XXVIII

Gran revuelo en París. Cuestión de faldas: faldas de bailarina. Osados

reformadores tratan de suprimir en el cuerpo de baile de la Gran

Opera, el «tutú» ó sea la tradicional faldilla de las bailarinas.

Dicen que es inverosímil--¡miren ustedes dónde demonios van á buscar

la verosimilitud!--que en un baile de campesinos, ó de griegos, ó de

romanos, se presenten las danzarinas con ese traje, sin época y sin

estilo, que es sólo de bailarina, por unos de esos convencionalismos

teatrales que, si bien se mira, ¡ay!, son todo el teatro. Hay quien,

dejando á un lado la propiedad escénica, que nada importa cuando se

trata de admirar bellezas femeninas, protesta contra el «tutú», en

nombre de la Estética. Dicen que el «tutú» destruye la armonía de

líneas. ¡Picarones!

En seguida han levantado partido, de una parte, los tradicionalistas;

de otra, los innovadores. Entre las mismas interesadas, las hay que

están por las faldillas; las hay que están por las líneas. Las madres,

corporación respetabilísima en el cuerpo de baile, inmortalizadas por

Halevy en su _Madame Cardinal_, con su experiencia de madres, están

por la falda: saben cuánto importa reservar alguna sorpresa para los

momentos definitivos. La juventud, con sus impaciencias á la moderna,

está por la línea. Saben que, como en Geometría la línea recta, en Amor

la curva es la distancia más corta entre el escenario y el hotelito de

sus sueños.

Hay también un partido intermedio: el partido templado de un

transigente eclecticismo. Adóptese la innovación para las óperas y

bailes modernos, y respétese la tradición para los del antiguo régimen.

Hay tal vez abonados viejos, «fetichistas» de amor, para quien el

«tutú» es toda la bailarina. Sería una crueldad privarles de la prenda

sugestiva y evocadora.

Hay también un partido revolucionario y avanzado que, no sólo pide

la supresión de los tules y gasas, sino la supresión de las mallas,

que, si no destruyen, ocultan las líneas. Dicen que siendo el baile

exhibición de la belleza corporal femenina, ritmo plástico de formas

y actitudes, tapar las formas de una bailarina es como tapar la boca

á un cantante. Estos señores quieren que les canten á toda voz, y que

les bailen... aquí no puede decirse á todo trapo; al contrario: ¡fuera

trapitos!

Para comprender lo que esta cuestión interesa en París, es preciso

saber lo que significa el cuerpo de baile de la Gran Opera, que es

toda una institución nacional. Wágner tuvo que sucumbir ante su

tiranía, amenizando _Tannhauser_ con un bailecito, pues de otro modo

no se hubiera representado nunca. Verdi, en todo el esplendor de su

gloria, tuvo que intercalar también unas danzas en su _Otelo_ cuando

fué representado en la Gran Opera. Hasta el _Don Juan_, de Mozart, se

ameniza con un añadido bailable, para el cual se aplica uno de los

minués del mismo divino maestro, y la marcha turca, que cae en el _Don

Juan_ como el calañé en la cabeza de Dulcinea--véase la ópera de

Massenet _Don Quichote_, cuya representación en Madrid demandan algunos

cervantófilos.--Buena obra para inaugurar el nuevo teatro de Cervantes,

para que al «Inri» no le falte letra... ni música.

* * * * *

Ahora que se agita la idea--en España se agitan mucho las ideas,

por eso llegan las pobres tan cansadas cuando hay que ponerlas en

práctica--de fomentar el turismo por los medios más adecuados,

no sería malo convocar una Asamblea de veraneantes ó abrir una

información pública para que expusieran sus observaciones, sus agrados

y sus quejas. De este modo, podría trazarse algo así como un mapa

hospitalario de España, que podría ser muy útil para los turistas.

¡Hay que oir á muchos de los que regresan! Claro es que muchas veces

el espectáculo está en el espectador y el viaje en el viajero. Los que

buscan pueblecillos ignorados y tranquilos para su descanso, vuelven

encantados. ¡Qué amabilidad y dulzura en el trato de los campesinos!

¡Qué sencillez! ¡Qué arte para adulterar los alimentos y encarecer los

precios, para que el veraneante no eche de menos las comodidades de

Madrid! ¡Qué modo de amenizar la vida al forastero! Eso sí; el paisaje

y el aire sano del campo compensan de todo. Salvo que el paisaje está

todo acotado, para consuelo de los que no quieren terrenos baldíos, y

no hay por dónde pasear ni por dónde asomarse al campo; salvo que el

aire huele á paja quemada ó á carroña de animales muertos que se pudren

al aire libre; salvo que los niños, que fueron de Madrid tan sanos,

atrapan la tos ferina ó el sarampión, ó unas calenturas, gracias á la

higiene de esos admirables lugares, reino eterno de Herodes.

¡Oh, el campo, los pueblecitos! ¡Qué bien se vive en ellos con una

casa á estilo de Madrid, con criados de Madrid, haciéndose llevar los

alimentos de Madrid, con periódicos de Madrid, amigos de Madrid y mucha

agua de Colonia... de cualquier parte!

Los más exaltados africanistas debieran emprender frecuentes

exploraciones por muchos de estos lugares. Tal vez á la vuelta se

hubiera enturbiado su fervor de civilizadores y conquistadores de

tierras extrañas. ¡Pues no hay poco que civilizar y que conquistar

sin salir de casa! Y no vale decir que para eso siempre hay tiempo, y

para eso los tenemos cerca. Precisamente porque están cerca es posible

que, si no los conquistamos pronto, nos conquisten ellos. Y que, á los

bárbaros de fuera, se les ve venir; pero los de casa, no han avisado y

ya están encima. Todo será que el hambre apriete un día demasiado. Así

como así, con los remedios que proponen algunos economistas, dignos

de los mejores tiempos de la Edad Media... Proteccionismo y cierre

de puertas. Es el mejor remedio. Bien decía D. Juan Valera que la

Humanidad estaba empezando á vivir.

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 33 / 49 题