Bien mirado, había que agradecer á los franceses el trabajo que se
toman por la conquista de Marruecos, como antes se lo tomaron por la
de Argelia. De ellos puede decirse: _Sic vos non vobis_... Porque si
el verdadero y magno problema de Francia es la disminución constante y
progresiva en el nacimiento de ciudadanos franceses, ¿para qué diablos
querrá aumentar la extensión de sus territorios?
Si se considera también el espíritu poco aventurero de los franceses,
su apego á Francia--dicho sea en honor de ella,--su mal arte para
comerciar fuera de su casa, ¿no les vendrá á suceder, después de darse
tan malos ratos y de indisponerse, sin necesidad, con estos pobres
vecinos y, necesariamente, acaso con otros de más campanillas, que,
cuando dueños en absoluto del Imperio marroquí, puedan exclamar: ¡Al
fin, solos!, tan solos sea que, como en Argelia, la agricultura y los
oficios vengan á ser de los españoles, y el comercio, como en todo el
mundo, de los alemanes? Sin contar con los indígenas, que seguirán
reproduciéndose, como si hubieran leído _Fecundidad_, de Zola, que
no se escribió para ellos, precisamente. Y, hay que desengañarse, el
porvenir será de quien más hijos tenga; aunque sean muy brutos; tiempo
habrá de educarlos.
Lo que no sabemos es si es preferible vivir de brutos ó morir de
civilizados. Hay quien piensa que lo importante es vivir, aunque se
viva mal. Es decir, los brutos no suelen vivir mal; lo desagradable es
que no dejan vivir bien á los inteligentes. Entre el contador de las
gentes civilizadas y el caño libre de las incultas, siempre llevarán
las de perder los civilizados. A mí me asusta pensar que, si á muchas
personas de regular posición, se les dijera: ¿Por qué no tiene usted un
perro danés en su casa?, la mayor parte contestaría: ¡Hombre! Porque
un perro de ese tamaño se come lo menos dos pesetas diarias. Y esos
mismos que tasan la alimentación del perro en lo justo, con la mayor
inconsciencia se llenan de hijos, que, por lo visto, cuestan menos de
mantener que los perros.
Entre el exceso de previsión á la francesa y la imprevisión de otros
pueblos y de otras razas, ¿no habría un buen término medio? La Iglesia
católica no sabe de ellos. O aconseja la castidad absoluta ó, una vez
en faena matrimonial, cuantos más cristianitos, mejor. La potestad
civil también está por que se aumente el número de ciudadanos, sea
como sea; todos son buenos, los legítimos y los naturales. Por leyes
económicas y por otras muchas leyes restrictivas del matrimonio, se
diría que más favorece el nacimiento de los naturales. En cuanto á la
Naturaleza, ¡tan maestra, tan sabia! ¡Oh! Ella sabe más que todos.
Recuerdo de una gata que tuvo de una vez siete gatitos. La más vulgar
precaución aconsejaba que se le quitaran tres ó cuatro, por lo menos.
Pero, ¡eran todos tan lindos y traían tantas ganas de vivir! Y ¡era tan
cruel sentirse Providencia y decidir entre unos y otros!
Alguien dijo:--¿Por qué no dejarlos todos? Por algo han nacido. No hay
que enmendar á la Naturaleza.
A los ocho días todos los gatitos habían muerto y la madre también,
extenuada. En efecto; no hay que enmendar á la Naturaleza; ella sola se
basta para enmendarse.
* * * * *
¡Oh, mi querida y amable lectora! Al protestar contra alguna ligera
broma que me he permitido alrededor del Congreso Eucarístico, me dice
usted que, hablar mal de la Religión, no es de buen gusto. No lo crea
usted, según como se habla. Además, conozco demasiado esa tecla del
buen gusto, para saber lo que significa tocada por ustedes. Y, si por
no tomarles á ustedes en serio, he de pasar por persona de mal gusto,
desde ahora me declaro cursi y hasta ordinario, como ustedes prefieran.
Ya sé yo que esto del descreimiento no está muy bien visto, ni le
coloca á uno en sociedad, como en otros tiempos, cuando los descreídos
se llamaban Voltaire y Federico el Grande, y las más bellas y nobles
damas se prendían graciosamente con un tanto de volterianismo.
Pero nada tema usted; las bromas ligeras de las cuatro personas de mal
gusto que nos las permitimos, poniéndonos á mal con nuestros intereses,
no perturban en lo más mínimo el espíritu de los creyentes.
Al que más y al que menos le va un sueldo ó una prebenda. ¡Valladar
inexpugnable contra la duda!
Pero, ¡son ustedes de tanto cuidado y conviene tanto no perderles de
vista! Ahora mismo, entre el furor de sus preces, ¿no han deslizado
ustedes, mansamente, no sé que proposiciones de leyes, derechamente
torcidas, como todas sus intenciones, contra la libertad de la Prensa y
la libre emisión del pensamiento?
¡Sí que son ustedes para dejarles de la mano!
En los asuntos mismos de Marruecos: ¿no convendría poner en claro hasta
dónde el interés patriótico y dónde empiezan otros intereses de algunas
Ordenes religiosas, que, como Calipso, de la partida de Ulises, no
pueden consolarse de la pérdida de las Filipinas, y acaso sueñan con
que les conquistemos otras para su particular disfrute? Y eso no, mi
querida y amable lectora; sea lo que podamos obtener ó conquistar en
Marruecos, del soldado, del agricultor, del comerciante, del doctor
Maestre, que bien se lo habrá ganado y otros lo gobernarían peor...
Pero nada de frailes, en comunidad ni sueltos. Una cosa es continuar la
Historia y otra repetirla.