Nuestra pobre vida, ahogada entre las cuatro paredes de la actualidad
prosaica, sólo en lo misterioso halla asidero para lanzarse iluminada
hacia donde algo novelesco ó poético se vislumbra. Sabemos que de nada
extraordinario somos capaces; sabemos hasta dónde nos llevan nuestras
pasiones, nuestros vicios, nuestras maldades y nuestras virtudes;
hemos perdido toda ilusión en nosotros mismos, hemos renunciado á ser
actores hasta en la propia comedia de nuestra vida; por lo mismo, somos
espectadores curiosos de la vida de los demás y esperamos de cualquiera
de ellos la emoción que divierta un poco la monotonía de nuestra vida.
¿No hay quien quiera ser héroe, para que, de espectadores, ascendamos,
siquiera por unos días, á ser coro de la tragedia?
La muerte de Mad. Lantelme, lindo artículo de París--ciudad única en
la fabricación de esas muñecas vivientes, imitación perfecta de todo,
de la hermosura, de la elegancia, hasta del talento,--nos defraudaría
como espectadores si, en efecto, hubiera sido causada por un accidente
de los que llamamos casuales. Y he aquí cómo, hasta cuando queremos
poetizar, nos asimos de la más vulgar lógica.
La casualidad es un desenlace, pero no es una explicación. La
casualidad es algo que irrumpe por nuestra vida, fuera de todo cauce;
algo que, de puro fatal, parece desviarnos de la fatalidad de nuestro
destino. Son pocos los espíritus que saben percibir en la casualidad
algo que sea lógico y necesario en esa armonía que es toda vida humana.
A nadie le parece buena explicación el accidente casual. Todas las
mujeres que envidiaban á la Lantelme, creyéndola muy dichosa, caen
ahora en la cuenta de que era muy desgraciada. Menos mal que la muerte
pone un poco de moralidad en la vida. Las que más la envidiaban han
dejado de envidiarla ahora: «No, no era feliz; no podía serlo--se
dicen unas á otras.--La felicidad no es sólo el dinero...» Pero, á
estas horas, todas pensarán en el opulento viudo, por si acaso. Todo es
poner barandal más alto á las ventanas del yate.
Todos prefieren creer que la linda muñeca de lujo se ha suicidado. Esta
explicación, que es más lógica, es, por lo mismo, más vulgar, queriendo
ser poética. Hasta en Francia, donde aun florece la tragedia con toda
la pompa de sus alejandrinos, se ha perdido el sentido de lo trágico.
Buscando la tragedia, se cae en el melodrama.
¿Un suicidio? Según eso, las mariposas efímeras también se suicidan
cuando se queman á la luz. No; cumplen su destino: vuelan hacia la
luz y se abrasan. Igual, ese bonito juguete, mariposa-mujer con alas
de encajes y colores de pedrería, volaba en torno de esas luces
deslumbradoras que son el amor, la riqueza, el arte, la gloria... y se
abrasó en cualquiera de ellas, tal vez en la que menos calor daba.
* * * * *
Los que no salen de Madrid por sus ocupaciones ó por su gusto--por
falta de dinero no será; por esa razón sólo podrían veranear dos
docenas de madrileños,--con nada se divierten. En la Ciudad Lineal,
unas luchas greco-romanas, que más transcienden á barraca de feria
francesa que á Grecia y Roma. En los nuevos Jardines del Retiro, en
oposición al clasicismo de la Ciudad Lineal, triunfa el romanticismo
con don Jenaro, «el Feo», por mal nombre. Un bufo de la tierra que,
sin saberlo, como M. Jourdain, hablaba en prosa, ha traducido muy
castizamente excentricidades de _minstrel_ inglés. Con eso, y con
el mujerío de verano, un mujerío que se oculta en invierno como los
pájaros se ocultan para morir, según el poeta, no se pasa del todo mal
en Madrid.
Para los que no pueden vivir sin emociones de Arte, en cualquier tiempo
que sea, ahí tienen el Gran Teatro, con una mínima de 40 grados al sol
de sus baterías y á la sombra de sus tiples.
Mucho es, aquí, donde todo se copia, que no tenemos ya, al modo de
Francia, teatros de la Naturaleza, teatros al aire libre ó teatros
de verdura, que de las tres maneras los llaman, aunque en la última
acepción ya podríamos competir ventajosamente con los franceses. De
verdura tenemos aquí muchos teatros que, si el público tuviera mejor
gusto, aun había de justificar más su nombre, sembrando el escenario de
hortalizas.
El teatro de la Naturaleza cunde en Francia que es una bendición...
de los campos. No hay ciudad de alguna importancia, villa de
aguas--traducción literal--villaje,--esto ya es más castizo, aunque no
lo parezca,--donde no se represente alguna obra, con montañas y cielo
por telón de fondo y árboles seculares por bastidores--suprimidas las
bambalinas. Por fortuna, entre los actores franceses, gracias á la
frecuente interpretación de sus insoportables tragedias, los hay de
hermosa voz y grandes facultades, que les permite ser oídos sin el
recurso de la máscara bocina de los actores griegos y romanos.
Lo malo es que, si al principio sólo se representaba en estos
teatros obras adecuadas á la grandiosidad de la escena, hoy, por el
consumo excesivo, cualquier obra parece buena para servirla en plena
Naturaleza. Así se ha representado _La estrella de Sevilla_, de Lope de
Vega, y así se representará el mejor día _La dama de las camelias_, que
acaso no llegue al quinto acto, expuesta á los cuatro vientos, ó acaso
se reponga antes del cuarto con este tratamiento al aire libre.
Lo que sí podrá decir cualquiera en Francia, sin ponderación y sin
sacrilegio, cuando quiera recordar que estuvo en un teatro de estos, es
que fué allá, donde _Mounet Sully_ dió las tres voces. Como decía un
abonado del Real á otro que le preguntaba el lugar de la acción en _La
Walkyria_ y era en una representación muy desdichada:
--¿No lo ve usted? Donde Wotan dió los tres gallos.
* * * * *
Los vaticinadores y agoreros de acontecimientos mundiales, barajan sin
cesar el nombre de las grandes naciones. Lo que hará Alemania, lo que
piensa Francia, la actitud de Inglaterra. Parece que son los tiempos
en que se nombraba á los reyes por el nombre del Estado donde eran
soberanos. Cuando se decía: Francia se casa; Inglaterra se muere. Hoy
esos nombres, con significar mucho, no lo significan todo... Lo que
hará Alemania, lo que piensa Francia, la actitud de Inglaterra... Muy
bien, sí; pero ¿no convendría más saber lo que harán los alemanes, lo
que piensan los franceses y la actitud de los ingleses?