¡Buenas reprimendas se está ganando Italia, de la parte de las señoras
mayores, por querer ella jugar también á la señora mayor y hacer de
gran potencia! ¡Como si fuéramos todos unos, frailes y tamborileros!
¡Tendría que ver! Cuando las grandes andan con mil remilgos y
miramientos por no tropezarse ni ofenderse, que una loquilla viniera á
enredarlas á todas.
Están Francia y Alemania, muy señoras y muy reverendas, nota va, nota
viene, hasta aquí cedo y de aquí no paso, por si pueden evitarse el
venir á las manos, que las dos tienen muy ocupadas, y se le ocurre á la
señorita sin juicio de las tarantelas echarse de conquista y de bulla
por esos mares.
Las grandes señoras, acostumbradas á ponerse el mundo por montera,
dicen, escandalizadas ante la empresa de Trípoli, que esas no son
formas entre naciones decentes y que de quién las habrá aprendido
Italia.
--Ella no tiene posición para eso--como decía una aristócrata,
censurando á una burguesa que se permitía tener amantes.
El que tiene posición puede permitírselo todo en este mundo. Pero el
que no la tiene ¿cómo llega á tenerla? ¿Cómo van á llegar los pequeños
á grandes, si los grandes tienen monopolizados todos los medios de
engrandecerse?: el atraco, el despojo, la estafa; los medios más
usuales entre naciones decentes y civilizadas.
* * * * *
Peligroso, peligrosísimo juego, que no aconsejaríamos á ningún
Gobierno, es el de ilusionar y desilusionar de un día á otro.
Contra su certero instinto de gato escaldado, el pueblo español está
como quien quiere creer, si no cree; en las mejores disposiciones
para terminar en creyente. No pide milagros, pero... ¡si se los
cuentan! Casi, casi, se dará por contento con volver de la aventura,
como el gitano tuerto, por lo menos con el ojo que le quedaba sano.
No pretendamos ponerle vendas en los ojos, que la verdadera fe no
se falsifica con nada; y no hagamos que, por querer infundírsela
con milagrerías, acabe por no creer ni en los milagreros ni en los
verdaderos apóstoles. Hasta ahora sólo cree en los mártires.
* * * * *
La Biblioteca Nacional era una institución intangible é inviolable. Un
distinguido escritor se lamentaba días pasados de que nadie sostuviera
una campaña contra esa plaza fuerte. Sólo algunos artículos en broma y
algunas quejas tenues.
Las bromas no sientan mal, y, por desgracia, es más fácil llamar la
atención sobre un asunto echándolo á broma que tomándolo en serio.
Las quejas... ¡Caramba! ¡Cualquiera se atreve á insistir! Apenas se
atreve uno á protestar contra una deficiencia, un descuido, salen
como energúmenos unos cuantos señores, clamando que todo ello es
ganas de molestar, que la Biblioteca es una perfección y no hay nada
que mejorar ni que corregir en ella ni en sus servicios. ¡Admirable
institución que ha llegado á ese punto en que ya nada puede mejorarse!
Cuidado que en esas quejas nada iba contra el respetable Cuerpo de
Archiveros y Bibliotecarios; al contrario; más se procuraba que se les
aliviara en trabajo y se les aumentara el sueldo. Pero nada, ni aun así
agradecen las quejas.
En cuanto á los señores de la casa, los eruditos y bibliófilos del
santo y seña, esos ya es sabido que son como los devotos beatones:
parroquianos fieles de una iglesia, les molesta cualquier extraño que
venga á turbarles en sus oraciones. Dicen que para cuatro golfos que
van á la Biblioteca á destrozar los libros... Yo tengo la seguridad de
que peligra más un libro en manos de un bibliófilo, rata de biblioteca,
que en manos de un golfo. La verdad, no veo á un golfo arrancando hojas
de un libro, para ahorrarse el trabajo de copiarlas ó para evitar que
otro las copie. Además, cuanto mayor sea el número de golfos que acuda
á la Biblioteca, menor será el peligro de que manchen ó estropeen los
libros. Cuantos más sean los que pueden verse unos á otros, más cuidado
tendrán de que alguno pudiera delatarlos en su vandálica tarea. Sabido
es que en París estaba más seguro el Museo del Louvre cuando, por ser
gratuita la entrada, acudían numerosos golfos, que cuando, por costar
dinero, apenas si acudían más que los extranjeros y provincianos. En
los tiempos de la entrada libre y popular no hubo ningún robo. Acaso
hubiera sido imposible el de _La Gioconda_ con el sistema de la puerta
franca. Del mismo modo, facilitando la asistencia de numeroso público
á las bibliotecas, serán más difíciles esos actos de destrucción y de
mala crianza. El público es el mejor vigilante del público. Y aunque se
destrocen algunos volúmenes... Todos hemos aprendido á leer ensuciando
y rompiendo libros; si por eso no hubieran vuelto á poner un libro en
nuestras manos, ni hubiéramos aprendido á leer... y ¡pobre libro el que
hubiera caído después en poder nuestro! Siempre hubiera sido el enemigo
odioso.
La Biblioteca popular puede servir para todo esto: para que se
desahogue el odio al libro, rompiendo y ensuciando unos cuantos; y
después... para que se le vaya perdiendo el miedo, y, por fin, para que
se le vaya tomando cariño.