XVIII

Si ya es difícil en esta brega literaria agradar á los amigos y

complacer á los más halagados en sus ideas ó sentimientos ó vanidades

por lo que uno escribe, ¿qué puede uno esperar de los enemigos y de los

mortificados?

Dije que las Comunidades religiosas acaso buscaban en Marruecos otras

Filipinas, y hay quien muy indignado protesta, diciéndome que nunca las

Comunidades han sido tan respetadas en Filipinas y en toda América como

ahora, desde que allí no tenemos arte ni parte en el material dominio.

No lo dudo, que Ordenes y Comunidades religiosas fueron siempre de

condición de gato; ni yo dije que por ellas se hubiera perdido nada;

pero, en fin, se perdió con ellas y todo. Por eso creo que, llegado

el caso de conquistar nuevos territorios, vale la pena de ensayar

si nos iría mejor sin ellas. Porque ellas evangelizarían todo lo

posible, pero españolizar no fué cosa mayor, si hemos de juzgar por

los resultados. Tampoco dudo que bajo la autoridad de los americanos

en Filipinas y de otras Repúblicas en toda América, las Comunidades

no presten excelentes servicios. Es cualidad de religiosos españoles

ser candilitos de casa ajena. Todo lo que tienen de turbulentos y

amenazadores con los Gobiernos de casa, tienen de complacientes y

serviciales con los de fuera. Tal vez consista en ellos; tal vez

consista en los Gobiernos. De seguro que ningún presidente de los

Estados Unidos habrá tenido que decir de las Comunidades lo que, según

fama, dijo en cierta ocasión de graves complicaciones don Antonio

Cánovas del Castillo, que no era ningún demagogo, aunque hoy andaría á

dos dedos de parecerlo, según va todo.

En cuanto á lo que asegura un airado articulista, que gracias á las

Comunidades religiosas cobramos los autores dramáticos españoles

pingües derechos de toda América... ¡Ay, mi buen señor! Deseche,

deseche esas ilusiones del dinero americano. ¡Si los autores españoles

no tuviéramos otros rendimientos de los que vienen de América! Y ¡para

lo que van á durar! Porque con toda la influencia españolizadora de

las Comunidades, con todo eso de los lazos espirituales y la madre

y los hijos y demás tópicos de Congresos, banquetes y conferencias

hispanoamericanas, ¿sabe usted en qué parará todo ello? Pues en que

dentro de algunos años--y quisiera ser mal profeta--media América será

yankee y la otra media italiana, con mucho de alemana.

Y lo peor para los autores españoles no es que dejásemos de cobrar

lo poco que todavía se cobra de América, sino que tampoco cobrásemos

nada en España, gracias á las Comunidades y Ordenes religiosas que

han educado á unas cuantas generaciones incapaces de admirar otra

literatura que sea tan combatida en sus efectos por los mismos que

admiran, sostienen y fomentan la verdadera causa.

* * * * *

¿Por qué razones psíquico-fisiológicas el sentido de la vista y el

sentido estético modernos admiten en los trajes femeninos colores

y combinaciones de colores que por mucho tiempo habían parecido

intolerables al buen gusto y á los ojos? Nada de _academicismo_ en

la moda; la paleta de sus artistas no es la paleta académica, de

tonalidades y mezclas severamente ordenadas. El color de moda es

el más peligroso de los colores: el azul, considerado siempre como

divisa arrogante que sólo alguna soberana belleza blanca y rubia podía

atreverse á ostentar, sin dar que reir al enemigo, en su doble acepción

de demonio y de mujer amiga. Vulgarmente solía decirse: A las morenas,

azul en ellas, para que luego el diablo se ría de ellas. Hoy, morenas

y rubias, se atreven con el azul, y no es á las morenas á las que peor

les dice. El gran pintor inglés Gainsborough, como alarde pictórico,

venció en su famoso _Niño Azul_ las dificultades del temible color.

Hoy casi todas las mujeres son _niñas azules_, y lo que entonces fué

atrevimiento de un artista, hoy sería sujeción á la realidad.

Mis _Lily Elsie_, muy linda artista inglesa, en _El conde de

Luxemburgo_, estrenado recientemente en Londres--no siempre han de

ir los ingleses á la cabeza de la civilización,--luce un ideal traje

del más brillante azul: un azul de cielo andaluz, un azul de turquesa,

adornado con plata y menudas rosas de coral; el sombrero, una airosa

monterilla del mismo color que el vestido, con enhiestas plumas también

azules, y suavizándolo todo un abrigo color malva, un malva de ocaso

otoñal, un malva de lejanía, de confín entre cielo y tierra, entre mar

y nube.

Y años antes, ¿quién nos hubiera dicho, sin escándalo, que habían de

combinarse en elegantes vestidos el morado con el amarillo, el carmesí

con el verde, el negro con el botón de oro, el naranjado con el azul?

Entre los modistos y los escenógrafos rusos están revolucionando

nuestro sentido del color. ¿Se han enterado nuestros pintores y

nuestros directores de escena? Las mujeres sí se han enterado. ¡Oh, si

fueran en todo tan atrevidas y emprendedoras!

* * * * *

Digamos, como el otro, de los catecúmenos en la iglesia: Por mí, que

entren. Bien estarían, ¡oh, mis buenos amigos D. Mariano de Cávia y

D. Antonio Zozaya!, el periodismo sin periodistas y la literatura

sin literatos y el Arte en general sin artistas, si en esta nueva

irrupción, que pudiéramos llamar de los bárbaros, no en el sentido

ofensivo de la palabra, sino en el suyo original de gente extraña,

los tales aportaran al periodismo, á la literatura y al Arte algo

que mejor fuera; esto es, vida, espontaneidad, frescura... Pero,

¡ay!, que nada más literario que un iliterato. Lo sé por experiencia.

De continuo recibo dramas y comedias, pues bien, siempre que el

remitente me anuncia «Sin estudios de ninguna clase, sin conocer el

teatro, he escrito esta obra, inspirada en algo que me sucedió y creo

interesante...», se puede asegurar que la obra es un compendio de toda

la mala literatura dramática y de todas las triquiñuelas teatrales del

peor género, exornado de la más ramplona retórica de folletín. Si todo

el que ha pasado por algo supiera decírnoslo, el mundo estaría lleno

de grandes artistas. Pero si muy difícil es saber ver, aun es más

difícil saber contar. Se refiere el caso de un procesado que, al oir la

elocuente oración de su defensor y cómo enumeraba con patéticas frases

las desdichas que le habían traído á tan triste pasó, exclamó:--¡Hasta

ahora no me había yo dado cuenta de lo que he padecido! Y es que, hasta

del propio dolor, es mal intérprete la ignorancia.

Nadie sabe la literatura que hace falta para no parecer literato, ni lo

que hay que saber de dibujo para desdibujar. Para ocultar todo arte hay

que ser un supremo artista.

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 23 / 49 题