Después de leer el libro _L'art de bien tenir sa maison_, publicado
en París por la biblioteca «Fémina», cae uno en la cuenta de cómo es
preciso renovarse ó morir, según la frase de Gabriel D'Annunzio. Hay
que renovar nuestra educación cada diez años, por lo menos, si no
quiere uno caer en graves faltas de tacto y de buen gusto. Parece que
esto de la urbanidad y del trato social debiera estar sujeto á leyes
más permanentes; nada de eso; lo que ayer era exquisita cortesía,
hoy es ordinariez; lo que ayer acreditaba á cualquiera como hombre
de sociedad, hoy le pondría en el más lastimoso ridículo. La exacta
observación de las famosas máximas del barón de Andilla podrá hacer
del más zafio patán el más cumplido cortesano. ¡Eran tan claras,
tan sencillas, tan aplicables! Ya por los tiempos de su publicación
empezaba á desecharse tradicionales reglas de buena crianza. Dice el
barón:
«Hoy, en la mesa principal, es uso
servir trinchado ya: sistema ruso.»
Nadie ignora que allá en los años en que Larra escribía su _Castellano
viejo_, nada acreditaba tanto á una persona de finura y cortesanía como
su habilidad en el arte cisoria, mostrada al trinchar un ave entre la
admiración y el aplauso de los comensales... Arte y habilidad perdidos,
cuya tradición sólo conservan algunos cirujanos modernos, tal vez por
atavismo, tal vez porque consideren, como el filósofo, que el hombre es
un ave sin plumas.
Lo cierto es que ha de estar uno siempre pendiente de estos utilísimos
Códigos de la buena crianza, que, con los títulos de _El modo de vivir
en sociedad_, _El perfecto caballero_, _La verdadera gran dama_,
_El arte de servir la mesa_, _La educación y las buenas maneras en
sociedad_, _Las buenas formas en el cine_, y otros por el estilo, más
ó menos afrancesados, como á toda fiel traducción corresponde, nos
impiden estar en ridículo ante las nuevas generaciones. Ya debe uno
entrar con los guantes puestos en un salón, ya debe uno quitárselo; ya
debe uno besar la mano á la señora de la casa, ya no debe besarse nada;
ya está bien ofrecer el brazo á las señoras, ya es una ridiculez de mal
tono; ya deben presentarse unas á otras todas las personas reunidas
en un salón, ya no debe presentarse á nadie para no imponer nuestras
relaciones, aunque el sistema de la abstención es muy peligroso.
¡Cualquiera empieza á murmurar de nadie en una reunión donde la mayoría
de las personas nos son desconocidas! A lo mejor suelta usted su
murmuración y se hace un silencio de hielo; mira usted á su alrededor
y todo son risitas mordidas para no soltarlas; sólo ve usted dos caras
muy serias: la de la señora de la casa y la de otra señora. No hay
duda: se ha metido la pata. Y si la murmuración se dificulta, ¿de qué
se habla en sociedad? El tema teatral se agota pronto. ¿De toros? No
es conversación para señoras y pueden hallar alusiones molestas en lo
más inocente. Yo creo que, no sólo se debía presentar á todo el mundo,
sino que todos debiéramos llevar colgado un pequeño cuadro de nuestra
genealogía: profesión, opiniones religiosas y políticas, asuntos de que
se puede hablar en nuestra presencia y asuntos que no deben mentarse.
En toda reunión está siempre pendiente la plancha de Damocles, pronta á
caer sobre la cabeza del primer indiscreto.
¿Y las comidas? Cualquiera se sienta hoy á una mesa de etiqueta sin
llevarse muy aprendido el destino y aplicación del sinnúmero de
utensilios de diferente forma indispensables en toda mesa de buen tono.
Pinzas, garfios, tijeras, cuchillos de mil formas: unos para comer los
espárragos con pulcritud; otros para triturar con gracia los cangrejos;
un chisme para cada cosa, y viceversa. ¡El ideal feminista! Una mesa
moderna parece el aparador de un dentista, con su imponente colección
de instrumentos relucientes. Y ya se estila adornar la mesa; ya es de
mal gusto recargarla de adornos; y hoy no es de buen gusto comer mucho
pan; y mañana se debe comer tostado... Hay para llenar una existencia
con el estudio de estas que no pueden considerarse menudencias, pero
que á lo mejor deciden de nuestra suerte en la vida.
* * * * *
Publicación muy interesante y muy digna de que se solicite atención
para ella es la nueva revista _Archivo de Investigaciones Históricas_.
Por el contenido de los números publicados puede apreciarse su
importancia. Seguramente su editor no aspirará á enriquecerse con
ella; ya se contentará con no empobrecerse, de dinero y de ilusiones,
que también valen algo. En España no hay gran afición á los estudios
históricos documentales, y mucho menos á enfrascarse en la lectura de
documentos auténticos. Estudiamos la Historia; mejor dicho, nos la dan
estudiada, si estudiar puede llamarse á esto, por grandes síntesis. Las
grandes síntesis son de una gran comodidad. Con decir: «La Historia
se divide en tres edades: antigua, media y moderna»; con atribuir á
cada una de ellas un carácter general, según las opiniones políticas
del historiador, ya estamos al cabo de la calle y de los siglos. Y es
lástima, porque sólo por el conocimiento de la Historia puede formarse
la verdadera conciencia de un pueblo. Si la verdadera ciencia de
gobernar consiste, como la ciencia del agricultor, en el conocimiento
del terreno que ha de cultivarse, sólo el conocimiento de la Historia
puede enseñarnos cómo puede cultivarse el espíritu de los pueblos para
no exponerse á sembrar en terreno estéril ó á malograr cosechas por no
conocer el terreno y lo que en él puede sembrarse con esperanza de buen
fruto. Aquí sembramos á tontas y á locas; allá van leyes y allá van
proyectos; esta ley de Francia; aquélla de Inglaterra; sin cuidarse si
en esta tierra española podrán tener buen arraigo y floración lucida.
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Un libro raro también entre los libros recientemente publicados: _Mundo
interior_, de un escritor joven: García Martí, que se nos presenta en
su libro con esa serenidad espiritual que sólo la fe religiosa ó la fe
en nosotros mismos pueden asentar en nuestro espíritu. Si esa serenidad
fuera literatura, aun sería estimable el libro; mas tengo razones
para creer que llegó al libro después de luchas muy hondas. Aun llora
la resignación en esas páginas; aun se percibe el fragor del combate.
Lo que pudiera parecer inspiración de otros escritores, es aquí como
nueva emoción, acrecida por las palabras de un amigo que supo acertar
con el secreto de nuestra alma. Y así llega también á nosotros este
libro, como un buen amigo que todo lo comprende y lo perdona todo y con
la serenidad de sus palabras viene á poner calma en nuestro corazón
atormentado.
Y un saludo para un libro de cuentos: _La Serafina_, del veterano
escritor Sr. Tusquets, no tan conocido como debiera serlo; pero sí
muy estimado de cuantos le conocen. Escritor que no vivió atento á
veleidades de modas literarias; que emprendió su camino por la novela
naturalista, cuando apenas se hablaba del naturalismo en España. Otros,
con menos merecimientos, lograron más ruidosos aplausos. Olvidamos
demasiado pronto. No es el Sr. Tusquets, el autor de _La hembra_, de
los que deben ser tan injustamente olvidados.
X
A nadie como á los políticos y á los escritores conviene, de cuando
en cuando, descentralizarse. ¡Unos y otros son tan inclinados á creer
que es todo el mundo el pequeño mundo que les rodea! Y en el mundo
hay más, siempre hay algo más. Sólo alejándonos de nuestro medio,
que es alejarnos en parte de nosotros mismos, podemos apreciar el
verdadero valor de nuestra obra. Nuestra vida, como nuestra obra, sólo
á distancia parecen lo que son en realidad. De aquí la conveniencia de
los viajes para políticos y escritores. Al observar cómo nos juzgan los
espectadores lejanos, aprendemos á juzgarnos mejor nosotros mismos.
Tanto más ganará nuestra conciencia cuanto más castigada quede nuestra
vanidad.
Convienen también los viajes para curarnos de nuestra impertinente
superioridad de madrileños. Hay en provincias más reposado ambiente
de intelectualidad; el tacto de codos no llevó hasta sus Círculos
literarios la complicidad de las admiraciones ó de los odios. Se
juzga con menos pasión, porque se sabe más de las obras y menos de
las personas. Justo es que desde Madrid correspondamos con nuestra
atención y nuestra simpatía á los que trabajan en provincias, con mayor
desinterés que en Madrid se trabaja, por un noble ideal de cultura.
Mi saludo al Ateneo de Badajoz que, con sus propios recursos, bien
escasos, organiza Exposiciones de pintura, Certámenes literarios,
Conferencias científicas y artísticas. Mi saludo á los poetas y
escritores premiados en los Juegos florales; sus poesías y sus
cuentos en prosa no eran las acostumbradas vulgaridades que tanto han
desacreditado estos tradicionales concursos. Luis Bardaje, Antonio
Teixeira, Montero, Enrique Segura, son poetas y cuentistas superiores
á la flor natural y á los objetos de arte, obligado premio en estos
Certámenes.
No vea nadie en mis elogios obligación del agradecimiento. Es justo
pago á la verdad. Mi corazón no paga con tan poco.
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Como casi todo el año, aunque no nos demos cuenta como ahora, hemos
estado viviendo en el aire. Nuestra imaginación, de suyo perezosa,
aunque tenga, por meridional, fama de lo contrario, ha volado por
esta vez siguiendo, y aun adelantándose, al vuelo de los aeroplanos.
Como actores, no es cosa lo que nos lucimos en estas emocionantes
luchas por la conquista del aire; pero ¡como espectadores!, aquí
nos las den todas, en un día de sol, entre buenas mozas y con una
buena merienda. Este, éste es nuestro papel: contemplativos y algo
escépticos, hasta que llegue el día en que podamos aprovecharnos de
lo que otros inventaron y trabajaron para nosotros. ¡Sí, que somos
primos! Cuando el invento esté bien perfeccionado y no haya riesgo que
temer ni peligros en que aventurarse, el volar será para nosotros un
divertido _sport_. Entretanto, bien estamos de espectadores. Nuestro
terreno es la Teología y la Mística, según D. Miguel de Unamuno. Ya
es bastante que nos dignemos admirar. ¡Y vaya usted á saber, si de la
admiración se quita la bulla del viaje y las buenas mozas y la merienda
y la juerguecita, lo que quedaría para el valor de los voladores y
el triunfo de sus máquinas! Como decía Cromwell, al ver la multitud
agolpada para aclamarle: «La misma gente habría si me llevaran á
ahorcar.» No digo yo la misma; pero alguna más sí hubiera acudido, si
en estas corridas aéreas no estuviera comprobado que el «hule» suele
alcanzar también á los espectadores. Y que, alguna vez, como en París
ahora, los viajeros no son de tercera, como, según el comentario de
un periódico, lo fueron, afortunadamente, todas las víctimas de un
descarrilamiento.
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Como algunos críticos le hubieran acusado de plagiario, lamentábase
Bernardo Shaw de la triste idea que dichos críticos tenían de la
mentalidad inglesa, que, apenas daban con una obra sobresaliente, ya
no podían creer que en cerebro inglés hubiera sido concebida. Si de los
críticos y del público inglés se quejaba Bernardo Shaw, ¿qué podremos
decir en España, donde todo lo de casa está siempre en entredicho y
nadie cree en la capacidad intelectual de nadie, y así andamos todos de
acobardados y desconfiados de nuestras propias fuerzas? ¿Quién piensa
aquí en acometer empresa alguna si, en vez de alientos y esperanzas,
sólo ha de oir el cubrefuego que paraliza su resolución? ¿Qué va á
hacer ese hombre? ¿Ha visto usted qué atrevimiento? Y si alguien da con
una idea original, todos se preguntarán: ¿De dónde la habrá copiado?
Y cualquier atrevimiento parece desvergüenza, y cualquier resolución,
osadía y falta de respeto. ¡Admirable país, en que sólo los holgazanes
y los ociosos viven tranquilos y respetados!
Pensaba yo todo esto viendo al actor italiano Caravaglia representar
_Hamlet_. No es que estuviera mal del todo; pero yo pensaba qué se
hubiera dicho de un actor nuestro si se hubiera atrevido á una mitad
de las cosas raras y de mal gusto á que el actor extranjero se atreve
en la interpretación de la obra de Shakespeare. Y á la mayoría de los
espectadores estaba á punto de parecerles todo aquello algo maravilloso
y de un soberano arte. Risa para todo el año hubiéramos tenido con uno
de casa. ¿No tomamos á broma á Tallaví porque se atrevió á representar
_Los espectros_, de Ibsen, después de Zacconi? ¿Era tan gran osadía?
¡Ah! ¡Si Tallaví hubiera sido extranjero! Pero nuestros actores no
pueden atreverse á nada; los queremos discretos, muy discretos,
medrositos y respetuosos siempre; les pedimos que ni se molesten ni nos
molesten demasiado; nada de gritos, ni de gestos, ni escenas mudas, ni
desplantes; á decir su papelito, y á salir del paso; aquí nos conocemos
todos; ya sabemos todos de lo que somos capaces. Los extranjeros, ya es
otra cosa; ya pueden atreverse á todo; es otra cosa, sobre que no se
entiende lo que dicen si no hacen algo raro...
Y no es que Caravaglia sea un mal actor; al contrario, es demasiado
actor; no hay modo con él de olvidarse de que estamos en el teatro.
Pero, la verdad, como Hamlet era algo más que un comediante, y
Shakespeare algo más que un autor de teatro... ¡Oh, la _Cleopatra_,
toda humanidad, de Eleonora Duse! ¡Oh, el _Hamlet_ de ensueño de Sarah!
¡Y cómo el teatro dejaba de ser teatro al encanto de las dos divinas
intérpretes de Shakespeare!