IV

Tres días después abandoné Trembles en compañía de la señora Ceyssac y

de Agustín. Era por la mañana, muy temprano. Todos estaban levantados y

nos rodeaban: Andrés, junto al carruaje, más triste que nunca le había

visto desde el último suceso que enlutó la casa; luego subió al

pescante, aunque no era costumbre que hiciera oficio de cochero, y los

caballos partieron al trote largo. Al atravesar el poblado de

Villanueva--en el cual todos los rostros me eran tan conocidos--vi a dos

o tres de mis antiguos camaradas, crecidos ya, casi hombres, que se

encaminaban al campo con los útiles del trabajo al hombro. Volvieron la

cabeza al percibir el ruido del carruaje, y comprendiendo que se trataba

de algo más que un paseo me hicieron expresivas señas para desearme un

feliz viaje. El sol se elevaba. Entramos en plena campiña; dejé de

reconocer los lugares que cruzábamos; vi rostros nuevos; mi tía me

contemplaba con bondadosa mirada. La fisonomía de Agustín estaba

radiante; yo sentía, tanto encogimiento como pena.

Todo un largo día invertimos en recorrer las doce leguas que nos

separaban de Ormessón, y ya llegaba el sol al ocaso cuando Agustín, que

no cesaba de mirar por la ventanilla, le dijo a mi tía:

--Señora, ya se distinguen las torres de San Pedro.

El paisaje era llano, pálido, monótono y húmedo: una ciudad baja,

erizada de campanarios comenzaba a destacarse detrás de una cortina de

árboles.

Los mimbrerales alternaban con los prados, los álamos blancos con los

sauces amarillentos. A la derecha corría lentamente un río deslizando

sus aguas turbias entre las riberas manchadas de limo. A la orilla había

barcos cargados de maderas y viejas chalanas rajados en el fondo como si

jamás hubiesen flotado. Algunos gansos que bajaban de los prados al río

corrían delante del carruaje lanzando salvajes graznidos.

Llegamos a un puente que cruzó el carruaje al paso; después entramos en

un largo bulevar en que la oscuridad era completa, y luego el ruido de

las herraduras de los caballos, chocando sobre un pavimento más duro, me

advirtió que entrábamos en la ciudad. Calculaba yo que doce horas

habrían transcurrido desde el momento de la partida, que doce leguas me

separaban de Trembles; pensaba que todo había concluido, que todo estaba

irremisiblemente acabado, y entré en casa de mi tía como quien franquea

el umbral de una cárcel.

Era una casa muy grande, situada, si no en el barrio más desierto, en el

más serio de la ciudad, rodeada de conventos y dotada de un jardincito

que languidecía en la sombra de las altas paredes que lo circundaban.

Había amplias habitaciones sin aire y con escasa luz, severos

vestíbulos, una escalera de piedra que giraba en oscuro hueco y muy poca

gente para animar todo aquello. Sentíase la frialdad de las viejas

costumbres y la rigidez de los habitantes de provincia, la ley de la

etiqueta, el desahogo, un gran bienestar material y el aburrimiento. El

piso alto tenía vistas sobre cierta porción de la ciudad, es decir,

humeantes techumbres, los dormitorios del convento vecino y los

campanarios; y en aquella parte de la casa estaba la habitación en que

fui alojado.

Dormí mal; mejor dicho, no dormí. Los relojes de las torres hacían

vibrar sus campanas cada cuarto o cada media hora, todos con distinto

timbre; ni uno solo recordaba el de la rústica iglesia de Villanueva tan

reconocible por su ronco sonido. De pronto percibíase rumor de pasos en

la calle. Una especie de ruido semejante a una carraca agitada

violentamente, resonaba en medio de aquel silencio particular de las

ciudades que pudiera llamarse el sueño del ruido, y llegaba a mis oídos

una singular voz de hombre, lenta, temblona, que canturreaba

deteniéndose en cada sílaba: ¡La una, las dos, las tres!...

Agustín entró en mi cuarto muy de mañana.

--Deseo presentarle a usted en el colegio y decirle al provisor el buen

concepto que de usted tengo formado. Esa recomendación sería

nula--añadió con modestia,--si no fuera dirigida a un hombre que en otro

tiempo me demostró tener en mí mucha confianza y parecía apreciar mi

celo.

La visita se efectuó tal como él había dicho. Pero yo estaba fuera de mí

mismo: me dejé llevar y traer, atravesé patios y vi las aulas con

absoluta indiferencia por aquellas nuevas sensaciones.

Aquel mismo día, a las cuatro, Agustín, en traje de camino se trasladó a

la plaza, en donde esperaba ya el coche de París, llevando por sí mismo

todo su equipaje contenido en una pequeña valija de cuero.

--Señora--le dijo a mi tía, que conmigo le acompañaba.--Una vez más le

agradezco el interés que no se ha desmentido por espacio de cuatro años.

He procurado lo mejor que he podido despertar en Domingo el amor al

estudio y las aficiones que corresponden a un hombre. Puede estar seguro

de encontrarme en París cuando venga, siempre fiel a la amistad, en

cualquier momento, igual que hoy. Escríbame usted--añadió estrechándome

entre los brazos con verdadera emoción.--De mi parte prometo hacer otro

tanto. Animo y buena suerte. Todo le favorece para alcanzarla.

Apenas había ocupado su asiento en la alta banqueta, cuando el mayoral

tomó las riendas.

--¡Adiós!--repitió con una expresión en el rostro que revelaba a la vez

ternura y satisfacción.

El mayoral hizo chasquear la fusta sobre los cuatro caballos del tiro y

el carruaje partió camino de París.

El día siguiente a las ocho de la mañana estaba ya instalado en el

colegio. Entré el último para evitar la oleada de alumnos y no hacerme

examinar en el patio con esa mirada no siempre benevolente que son

observados los recién llegados. Caminaba resueltamente fijos los ojos en

una puerta pintada de amarillo, sobre cuyo marco había un letrero que

decía: «Segunda». Junto a ella estaba un hombre de cabello entrecano,

pálido y serio, cuyo semblante no expresaba ni dureza ni bondad.

--Vamos, vamos, un poco más de prisa.

Aquella excitación a la puntualidad, la primera, palabra de disciplina

que me dirigía un desconocido, me impresionó: alcé la vista y le

examiné. Tenía aspecto de fastidio, reflejaba indiferencia, y ni se

acordaba ya de lo que me había dicho. Recordé la recomendación de

Agustín. Un relámpago de estoicismo y de decisión iluminó mi espíritu.

--Tiene razón--pensé;--me he retrasado medio minuto.--Y entré.

El profesor subió a la cátedra y empezó a dictar. Era una composición

preliminar. Por primera vez mi amor propio tenía que luchar con

ambiciones rivales. Observé a mis nuevos camaradas y me sentí

perfectamente solo. A través de la ventana de pequeños cristales veía

los árboles agitados por el viento, cuyas ramas rozaban contra las

oscuras paredes del edificio. Aquel rumor familiar del viento húmedo

cruzando entre las hojas crecía y disminuía a intervalos en medio del

silencio de los patios. Yo lo escuchaba sin demasiada amargura, con una

especie de triste arrobamiento cuya dulzura era extremada algunos

momentos.

--¿No trabaja usted?--me dijo de pronto el profesor.--Está bien... Allá

usted...

Callose luego y ya no llegó a mis oídos nada más que el ruido de las

plumas corriendo sobre el papel.

Un poco más tarde el alumno a cuyo lado estaba mi puesto, me deslizó

hábilmente un papelito; contenía una frase del dictado con estas

palabras:

«Ayúdeme, si puede; trate de evitarme decir un disparate.»

En seguida le pasé la traducción, buena o mala, pero copiada de mi

propia versión con un signo de interrogación que quería expresar: «No

respondo de nada; examínela usted.»

Me dirigió una sonrisa de agradecimiento, y sin más continuó

escribiendo. Algunos instantes después me dirigió un segundo mensaje que

decía: «¿Es usted nuevo?»

La pregunta me demostraba que también lo era él. Tuve un momento de

alegría contestando «sí» a mi compañero de soledad.

Era un muchacho de mi edad poco más o menos, pero de complexión débil,

rubio, delgado, con hermosos ojos azules de dulce mirar, la tez pálida y

delicada, como suelen tenerla los niños criados en las ciudades. Vestía

con elegancia y su traje tenía una forma particular en la cual no

reconocía yo la mano de nuestros sastres provincianos.

Salimos juntos.

--Le estoy muy agradecido--me dijo mi nuevo amigo.--Tengo horror al

colegio y me tiene sin cuidado. Hay en él un montón de hijos de tenderos

que llevan las manos sucias, a quienes nunca miraré como amigos. Nos

tomarán entre ojos, pero me es igual. Estando unidos llegaremos al

objeto. Cuanto más se les deprime más le respetan a uno. Disponga de mí

para todo lo que quiera, menos para encontrar el sentido de las frases.

El latín me aburre, y si no fuera porque es necesario para ser uno

recibido bachiller, en la vida me ocuparía de él.

Luego me explicó que se llamaba Oliverio D'Orsel, que había venido de

París porque razones de familia le trajeron a Ormessón en donde acabaría

los estudios, que vivía en la calle de los Carmelitas con su tío y dos

primas y que a pocas leguas de la ciudad poseía una propiedad de la cual

le venía el apellido D'Orsel.

--Vaya--añadió,--tenemos ya una clase en tiempo pasado. No pensemos en

ella hasta la noche.

Y nos separamos.

Caminaba con soltura haciendo crujir su calzado finísimo, buscando con

cuidado los sitios más secos del suelo para no ensuciarse de barro y

balanceando su paquete de libros al extremo de una estrecha correa con

hebillas como una brida inglesa.

Apunté aquellas primeras horas, que ya usted ve la relación que tienen

con los recuerdos póstumos de una amistad nacida aquel día y triste y

definitivamente muerta hoy, el resto de mi vida de estudiante no nos

entretendrá. Si los tres años que siguieron me inspiran en este momento

algún interés, él es de otra índole y no influyen para nada en ese

interés mis sentimientos de colegial. Sin pretenderlo ni molestar a

nadie llegué a ser un buen alumno y me auguraban grandes éxitos futuros:

una continua desconfianza en mí mismo, muy sincera y muy ostensible,

produjo efectos análogos a los de la modestia y dio margen a que me

fueran perdonados muchos puntos de superioridad de la cual yo mismo no

hacía caso; finalmente aquella falta completa de estima personal

presagiaba ya las indiferencias y las severidades de un espíritu que

debía observarse desde muy temprano, apreciarse en su justo valor y

condensarse.

La casa de mi tía no era alegre, ya se lo he dicho, y lo era menos aún

la existencia que llevaba yo en Ormessón. Imagine usted una ciudad

pequeña, devota, vetusta, olvidada en el rincón de una provincia que no

era paso para ninguna parte, no sirviendo para nada, de la cual iba

retirándose la vida a medida que invadía la campiña; sin industria,

muerto el comercio, habitada por burgueses reducidos a escasos recursos

y de aristócratas empobrecidos; durante el día, las calles sin

movimiento; de noche, las avenidas en tinieblas, reinando un silencio

solamente interrumpido por las sonerías de los relojes de las iglesias,

y a las diez por el lúgubre tañido de la gran campana de San Pedro

recordando la necesidad del descanso al vecindario, del cual tres

cuartas partes estaban ya entregados al sueño más bien de puro fastidio

que por cansancio. Muchos bulevares flanqueados de olmos hermosísimos,

muy frondosos, rodeaban aquella ciudad de severa sombra. Cuatro veces al

día para ir y volver al colegio los cruzaba yo. No era el camino más

directo, pero sí el más apropiado a mis aficiones, porque me acercaba

algo a la campiña.

Algunas veces llegaba hasta el río, pero no ofrecía variantes el

espectáculo: el agua amarillenta siempre estaba removida en sentido

contrario a la corriente, por la marea que hasta aquella región

alcanzaba; el aire cargado de humedad, saturado de las emanaciones de la

brea, del cáñamo y de las tablas de pino. Todo aquello era monótono y

feo y, en el fondo, nada me consolaba del alejamiento de Trembles.

Mi tía tenía el genio de su provincia, el amor por las cosas cargadas de

años, el miedo a los cambios, el horror a las innovaciones ruidosas.

Piadosa y mundana, muy sencilla, pero muy preocupada, perfecta en

todo--hasta en sus leves rarezas--había arreglado su vida en

concordancia con dos principios que, según decía, eran virtudes de

familia: la devoción a las leyes de la Iglesia y el respeto a las del

mundo; y tal era la fácil naturalidad que ponía en el cumplimiento de

esos deberes, que su piedad, muy sincera, parecía no ser otra cosa que

un nuevo ejemplo de la corrección de su trato.

Su salón--como todas sus costumbres,--era una especie de asilo abierto a

sus reminiscencias o sus afecciones hereditarias, cada día más

amenazadas. Reunía en él, particularmente los domingos por la noche, los

escasos sobrevivientes de su antigua sociedad. Todos eran adictos a la

monarquía derrocada y se habían retirado del mundo como ella. La

revolución, que habían visto muy de cerca y que les procuraba un fondo

común de recuerdos y de agravios, les había impuesto un matiz idéntico,

una manera de ser común, empapándolos en una misma prueba. Recordaban

los crudos inviernos que pasaron reunidos en la ciudadela de ***, faltos

de combustible, durmiendo en cuadras de cuartel sin un mal lecho,

abrigando a los niños con restos de cortinajes, comiendo pan negro que

era comprado a escondidas. Se refería, sonriendo, lo que en otro tiempo

fue terrible. La mansedumbre de la edad había calmado las iras más

acerbas. La vida había recobrado su curso regular, cicatrizando las

heridas, reparando los desastres, amortiguando la amargura de las

añoranzas. Ya no se conspiraba, se censuraba apenas; se esperaba.

Finalmente, en un ángulo del salón había una mesa de juego para los

hijos, y allí cuchicheaba, mientras se barajaban los naipes, el grupo

joven, los representantes de lo porvenir, es decir, de lo desconocido.

El mismo día de mi encuentro con Oliverio, al regresar del colegio, me

apresuré a decirle a mi tía que ya tenía un amigo.

--¿Un amigo?--exclamó.--Te apresuras un poco tal vez, mi querido

Domingo. ¿Sabes su nombre, su edad?

Le referí cuanto sabía de Oliverio, pintándole con los colores amables

que a primera vista me habían seducido; pero sólo el nombre bastó para

tranquilizar a mi tía.

--Es uno de los nombres más antiguos y mejores de nuestro país--me

dijo;--y es llevado por una persona a la cual estimo mucho y profeso

amistad.

Pocas semanas después de este nuevo vínculo la unión de las dos

familias era completa, y el primer día del invierno se inauguraron las

reuniones que se celebraban unas veces en casa de mi tía y otras en el

_hotel D'Orsel_ que era el nombre con que Oliverio designaba la casa de

la calle de los Carmelitas, que habitaban, sin gran aparato, su tío y

sus primas.

De estas dos primas, la una, Julia, era todavía niña; la otra contaba

apenas un año más que nosotros, se llamaba Magdalena y acababa de salir

del convento en que se había educado. Conservaba cierto encogimiento,

cierta cortedad en el gesto y en las maneras; aún vestía el modesto

uniforme, vestidos tristes, estrechos, raídos en el cuerpo por el roce

de los pupitres y deformados a la altura de las rodillas por las

genuflexiones sobre el pavimento de la capilla del convento. Su tez

blanca tenía una palidez, una frialdad de colorido que delataba la vida

en la sombra, la ausencia de toda emoción; sus ojos se abrían mal, como

si despertaran de un largo sueño; no era ni alta ni pequeña, ni delgada

ni gruesa; con un talle indeciso que necesitaba definirse y formarse; se

le decía ya que era muy bonita y yo lo repetía de buena voluntad sin

fijarme y sin creerlo.

En cuanto a Oliverio--a quien sólo le he presentado en los escaños del

aula,--imagine usted un mozo amable, un poco raro, muy ignorante en

materia de lecturas, muy precoz en todas las cosas de la vida, de aire

desenvuelto en sus actitudes y en sus palabras, no sabiendo nada del

mundo y adivinándolo todo, copiando sus formas y adoptando ya sus

prejuicios; figúrese usted algo inusitado, un afán singular, jamás

risible, de anticiparse a su edad y ser todo un hombre improvisado a los

diez y seis años escasos; algo naciente y maduro, artificial y seductor,

y comprenderá cómo mi tía pudo encantarse de mi amigo, hasta el punto

de disimularle ciertos defectos de escolar, atendiendo que eran el único

resto de niñez que aún conservaba.

Además, Oliverio procedía de París, y en ese hecho se apoyaba la gran

superioridad con que a los otros vencía, y que, si no para mi tía, para

nosotros las resumía todas.

Por mucho que retroceda a través de esos recuerdos tan insignificantes

en su origen, tan tumultuosos más adelante, cuyo curso remonto no sin

cierta dificultad, encuentro siempre en sus acostumbrados sitios,

alrededor de la mesa de tapete verde, a la luz de las lámparas, aquellos

tres rostros juveniles sonrientes entonces, sin la más leve sombra de

una preocupación real, y que tanto y de tan diversas maneras debían

entristecer algún día, pasiones y pesadumbres; la pequeña Julia con

salvajismos de niño mimado; Magdalena todavía colegiala a medias;

Oliverio conversador, distraído, elegante sin pretenderlo, atildado,

vestido con gusto en una época y en un medio en donde los muchachos eran

ataviados lo peor posible, manejando las cartas con viveza, rápidamente,

con el aplomo de un hombre que ha de jugar mucho, sabiendo lo que hace,

y de pronto--diez veces en dos horas--tirando los naipes bostezando,

diciendo: «me aburro» y yendo a ocultarse en un rincón cualquiera. Se le

llamaba y no se movía. «¿En qué piensas, Oliverio?», le preguntábamos;

no contestaba a nadie y continuaba mirando sin decir palabra con aquella

movilidad que constituía uno de sus atractivos, y aquella mirada extraña

que flotaba en la semioscuridad del salón como una chispa imposible de

fijar. De costumbres muy irregulares, ya discreto como si tuviese que

ocultar grandes misterios, inexacto en nuestras reuniones, activo,

callejero, era imposible hallarle seguramente en su casa a ninguna

hora; aquel pájaro enjaulado a su pesar estaba en todas partes y en

ninguna, había encontrado el medio de crear lo imprevisto en la vida de

provincia y revoloteaba como si estuviera al aire libre dentro de su

prisión. Considerábase desterrado; y como si hubiese abandonado la Roma

de Augusto para dar en Tracia, se había aprendido de memoria algunos

trozos en latín decadente y con eso se consolaba--según decía--de

habitar entre los pastores.

Con semejante compañero estaba yo muy solo. Me faltaba aire, me ahogaba

en mi habitación estrecha, sin horizonte, sin alegría, sin más vistas

que la alta barrera de muros grises, almenados, bajo los cuales apenas

se veía volar, por rara casualidad, alguna gaviota. Era invierno, llovía

o nevaba por espacio de semanas enteras, y cuando un rápido deshielo

liquidaba la nieve, parecía aún más negra la ciudad después del breve

deslumbramiento que la había envuelto un instante. Pasada la dura

estación, una mañana abríanse las ventanas, renacían los ruidos, oíanse

voces de llamada de una a otra casa; pájaros enjaulados que eran

expuestos al aire libre hacían oír sus trinos; brillaba el sol, miraba

desde arriba por el estrecho embudo que formaba nuestro jardincillo; los

brotes de las hojas nuevas salpicaban las ramas de las plantas color de

hollín. Un pavo real, que no se había dejado ver en todo el invierno,

escalaba lentamente el caballete de un tejado, sobre todo a la tarde,

como si prefiriese para sus paseos la tibieza moderada de un sol bajo;

abría sobre el fondo azul del cielo la enorme cola y lanzaba penetrante

grito, enronquecido como todos los ruidos que se oyen en las ciudades.

Así advertía que cambiaba la estación. El deseo de escapar no alcanzaba

muy lejos. También yo había leído en los _Tristes_ dísticos que

recitaba en voz baja, pensando en Villanueva, la única tierra que yo

conocía y que me había dejado añoranzas que escocían.

Estaba atormentado, agitado, más aún, desmoralizado hasta en las horas

de pleno trabajo, porque ya no lo contaba para nada en mi vida. Había

adquirido varias manías, entre otras, la de las categorías y la de las

fechas. Consistía la primera en hacer cierta especie de selección de mis

días--todos semejantes al parecer y sin ningún incidente notable que

pudiera hacerlos mejores ni peores,--y clasificarlos, según su mérito.

Ahora bien, el único mérito de aquellos días de puro fastidio era el

grado de más o de menos en los movimientos de vida que sentía en mí.

Toda circunstancia en que me reconocía con más amplitud de fuerzas, más

sensibilidad, mayor memoria en que mi conciencia, por decir así, tenía

mejor timbre y resonaba más, todo momento de concentración más intensa o

de expansión más tierna era un día para no ser olvidado nunca. De ahí la

otra manía de las fechas, los números, los símbolos, los jeroglíficos,

de la cual tiene usted la prueba aquí igual que en cualquiera otra parte

en que he considerado necesario imprimir la huella de un momento de

plenitud o de exaltación. El resto de mi vida, el que se disipaba en

tibiezas, en sequedades, lo comparaba a esos bajos fondos que se

descubren en el mar a cada baja marea y que son como la muerte del

movimiento.

Tal alternativa asemejaba mucho a la luz y al eclipse de los faros

giratorios; esperaba yo siempre un despertamiento de mi ser, como

navegante extraviado que aguardara la aparición de la señal sobre la

costa.

Lo referido en pocas palabras es claro que corresponde sólo a un breve

resumen de muy largos, muy oscuros y muy diversos sufrimientos. El día

que hallé en los libros--que en aquel entonces no conocía--el poema o la

explicación dramática de esos fenómenos tan espontáneos, no tuve más que

un sentimiento: el de parodiar, quizás repitiéndolo, lo mismo que

hombres de gran talento habían experimentado antes que yo. Su ejemplo

nada me enseñó: sus conclusiones, cuando a ellas llegué, no me

corrigieren. Si puede calificarse de mal la facultad cruel de presenciar

la propia existencia como si ella constituyera un espectáculo parecido

por otro, aquel mal estaba hecho y entré en la vida sin odiarla, aunque

mucho me ha hecho padecer, con un enemigo inseparable, muy íntimo y

positivamente mortal, que era yo mismo.

V

Todo un año transcurrió de aquella manera. Desde el fondo de la ciudad

vi el otoño que amarilleaba los árboles y reverdecía los prados, y el

día de la reapertura del colegio, llevé a él un ser agitado, infeliz,

una especie de alma plegada en dos, como un faquir entristecido que se

reconoce.

Aquella perpetua crítica ejercida sobre mí mismo, aquel mirar

implacable, tan pronto amigo como enemigo, siempre molesto como un

testigo y desconfiado como un juez, aquel estado de permanente

indiscreción respecto a los actos más inocentes de una edad en la que se

reflexiona poco, todo aquello me sumió en una serie de angustias, de

dudas, de estupores o excitaciones que me conducía directamente a una

crisis.

Esa crisis se operó hacia la primavera, en el momento mismo de cumplir

los diez y siete años.

Un día--a fines de abril, y debía ser jueves, porque tuvimos asueto los

colegiales--salí muy temprano de la ciudad, a pasear al azar por los

grandes caminos. Aun no tenían hojas los olmos, pero ya estaban

cubiertos de brotes; los prados asemejaban un vasto jardín cubierto de

margaritas; las setas de espino estaban en flor; el sol vivo y cálido

hacía cantar a las alondras y parecía atraerlas hacia el cielo, de tal

modo subían en línea recta y volaban alto. Había por doquier insectos

recién nacidos que el viento balanceaba como átomos de luz a la punta de

las altas hierbas, y muchas parejas de pajarillos cruzaban rápidamente

en dirección a los prados, a los campos de trigo, a las espesuras, en

demanda de sus nidos. De cuando en cuando veíase pasar algún anciano o

algún enfermo que paseaban, a quienes la primavera rejuvenecía o

devolvía la salud, respectivamente; y en los puntos más abiertos al

viento, grupos de niños soltaban cometas con largas colas temblorosas y

las contemplaban casi perdidos de vista, fijos sobre el azul del cielo

semejantes a blancos blasones salpicados de puntos de colores vivos.

Caminaba yo rápidamente penetrado y como estimulado por aquel baño de

luz, por aquellos aromas de vegetación naciente, por aquella vivaz

corriente de pubertad primaveral que impregnaba la atmósfera. Lo que yo

experimentaba era a la vez muy dulce y muy ardiente. Me sentía

emocionado hasta las lágrimas, pero sin languidez ni empalagosa ternura.

Me dominaba tan activa necesidad de andar, de ir lejos, de quebrantarme

de puro cansancio, que no me permitía tomarme un minuto de reposo. En

cuanto veía a cualquiera que pudiese conocerme cambiaba de rumbo, y me

lanzaba a través de los campos de trigo por cualquiera de las estrechas

sendas que los cruzan, marchando a paso de carga hasta que llegaba a

donde no veía a nadie. Yo no sé qué sentimiento salvaje, más imperioso

que nunca, me incitaba a perderme en el seno mismo de aquella extensa

campiña en plena explosión de savia. Recuerdo que allá lejos divisé a

los seminaristas desfilando dos a dos a lo largo de las setas floridas,

conducidos por viejos sacerdotes que al tiempo que caminaban leían sus

breviarios. Había entre ellos altos adolescentes a quienes la estrecha

sotana que les ceñía el cuerpo les prestaba cierto aspecto raro, parecía

adelgazarlos; al pasar arrancaban flores de los espinos y se marchaban

con aquellas flores rotas en la mano. No es que busco contrastes

imaginarios, recuerdo la sensación que hizo nacer en mi ánimo, en

semejante circunstancia, en semejante hora, en semejante lugar, la vista

de aquellos jóvenes, vestidos de luto y ya en todo semejantes a viudos.

De tiempo en tiempo, volvía el rostro a la ciudad, ya sólo se distinguía

sobre el lejano límite de las praderas, la línea un poco oscura de sus

bulevares y las extremidades de sus campanarios. Me pregunté entonces

cómo había hecho yo para permanecer en ella tan largo tiempo y cómo

había sido posible que allí me consumiera sin morir; luego oí el toque

de vísperas, y el tañido de las campanas, acompañado de mil recuerdos,

me entristeció como llamado que era a compromisos severos. Pensé que era

necesario volver antes de la noche, encerrarme de nuevo, y emprendí con

más ahinco todavía el camino del río.

Regresé; no estaba rendido, sino muy al contrario, más excitado por

aquel vagabundear durante varias horas, al aire libre, a través de los

caminos, respirando un ambiente tibio bajo la acción áspera y mordiente

del sol de abril. Experimentaba una especie de embriaguez, iba saturado

de emociones extraordinarias, que francamente se manifestaban en mi

rostro, en el aspecto de toda mi persona.

--¿Qué tienes, mi hijo querido?--dijo mi tía al verme.

--He caminado muy de prisa--le contesté con cierto desvío.

Me examinó de nuevo, y con un ademán de madre inquieta me atrajo bajo el

fuego de sus ojos claros y profundos. Me turbé horriblemente; no pude

soportar ni la dulzura de aquella mirada ni la penetración de su

ternura; no sé qué confusión se apoderó de mí ante la vaga interrogación

insoportable que ella expresaba.

--Déjeme, se lo ruego, querida tía--le dije.

Y subí precipitadamente a mi habitación. La encontré iluminada por los

oblicuos rayos del sol poniente y quedé como deslumbrado por el

resplandor de aquella luz caliente y rojiza que la invadía como una

oleada de vida. Sin embargo, me sentí más tranquilo viéndome solo y me

asomé a la ventana esperando la hora saludable en que aquel torrente de

claridad iba a extinguirse. Poco a poco fueron enrojeciéndose las

paredes de los altos campanarios, los ruidos se hicieron más

perceptibles a través del aire algo más húmedo, anchas franjas de fuego

se formaron sobre el ocaso hacia el lado en donde se alzaban por encima

de las casas los mástiles de los barcos amarrados a la orilla del río.

Así permanecí hasta la noche, preguntándome lo que experimentaba; y no

sabiendo qué contestar, oyendo, viendo, sintiendo, ahogado por las

pulsaciones de una vitalidad extraordinaria, más emocionante, más

fuerte, más activa, más incomprensible que nunca. Deseaba que alguien

estuviese allí; mas ¿por qué? No hubiera sabido explicarlo. Y ¿quién? Lo

sabía menos aún. Si hubiera tenido que escoger un confidente entre todos

los seres que entonces me eran más queridos, me habría sido imposible

nombrar a ninguno.

Sólo cuando faltaban algunos minutos para que se extinguiera el último

resplandor del día volví a salir. Me deslicé por las calles que sabía

eran menos frecuentadas hasta los lugares del bulevar en que la hierba

brotaba en plena soledad. Crucé la plaza en donde resonaban los primeros

sones de la retreta militar. Luego el ruido de las cornetas se alejó y

yo seguí la marcha desde lejos, por las calles más sinuosas, guiándome

por el eco de ellas más claro o más confuso según la anchura del espacio

en que se desplegaba el sonido a través del aire, en completa quietud

aquella noche. Solo, completamente solo, en el crepúsculo azul que

descendía del cielo sobre los olmos cuajados de ligero follaje, a la luz

de las primeras estrellas que se filtraba a través de las ramas de los

árboles como chispas sembradas sobre el encaje de las hojas, caminaba

por la ancha avenida escuchando aquella música tan bien acompasada y

dejándome guiar por sus cadencias. Iba marcando el compás, mentalmente

la tarareaba cuando dejé de oírla; me quedó en el alma como un

movimiento que se continúa, y vino a ser una especie de ritmo y una

melodía sobre la cual involuntariamente adapté una letra. No conservo el

recuerdo de las palabras, ni del asunto, ni del sentido de las frases;

tan sólo sé que aquella singular exhalación salió de mí primero como

simple ritmo, después con palabras rimadas, y que aquella medida

interior se tradujo de repente no solamente por la simetría de las

sílabas sino por la repetición doble o múltiple de algunas de ellas,

sordas o sonoras, correspondiéndose y haciendo las unas eco a las otras.

No me atrevería a decirle a usted que aquello fuese una composición

poética, pero lo cierto es que la combinación sonora de los vocablos se

parecía mucho a los versos.

En el mismo momento en que llegaba yo a ese punto de mis reflexiones,

apareció delante de mí, en la misma avenida que yo recorría, nuestro

amigo de siempre, el señor D'Orsel, acompañado de sus dos hijas. Tan

cerca estaban que no podía evitar el encuentro, y la misma preocupación

que me dominaba me lo hubiera impedido. Me encontraba, pues, cara a cara

con la tranquila mirada y el pálido rostro de Magdalena.

--¿Cómo por aquí?--me dijo.

Aun me parece oír su voz neta, aérea, con cierto acento del Mediodía que

me hizo estremecer. Tomé maquinalmente la mano que me tendía, una mano

pequeña, fina y fresca, cuya frialdad me dio la noción de que la mía

abrasaba. Estábamos tan cerca que distinguí con toda exactitud sus

facciones y me espantó la idea de que a su vez debía verme como yo a

ella.

--¿Le hemos causado miedo?--añadió.

En el cambio de tono de su voz conocí que mi horrible turbación era

apreciable, y como por nada del mundo habría aceptado permanecer un solo

segundo más en aquella situación sin salida, balbucí algo tan fuera de

razón, que me acobardé, perdí la cabeza y, atolondrado, neciamente me di

a la fuga.

Aquella noche deserté del salón de mi tía y me encerré en mi cuarto de

miedo de ser sorprendido. Allí, sin reflexionar nada, sin pretenderlo

tampoco, absolutamente como hombre fascinado por alguna empresa que

tanto le asusta como le seduce, de una tirada, sin releer, casi sin

vacilar, escribí una porción de cosas inesperadas que parecían caer del

cielo.

Fue a la manera de un exceso de carga que salió de mi corazón, de cuyo

peso se sentía aliviado a medida que de ella se iba desembarazando.

Aquel trabajo febril me ocupó hasta hora muy avanzada de la noche. Por

fin pareciome que había terminado una tarea ineludible; todas las fibras

irritadas se relajaron, y ya al amanecer, cuando despertaban los

pajarillos, me dormí presa de la más deliciosa languidez.

Al otro día Oliverio me habló de mi encuentro con sus primas, de mi

turbación, de mi huida.

--Haces misterio--me dijo,--y te equivocas. Si yo tuviese algún secreto

lo compartiría contigo.

Dudé un momento si le diría o no la verdad. Era lo más sencillo y

positivamente habría valido más que ocultarla; pero a mi declaración se

oponían mil obstáculos reales o imaginarios que me la presentaban como

cosa imposible. ¿En qué términos iba yo a darle a entender lo que sentía

desde tiempo atrás sin que nadie lo hubiera sospechado? ¿Cómo hablarle,

a sangre fría, de aquellos extraños pudores que ofuscaban la luz del

día, que no soportaban examen mío ni ajeno, y que semejantes a una

herida fresca y demasiado sensible exigían no ser tocados ni siquiera

con la mirada? ¿Cómo referirle aquella crisis de sensibilidad

inexplicable y aquella especie de encantamiento por la noche cuyo

testimonio escrito hallé por la mañana?

Repliqué con una mentira: desde varios días antes me sentía enfermo, el

calor de la víspera me había causado una especie de vértigo y rogaba a

Magdalena que me excusara la triste figura que hice al encontrarla.

--¿Magdalena?...--continuó Oliverio.--Pero nosotros no tenemos cuentas

que arreglar con Magdalena... Hay cosas que no le incumben...

Al decir eso sonreía de un modo singular y me dirigió una mirada de las

más penetrantes y más vivas. Por mucho que se esforzara para leer lo

que había en mi alma, estaba bien seguro de que nada descubriría; pero

comprendiendo que algo buscaba, y aunque no acababa de adivinar cuáles

podían ser los sentimientos, muy presumibles, que Oliverio me suponía,

viéndome objeto de tal investigación reflexioné y surgió en mí una

sospecha que me llenó de turbación.

Era tan perfectamente cándido e ignorante, que el primer despertar de

ciertos impulsos en medio de mis ingenuidades me fue señalado por una

inquieta mirada de mi tía y una equívoca y curiosa sonrisa de Oliverio.

Pensé que era vigilado y me vino el deseo de averiguar la causa de

aquella vigilancia. Fue una falsa sospecha que por primera vez en la

vida me hizo ruborizar. No sé qué indefinible instinto hinchó mi corazón

con una emoción absolutamente nueva. De pronto, un extraño resplandor

iluminó ese verbo infantil, el primero que todos hemos conjugado en

francés o en latín estudiando la gramática. Y dos días después de

aquella advertencia hecha por una madre prudente y por un camarada

emancipado, no estaba lejos de admitir--tanto estaba llena mi mente de

escrúpulos, de curiosidades y de inquietudes,--que mi tía y Oliverio

tenían razón sospechando que estaba yo enamorado; pero, ¿de quién?...

El domingo próximo por la noche nos reunimos todos como de ordinario en

el salón de mi tía. Cuando llegó Magdalena experimenté cierta turbación;

no la había vuelto a ver desde el jueves último por la tarde. Era

indudable que esperaba ella una explicación; pero me sentía incapaz de

dársela y callé. Estaba espantosamente confuso y distraído.

Oliverio--que no creía que existiera ninguna razón para ser caritativo

conmigo--me acribillaba con sus epigramas. Era inofensivo lo que decía;

pero, desde muchos días antes, era tan extraordinaria la irritabilidad

de mis nervios que cualquier cosa me hería y me causaba inmotivado

sufrimiento. Estaba sentado junto a Magdalena por razón de una costumbre

adquirida sin que la voluntad de ninguno de los dos hubiese dado margen

a ella por ningún concepto. De pronto experimenté el deseo de cambiar de

sitio. ¿Por qué? No hubiera sido capaz de decirlo. Me parecía, tan sólo,

que la luz de las lámparas me incomodaba y que en otro lugar me

encontraría mejor. Cuando Magdalena levantó los ojos que tenía bajos

mirando el juego y me vio sentado al otro lado de la mesa, precisamente

en frente de ella, dijo con cierto aire de sorpresa: «¿Y bien...?» Pero

nuestras miradas se encontraron y algo extraordinario debió advertir en

la mía que la turbó levemente y le impidió terminar la frase.

Cerca de año y medio hacía ya que vivía cerca de ella y por primera vez

aquella noche la miré como se mira cuando se desea ver. Magdalena era

encantadora, mucho más encantadora que no se decía, muy diferente de

como yo la había considerado hasta aquel momento. Además tenía diez y

ocho años. Aquella apreciación repentina, lejos de iluminar mi espíritu

poco a poco, en medio segundo me enseñó todo lo que yo ignoraba de ella

y de mí mismo. Fue como una revelación definitiva que completó las de

los días precedentes, reuniéndolas en un montón de evidencias y creo que

explicándolas todas.

Fiebre de amor (Dominique) · 第 10 / 23 题