XI

Aunque la supresión del impuesto de Consumos en nada favoreciera al

contribuyente, aunque sólo cambiara la forma del cobro, ya sería de

agradecer y de estimar la supresión. Como hay una Ética, debe haber una

Estética en el arte de gobernar, y el impuesto de Consumos no puede

negarse que era de lo más antiestético. Ese registro del viajero,

que tal vez llega angustiado por tristes preocupaciones, tal vez

todo ilusiones y esperanzas, y, como anticipo de hospitalidad, se le

ofrece la mirada hosca del vigilante, á quien tampoco hay que culpar

demasiado, expuesto siempre á desconfiar cuando menos debiera ó á

dejarse engañar cuando mejor le engañan.

Ya se necesita ser conservador para obstinarse en conservar el lindo

impuesto. Ojalá pudiera suprimirse tan fácilmente el registro

y el pago en las Aduanas. Todo sería caminar deprisita hacia la

civilización. Los dos impuestos, por la forma del cobro, recuerdan

la dulce manera con que los señores de horca y cuchillo ponían á

contribución, en especie ó en dinero, á todo viandante que pasara por

sus dominios. Ya que todo venga á parar en sacarnos el dinero, que

se nos saque con buenas formas, que es como ponen á contribución las

mujeres, y á ver si hay quien se dé mejor arte para sacar dinero.

Mientras lo mejor de nuestras clases directoras anda preocupado

con la supresión de dicho impuesto, y lo más mejor con el Congreso

Eucarístico, cuya perentoria necesidad se dejaba sentir desde los

comienzos del siglo XX, no sale uno á esparcirse un poco por esas

calles que no vea uno, dos, tres... ¿quién puede contarlos? entierros

de niños, con sus cajitas blancas, como de juguete, cubiertas de flores

algunas, otras muy pobres, sin adorno alguno. Detrás, si el entierro

no es de niño rico, van dos ó tres simones; la gente va sin pena.

¡Angelitos al cielo!

La muerte de los niños sólo es tristeza para los padres, para los más

allegados; los demás... ¡pensamos tantas veces lo bien que nos hubiera

sido morir apenas nacimos; mejor, no haber nacido! Todo el pesimismo

y toda la tristeza de nuestra vida caen, como gran consuelo, sobre

esas cajitas blancas, como de juguete; un juguete que nos trajeron por

equivocación, y vuelve á su destino.

Y en esas cajitas blancas, como en esas otras grandes cajas, que

también tienen algo de ataúd, los barcos de emigrantes, tal vez se va

lo mejor de España. No son los fríos del invierno, son las heladas de

primavera las que deshojan la flor que había de ser fruto sazonado.

Procuremos que nada muera prematuramente. No miremos con indiferencia

esos barcos grandes ni esas cajas pequeñas. Miremos en la flor el

fruto, y pongamos todos más solicitud, más cariño en defenderla de

esos hielos, que son la miseria y la ignorancia de muchos entre la

indiferencia de casi todos. Y los menos indiferentes suelen ser de

la raza de los poetas, que ni han gobernado nunca el mundo, ni han

conseguido nunca hacerse oir de los que lo gobiernan.

* * * * *

La representación de _El rey Lear_ ha renovado la discusión sobre la

teatralidad de las obras de Shakespeare; esto es: si son mejor para

leídas que para representadas. Desde muy antiguo, los admiradores

literarios de Shakespeare están contra la representación. Carlos

Lamb, uno de los mayores idólatras del gran autor, se lamentaba del

deplorable efecto que le había producido la representación de este

mismo _Rey Lear_, representado ahora en Madrid por Garavaglia. «La

figura del rey Lear no cabe en la escena--decía;--sus proporciones son

demasiado gigantescas.» Ceguedad de idólatra; porque yo creo que jamás

obras dramáticas fueron tan obras de teatro como las de Shakespeare.

Lo que hay es que pesa demasiada crítica literaria sobre ellas, y que

cualquier auditorio moderno, al juzgarlas, como cualquier actor de

nuestros días, al representarlas, se empeña en buscarles, como suele

decirse, tres pies al gato. Las obras de Shakespeare siguen siendo lo

que fueron en su tiempo: obras para un público popular, un público de

emoción. La literatura apenas tiene que ver con ellas. Los asuntos de

todas sus obras son como cuentos populares, á los que no es difícil

hallar correspondencia en todos los tiempos y en todos los países. Esta

historia del rey Lear, ¿no es el eterno cuento de las tres hijas de un

rey; las mayores, perversas, y la menor, dechado de perfecciones; la

menor, perseguida por la maldad de sus hermanas, hasta que triunfa,

al fin, por el poder de sus virtudes? Tragedia para los corazones más

que para las inteligencias. Tragedia que lo mismo comprende el rey que

haya dividido sus Estados entre sus hijos, que el pobre labriego que

les haya repartido sus tierras y después padezca la ingratitud y el

abandono de sus hijos.

En cuanto á la decantada psicología de los personajes de Shakespeare,

¿puede haber nada más sencillo, más infantil? Son los actores los que

se empeñan, según frase del mismo Shakespeare, en dorar el oro, en

pintar la azucena y en endulzar lo dulce. Actores ingenuos que se

limitaran á decir su papel, con la natural emoción en algunos momentos,

obtendrán mayor efecto que estos críticos alambicadores actores

modernos. La Duse era la sencillez misma en _Cleopatra_, y quien la

recuerde en esta obra ¿no cree recordar á la misma reina de Egipto?

La crítica literaria tampoco se ha fijado en _El rey Lear_ más que en

un solo aspecto del drama: la ingratitud de las dos hijas mayores del

rey. Por eso les parece esta tragedia de un pesimismo desolador. Pero

adviértase que la ingratitud de las dos hijas del rey Lear es justo

castigo de su injusticia al repartir su reino. Como el viejo rey, todos

somos alguna vez injustos en nuestra generosidad y en nuestro cariño.

Hallamos siempre buenas razones para recompensar á quien nos halaga, y

la verdad de un sincero afecto nos parece falta de cariño.

En pocos dramas resplandece la idea de justicia tan alta como en _El

rey Lear_. Solo que la justicia de Shakespeare no es la de un autor

de melodramas ó de folletines; no es tampoco justicia de directora de

colegio que premia con dulces ó estampistas, y castiga privando del

recreo; es justicia como la de Dios: la muerte es igual para todos;

para todos es igual el dolor. Nuestra conciencia es la que dice que

no es igual morir como Regania y Gonerila que morir como Cordelia.

Y el que diga «¡qué atrocidad! Todos mueren lo mismo: los buenos y

los malos...», ese ni puede comprender á Dios ni puede comprender á

Shakespeare.

De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5) · 第 16 / 49 题