Que el concepto de la moralidad varía con las latitudes y los tiempos,
ya lo sabíamos. Sobre todo, siempre que por moralidad se entienda algo
que no pasa de ser conveniencias sociales, y justamente por lo que
tienen de _conveniencias_, la sociedad ha querido elevarlas á preceptos
morales. La verdadera moral está sobre estas conveniencias.
Lo que nos desconcierta un poco es que el concepto de la moralidad
varíe de un distrito á otro, sin más imperativo categórico que el
criterio de un delegado ó inspector. Y esto es lo que sucede con los
salones de variedades y teatros del género chico.
En unos se prohibe lo que en otros se consiente. Aquí se escandaliza
la autoridad por todo y más allá no se escandaliza por nada. Los
empresarios, los directores y los artistas no saben á qué moral
quedarse.
El autor de la parodia de _Lirio entre espinas--Chumbo entre
jazmines_--ha tenido la mala suerte de estrenar su obra en uno de
los distritos comprendidos en la zona moral más rigurosa. Su obra ha
padecido persecuciones sin cuento y, por fin, ha desaparecido de los
carteles.
El autor apela á mi testimonio en defensa de su obra. Como para mí no
hay nada más injusto que la justicia desigual, digo y declaro que nada
vi ni oí en dicha parodia que justifique ese rigor excepcional.
Pero es posible que yo esté equivocado. En un periódico de los que
celebraron siempre cualquier obra en que frailes ó curas salieran
malparados, he leído la más enérgica protesta contra la obra. En
cambio, un periódico de los más conservadores y respetuosos con la
clerecía, se limitaba á celebrar la gracia de la parodia sin la
menor protesta. Es para perder los papeles de la moralidad, y no es
extraño que los delegados no logren ponerse de acuerdo en punto en que
discrepan los filósofos.
Desde ahora habrá una moralidad en el Centro, otra en la Latina, y así
en cada distrito y aun en cada calle.
Un empresario dirá á una cupletista:--¡Mucho cuidado con lo que se
canta, que aquí no está usted en el Hospicio!--Y otro dirá:--Aquí cante
usted lo que quiera, que estamos en la Inclusa.
¿Dónde hallar el definidor que nos unifique el concepto de la moralidad?
Mal ha de ser mientras sean los delegados y no el público los que hayan
de definirla.
* * * * *
Pues no es tan triste que la moralidad vaya por distritos, como que la
piedad, fundamento de la moral, según Schopenhauer, vaya por partidos
políticos.
Y parece ser, como la libertad se hizo en tiempos conservadora, que la
piedad se ha hecho ahora revolucionaria.
Aunque lo que se ha hecho más que nada, en esta ocasión, es inoportuno.
Verdad es que tan inoportunos como los compasivos han estado los
crueles, y ni éstos han debido azuzar á la justicia para que fuera
inexorable en su fallo, ni aquéllos conmover su serenidad con
llamamientos que, en ciertos casos, pueden parecer amenazas. Todo
ello es perturbar el ejercicio de las leyes. Unos y otros han debido
callar mientras la justicia sentenciaba. La compasión y la crueldad,
disfrazadas con sed de justicia, han sido por igual indiscretas. Ante
todo, ha debido respetarse á los jueces.
Después, era llegada la hora de unirnos todos en la compasión, que debe
alzarse siempre majestuosa: por algo es el más alto atributo de los
reyes sobre la justicia de los hombres.
No hay delito, por horrible que sea, en que no tengamos todos una
parte de responsabilidad; volvamos algo de esa justicia inexorable
sobre nosotros mismos, para corregir en lo que podamos nuestra vida, y
vaya toda nuestra compasión al delincuente; pero como sentimiento de
humanidad, no como idea política. Que al decir al que delinquió: «Te
perdono», vea en nosotros al hermano, no al correligionario.
Que las manos que se tienden implorantes no parezca que se alzan
amenazadoras, porque, ante la amenaza, hasta el perdón pudiera parecer
cobardía, y bien está que la justicia ceda á la compasión, pero no al
miedo.
* * * * *
La empresa del teatro de Romea ha dignificado por unas horas el género
de variedades. Una sesión entera sin groserías. Tórtola Valencia con
sus danzas, graciosas evocaciones de arte. Música selecta, vistas
cinematográficas agradables, público... público que lo llevó todo con
paciencia, menos la Quinta sinfonía de Beethoven. No se puede cargar la
dosis en la primera toma. Pero todo se andará. El género ínfimo puede y
debe dignificarse. Sobre todo ahora que los teatros de género chico van
perdiendo todo su atractivo: el de ser baratos y el de que sus obras
fueran chicas. Profundo error del que volverán pronto las empresas.
Como volverán pronto del abuso de obscuridad. Es mucha obscuridad. Esta
noche que Wágner impuso en su teatro, y que el _snobismo_ universal
ha aceptado como condición indispensable para admirar, empieza á ser
ridícula y sigue siendo perjudicial para la vista. No sé por qué ha de
escucharse á Wágner á obscuras--¿será un símbolo?--cuando á Beethoven y
á Bach se les escucha á toda luz en los conciertos. Y pase con Wágner,
aunque ya es pasar toda una ópera atormentando la vista para brujulear
lo que pasa en la escena; pero como hasta los gatos quieren zapatos, ya
no hay piececilla ni esperpento que no pretenda fijar la atención del
espectador con este recurso.
Los oculistas y los ópticos deben de estar en grande con los
espectáculos modernos.