Que el hombre es un animal social, aunque haya muchos insociables,
lo sabíamos desde muy antiguo. Tan social, que no satisfecho con
formar parte de la sociedad civil que, por nacimiento y consiguiente
inscripción en el Registro le corresponde, todavía se desvive por
ingresar en otras muchas Sociedades, Círculos, Corporaciones, Cofradías
ó Logias; que hay designaciones para todos los gustos. Esta natural
tendencia del hombre á la agrupación, parece que debiera facilitar
el triunfo del socialismo en breve plazo. Mas ¡ay! una cosa es la
Sociedad grande, donde el individuo se encuentra disminuído, y otra
esas Sociedades pequeñas, donde cada uno se crece y se refuerza y se
envalentona, hasta adquirir un carácter que él mismo no se conocía.
A mi juicio, esto es lo más interesante que puede observarse al
paso de una procesión religiosa ó de una manifestación laica: el
aire altivo, enérgico, arrogante, con que se nos muestran muchos
buenos señores y pobres hombres, conocidos por tales en su vida y
costumbres particulares y casi desconocidos en aquella transfiguración
procesional. Hay cofrade que, con su cetro en mano ó su cordón de
estandarte, su medalla al cuello y su levita cívico-religiosa, parece
que desafía al mundo entero, una vez metido en procesión:--¡Eh!
¿Qué tal?--nos va diciendo á cada solemne paso.--Creo que somos una
fuerza.--¡Habrá que verle en casa, zarandeado por la señora y las
niñas, ó en la oficina, burro de carga de todos sus compañeros!
Por eso los Gobiernos no deben temer nunca esas manifestaciones
colectivas. De cuando en cuando hay que contarse; miedosos que se dan
valor unos á otros. El peligro está en los que van solos por el mundo.
Por fortuna, van quedando pocos. ¡Es tan caro andar solo! ¡Es tan
conveniente andar en procesión!
* * * * *
El demonio lo enreda--no hay nadie más enredador que el demonio.--El
primer contragolpe de la supresión de los consumos ha ido á dar sobre
las corridas de toros. ¡Ahora que estábamos en pleno renacimiento de
la afición, tal vez á consecuencia de cómo anda la afición! Nunca
es tan fácil contentar á un público como cuando se contenta con
poco. ¡Si Lagartijo y Frascuelo, y Guerra, después, á quien se le
denostaba muchas tardes por faenas de las que ahora valen orejas y
salidas triunfales; si Fuentes y Machaquito y Bombita, en tiempos más
recientes, hubieran gozado de un público tan amable y tan consecuente,
como dicen los chulos! No hay duda, las costumbres se dulcifican. Ya
es hora de que el público se haga cargo de la dificultad y del riesgo
en la lucha con brutos, bravos ó mansos, y no sea tan exigente. Cuatro
mantazos, pegadito el torero al costillar del toro, muy abierto de
piernas y sacudiendo el trapo como unos zorros, es lo que ahora se
llama y se aplaude como verónicas. A que el toro pase por debajo de la
muleta, como pasaría por la Puerta de Alcalá, se llama pase de cabeza
á rabo. A cualquier cosa se le llama quiebro y á cualquier estocada
volapié. Asistimos, en efecto, á un renacimiento de la afición. Como
que los únicos que ya no van á la Plaza son los verdaderos aficionados.
Es que, renacimientos así, son peor que la irrupción de los bárbaros.
* * * * *
Después de las mudanzas propias, nada hay tan molesto como las mudanzas
de los vecinos. Hasta que nuestros simpáticos cuanto suspicaces
vecinos los portugueses no se hallen instalados á satisfacción en su
nuevo régimen, habrá que conllevar amablemente sus reclamaciones,
desconfianzas y alarmas, ante el temor de que se les entre por la
vecindad lo que ellos mismos serán los primeros en desear algún día.
Pero aun es pronto, y el derecho á la experiencia propia no debe
negársele á nadie.
El día en que Portugal comprendiera su verdadero interés nacional, no
miraría con recelo á nuestra frontera; borrada quedaría de tal modo,
que no volviera á saberse dónde empezaba Portugal y dónde acababa
España. Cosas son éstas en que el tiempo trabaja más que los hombres.
Ni es justo pedir, aunque para bien de todos sea, que ellos sólo sean á
enmendar errores que fueron nuestros.
* * * * *
En rigor, es fuerte cosa para una empresa, aun á cambio de positivas
ventajas, exigirle el contrato de determinados artistas, entregándola,
así, atada de pies y manos á sus exigencias. Con muy buen acuerdo, el
Ayuntamiento se ha limitado á recomendar, sin imposición, el contrato
de una primera actriz para la compañía del teatro Español.
Bien están las estrellas y los luceros, y aun los soles; aunque en el
cielo teatral es difícil ver una ordenada república de estrellas, como
decían los autores del siglo de oro.
Astros de primera magnitud no faltan en la compañía. Todos sabemos lo
que vale Borrás. Los que no lo saben aún, se enterarán de lo que vale
Codina. Hay otros actores muy estimados por el público madrileño. Entre
las actrices... todas son estrellitas. Alguna hay de quien yo espero
mucho, si le dan ocasión y mimbres. No he de nombrarla. El público
no la conoce en todo su valor. Téngola por una de las más discretas
actrices españolas. ¿Discreta, es poco? ¡Ay, señor; si las eminencias
fueran discretas, ya nos contentaríamos! ¡Ser discreto, según va el
mundo--diremos, parafraseando á Hamlet,--es como ser elegido uno entre
mil.