XXIX

El malestar ocasionado por la carestía de la vida es universal. Las

gentes andan mal humoradas, y el mal humor se traduce en motines,

huelgas y disturbios, con cualquier pretexto, que, no pareciendo

suficiente á los que no quieren enterarse de la verdadera causa, les

hace pensar en el oro extranjero, en traidores y agitadores extraños.

Aquí pensamos en el afrancesado, como en tiempos de la invasión

napoleónica.--Todo esto es como pensar en polvos misteriosos que

envenenan las aguas, en tiempo de mortífera epidemia.

Claro es que, muchas veces, los mismos que protestan y se enfurecen,

no se dan cuenta de la verdadera causa de sus furores. ¡Pesan sobre

el dinero y sobre las necesidades materiales tantos anatemas poéticos

y románticos, que á todos nos da cierta vergüenza confesar, cuando

andamos tristes y cariacontecidos, que la causa primordial es la falta

de metales preciosos y precisos! ¡Hay tanta pasión de ánimo y tanta

neurastenia que se curaría con unos cuantos billetes de mil pesetas! Y

¡hay tanto socialismo, tanto republicanismo y tanto idealismo que se

curaría del mismo modo!

Los médicos y los gobernantes, para acertar en sus diagnósticos, han de

ser algo materialistas. El estado financiero del paciente, individuo ó

pueblo, es de gran importancia para diagnosticar y recetar con acierto.

Hay tristezas que parecen, y así lo asegura el enfermo, de lo más

espiritual del mundo; y con buena alimentación, diversiones y algún

dinero, desaparecen en cuatro días, sin dejar señales. No hay más que

comparar lo que dura un duelo en una casa donde la familia queda muy

bien, con lo que dura donde, como suele decirse, el difunto se llevó la

llave de la despensa.

Yo estimo en mucho á esas buenas señoras, serviciales y conocedoras del

corazón humano, que, en las grandes catástrofes familiares, se dedican

á ofrecer y servir tazas de caldo, vasos de leche y yemas de huevo.

Este sistema, aplicado al gobierno de los pueblos, produciría los

mejores efectos. ¿Que los pueblos se agitan y se inquietan por alguna

idea política? Leyes económicas, de lo más grosero y materialista: la

taza de caldo, el vasito de leche y las yemitas de huevos.--Llore usted

lo que quiera, pero hay que tener fuerzas.--Así dicen esas señoras

solícitas que, por haber asistido á muchos duelos de familia, saben el

modo de curar desmayos y síncopes de viudas y huérfanas. ¡Al estómago,

al estómago! No hay que tomar el corazón muy en serio, ni en los

pueblos ni en los individuos.

* * * * *

Hasta ahora, el público del teatro de Apolo era el que ofrecía mayor

resistencia á dejarse emocionar por la pura emoción artística. Los

mejores éxitos literarios obtenidos por algunas obras en aquel teatro

fueron logrados á punta de chiste. Presentarse allí á cuerpo limpio era

empresa arriesgada. Sinesio Delgado es testigo de mayor excepción. El

éxito de _Lirio entre espinas_ ¿será sólo un acierto de una obra y de

un autor?, ó ¿será también un acierto del público? Mucho habría que

celebrar lo primero; lo segundo, doblemente.

Una de las grandes ventajas de los teatrillos y salones en que se

cultiva el género llamado _varietés_, es haber sido un derivativo para

que cierto público no busque en teatros donde debe cultivarse otro

género, lo que en esos salones puede encontrar en abundancia.

Bueno es que se deslinde el campo. A un lado, el teatro; á otro, el

escaparate. Que cada cual sepa dónde debe ir y dónde no, á satisfacer

sus gustos y sus aficiones.

Hasta ahora, el arte y la literatura habían sido para esos teatros

lirio entre espinas.

Esperemos que, en adelante, aunque no todo sean lirios, todas sean

flores.

* * * * *

Con los comienzos de la temporada teatral anuncia su alegre entrada en

Madrid el invierno de los dichosos.

Como en las procesiones españolas, Dios grande y Dios chico, hay

siempre dos estaciones en cada estación del año. Una, para los que

tienen sus diversiones distintas en cada una; otra, para los que pasan

los mismos apuros en todas ellas.

En unas casas se piensa ahora en el abono á los teatros, en bailes y

fiestas, en las nuevas noches de invierno, en alfombras y pieles. En

otras se piensa en la falta de trabajo, en la pobre ropa empeñada.

El invierno acusa, como ninguna otra estación, lo terrible de las

desigualdades sociales.

El hielo que endurece la tierra y dificulta al pobre labrador sus

labores, sirve para que los ricos patinen sobre él, bien aforrados

en pieles. Por si el hielo natural falta para su diversión, tienen

patinaderos de hielo artificial.

La industria de los hombres no se ha cuidado tanto de aliviar males al

pobre como de aumentar goces al rico. Verdad es que los pobres pagan

mal y agradecen peor.

Por eso nadie trabaja para ellos; ni ellos mismos. Todas las

comodidades, todo el lujo, todo lo que embellece y alegra la vida,

pasa por sus manos sin dejar rastro de bienestar, de belleza ni de

alegría. En sus manos todo es trabajo, pena y miseria.

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 34 / 49 题