Tan sobresaltados nos han tenido durante todo el verano con amenazas de
conflagraciones europeas, cólera, disturbios interiores; tanto nos han
gritado «¡el lobo, el lobo!», que cuando el lobo ha venido, en efecto,
casi estábamos curados de espanto; y la verdad es que la intranquilidad
de los espíritus no corresponde á lo crítico de las circunstancias. No
parece sino que no fuera nada con nosotros. El ilustre político que
consideró á España incorregible é ingobernable porque había perdido
el pulso, hallaría ahora nuevas razones para reforzar su diagnóstico.
No creo yo que hayamos perdido el pulso; lo que sucede es que no se
nos altera por nada. ¡Nos hemos visto con el agua al cuello tantas
veces! Sólo una gran catástrofe nacional, como la cogida de un torero,
es capaz ya de conmovernos y alterar el ritmo normal de nuestras
pulsaciones. Menos mal; si fuéramos á emocionarnos por todo lo que
vale la pena, estaríamos enfermos del corazón todos los españoles. Y
¿para qué hay una Providencia allá arriba y un Gobierno aquí abajo?
Pero los ricos son egoístas; ellos se toman sus vacaciones del veraneo
y se molestan porque los pobres se declaren en huelga, que es, salvo
enfermedad ó paro forzoso, su único modo de tener vacaciones. Con la
diferencia de que no son tan divertidas como las de los ricos; porque
las Cajas de resistencia no dan para tanto como las Cajas de los Bancos
y las rentas de casas y tierras. ¡Ah! Si los pobres tuvieran algún
dinero para jugárselo en algún Casino mientras dura la huelga, nadie
tendría que decir nada de ellos. Sería gente que se divierte; la gente
que se divierte, no perturba. Pero ¿á quién se le ocurre holgar sin
dinero? Peor todavía: á costa del dinero de los demás. ¿No piensan esos
obreros que sus días de huelga significan tal vez el automóvil, la
partida de «bac» del señor que veranea tranquilamente? Pues bueno sería
que lo pensaran, que eso de no pensar más que en sí mismos se queda
también para los ricos. Bueno es que ellos no piensen que su automóvil,
y su «bac», y sus «cocottes» significan el pan que falta muchos días
en muchas mesas; porque si lo pensaran no se divertirían tanto, y
conviene que los ricos se diviertan para que los pobres vivan. Cuando
se han pagado seis reales ó dos pesetas por el trabajo de un hombre en
todo un día, bien puede uno jugarse 1.000 pesetas á una carta, con la
conciencia tranquila, y pedir energía á los Gobiernos para reprimir
cualquier desorden, y espantarse de que haya quien hable todavía de
problemas y cuestiones sociales.
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Una millonaria americana ha celebrado en París el segundo cumpleaños
de un lindo perrillo de su pertenencia con una original y espléndida
fiesta. Invitó á todos los perros y perras de sus amigas, que acudieron
acompañados de sus distinguidas amitas, naturalmente. Hubo verdadera
competencia en el atavío de los perros: collares y pulseras con
piedras preciosas, golas de magníficos encajes, mantas de fantasía,
pañuelitos bordados. El héroe de la fiesta lucía un suntuoso manto,
que era llevado graciosamente del pico por un pato blanco que, según
dicen, cometió mil incorrecciones y acabó por tragarse un anillo de
oro y brillantes que dejó caer una de las más espirituales falderas
asistentes á la reunión. Se sirvió un delicado agasajo, y las revistas
no dicen si se bailó ó se hizo música, ni si las alfombras y cortinajes
ó las faldas de las amitas padecieron graves ultrajes. Tampoco dicen si
el _flirt_ se contuvo en límites decorosos ó hubo que lamentar algunas
expansiones de dudoso gusto. Se supone que, siendo todos los perritos
de buena casa y educados por señoras tan distinguidas, la reunión
tendría el mejor tono. De seguro que no se mordieron unos á otros como
sus señoras y dueñas, que saldrían encantadas de la fiesta. Sería
interesante saber lo que pensaron los perros, y más interesante saber
lo que dijeron los criados de la casa. De los maridos y los hijos de
las señoras, no se sabe nada.
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No se dirá que nos descuidamos en los preparativos para solemnizar el
centenario de Cervantes. El Salón Nacional, nombre ya de suyo sonoro
y significativo, se llamará teatro de Cervantes, y, al anunciar el
cambio de nombre, se anunció primeramente que actuaría en él una buena
compañía dramática; pero después referencias muy autorizadas dan por
seguro que actuará en él una de esas compañías de _varietés_ tan poco
variadas. Era lo único que le faltaba á Cervantes. Con un guiñol iría
mejor servido; siquiera recordaría aquel retablo de Maravillas ó el
famoso de maese Pedro; pero estas _varietés_ á la moderna no sé qué
puedan recordar, como no sean las desdichas que le persiguieron en vida
y no dejaron de perseguirle en muerte, sin la tregua del centenario,
que ya veremos cómo nos lo deparan entre unos y otros.
Admirable sería que, al engaño del nombre, acudiera algún extranjero
al teatro de Cervantes creyendo hallar el verdadero teatro nacional, ó
poco menos, y se encontrara con su buen garrotín y sus buenas coplitas
en el más puro estilo cervantesco. Triste sería que, sólo por los
artistas y el público, pudiera creerse transportado á lo más triste
de la triste España de Cervantes, y que, viniendo á festejar al autor
del _Quijote_, sólo pudiera admirar al de _Rinconete y Cortadillo_, no
tanto por la certera observación de su tiempo como por la penetrante
visión del porvenir.
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Los franceses nos pondrán en solfa, y por eso, sin duda, padecen la
obsesión musical de España. De diez ó doce conciertos anunciados
en días pasados, de los que dan en París continuamente las bandas
militares, no había uno solo en que no figurara alguna pieza de
inspiración española. La _España_, de Chabrier; fantasías de _Carmen_;
un Vito; fantasía de _El Cid_, de Massenet; serenata española. Eso sí,
entre tanta música española ni un sólo compositor español. Basta con
que la inspiración sea nuestra; ellos se bastan para instrumentarlo
todo. Lo mismo que en Marruecos, y que en todas partes. Aquí cantamos y
bailamos; ellos instrumentan... y cobran. ¿No ha sido ésta siempre la
suprema habilidad francesa: instrumentar todas las músicas de todo el
mundo? Sólo que hay músicas bravías que se resisten á todo pentagrama y
á toda batuta. Napoleón, aquel gran director de orquesta, lo aprendió
á su costa. Pudo con los pueblos entonces más civilizados y fué á
estrellarse en los que él despreciaba más por incultos.