El malestar ocasionado por la carestía de la vida es universal. Las
gentes andan mal humoradas, y el mal humor se traduce en motines,
huelgas y disturbios, con cualquier pretexto, que, no pareciendo
suficiente á los que no quieren enterarse de la verdadera causa, les
hace pensar en el oro extranjero, en traidores y agitadores extraños.
Aquí pensamos en el afrancesado, como en tiempos de la invasión
napoleónica.--Todo esto es como pensar en polvos misteriosos que
envenenan las aguas, en tiempo de mortífera epidemia.
Claro es que, muchas veces, los mismos que protestan y se enfurecen,
no se dan cuenta de la verdadera causa de sus furores. ¡Pesan sobre
el dinero y sobre las necesidades materiales tantos anatemas poéticos
y románticos, que á todos nos da cierta vergüenza confesar, cuando
andamos tristes y cariacontecidos, que la causa primordial es la falta
de metales preciosos y precisos! ¡Hay tanta pasión de ánimo y tanta
neurastenia que se curaría con unos cuantos billetes de mil pesetas! Y
¡hay tanto socialismo, tanto republicanismo y tanto idealismo que se
curaría del mismo modo!
Los médicos y los gobernantes, para acertar en sus diagnósticos, han de
ser algo materialistas. El estado financiero del paciente, individuo ó
pueblo, es de gran importancia para diagnosticar y recetar con acierto.
Hay tristezas que parecen, y así lo asegura el enfermo, de lo más
espiritual del mundo; y con buena alimentación, diversiones y algún
dinero, desaparecen en cuatro días, sin dejar señales. No hay más que
comparar lo que dura un duelo en una casa donde la familia queda muy
bien, con lo que dura donde, como suele decirse, el difunto se llevó la
llave de la despensa.
Yo estimo en mucho á esas buenas señoras, serviciales y conocedoras del
corazón humano, que, en las grandes catástrofes familiares, se dedican
á ofrecer y servir tazas de caldo, vasos de leche y yemas de huevo.
Este sistema, aplicado al gobierno de los pueblos, produciría los
mejores efectos. ¿Que los pueblos se agitan y se inquietan por alguna
idea política? Leyes económicas, de lo más grosero y materialista: la
taza de caldo, el vasito de leche y las yemitas de huevos.--Llore usted
lo que quiera, pero hay que tener fuerzas.--Así dicen esas señoras
solícitas que, por haber asistido á muchos duelos de familia, saben el
modo de curar desmayos y síncopes de viudas y huérfanas. ¡Al estómago,
al estómago! No hay que tomar el corazón muy en serio, ni en los
pueblos ni en los individuos.
* * * * *
Hasta ahora, el público del teatro de Apolo era el que ofrecía mayor
resistencia á dejarse emocionar por la pura emoción artística. Los
mejores éxitos literarios obtenidos por algunas obras en aquel teatro
fueron logrados á punta de chiste. Presentarse allí á cuerpo limpio era
empresa arriesgada. Sinesio Delgado es testigo de mayor excepción. El
éxito de _Lirio entre espinas_ ¿será sólo un acierto de una obra y de
un autor?, ó ¿será también un acierto del público? Mucho habría que
celebrar lo primero; lo segundo, doblemente.
Una de las grandes ventajas de los teatrillos y salones en que se
cultiva el género llamado _varietés_, es haber sido un derivativo para
que cierto público no busque en teatros donde debe cultivarse otro
género, lo que en esos salones puede encontrar en abundancia.
Bueno es que se deslinde el campo. A un lado, el teatro; á otro, el
escaparate. Que cada cual sepa dónde debe ir y dónde no, á satisfacer
sus gustos y sus aficiones.
Hasta ahora, el arte y la literatura habían sido para esos teatros
lirio entre espinas.
Esperemos que, en adelante, aunque no todo sean lirios, todas sean
flores.
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Con los comienzos de la temporada teatral anuncia su alegre entrada en
Madrid el invierno de los dichosos.
Como en las procesiones españolas, Dios grande y Dios chico, hay
siempre dos estaciones en cada estación del año. Una, para los que
tienen sus diversiones distintas en cada una; otra, para los que pasan
los mismos apuros en todas ellas.
En unas casas se piensa ahora en el abono á los teatros, en bailes y
fiestas, en las nuevas noches de invierno, en alfombras y pieles. En
otras se piensa en la falta de trabajo, en la pobre ropa empeñada.
El invierno acusa, como ninguna otra estación, lo terrible de las
desigualdades sociales.
El hielo que endurece la tierra y dificulta al pobre labrador sus
labores, sirve para que los ricos patinen sobre él, bien aforrados
en pieles. Por si el hielo natural falta para su diversión, tienen
patinaderos de hielo artificial.
La industria de los hombres no se ha cuidado tanto de aliviar males al
pobre como de aumentar goces al rico. Verdad es que los pobres pagan
mal y agradecen peor.
Por eso nadie trabaja para ellos; ni ellos mismos. Todas las
comodidades, todo el lujo, todo lo que embellece y alegra la vida,
pasa por sus manos sin dejar rastro de bienestar, de belleza ni de
alegría. En sus manos todo es trabajo, pena y miseria.