XXXVIII

Que el concepto de la moralidad varía con las latitudes y los tiempos,

ya lo sabíamos. Sobre todo, siempre que por moralidad se entienda algo

que no pasa de ser conveniencias sociales, y justamente por lo que

tienen de _conveniencias_, la sociedad ha querido elevarlas á preceptos

morales. La verdadera moral está sobre estas conveniencias.

Lo que nos desconcierta un poco es que el concepto de la moralidad

varíe de un distrito á otro, sin más imperativo categórico que el

criterio de un delegado ó inspector. Y esto es lo que sucede con los

salones de variedades y teatros del género chico.

En unos se prohibe lo que en otros se consiente. Aquí se escandaliza

la autoridad por todo y más allá no se escandaliza por nada. Los

empresarios, los directores y los artistas no saben á qué moral

quedarse.

El autor de la parodia de _Lirio entre espinas--Chumbo entre

jazmines_--ha tenido la mala suerte de estrenar su obra en uno de

los distritos comprendidos en la zona moral más rigurosa. Su obra ha

padecido persecuciones sin cuento y, por fin, ha desaparecido de los

carteles.

El autor apela á mi testimonio en defensa de su obra. Como para mí no

hay nada más injusto que la justicia desigual, digo y declaro que nada

vi ni oí en dicha parodia que justifique ese rigor excepcional.

Pero es posible que yo esté equivocado. En un periódico de los que

celebraron siempre cualquier obra en que frailes ó curas salieran

malparados, he leído la más enérgica protesta contra la obra. En

cambio, un periódico de los más conservadores y respetuosos con la

clerecía, se limitaba á celebrar la gracia de la parodia sin la

menor protesta. Es para perder los papeles de la moralidad, y no es

extraño que los delegados no logren ponerse de acuerdo en punto en que

discrepan los filósofos.

Desde ahora habrá una moralidad en el Centro, otra en la Latina, y así

en cada distrito y aun en cada calle.

Un empresario dirá á una cupletista:--¡Mucho cuidado con lo que se

canta, que aquí no está usted en el Hospicio!--Y otro dirá:--Aquí cante

usted lo que quiera, que estamos en la Inclusa.

¿Dónde hallar el definidor que nos unifique el concepto de la moralidad?

Mal ha de ser mientras sean los delegados y no el público los que hayan

de definirla.

* * * * *

Pues no es tan triste que la moralidad vaya por distritos, como que la

piedad, fundamento de la moral, según Schopenhauer, vaya por partidos

políticos.

Y parece ser, como la libertad se hizo en tiempos conservadora, que la

piedad se ha hecho ahora revolucionaria.

Aunque lo que se ha hecho más que nada, en esta ocasión, es inoportuno.

Verdad es que tan inoportunos como los compasivos han estado los

crueles, y ni éstos han debido azuzar á la justicia para que fuera

inexorable en su fallo, ni aquéllos conmover su serenidad con

llamamientos que, en ciertos casos, pueden parecer amenazas. Todo

ello es perturbar el ejercicio de las leyes. Unos y otros han debido

callar mientras la justicia sentenciaba. La compasión y la crueldad,

disfrazadas con sed de justicia, han sido por igual indiscretas. Ante

todo, ha debido respetarse á los jueces.

Después, era llegada la hora de unirnos todos en la compasión, que debe

alzarse siempre majestuosa: por algo es el más alto atributo de los

reyes sobre la justicia de los hombres.

No hay delito, por horrible que sea, en que no tengamos todos una

parte de responsabilidad; volvamos algo de esa justicia inexorable

sobre nosotros mismos, para corregir en lo que podamos nuestra vida, y

vaya toda nuestra compasión al delincuente; pero como sentimiento de

humanidad, no como idea política. Que al decir al que delinquió: «Te

perdono», vea en nosotros al hermano, no al correligionario.

Que las manos que se tienden implorantes no parezca que se alzan

amenazadoras, porque, ante la amenaza, hasta el perdón pudiera parecer

cobardía, y bien está que la justicia ceda á la compasión, pero no al

miedo.

* * * * *

La empresa del teatro de Romea ha dignificado por unas horas el género

de variedades. Una sesión entera sin groserías. Tórtola Valencia con

sus danzas, graciosas evocaciones de arte. Música selecta, vistas

cinematográficas agradables, público... público que lo llevó todo con

paciencia, menos la Quinta sinfonía de Beethoven. No se puede cargar la

dosis en la primera toma. Pero todo se andará. El género ínfimo puede y

debe dignificarse. Sobre todo ahora que los teatros de género chico van

perdiendo todo su atractivo: el de ser baratos y el de que sus obras

fueran chicas. Profundo error del que volverán pronto las empresas.

Como volverán pronto del abuso de obscuridad. Es mucha obscuridad. Esta

noche que Wágner impuso en su teatro, y que el _snobismo_ universal

ha aceptado como condición indispensable para admirar, empieza á ser

ridícula y sigue siendo perjudicial para la vista. No sé por qué ha de

escucharse á Wágner á obscuras--¿será un símbolo?--cuando á Beethoven y

á Bach se les escucha á toda luz en los conciertos. Y pase con Wágner,

aunque ya es pasar toda una ópera atormentando la vista para brujulear

lo que pasa en la escena; pero como hasta los gatos quieren zapatos, ya

no hay piececilla ni esperpento que no pretenda fijar la atención del

espectador con este recurso.

Los oculistas y los ópticos deben de estar en grande con los

espectáculos modernos.

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 43 / 49 题