse de ella y murió

víctima de la misma ilusión que le había seducido. Piense usted en esto

y si llega a sucederle sufriendo, amando, viviendo, por mucho que le

parezca seductor el fantasma de usted mismo, apártese de él.»

* * *

«Me dice usted que se fastidia. Eso vale tanto como declarar que sufre;

el aburrimiento no cabe más que en los cerebros vacíos o en los

corazones incapaces de ser heridos por nada. Pero, ¿por qué sufre? ¿Es

cosa que pueda usted decírmelo? Si estuviese yo cerca de usted lo

sabría. Cuando me otorgue el derecho de interrogarle más positivamente

le diré lo que imagino. Si no me engaño y si es verdad que usted mismo

no sabe lo que empieza a causarle sufrimiento, tanto mejor, porque es

prueba de que su corazón ha conservado toda la inocencia que en su

cerebro no existe ya.

»No me pida que le hable de mí; mi _yo_ no es nada hasta lo presente.

¿Quién lo conoce, aparte de usted? No es verdaderamente interesante para

nadie. Trabaja, se esfuerza, no se cuida nada, nada se divierte, espera

alguna vez y a pesar de todo continúa queriendo. ¿Basta con eso? Ya

veremos.

«Vivo en un barrio que no será probablemente el que usted habite, porque

tiene usted el derecho de elegir. Todos aquellos que al igual que yo

salen de la nada para llegar a ser algo, vienen a donde yo estoy, a la

ciudad de los libros, en un rincón desierto, consagrado por cuatro o

cinco siglos de heroísmos, de trabajos, de penurias, de sacrificios, de

esperanzas abortadas, de suicidio y de gloria. Es una residencia muy

triste, pero muy bella. Si hubiera tenido libertad para elegir, no

habría preferido otra. No me compadezca usted porque en ella vivo: estoy

en mi sitio.»

* * *

«Escribe usted y eso lo hace porque debía ser. Que guarde usted secreto

para quienes le rodean es una timidez que comprendo; y seguro estoy de

que ha de sentir el deseo de confiarse a mí. El día en que la necesidad

de confidencias le lleve a ese punto, envíeme los fragmentos que pueda

comunicarme, sin alarmar demasiado sus pudores de escritor...

»Otra cosa que me gustaría saber: ¿qué es de aquel amigo de quien apenas

me habla usted ya? El retrato que de él me hizo era seductor. Si

comprendí bien debe ser un mozo encantador, pésimo estudiante. Tomará la

vida por el lado fácil y brillante. En tal caso aconséjele que viva sin

ambiciones, porque las que tendría serían de la peor especie. Y dígale

además, que no tiene otra cosa que hacer en el mundo sino ser feliz.

Sería imperdonable introducir quimeras en satisfacciones tan positivas

y mezclar lo que usted llama ideal con apetitos de pura vanidad.

»Su Oliverio no me desagrada, me inquieta. Es evidente que ese mozo

precoz, positivo, elegante, resuelto, puede equivocar el camino y pasar

junto a la dicha sin sospecharlo. También él ha de tener sus

fantasmagorías y se creará imposibilidades. ¡Qué locura! Quiero creer

que tiene corazón; pero, ¿qué uso hace de él? ¿No me ha dicho usted que

tiene dos primas ese Querubín que aspira a convertirse en un don Juan?

Pero olvido, citándole esos dos nombres, que quizás no conoce usted ni

el uno ni el otro. ¿Le ha permitido ya su profesor de retórica leer a

Beaumarchais y _El Convidado de piedra_? En cuanto a Byron, lo dudo y

puede usted esperar sin inconveniente.»

* * *

Habían pasado muchos meses sin ninguna alteración; el invierno se

acercaba cuando creí notar en la fisonomía de Magdalena una sombra, una

preocupación que jamás había manifestado. Su cordialidad, siempre igual,

revelaba los mismos afectos, pero había más gravedad en ella. Una

aprensión, quizás una añoranza, algo sólo apreciable en los efectos,

comenzaba a interponerse entre nosotros como síntoma primero de

desilusión. Nada en concreto, sólo un conjunto de discordancias, de

desigualdades, de diferencias, que la transfiguraban de cierta manera, y

le prestaban el singular encanto de las cosas que el tiempo o la razón

nos disputan y que se van. Por cierta reserva, por súbitas reacciones,

por múltiples reticencias, que lentamente relajaban vínculos sin

romperlos, se comprendía que con extrema delicadeza, ponía empeño en

desatar lazos que la familiaridad de nuestras costumbres había apretado

demasiado. De pronto surgió un recuerdo, se repitió un nombre olvidado,

que yo había oído pronunciar sólo una vez, y en mi mente brotó una

suposición fundada y amenazadora que me laceraba el corazón; sensación

aguda que se disipaba por sí misma al menor indicio de seguridad para

renacer en seguida con la vivacidad de una evidencia.

Un domingo esperamos vanamente a Magdalena y Julia. Al otro día Oliverio

no vino al colegio. Pasaron tres días sin noticias. La inquietud me

apenaba horriblemente. Por la noche corrí a la calle de los Carmelitas y

pregunté por Oliverio.

--Está en el salón--me dijo el sirviente.

--¿Solo?

--No, hay otras personas.

--Entonces le esperaré.

Apenas había empezado a subir la escalera que conducía al cuarto de

Oliverio me detuvo no sé qué extraño presentimiento confuso. El corazón

me latía violentamente. Bajé, atravesé sin hacer ruido la antesala que

estaba desierta, y me deslicé por uno de los caminos que conducían del

patio al jardín. El salón, situado en el piso bajo, tenía tres ventanas

sobre el parterre a la altura de la escalinata y delante de cada una

había un banco de piedra. Me encaramé en uno de ellos. La noche estaba

oscurísima y nadie podía sospechar que yo estuviera allí; dirigí ansioso

la mirada hacia aquella habitación y vi a toda la familia reunida:

Oliverio, vestido de negro, de pie delante de la chimenea. Junto al

hogar estaban el señor D'Orsel y un hombre joven aún, alto, bien

parecido, ataviado irreprochablemente. Advertí las actitudes un poco

lentas con que acompañaba sus palabras y la manera seria y graciosa con

que de cuando en cuando volvía el rostro hacia Magdalena. Estaba ella

sentada junto a una mesita de labor y todavía me parece verla inclinada

la cabeza sobre un bordado, el rostro cubierto de la sombra de los rizos

que adornaban su frente, envuelta en el reflejo rojizo de la luz de las

lámparas. Julia, puestas las manos sobre las rodillas, inmóvil, con

expresión de intensa curiosidad en el semblante, tenía sus grandes ojos

taciturnos fijos en el desconocido.

En pocos segundos me di cuenta de todo lo que he dicho. Luego pareciome

que las luces se apagaban, mis piernas se doblaron y me desplomé sobre

el banco. Un espantoso temblor agitaba mi cuerpo de la cabeza a los

pies. Presa de acerbo dolor sollozaba y me retorcía las manos

murmurando: «Magdalena está perdida para mí y yo la amo...»

Fiebre de amor (Dominique) · 第 11 / 23 题