En literatura destinada á los niños hemos sido, por mucho tiempo,
importadores de libros extranjeros. El _Juanito_ de nuestra niñez, el
admirable _Corazón_, de Amicis; los cuentos de Grimm, de Andersen, no
tienen en España equivalentes. Las mismas fábulas de Samaniego, la más
castiza lectura en nuestros tiempos de colegiales, al través de Esopo
y de Fedro, llegan á España por el francés La Fontaine, tan odioso á
Lamartine como educador. En efecto, la moral de las fábulas es algo
sanchopancesca, rastrera, y el gran poeta tenía sobrada razón para
abominar de ellas como libro iniciador de poesía en el espíritu del
niño.
Los cuentos de Perrault, por su asunto, serán eternamente encanto de
los niños, aunque su erudito autor, al contarlos, puso en ellos cierta
socarronería, como para las damas y cortesanos de colmillo retorcido,
en quienes pensaba al escribirlos más que en los ingenuos lectores
infantiles.
Las _Mil y una noches_, por mucho que se expurgen, no son de lectura
muy conveniente para niños. Trascienden á sensualidad oriental y
perturban la imaginación.
Nuestro _Don Quijote_, fuerza es confesarlo, es de incomprensible y
aburridísima lectura para chicos. Es libro para leerlo después de los
treinta años. Por eso hay tan pocas mujeres que lo hayan leído.
En publicaciones periódicas para la infancia tampoco hemos sido muy
fecundos. La mejor, sin duda, fué _Los Niños_, periódico fundado y
dirigido por D. Carlos Frontaura, de grata memoria, y sus artículos y
cuentos más amenos traducciones eran también casi siempre.
En colaboración con D. Teodoro Guerrero publicó el mismo D. Carlos
Frontaura unas cuantas comedias para niños, de moral un tanto
sensiblera, pero muy bien intencionadas; y una entre todas, titulada
_Una lección de historia_, muy bien compuesta para grabar en la
imaginación de los niños gloriosas páginas de la Historia de España.
Otro distinguido escritor, Segovia Rocaberti, publicó también una
colección de obritas teatrales infantiles. Hoy día publica también una
el Sr. Espasa, en Barcelona. De Buenos Aires recibí, poco tiempo ha,
otra numerosa colección.
De Fernán-Caballero tenemos una Mitología, explicada á los niños,
verdadera obra maestra de discreción y de buen gusto.
Para niños de librepensadores y racionalistas es obra muy apreciable
_Ponos ó La Comedia Humana_, de D. Melitón Martín, obra injustamente
olvidada, á mi entender; tal vez famosa en todo el mundo si no fuera
española.
Como nuestra enseñanza, cuando no es de una estrechez de miras
clerical, es de una pedantería filosófica aún más estrecha, la obra de
D. Melitón Martín ha padecido bajo el natural desvío de los unos, que
no quieren que nadie sepa de nada, y de los otros, que se lo saben todo.
Entre la infinita ignorancia y la infinita sabiduría, extremos, sin
término medio, de la mentalidad española, ó no nos enteramos de nada,
ó sólo de Kant para arriba. O en el zaguán ó en el quinto cielo. Y en
el quinto cielo de un salto, sin tomarnos el trabajo de subir por las
escaleras.
Género muy difícil de literatura es un género en que ha de olvidarse
el escritor de toda literatura; cosa muy difícil para el verdadero
literato y cosa imposible al que no lo es: que se acuerde de toda la
mala literatura á la hora de escribir.
Para escribir un buen cuento de niños hay que tener alma de madre. Lo
que es lo mismo, ser un gran artista, verdadero artista. El alma del
Arte es alma de madre, como el alma de la Naturaleza.
Género de arte en que debieran triunfar las mujeres, si no fuera que la
mayoría de las mujeres escritoras tienen muy poco de femenino.
Cuando la mujer es mujer antes que escritora y mucho antes que
literata, escribe, cuenta, mejor dicho, deliciosos cuentos de niños,
todos de ingenua imaginación y candoroso sentimiento. Cuentos que
pueden interesar á los niños de todos los tiempos y de todos los
países; porque el alma del niño es siempre universalmente primitiva.
En cada niño nace la Humanidad. En cada nación, desde las capitales
civilizadas, emporio de cultura, hasta las aldehuelas pastoriles, más
que unidas, apartadas por senderos riscosos de las ciudades, puede
estudiarse, mejor que en los libros, la historia de las razas y los
pueblos en su más remota ascendencia. No son códices y monumentos,
cronicones y sepulcros los que mejor nos hablan de edades pasadas;
son seres vivos, hombres y mujeres, que viven hoy en el alma de otras
edades, las más remotas, hasta la misma edad de piedra.
Los grandes escritores, cuya gloria perdura sobre los pueblos y los
siglos, son los que acertaron á contar mejor esos eternos cuentos que
interesa siempre al espíritu infantil de la Humanidad.
Todas las grandes obras de la literatura, si bien se advierte, son
cuentos de niños. Obras que conmoverán eternamente lo que hay de niño
en el alma de todos los hombres y de todos los pueblos.
Cuentos de niños, _La Iliada_ y _La Odisea_; cuentos de niños, _La
Divina Comedia_, y nuestro _Romancero_, y _La Canción_, de Roldán, y
los _Fabliaux_ franceses, y los cuentos de Chaucer, y las tragedias de
Shakespeare, y los dramas legendarios de nuestro teatro...
Hoy, entre el espíritu del escritor y el espíritu del pueblo, el
eterno niño, media una distancia que no basta á salvar una artificiosa
sencillez toda de habilidades literarias. La sencillez no se imita con
nada; con la bobería, mucho menos. Ni con místicos ó castizos vocablos.
Sin afectación, alegre, claro, limpio, llega un libro de cuentos para
niños, _Cuentos de hechos_, de Gertrudis Segovia, libro de mujer,
como yo quisiera todos los libros escritos por mujeres; libro que
añade á nuestra pobre literatura infantil unas flores, más valiosas
que joyas. Hay en él cuentos comparables en interés al delicioso del
_Pájaro Azul_, de Mme. D'Aulnoy, y á _La Bella y la Bestia_, de Mme.
de Beaumont. Son verdaderos cuentos para niños. Y doy fe de ello,
porque sé de varios niños que los han leído con entusiasmo y sé de una
señorita distinguida que se ha aburrido mucho. Una señorita distinguida
es lo menos infantil que se conoce. Una señorita distinguida, si la
dicen que puede tener hijos, suele exclamar: ¡Por Dios! Chiquillos, no.
¡Qué lata!
A señoritas de estas de ¡Qué lata! no hay que ofrecerles cuentos para
niños. Con la conversación de algún joven, tan distinguido como ellas,
tienen bastante pasto intelectual.