Aquella _Theroigne de Mericourt_, intrépida amazona de la Revolución
francesa, que, á consecuencia de una formidable azotina, administrada
en público y á lo pajarero, se volvió loca de remate, bien parece un
símbolo de lo que años después y por muy parecidos motivos había de
sucederle á Francia.
¡Lástima de nación! Desde que, para desgracia de todo el mundo latino,
fué derrotada por Alemania, apenas ha vuelto á dar señales de juicio.
Ella, la encantadora, la atractiva, la adorable, se tornó hosca y
atrabiliaria. Nos entristeció la vida con una literatura y un arte, que
en futuras historias literarias se llamará de la derrota. Su delirio
persecutorio tuvo su crisis aguda y terrible en aquel asunto Dreyfus,
aun palpitante con el nombre de cuestión judía. ¿No es una pena ver
renovarse, en la nación que debía ser faro del mundo civilizado,
cuestiones de la Edad Media, y en la moderna, patrimonio de pueblos
atrasados como Rusia? Con la inquietud y el malestar de su derrota,
con el dolor de su mermado territorio, la nación que fué siempre más
generosamente romántica en su política, á última hora y en plena
República democrática se vé atacada de furia conquistadora y pone en
juego artimañas y habilidades políticas, desacreditadas ya en todo el
mundo, hasta en Inglaterra. Por fortuna, ya va siendo verdad práctica y
practicada, que la honradez es la mejor política. _Honesty is the best
policy_, que han dicho siempre los ingleses, por si los demás gustaban
de practicarlo. Pero en estos últimos tiempos hay que convenir en que
no son los ingleses los que se creen llamados á intervenir para poner
orden en los desórdenes interiores de cualquier pueblo.
Y ahora, la conducta de Francia con España, ¿puede justificarse de
ningún modo? Eramos buenos para tapadera de codicias; somos un estorbo
á la hora en que se destapan. Mal corresponde, mal ha correspondido
siempre Francia á nuestra debilidad por ella. Porque lo cierto es que
nunca hemos podido odiarla; hemos sido con ella como esos enamorados de
poco carácter, más rendidos á una mujer cuanto más lo desprecia y más
se burla de ellos.
Hasta cuando hemos peleado con ella no hemos dejado de admirarla, y
nuestro odio se personalizaba en los soberanos ó en los ministros,
dejando siempre á salvo nuestra invencible simpatía por la nación
francesa. Durante la guerra de la Independencia, la más nacional de
cuantas sostuvimos contra Francia, el odio popular se fijaba sobre
Napoleón y á él sólo se hacía responsable de la injusta guerra.
Hoy tampoco, aunque no haya un Napoleón en quien fijarse, no queremos
ni podemos suponer que es toda Francia nuestra enemiga. Preferimos
culpar á unos cuantos políticos, á unos cuantos periódicos, á una parte
del organismo, irritada todavía por la funesta derrota, impaciente
de glorias y desquites, vengan por donde vengan y sea como sea.
Involuntariamente fuimos ocasión ó pretexto para el desastre. Quizás
no nos lo han perdonado todavía, aunque parece que lo hayan olvidado
muy pronto.
* * * * *
Los más terribles desengaños proceden casi siempre del desconocimiento
de la realidad. En la supresión de los Consumos debimos limitarnos á
considerar su aspecto estético y nada más. Todos los procedimientos
para extraer dinero, como para extraer muelas, son desagradables, pero
aquél lo era sobremanera, y aunque algunos aristocráticos escritores
opinan que sólo habían de padecer sus molestias matuteros y gente de
poco más ó menos, sólo el verlo ya era repugnante; había de salir más
caro cualquier otro impuesto y podía darse por bien empleado. Pero
hay quien no se conforma con este aspecto artístico y aspiraba ¡loca
ceguedad! á un abaratamiento rápido y simultáneo de las subsistencias.
¡Qué desconocimiento del corazón humano en general y de los proveedores
en particular!
En todo lo referente á subsistencias, los madrileños estaremos
destinados de por vida al papel de víctimas en las aplaudidas obras de
repertorio _La corte de los venenos_ y _Robo y envenenamiento_.
Sobre todo, el inocente y parvulillo boquerón ha causado más estragos
en estos días que un espantable cetáceo ó aquella mitológica serpiente
de mar, tan socorrida como notición de los veranos del antiguo régimen.
De la leche no hablemos, porque es antigua enemiga nuestra, y yo
creo que la que produce los cólicos es la poca expendida en buenas
condiciones, por la falta de costumbre. Cada madrileño llevamos un
Mitrídates en esto de irnos haciendo día por día á ingerir toda clase
de tósigos.
* * * * *
No sé hasta qué punto la pasión de partido podrá influir en los
encomios ó en las censuras á la obra _Carlos II y su corte_, cuyo
primer tomo acaba de publicar D. Gabriel Maura y Gamazo. Muy lamentable
sería que la pasión interviniera al juzgarla, ocultando al público el
verdadero mérito de la obra, haciendo creer á unos y á otros que se
trataba de una obra _toda conservadora_. El autor es de los que merecen
no pertenecer á ningún partido. En pocos libros de historia parecerá
menos el amigo de Platón antes que de la verdad, sin que peque tampoco
de esa glacial indiferencia que tan mal sienta en todo arte, aunque
este arte sea el de historiar, más cercano á la ciencia.
Bien dice, sobre la noble serenidad del historiador, la simpática
emoción del artista. Buena muestra es la descripción del bautizo del
príncipe Carlos, modelo de narración histórica y poética al mismo
tiempo.
Lo que no comprendemos es, cómo después de leer cualquier libro de
historia, hay quien suspira y vuelve los ojos á cualquier tiempo
pasado. A ese no le daría mayor castigo que decirle: ¿En qué siglo, en
qué época de las pasadas hubiera usted querido vivir? Y cuando hubiera
elegido, poderle decir: ¿Sí? Pues va usted á vivir ocho días en ella,
nada más que ocho días, y luego, vuelva usted á contarme cómo le ha
ido.