A la carta abierta que me dirige _Caramanchel_ sólo he de contestar
que, al referirme á la crítica, tratándose de _El rey Lear_, no me
refería á la crítica de actualidad, sino al conjunto de críticas
referentes, á las obras de Shakespeare. En todas ellas la excepción,
por ser excepción, confirma la opinión general, se considera al rey
Lear como víctima de sus dos hijas mayores, sin tener para nada en
cuenta la desconsiderada conducta del rey con su hija menor, Cordelia.
Regania y Gonerila son odiosas; pero es mucho cuento que sobre ellas
caiga toda la culpa de las desdichas de su padre. Yo siempre he sentido
cierta simpatía por Judas y por Pilatos cuando, en los sermones de
Semana Santa, caen sobre ellos, desde esos púlpitos, los mayores
improperios y los más terribles anatemas. No puedo por menos de
considerar que si todo lo que sucedió en la Pasión y Muerte de Jesús
estaba así ordenado; si Jesús sabía de antemano que Judas había de
venderle y Pilatos entregarle al pueblo judío, Judas y Pilatos fueron
víctimas del papel que les había tocado en suerte, y no hay para qué
insultarlos cuando, sin su intervención, no hubieran podido cumplirse
las Escrituras. Y ahí es nada; siendo Escrituras y cosa del pueblo
judío, ¿cómo habían de dejar de cumplirse? Buenos son los judíos para
no hacer cumplir sus escrituras. Del mismo modo Regania y Gonerila me
inspiran compasión en fuerza de verlas tan maldecidas.
En cuanto á que nada nuevo puede decirse de Shakespeare y de sus
obras, la crítica universal es buena demostración de lo contrario.
Continuamente se publican estudios biográficos y críticos que aportan
nuevos é interesantes datos al copioso caudal de la literatura
shakespiriana.
Lo del carácter infantil y la sencilla psicología de los personajes
de Shakespeare no lo dije como reproche, antes como excelencia de sus
obras. Pero ¿hay nada más sencillo que la psicología de Otello? ¿Nada
más infantil que su credulidad ante las burdas maquinaciones de Yago?
¿Hay nada más infantil que la conducta de Yago? Un malvado que nos
avisa él mismo de que es un malvado. ¿Hay nada más infantil que Romeo
y Julieta? Ni sería bien que fuera de otro modo. El mismo Hamlet,
considerado como prototipo de la complejidad psicológica, ¿hay nada
más ondulantemente rectilíneo, valga el contrasentido? No soy en nada
opuesto, antes muy partidario, de las polémicas literarias, cuando se
entablan sin animosidad personal y con la cortesía que _Caramanchel_ no
olvida nunca aun en sus críticas más apasionadas.
Respecto á Garavaglia, yo sólo quise hacer constar que si un actor
español hubiera representado el _Hamlet_ tan desdichadamente como
el actor italiano, la rechifla hubiera sido soberana. Aparte
las mutilaciones y alteraciones del texto, no justificadas por
conveniencias escénicas, dígase qué momento de acierto tuvo Garavaglia
en toda la obra. Falsa y en oposición con el texto su llegada á las
murallas del castillo de Elsingor, cuando viene á esperar la aparición
de su padre. Se presenta poseído ya del mayor espanto, y el texto
indica, por lo contrario, que Hamlet, natural ó forzadamente, habla
de cosas triviales como para distraer su pensamiento. Con el modo de
entender Garavaglia la situación, además de tener que mutilar el texto,
el momento de la aparición pierde toda su terrible grandeza.
Además, dado el carácter de Hamlet, que, aun después de ver y de oir
al espectro de su padre, duda de la realidad de la aparición, debe
llegar á las murallas del castillo creyendo que el espectro no ha de
aparecerse; por eso mismo es mayor su espanto al verle aparecer.
Por este orden, pudiera citar caprichosas interpretaciones en cada
situación de la obra. Sin duda Garavaglia estudió esta obra más
cuidadoso de producir un efecto momentáneo de originalidad, de
sugestión sobre el público. Si valiera mi consejo, yo le diría á
Garavaglia con toda lealtad que, por algún tiempo, debiera dejar de
representar el _Hamlet_ y estudiarlo de nuevo, más atento al texto
original que á los efectismos teatrales. Así hizo Talma muchas veces
cuando creyó haberse equivocado en la interpretación de una obra.
* * * * *
Si los tiempos fueran de creer en presagios y en agüeros, bien podía
dar qué pensar á los mejicanos la espantosa sacudida de terremotos
que ha sucedido á la caída de D. Porfirio «Imperator». Quiera Dios, y
quieran también los mejicanos, que esos materiales terremotos no sean
anuncio de otras sacudidas en el orden público, económico y político de
la que fué de nombre gran República y ahora puede serlo de nombre y de
hecho. Aun no es llegado el día en que la fiel balanza de la Historia
pueda pesar los méritos y las culpas de D. Porfirio. Como todos los
grandes tiranos, fué la paz á su hora. Achaque es de todos los tiranos
no conocer la hora en que ha de empezar á ser la justicia. Llegan á
la suprema dictadura en momentos de perturbación de la conciencia
pública; impone el orden, más que su propia fuerza, la misma fuerza
del desorden, que ha llegado á ser intolerable, y no aciertan á darse
cuenta como Chantecler, de que ellos sólo fueron el gallo que cantó á
la hora de salir el sol, pero el sol no estaba sujeto á su quiquiriquí.
La eterna historia de todos los tiranos; pero mala maestra debe ser la
Historia cuando ninguno aprovecha sus avisos ni sus enseñanzas.
Alguien dirá que Méjico debía alguna gratitud á D. Porfirio, y que los
mejicanos acaso debieron respetar su ancianidad, dejándole morir en su
sitio. Los mejicanos responderán que también D. Porfirio debió respetar
la mayor edad de Méjico. Es error de padres severos creer que los hijos
son siempre niños. No aprendemos á calcular por nuestra edad la edad
de los que hemos visto nacer. La dictadura había envejecido; el pueblo
había dejado de ser niño. Esperemos que, en pleno uso de su razón, sepa
justificar que puede gobernarse por sí solo.
En cuanto á D. Porfirio, bien pueden quedarle muchos años de vida para
meditar en la realidad lo que no supo aprender en la Historia.
* * * * *
En una casa del mejor tono se celebra una suntuosa fiesta. De pronto,
uno de los invitados se acerca al señor de la casa, dando muestras del
mayor disgusto.
--Yo no hubiera querido decirle á usted nada; pero es tan horrible...
Usted no puede saber quién es todo el mundo; recibe á tanta gente...
Pero debe usted saberlo: aquel caballero, al parecer, tan distinguido...
--¿Qué?
--Acaba de quitarme el reloj.
--¿Qué me dice usted? ¿Está usted seguro?
--Sí, señor, sí; lo he visto, no me cabe duda; ha sido él.
--Descuide usted. Tendrá usted su reloj. Voy yo mismo...
--De ningún modo. Yo sólo quería advertirle á usted... pero no le diga
usted nada; sería una escena violenta, desagradable.
--Déjeme usted, déjeme usted.
Al poco rato el señor de la casa vuelve y entrega su reloj al invitado;
el invitado se deshace en excusas.
--¡Por Dios! Yo deploro... ¡Cuánto siento!... ¡Qué disgusto!... ¿Habrá
sido una escena horrible?... ¿Qué le ha dicho usted? ¿Qué ha dicho
él?... He debido callarme...
Y el señor de la casa, imperturbable:
--No se preocupe usted. Se lo he quitado sin que se enterara.