A tiempo está España de satisfacer una deuda de honor. Nadie, entre
los escritores españoles, merece el premio Nobel como D. Benito
Pérez Galdós. Pero el premio de este año ya está concedido al belga
Maeterlink. Hagan el Gobierno español y cuantos puedan, cuanto esté
en su mano para que el premio del año próximo sea para Pérez Galdós.
Sea el premio Nobel la coronación del homenaje nacional, que debe
anticiparse, porque no estaría bien que confiáramos al extranjero el
pago de una deuda nacional. Y sea el homenaje todo lo práctico que
pueda ser, sin que dejemos de poner en él toda nuestra alma.
Yo deploro, aunque lo haya agradecido, que un distinguido escritor, á
quien ni siquiera conozco personalmente--y hago esta salvedad porque
hay gente capaz de creerlo todo,--se haya acordado de mi nombre como
candidato al premio Nobel. Tengo conciencia de mi significación para
alejar de mí esas pretensiones. No quisiera, por eso, que alguien
juzgara mis palabras forzada cortesía. Cuantos me conocen, cuantos me
hayan oído, saben cuánta es mi admiración por el que he proclamado
siempre como maestro. En sus novelas aprendí á escribir comedias, antes
que en modelos extranjeros, por los que se me ha juzgado influído.
Yo he leído las novelas de Galdós antes que las de Julio Verne, antes
que las de Dumas, antes que _Robinsón_ y antes que los cuentos de
hadas, lecturas obligadas en la niñez y en la mocedad. Mi padre, gran
admirador del novelista, puso en mis manos sus libros cuando yo era muy
niño. ¡Cómo no ha de ser el primero en mi admiración! ¡Cuántas veces
me habré peleado, yo que no me tengo por patriotero, con algunos que
lo eran en cosas sin importancia y no podían tolerar que yo estimara
á nuestro gran novelista como superior á Dickens, á Balzac, á Daudet
y á Zola! ¡Cuántas veces habré sostenido que, con ser nuestro mejor
novelista, era también nuestro mejor autor dramático!
De haber nacido en cualquier otro país del mundo, el estudio crítico
de sus obras, de los personajes que figuran en ellas, de los lugares
que en ellas se describen, completísimo mapa moral de España, formarían
una copiosa biblioteca, como los libros dedicados á Shakespeare y á
Dickens, en Inglaterra. Habría ediciones á todo lujo de sus obras, y
ediciones populares que podría adquirir todo el mundo.
¡Dichosos los pueblos grandes y fuertes que agrandan con su poderío la
gloria de sus hijos! ¿Comprendéis la diferencia que hay entre decir:
Shakespeare es inglés, á decir: España es la patria de Cervantes?
* * * * *
Y Pérez Galdós no es rico. Y dirán muchos hombres prácticos: ¿Cómo
es eso? Sus obras deben haber producido un dineral. Sin duda. Un
dineral para mucha gente que no ha necesitado perder su tiempo en
escribirlas. Porque el escribir pide mucho tiempo, y el tiempo es
dinero, como dicen los ingleses. ¡Ah! ¡El dinero de la literatura!
El público empieza á contarlo desde la hora de la celebridad. ¿Y los
primeros libros? ¿Y los años en que hay que luchar con la indiferencia
del público, el desvío de los editores y la cuquería de los que
saben mostrarse generosos, cuando todo se agradece ante la general
indiferencia? Dinero que tarde llega, pronto pasa, como suele decirse.
Y así es el dinero de la literatura.
Pues bien; es preciso que el dinero, por una vez siquiera, se haga
romántico, idealista, expresión palpable de la gloria. Los españoles
hemos estado cobrando crecidos intereses, en páginas gloriosas que nos
han hecho pensar y sentir hondamente, de una deuda que no hemos pagado.
Es empeño de honor nacional satisfacerla.
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La empresa del teatro Real, de acuerdo con la naciente Sociedad
Wagneriana, ha dispuesto que los miércoles sean dedicados á la
representación de óperas de Wágner. Son noches de alivio para la
empresa y de luto riguroso para Wágner y para los wagneristas, si
continúan como han empezado. Una descolorida interpretación de _El oro
del Rhin_ y una lastimosa representación de _La Walkyria_, han sido,
hasta ahora, el homenaje al músico inmortal.
Yo no sé en qué teatro de drama, ó de comedia, ó de opereta, ó de
género chico, hubiera tolerado el público tan pacientemente una cosa
tan desdichada como la representación de _La Walkyria_. ¡Y aun dicen
que el público de nuestro teatro Real es de los más severos del mundo!
No hay Jurado de crimen pasional que sea más benévolo. ¡Qué dioses
y qué diosas! ¡Qué walkyrias! Aquello era un tejado por foso. La
orquesta, dirigida por ese admirable metrónomo que es el maestro Rabl,
tan fría y tan desapasionada como la batuta ordenaba. Los cantantes
desafinaban en frío, que es el modo más triste de desafinar; pero la
orquesta, ni en frío ni en caliente. No hay cuidado. Las walkyrias
cabalgaron al paso; todo lo más, á trote cochinero.
Si ese es todo el homenaje á Wágner y eso es todo lo que la empresa
del Real ofrece como obsequio á la Sociedad Wagneriana, habrá que
decir, como el corregidor al padre de la bolera que daba satisfacción
al público por ciertos ademanes descompuestos de su hija, y al
explicarlos, soltó una palabra más inconveniente que los ademanes de la
niña: ¡Basta! ¡Que no dé más satisfacciones!