XXVII

Si para todo Gobierno es siempre desagradable la perturbación del orden

público, es natural que lo sea doblemente para un Gobierno liberal y

democrático. Siendo el primer deber de un Gobierno el sostenimiento del

orden, ¿cómo conciliar las ideas liberales con las medidas necesarias

de previsión y de represión? Según frase de un eminente novelista y

lastimoso republicano, en la vida los hechos van dando de puntapiés á

las ideas. Pero no deja de ser triste cosa, cuando de ideas liberales

se trata, que los hechos brutales puedan despedirlas de tan brutal

manera.

Convalecientes todavía de un acceso de fiebre, en que, por fortuna, no

todos han perdido la cabeza, aunque bien pudo temerse, no es ocasión de

aquilatar errores y responsabilidades.

Hay en estos accesos agudos el peligro de que, por atender con premura

á lo sintomático, se desatienda la dolencia esencial. Es indudable

que los vínculos de solidaridad social entre unas clases y otras

están muy relajados. Nadie sabe á qué alta claridad han de llegar las

inteligencias para suplir el calor que falta en los corazones. Hemos

apagado la lumbre antes de encender la luz, y todos vamos á tientas por

la vida; no es extraño que nos tropecemos unos á otros á cada paso.

Se ha destruído mucho y no se ha edificado lo bastante. La voluntad

moderna es negativa. Sabemos muy bien lo que no queremos; nadie sabe de

cierto lo que quiere.

Sería injusto desconocer, y los más apasionados enemigos y los más

condicionales amigos, que son peores, no podrán negarlo, que el

Gobierno ha salvado con gran cordura, digan otros con gran suerte, las

difíciles circunstancias en que tanto podía pecarse por falta como por

exceso.

El pueblo de Madrid, tan desconocido, tan calumniado á veces, ha dado

una vez más pruebas de su ánimo sereno y bien templado. Nadie se ha

intimidado. El comercio abrió sus tiendas confiadamente; nadie dejó sus

habituales ocupaciones y esparcimientos. La clase media, sobre todo,

la que bien tendría motivos justificados para ir á la huelga y á la

protesta violenta, puede decirse que ha sido en este caso el muro de

contención contra posibles desbordamientos del motín amenazador, por

una parte, de la represión excesiva, por otra. No olviden la Monarquía

ni sus Gobiernos dónde está su más firme apoyo. ¿Los de abajo? Aun sin

razones sentimentales. ¡Hay tantas razones de conciencia para perdonar

sus errores y sus extravíos! La grey es buena... ¿Los pastores? ¡Pobre

pueblo! ¡La vida es tan dura para él! ¿Cómo culparle si, para soñar y

esperanzarse, prefiere todavía la blandura y dulzor de las mentiras

lisonjeras al áspero y sano amargor de las verdades? ¡Si sólo se le

acercan los que tienen aspiraciones de ídolos y ninguno que tenga

vocación de mártir! ¿Cómo ha de escuchar nunca palabras de verdad?

Hasta la entrada en Jerusalén, entre aclamaciones y palmas, hay muchos

Cristos; hasta la Cruz, sólo hubo uno: El que era todo amor.

* * * * *

Bien merecen una especial recompensa los reservistas y licenciados

temporalmente que se han presentado espontáneamente en sus respectivos

Cuerpos, anticipándose á la orden de incorporarse á ellos.

Merecedores son también del mayor encomio los aristócratas veraneantes,

los próceres ilustres, políticos y financieros, lo más saneado de

nuestras clases conservadoras, que se han apresurado á dejar las

comodidades y el descanso de sus residencias veraniegas para mostrar

á la Monarquía y al Gobierno su lealtad acrisolada. Imponente fué la

manifestación de todos ellos realizada en Madrid, pareciendo en los

sitios de mayor peligro, ofreciéndose con sus servidores y empleados á

defender y sostener el orden. No podían hacer menos por la Monarquía

los que tanto hicieron por la Religión en los días del Congreso

Eucarístico. Sólo los impedidos y achacosos se han limitado á enviar

sus adhesiones por escrito. Y, aun á éstos, habría que oirles en

la terraza del Casino de Biarritz y en otros puntos del extranjero

abominar de los viles afrancesados, que se aprovechan de los momentos

difíciles para perturbar el orden y traer graves complicaciones sobre

España.

Admirable ha sido su conducta, y razón es que, después de tan

significativo acto de presencia, vuelvan á reanudar sus vacaciones,

interrumpidas hasta que llegue el invierno y, con él, ocasiones en que

lucir más tranquilamente Toisones, bandas y cruces, que tan bien saben

ostentarse en los momentos de peligro como en las ceremonias pacíficas.

La Monarquía y los Gobiernos deben tener muy en cuenta la actitud de

estas clases privilegiadas, que aun no han hallado por aquí su Lloyd

George como en Inglaterra.

* * * * *

Y nada más. De todo ello el Gobierno del Sr. Canalejas ha salido

incólume, cuando sus mejores enemigos y sus peores amigos esperaban

que saldría muy quebrantado. Algo que importa más ha salido también

incólume: la vitalidad de esta España nuestra, más resistente con su

apariencia de debilidad que muchos organismos de robustez engañosa.

Y á este nuestro Madrid bien puede perdonársele su femenina debilidad

por algún torero, en gracia de su masculina serenidad ante un

espectáculo en que la mayor prueba de cordura era permanecer impasibles

como espectadores; único medio de que no se hicieran locuras en el

redondel, que, por fortuna, en esta ocasión ha sido todo olivo,

considerado como símbolo de la Paz, para los bien intencionados. En

su sentido taurino; para los que gritando ¡al toro, al toro!, no se

contentan con quedarse entre barreras, sino que se suben al palco de

la presidencia apenas suenan los clarines y, de paso que se ponen en

seguro, le piden algún favorcillo al presidente, mientras los incautos

lidiadores, jaleados por estos capitanes Araña, se juegan la vida en el

ruedo.

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 32 / 49 题