Lamentable es la conducta de los partidos revolucionarios no reparando,
por servir á su causa, en propalar y sostener especies que más
desacreditan á la nación española que á un Gobierno y á determinado
régimen.
Pero tan lamentable como la conducta de estos partidos, es candorosa
la actitud de aquellos monárquicos que piden lealtad al enemigo en sus
procedimientos de combate. Lo malo en nuestros enemigos es que nos
ataquen de buena manera. El enemigo sólo empieza á ser temible cuando
empieza á tener razón. Si los partidos revolucionarios tuvieran un
programa económico bien estudiado y bien definido; si tuvieran para los
problemas nacionales más soluciones constructoras que destructoras; si
trabajaran por España más que por el triunfo de sus ideas, venga por
donde venga y salga como salga, entonces es cuando serían temibles.
Como son, la Monarquía no puede desear mejores enemigos; ni de encargo.
¡Si parece que trabajan por la causa enemiga más que por su propia
causa! Más han hecho en estos últimos años por la Monarquía los
partidos republicanos y revolucionarios que los Gobiernos y los amigos
del régimen. No es para que éstos estén orgullosos, porque es muy
triste que nuestros aciertos sólo consistan en los desaciertos ajenos.
Más eres tú es una razón que tiene su fuerza por el momento; pero, en
definitiva, el país viene á caer en la cuenta de que, unas veces unos,
otras veces otros, todos tienen sus más y sus menos.
Se preguntaba en una ocasión á Filipo de Macedonia cómo se vengaría de
alguien que le había calumniado. «Mejorando mis costumbres»--respondió
el rey magnánimo.--De este modo, con su lealtad al servicio de la
Patria, es como deben responder los monárquicos á deslealtades del
enemigo. No hay mejor protesta. Pedir que el enemigo emplee mejores
armas es candidez sin ejemplo. Dejadle, dejadle que siga con ese
viejo armamento de mala ley, que suele dispararse por la culata
y hacer explosión en manos de quien lo maneja torpemente. En la
opinión nacional tal vez pudiera caer la mancha sobre un Gobierno y
sobre el régimen; en la opinión extranjera esas manchas caen sobre
España entera; y esas manchas no se quitan con bencina republicana ni
revolucionaria.
* * * * *
Joaquín Dicenta ha presentado al Ayuntamiento de Madrid una razonada
Memoria: Proyecto para construcción de edificios escolares.
Esta obra que, llevada á la realidad, debiera ser la mejor obra de
quien tantas obras admirables ha escrito, porque es como el resumen
de todas ellas, no ha sido admitida, á lo que parece, por la empresa
á quien estaba destinada. Los hombres de carne y hueso, aunque tengan
también corazón y cerebro, no son tan fáciles de manejar como los
personajes teatrales, creación de nuestra fantasía, aunque materiales
de la realidad los informen. Pero es una realidad sumisa á nuestro
esfuerzo creador. Por lo pronto, los personajes dramáticos viven con
muy poco. Esta otra ilusión de Joaquín Dicenta, que aspiraba á ser
realidad en la práctica, es mucho más costosa. Pero es de esas obras
que el público debe imponer á una empresa, porque el público tiene
derecho á ello. Esa obra no puede ser un fracaso. Y, en todo caso,
nunca sería un fracaso del autor, sino de la empresa que no ha querido
admitirla.
* * * * *
Está visto que hay que ponerse machacón para que algunas gentes
entiendan lo que uno quiere decir. Algo que dije referente á Goya ha
indignado á muchos. Muchos también me han expresado su conformidad.
Váyase lo uno por lo otro. No seré yo quien estime la calidad de los
votos. Para mí todos son respetables. A los indignados debo decir: que
soy el primero en admirar á Goya; en lo que no estoy conforme es en
que se le considere como genuino producto de la tierra, representación
la más pura del casticismo. Que hay retratos de Goya que pudiera
firmarlos Reynolds, basta con verlos. ¿Que siempre hay en él un
elemento de raza y mucho de personal? ¿Quién lo duda? Como en todo
artista, por servil imitador que sea.
Lo que yo quise decir es que eso del casticismo á todo trapo no es una
gracia para celebrada; que en todo tiempo los pueblos han influído
unos sobre otros, y que no hay gran artista en quien, sobre la raza y
la personalidad, no predomine la influencia de una cultura superior á
su tiempo y á su nación. Bueno es ser de la tierra; pero no como la
patata. Arraigue muy hondo nuestro arte; pero tienda á lo alto, al sol
y al cielo, que es de toda la tierra y de todos los hombres.
Por lo demás, claro está que yo no entiendo una palabra de pintura;
juzgo por sentimiento nada más. Y decir lo que siento podrá ser osadía,
ignorancia, todo lo que se quiera; todo menos «desaprensión», como dice
uno de los indignados. Poca aprensión será decir lo contrario de lo que
se siente, sobre todo si es por alguna consideración interesada. Y
por Goya, pueden ustedes creerme, no tengo antipatía personal ninguna;
todo lo contrario, su persona, su vida, sus obras me son igualmente
simpáticas. Le admiro hasta cuando pintó la alegoría _Salutación al rey
José_, que esa sí que no me negarán los más admiradores del castizo
pintor que está pintada, como sentida, á la francesa.