XXXIV

Nunca he rebatido censuras á mis obras, en lo que á ellas y á mi

persona particularmente se ha referido. Más veces he sido tentado de

rebatir elogios excesivos. Pero cuando se trata de algo que puede ser

de interés general para el público y para otros autores, creo que bien

se puede discutir sin acritud y sin soberbia.

De _La losa de los sueños_ se ha dicho que era una obra pesimista.

¿Pesimista? ¿Por qué? Cierto que su desenlace no es de esa alegría toda

exterior que suele ser la más apetecida. Pero es de fortaleza y temple

espiritual, es de triunfo sobre el instinto, que, por una satisfacción

pasajera, nos hace olvidarnos de nuestra responsabilidad y de las

consecuencias de nuestra ligereza. ¿Pesimista una obra en que la mujer

que pecó por amor y por confianza, tal vez porque no se creyera que su

desconfianza era cálculo interesado, acepta las consecuencias de su

falta y consagra toda su vida al amor de su hijo? ¿Pesimista una obra

en que el hombre que amaba á esa mujer perdona la falta, ofrece al

hijo y á la madre nombre y cariño, y si no llega á hacerla su esposa

es porque no está seguro de poder librarla de la miseria y del dolor?

Si esto no es idealismo, si esto no es optimismo, confieso que he

perdido la noción de lo que sean. ¡Ah! ¡Los pesimismos con amarguras!

¡Qué distinto hubiera sido el cuadro y el desenlace de la obra sin

falsificar para nada la realidad! Para todas las amarguras y las

tristezas de la obra he tenido modelos vivos; sólo para la bondad y la

grandeza de alma he tenido que poetizar. He respetado la figura de la

madre que no se ensaña en la hija perdida. Un buen amigo me lo decía

antes del estreno: «Con la madre no se ha quedado usted corto». Y, en

efecto. ¡He conocido algunas en ese caso!...

En cuanto á la tendencia moral de la obra, sólo un periódico,

considerado por la voz pública como inspiración de determinada

institución religiosa, ha puesto graves reparos á su moralidad. Mi

sorpresa ha sido grande, porque he de confesar que, por primera vez

en mi vida, atento á los intereses de la empresa, y deseoso de no

tropezar con esos reparos, antes del estreno sometí la obra al examen

de un docto padre de dicha institución, cuyo nombre no he de revelar,

quien no sólo no halló en ella nada contra la Religión y las buenas

costumbres, sino que la conceptuó como obra de elevada moralidad y

de saludable advertencia y ejemplo. Por lo visto, no reina la mayor

uniformidad de pareceres en la religiosa institución de referencia.

Deseoso también de no molestar á nadie, ni con la inmoralidad, mi

conciencia estaba tranquila con el visto bueno de tan docto religioso;

pero vi el ambiente tristón de la obra é indiqué á la empresa del

teatro de Lara la conveniencia de que no se representara en los días

de abono aristocrático. Así se dispuso, y sólo á ruego de los mismos

abonados se representó ante el abono, sin la menor protesta. Esto

indica que el censor estaba en lo cierto. Nadie más enemigo que yo de

escandalizar con obras ni con acciones. Nunca defenderé mis obras como

obras literarias, pero sí como obras de moralidad intachable. Si en

alguna hay algo que, en apariencia, puede parecer pecaminoso, no soy yo

quien habla: es algún personaje, de cuya moralidad no soy responsable.

Tengo por costumbre dejar expresarse á los personajes de mis obras

según su carácter y temperamento. Por desgracia, estos malos personajes

son los que hablan más verdad siempre. ¡Sólo Dios y mi conciencia

artística saben lo que hay que mentir cuando se quiere moralizar!

* * * * *

La ignorancia de un daño puede ser muy cómoda y muy optimista--aquí

del optimismo;--pero nunca es provechosa. Tal vez retarde el remedio y

no lo haya cuando nos demos cuenta de la magnitud del mal. Por cartas,

por referencias particulares, sabemos que en Méjico se manifiesta de

modo ostensible el odio á España y á los españoles. ¡Oh, Congresos

hispano-americanos! ¡Oh, amables tópicos de maternidad y fraternidad

en discursos y brindis elocuentes! Diariamente aparecen en las calles

rótulos insultantes y despectivos: «¡Muerte á los gachupines! ¿Quién

quiere carne de gachupín muy barata?» Y otros por este orden y de este

elegante aticismo.

Sabemos que para los españoles se ha hecho la vida intolerable. Hasta

en las revistas de toros transciende esta animosidad injustificada.

Los toreros españoles tienen que atarse muy bien la taleguilla para no

verse expuestos á ser insultados. En una corrida tuvieron la desgracia

de ser cogidos algunos de ellos, y un periódico proponía nada menos

que la expulsión de las plazas y del territorio de los toreros que se

dejaban coger por torpes.

No puede creerse que estas y otras manifestaciones menos visibles de

hostilidad expresen el general sentir del pueblo mejicano, sobre todo

de las personas sensatas y cultas; pero ¡ay! como éstas son la minoría

en todas partes, bueno será que no desatienda el Gobierno español y

su representación diplomática en Méjico lo que todo esto significa,

sus causas y sus remedios. Si fuesen circunstanciales y políticas,

no será difícil dar en la causa y atender al remedio. Si fueran más

fundamentales deber es de todos estudiar lealmente dónde está la culpa

y dónde ha de estar la enmienda.

Son muchos los intereses materiales y morales de España en Méjico para

no preocuparnos de este estado de opinión actual, y es de esperar que

pasajero.

Cierto que del amor de la América española por España vivimos en plena

ilusión. Pero de la ilusión á la simpleza, hay todavía una buena

distancia, que conviene salvar con algún conocimiento de la verdad.

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 39 / 49 题