El caso de _La Croix_, periódico de París, órgano conservador y
católico, es curiosísimo. Se pasa la vida bombeándonos como país
católico, poniéndonos de ejemplo á los empecatados Gobiernos franceses,
que han llegado á la separación de la Iglesia y del Estado, y cuando
pudiera creerse que somos el mejor modelo que todos los países del
mundo debieran copiar, llega la cuestión de Marruecos y, ¡adiós mis
pavos!, nos pone de atrasados, de bárbaros y hasta incapaces de
Sacramentos, á pesar de todo nuestro catolicismo, que no tiene Muley
Hafid por dónde cogernos. ¡Aten ustedes esa mosca por el rabo! De
suerte, que muy buenos cristianos, pero en lo demás, cosa perdida; pues
sí que es para animarnos á perseverar si son esas las consecuencias de
nuestro fervor religioso.
Como los nuestros de á cuarto, tienen los beatos franceses cosas de á
_sou_.
Para consuelo nuestro, y en honor del decantado _bon sens_ de los
franceses, no toda la Prensa se ha despeñado por el precipicio de
las tonterías. Espíritus belicosos se complacen en trasladarnos lo
desagradable; justo es consignar que hay quien no ha perdido los
estribos y que la razón y el sentido común no han huído todavía de
Francia, aunque estén pasando muy malos ratos, como en todas partes,
cuando los energúmenos vocean.
El _Diario de los Debates_, _La Humanidad_ y algunos otros periódicos
hablan como la razón y la cordura mismas. Bueno es que nuestros
energúmenos colonistas, que por aquí también los tenemos, se den
por enterados. En Francia, como en España, es deber patriótico y de
humanidad no contribuir en lo más mínimo á enconar rozamientos. Un
choque entre las dos naciones sería dar que reir á las demás, que no
habían de intervenir en favor de ninguna y muy tranquilamente estarían
á las resultas. Lo urgente es tirar bien la raya, cerca ó lejos; hasta
aquí unos, desde aquí otros. Esas zonas neutrales, esas policías
internacionales, esas divisiones de mandos, desde la más remota
antigüedad vienen dando el mismo resultado. La diplomacia lo combina
todo muy bien, y todo iría perfectamente si, al decir Francia y España
unidas, se tratara, en efecto, de una abstracción ideal de las dos
naciones, ó si fueran los propios diplomáticos con toda su corrección,
exquisitas maneras y excelentes formas los encargados de traer y llevar
por esas zonas neutrales. Pero eso de que las buenas relaciones entre
dos pueblos y su tranquilidad y su honor estén pendientes de que el
último policía internacional, que ni siquiera es francés, ni español
en muchos casos, tuvo unas palabras con otro de la misma categoría y
casta, francamente, es poner en ocasión cosas que mucho valen para
fiarlas en tan poco.
* * * * *
El bailarín, así el de rango francés como el clásico bolero español,
el que tuvo su canto del cisne con música de Barbieri: «Aquí viene un
bolero muy afligido...», había desaparecido de los teatros. Para el
público de nuestros días la presencia de un bailarín era intolerable.
Pero todo tiene su renacimiento. La directora de baile de la Opera
Cómica, de París, la célebre madame Mariquita, ¡oh, predestinación
de los nombres!, ha declarado que se propone restaurar el bailarín
masculino en los bailes encomendados á su dirección:--Es una nota
necesaria--ha dicho;--es preciso el contraste; el «travestí» es
antiartístico, el público empieza á cansarse de las mujeres vestidas
de hombre. Claro está que madame Mariquita se atreve á tanto fiada en
el triunfo de Nijinsky, el extraordinario bailarín ruso que ha sido la
_coqueluche_ de París en las dos últimas temporadas de primavera, que
ha inspirado infinidad de crónicas y de versos, de quien ha dicho un
poeta:
C'est un monstre ingénu qui naquit pour la gloire.
Y más adelante, cosas de este calibre:
Il met le coeur en doute et l'instinct en danger.
Pero, ¡ay, que todos los bailarines y danzantes no serán Nijinskys! En
nada se marca tanto la diferencia de clases como en lo que no tiene
clasificación posible.
* * * * *
La Banda municipal es objeto de controversia en el seno mismo del
Ayuntamiento. Hay quien la quiere aristocrática; hay quien la quiere
popular. Unos quisieran que no tocara nunca de _La Walkyria_ para
abajo; otros, del «Himno de Riego» para arriba. Popular, sí; debe
serlo. Pero todos sabemos que lo de popular es valor entendido. Cuando
decimos teatro popular, música popular, escritor popular, todos sabemos
hasta dónde llega esa popularidad y dónde termina ese pueblo. Más allá
sabemos que ni el teatro, ni la música, ni el escritor han de ser
comprendidos. ¿Que debe aspirarse á que lo sean? Sí, muy bien. Pero si
ha de educarse al pueblo artísticamente ha de ser presentándole el Arte
con cierto respeto, no poniéndolo á sus pies, sino sobre su cabeza.
Que oiga la música, la mejor, cuando de oir música se trate; cuando se
trate de bailotear en una verbena ó jolgorio de barrio, con una buena
charanga tiene bastante; sobra la Banda municipal, como sobraría la
Orquesta Sinfónica en el palacio más aristocrático si sólo de bailar
rigodones, valses y cotillón era el caso. Cada ocasión pide su lujo
particular; no hay que ser _rastaqueres_, señores concejales.