Si ya es difícil en esta brega literaria agradar á los amigos y
complacer á los más halagados en sus ideas ó sentimientos ó vanidades
por lo que uno escribe, ¿qué puede uno esperar de los enemigos y de los
mortificados?
Dije que las Comunidades religiosas acaso buscaban en Marruecos otras
Filipinas, y hay quien muy indignado protesta, diciéndome que nunca las
Comunidades han sido tan respetadas en Filipinas y en toda América como
ahora, desde que allí no tenemos arte ni parte en el material dominio.
No lo dudo, que Ordenes y Comunidades religiosas fueron siempre de
condición de gato; ni yo dije que por ellas se hubiera perdido nada;
pero, en fin, se perdió con ellas y todo. Por eso creo que, llegado
el caso de conquistar nuevos territorios, vale la pena de ensayar
si nos iría mejor sin ellas. Porque ellas evangelizarían todo lo
posible, pero españolizar no fué cosa mayor, si hemos de juzgar por
los resultados. Tampoco dudo que bajo la autoridad de los americanos
en Filipinas y de otras Repúblicas en toda América, las Comunidades
no presten excelentes servicios. Es cualidad de religiosos españoles
ser candilitos de casa ajena. Todo lo que tienen de turbulentos y
amenazadores con los Gobiernos de casa, tienen de complacientes y
serviciales con los de fuera. Tal vez consista en ellos; tal vez
consista en los Gobiernos. De seguro que ningún presidente de los
Estados Unidos habrá tenido que decir de las Comunidades lo que, según
fama, dijo en cierta ocasión de graves complicaciones don Antonio
Cánovas del Castillo, que no era ningún demagogo, aunque hoy andaría á
dos dedos de parecerlo, según va todo.
En cuanto á lo que asegura un airado articulista, que gracias á las
Comunidades religiosas cobramos los autores dramáticos españoles
pingües derechos de toda América... ¡Ay, mi buen señor! Deseche,
deseche esas ilusiones del dinero americano. ¡Si los autores españoles
no tuviéramos otros rendimientos de los que vienen de América! Y ¡para
lo que van á durar! Porque con toda la influencia españolizadora de
las Comunidades, con todo eso de los lazos espirituales y la madre
y los hijos y demás tópicos de Congresos, banquetes y conferencias
hispanoamericanas, ¿sabe usted en qué parará todo ello? Pues en que
dentro de algunos años--y quisiera ser mal profeta--media América será
yankee y la otra media italiana, con mucho de alemana.
Y lo peor para los autores españoles no es que dejásemos de cobrar
lo poco que todavía se cobra de América, sino que tampoco cobrásemos
nada en España, gracias á las Comunidades y Ordenes religiosas que
han educado á unas cuantas generaciones incapaces de admirar otra
literatura que sea tan combatida en sus efectos por los mismos que
admiran, sostienen y fomentan la verdadera causa.
* * * * *
¿Por qué razones psíquico-fisiológicas el sentido de la vista y el
sentido estético modernos admiten en los trajes femeninos colores
y combinaciones de colores que por mucho tiempo habían parecido
intolerables al buen gusto y á los ojos? Nada de _academicismo_ en
la moda; la paleta de sus artistas no es la paleta académica, de
tonalidades y mezclas severamente ordenadas. El color de moda es
el más peligroso de los colores: el azul, considerado siempre como
divisa arrogante que sólo alguna soberana belleza blanca y rubia podía
atreverse á ostentar, sin dar que reir al enemigo, en su doble acepción
de demonio y de mujer amiga. Vulgarmente solía decirse: A las morenas,
azul en ellas, para que luego el diablo se ría de ellas. Hoy, morenas
y rubias, se atreven con el azul, y no es á las morenas á las que peor
les dice. El gran pintor inglés Gainsborough, como alarde pictórico,
venció en su famoso _Niño Azul_ las dificultades del temible color.
Hoy casi todas las mujeres son _niñas azules_, y lo que entonces fué
atrevimiento de un artista, hoy sería sujeción á la realidad.
Mis _Lily Elsie_, muy linda artista inglesa, en _El conde de
Luxemburgo_, estrenado recientemente en Londres--no siempre han de
ir los ingleses á la cabeza de la civilización,--luce un ideal traje
del más brillante azul: un azul de cielo andaluz, un azul de turquesa,
adornado con plata y menudas rosas de coral; el sombrero, una airosa
monterilla del mismo color que el vestido, con enhiestas plumas también
azules, y suavizándolo todo un abrigo color malva, un malva de ocaso
otoñal, un malva de lejanía, de confín entre cielo y tierra, entre mar
y nube.
Y años antes, ¿quién nos hubiera dicho, sin escándalo, que habían de
combinarse en elegantes vestidos el morado con el amarillo, el carmesí
con el verde, el negro con el botón de oro, el naranjado con el azul?
Entre los modistos y los escenógrafos rusos están revolucionando
nuestro sentido del color. ¿Se han enterado nuestros pintores y
nuestros directores de escena? Las mujeres sí se han enterado. ¡Oh, si
fueran en todo tan atrevidas y emprendedoras!
* * * * *
Digamos, como el otro, de los catecúmenos en la iglesia: Por mí, que
entren. Bien estarían, ¡oh, mis buenos amigos D. Mariano de Cávia y
D. Antonio Zozaya!, el periodismo sin periodistas y la literatura
sin literatos y el Arte en general sin artistas, si en esta nueva
irrupción, que pudiéramos llamar de los bárbaros, no en el sentido
ofensivo de la palabra, sino en el suyo original de gente extraña,
los tales aportaran al periodismo, á la literatura y al Arte algo
que mejor fuera; esto es, vida, espontaneidad, frescura... Pero,
¡ay!, que nada más literario que un iliterato. Lo sé por experiencia.
De continuo recibo dramas y comedias, pues bien, siempre que el
remitente me anuncia «Sin estudios de ninguna clase, sin conocer el
teatro, he escrito esta obra, inspirada en algo que me sucedió y creo
interesante...», se puede asegurar que la obra es un compendio de toda
la mala literatura dramática y de todas las triquiñuelas teatrales del
peor género, exornado de la más ramplona retórica de folletín. Si todo
el que ha pasado por algo supiera decírnoslo, el mundo estaría lleno
de grandes artistas. Pero si muy difícil es saber ver, aun es más
difícil saber contar. Se refiere el caso de un procesado que, al oir la
elocuente oración de su defensor y cómo enumeraba con patéticas frases
las desdichas que le habían traído á tan triste pasó, exclamó:--¡Hasta
ahora no me había yo dado cuenta de lo que he padecido! Y es que, hasta
del propio dolor, es mal intérprete la ignorancia.
Nadie sabe la literatura que hace falta para no parecer literato, ni lo
que hay que saber de dibujo para desdibujar. Para ocultar todo arte hay
que ser un supremo artista.