XLII

El príncipe de Mónaco es un príncipe dichoso. Su minúsculo Estado, el

más pacífico del mundo. No agobian á sus súbditos contribuciones ni

cargas. Su ejército es un elegante Cuerpo de Policía; sus barcos no son

de guerra, son de paz, y su insignia, la más alta y más noble expresión

de paz, la Ciencia.

En el _Princesa Alicia_ no van, con el noble príncipe de Mónaco, ni el

conquistador, ni el colonizador, ni el aventurero, ni el viajante de

comercio, ni el deportista; va el sabio explorador de tierras y mares,

sin otro interés que el estudio mismo.

Al contrario de otros príncipes, para este afortunado, el gobernar es

un descanso. Por eso puede hacer del estudio su deporte.

Contra siete vicios hay siete virtudes en este mundo. Pero en los

felices dominios de este príncipe, contra innumerables virtudes hay un

solo vicio.

Él es fuente de prosperidad y bienandanza, él costea las exploraciones

científicas, él permite en Exposiciones universales, al minúsculo

Estado, tan lucido papel como á muchas grandes potencias. El amor á la

Ciencia de un príncipe sabio contrapesa, muy justamente, grandeza y

poderío de otras naciones.

Con todo esto, ¿no pudiera escribirse algo muy interesante sobre la

moral de lo inmoral?

Como toda la moralidad de un Estado no puede ser, en resumidas cuentas,

más que hipocresía, en los Estados moralistas son los trabajadores y

los honrados los que vienen á pagar y á sostener vicios y holganza.

El Principado de Mónaco, sin hipocresía, logra algo más justo: el vicio

tributario y el trabajo exento.

No hay persecución capaz de exterminar un vicio, como el vicio sea de

los arraigados en la naturaleza humana. La persecución infructuosa sólo

conseguirá añadir al vicio del vicioso el delito del encubridor: más

repugnante todavía, cuando tras de encubrir, delata.

En cuanto á que no hay nada tan elástico como la moralidad, ¿es preciso

insistir? Yo confío mucho en la discreción de nuestras autoridades.

Pero, ¿se imaginan ustedes el contraste, si en estos días se le

ocurriera á un delegado sorprender alguna partidita de juego?

El Gobierno, que honra, agasaja, condecora y recibe como se merece al

noble príncipe, soberano dichoso del más dichoso Estado, no podría

consentir esa inconveniencia.

¡Envidiable suerte la de este príncipe! ¡Ay! Tanto como él la Ciencia,

amaría yo el Arte, si se me permitiera explotar siquiera una ruletita

con un par de ceros.

* * * * *

A los partidarios de la pena de muerte les ha parecido crisis de

sentimentalismo y aun de histerismo el movimiento abolicionista

determinado con ocasión de recientes indultos.

Si á histerismo fuéramos, también pudiera haberlo sanguinario, y

siempre sería más expuesto que el filantrópico y sentimental. Pero, ¿á

qué agraviarnos mutuamente? Siempre habrá dos conceptos fundamentales

de la vida: conservador y liberal. En el más amplio sentido de estas

palabras.

El sentido conservador considera la vida con escepticismo oportunista.

La humanidad es mala de suyo y las sociedades constituídas por los

hombres adolecen de sus mismas imperfecciones. Siempre ha sido lo mismo

y lo mismo será mientras el mundo exista. Es inútil aspirar á mejoría ó

perfección.

Contra los perturbadores del orden social no hay más defensa que...

defenderse. Contra los malos, el castigo. ¿La enmienda? ¡Ilusión,

utopía progresista!

Este sentido es muy respetable, y más lo sería llevado al extremo.

Supresión radical de cuanto hay de inútil, perjudicial y parasitario.

A defenderse del criminal como del apestado, del inútil como del vago,

del loco como del imbécil.

¿Quién sabe si esta despiadada selección no sería el medio más eficaz

de cultura?

Pero hay quien considera, tal vez ilusionado, que el espíritu humano es

perfectible y perfectible la vida, y perfectibles las sociedades. La

historia conocida de la humanidad es de muy poco tiempo y son días los

siglos de que podemos tener noticias, y aun esos bastan para decirnos

que es hacia el bien el lento caminar y hacia la perfección todo el

camino. Poco á poco y despacio, eso sí. El efectivo avance apenas

responde al aliento espiritual.

El poeta del premio Nobel, en este año, Maeterlink, lo dice: «Para

realizar siquiera un bien pequeño en nuestras acciones, hay que soñar

con las más altas y generosas empresas de bondad.»

En cuanto á la parte de responsabilidad social, de solidaridad, mejor,

en virtudes y en crímenes, ¿no habéis leído _Resurrección_, de Tolstoi?

Antes de juzgar debemos juzgarnos. Será la mejor lección de todo delito.

Consideremos el caso de Cullera. Ya parece lejano, como un suceso

histórico. No puede haber ofensa para la memoria del juez cruelmente

asesinado. Doy por supuesto que era el juez más íntegro, más justo,

más digno. Lo era. Pero, ¿es siempre así? El que haya vivido algún

tiempo en un pueblo, ¿sabe de las injusticias, de las iniquidades, de

las tropelías de la justicia al servicio de los caciques?

Los pueblos sufren años y años, y en un día, por fin, se cobran, con

aparente injusticia, quizás cuando menos debieran y en quien menos mal

hizo, todas las injusticias padecidas... Hicieron mal, no hay duda.

Pero, ¿dónde empezó el mal?

Eranse dos amigos, de los cuales el uno en cuanto ponía mano prosperaba

y juntó un cuantioso capital en poco tiempo. El otro era tan

desdichado, que el negocio más seguro acababa para él en un desastre.

Por si su mala suerte consistía en ser más honrado en sus tratos

que el amigo, se dejó de escrúpulos y quiso imitarle, por ver si se

desquitaba. Todo le salía mal del mismo modo.

Un día jugaban al tute los dos amigos, mano á mano, y el infeliz no

lograba baza, mientras el otro no dejaba de acusarle las cuarenta, más

veinte, y vuelta á lo mismo, y así toda la partida.

El perdidoso bramaba y para sus adentros iba repasando su historia y

la de su amigo, la sinrazón de sus malos negocios y los buenos del

otro, las pillerías que al amigo le habían enriquecido y á él sólo

le habían traído pleitos y disgustos. Y al fin, cuando una vez más

le acusaba el amigo las cuarenta, se levantó, rojo de cólera, tiró

cartas, mesa, sillas y luces y la emprendió á golpes con el ganancioso,

gritándole:--¡Ladrón! ¡Pillo! ¡Granuja! ¡Si toda tu vida has sido lo

mismo!

Nadie podía explicarse aquel arrebato; todos se lo afearon mucho.

¡Ponerse así porque le acusaban las cuarenta!

Pero, lo que él decía:--¡Señor! ¿Si creerán que ha sido por estas

cuarenta de hoy? ¡Si es que toda su vida me las ha estado acusando y...

ya no podía más, ea, ya no podía más!

Hay muchas cosas, inexplicables en un momento, que tienen su

explicación en toda una vida.

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 47 / 49 题