Lo que de mí tengo que decirle es poca cosa, y podría reducirse a
algunas palabras nada más: un campesino que se aleja un momento de su
aldea, un escritor descontento de sí mismo que renuncia a la manía de
escribir; y el techo de la casa nativa destacándose sobre el comienzo y
el final de su historia. El prosaico desenlace que usted conoce, es lo
mejor que resultará de mi historia en cuanto a moralidad y quizás lo más
novelesco como aventura. Lo demás no es instructivo para nadie, y sólo
sabría conmover mis recuerdos. No he tratado de hacer misterio, créame,
pero hablo de ello lo menos posible por razones particulares que en nada
se parecen al deseo de hacerme más interesante que lo que soy en
realidad.
Varias personas están mezcladas en los hechos que voy a referirle: una
es un amigo muy antiguo--difícil de definir y todavía más difícil de
juzgar sin amargura,--del cual acaba usted de leer la carta de despedida
y de luto. Jamás se explicó acerca de una existencia que no pudo
agradarle. Mezclarle en estas confidencias es casi rehabilitarle. Otra,
no tengo porque referirme a ella poniendo discreción en mis palabras;
figura en situaciones que hacen de él un hombre público; o le conoce
usted o probablemente llegará a conocerle, y no creo disminuir en lo más
mínimo sus méritos revelándole a usted la modestia de su linaje. En
cuanto a la tercera persona, cuyo contacto ejerció vivísima influencia
en mi juventud, está colocada ahora en condiciones de seguridad, de
dicha y de olvido capaces de imposibilitar toda comparación entre los
recuerdos del que de ella le hablará y los suyos.
Puede decirse que no tuve familia; menester ha sido que mis hijos me
dieran medios para apreciar la dulzura, la firmeza que caracterizan a
los vínculos que me faltaron cuando yo era niño como ellos. Mi madre
apenas tuvo fuerzas para amamantarme y murió. Mi padre vivió algunos
años más que ella; pero en tan mísero estado de salud, que dejé de
sentir el influjo de su presencia muchos años antes de perderle. Su
muerte es un hecho que para mí se produjo en puridad mucho antes de su
fallecimiento. Realmente, pues, no conocí a la una ni al otro, y el día
que me quedé solo llevando luto por mi padre, no aprecié ningún cambio
que me hiciera sufrir. La palabra _huérfano_, que oía repetir en torno
mío, como expresión de desventura, tenía para mí un sentido muy vago:
viendo que las personas dedicadas a mi servicio me compadecían,
llorando, me daba cuenta de que era digno de compasión, pero nada más.
En medio de aquellas buenas gentes crecí vigilado de lejos por una
hermana de mi padre, la señora Ceyssac, que no vino a establecerse en
Trembles, hasta que el cuidado de mi fortuna y de mi educación
reclamaron decididamente su presencia. Encontró en mi un niño salvaje,
inculto, en plena ignorancia, fácil de someter, difícil de convencer,
vagabundo en toda la extensión de la palabra, sin la menor idea de
disciplina y de trabajo y que se quedó con la boca abierta la primera
vez que le hablaron de estudio y empleo del tiempo, asombrado ante la
idea de que la vida no estuviera reducida al hecho de corretear de acá
para allá por el campo. Hasta entonces no había hecho yo nada más que
eso. Los únicos recuerdos que me quedaban de la existencia de mi padre
eran éstos: en los escasos momentos en que le daba un poco de reposo la
enfermedad que le consumía, salía, ganaba a pie el muro exterior del
parque y se paseaba horas y horas tomando el sol, marchando penosamente
apoyado en un grueso bastón, dándome la impresión de la ancianidad
decrépita. Entretanto corría yo por el campo entretenido en tender lazos
a los pájaros. No habiendo recibido otras lecciones, creía yo imitar,
poco más o menos exactamente, lo que había visto hacer a mi padre. Mis
camaradas eran todos hijos de campesinos de la vecindad o muy perezosos
para ir a la escuela o demasiado pequeños para trabajar la tierra, y
todos ellos me animaban con su ejemplo a vivir sin preocuparme lo más
mínimo del porvenir. La educación que me resultaba agradable, la sola
enseñanza que no me impulsaba a rebelarme, y fíjese usted bien, lo único
que debía dar frutos durables y positivos me venía de ellos. Llegaba a
mí confusamente, por rutina, el conocimiento de esa porción de hechos y
pequeñeces que constituyen la ciencia y el encanto de la vida campesina;
y para aprovechar tales enseñanzas poseía yo todas las aptitudes
deseables: salud robusta, ojos de aldeano, es decir, una vista
admirable, el oído acostumbrado desde muy temprano a percibir los
ruidos más leves, piernas infatigables, y con todo esto gran afición a
las cosas que suceden al aire libre, que se observan, que se escuchan,
poco gusto por lo que se lee y una curiosidad insaciable por lo que se
refiere: las historias maravillosas contenidas en libros me interesaban
mucho menos que las consejas y ponía las supersticiones locales muy por
encima de los cuentos de hadas.
A los diez años me parecía a todos los chicos de Villanueva: sabía tanto
como cualquiera de ellos, y algo menos que sus padres; pero entre ellos
y yo había una diferencia imperceptible entonces, que se determinó de
pronto más adelante: la existencia y los hechos que nos eran comunes me
causaban sensaciones que ellos no sentían. Así, es evidente para mí,
cuando me acuerdo, que el placer de poner trampas tendidas a lo largo de
las enramadas, de espiar a los pájaros, no era lo que más me cautivaba
en la caza; y lo prueba que el único testimonio un poco vivo que me
queda de aquellas emboscadas continuas es la visión neta de ciertos
lugares, la noción exacta de la hora y de la estación y hasta la
percepción de ciertos ruidos. Acaso juzgue usted demasiado pueril el que
me acuerde de que, hace treinta y cinco años, un día que levantaba mis
trampas en un terreno recientemente labrado, hacía este o el otro
tiempo, que las tórtolas de septiembre cruzaban con un batir de alas muy
sonoro, y que en torno del llano los molinos de viento esperaban con las
aspas desnudas el viento que no llegaba. No sabría decir yo, cómo es que
una particularidad de tan nimio valor pudo fijarse en mi memoria con la
data precisa del año y hasta del día, hasta el punto de hallar su lugar
en este instante en la conversación de un hombre más que maduro ya; y al
citar este hecho--como podría hacerlo con otros muchos,--sólo me
propongo hacerle notar a usted que algo se desprendía ya de mi vida
externa y se formaba en mí cierta memoria especial muy poco sensible a
la impresión de los hechos, pero de singular aptitud para fijar el
recuerdo de las sensaciones.
Lo que había de más positivo--sobre todo para quienes mi porvenir
hubiera podido ser objeto de atención,--es que aquella manera de vivir
mal llamada sana y vigorizadora, constituía una pésima forma de
educación.
Por muy despreocupado que yo fuese, tuteándome y codeándome con
camaradas de aldea, en el fondo estaba solo: porque era solo de mi raza,
solo de mi rango, y en desacuerdo, por múltiples conceptos, con el
porvenir que me esperaba.
Me ligaba a gentes que podían ser mis servidores, no mis amigos; me
arraigaba sin advertirlo, sabe Dios con qué resistentes fibras, en
lugares que habría de abandonar lo más pronto posible; adquiría, en fin,
costumbres que no conducirían más que a hacer de mí la persona ambigua
que usted conocerá más adelante, mitad campesino y mitad _dilettante_,
tan pronto lo uno como lo otro, y muchas veces uno y otro sin que jamás
ninguno de los dos prevaleciera. Mi ignorancia, como queda dicho, era
extrema: mi tía se dio cuenta de ello y se apresuró a traer a Trembles
un preceptor, joven maestro del colegio de Ormessón. Era un espíritu
bien conformado: sencillo, discreto, preciso, nutrido de lecturas,
teniendo una opinión sobre todas las cosas, dispuesto a proceder, pero
nunca antes de haber discutido los motivos de sus actos, muy práctico y
por fuerza muy ambicioso. A nadie como a él he visto entrar en la vida
con menos ideal y más sangre fría, ni apreciar su destino con visual
más firme contando con menos recursos. Tenía la mirada franca, el gesto
libre, la palabra neta; y exactamente el atractivo, el tipo y el talento
que son necesarios para deslizarse insensiblemente en las masas e
imponerse. Un carácter semejante, en oposición absoluta con el mío, era
el más apropiado para hacerme sufrir; pero debo añadir que, además de
ser realmente bueno, poseía una rectitud de espíritu a toda prueba.
Aparentaba más de treinta años, aunque sólo contaba veinticuatro, y se
llamaba Agustín, nombre que usaré para designarlo, hasta nueva orden.
Tan pronto como se instaló entre nosotros cambió mi vida, en el sentido
a lo menos de que de ella hicieron dos partes. No renuncié a las
costumbres adquiridas, pero me fueron impuestas otras. Tuve libros,
cuadernos de estudio, horas de trabajo; con eso se acrecentó mi afición
a las distracciones permitidas en los intervalos dedicados al recreo, y
lo que bien puedo llamar mi pasión por el campo aumentó con la necesidad
de diversiones.
La casa de Trembles era entonces igual que usted la ve. ¿Más alegre o
más triste?... Los niños tienen la predisposición a alegrar y
engrandecer lo que les rodea en términos que más tarde todo se
empequeñece y se torna triste sin causa aparente y tan sólo porque el
punto de mira no es el mismo. Andrés--a quien usted conoce y que no ha
salido de la casa desde hace sesenta años, me ha repetido muchas veces
que entonces todo sucedía poco más o menos como ahora. La manía que
contraje muy temprano de escribir mis iniciales y de estampar sellos
conmemorativos por cualquier cosa, podría servirme para rectificar mis
recuerdos si ellos no fueran completos e infalibles. En algunos
momentos, como usted comprenderá, los largos años que me separan de la
época de que estoy hablando desaparecen, olvido que he vivido después,
que el tiempo y las circunstancias me han impuesto cuidados más graves,
han creado causas diferentes de alegría y de tristeza y establecido
razones de enternecimiento mucho más serias: es como una antigua trampa
en que se cae de nuevo, y permítame usted esta imagen en gracia a que
está un poco más conforme con lo que siento; como una vieja llaga ya
completamente curada, pero sensible, que de pronto se reanima, y al
tocarla duele y hace gritar. Imagine usted que antes de ingresar en el
colegio, al que fui más tarde, ni un solo día dejé de ver aquel
campanario que se distingue allá lejos, viviendo en los mismos lugares y
observando las mismas costumbres, y comprenderá que al encontrar hoy las
cosas de entonces en igual ser y estado que las conocí y las amé, siga
amándolas. Sepa usted que ni uno solo de los recuerdos de aquella época
se ha borrado--diré más aún,--ninguno de ellos se ha debilitado y no le
causará asombro el que divague hablándole de reminiscencias que tienen
el poder de rejuvenecerme al punto de volverme niño. Hay nombres de
lugares especialmente, que nunca he podido pronunciar a sangre fría, y
el de Trembles es uno de ellos.
Aun conociendo usted estos lugares tan bien como yo, es dificilísimo que
llegue a comprender hasta qué punto yo los hallaba deliciosos: todos lo
eran para mí, hasta el jardín que, ya lo ve usted, es bien modesto.
Había en él árboles, cosa rara en todo el contorno, y muchos pájaros en
ellos, porque el arbolado los atrae y no los podrían hallar en otra
parte; había también en él, orden y desorden, paseos enarenados que
conducían a las verjas de entrada y que halagaban cierto afán que
siempre tuve por los sitios en que puede uno discurrir con cierto
aparato; paseos en los cuales las damas de otra época habrían podido
desplegar sus vestidos de ceremonia; oscuros rincones, bosquecillos
húmedos, apenas penetrados por el sol, en los cuales todo el año crecía
el verdoso césped sobre la tierra esponjosa, lugares solitarios
visitados sólo por mí, que ofrecían cierto aspecto de vejez y de
abandono y estaban llenos de recuerdos. Gustábame sentarme en los
macizos que limitan las sendas e informarme de la edad de los arbustos
que los poblaban, todos muy viejos; tanto, que aseguraba Andrés que ni
mi padre, ni mi abuelo, ni mi bisabuelo los habían visto plantar. Por
las tardes, desde lo alto de la casa contemplaba el jardín; en el ángulo
del parque los almendros, los primeros árboles cuyas hojas arrancaba el
viento de septiembre, formando raro transparente sobre el fondo
llameante del cielo teñido por los rojos destellos del sol poniente. En
el parque había muchos árboles blancos, los fresnos y los laureles en
los cuales habitaba una multitud de zorzales y de mirlos durante todo el
otoño; y más lejos se destacaba un grupo de añosas encinas--el árbol que
se despoja el último y reverdece el primero; que hasta en diciembre
conservaba su rojiza hojarasca, cuando todo el bosque parecía muerto;
que asilaba en sus nidos a las urracas y ofrecía elevado lugar de reposo
a las aves de alto vuelo; en cuyas ramas se posaban los primeros cuervos
que el invierno atraía al país.
Cada estación nos traía sus huéspedes y cada uno de ellos elegía el más
adecuado alojamiento: los pájaros de primavera en los árboles en flor;
los de otoño un poco más alto; los del invierno en la espesura, en los
grupos de árboles de hoja perenne, en las encinas y en los laureles.
Algunas veces, en pleno invierno, por la mañana, un ave más rara volaba
en algún rincón muy solitario del bosque; su vuelo era ruidoso, torpe,
pero rápido; era una chocha-perdiz llegada por la noche; subía chocando
las alas con las ramas desnudas de los árboles y se deslizaba entre
ellos; apenas se le veía un momento, el tiempo preciso para mostrar su
pico largo y recto. Después ya no se volvía a encontrarla hasta el año
siguiente por la misma época y en el sitio mismo, al punto que parecía
ser el mismo emigrante que retornaba.
Las tórtolas llegaban en mayo, al mismo tiempo que las abubillas o
cucos. En las noches serenas y tibias oíase su arrullo, suave y lento,
cuando en el aire había un hálito de juventud que parecía exhalarse de
la activa expansión de la savia nueva. En las profundidades de la
espesura, sobre el límite del jardín, en los cerezos blancos, en las
alheñas en flor, en los tilos cargados de aromosos ramos, toda la
noche--durante aquellas largas noches en que yo dormía poco, cuando
brillaba la luna o a veces caía la lluvia, lenta, caliente, silenciosa,
como lágrimas de gozo,--para mi delicia y mi tormento gorjeaban o no los
ruiseñores. Callaban si el tiempo era triste; y si brillaba el sol
recomenzaban sus trinos prometiendo el próximo verano. Después de la
cría ya no se les oía. Y muchas veces, a fines de junio, cuando el sol
abrasaba, en la espesura del bosque solía encontrar un pajarito mudo, de
color oscuro, azorado, que erraba sólo revoloteando de rama en rama: era
la avecilla de primavera que nos abandonaba.
En la campiña, los prados, próximos a madurar, amarilleaban; los
sarmientos más viejos crepitaban; las viñas mostraban sus primeros
botones. Las mieses, aun verdes, se extendían a lo lejos por todo el
llano, ondulantes, teñidas de amaranto y de rojo. Un mundo sin fin de
insectos, de mariposas, de pájaros se agitaba, se multiplicaba bajo
aquel sol de junio en indescriptible expansión de vida. Las golondrinas
surcaban el aire, y por las noches, cuando los vencejos cesaban de
perseguirse lanzando agudos chillidos, salían los murciélagos, y aquel
raro enjambre que parecía resucitado en las cálidas noches, comenzaba su
incierto revoloteo en derredor de las viviendas. Desde que comenzaba la
recolección del heno la vida del campo era de constante fiesta. Era el
primer trabajo colectivo que obligaba a reunirse en el mismo sitio
numerosos grupos de trabajadores.
Estaba yo presente cuando se guadañaban los prados, cuando se hacinaba
el heno, y gozaba dejándome llevar sobre alguna carreta que regresaba al
poblado. Tendido en lo más alto de la enorme carga como niño en un gran
lecho, mecido por el dulce movimiento del vehículo rodando sobre la
hierba cortada, miraba desde más alto que de ordinario un horizonte que
me parecía infinito. Veía el mar extendiéndose hasta perderse de vista,
por encima de la línea verdosa de los campos cultivados; los pájaros
pasaban volando más cerca de mí; experimentaba la sensación de un
ambiente más amplio, de una extensión más vasta que me hacía perder por
un momento la noción de la vida real.
Apenas recolectados los forrajes comenzaban a amarillear los trigos. Y
se reproducían el mismo trabajo, igual movimiento en estación más
cálida, bajo sol más vivo, con alternativas de fuertes vientos o calma
atmosférica que producía jornadas de espantoso calor y noches como
auroras, precursoras de días de tormenta en que el ambiente, cargado de
irritante electricidad, reaccionaba aparatosamente. Menos embriaguez y
más abundancia: haces de mies cayendo sobre la tierra cansada de
producir y consumida por el sol: he ahí el verano. El otoño de nuestro
país ya lo conoce usted; es la estación bendita. Después el invierno; el
círculo del año cerrándose sobre él. Entonces habitaba más en mi cuarto;
mis ojos, siempre despiertos, se ejercitaban en penetrar las nieblas de
diciembre y las tupidas cortinas de lluvia que cubrían la campiña de un
lato más sombrío que la escarcha.
Cuando los árboles quedaban del todo despojados de sus hojas abarcaba yo
mejor la extensión del parque. Nada lo engrandecía tanto como la bruma
invernal cubriendo de un velo azulado la lejanía y falseando la noción
exacta de la distancia. Ninguno o muy escaso ruido, pero cada nota más
perceptible; por la noche, sobre todo, extrema sonoridad en el aire. El
canto de un pinzón se prolongaba infinitamente en las alamedas desiertas
y mudas, sin obstáculos a la vibración, embebidas de aire húmedo y
penetradas de silencio. El recogimiento que caía entonces sobre Trembles
era inexplicable; durante cuatro meses de invierno condensaba,
concentraba, grababa con caracteres indelebles en mi espíritu aquel
mundo alado, sutil, de visiones y de dones, de ruido y de imágenes que
había vivido durante los otros ocho meses del año con una actividad que
tanto asemejaba a un ensueño.
Entonces se apoderaba Agustín de mí. La estación le ayudaba: en ella le
pertenecía casi del todo y expiaba lo mejor posible el largo olvido de
tantos días sin empleo. Pero, ¿también sin provecho?...
Muy poco sensible a las cosas que nos rodeaban, mientras su discípulo
estaba a tal punto absorbido en ellas; bastante indiferente al curso de
las estaciones para equivocarse de mes como podía tergiversar la hora;
invulnerable a tantas sensaciones de las cuales estaba yo acribillado,
deliciosamente herido en todo mi ser; frío, metódico y tan correcto y
regular de humor como era desigual el mío, Agustín vivía a mi lado sin
preocuparse de lo que pasaba en mí ni sospecharlo siquiera. Salía poco,
raras veces abandonaba su habitación en la cual trabajaba desde la
mañana a la noche y sólo se permitía reposo en las noches de estío que
no se velaba y porque le faltaba la luz del día. Leía, tomaba notas; por
espacio de meses y meses le veía yo escribir en prosa y las más veces
muchas cosillas en diálogo. Un calendario le servía para elegir series
de nombres propios. Los estampaba en forma de lista con anotaciones; les
asignaba una edad, señalaba los rasgos fisonómicos de cada uno, su
carácter, alguna originalidad, una rareza, algo ridículo. Era el
personal imaginado para los dramas o las comedias. Escribía muy de
prisa, con una caligrafía simétrica, muy clara, y parecía dictarse los
escritos a media voz. Algunas veces, cuando una observación más aguda
surgía de la pluma, sonreía; y después de un párrafo largo y compacto en
el cual alguno de sus personajes había hablado largo y tendido,
reflexionaba un instante, como si tomara aliento, y oíale yo murmurar:
«Vamos a ver, ¿qué replicamos?» Y cuando le venía el deseo de hacer
confidencias, me llamaba y me decía: «Oiga esto, señorito Domingo.»
Raras veces llegaba a comprenderle. ¿Cómo era posible que me interesara
por asuntos de personas a quienes no conocía, a las cuales jamás había
visto?
Todas aquellas complicaciones de diversas existencias tan perfectamente
extrañas a la mía, me parecía que pertenecían a una sociedad imaginaria
en la cual maldito si deseaba penetrar.
--Ya lo comprenderá usted más tarde--decía Agustín.
Bien se me alcanzaba que lo que tanto deleite encerraba para mi joven
preceptor, era el espectáculo del juego de la vida, el mecanismo de los
sentimientos, el conflicto de intereses, de ambiciones, de vicios; pero,
lo repito, para mí era indiferente que el mundo fuese como un gran
tablero de ajedrez--según decía Agustín,--que la vida fuese una partida
mejor o peor jugada y que hubiese reglas para ese juego.
Con frecuencia Agustín escribía cartas y las recibía, muchas timbradas
en París. Estas eran las que abría con más prisa y leía con mayor
interés, animado el rostro por la emoción--él que de ordinario se
mostraba tan discreto,--y la llegada de aquellas cartas estaba siempre
seguida por cierto abatimiento que sólo duraba algunas horas o por una
animación y una verbosidad extraordinaria que persistía por muchas
semanas.
Una o dos veces le vi hacer un paquete de ciertos papeles, encerrarlo en
un sobre con dirección a París y entregarlo con especial recomendación
al encargado del correo en Villanueva. Luego notábase que esperaba con
febril ansiedad una respuesta que no llegaba siempre, por lo visto.
Después, otra vez comenzaba a llenar cuartillas, como un roturador que
pasa de uno a otro surco. Se levantaba muy temprano, y se apresuraba a
emprender el trabajo como si alguien le obligara o hubiese tomado un
destajo, se acostaba muy tarde y jamás se acercaba a la ventana para
averiguar si llovía o hacía sol; seguro estoy de que se marchó de
Trembles ignorando que en las torrecillas había veletas, sin cesar
agitadas, que señalaban los cambios de dirección del viento y la
alternada vuelta de ciertas influencias atmosféricas.
--¿Qué le importa a usted eso?--solía decirme cuando veía que me
preocupaba del viento.
Gracias a una prodigiosa actividad por la cual no se afectaba su salud y
que parecía ser su natural elemento, a todo proveía: a su trabajo y al
mío. Me sumergía en el estudio, me obligaba a leer y releer los libros,
me exigía interpretar, analizar, copiar, y no me dejaba salir al aire
libre más que cuando advertía que estaba aturdido por causa de aquella
violenta inmersión en un mar de palabras.
Bajo su dirección y su cuidado aprendí rápidamente--y en verdad sin
grandes fatigas--todo lo que debe saber un niño cuyo porvenir todavía no
está definido, pero de quien se pretende hacer, por lo pronto, un
colegial. Su propósito era abreviar los años de colegio preparándome lo
más de prisa posible para los estudios superiores.
Así pasaron cuatro años, al cabo de los cuales consideró que estaba ya
en condiciones de abordar la segunda enseñanza, y con inconcebible
espanto veía yo acercarse el instante de abandonar mi casa de Trembles.
Jamás olvidaré los días que precedieron a mi próxima partida: fue como
un acceso de sentimentalismo enfermizo, sin la más leve apariencia de
razonamiento, tanto, que una verdadera desventura no lo hubiese
ocasionado más vivamente. Había llegado el otoño y todo lo que me
rodeaba concurría a determinar aquel estado de mi alma. Un solo detalle
le dará a usted idea de esto.
Agustín me había impuesto como prueba definitiva de mi preparación, una
composición latina sobre el tema de la partida de Aníbal cuando
abandonó Italia. Bajé a la terraza sombreada por las parras, y al aire
libre, sobre el parapeto mismo que bordea el jardín, me puse a escribir.
Aquel tema formaba parte del escaso número de hechos históricos que me
interesaban y, por excepción, era de todos ellos el que tenía la virtud
de conmoverme profundamente. La batalla de Zama me había siempre causado
la más personal emoción como catástrofe en la cual veía yo tan sólo el
heroísmo sin preocuparme del derecho. Me acordaba de todo lo que había
leído, trataba de representarme al hombre detenido por la fortuna
adversa, a su país cediendo más bien a fatalidades de raza que no a
contrastes militares, descendiendo a la costa, no abandonándole sin
pena, lanzándole un postrer adiós de desesperación y de reto, y bien que
mal trataba de expresar lo que me parecía ser la verdad, sino histórica,
lírica al menos.
La piedra que me servía de pupitre estaba tibia; los lagartos se
paseaban casi al alcance de mi mano tomando el sol. Los árboles, que ya
no eran del todo verdes, el día menos caluroso, las sombras más
dilatadas, el ambiente tranquilo, todo hablaba con el encanto del otoño,
época de declinación, de desfallecimiento y de odios. Los pámpanos
amarillentos caían uno a uno sin que el más leve soplo de viento agitara
los sarmientos. El parque estaba silencioso. Los pajarillos cantaban con
un acento que me llegaba hasta lo más hondo del corazón. Una conmoción
profundísima, indescribible, indominable me dominaba como ola próxima a
romper, extraña mezcla de amargura y de satisfacción íntima. Cuando
Agustín bajó a la terraza hallome llorando.
--¿Qué tiene usted?--me dijo.--¿Es Aníbal quien le hace llorar?
Por toda respuesta le presenté las páginas que había escrito.
Me miró con cierta sorpresa, se aseguró de que nada había en torno de
nosotros que pudiera explicar el efecto de tan gran emoción, lanzó una
mirada rápida y distraída sobre el parque, el jardín, el cielo, y
añadió:
--Pero, ¿qué le pasa a usted?...
Después se puso a leer mi trabajo.
--Está bien--me dijo luego que hubo leído la composición;--pero es un
poco insípido. Puede usted hacer algo mucho mejor, aunque este escrito
le colocaría a usted en un buen rango de cualquier clase de cierta
importancia. Aníbal experimentó demasiada pesadumbre; no tuvo bastante
confianza en el pueblo que le esperaba en armas al otro lado del mar.
Adivinaba el contraste de Zama--me dirá usted.--Pero su derrota no se
debió a su impericia. Habría ganado la batalla si hubiese tenido el sol
a la espalda. Por otra parte le quedaba Antiocus; y después de Prusias
traidor, el veneno. Nada está perdido para un hombre en tanto que no ha
dicho su última palabra.
Llevaba en la mano, abierta ya, una carta de París que hacía pocos
minutos había recibido. Estaba más animado que de ordinario; cierta
excitación fuerte, alegre, resuelta, brillaba en sus ojos, cuyo mirar
era siempre muy directo, pero que por lo común se iluminaba poco.
--Mi querido Domingo--continuó, paseando a mi lado por la
terraza,--tengo que participarle a usted una buena noticia, una noticia
que le será grata, creo, porque sé la amistad que me profesa. El día que
usted entre en el colegio partiré yo a París. Hace largo tiempo he
venido preparándome. Todo está ya dispuesto para asegurar la vida que
allí he de llevar. Soy esperado. He aquí la prueba.
Y así diciendo me mostró la carta.
--El éxito sólo depende de un pequeño esfuerzo y los he hecho más
grandes por cierto. Usted que me ha visto trabajar lo puede decir bien.
Escúcheme, mi querido Domingo; dentro de tres días será usted un alumno
de segunda enseñanza, es decir, algo menos que un hombre y mucho más que
un niño. La edad es lo de menos. Usted tiene diez y seis años; pero, si
usted quiere, dentro de seis meses puede contar diez y ocho. Abandone
usted Trembles y olvídelo. No lo recuerde hasta más tarde, cuando se
trate de arreglar las cuentas de su fortuna. El campo no es para usted;
su aislamiento le mataría. Mira usted siempre o demasiado alto o
demasiado bajo: en lo demasiado alto está lo imposible y en lo demasiado
bajo las hojas secas. La vida no es así; mire siempre adelante y a la
altura de sus ojos y la verá tal cual es. Es usted muy inteligente,
tiene un buen patrimonio y un nombre que le abona; con semejante lote en
su ajuar del colegio se llega a todo. Un último consejo: espere no ser
muy feliz durante los años de estudio. Cuente usted que la sumisión a
nada compromete en lo porvenir y que la disciplina impuesta no es nada
cuando se tiene el buen sentido de imponerla por sí mismo. No cuente
usted demasiado con las amistades de colegio, a menos que tenga usted
libertad para elegirlas; y en cuanto a las envidias de que será usted
objeto, si tiene éxito, como espero, espérelas y sírvanle a manera de
aprendizaje. Por último, no deje pasar un solo día sin repetirse que
sólo trabajando se logra el objeto que se persigue, y que ninguna noche
le tome el sueño sin pensar en París que le espera y en donde nos
volveremos a ver.
Me estrechó la mano con una autoridad de gesto completamente varonil, y
de un salto ganó la escalera que conducía a su cuarto.
Yo bajé al jardín, en el cual el viejo Andrés cavaba los arriates.
--¿Qué hay, señor Domingo?--me preguntó advirtiendo mi turbación.
--Hay que de aquí a tres días partiré a encerrarme en el colegio, mi
buen Andrés.
Corrí a ocultarme en el fondo del parque y allí estuve hasta que se hizo
de noche.