Con motivo del concurso abierto por un empresario de Buenos Aires, para
premiar varias zarzuelas en uno ó dos actos, han vuelto á protestar los
noveles por haber sido excluídos del concurso. La protesta, en este
caso, es muy natural, aunque no puede tener mucha fuerza, por tratarse
de una empresa particular que, en uso de su perfecto derecho, convoca
al concurso á quien mejor le parece. Otra cosa sería si de un concurso
oficial se tratara, ó de teatros subvencionados por algún Gobierno.
Esta cuestión de los noveles será siempre difícil de resolver
á gusto de todos. Sucede con los noveles lo mismo que con los
liberales. No pueden serlo más que en la oposición. En cuanto pasan
á ser gobierno dejan de ser liberales. Es principal deber de un
Gobierno el de sostener el orden social; por muchas que sean las
libertades concedidas y las reformas implantadas, todavía habrá
gentes más avanzadas, más radicales, á quienes todas ellas parezcan
insignificantes. Reducida la legalidad á la mínima expresión de fuerza
restrictiva, siempre habrá rebeldes y descontentos mal hallados en esa
estricta restricción.
Del mismo modo, en cuanto un novel logra estrenar una obra, ya deja de
ser considerado como novel por sus mismos compañeros de la víspera, ya
empieza á ser combatido como un consagrado. Cuando todos los noveles
dignos de ser conocidos llegaran á serlo, siempre quedarán los que se
creen tan dignos de serlo como los otros. Siempre habrá descontentos y
mal avenidos. Todo ello, sin duda, es necesario para la mejor armonía
del mundo, formada, en apariencia, de discordancias, como gran parte
de la música moderna. Tal vez todo no sea más que música en el mundo,
hasta llegar á la suprema armonía del silencio infinito.
Cuando el espíritu en hora de serenidad ha llegado á penetrarse de ese
gran silencio, ladridos y vocinglerías suenan á cánticos celestiales.
* * * * *
No hay duda que, sin los rebeldes, el mundo no hubiera progresado gran
cosa. Todo el que ha hecho algo de provecho en el mundo se ha visto
precisado á perturbar la tranquilidad de su familia, tal vez la de su
patria, tal vez á toda la humanidad.
Los mismos santos perturban la vida familiar á la misma Iglesia en
ocasiones. Recuérdese los graves disgustos que San Francisco de Asís
ocasionó á su padre. El mismo Jesús tuvo en continuo sobresalto á su
amantísima Madre, desde que, muy niño aún, se perdió y fué encontrado
en el templo, entre los doctores, hasta el trance doloroso del Calvario.
La rebeldía tiene precedentes gloriosos; no es extraño que se vea con
simpatía.
En España han sido muchos los príncipes rebeldes, y todos ellos
perduran en la historia con resplandores de leyenda. Hermenegildo,
santificado; Sancho el Bravo, el príncipe de Viana, el príncipe D.
Carlos, tan esclarecido por historiadores, poetas y autores dramáticos,
que entre él y D. Juan de Austria se han llevado toda la claridad del
reinado de Felipe II, y para este rey sólo ha quedado la sombra más
tenebrosa. Hasta Fernando VII, cuando era príncipe de Asturias, tuvo su
hora de poesía como rebelde.
Entre príncipes extranjeros abundan también los poéticos ejemplos,
desde la antigüedad hasta nuestros días.
En estos últimos tiempos, feministas por excelencia, las princesas se
han llevado la palma en la historia, que no es todavía más que crónica
escandalosa, de las rebeldías.
Han sido muchas y muy ilustres las princesas que han lanzado su diadema
por encima de los molinos.
Los periodistas republicanos, los caricaturistas, los autores de
cancioncillas y de revistas de París, ya se relamían de gusto con la
esperanza de haber hallado un tema con que remozar sus inspiraciones.
Por fortuna, pocas veces fué la actualidad tan efímera.
En lo que tiene de actualidad el asunto, los comentarios serían ya
irrespetuosos. Contra lo que creen los avanzados en ideas políticas,
una mujer no es menos respetable por ser princesa.
Y en nadie son tan disculpables los errores como en los príncipes.
Nadie les dice la verdad. Los amigos celebran sus equivocaciones por
adulación; los enemigos por conveniencia.
Pero hay un modo seguro de acertar para los príncipes, y quizá para
todos: hacer siempre lo contrario de lo que sería nuestro gusto. Al
principio molesta, después acaba por agradar, y entonces es ocasión
de volver á contrariarnos; porque hasta la virtud, cuando empieza á
agradarnos, está en camino de no ser virtud. Es doctrina de nuestros
místicos, tan provechosa, por lo menos, como la filosofía de Kant,
aunque adorne menos.
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En menos de un año han dado cima los hermanos Quintero á su noble y
generosa empresa de levantar en Sevilla un monumento á Bécquer.
Yo no sé si esta obra de los aplaudidos autores será también discutida.
Todo es de esperar en los tiempos de confraternidad que corren.
Ya sé que algunos escritores de provincias suponen que aquí tenemos
establecida una Sociedad de bombos mutuos. No será una, sino varias, y
en oposición constante; porque yo no sé que seamos más de tres ó cuatro
los escritores que nos profesamos franca y leal amistad, y no somos
ciertamente los que más andamos elogiándonos unos á otros.
Pero á tal extremo hemos llegado que, no ya de bombos mutuos, de justa
y legítima defensa, habrá que formar Sociedades.
En esta ocasión, no es que nadie haya censurado á los hermanos
Quintero. ¡No faltaba otra cosa! Pero hay silencios tan malignos como
las censuras. Callar del bien es mil veces peor intencionado que decir
del mal.