XXII

Cuando los sucesos tienen por sí solos la suficiente fuerza de

penetración ¿qué puede añadirles el comentario? Las noticias de

Inglaterra se comentan por sí mismas. De un lado, el esplendor de sus

fiestas marítimas, el más insolente lujo ostentado por los poderosos

más poderosos del mundo, señores de la tierra y de los mares. De otro

lado, la huelga sangrienta, el alarido desesperado de los hambrientos,

que, por ser legión, quieren también ser poderosos un día á su manera,

que es destruirlo todo, aunque no estén muy seguros de lo que después

ha de edificarse. No hay colosal ídolo de oro que no tenga los pies

de barro. El relato de esas huelgas de Londres y de Liverpool,

cortando bruscamente la admiración envidiosa que pudiera causarnos

la descripción de las fiestas brillantes, viene á ser consuelo de

pobres, ya que no de tontos. En todas partes cuecen habas; menos mal

donde también asan perdices; lo peor es donde sólo cuecen habas y de

la peor calidad. Aquí tenemos huelgas y no tenemos yates ni duques de

Westminster, que siempre es un entretenimiento hasta ver en qué para

todo.

Y aun pretenderán los soberbios lores oponerse á la sabia política de

Lloyd George, de quien bien pudiera decirse, como dijo Calderón de la

Cruz redentora, que es «Iris de paz que se puso entre las iras del

Cielo y los pecados del mundo».

Si con política tan previsora de lo que está viendo venir el más ciego,

no se consigue evitar algún tremendo choque, ¿qué sucederá donde nadie

piensa en nada ó se piensa en lo que menos importa?

Los ricos de Inglaterra han recibido en estos días una buena lección de

Economía política. Con todo su dinero se han visto carecer de muchas

cosas. En los muelles se pudrían las frutas, se derretía el hielo, se

estropeaban las golosinas, que por una vez estimaban en todo su valor

los que nunca creyeron que todo eso significaba más que dinero. Por

una vez, se han permitido los hambrientos el lujo que los hartos se

permiten toda la vida: desperdiciar.

* * * * *

Explicaba un señor que había viajado mucho, cómo la razón de ser España

el país más democrático en su trato y costumbres consistía justamente

en ser el más aristocrático. Y esto que parecía implicar contradicción

ó paradoja, lo resolvía él muy en su punto. En otras partes, sólo las

personas que, por su rango ó su elevada posición social, se creen

lo bastante seguras de sí mismas para saber que en nada desmerecen

por alternar con quien mejor les plazca, son las que se permiten esa

familiaridad y llaneza, que aquí nos permitimos todos porque todos

llevamos un gran señor dentro y todos nos creemos autorizados para

dispensar nuestra confianza á quien mejor nos parece; y así, de nuestra

misma altivez procede el ser sencillos, y de ser todos aristócratas el

vivir en plena democracia.

Esta española confusión de castas y linajes se acentúa en el veraneo,

donde apenas es posible distinguir de clases, y tal vez no haya dato

más seguro de información que las diferentes tertulias, formadas, no al

calor, sino al fresco de playas ó montañas.

Dime en qué tertulia andas y te diré quién eres; por lo menos te diré

lo que buscas, ya que saber quién sea cada uno es imposible.

Puestos á considerar las tertulias y sus afinadas electivas, tenemos:

la tertulia de los selectos, alrededor de alguna gran señora, ya

entrada en años; tertulia aburrida, pero de mucho tono. Por lo regular,

aparte los que quieren tomar alternativa, exhibiéndose en ella, los que

para nada la necesitan, saludan y pasan de largo.

Tenemos la tertulia de los despreocupados, en torno de alguna

profesional belleza; como es de rigor, acompañada por una

sobresaliente, vestida con los desechos y en todo atenida á lo mismo;

pero no es la que menos se divierte. Al pasar por esta tertulia hay que

hacerse los desentendidos cuando se va con señoras respetables.

Tenemos la tertulia del prohombre político: un corro muy ancho, con las

sillas muy espaciadas; al lado del prohombre una silla de respeto,

con el bastón y el sombrero y muchos periódicos. Esta silla sólo la

ocupa algún otro prohombre del partido ó algún enemigo político muy

caracterizado. El prohombre sólo deja oir su voz grave y sentenciosa,

hasta cuando quiere parecer familiarmente trivial, cuando hay

_repórter_ nuevo de periódico importante ó persona significada á quien

deslumbrar. De otro modo, queda encargado de amenizar la tertulia el

bufón del partido. En todos los partidos hay bufones de cámara.--El

hacer frases y chistes á costa de los correligionarios ausentes,

espiando las que son bien acogidas por una sonrisa del jefe, mal

disimulada entre protestas:--¡Oh! ¡Este Fulano es terrible! ¡No diga

usted eso! ¡Son cosas de usted! ¡No vaya á creer nadie que yo pienso lo

mismo!

En esta tertulia hay siempre un proveedor de cerillas, porque el

prohombre, gran fumador, nunca lleva cerillas.

Tenemos la tertulia del torero; muy parecida á la del político, salvo

que es más desinteresada. Con su bufón también, que habla mal de los

rivales en arte y de los revisteros apasionados por otros diestros,

con las mismas sonrisas de agrado y protestas hipócritas del ídolo.

En esta tertulia, como en la del prohombre, hay terribles celos y

envidias, que no suele haber entre los amigos de la profesional

belleza, con estar allí más justificados. Las preferencias del ídolo se

cotizan muy alto. Se recibe con hostilidad á cualquier amigo nuevo. Los

desairados desahogan su pena unos con otros.

--¿No le dijo á usted que almorzaría hoy con nosotros?

--Sí; pero llegó ese imbécil...

--Este Manolo es del último que llega...

Los asiduos á esta tertulia, siempre que se encuentran, antes de

saludarse, se preguntan:--¿Ha visto usted al «hombre»?--¿Qué sabe usted

del «hombre»?--¿Ha visto usted cómo ha quedado el «hombre»?

Les digo á ustedes que estas tertulias de veraneo son un manantial

inagotable de amenidades.

* * * * *

Muy de temer es que, á esos graciosos canastillos, última importación

con que el Ayuntamiento prosigue la tarea de europeizarnos, no les

caiga del todo mal la clásica definición de la escupidera: «Un

recipiente alrededor del cual se escupe y se tiran las colillas.»

¿Servirán precisamente los nuevos recipientes para el uso á que parecen

destinados? ¿Será el órgano engendrador de la función? ¿O cuando

tengamos todo lo necesario para ser limpios, nos seguirá faltando

la limpieza, como cuando tengamos todo lo que hace falta para estar

educados nos seguirá faltando la educación?

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 27 / 49 题