Cuando los sucesos tienen por sí solos la suficiente fuerza de
penetración ¿qué puede añadirles el comentario? Las noticias de
Inglaterra se comentan por sí mismas. De un lado, el esplendor de sus
fiestas marítimas, el más insolente lujo ostentado por los poderosos
más poderosos del mundo, señores de la tierra y de los mares. De otro
lado, la huelga sangrienta, el alarido desesperado de los hambrientos,
que, por ser legión, quieren también ser poderosos un día á su manera,
que es destruirlo todo, aunque no estén muy seguros de lo que después
ha de edificarse. No hay colosal ídolo de oro que no tenga los pies
de barro. El relato de esas huelgas de Londres y de Liverpool,
cortando bruscamente la admiración envidiosa que pudiera causarnos
la descripción de las fiestas brillantes, viene á ser consuelo de
pobres, ya que no de tontos. En todas partes cuecen habas; menos mal
donde también asan perdices; lo peor es donde sólo cuecen habas y de
la peor calidad. Aquí tenemos huelgas y no tenemos yates ni duques de
Westminster, que siempre es un entretenimiento hasta ver en qué para
todo.
Y aun pretenderán los soberbios lores oponerse á la sabia política de
Lloyd George, de quien bien pudiera decirse, como dijo Calderón de la
Cruz redentora, que es «Iris de paz que se puso entre las iras del
Cielo y los pecados del mundo».
Si con política tan previsora de lo que está viendo venir el más ciego,
no se consigue evitar algún tremendo choque, ¿qué sucederá donde nadie
piensa en nada ó se piensa en lo que menos importa?
Los ricos de Inglaterra han recibido en estos días una buena lección de
Economía política. Con todo su dinero se han visto carecer de muchas
cosas. En los muelles se pudrían las frutas, se derretía el hielo, se
estropeaban las golosinas, que por una vez estimaban en todo su valor
los que nunca creyeron que todo eso significaba más que dinero. Por
una vez, se han permitido los hambrientos el lujo que los hartos se
permiten toda la vida: desperdiciar.
* * * * *
Explicaba un señor que había viajado mucho, cómo la razón de ser España
el país más democrático en su trato y costumbres consistía justamente
en ser el más aristocrático. Y esto que parecía implicar contradicción
ó paradoja, lo resolvía él muy en su punto. En otras partes, sólo las
personas que, por su rango ó su elevada posición social, se creen
lo bastante seguras de sí mismas para saber que en nada desmerecen
por alternar con quien mejor les plazca, son las que se permiten esa
familiaridad y llaneza, que aquí nos permitimos todos porque todos
llevamos un gran señor dentro y todos nos creemos autorizados para
dispensar nuestra confianza á quien mejor nos parece; y así, de nuestra
misma altivez procede el ser sencillos, y de ser todos aristócratas el
vivir en plena democracia.
Esta española confusión de castas y linajes se acentúa en el veraneo,
donde apenas es posible distinguir de clases, y tal vez no haya dato
más seguro de información que las diferentes tertulias, formadas, no al
calor, sino al fresco de playas ó montañas.
Dime en qué tertulia andas y te diré quién eres; por lo menos te diré
lo que buscas, ya que saber quién sea cada uno es imposible.
Puestos á considerar las tertulias y sus afinadas electivas, tenemos:
la tertulia de los selectos, alrededor de alguna gran señora, ya
entrada en años; tertulia aburrida, pero de mucho tono. Por lo regular,
aparte los que quieren tomar alternativa, exhibiéndose en ella, los que
para nada la necesitan, saludan y pasan de largo.
Tenemos la tertulia de los despreocupados, en torno de alguna
profesional belleza; como es de rigor, acompañada por una
sobresaliente, vestida con los desechos y en todo atenida á lo mismo;
pero no es la que menos se divierte. Al pasar por esta tertulia hay que
hacerse los desentendidos cuando se va con señoras respetables.
Tenemos la tertulia del prohombre político: un corro muy ancho, con las
sillas muy espaciadas; al lado del prohombre una silla de respeto,
con el bastón y el sombrero y muchos periódicos. Esta silla sólo la
ocupa algún otro prohombre del partido ó algún enemigo político muy
caracterizado. El prohombre sólo deja oir su voz grave y sentenciosa,
hasta cuando quiere parecer familiarmente trivial, cuando hay
_repórter_ nuevo de periódico importante ó persona significada á quien
deslumbrar. De otro modo, queda encargado de amenizar la tertulia el
bufón del partido. En todos los partidos hay bufones de cámara.--El
hacer frases y chistes á costa de los correligionarios ausentes,
espiando las que son bien acogidas por una sonrisa del jefe, mal
disimulada entre protestas:--¡Oh! ¡Este Fulano es terrible! ¡No diga
usted eso! ¡Son cosas de usted! ¡No vaya á creer nadie que yo pienso lo
mismo!
En esta tertulia hay siempre un proveedor de cerillas, porque el
prohombre, gran fumador, nunca lleva cerillas.
Tenemos la tertulia del torero; muy parecida á la del político, salvo
que es más desinteresada. Con su bufón también, que habla mal de los
rivales en arte y de los revisteros apasionados por otros diestros,
con las mismas sonrisas de agrado y protestas hipócritas del ídolo.
En esta tertulia, como en la del prohombre, hay terribles celos y
envidias, que no suele haber entre los amigos de la profesional
belleza, con estar allí más justificados. Las preferencias del ídolo se
cotizan muy alto. Se recibe con hostilidad á cualquier amigo nuevo. Los
desairados desahogan su pena unos con otros.
--¿No le dijo á usted que almorzaría hoy con nosotros?
--Sí; pero llegó ese imbécil...
--Este Manolo es del último que llega...
Los asiduos á esta tertulia, siempre que se encuentran, antes de
saludarse, se preguntan:--¿Ha visto usted al «hombre»?--¿Qué sabe usted
del «hombre»?--¿Ha visto usted cómo ha quedado el «hombre»?
Les digo á ustedes que estas tertulias de veraneo son un manantial
inagotable de amenidades.
* * * * *
Muy de temer es que, á esos graciosos canastillos, última importación
con que el Ayuntamiento prosigue la tarea de europeizarnos, no les
caiga del todo mal la clásica definición de la escupidera: «Un
recipiente alrededor del cual se escupe y se tiran las colillas.»
¿Servirán precisamente los nuevos recipientes para el uso á que parecen
destinados? ¿Será el órgano engendrador de la función? ¿O cuando
tengamos todo lo necesario para ser limpios, nos seguirá faltando
la limpieza, como cuando tengamos todo lo que hace falta para estar
educados nos seguirá faltando la educación?