Aunque la supresión del impuesto de Consumos en nada favoreciera al
contribuyente, aunque sólo cambiara la forma del cobro, ya sería de
agradecer y de estimar la supresión. Como hay una Ética, debe haber una
Estética en el arte de gobernar, y el impuesto de Consumos no puede
negarse que era de lo más antiestético. Ese registro del viajero,
que tal vez llega angustiado por tristes preocupaciones, tal vez
todo ilusiones y esperanzas, y, como anticipo de hospitalidad, se le
ofrece la mirada hosca del vigilante, á quien tampoco hay que culpar
demasiado, expuesto siempre á desconfiar cuando menos debiera ó á
dejarse engañar cuando mejor le engañan.
Ya se necesita ser conservador para obstinarse en conservar el lindo
impuesto. Ojalá pudiera suprimirse tan fácilmente el registro
y el pago en las Aduanas. Todo sería caminar deprisita hacia la
civilización. Los dos impuestos, por la forma del cobro, recuerdan
la dulce manera con que los señores de horca y cuchillo ponían á
contribución, en especie ó en dinero, á todo viandante que pasara por
sus dominios. Ya que todo venga á parar en sacarnos el dinero, que
se nos saque con buenas formas, que es como ponen á contribución las
mujeres, y á ver si hay quien se dé mejor arte para sacar dinero.
Mientras lo mejor de nuestras clases directoras anda preocupado
con la supresión de dicho impuesto, y lo más mejor con el Congreso
Eucarístico, cuya perentoria necesidad se dejaba sentir desde los
comienzos del siglo XX, no sale uno á esparcirse un poco por esas
calles que no vea uno, dos, tres... ¿quién puede contarlos? entierros
de niños, con sus cajitas blancas, como de juguete, cubiertas de flores
algunas, otras muy pobres, sin adorno alguno. Detrás, si el entierro
no es de niño rico, van dos ó tres simones; la gente va sin pena.
¡Angelitos al cielo!
La muerte de los niños sólo es tristeza para los padres, para los más
allegados; los demás... ¡pensamos tantas veces lo bien que nos hubiera
sido morir apenas nacimos; mejor, no haber nacido! Todo el pesimismo
y toda la tristeza de nuestra vida caen, como gran consuelo, sobre
esas cajitas blancas, como de juguete; un juguete que nos trajeron por
equivocación, y vuelve á su destino.
Y en esas cajitas blancas, como en esas otras grandes cajas, que
también tienen algo de ataúd, los barcos de emigrantes, tal vez se va
lo mejor de España. No son los fríos del invierno, son las heladas de
primavera las que deshojan la flor que había de ser fruto sazonado.
Procuremos que nada muera prematuramente. No miremos con indiferencia
esos barcos grandes ni esas cajas pequeñas. Miremos en la flor el
fruto, y pongamos todos más solicitud, más cariño en defenderla de
esos hielos, que son la miseria y la ignorancia de muchos entre la
indiferencia de casi todos. Y los menos indiferentes suelen ser de
la raza de los poetas, que ni han gobernado nunca el mundo, ni han
conseguido nunca hacerse oir de los que lo gobiernan.
* * * * *
La representación de _El rey Lear_ ha renovado la discusión sobre la
teatralidad de las obras de Shakespeare; esto es: si son mejor para
leídas que para representadas. Desde muy antiguo, los admiradores
literarios de Shakespeare están contra la representación. Carlos
Lamb, uno de los mayores idólatras del gran autor, se lamentaba del
deplorable efecto que le había producido la representación de este
mismo _Rey Lear_, representado ahora en Madrid por Garavaglia. «La
figura del rey Lear no cabe en la escena--decía;--sus proporciones son
demasiado gigantescas.» Ceguedad de idólatra; porque yo creo que jamás
obras dramáticas fueron tan obras de teatro como las de Shakespeare.
Lo que hay es que pesa demasiada crítica literaria sobre ellas, y que
cualquier auditorio moderno, al juzgarlas, como cualquier actor de
nuestros días, al representarlas, se empeña en buscarles, como suele
decirse, tres pies al gato. Las obras de Shakespeare siguen siendo lo
que fueron en su tiempo: obras para un público popular, un público de
emoción. La literatura apenas tiene que ver con ellas. Los asuntos de
todas sus obras son como cuentos populares, á los que no es difícil
hallar correspondencia en todos los tiempos y en todos los países. Esta
historia del rey Lear, ¿no es el eterno cuento de las tres hijas de un
rey; las mayores, perversas, y la menor, dechado de perfecciones; la
menor, perseguida por la maldad de sus hermanas, hasta que triunfa,
al fin, por el poder de sus virtudes? Tragedia para los corazones más
que para las inteligencias. Tragedia que lo mismo comprende el rey que
haya dividido sus Estados entre sus hijos, que el pobre labriego que
les haya repartido sus tierras y después padezca la ingratitud y el
abandono de sus hijos.
En cuanto á la decantada psicología de los personajes de Shakespeare,
¿puede haber nada más sencillo, más infantil? Son los actores los que
se empeñan, según frase del mismo Shakespeare, en dorar el oro, en
pintar la azucena y en endulzar lo dulce. Actores ingenuos que se
limitaran á decir su papel, con la natural emoción en algunos momentos,
obtendrán mayor efecto que estos críticos alambicadores actores
modernos. La Duse era la sencillez misma en _Cleopatra_, y quien la
recuerde en esta obra ¿no cree recordar á la misma reina de Egipto?
La crítica literaria tampoco se ha fijado en _El rey Lear_ más que en
un solo aspecto del drama: la ingratitud de las dos hijas mayores del
rey. Por eso les parece esta tragedia de un pesimismo desolador. Pero
adviértase que la ingratitud de las dos hijas del rey Lear es justo
castigo de su injusticia al repartir su reino. Como el viejo rey, todos
somos alguna vez injustos en nuestra generosidad y en nuestro cariño.
Hallamos siempre buenas razones para recompensar á quien nos halaga, y
la verdad de un sincero afecto nos parece falta de cariño.
En pocos dramas resplandece la idea de justicia tan alta como en _El
rey Lear_. Solo que la justicia de Shakespeare no es la de un autor
de melodramas ó de folletines; no es tampoco justicia de directora de
colegio que premia con dulces ó estampistas, y castiga privando del
recreo; es justicia como la de Dios: la muerte es igual para todos;
para todos es igual el dolor. Nuestra conciencia es la que dice que
no es igual morir como Regania y Gonerila que morir como Cordelia.
Y el que diga «¡qué atrocidad! Todos mueren lo mismo: los buenos y
los malos...», ese ni puede comprender á Dios ni puede comprender á
Shakespeare.