XXXVI

Algunas señoritas estudiantes se quejaron de que sus compañeros

masculinos las habían tratado con cierta desconsideración, que no era

por ningún modo en menosprecio del sexo, como suele apreciarse en

veredictos judiciales, más bien todo lo contrario. Algunos escritores,

y en particular una vehemente escritora, afearon, en artículos llenos

de indignación, la conducta de los estudiantes. Estos, por su parte,

protestaron contra las quejas de sus compañeras, por juzgarlas

infundadas, y doblemente contra la indignación de los escritores, que

de tanto extremar su agradecido papel de paladines de damas, venían á

parar en ponerlas de vuelta y media en la parte más noble y elevada

de la feminidad: en la de madres. De suerte que, al arremeter contra

el sexo fuerte, era el débil el que venía á pagar de rechazo. Esto me

recuerda á un amigo mío que, refiriéndole en cierta ocasión cómo un

sujeto había insultado á su propia madre de muy mala manera, exclamaba

indignado:--¿Qué me dice usted? ¡Que ha insultado á su madre, ese hijo

de!...--Y aquí ponía un calificativo con el que quedaba la pobre señora

peor parada que con todo cuanto su hijo hubiera podido decirla.

Yo no sé si, en efecto, algún estudiante se habrá propasado algún

día con alguna de sus compañeras; es muy difícil apreciar lo que se

entiende por propasarse, concepto puramente subjetivo, como la poesía

lírica. Vaya porque alguna expansión masculina haya podido alarmar

el pudor femenino. Las horas de estudio no son horas de galanteos,

dicen los estudiantes. ¡Ay! Este es el error. En contacto hombres y

mujeres, no es posible otra cosa. Este será el eterno obstáculo de

la coeducación. O las compañeras estudiantes serán desgraciadillas,

y en ese caso, ¿cuánto va á que no agradecen la indiferencia de sus

compañeros?; ó si algo valen, no hay remedio, con mejores ó peores

formas, han de sentir á su alrededor el resoplido del deseo excitado á

su paso.

* * * * *

Habrá quien diga que esto es sólo entre los meridionales; que en los

países del Norte esto de la coeducación y de la comunicación frecuente

entre los dos sexos se lleva mucho sin riesgo y sin ofensa de nadie.

Convengo en ello. En los países del Norte parece otra cosa, porque es

de otra manera. La manera es todo.

Me hallaba yo una vez en Tánger y llegó al hotel una lucida compañía

de jóvenes ingleses, muchachos y muchachas, amigos todos, que viajaban

en sociedad, sin padres ni madres las jóvenes, sólo autorizadas por

dos ó tres señoras de compañía. ¡Qué inglés es esto!--me decía yo.--En

España no podría hacerse. ¡Cualquiera echaba por esos mundos á sus

hijas, acompañadas de tantos muchachos jóvenes y bien parecidos, sin

más vigilancia que la de unas ayas aburridas!

En efecto, pronto me convencí de que hombres y mujeres son lo mismo

en todos los climas y latitudes. Lo que cambia es la manera, el

procedimiento. Los meridionales tenemos la endiablada costumbre de

unir la acción á la palabra. Nos gusta que nos expliquen y explicar

todo lo que se hace. Así, en el teatro, sale una guapa mujer y no nos

contentamos con que se presente, más ó menos vestida, á recitarnos

alguna fábula candorosa ó á cantarnos alguna canción delicada y

poética, todo lo cual nos permitiría recrearnos en sus encantos físicos

con el pretexto de que asistimos á un espectáculo moral y hasta

instructivo. Espectáculo de Arte, como dicen por ahí á los cuadros

plásticos. Reproducción de cuadros y estatuas de los grandes Museos del

mundo. Ya ven ustedes si todo esto se presta á muy agradables vistas,

como quien no hace nada de particular.

Pues, no señor; los meridionales no nos contentamos con recrear la

vista; es preciso que al exhibirse la señora, vestida ó desnuda,

explique su argumento en alguna relación muy expresiva, ó en canciones

de doble sentido ó de un solo sentido. Así no es posible engañar á

nadie. Los pueblos del Norte ven mucho más que nosotros, pero no oyen

nada de particular.

Aquellas inglesitas y aquellos inglesitos del hotel de Tánger, con

el pretexto de juegos infantiles de la mayor inocencia, se daban

cada sobo por aquellas galerías del hotel y por todos los rincones

y divanes, que ¡ríanse ustedes de nosotros, pobres meridionales!

Pero allí no se oía nada que tuviera la menor relación con lo que se

hacía. Aquí no puede ser; al achuchón precede siempre el comentario,

al pellizco sigue el chillido, que no deje lugar á dudas sobre la

intención y el lugar.

Allí, hasta los besos ¡y granizaba! parecían la pura inocencia. Aquí,

hasta las miradas parecen mordiscos. La manera es todo. ¿Para qué se ha

inventado tanto gracioso _sport_ en los países del Norte? Para exhibir

pantorrillas y biceps, para correr unos detrás de otros, y tropezar,

y caer, y revolcarse por el suelo; pero sin más comentarios que los

pertinentes al juego. En cuanto se oyera un suspiro anheloso ó un «¡Sí

que está usted bueno!», se deshizo el encanto.

* * * * *

Por estas y otras razones, la coeducación no será nunca posible en los

países meridionales. Aquí todo es cantar juego, y el toque está en que

el juego vaya por un lado y la canción por otro.

Si las muchachas y los muchachos españoles fueran capaces de retozar

con la corrección que aquellos jóvenes ingleses, no habría ningún

inconveniente en que viajaran juntos y solos y se coeducaran á todas

horas.

Estoy seguro de que ninguna de aquellas lindas inglesitas tendría que

lamentar un percance. ¡Oh! Se advertía de sobra que la coeducación no

tenía secretos para ellas.

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 41 / 49 题