Si para todo Gobierno es siempre desagradable la perturbación del orden
público, es natural que lo sea doblemente para un Gobierno liberal y
democrático. Siendo el primer deber de un Gobierno el sostenimiento del
orden, ¿cómo conciliar las ideas liberales con las medidas necesarias
de previsión y de represión? Según frase de un eminente novelista y
lastimoso republicano, en la vida los hechos van dando de puntapiés á
las ideas. Pero no deja de ser triste cosa, cuando de ideas liberales
se trata, que los hechos brutales puedan despedirlas de tan brutal
manera.
Convalecientes todavía de un acceso de fiebre, en que, por fortuna, no
todos han perdido la cabeza, aunque bien pudo temerse, no es ocasión de
aquilatar errores y responsabilidades.
Hay en estos accesos agudos el peligro de que, por atender con premura
á lo sintomático, se desatienda la dolencia esencial. Es indudable
que los vínculos de solidaridad social entre unas clases y otras
están muy relajados. Nadie sabe á qué alta claridad han de llegar las
inteligencias para suplir el calor que falta en los corazones. Hemos
apagado la lumbre antes de encender la luz, y todos vamos á tientas por
la vida; no es extraño que nos tropecemos unos á otros á cada paso.
Se ha destruído mucho y no se ha edificado lo bastante. La voluntad
moderna es negativa. Sabemos muy bien lo que no queremos; nadie sabe de
cierto lo que quiere.
Sería injusto desconocer, y los más apasionados enemigos y los más
condicionales amigos, que son peores, no podrán negarlo, que el
Gobierno ha salvado con gran cordura, digan otros con gran suerte, las
difíciles circunstancias en que tanto podía pecarse por falta como por
exceso.
El pueblo de Madrid, tan desconocido, tan calumniado á veces, ha dado
una vez más pruebas de su ánimo sereno y bien templado. Nadie se ha
intimidado. El comercio abrió sus tiendas confiadamente; nadie dejó sus
habituales ocupaciones y esparcimientos. La clase media, sobre todo,
la que bien tendría motivos justificados para ir á la huelga y á la
protesta violenta, puede decirse que ha sido en este caso el muro de
contención contra posibles desbordamientos del motín amenazador, por
una parte, de la represión excesiva, por otra. No olviden la Monarquía
ni sus Gobiernos dónde está su más firme apoyo. ¿Los de abajo? Aun sin
razones sentimentales. ¡Hay tantas razones de conciencia para perdonar
sus errores y sus extravíos! La grey es buena... ¿Los pastores? ¡Pobre
pueblo! ¡La vida es tan dura para él! ¿Cómo culparle si, para soñar y
esperanzarse, prefiere todavía la blandura y dulzor de las mentiras
lisonjeras al áspero y sano amargor de las verdades? ¡Si sólo se le
acercan los que tienen aspiraciones de ídolos y ninguno que tenga
vocación de mártir! ¿Cómo ha de escuchar nunca palabras de verdad?
Hasta la entrada en Jerusalén, entre aclamaciones y palmas, hay muchos
Cristos; hasta la Cruz, sólo hubo uno: El que era todo amor.
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Bien merecen una especial recompensa los reservistas y licenciados
temporalmente que se han presentado espontáneamente en sus respectivos
Cuerpos, anticipándose á la orden de incorporarse á ellos.
Merecedores son también del mayor encomio los aristócratas veraneantes,
los próceres ilustres, políticos y financieros, lo más saneado de
nuestras clases conservadoras, que se han apresurado á dejar las
comodidades y el descanso de sus residencias veraniegas para mostrar
á la Monarquía y al Gobierno su lealtad acrisolada. Imponente fué la
manifestación de todos ellos realizada en Madrid, pareciendo en los
sitios de mayor peligro, ofreciéndose con sus servidores y empleados á
defender y sostener el orden. No podían hacer menos por la Monarquía
los que tanto hicieron por la Religión en los días del Congreso
Eucarístico. Sólo los impedidos y achacosos se han limitado á enviar
sus adhesiones por escrito. Y, aun á éstos, habría que oirles en
la terraza del Casino de Biarritz y en otros puntos del extranjero
abominar de los viles afrancesados, que se aprovechan de los momentos
difíciles para perturbar el orden y traer graves complicaciones sobre
España.
Admirable ha sido su conducta, y razón es que, después de tan
significativo acto de presencia, vuelvan á reanudar sus vacaciones,
interrumpidas hasta que llegue el invierno y, con él, ocasiones en que
lucir más tranquilamente Toisones, bandas y cruces, que tan bien saben
ostentarse en los momentos de peligro como en las ceremonias pacíficas.
La Monarquía y los Gobiernos deben tener muy en cuenta la actitud de
estas clases privilegiadas, que aun no han hallado por aquí su Lloyd
George como en Inglaterra.
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Y nada más. De todo ello el Gobierno del Sr. Canalejas ha salido
incólume, cuando sus mejores enemigos y sus peores amigos esperaban
que saldría muy quebrantado. Algo que importa más ha salido también
incólume: la vitalidad de esta España nuestra, más resistente con su
apariencia de debilidad que muchos organismos de robustez engañosa.
Y á este nuestro Madrid bien puede perdonársele su femenina debilidad
por algún torero, en gracia de su masculina serenidad ante un
espectáculo en que la mayor prueba de cordura era permanecer impasibles
como espectadores; único medio de que no se hicieran locuras en el
redondel, que, por fortuna, en esta ocasión ha sido todo olivo,
considerado como símbolo de la Paz, para los bien intencionados. En
su sentido taurino; para los que gritando ¡al toro, al toro!, no se
contentan con quedarse entre barreras, sino que se suben al palco de
la presidencia apenas suenan los clarines y, de paso que se ponen en
seguro, le piden algún favorcillo al presidente, mientras los incautos
lidiadores, jaleados por estos capitanes Araña, se juegan la vida en el
ruedo.