XLI

En literatura destinada á los niños hemos sido, por mucho tiempo,

importadores de libros extranjeros. El _Juanito_ de nuestra niñez, el

admirable _Corazón_, de Amicis; los cuentos de Grimm, de Andersen, no

tienen en España equivalentes. Las mismas fábulas de Samaniego, la más

castiza lectura en nuestros tiempos de colegiales, al través de Esopo

y de Fedro, llegan á España por el francés La Fontaine, tan odioso á

Lamartine como educador. En efecto, la moral de las fábulas es algo

sanchopancesca, rastrera, y el gran poeta tenía sobrada razón para

abominar de ellas como libro iniciador de poesía en el espíritu del

niño.

Los cuentos de Perrault, por su asunto, serán eternamente encanto de

los niños, aunque su erudito autor, al contarlos, puso en ellos cierta

socarronería, como para las damas y cortesanos de colmillo retorcido,

en quienes pensaba al escribirlos más que en los ingenuos lectores

infantiles.

Las _Mil y una noches_, por mucho que se expurgen, no son de lectura

muy conveniente para niños. Trascienden á sensualidad oriental y

perturban la imaginación.

Nuestro _Don Quijote_, fuerza es confesarlo, es de incomprensible y

aburridísima lectura para chicos. Es libro para leerlo después de los

treinta años. Por eso hay tan pocas mujeres que lo hayan leído.

En publicaciones periódicas para la infancia tampoco hemos sido muy

fecundos. La mejor, sin duda, fué _Los Niños_, periódico fundado y

dirigido por D. Carlos Frontaura, de grata memoria, y sus artículos y

cuentos más amenos traducciones eran también casi siempre.

En colaboración con D. Teodoro Guerrero publicó el mismo D. Carlos

Frontaura unas cuantas comedias para niños, de moral un tanto

sensiblera, pero muy bien intencionadas; y una entre todas, titulada

_Una lección de historia_, muy bien compuesta para grabar en la

imaginación de los niños gloriosas páginas de la Historia de España.

Otro distinguido escritor, Segovia Rocaberti, publicó también una

colección de obritas teatrales infantiles. Hoy día publica también una

el Sr. Espasa, en Barcelona. De Buenos Aires recibí, poco tiempo ha,

otra numerosa colección.

De Fernán-Caballero tenemos una Mitología, explicada á los niños,

verdadera obra maestra de discreción y de buen gusto.

Para niños de librepensadores y racionalistas es obra muy apreciable

_Ponos ó La Comedia Humana_, de D. Melitón Martín, obra injustamente

olvidada, á mi entender; tal vez famosa en todo el mundo si no fuera

española.

Como nuestra enseñanza, cuando no es de una estrechez de miras

clerical, es de una pedantería filosófica aún más estrecha, la obra de

D. Melitón Martín ha padecido bajo el natural desvío de los unos, que

no quieren que nadie sepa de nada, y de los otros, que se lo saben todo.

Entre la infinita ignorancia y la infinita sabiduría, extremos, sin

término medio, de la mentalidad española, ó no nos enteramos de nada,

ó sólo de Kant para arriba. O en el zaguán ó en el quinto cielo. Y en

el quinto cielo de un salto, sin tomarnos el trabajo de subir por las

escaleras.

Género muy difícil de literatura es un género en que ha de olvidarse

el escritor de toda literatura; cosa muy difícil para el verdadero

literato y cosa imposible al que no lo es: que se acuerde de toda la

mala literatura á la hora de escribir.

Para escribir un buen cuento de niños hay que tener alma de madre. Lo

que es lo mismo, ser un gran artista, verdadero artista. El alma del

Arte es alma de madre, como el alma de la Naturaleza.

Género de arte en que debieran triunfar las mujeres, si no fuera que la

mayoría de las mujeres escritoras tienen muy poco de femenino.

Cuando la mujer es mujer antes que escritora y mucho antes que

literata, escribe, cuenta, mejor dicho, deliciosos cuentos de niños,

todos de ingenua imaginación y candoroso sentimiento. Cuentos que

pueden interesar á los niños de todos los tiempos y de todos los

países; porque el alma del niño es siempre universalmente primitiva.

En cada niño nace la Humanidad. En cada nación, desde las capitales

civilizadas, emporio de cultura, hasta las aldehuelas pastoriles, más

que unidas, apartadas por senderos riscosos de las ciudades, puede

estudiarse, mejor que en los libros, la historia de las razas y los

pueblos en su más remota ascendencia. No son códices y monumentos,

cronicones y sepulcros los que mejor nos hablan de edades pasadas;

son seres vivos, hombres y mujeres, que viven hoy en el alma de otras

edades, las más remotas, hasta la misma edad de piedra.

Los grandes escritores, cuya gloria perdura sobre los pueblos y los

siglos, son los que acertaron á contar mejor esos eternos cuentos que

interesa siempre al espíritu infantil de la Humanidad.

Todas las grandes obras de la literatura, si bien se advierte, son

cuentos de niños. Obras que conmoverán eternamente lo que hay de niño

en el alma de todos los hombres y de todos los pueblos.

Cuentos de niños, _La Iliada_ y _La Odisea_; cuentos de niños, _La

Divina Comedia_, y nuestro _Romancero_, y _La Canción_, de Roldán, y

los _Fabliaux_ franceses, y los cuentos de Chaucer, y las tragedias de

Shakespeare, y los dramas legendarios de nuestro teatro...

Hoy, entre el espíritu del escritor y el espíritu del pueblo, el

eterno niño, media una distancia que no basta á salvar una artificiosa

sencillez toda de habilidades literarias. La sencillez no se imita con

nada; con la bobería, mucho menos. Ni con místicos ó castizos vocablos.

Sin afectación, alegre, claro, limpio, llega un libro de cuentos para

niños, _Cuentos de hechos_, de Gertrudis Segovia, libro de mujer,

como yo quisiera todos los libros escritos por mujeres; libro que

añade á nuestra pobre literatura infantil unas flores, más valiosas

que joyas. Hay en él cuentos comparables en interés al delicioso del

_Pájaro Azul_, de Mme. D'Aulnoy, y á _La Bella y la Bestia_, de Mme.

de Beaumont. Son verdaderos cuentos para niños. Y doy fe de ello,

porque sé de varios niños que los han leído con entusiasmo y sé de una

señorita distinguida que se ha aburrido mucho. Una señorita distinguida

es lo menos infantil que se conoce. Una señorita distinguida, si la

dicen que puede tener hijos, suele exclamar: ¡Por Dios! Chiquillos, no.

¡Qué lata!

A señoritas de estas de ¡Qué lata! no hay que ofrecerles cuentos para

niños. Con la conversación de algún joven, tan distinguido como ellas,

tienen bastante pasto intelectual.

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 46 / 49 题