Las verbenas, excelente pretexto para que los retrógrados del Arte nos
cantaran todos los años las gracias de chisperos y majas, han perdido
todo carácter popular. El pueblo ya no es nada bullanguero; la misma
baja chulería, que nunca debe confundirse con el verdadero pueblo, no
está tampoco por exhibirse gratuitamente en romerías y verbenas. El
público de estas fiestas, actor y espectador á un tiempo, es el de la
última sección de los teatrillos alegres; señoritos todos, que ya es lo
único alegre, lo único chulo y lo único castizo que nos va quedando.
Las clases populares ¿quién lo dijera? se han hecho cosmopolitas.
Estas fiestas tradicionales no les dicen nada. La aristocracia, como
sabe que ya no es querida ni respetada, ni siquiera admirada, por el
pueblo, huye de mezclarse con él. Acabaron las pintorescas aventuras
de duquesas y toreros. El señorito es el único que alegra estas fiestas
tristes, con la artificial alegría de los teatros y de las novelas;
alegría de literatura. ¿Alegría espontánea, verdadera alegría?...
Esa alegría es para los pueblos fuertes y ricos, de los que sabemos
burlarnos también. Esa alegría sólo es posible cuando se ha trabajado
mucho y hemos visto justamente recompensado nuestro trabajo... Pero
¡esta pobre alegría nuestra, es como borrachera de olvido!... Tirar
los cinco duros que sobran porque no llegan para nada. Ni con ellos se
ha de comer mejor, ni se ha de pagar al casero, ni al sastre... ¿Puede
hacerse cosa mejor con ellos que gastarlos en olvidar alegremente?
Por eso parece que hay tanto dinero de sobra en España, precisamente
porque falta para todo. ¿Qué hago yo con un duro? Tomar un décimo de la
lotería. ¿Qué hago yo con dos pesetas? Gastármelas en el teatro... Es
lo único que se puede comprar con poco dinero: un poco de ilusión y un
poco de olvido. Las realidades son muy caras.
* * * * *
Aunque él no lo crea, yo siento una gran admiración por D. Miguel de
Unamuno. Aquí donde cada escritor ha decidido no leerse más que á sí
propio y, salvo el caso de alguna cooperativa de bombos, nos dedicamos
á espantarnos el público los unos á los otros, ya puede significar
la atención á lo que otros escriben, tanto como en otras partes
significa la admiración. Ya es bastante que nos atiendan, aunque sea,
como vulgarmente se dice, para hacernos polvo. Lo triste, lo malo es
que, casi siempre, los pulverizadores son los que no se han tomado la
molestia de leernos. Váyase por los que admiran con el mismo motivo.
Entre esos dos viciosos extremos, ha de labrarse penosamente la
reputación del escritor en España. Y, en resumidas cuentas, con ser la
envidia gran defecto nacional, como aun es mayor la pereza, todavía es
más fácil ser admirado que atendido. Conste, de una vez para siempre,
que yo atiendo y admiro á D. Miguel de Unamuno.
Acabo de leer su libro último: _Rosario lírico de sonetos_. Bien
puede ser que estos sonetos no resistan una lectura pública, ni
los chistosos comentarios de un grupo de amigos... Son para leídos
á solas, en intimidad con lo más intenso de nosotros mismos. Como
fueron pensados y sentidos, como fueron escritos. ¿Han de ser siempre
estimables cualidades de la poesía la dulzura y la suavidad? ¿No ha
de haber también poesía amarga y poesía áspera? Si á lo que más puede
aspirar la poesía es á llegar á lo más hondo de nuestra alma, ¿no se
entrarán más adentro estas asperezas, que las suavidades resbaladizas?
Leed el libro: al principio tal vez sonriáis un poco; ya os iréis
poniendo serios. Quizás al terminar su lectura no quede un solo dulce
verso en vuestra memoria, pero sí más graves pensamientos en vuestra
conciencia.
De esta áspera, rocosa calidad, eran los versos de Wordsworth, tan
admirado por Unamuno. También su poesía fué donosamente comentada por
algunos críticos. _A sonnet is a moment's monument_, definía Rossetti.
El soneto es un monumento elevado á la memoria de un instante, pudiera
traducirse. No diré yo que todos los monumentos elevados en estos
sonetos sean igualmente admirables; pero sí que todos los instantes
del espíritu de D. Miguel de Unamuno tienen un gran valor. Los más
grandes poetas no son los que aciertan á contenerse en la más perfecta
forma, sino los que no caben en ninguna.
* * * * *
_Vida interna_ es otro libro de poesías, de Rafael Torromé, autor
dramático, á quien nunca perdonará el teatro español desvíos ó
desalientos injustificados. Precédele un sabroso prólogo, donde se
ponen las cosas muy en su punto respecto á la frondosidad de nuestra
poesía lírica, que tan poco tiene de lírica, hasta llegar á tiempos muy
cercanos y... aún, aún. Hemos sido siempre muy de exterior, para que la
cuerda lírica sonara entre nosotros. En esta misma _Vida interna_ de
Rafael Torromé, parece, á pesar suyo--y no lo digo como censura,--más
el autor dramático que el poeta lírico... No es un lirismo egoísta
el suyo, antes muy objetivo; más de tristezas y dolores de todos,
que de melancolías cultivadas en un espíritu reconcentrado. Poesía
de generosa expansión, poesía á lo Schiller, que también era autor
dramático y por eso tampoco fué lírico del todo en sus poesías líricas,
con ser tal vez demasiado lírico en sus obras dramáticas. Por fin de
cuentas: ¿qué importa esta confusión de géneros? _Vida interna_ es un
libro de un buen poeta y, lo que más importa, de un poeta bueno.