XIX

El caso de _La Croix_, periódico de París, órgano conservador y

católico, es curiosísimo. Se pasa la vida bombeándonos como país

católico, poniéndonos de ejemplo á los empecatados Gobiernos franceses,

que han llegado á la separación de la Iglesia y del Estado, y cuando

pudiera creerse que somos el mejor modelo que todos los países del

mundo debieran copiar, llega la cuestión de Marruecos y, ¡adiós mis

pavos!, nos pone de atrasados, de bárbaros y hasta incapaces de

Sacramentos, á pesar de todo nuestro catolicismo, que no tiene Muley

Hafid por dónde cogernos. ¡Aten ustedes esa mosca por el rabo! De

suerte, que muy buenos cristianos, pero en lo demás, cosa perdida; pues

sí que es para animarnos á perseverar si son esas las consecuencias de

nuestro fervor religioso.

Como los nuestros de á cuarto, tienen los beatos franceses cosas de á

_sou_.

Para consuelo nuestro, y en honor del decantado _bon sens_ de los

franceses, no toda la Prensa se ha despeñado por el precipicio de

las tonterías. Espíritus belicosos se complacen en trasladarnos lo

desagradable; justo es consignar que hay quien no ha perdido los

estribos y que la razón y el sentido común no han huído todavía de

Francia, aunque estén pasando muy malos ratos, como en todas partes,

cuando los energúmenos vocean.

El _Diario de los Debates_, _La Humanidad_ y algunos otros periódicos

hablan como la razón y la cordura mismas. Bueno es que nuestros

energúmenos colonistas, que por aquí también los tenemos, se den

por enterados. En Francia, como en España, es deber patriótico y de

humanidad no contribuir en lo más mínimo á enconar rozamientos. Un

choque entre las dos naciones sería dar que reir á las demás, que no

habían de intervenir en favor de ninguna y muy tranquilamente estarían

á las resultas. Lo urgente es tirar bien la raya, cerca ó lejos; hasta

aquí unos, desde aquí otros. Esas zonas neutrales, esas policías

internacionales, esas divisiones de mandos, desde la más remota

antigüedad vienen dando el mismo resultado. La diplomacia lo combina

todo muy bien, y todo iría perfectamente si, al decir Francia y España

unidas, se tratara, en efecto, de una abstracción ideal de las dos

naciones, ó si fueran los propios diplomáticos con toda su corrección,

exquisitas maneras y excelentes formas los encargados de traer y llevar

por esas zonas neutrales. Pero eso de que las buenas relaciones entre

dos pueblos y su tranquilidad y su honor estén pendientes de que el

último policía internacional, que ni siquiera es francés, ni español

en muchos casos, tuvo unas palabras con otro de la misma categoría y

casta, francamente, es poner en ocasión cosas que mucho valen para

fiarlas en tan poco.

* * * * *

El bailarín, así el de rango francés como el clásico bolero español,

el que tuvo su canto del cisne con música de Barbieri: «Aquí viene un

bolero muy afligido...», había desaparecido de los teatros. Para el

público de nuestros días la presencia de un bailarín era intolerable.

Pero todo tiene su renacimiento. La directora de baile de la Opera

Cómica, de París, la célebre madame Mariquita, ¡oh, predestinación

de los nombres!, ha declarado que se propone restaurar el bailarín

masculino en los bailes encomendados á su dirección:--Es una nota

necesaria--ha dicho;--es preciso el contraste; el «travestí» es

antiartístico, el público empieza á cansarse de las mujeres vestidas

de hombre. Claro está que madame Mariquita se atreve á tanto fiada en

el triunfo de Nijinsky, el extraordinario bailarín ruso que ha sido la

_coqueluche_ de París en las dos últimas temporadas de primavera, que

ha inspirado infinidad de crónicas y de versos, de quien ha dicho un

poeta:

C'est un monstre ingénu qui naquit pour la gloire.

Y más adelante, cosas de este calibre:

Il met le coeur en doute et l'instinct en danger.

Pero, ¡ay, que todos los bailarines y danzantes no serán Nijinskys! En

nada se marca tanto la diferencia de clases como en lo que no tiene

clasificación posible.

* * * * *

La Banda municipal es objeto de controversia en el seno mismo del

Ayuntamiento. Hay quien la quiere aristocrática; hay quien la quiere

popular. Unos quisieran que no tocara nunca de _La Walkyria_ para

abajo; otros, del «Himno de Riego» para arriba. Popular, sí; debe

serlo. Pero todos sabemos que lo de popular es valor entendido. Cuando

decimos teatro popular, música popular, escritor popular, todos sabemos

hasta dónde llega esa popularidad y dónde termina ese pueblo. Más allá

sabemos que ni el teatro, ni la música, ni el escritor han de ser

comprendidos. ¿Que debe aspirarse á que lo sean? Sí, muy bien. Pero si

ha de educarse al pueblo artísticamente ha de ser presentándole el Arte

con cierto respeto, no poniéndolo á sus pies, sino sobre su cabeza.

Que oiga la música, la mejor, cuando de oir música se trate; cuando se

trate de bailotear en una verbena ó jolgorio de barrio, con una buena

charanga tiene bastante; sobra la Banda municipal, como sobraría la

Orquesta Sinfónica en el palacio más aristocrático si sólo de bailar

rigodones, valses y cotillón era el caso. Cada ocasión pide su lujo

particular; no hay que ser _rastaqueres_, señores concejales.

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 24 / 49 题